"Tú eres lo que eliges ser, no lo que los otros te hacen ser." ~Hamato Yoshi (2012)


Lo primero que se notó tras el regreso de las féminas, además de la herida mal tratada en la extremidad de su líder, fue el cambio de actitud de ambas. Con el paso de los días y mientras el brazo se recuperó en su totalidad, los demás habitantes se percataron del gran cambio: la serpiente pasaba sus ratos libres acompañando a los mutantes en sus labores en lugar de dormir, y la niña había dejado de buscar pelea con todos al mismo tiempo de que obedecía más. Inclusive ya no encontraban a Víctor y Lin gritando sus típicos insultos. Venus y Lisa ya no tenían miedo de preguntarle algo a la reptil ni se disculpaban por cualquier insignificante error que cometían a espaldas de ella.

En efecto, era un cambio lento, pero ya se notaba la nueva atmósfera que rodeaba a la mansión. Durante el día, todos los mutantes se olvidaban por un momento de la terrible realidad que se vivía del otro lado del desagüe; solo cuatro de ellos la revivían a diario, en sus salidas a la ciudad para completar la misión de espionaje. El equipo ya hubo madurado lo suficiente para traer mayores resultados, y su líder ya no dependía de Karai para salir de cualquier situación y, aunque pidiera consejos, ella no podría dárselos con claridad, pues su mente comenzó a concentrarse en otros asuntos más importantes.

Karai jamás hubo entrenado a alguien personalmente, solo hubo sido testigo de una que otra práctica y permitido gritar un par de órdenes, y creyó que eso sería suficiente. Y tal vez sí pudiera serlo, pero no con una pupila como Lin. Con lo primero que inició y con lo que durarían por varios meses, fue la tonificación y fortalecimiento de su cuerpo. La niña debía ser capaz de realizar cien abdominales, lagartijas y sentadillas sin una mueca de dolor; sus brazos debían adquirir la fuerza para soltar cincuenta golpes por minuto; debía ganar la flexibilidad para llevar sus pies a arriba de su cabeza al mismo tiempo de que pateara con certeza.

El único problema era que Lin se quejaba cada quince minutos.

La kunoichi cometió el error de no grabarle en su joven e ignorante mente que el arte del ninjutsu no debía tomarse a la ligera, sino que era un arte que, como se lo dijo, destruía mente y cuerpo. Y eso fue exactamente lo que hizo: antes de inculcarle las veinte disciplinas ninja y las dieciocho habilidades del samurái (como la entrenaron a ella), se aseguró de romper por completo su espíritu para reconstruirlo desde las cenizas. Al principio, no hubo día en que la niña no terminara llorando. Con los nudillos sangrantes y las mejillas húmedas, pasaba horas en una misma posición, desarrollando la paciencia.

Aquello siempre le resultó divertido a Karai, porque podía explotar ante un comentario mal hecho en el momento equivocado, pero su antiguo maestro le hacía permanecer horas, sino era que días, esperando a que cierta manzana cayera del árbol. Algo parecido sucedió con Lin con el paso de los días.

Después de sorprenderla por no abandonar el entrenamiento ni un día, la niña dejó de llorar ante los comentarios que Karai soltaba para romper su espíritu. Su rostro cambió a uno más estoico y sus ojos comenzaron a afilarse con la fuerza necesaria para atravesar los ojos de alguien. Aún conservaba su inocencia, pero ésta desaparecía día con día, mientras iniciaba con el camino para convertirse en una kunoichi idéntica a su maestra. Decepción, engaño, seducción y belleza eran las cuatro palabras que le repetía a diario. En una situación normal, una niña a su edad no debía conocer tales términos, pero su normalidad se acabó cuando el primer portal extraterrestre se abrió.

Algunos intentaron detenerla. No podían dejar que Karai la hiciera madurar de esa forma y para tal finalidad. Sin embargo, ellos no entendían tal arte marcial y olvidaron que su segundo al mando estaba familiarizado con el ninjutsu, por lo que apoyó la idea de su líder para educar al miembro más joven y, de esa forma, pudiera defenderse ante cualquier situación. Puede que el ninjutsu fuera un arte sangrienta y para nada inocente, pero era la mejor arma para una guerra, igual a la que vivían en esos momentos.

Por ello, aquella tarde de entrenamiento, cuando Karai observó el aburrimiento en el rostro de su pupila ante la rutina familiar, fue la señal para elevar otro nivel. Ahora serían doscientos ejercicios, aprendería conjunto de golpes de boxeo, su cuerpo se compactaría al tamaño de una caja y una carrera de una hora acompañaría a todo eso. Esta última fue una decepción después de que la pobre cayera rendida a los veinte minutos, los golpes fueron soltados con torpeza, pero la flexibilidad y tonificación parecían ser su fuerte. Si no la hubieran interrumpido a mitad de las flexiones, Karai se habría quedado hipnotizada por la expresión determinada de Lin, quien, a pesar del fuego en todos sus músculos, no se rendiría.

La noche anterior, los "Mutanimales" tuvieron un encuentro no grato con los extraterrestres. Los cuatro integrantes regresaron con graves heridas, siendo Slash quien lo vivió mejor: Cabeza de Piel terminó con un disparo en el músculo que le impediría correr por varias semanas, Rockwell tuvo una contusión en la cabeza que se agudizaba cada vez que utilizaba sus poderes psíquicos y Pete sufrió un esguince en el ala derecha, pero no fue durante la misión, sino en la mismísima mansión, tras saltar por la ventana y olvidar batir sus alas. Por lo tanto, solo era la tortuga quien podía aventurarse esa noche; sin embargo, a Jack le resultaba más tranquilo que éste fuera acompañado, así que, mientras Karai y Lin entrenaban en los bosques, se acercó a la líder para pedirle que fuese al laboratorio porque querían hablar con ella.

Después de que la Luna se asomó, Karai dio por terminado el entrenamiento. Mandó a Lin a descansar (si quería tomar una ducha era decisión suya), mientras gritó que continuarían con el típico entrenamiento matutino a la mañana siguiente. Ella se encaminó al sótano, donde sabía que ya la estaban esperando. La puerta del laboratorio de ambos cerebritos cedió ante su fuerza y su rechinar hizo eco. Las miradas de los tres presentes cayeron sobre la suya.

―¿Dónde están Pete y el grandulón?

―Les dije que se recostaran después de tratar sus heridas ―respondió Tyler―. Yo estoy a punto de unírmeles.

―Como verás ―habló Jack―, "Los Poderosos Mutanimales" están fuera de combate en un setenta y cinco por ciento, y es muy peligroso enviar a Slash por su cuenta, así que pensamos que podrías acompañarlo esta noche.

―Hm. Pensé que ya me había librado de jugarla de espía ―alejó su atención de sus manos y la centró en el hombre―. ¿Qué tanto durará? Tengo sueño y quiero dormir antes de la media noche.

―No mucho. Un rápido vistazo de quince minutos, recaudan cualquier cambio y nos lo dicen. Tardan más en el desagüe que en la ciudad.

―Está bien ―chocó su mirada con la de Slash―. Vámonos antes de que se haga más tarde.

―¿Por qué no llevamos a Lin? ―preguntó la tortuga.

―¿Para qué?

Él se alzó de hombros. ―Sería su primer encuentro con una misión de verdad y eso podría ayudar en su entrenamiento.

Aunque la tortuga tuviera un punto (después de todo, era muy diferente enfrentarse a un enemigo de carne y hueso en lugar de a un árbol inerte o a un oponente ya conocido), Karai bufó con molestia y rodó sus ojos. ―Pero tú tomas responsabilidad en ella.

Antes de que alguno dijera algo más y con el bufido del reptil detrás, ella salió del laboratorio y ascendió a la planta baja, para proseguir al primer piso. Al mismo tiempo de que caminó frente a las habitaciones, se aseguró que cargara consigo su wakizashi.

―¡Oye, mocosa! ¿Quieres…?

Su mirada cayó sobre el cuerpo completamente dormido, acostado en una posición poco agraciada y con ronquidos muy sonoros para salir de su pequeña figura. Aunque tuviera ganas de despertarla con fuertes toqueteos y gritos, supo que si la niña los acompañaba en ese estado, tan solo los atrasaría. Por ello, regresó a la planta baja, donde Slash ya la esperaba, con su lucero de alba en mano.

―¿Qué pasó con Lin? ―él preguntó de inmediato.

―Está exhausta y no quiero escuchar sus quejas durante la misión, así que se queda ―observó que la tortuga no llevaba más que su arma―. ¿Nada de transportadores?

―Jack dijo que es solo espionaje y evitáramos el contacto con el Kraang a toda costa.

―Eso sería más fácil si la ciudad no estuviera plagada de ellos.

Slash sonrió de lado. ―O si nosotros fuéramos ninjas.

Karai devolvió la sonrisa del otro reptil. Esperó a que éste parpadeara para iniciar su juego: en un chasquido, ya no estaba frente a él.

Al mismo tiempo que gruñó en derrota, el quelonio emprendió carrera para intentar alcanzar a la serpiente, meta que jamás podría cumplir. Para cuando llegó al desagüe, ella estaba en su cuerpo humano, recostada al borde de las aguas y con sus párpados cerrados; los abrió tras escuchar sus pasos, le sonrió de lado y se dejó rodar en el líquido. Slash saltó detrás de ella.

Bajo el agua, los dos reptiles comenzaron con su nado hacia la ciudad. Llegaron en menos de una hora y ascendieron a la superficie por la primera tapa de alcantarilla que encontraron. Aunque fuera más arriesgado, decidieron moverse por las calles para estar más cerca de sus objetivos.

―Ya son contados los neoyorquinos que siguen en la ciudad ―la serpiente exclamó en cierto momento―. ¿A dónde se los llevarán?

―Doc opina que a su dimensión ―se ocultaron en el momento justo en que un rastreador extraterrestre atravesó las calles―, pero no sabe para qué.

Prosiguieron con su andar y el misil apareció enfrente de ellos tras unas cuantas cuadras más. Se ocultaron en el callejón más cercano. Gracias a que todos los cerebros estaban centrados en la continuación de su arma nuclear, tuvieron toda la libertad de estudiar la monstruosa creación, por lo menos con la mirada.

―Si tuviéramos una bomba muy potente ―Slash susurró a su costado―, podríamos destruirlo antes de que le añadan el mutágeno.

―Para eso necesitaríamos mismísima tecnología Kraang ―olfateó al aire para asegurarse de que nadie se estuviese acercando, lo cual así era―, y ya conoces el único objetivo por el que asaltaríamos el TCRI.

―¿Qué haremos con el escudo, por cierto? ―antes su pregunta, Karai llevó su atención hacia la punta del edificio, ajustando sus pupilas por algo que estaba más cerca que la construcción― El Kraang ha dejado de buscarnos, podemos…

―¡Slash! ―guio la atención de la tortuga hacia donde ella la tenía, y las pupilas de él se contrajeron en terror― ¡Corre!

Sin necesidad de escucharlo dos veces, ambos comenzaron a alejar la distancia entre los subordinados del Clan del Pie y ellos. Tenían la ventaja de que la diferencia de ángulos les proporcionara un escondite, pero sus enemigos contaban con la facilidad de moverse por las azoteas. Los alcanzarían tarde o temprano.

Karai olfateó al aire con desesperación, hasta que un aroma familiar provino de cierta dirección. Con la mirada, le indicó al otro reptil seguirle el paso; serpenteó con la velocidad necesaria para que él no se quedara atrás pero para que sus perseguidores no los atraparan. En cuanto llegaron al edificio abandonado, ella utilizó sus extremidades para levantar la puerta corrediza e ingresó en el lugar.

Slash reconoció de inmediato la bodega en la que entraron.

Justo después de cerrar la puerta y de que la oscuridad los envolviera (unos cuantos rayos de la Luna entraban por las ventanas rotas), Karai se ayudó de su visión nocturna y encontró los contenedores que alguien de seguro ocultó ahí con la finalidad de utilizarlos en otro momento, sin contar que sería atrapado por los extraterrestres. No esperó a que los secuaces del Clan del Pie acortaran la distancia y, con ayuda de la púa que formaba la fusión de su wakizashi y su torso, rasgó el contenedor. El líquido salió de él y la bañó por completo.

El hedor a combustible atrajo la atención de la tortuga, quien entendió de inmediato e imitó a su líder. Tras dejar el contenedor con cautela, ambos permanecieron en total silencio. Se tensaron un poco cuando escucharon el chirrido de los robots justo encima de sus cabezas. Solo anhelaron que a sus perseguidores no se les ocurriera generar un incendio, aunque lo dudaron; no sería buena idea calcinar a la víctima de su maestro en lugar de traérsela.

Un gruñido llegó al mismo tiempo que el sonido de un cuerpo cayendo. Al cabo de unos segundos, otros dos seres aterrizaron en la azotea. El ruido de extremidades mecánicas y rugidos guturales los acompañaron.

―Se escapó ―los dos reptiles escucharon el tono decepcionado de Xever―. Ya es la milésima vez que lo hace.

―Y todo gracias a las patas inservibles de cierto pez. ―exclamó Chris.

―¡No quieras echarme la culpa…!

―¡Silencio! ―el rugido de Garra de Tigre silenció al par. Sin necesidad de ver, ambos reptiles estaban seguros de que el felino olfateó al aire― Polvo, gasolina y un par de cuerpos en descomposición ―volvió a gruñir―. Perdí el rastro.

―Tal vez aparezca si atrapamos a uno de los "Mutanimales" ―propuso el brasileño―. ¿No hueles a alguno?

―No. Solo la tortuga viene con ella, pero también la perdí.

Slash se alzó de hombros al escucharlo golpear algo

―Estoy cansado de buscar a esa cría. El Maestro Destructor debería estar más preocupado por los malditos extraterrestres que por una niña.

Chris rio con rudeza. ―Para ser el segundo al mando, se ve que no conoces en nada al Maestro.

Garra de Tigre bufó de manera intimidante. ―¿Qué quieres decir con eso, Bradford?

―El mundo puede estarse acabando frente a los ojos de Destructor, pero poco le importará con tal de recuperar a su hija.

El felino rio sonoramente. ―¿Hija? ¿De verdad creen que el Maestro sigue viendo a esa chiquilla como su hija? ―hubo un momento de silencio, hasta que continuó―: Es obvio que ella no es más que una pieza en el plan del Maestro, un pilar, muy a mi pesar.

―En eso te equivocas ―Xever intervino―. Karai es…

―¡Un trofeo! ―el tigre interrumpió con un rugido― Una medalla, un recuerdo, una mascota que se le escapó y ahora debemos recuperar.

L tortuga estuvo a punto de rugir, pero la mano de la fémina (quien cambió a su cuerpo humano), lo detuvo

―Pero no una cría.

―No estuviste el tiempo suficiente para conocer su relación…

―Pero vi lo necesario ―volvió a interrumpir al pez―. Encerrada en un calabozo, a punto de ser asesinada y terminar mutada, todo bajo las manos de, ¿la persona que creen que es su padre? Si es algo más que un premio, solo sería un peón, al igual que ustedes y yo.

―Si eso fuera cierto ―el tono de Chris sonó más agresivo de lo permitido―, descríbela de esa forma frente al Maestro. A ver si te es permitido conservar tu otro ojo.

―Cuidado con lo que dices, Bradford ―escucharon pasos, posiblemente acercándose hacia el cánido―. Karai no es más que otra pieza de ajedrez.

―Karai es la hija de Destructor. ―determinó Xever.

Garra de Tigre emitió un bufido en señal de irritación. ―No tengo tiempo para esto ―escucharon el ruido de sus propulsores―. Sigamos buscando. No estoy dispuesto a regresar frente al Maestro con las manos vacías.

Los cuerpos de ambos reptiles se relajaron en cuanto los oyeron alejándose. Dado a que no tenían la certeza de que estuviesen fuera de peligro, decidieron permanecer en el viejo escondite de la tortuga, por lo menos hasta que pudieran salir y regresar al subterráneo. La fémina se acercó al muro y se sentó sobre el frío cemento, con el costado de su cabeza haciendo contacto con el marco de la ventana rota.

Slash no se arriesgó demasiado y descansó su cuerpo contra los demás contenedores, aún llenos, de gasolina. Más que para pasar el rato, bajó su cabeza para tranquilizarse a sí mismo. Aunque pudiese dar a conocer su ubicación, tenía ganas de golpear algo, vivo, si se pudiera, leal a Destructor y con bigotes al lado de su nariz. Lo que más quería en ese momento, era golpear al tigre mutante. ¿Con qué derecho se refería a ella de tal forma? Con lentitud, llevó sus ojos hacia Karai, quien mantenía su atención en la escena fuera de la bodega.

Para la completa sorpresa de Slash, Karai rio con ligereza. ―De lo que uno se entera hoy en día, ¿no?

―¿Qué importa? ―preguntó más rápido y con un tono más evasivo de lo que esperó.

Ella se percató de inmediato, pero no le dio importancia. ―Tienes razón. Tú no eres tantas cosas que ya no sabes cuál de todas eres en realidad.

―Como, ¿qué?

Karai alejó su espalda del muro, levantó su dedo índice, abrió la boca y permaneció congelada. Su respuesta se quedó atascada en la garganta, con las palabras sin querer ser pronunciadas. Las oraciones se atoraron en su mente y se desordenaron por todas partes, sin la menor forma de recuperarlas.

No era la hija secuestrada de Hamato Yoshi y Tang Shen, porque nunca estuvo realmente secuestrada, ya que su situación no fue como las películas lo pintaban: nunca estuvo encadenada, aislada del mundo dentro de una bodega húmeda y sucia, mientras pedían una cantidad de dinero para rescatarla. No era la hija legítima de Oroku Saki, heredera de un clan entero de ninjas y futura maestra del mismo, cuando no podía tan siquiera tener el rostro del hombre en su mente sin querer asfixiarlo con sus propias manos. No era ni uno ni otro, porque la sangre importaba muy poco cuando esta se derramaba del cuerpo y los títulos podían pisotearse con la verdad y traición.

Ella relajó su cuerpo y se cruzó de brazos. ―Creo que lo único que ahora soy…, es líder del primer hotel de mutantes del mundo.

Aunque Slash intentó reír, no le salió ni la sonrisa. ―Yo sé que eres mil veces más que eso, solo tienes que creerlo tú misma. No creo que con los años que tienes, sea lo único que te describe.

―No. Lo que me describe es lo mismo que me definió por dieciséis años. Aunque quisiera cambiarlo, ya no se puede.

―Y, ¿eso es malo?

―No lo sé, Slash ―ya había comenzado a irritarse―. ¿Es malo que el mundo siempre te haya conocido como la mejor asesina del maestro más despiadado de Japón y no quieras cambiar eso?

―Tiene más puntos malos que buenos, lo acepto, pero…, quieras o no, eres quien eres hoy gracias a todo lo que alguna vez fuiste.

―Es que ese es el problema: ¿quién soy y quién fui?

―No puedo hablar por años, pero sí por meses ―ante la expresión confundida de la serpiente, Slash se reincorporó en sus patas traseras y se acercó hacia ella―. Antes solo eras una mutante traicionada que se aislaba del mundo para no volver a ser lastimada…, y ahora veo que eres una mutante que busca apoyar a tantos hermanos como pueda, que ya no tiene miedo de arriesgarse al contacto con otros y que está empezando a experimentar con sensaciones y emociones que ocultó por mucho tiempo. ¿Cómo es que yo puedo ver todo eso y tú no?

―Tal vez porque eres un mago acosador que puede ver el pasado de sus víctimas…, y yo no.

―Karai ―se sentó a su lado―, deja de evadir el tema…, además, tú fuiste la que preguntó.

La azabache tan solo rodó los ojos. Dejó que un pesado silencio se interpusiera, hasta que su propia mente le traicionó y su boca le siguió―: Creo que el tigre tiene razón.

―¡No lo puedo creer! ―a su grito, Slash le sumó el ruido que hizo al levantarse.

―¿Quieres ―volvió a mirar a través de la ventana rota―, que nos encuentren?

―¡Ya se fueron y lo sabes!

Ella encarnó una ceja al ver que el otro reptil extendió sus manos, pero terminó cediendo, así que se reincorporó, dejó escapar un pesado suspiro y rodó sus ojos. Dibujó su clásica sonrisa de lado que ya hasta describía su silueta (era casi tan normal como verla con su armadura y actitud evasiva), mientras descansó todo su peso sobre una pierna.

Sin embargo, Slash lo sabía mejor que nadie: era un disfraz que ella vestía cada vez que esa plática se originaba, porque ella reconocía cada vez que él se preparaba para indagar en sus asuntos personales. La tortuga lo había visto solo una vez, pero fue lo suficiente para saber la verdad: no le gustaba hablar de ese tipo de temas porque era una estaca que consideraba imposible de arrancar…, y le ayudaría a ver eso.

Él suspiró con determinación y preguntó―: ¿Cuándo fue la última vez que hablaste con alguien sobre lo que sentías?

―Ah ―su expresión pensante le hizo saber que ya era un avance―. Cinco…, seis…, sí. Cuando tenía cinco o seis años, y fue para decirle a Destructor que sentía sueño con el té negro.

―Bien, bien. ¿Qué más le dijiste a él?

Karai supo de inmediato a dónde quería llegar, pero, aun así, le concedió su deseo, sin rodeos―: Que se fuera al infierno, que seré yo quien clavara mi sable en su pecho o arrancara su cabeza de un corte limpio y recto, como él me los mostró desde que me entregó mi primera arma; que lo odio no solo por haberme mentido, sino porque me convirtió en un simple peón más de su tablero de ajedrez, tal como dijo Garra de Tigre, un simple peón al que le sacó brillo para presumirlo desde su repisa llena de más trofeos, el premio de consolación que obtuvo al no poder quedarse con mi madre ―acercó su rostro hacia el de él, con fuego en sus ojos pero no dirigidos al otro reptil, sino al último hombre que creyó que la traicionaría―. Eso es todo lo que me gustaría decirle en este momento.

―Y, ¿a Splinter?

Sus pupilas se contrajeron y algo apretó su pecho hasta hacerle soltar un suspiro. ―Lamento…, todo…

―¿Qué más? ―ya era otro gran avance que esa disculpa no sonase como amenaza de muerte.

―Lamento haberle hecho creer que la misma bebé, que perdió en el incendio, había regresado a sus brazos; haber reaparecido en su vida solo para abofetearlo y hacerle ver que nunca volvería a tener a alguien a quien llamar hija, porque no fui más que una desconocida que se alojó bajo su techo para traicionarlo como hicieron conmigo; haber puesto la vida de sus verdaderos hijos en riesgo, así como la suya, solo por una estúpida e insignificante venganza que no traería devuelta a mi madre, ni los años perdidos ni una vida que pudo haber sido.

―Entonces ―exclamó al escuchar silencio―, en resumen…, fuiste un premio de consolación convertido en peón al que le mintieron y enseñaron el mismo arte que usarás para acabar con la vida de un traidor…, y eres una hija arrepentida que extraña a su madre, se preocupa por los demás y quiere llegar a conocer a su verdadero padre.

Ella alzó su mirada. Sus ojos dejaron de cargar con el peso de los años y se mostraron opacos, vacíos, esperando a que algo o alguien los volviera a iluminar.

―Tu pasado es un laberinto, pero, ¡oye! A ti los padres de tu dueño no te arrojaron por el escusado.

La fémina bufó en diversión. ―¿Por qué te esfuerzas tanto conmigo? Soy caso perdido.

―No lo eres. Ni siquiera lo intentaría si lo fueras ―se cruzó de brazos―. Y te lo dije hace meses y aún me acuerdo: quiero ayudarte a que te encuentres a ti misma.

La sonrisa sincera de Karai fue lo mismo que escucharla decir gracias cien veces seguidas. Por primera vez desde hace mucho tiempo, casi eternidades, sus ojos se iluminaron con el brillo que ella perdió, aunque no lo supiera, el día en que a su madre le arrebataron la vida envuelta de un trágico incendio. Solo duró un instante, pero Slash logró notarlo y se aseguró de atesorar el momento, por lo menos hasta que lograra hacer que ese brillo y esa sonrisa se mantuvieran en su rostro.

―Eres un muy buen mutante, Slash, el mejor ejemplo que alguien puede tener de un amigo.

Por un segundo, la tortuga olvidó cómo respirar; fue cuestión de suerte que no se atragantara con su saliva ni tosiera. Si su cuerpo contara con la capacidad de llevar la temperatura a ciertas regiones de su cuerpo, sus mejillas se habrían coloreado de carmín. Cuando despertó aquella mañana, nunca habría imaginado que tal palabra saldría de la boca del ser más duro y frío que hubiese conocido jamás.

Lo que aún no sabía era que él se convertiría en el único que podría ver detrás de esa máscara que ella pulió durante toda su vida, misma que estaba por quebrantarse para darle paso a lo que ella realmente era y que todavía faltaba por encontrar.

Al ver que el varón no reaccionó, Karai alternó sus formas. ―Los peones de Destructor ya deben estar muy lejos. Es hora de regresar.

―Entendido, amiga.

―Por el amor de…, solo…, no digas nada frente a los demás. No quiero que se destruya el poco respeto que todavía me tienen.

La tortuga rio y la contagió. Sin necesidad de recuperar su respiración, ambos salieron del edificio y buscaron la ruta más cercana a las azoteas. Un reptil corrió mientras el otro se deslizó, ambos saltando de un edifico a otro. Sus dos siluetas se mezclaron con el umbral de la noche, ni siquiera la Luna fue lo suficientemente rápida para iluminar sus cuerpos. Pero no pasaron del todo desapercibidos.

Entre los contenedores de basura, arrinconados en uno de los callejones que atravesaron desde los aires, hubo un mutante cuyas orejas se movieron en dirección al ruido que hicieron tras romper el viento; éste alejó su hocico de la basura que asaltaba y su nariz olfateó el rastro que ambos dejaron. Al mismo tiempo de que el aroma de un reptil llegó a su cerebro, su lengua se movió con la intención de pronunciar una palabra que creyó olvidada, cuyo significado no conocía pero generaba una sensación de calma en su pecho.

Las dos sílabas emanaron de su garganta, mezcladas con un grito que le recordó la pérdida de su voz, al igual que su cordura. Se colocó sobre sus cuatro patas y comenzó a correr hacia donde el aroma de los dos extraños viajó, hasta que llegó a un callejón sin salida. Estudió los alrededores y se percató que no podría seguirles el paso, así que se resignó y emprendió el camino de regreso. Cuando salió de ese callejón, escuchó los sonidos de extraterrestres acercándose, así que emprendió huida y escapó tras la calle perpendicular.

Para cuando el Kraang iluminó el lugar donde creyeron escuchar un ruido, solo alcanzaron a ver la cola de una rata.


Decidí actualizar otra vez porque, después de la siguiente semana, quién sabe cuándo tendré tiempo. Este fue un…, capítulo emotivo. Después de todo, ya era hora de uno de estos, ¿no? Porque, déjenme decir, que el siguiente es un poco más crudo. Nos leemos después. Bye-bye.