"Perdonar no es olvidar, pero ayuda a dejar ir el dolor." ~Kathy Hedberg
Con la exhaustiva búsqueda de la noche anterior, Karai durmió hasta tarde, lo que ocasionó que ciertos investigadores eligieran entre esperar a que se levantase o cometer el grave error de despertar a la "matriarca" de la mansión. No obstante, cuando el Sol se ocultó por completo y si querían que su plan rindiera frutos lo más rápido posible, tuvieron la grandiosa idea de enviar a Pete a que le avisara que ambos necesitaban hablar con ella. La paloma, distraída de lo que pasaba a su alrededor (como siempre), entró con paso seguro a la habitación de la reptil. Esta misma estaba acurrucada en una esquina; su respiración apenas se notaba. El ave se acercó a ella y…
―¡Karai! ―picoteó a la ofidia en su cabeza y las pupilas de ella se contrajeron en señal de alarma.
―¿¡Qué mierda!?
Pete evadió el veneno por escasos centímetros; mientras gritó asustado, la fémina saltó hacia él. Olvidó por completo que, desde hacía varios días, ella estaba del peor humor posible e ignoró que, con lo que acababa de hacer, tan solo lo empeoró. Sin embargo, en ese momento, fue lo último que le importó. Antes de que la serpiente lo atrapara con alguna de sus cuatro bocas, aleteó hacia el espacio de la ventana.
―¡Te buscan en el sótano! ―gritó al salir del cuarto, no sin antes perder un par de plumas por el ajetreo.
La serpiente emitió un gruñido que desconoció podía hacer. Al mismo tiempo de que cambió a su forma humana, soltó el suspiro más pesado de toda su vida. Un dolor de cabeza quiso atacarla (consecuencia de lo mal que hubo dormido últimamente y el intenso entrenamiento que se impuso para distraerse de…, todo, en general), y se dijo que le vendría bien una bebida caliente, pero lo único que tenían era agua. Eh. Era mejor que nada, por lo que descendió a la planta baja y se dirigió a la cocina.
Tres días después de la llegada del "primer humano", Rockwell y Kurtzman lograron reparar la vieja estufa y hacerla funcional aún ante la ausencia de gas. Aunque Jack y ella eran los únicos que la utilizaban con regularidad, a los demás no les caía mal una comida cocinada que el simple alimento limpio y, en su mayoría, crudo. Pero al ver a mutantes, que nunca habían prendido una estufa o sus extremidades se lo impedían, a punto de destruir su trabajo, el hombre se ofreció como responsable culinario.
En un principio, ciertos mutantes (ella no quería decir nombres), se mostraron desconfiados ante la idea, hasta que probaron una de las creaciones del neoyorquino. Eso y la mejor habilidad que la de Tyler como médico, disminuyó las sospechas en su totalidad, tanto que olvidaron por completo la disputa de hacía dos semanas…, a excepción de Karai.
La fémina se detuvo enfrente del filtro de agua potable que también instalaron los dos cerebritos del lugar. Vertió el líquido en uno de los tantos trastos que habían logrado conseguir de zonas abandonadas de la ciudad. Le parecía increíble que podían tener tazas y platos, pero no un poco de té negro. Luego recordó que las especias necesarias para la preparación de platillos se estaban acabando; al mismo tiempo de que consiguieran sal, podrían buscar sobres de té (dudaba que encontraría hojas).
Mientras sorbió de la taza, se encaminó hacia el sótano. Como ya era costumbre, escuchó ruidos en la habitación anexa a la enfermería, la cual se convirtió en el laboratorio-oficina del par de científicos. Dado a que la puerta estaba abierta, Karai solo entró y su presencia atrajo la atención del par.
―Buenos días ―burló el chimpancé―. ¿Dormiste bien?
―Lo hice hasta que Pete empezó a picotearme ―mientras ella ocultó un bostezo en el dorso de su mano, ambos ahogaron una risilla―. ¿Para qué me necesitan?
―Con todos los sistemas que poseemos ―Jack empezó―, apoyo la idea de Rockwell sobre conseguir un escudo Kraang para que nada pueda rastrear el electromagnetismo que utilizamos en su desarrollo ―Karai parpadeó de manera escéptica mientras bebió su agua; el hombre suspiró―. El escudo evitará que encuentren esta mansión.
―¿Han detectado a alguien cerca?
―No ―respondió Tyler―, pero no creo que lo mejor sería quedarnos quietos hasta que detectemos a alguien, ¿no?
Karai bufó, molesta, y rodó los ojos. ―¿No tienen algo entre sus recuerditos que puedan usar por ahora? A menos que sea para buscar un poco de té negro, enserio no tengo ganas de ir hoy a la ciudad.
Las palabras se esfumaron de las gargantas de los dos. Intercambiaron unas miradas extrañadas. ¿Té negro? Repitieron en su mente. Mientras uno de ellos pensó en hacerle una prueba médica a la cabeza de la chica, el otro se dio cuenta de que tal vez tuvieron que haberla dejado dormir un poco más.
―Opinamos que es el mejor momento ―fue Jack quien respondió―. Con el Kraang iniciando la zona de construcción de su misil, creemos que estarán distraídos del TCRI.
Ella se acabó su agua.
Recordó que la semana pasada, durante la búsqueda de suministros, Slash y ella se encontraron con un área de la ciudad que fue despojada de edificios o lo que fuera que estuvo ahí antes, y los extraterrestres levantaron un "prototipo" de una construcción grande…, muy grande, demasiado para que la curiosidad y, más que nada, preocupación de ambos reptiles no los llevara a acortar distancia entre ambos bandos. Después de encontrar un punto clave lo suficientemente cerca para averiguar de qué se trataba todo eso, se encontraron con la horrible noticia de que los extraterrestres planeaban levantar un misil de dimensiones inimaginables con la intención de mutar a todo el planeta. Como, por motivos pasados, aún no cruzaban palabras, ninguno de los dos supo que pensaron lo mismo: si alguien no hacía algo pronto, la Tierra estaba condenada. Cuando regresaron y ella les contó a los científicos, ambos concordaron con ella y empezaron a formular planes; sin embargo, eran minúsculos en comparación al tamaño del problema. Tenían la esperanza de que el Kraang tardaría todavía en completar su arma.
Todos, sin que lo dijeran, anhelaban que ciertos héroes en caparazón regresaran en escena.
Dado a que Karai visitaba a las tortugas una vez al mes, ella regresó del norte la semana pasada (salió justo la mañana siguiente a su disputa con los tres mutantes). Aunque quiso sujetar a todos los habitantes de aquella casa de campo por los hombros y gritarles que levantaran sus traseros, supo que, pese a que los amenazara, con su líder caído, ellos permanecerían inmóviles. Y, además, no deseaba que ninguno de ellos la viera; era mejor si seguían pensando que estaba desaparecida, tal vez muerta por la invasión…, sí, eso era lo mejor.
Antes de que su mente siguiera con destinos crueles y ficticios, regresó a la realidad―: Entonces, ¿irrumpimos T.C.R.I y robamos el juguete?
―Simple y sencillo, ¿no? ―el periodista sonrió de lado.
―No, pero está bien. Voy a reunir a todos, así que suban ―mientras salió, gritó por último―: ¡Alístate, Doc, porque irás con nosotros!
Al mismo tiempo de que el chimpancé emitió un sonido de terror, Karai trotó escaleras arribas y ascendió al primer piso. Supo que en una de las pocas habitaciones, cuyo balcón todavía seguía a flote, estaban las dos aves-mutantes. Se adentró en ella y solo encontró a Martín en pose de descanso, con su cetro enfrente de él. No importaba. Cualquiera de los dos funcionaría en ese momento.
―¡Arriba, Sir Malachi! ―decidió vengarse de la paloma (ahora recordó cómo Pete huyó después de despertarla), con el pobre gorrión; éste chilló y saltó hacia atrás― Necesito de tu ayuda ―continuó sin que él pudiera recuperar su respiración―, quiero que llames a todos y les digas que quiero verlos, de inmediato, frente a la casa.
―¿J-justo ahora?
―Tienes dos minutos ―la sonrisa que dibujó hizo que un escalofrío recorriera la espalda del ave―, antes de que descubra si tu cetro sirve como arma y no solo como rama mágica.
Martín salió de la ventana con un grito de fondo mientras la fémina rio en sus adentros. Ella salió de la habitación y regresó a la planta baja. Al mismo tiempo de que atravesó a los dos cerebritos (quienes se dirigieron a la puerta), tarareó una vieja melodía que llegó a escuchar en su tierra natal; los dos varones se alejaron con velocidad, pues les pareció más un coro para invocar a un alma infernal. Dejó la taza en el sucio espacio del lavabo, donde había varios trastos más. Escuchó voces en el exterior, así que se encaminó hacia la salida.
Los diez "espectadores" congelaron su mirada en el cuerpo de la fémina. En su forma humana y con la sonrisa en sus labios, parecía más peligrosa que tranquila.
Karai paseó sus ojos ámbares por todos, sin detenerse en alguien en especial; ni siquiera se molestó en asesinar a la paloma con una mirada. Ya tendría tiempo para eso.
―Necesito mutantes que nos acompañen a Tyler y a mí a la ciudad ―el nombrado soltó un suspiro de derrota, aunque ya se había preparado; llevaba consigo dos transportadores―. Los cerebritos quieren que robemos un juguete del Kraang, así que haremos una visita al T.C.R.I.
Víctor carcajeó sonoramente. ―Esa sí que es una forma de regular la sobrepoblación por aquí.
Karai fue la única que rio ante su chiste.
No sabía si era a causa del mutágeno o una falla en sus mentes, pero, cuando regresó del norte, Víbora y Víctor se dirigieron con ella como si nunca hubiera pasado nada. En cierto modo, prefería esa actitud a que la evadieran por el resto de los tiempos. Eso sí. Esperaba a que su mensaje fuera recordado y no se repetiría lo mismo. Por el momento, con las sonrisas en ambos mutantes y verlos junto a Jack sin malas intenciones, se felicitaba a sí misma.
El único problema era Slash.
―Yo voy. ―respondió la tortuga
Ella congeló su atención sobre el otro reptil. Fue la primera vez que lo escuchó hablar a partir de su disputa. Desde que la serpiente regresó del norte, él no se molestó ni pensó en arreglar algo, y ella no era de las que se disculpaban (menos cuando no tuvo la culpa de nada). Cada vez que entraba en la misma habitación que él, éste terminaba en silencio y cortaba la plática en la que estuviese; acto seguido, se retiraba. Tal parecía que le era incómodo estar en la misma habitación que Karai, aunque fuese él quien ocasionó toda la pelea. Puede que Víctor la inició, pero las palabras de Slash (mismas que estuvieron fuera de lugar), la hicieron explotar y estar de peor humor desde tal día.
―También yo. ―Cabeza de Piel contestó.
―Cuatro somos suficientes, pero… ―sus ojos ámbares por fin se congelaron en la paloma; hora de vengarse, se dijo―, necesitaremos alas. Así que, Pete ―él ladeó la cabeza―, vienes con nosotros.
El ave puede que era un caso perdido. Poseía la memoria a corto plazo peor que la de un perro (uno de los mejores chistes conocidos en la comunidad mutante). Era suerte que la paloma recordara cómo volar y respirar. Aunque era normal verlo chocar durante sus aterrizajes y ahogarse con trozos de pan muy grandes. Olvídenlo. El ave sí era un caso perdido.
―¡Oh, genial! ―exclamó Pete con entusiasmo― ¡Quiero aplastar varios Kraang!
―Sí, sí, sí. Qué bonito. Jack ―el nombrado asintió―, te quedas a cargo. Vic ―observó un repentino miedo que llegó al pecho de la araña―, te tocan las labores del grandulón ―él estuvo a punto de replicar, pero la mirada de la fémina fue lo suficiente para silenciarlo. Ella alternó sus cuerpos y olfateó al aire―. ¡Vámonos!
Los cuatro mutantes la siguieron de cerca. Con el serpenteo feroz de Karai, tuvieron que moverse rápido para no perderle el paso. Llegaron rápidamente a las aguas negras. La serpiente se detuvo a pie del desagüe y les brindó un tiempo para alcanzarla, en especial a Pete, quien chocó con un par de ramas, hojas, y acabó cayendo sobre el lomo del cocodrilo.
―Quise hacer eso ―se reincorporó con facilidad y comenzó a levantarse con el batir de sus alas. Una de las burbujas de Rockwell lo detuvo de elevarse más―. ¡Ey!
―No podemos llegar por aire a la ciudad, genio ―dijo el chimpancé―. Para algo existen las alcantarillas.
―Pero ―golpeteó los muros de su burbuja―, yo no puedo nadar.
Un quejido en unísono salió de la boca de los demás mutantes. Sin que alguno tuviera la intención de responderle, Tyler le entregó el transportador, que contenía a Pete, a la serpiente (quien cambió de formas para que el aparato se fusionara con su cuerpo y no tuviese que cargarlo). Le entregó el otro artilugio a Slash. La tortuga atrapó al primate y guardó la esfera en su cinturón. Acto seguido, los tres reptiles se adentraron en las aguas e iniciaron su camino hacia la ciudad. Se detuvieron en los tres espacios para respirar y tardaron más de una hora en llegar a la "cascada". Después de ayudarle al cocodrilo a escalar el húmedo muro, se vieron atrapados por túneles libres de extraterrestres.
Si hubiera un camino que los llevara al edificio vía subterránea, habrían continuado en las alcantarillas; sin embargo, tuvieron que ascender. Y lo hicieron en la estación más cercana a donde iniciaba la construcción del mega-misil. Antes de que algún extraterrestre o máquina alienígena los encontrara, ascendieron a las azoteas de los edificios anexos a su calle.
Aunque no confiaran del todo (es decir, para nada), en las habilidades de Pete, tuvieron que liberarlo de su burbuja para que el brillo tecnológico no revelara su ubicación. Mientras el ave voló torpemente, los terrestres saltaron y corrieron por varios edificios, hasta que el T.C.R.I apareció a la vista.
―Muy bien ―Tyler miró de reojo a la serpiente―, ¿cuál es el plan?
―Creí que tú tendrías uno ―cambió sus cuerpos y descansó un pie al borde del edificio―. Yo ni tenía ganas de venir.
―¿Podrías tener un poco de entusiasmo, por favor? Esta misión es para el beneficio de todos nosotros ―ante el tono del primate, la fémina solo bufó y se cruzó de brazos―. Lo único que sé es que su portal posee el escudo, pero está en el último piso y sería un acto suicida llegar hasta allá.
―¿Entonces…? ―articuló Cabeza de Piel.
―Podríamos buscar más objetos en los pisos debajo del último ―juntó sus palmas y agitó sus dedos―. Estoy seguro que algún arma o proyecto estará protegido por otro escudo.
Karai meditó por un momento. Con todas las miradas sobre ella, tuvo que formular un plan rápido. Una misión ninja (silenciosa e invisible), estaba fuera de consideración; con el tamaño de Cabeza de Piel y la poca sutilidad de Pete, serían descubiertos de inmediato. Así que la única opción era un ataque forzado desde la puerta principal. Tenían la fuerza de su lado, y ella y Slash sumaban el sigilo.
―Muy bien ―exclamó por fin―. Doc, grandulón y Pete se hacen cargo de los Kraang que estén en la planta baja; como vimos, la mayoría de extraterrestres están ocupados con su arma nuclear, así que no creo que hayan muchos resguardando el edificio. Pero siempre debemos estar preparados para la sorpresa. ¿Pueden con eso? ―el grupo asintió y ella le entregó su transportador al doctor― Slash y yo subiremos. No tardaremos más de quince minutos; así, los cerebros no tendrán tiempo de advertirles a sus amigos. Si ven que son demasiados, retírense y regresen a los bosques. Nosotros dos ya veremos cómo escapar.
―Un plan arriesgado ―Slash habló por primera vez desde que abandonaron la mansión―, pero si somos rápidos, podremos lograrlo.
Los demás asintieron antes de continuar con su camino. Siguieron saltando por varios edificios más hasta tener de frente al T.C.R.I. No había nadie que resguardara la puerta principal o, por lo menos, no se veían fuera del edificio. Lo que yacía dentro era un misterio, al igual que el peligro al que estaban por adentrarse. Karai levantó una mano para indicar que estuvieran quietos; en cuanto se aseguró de que no había nadie en las calles, cerró el puño y el trío descendió hacia la entrada. Ésta se abrió ante la sensación de sus cuerpos, y se cerró en cuanto ellos entraron. Los disparos se escucharon de inmediato.
―Démosles un minuto antes de entrar. ―ordenó ella y Slash solo asintió.
El silencio invadió al par de reptiles. Mientras los disparos continuaron, la tortuga se dio cuenta de que no tendrían mucho tiempo antes de iniciar con su parte de la misión, por lo que, aunque no fuese ni el momento ni el lugar indicado, se decidió por arreglar sus errores.
―Sobre nuestra pelea ―sus palabras atrajeron la mirada de la fémina, pero la atención de ésta se mantuvo en la puerta―, me gustaría que hablemos de lo que pasó.
―¿Enserio? ¿Justo ahora? ―alternó sus cuerpos y su lengua bífida olfateó al aire― El minuto acabó. ¡Vamos! ―saltó hacia la calle con la tortuga a su costado― ¿No pudiste elegir un peor momento?
―¡Ey! ―corrieron hacia la entrada y los disparos se escucharon con mayor claridad― Si vamos a terminar presos del Kraang, debo aprovechar, ¿no?
Antes de que ella pudiese responder, la puerta se abrió y ellos se vieron envueltos en la pelea que se vivía: los tres mutantes luchaban no solo contra droides, sino contra elementos de la Fuerza de Protección Terrestre, quienes contaron con el terrible destino de ser controlados por los extraterrestres. Los rugidos de Cabeza de Piel y los gimoteos de Pete los acompañaron hasta que Slash llamó al ascensor.
―¡Trece minutos y medio, Doc! ―gritó Karai y el primate levantó su dedo pulgar después de soltar un disparo del arma alienígena que robó. Las puertas del elevador se abrieron― ¡Si tardamos un segundo más, váyanse!
Los dos entraron en la cabina. Las puertas se cerraron en el momento justo en que un disparo se dirigió hacia ellos, y Cabeza de Piel saltó sobre el robot que lo hizo. Ella intentó presionar el botón del último nivel, pero parecía bloqueado; así que oprimió el que llevaba al cuarto piso antes de ese. Sus respiraciones no estaban ni agitadas. Ni siquiera había música de fondo.
―Lo que dije estuvo fuera de lugar ―empezó Slash―, y me merecía todo lo que hiciste y dijiste, y hasta más.
―Por más que te repetí que no hablaba de cosas personales, terminaste convenciéndome ―lo miró de reojo y el quelonio tuvo que tragar saliva―. Y, ¿cómo me lo pagaste? A punto de gritarlo en todo el bosque.
―N-no sé qué bicho me picó…
―Seguro uno que te contagió la idiotez.
Él bufó en diversión ante el característico sarcasmo de la fémina. ―Fui exactamente un idiota, Karai…, no. Fui más que eso: un tonto, un idiota, un estúpido, un…, un…
―Cabeza de mierda.
―Un cabeza de… ¿qué? No. No creo que fuese para tanto.
―Oh, sí ―se dio cuenta de que ya estaban a diez pisos de llegar a su destino y no hubieron complicaciones, lo que le pareció extraño―. Sí lo fue.
La tortuga asintió, con una diminuta sonrisa. Sin saber qué más decir, artículo la palabra más poderosa y que hubo olvidado―: Perdón.
―¡Vaya! ―su lengua bífida le indicó que ya estaban cerca― Tus disculpas no suenan como amenazas de muerte. ¿Practicaste mucho?
―Algo así. Puedo darte clases, si quieres.
Dada su incapacidad de reír en ese cuerpo, Slash lo hizo por ambos. El cubículo se detuvo en el nivel esperado y las puertas se abrieron. Parecían oficinas normales, abandonadas; no había señales de extraterrestres.
―Revisa este piso ―ordenó la fémina―. Cuando acabes, ve al antepenúltimo ―la tortuga salió del elevador mientras ella permaneció en él―. Yo voy al siguiente y al penúltimo. Te veo ahí.
Ascendió al siguiente piso. En cuanto las puertas volvieron a abrirse, frente a ella estaban los muros y pisos tan característicos de tecnología alienígena. Parecía que el pasillo rodeaba todo el piso. Encontró la primera puerta y decidió entrar por ella. Además de droides sin qué los manejara, no hubo nada más en esa habitación. Se acercó lo suficiente para averiguar si los protegía el escudo que buscaba, pero no.
Las demás habitaciones tampoco tuvieron el artefacto, solo armas, trajes extraños que deseó nunca haber visto, y demás municiones. Cuánto le hubiera gustado llevar consigo algún explosivo. No obstante, esa no era la meta de la misión y el tiempo se estaba acabando.
Encontró las escaleras con facilidad y subió al penúltimo piso. Éste tuvo los muros y piso iguales al otro, solo que una serie de tubos formaba caminos en el techo. Anduvo por varios pasillos, hasta que una puerta le llamó la atención, pues se vio más pesada y tenía una ventanilla que le permitía ver el interior. Antes de que pudiera hacer eso, sintió un cuerpo acercándosele por la derecha. Su siseo se entrecortó al ver de nuevo a la tortuga.
―¿Tan rápido? ―preguntó ella.
―No había más que metal y tuberías viejas. Parecía una bodega aban…
Una alarma se desató. Las luces comenzaron a parpadear y la puerta frente a ellos se abrió. Una decena de robots empuñaron sus armas y las dispararon contra ellos. Gracias a su agilidad y fuerza, esquivaron los lásers y destruyeron a los extraterrestres.
Algo más que los dos tenían en común, era que preferían acabar con sus enemigos de una vez por todas. No dejarlos inconscientes, no darles una segunda oportunidad. Atravesar su corazón. O, como en ese momento, partir sus cuerpos con forma de cerebro a la mitad.
Terminaron con una piscina morada bajo ellos. Gracias a lo alto de la alarma, ninguno logró escuchar el chirrido de las máquinas ni los pasos cada vez más cerca. Eso sí, decidieron emprender retirada lo más rápido posible.
Por lo menos, Karai lo pensó. ―¿¡Qué esperas!? ―inquirió al ver que Slash no se movió de su lugar.
―M-mutantes.
Karai llevó su mirada hacia donde él la congeló. Sus pupilas se ajustaron a la perfección para distinguir lo que había dentro de esos contenedores de cristal: con tubos conectados a sus cabezas y torso, flotando en el líquido azulado y sin señales de vida, había dos lagartijas humanoides.
La tortuga se giró hacia ella. ―No podemos dejarlos aquí.
―¡¿Escuchas la maldita alarma?! ¡Debemos irnos, ya!
―¡¿Vamos a darles media vuelta?!
―¡Ni siquiera sabemos si están vivos!
Pero la tortuga no le escuchó. Sin pensarlo dos veces, golpeó el cristal de los cristales hasta que el líquido se vertió y mezcló con la sangre alienígena. Cuando ambos "especímenes" cayeron, Slash arrancó los tubos de sus cuerpos y ambos reptiles se dieron cuenta de algo: eran hembras…, y estaban con vida. Al mismo tiempo de que él colocó los cuerpos inconscientes sobre sus hombros, el chirrido extraterrestre comenzó a escucharse cada vez más cerca. Salieron del extraño laboratorio, pero fue tarde: una horda de robots les bloqueó el paso.
―Vete por atrás ―sorprendentemente, Karai se adelantó a la tortuga y acortó su distancia con el Kraang―, llama al elevador. Yo llego en un minuto, máximo.
―No puedes…
―¡Debes llevar a esas dos mutantes al bosque! ¡Yo estaré bien! ¡Si no llego en sesenta segundos, toma el ascensor y vete! ―se giró hacia los robots que encendieron sus respectivas armas― ¡Lo importante es salvarlas!
Slash tardó dos segundos en asentir, antes de dar media vuelta y cubrir a las lagartijas de los disparos que fueron lanzados. Detrás de él, Karai saltó sobre los droides. Los destruyó de diestra a siniestra; clavó su cola en el centro de los extraterrestres y sus cabezas aplastaron los cuerpos del Kraang.
La sangre de dentro de la habitación se mezcló con la que comenzó a teñir el pasillo.
Ella dio media vuelta y serpenteó hacia el elevador, dejando a la nueva horda de extraterrestres confundidos y aterrados por la escena que encontraron sin autor a quién disparar.
Slash usaba su cuerpo para detener el cierre de puertas (consecuencia del cierre total del edificio); movió sus extremidades para que ella, como una bala, se lanzara al cubículo y su cuerpo se estrellara pero entrase. Las puertas se cerraron con fuerza y comenzó el rápido descenso.
Ninguno necesitó ser un genio para saber que los extraterrestres esperaban en la planta baja.
Las dos lagartijas estaban acostadas una contra la otra. Sus párpados seguían cerrados, pero sus pechos subían con lentitud, indicando su respiración débil. Sus colas hacían movimientos involuntarios y estuvieron a punto de golpear el rostro de la serpiente, hasta que ésta se irguió por la llegada a la planta baja. Slash volvió a acomodar los cuerpos, mientras Karai se apoderó de su lucero del alba.
Las puertas se abrieron.
Con un rugido, la tortuga siguió el camino que Karai le abrió. La serpiente lanzó golpes y veneno en todas direcciones; gracias a su agilidad, le fue fácil evadir los disparos. De igual forma, el caparazón del otro reptil le sirvió de gran protección. No obstante, ninguno de ellos era impenetrable: más de un disparo rozó los hombros de la tortuga, y otros, la cola de la serpiente.
Hubieron demasiados droides para ellos y más estaban por llegar, por lo que Karai, con una mirada, le indicó su siguiente plan. Slash asintió y emprendió carrera hacia la puerta cerrada. Antes de chocar con ella, se giró y utilizó su caparazón como bala. La fuerza destruyó la entrada. Él recobró la compostura y esperó porque Karai lo alcanzara. La fémina serpenteó con disparos alrededor de ella. Se dirigieron de inmediato a la primera fuente que los llevase al subterráneo.
Se tardaron demasiado; los demás ya debían estar llegando al desagüe.
Encontraron una tapa de alcantarilla y se adentraron en ella. Los disparos cesaron en cuanto comenzaron a correr por los túneles. Reconocieron el camino a los bosques de inmediato y tardaron unos cuantos minutos en llegar a la cascada de aguas negras.
Un cuerpo, con una burbuja morada detrás de él y protegiendo a dos seres, los estaba esperando.
―¿Tuvieron éxito? ―Tyler preguntó y recibió la corta negación de parte de la serpiente.
―Pero esta misión no fue un completo fracaso. ―respondió ella.
Mientras Slash colocó a las lagartijas sobre el suelo, con delicadeza, el trío se percató por fin de ellas. La tortuga las encerró en el transportador que él cargaba. Ya con ambas protegidas, Karai saltó a las aguas y los demás la siguieron de inmediato. No pasó ni un minuto desde que empezaron a nadar, cuando una de las rescatadas abrió sus párpados, vio dónde estaba y el pánico se apoderó de ella, lo que contagió a la segunda mutante.
―¡Ya no más! ¡Déjennos ir! ¡Ya no más!
―¡Cálmate, por favor! ―Tyler gritó desde la otra burbuja― Nosotros no las lastimaremos.
―¡El Kraang…!
―Ustedes ya no son sus prisioneras. Están a salvo.
En ese momento fue cuando ambas lagartijas se congelaron en sorpresa. Se dieron cuenta de que ya no estaban en el laboratorio que conocieron durante toda su vida, ya no tenían al Kraang a punto de experimentar más con ellas; ahora estaban entre más seres como ellas, al parecer, libres gracias a ellos. Ambas se giraron hacia el otro transportador, justo cuando la paloma comenzó a emitir extraños arrullos.
―¡Deberíamos tener más aventuras juntos! ―su emoción hizo que su casco (mismo que arrebató de la pelea dentro del T.C.R.I), brincara junto a él― ¡Nosotros contra el Kraang!
Tyler fue el único que pudo reír, al menos en volumen alto. Slash y Cabeza de Piel lo hicieron en sus adentros. Karai tan solo sonrió en su mente; a ella le convenía que esos cuatro hicieran un grupo dispuesto a acabar con los extraterrestres y todos sus planes, ya que dejaría de ser la espía de Kurtzman, y, de hecho, estaba cansada de serlo.
Más de una hora más tarde, volvieron a tocar suelo. El cocodrilo desactivó su transportador, y, contradiciendo completamente a su especie, Pete cayó sobre su trasero mientras Tyler levitó. Slash primero bajó la burbuja antes de desactivarla. Las dos lagartijas se irguieron con lentitud, pero sus colas le ayudaron a mantener el equilibrio. Al mismo tiempo de que sintieron la nueva textura bajo sus pies y el aire que respiraron, Karai se acercó a ellas y las estudió en busca de alguna herida. Ambas mutantes se encogieron en señal de pánico. Cuando lo notó, ella alternó sus formas, pero eso solo empeoró la situación.
―¿Cómo se sienten? ―preguntó antes de que tuvieran un ataque― ¿Les duele algo?
Las dos reptiles eran casi idénticas: parecían una mezcla perfecta entre humano y lagartija, con una cola más corta a los animales normales, facciones no tan bestiales y un tamaño promedio (en la escala humana). Lo único que cambiaba era el color de sus escamas y de sus ojos. Una de ellas era marrón-anaranjada; su lomo tenía una secuencia de franjas anaranjadas, blancas, anaranjadas, verdes y anaranjadas, que se originaba a ambos costados; sus ojos eran marrones. La otra era color crema y su lomo asemejaba las manchas de un jaguar; sus ojos eran de color marrón-rojizo.
Fue la de "lomo de jaguar" quien se acercó primero. ―Muchas gracias…, p-por salvarnos.
Karai se halló a sí misma sonriendo. ―De nada. ¿Pueden caminar? ―las dos asintieron― Entonces, sígannos. Quiero que las revisen para estar segura de que no tienen ninguna herida.
Con un movimiento de su cabeza, les indicó a Slash y Cabeza de Piel que las ayudaran a caminar. Los dos reptiles entendieron de inmediato y sirvieron como apoyo. Mientras Tyler y Pete se adelantaron para que Jack tuviera lista la enfermería, Karai caminó detrás para asegurarse de que ambas lagartijas estuvieran bien. De cierta forma, se alegró que, al fin, hubiese más féminas en esa casa además de ella.
La mansión apareció a la vista. Como los otros dos mutantes habían dado la noticia, Víbora y Víctor ya los estaban esperando. Ante el enorme tamaño del par, ambas lagartijas se encogieron de hombros y emitieron chillidos de temor.
―Por lo menos esta vez trajeron mutantes y no más humanos.
Karai fulminó a Víctor con la mirada. Enserio esperaba que hubiera hecho lo que le ordenó, antes de irse, o lo nombraría su nuevo compañero de entrenamiento.
El grupo se adentró en la mansión. Mientras Slash y Cabeza de Piel llevaron a las féminas al sótano, Karai se movió hacia la cocina. No parecía haber trastos sucios, pero aún debía checar la limpieza del canal del afluente para no gritarle a Víctor. Descendió a la enfermería, donde ambas reptiles ya estaban siendo atendidas por Tyler y Jack, y Slash y Cabeza de Piel permanecían cerca por si los médicos necesitaban ayuda.
―Me dicen que no consiguieron el escudo. ―Jack exclamó cuando la fémina se detuvo cerca de ellos.
―Parece que lo tienen en el último piso ―ella miró de reojo cómo Tyler acercó su aparato para determinar la especie de las reptiles―. ¿Cómo están?
―Un poco agitadas, desnutridas y deshidratadas ―respondió el hombre―, pero fuera de peligro.
Ella asintió y se colocó de cuclillas para estar a la altura de las lagartijas. ―¿Cuánto llevaban en ese laboratorio?
―T-toda la vida ―contestó "lomo de jaguar"; entre las dos, parecía ser la que le daba menos miedo hablar―. Gracias…, por salvarnos.
―A quien deben agradecerle es a Slash ―lo señaló con una mano y ambas voltearon hacia él―; los mutantes son su debilidad.
―¿Mu…, tantes?
Karai frunció el ceño. ―Ya saben…, seres que entran en contacto con el mutágeno y ganan nuevas formas.
―Por eso ―compartió una mirada con la de "lomo de franjas"―, ¿dejamos de caminar sobre nuestro abdomen y nos levantaron nuestras patas traseras?
Tal pareció que el par no precedió de pobres humanos que fueron capturados, sino de dos lagartijas (por lo que dijo, tal vez desde que eran huevos), a las cuales les agregaron ADN humano junto al mutágeno, o eso era lo que mostró la libreta de Tyler. Un esquema, que enseñó el lomo con manchas, tenía escrito "Podarcis carbonelli"; el otro, con el lomo de franjas, era acompañado con "Podarcis sicula".
―¿Cuál es su nombre? ―inquirió Jack― ¿Saben lo que es un nombre? ―al mismo tiempo de que los demás se llevaron una palma al rostro, en señal de vergüenza, ambas negaron con la cabeza― ¿Cómo las llamaban o se llaman entre ustedes?
El par emitió un sonido gutural que habría roto las ventanas si tuvieran. Pareció una mezcla de chillido, grito y gemido. Se detuvieron al ver que todos se llevaron sus manos a los oídos.
―Sí ―Kurtzman bajó sus brazos―, creo que será un poco difícil de pronunciar para nosotros. ¿Qué opinan si les buscamos un nombre? ―el par asintió con nueva emoción― Veamos ―entrecerró los ojos mientras estudió las facciones de ambas, hasta que abrió sus párpados y chasqueó los dedos―. ¡Por supuesto! Si hubieran existido mutantes en la antigüedad, Da Vinci y de Antioquía las hubieran elegido como modelos ―miró a la de "lomo de jaguar"―. Venus de Milo ―observó a la otra―, y Mona Lisa.
―Venus y Lisa ―exclamó Karai―. Me gusta. ¿Qué les parece? ―ambas volvieron a asentir― Perfecto, entonces. Cuando acaben, váyanse a descansar. Se lo merecen.
―Pero ―por primera vez, escucharon la voz de Lisa―, ¿no nos darás horarios para comer y dormir?
La serpiente, quien se preparó para iniciar con sus horas de sueño, la miró sobre su hombro, extrañada. ―¿Por qué lo haría?
―Porque eres la cabeza aquí.
Todos rieron por la expresión que dibujó la apodada; no se lo hubo esperado. De repente, la disputa de hacía dos semanas regresó a su mente. Cierto es que había dicho que era la única cuya palabra importaba en ese lugar, otra forma de decir que era la líder. Aunque lo dijo porque estaba enojada (furiosa, maldición), la verdad era que ella mantenía el orden, dictaba qué tareas hacía cada quien para tener todo funcional y era la que comandaba las misiones.
Como, ¿un líder?
Las carcajadas de los demás la interrumpieron de contestar su pregunta mental. Los miró de manera intimidante, pero, como tenían los parpados cerrados y golpeaban al suelo, no tuvo el característico efecto mortal. Sin embargo, cuando centró sus pupilas en el cuerpo de la tortuga, una sonrisa maliciosa apareció en sus labios y mostró sus dientes que, aunque no fueran colmillos en ese momento, parecieron igual de letales.
―No ―se dirigió a las lagartijas―. Aquí no hay horarios, pero sí tendrán que ayudar en las labores de este lugar. Mi segundo al mando, Slash, les explicará eso.
Aunque las risotadas aumentaron, los colores desaparecieron del rostro del nombrado. Se mantuvo congelado mientras Karai salió de la enfermería y continuó hasta el primer piso. Recibió un par de golpes amistosos de parte de los demás (su forma de felicitarlo por su "ascenso"). Estuvo a punto de correr detrás de la fémina, pero se vio atrapado en la mirada del par de lagartijas. Forzó una sonrisa, a pesar de que su mente temía por la nueva jerarquización que se creó en un abrir y cerrar de ojos, y, al parecer, era uno de los que tenía mayor poder. Tragó saliva, pues poder significaba responsabilidad y cómo odiaba la responsabilidad.
Esta vez tardé exactamente siete días en subir nuevo capítulo, por lo que cabe recalcar que los días de actualizar se modifican para los sábados (por ahora). De vuelta a esta pieza, me es un placer presentarles a mis semi-OC's: Lisa y Venus. Espero que estos personajes sean de su agrado. Nos leemos después. Bye-bye.
