"La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando." ~Ernest Hemingway
Como la mayoría de las veces, Slash fue uno de los últimos habitantes en despertar. Las salidas nocturnas estaban gastando la mayoría de sus energías, y eso que solo eran de espionaje, pues los suministros los buscaban una vez a la semana. Su equipo salía todas las noches para mantener un ojo sobre la construcción del misil Kraang o cualquier creación alienígena que requiriera su atención. No obstante, los extraterrestres ya estaban al tanto de su presencia y, noche con noche, era más difícil aventurarse en la ciudad, misma razón por la que aún no poseían el escudo-protector que protegería la mansión de mirones y curiosos.
Antes de salir de la habitación, se detuvo frente al calendario que colgó tiempo atrás, y arrancó la hoja que daba por terminado otro mes, otro mes y aún no tenían forma de detener el arma nuclear que estaba a punto de ser finalizada. ¿Qué podrían hacer? Apenas tenían un plan desarrollado para extraer el escudo del Kraang, pero, a menos que Doc y Jack desarrollaran una bomba que contrarrestara la energía del misil, solo irían a una misión suicida.
Soltó un último bostezo. Al mismo tiempo de que estiró sus brazos y recogió su lucero del alba, salió de la mansión. En lugar de escuchar el típico chapoteo de Cabeza de Piel en el estanque artificial (convertido en piscina de dos niveles hacía unas semanas), los cacareos de Pete y Martín, o los ronquidos de Víctor, la alarma de Doc provino desde el sótano. Corrió devuelta a la construcción y descendió con velocidad. Por no prestar atención, chocó con el cuerpo del chimpancé, quien levitaba con dirección a las escaleras.
―¡Doc! ¿Qué sucede? ¿Por qué se activó la alarma?
―El radar reveló quince seres que entraron en formación por el lado norte, exactamente por el afluente.
Las pupilas del reptil se contrajeron en terror. ―¡Las hermanas están a esas horas allá!
Sin esperar a que el primate le siguiera el paso, Slash se dejó guiar por sus piernas y regresó a la superficie. Emprendió carrera hacia el cuerpo de agua. Mientras acortó las distancias y en lugar de escuchar gritos o algo por el estilo, se percató de risas y… ¿cantos de rana? Apartó las hojas de los arbustos y lo que vio, lo dejó petrificado: Venus y Lisa estaban sentadas a orillas del afluente, sonriendo por algo que una de las quince ranas mutantes les dijo. Sí. Ranas mutantes flotando en formación.
Los anfibios se percataron de su presencia y congelaron su mirada en él. Ambas hermanas miraron sobre sus hombros, antes de levantarse en su dirección.
―Hermano mutante ―la rana que los lideraba, más grande y de un tono cercano al azul, se irguió sobre sus patas traseras―, nos informan que este cuerpo de agua ya posee dueño. ¿Eres tú a quien nos debemos dirigir para pedir permiso de establecernos aquí?
Slash parpadeó con escepticismo, al mismo tiempo de que Rockwell llegó y se detuvo al lado del reptil. La tortuga se aseguró que el chimpancé podría con la tarea más sencilla mientras él arriesgaba hasta su vida, por lo que retomó el camino de regreso. Cuando llegó de nuevo a la construcción, los ruidos normales llegaron a sus oídos, a excepción de uno. Subió al primer piso y pasó enfrente de la habitación donde tres féminas descansaban; ahí estaba un cuerpo recostado con la respiración relajada. Aunque solo la vio por un segundo, logró notar los rasguños en su rostro y uno que otro moratón en la misma. Alejó su mirada y se encaminó hacia la mismísima cueva de la bestia.
Karai dormía en su cuerpo mutante, con la punta de su cola y hocico tocándose. Su respiración apenas se notaba y sus párpados estaban completamente cerrados.
Con cautela y el mayor miedo que hubiese tenido, Slash se adentró en el cuarto. Pese al tamaño y peso que cargaba, sus pasos fueron silenciosos en su totalidad. Aguantó la respiración durante todos los metros que atravesó para estar a una garra de tocarla. Despertarla con un grito era mala idea, al igual que moverla, sacudirla, ponerle el canto de un gallo o cualquier tipo de música…, de hecho, la simple acción de despertarla era la peor idea existente. Así que, cuando comenzó a acercar un dedo, supo de inmediato que estaba muerto.
―¿Qué quieres?
La tortuga saltó tan alto que su cabeza golpeó el techo y un poco de cemento cayó sobre sus ojos. Al mismo tiempo de que gritó y talló sus orbes, Karai alternó sus cuerpos y rio con sonoro volumen. La escena duró varios minutos, hasta que la fémina emitió pequeñas risillas que el recuerdo generaba, y Slash apretó sus párpados con fuerza para humectar sus ojos irritados.
―¡Cómo…, agh…, arde, maldición!
―Le voy a pedir a Doc que instale unas cuantas cámaras ―volvió a reír―. ¡Oh, cuánto me hubiera gustado grabar eso!
―No me estás ayudando.
―Nunca quise hacerlo.
Meses atrás, esa escena se hubiese vivido dentro de la cabeza de alguien. Era un cambio que ningún habitante habría imaginado tener: su líder ya no estaba todo el día aislada ni con una expresión molesta, sino que convivía con ellos de mañana a noche y su aura era más relajada. Tal cambio comenzó desde que regresó de la penúltima visita que hizo al norte, misma en que Lin la acompañó. Nadie sabía si era gracias a la niña o porque el té negro que él le consiguió la tranquilizaba.
Eh. Probablemente era el té.
―Antes de que te quedes ciego ―soltó una última risilla―, ¿qué pasó?
Slash emitió otro quejido, antes de tallarse los ojos y parpadear una vez más con fuerza. ―El radar de Doc captó a quince extraños ―sus palabras hicieron que la fémina se levantara con rapidez―. Entraron por el afluente y son…, ranas.
―¿Qué?
―Ranas…, quince ranas mutantes.
Karai encarnó una ceja. Esperó varios segundos a que la tortuga riera por la broma que le estaba jugando y ella tendría que golpearlo por haberla despertado por una idiotez. Pero no sucedió, así que salió de la habitación, con el reptil detrás de ella, y caminó por el pasillo, hasta que se detuvo en la entrada del único cuarto donde todavía alguien dormía. Descansó su mano en el marco y sonrió de lado.
―Oh ―exclamó con ternura―. Se ve tan dulce cuando duerme, ¿no?
―Sí ―contestó él aunque no pudiera ver nada y sin darse cuenta del extraño tono que usó la fémina―. Como un ángel.
Ella asintió, antes de golpetear el marco con fuerza. ―¡Arriba, mocosa! ―la pobre abrió sus párpados y sus pupilas expresaron terror total― ¡Ya tenías que estar despierta!
Lin se levantó con un salto y rechinó sus dientes ante el dolor que recorrió sus muslos. Corrió sin gracia y atravesó al par de reptiles. ―¡Lo siento, maestra!
―¡Más te vale haber hecho más de quinientos golpes para cuando llegue! ―gritó Karai antes de que desapareciera por las escaleras.
―Oye ―Slash gimoteó a su costado―. ¿Por qué no dejaste dormir a la pobre?
―Ella quiso que yo la entrenara ―retomó su andar―, así que debe aprender que no es aceptable dormir hasta tarde.
―Pero ―le siguió de cerca―, tú siempre te despertabas tarde.
―¿De qué lado está, segundo al mando?
Él ahogó una risilla.
Tras descender, en lugar de salir, la fémina se dirigió a la cocina mientras la tortuga permaneció en el salón principal.
Los viejos sillones que fueron descubiertos llenos de polvo y un par de resortes salidos, habían sido arreglados y reforzados para soportar hasta el peso del único cocodrilo, a quien le gustaba tomar siestas sobre ellos. La cocina poseía más trastos y utensilios, incluida una tetera que Slash trajo el mismo día que cientos de sobres de té negro, los cuales aún no se terminaban.
La líder se acercó a la tetera, olió la bebida y se sirvió en la taza que sujetó con su otra mano.
Un pensamiento llegó a la cabeza de Slash. ―Ya estamos en otro mes ―le dijo desde el salón, sentado en un sillón―. ¿No los visitarás más?
―No ―la sensación fría atravesó su garganta―. Si no quieren regresar ahora, bien por mí, pero los traeré a rastras si se tardan más que la finalización del misil.
Además de Karai, Slash era el único que conocía la verdadera razón por la ella iba mensualmente al norte; los demás creían que era una especie de "retiro espiritual" para entrenar sola o algo por el estilo, pero desconocían por completo el hecho de sus visitas hacia las tortugas.
Después de la última visita que realizó, ella decidió contarle a Slash una pequeña parte de sus pensamientos. Por supuesto que a la tortuga le sorprendieron las palabras que ella soltó para justificar que ya no iría: el mayor de los hermanos estaba herido de una pierna y su espíritu estaba destruido; no obstante, lo peor era que él no buscaba reconstruirse a sí mismo.
Mientras la serpiente estaba oculta tras ramas y hojas, observó al joven líder golpeando el suelo o los troncos con impotencia al mismo tiempo de que agitaba su rodilla y se reincorporaba con ayuda de su bastón; la expresión que tenía era de derrota completa. Él estuvo a punto de golpear su extremidad, cuando dos de sus hermanos llegaron para detener cualquier tontería, o era así como gritaron. Sin soportar tal escena y verse incapaz de saltar hasta terminar enfrente de ellos y hacerle entrar en razón con un par de mordidas, emprendió el camino de regreso a la casa, diciéndose que no regresaría para volver a ver a una tortuga que ya no reconocía.
Karai acabó con su bebida fría y descansó la taza en el lavabo.
Antes de que los dos reptiles pudieran salir, escucharon los pasos provenientes del sótano. Jack emergió de él, llevó su mirada a los alrededores y, al mismo tiempo de que una expresión relajada cubrió su rostro, se acercó al par.
―Qué bueno que los encuentro ―les mostró la pantalla de uno de sus tantos aparatos de reconocimiento―. El último radar que colocaron en la ciudad, indica que la actividad Kraang ha disminuido en los alrededores del T.C.R.I. Esta noche sería fructífero salir por el escudo que hemos buscado desde hace meses ―Slash y Karai intercambiaron miradas, antes de sonreír con burla―. ¿Qué?
―Jack ―la fémina se cruzó de brazos y recargó su peso en una pierna, todavía con la sonrisa en labios―. Aventurarse en la ciudad por un aparato innecesario, es muy arriesgado.
―¿¡Innecesario!? ―exclamó, claramente ofendido.
―Es la verdad ―intervino la tortuga―. Además de nosotros, no hay nadie en los alrededores; ni personas, alienígenas…, bueno, a excepción de esas ranas.
―¿Ranas? ―repitió el hombre.
―Quince mutantes que quieren permiso para quedarse en el afluente.
―Con mayor razón necesitamos el escudo ―agitó su aparato―. Si habrá más mutantes, entonces abarcaremos más espacio y, sino tenemos un…
―Alto, alto ―interrumpió Karai―. Nadie ha dicho todavía que esos anfibios se quedarán.
―Pero, aun así…, agh. Cómo sea. Ustedes son los jefes aquí y saben lo que hacen. ―dio media vuelta y bajó por las escaleras.
Ambos se miraron mutuamente y, por fin, salieron. Los rayos del naciente Sol golpearon sus espaldas, acompañados por el eco de los gritos que emitía Lin. Alejaron su atención de donde estos provenían, para seguir con su camino hacia el afluente. Cuando llegaron, se encontraron a Tyler, Venus y Lisa entablando una conversación tranquila con un grupo de extraños mutantes que cargaban lanzas de madera. En cuanto las ranas llevaron su atención hacia ellos dos, sus ojos expresaron sorpresa.
―¡Ah! ―aquella que los lideraba recobró rápidamente la compostura― ¿H-humanos conviviendo con hermanos mutantes?
Karai encarnó una ceja y miró a Rockwell, quien se alzó de hombros y se disculpó con la mirada. Sin tener tiempo para una escena similar a las que ocasionaba Víctor, cambió sus cuerpos; sin embargo, eso solo empeoró la situación, pues las ranas no solo se aterraron por la metamorfosis, sino porque las serpientes eran uno de sus depredadores naturales.
―Ey ―otra rana, misma que parecía tener la mirada perdida y vestía una cangurera, se acercó―. Esa habilidad está muy genial. ¿Me puedes decir cómo lo haces?
―¿Deseas morir, Napoleón? ¡Aléjate de ella!
De verdad que Karai no tenía tiempo para eso. ―No tengo gusto por las ranas, pero me dijeron que quieren quedarse aquí y, por mí, con esa actitud, podrían seguir buscando.
―M-mil disculpas, hermana mutante ―volvió a hablar el cabeza de aquella legión―, pero hemos tenido malos encuentros con serpientes en el pasado ―aclaró su garganta―. Mi nombre es Atila y, en nombre de todas mis ranas, pido permiso para establecernos en este arroyo.
―Afluente. ―Tyler corrigió y se ganó la mirada fulminante de ambos líderes y la afirmación de otra rana.
―Hay más de diez mutantes que dependemos del…, afluente ―Karai dijo y el chimpancé asintió con orgullo―, pero, si se comprometen a mantenerlo limpio, podemos aceptar a quince habitantes más ―regresó a su forma humana―. ¿Aceptas, Atila? ―él asintió con una sonrisa― ¿Tus ranas buscan su propio alimento?
―Así es. Nos enfocaremos en la vegetación que está del otro lado de este gran estanque, para no afectar la suya.
―Perfecto ―regresó a su cuerpo humano y se acercó al cabeza, antes de extender su mano y esperar a que él la estrechara―. Bienvenidas, ranas.
Después de ese corto contacto, Venus, Lisa, Slash, Tyler y Karai regresaron a los bosques y se mezclaron entre la vegetación. Mientras tres de ellos regresaron a la construcción, tortuga y serpiente se adentraron con dirección al "patio de juegos". Incluso antes de llegar, escucharon los quejidos mezclados entre el romper del viento que sus puños generaban. Ambos apartaron las ramas y hojas.
Lin lanzaba diversos puñetazos al aire; su frente y cuello ya estaban bañados en sudor, sus labios se partían al murmurar el número de golpes que llevaba. Todavía no se percataba de la presencia del par de reptiles, pero poco le interesó: una de las lecciones más importantes era que la honestidad y perseverancia debían acompañarla durante todo su camino ninja.
Entre arbustos, Slash y Karai observaron con cautela. Él hizo cuenta de todas las magulladuras que plagaban el joven cuerpo de la niña, mismas que demostraban su rápido avance y gran enfoque que le ponía a los entrenamientos. Ella se centró en la determinación que su rostro dibujaba, sin una pizca de rendición y con la necesidad de seguir adelante, hasta el final.
E imaginar que solo debía ser educada en ninjutsu para dejar de ser una niña consentida y estar al tanto de la trágica realidad.
―¿Qué tanto seguirán? ―Slash murmuró en volumen bajo.
―Una hora, máximo. La última vez se desmayó después de entrenar tres horas y no haber desayunado. Eh…, mi error.
―Apenas es una niña…, no puedes exigirle tanto.
―Ya sé ―rodó sus ojos―. Dile a Jack que le prepare algo de desayunar.
―¿Qué hay de ti? ¿Ya comiste?
―Lo hice anoche.
Slash bufó con molestia pero obedeció; dio media vuelta y dejó a solas al par de féminas.
Karai lo siguió con la mirada hasta que su caparazón desapareció, antes de volverse hacia enfrente y revelar su presencia. Como tenía esperado y todavía mientras se acercaba, Lin mantuvo su velocidad, sino fue que la aceleró, y el aire se convirtió en víctima de su conjunto de golpes. La rodeó con paso lento.
―Bien, bien ―dio pasos largos y dejó sus manos detrás de su espalda―. Dejaste de parecer gato arañando y ahora tienes la perfecta postura de un boxeador. Tu forma es la indicada, así que creo que es momento de una prueba. ¡Alto! ―la menor obedeció y descansó en pose de firmes (como si estuviera en la milicia), no sin antes soltar un jadeo― ¿Cuántos?
―Seiscientos treinta y nueve.
Se detuvo enfrente de Lin y su rostro se endureció. ―Muy bien, pero espero más de seiscientos cincuenta para mañana.
A pesar del tono grave, el rostro de la niña se iluminó con una sonrisa y un brillo en sus ojos.
El estómago de la mayor dio un vuelco y pensó que tenía nauseas. Se halló a sí misma devolviendo el gesto. Del sentimiento de nausea, una extraña pero apacible sensación llegó hasta su pecho. Era una sensación tan pero tan extraña que no quería que nunca la abandonara. La primera vez que fue testigo de ella, fue el día que comenzó a inculcarle el arte. Desde el primer abdominal que realizó Lin, se hizo la promesa de que entrenaría a la niña hasta convertirla en una ninja idéntica a ella, sin que sufriera de la misma forma.
Todos pensaban que era una sádica por convertir a una pequeña en una futura asesina, pero ninguno conocía a un verdadero sádico. Porque Karai creció con uno y fue entrenada bajo su garra sangrienta. A la edad que tenía Lin, ella ya rompía huesos, dejaba inconscientes a los mejores guerreros del clan y sabía cómo usar una decena de armas mortales. Cometer un error no entraba en el vocabulario o las consecuencias eran inhumanas; sus antiguas cicatrices físicas eran prueba de ello.
En cambio, Lin vivía en un paraíso. Aunque la disciplinara con mano dura, era aceptable equivocarse y aprender de sus errores. Los únicos golpes que recibía eran por un puñetazo no detenido a tiempo o un resbalón que la llevó a chocar contra el tronco de un árbol. Las cicatrices que quedarían en su cuerpo eran, igual, de procedencia accidental. Dejarle sostener un arma blanca o negra estaba fuera del límite
De esa forma, se aseguraría de que su niñez no fuese una pesadilla; por lo menos, no de la forma que fue para ella.
―Ya sabes cómo funciona esto ―se alejó de ella y se detuvo a metros enfrente―. Utiliza todo lo que has aprendido: golpes, patadas, fintas, engaños…, lo que sea. Yo intentaré defenderme de cualquier manera posible, pero no atacaré devuelta. No dudes en tomar ventaja de cualquier forma. Todo es permitido. Golpe conectado, victoria obtenida ―se colocó en posición de ataque; la menor le imitó de inmediato―. ¡Ahora!
Lin se abalanzó a ella. Terminó a escasos pies y propinó la primera patada. Como esperó, su maestra lo evadió con facilidad. Giró sobre su propio eje, hizo uso de su flexibilidad adquirida y volvió a patear con la misma pierna. El resultado fue igual. Alternó a sus brazos y lanzó series de golpes que rompieron el aire pero no alcanzaron el cuerpo de la mayor. Entonces repitió las palabras de la mutante y una sonrisa apareció en sus labios, antes de levantar su mirada, dibujar una mueca de dolor y forzar sus ojos a que parecieran cristalinos.
El segundo en que Karai se congeló, la niña conectó el puño derecho con su mentón. Fue un golpe hecho con una fuerza que consideró casi inadvertida, lo sintió como un pellizco; no obstante, la imagen que duró un parpadeo fue lo que la mantuvo estática. Mientras la niña celebró con otro gesto que a la mayor se le hizo tan conocido, esta última divagó su mente en dirección contraria a las manecillas del reloj; años atrás, de hecho.
Lo primero que le dijeron, al comenzar su camino para convertirse en kunoichi, fue que su arma más poderosa no sería su tantō, wakizashi o ningún otro sable, sino sus encantos. Desde el primer instante, se dio cuenta de su belleza y exprimió su físico: fusionó un rostro fina con una silueta sensual y fortaleció rasgos que desarmarían a cualquier persona, ya fuese enemigo o no. Porque ella conocía el poder de sus encantos y era lo que la convertía en un soldado igual de peligroso que bello.
Durante uno de los primeros enfrentamientos en el que participó, tuvo que haber perdido. Su contrincante era mayor y mucho más experimentado; ella no llevaba ni un año de entrenamiento. A medida que él conectó golpes en todo su cuerpo, ella buscó con desesperación la forma de que los papeles se invirtieran, porque, si era derrotada, sufriría algo mucho peor. Y lo encontró. En el mismo instante en que el varón se preparó para continuar con su serie de golpes, ella se irguió pese al dolor, lo escaneó con sus penetrantes ojos ámbares y abrió su boca para dejarle ver cómo rodaba su lengua. Él se quedó petrificado y terminó con la espalda contra el suelo, la niña sobre él.
Todos fueron testigos. El maestro la felicitó.
En ese momento, ¿qué podría ella felicitar? A pesar de sus mejores intentos porque la niña desarrollara las mismas habilidades de diferente modo, ahí estaba, frente a ella, con una expresión y risas burlonas, sin darse cuenta de que estaba destinada a convertirse en lo mismo: alguien que le sería leal a malos líderes ciegamente, a quien la traicionaría la persona en quien más confió y que se volvería en el peón dentro del juego de alguien más.
Sin embargo, no le estaba fallando ni la estaba condenando. Es más, los encantos de la niña eran completamente diferentes a los suyos: mientras que ella jugaba con la sensualidad, Lin optó por la inocencia y ternura. No había frontera a la que la menor pudiera cruzar para seguir sus pasos. Porque, en realidad, no fue un vistazo hacia un posible futuro, ni un parecido pasado, pero cómo le hizo recordar…, y ella detestaba recordar.
―¡Eso! ―los gritos se escucharon distantes a los oídos de la mayor― Te vencí en tu propio juego, severa, ¿creíste que no aprendería uno que otro de tus truquitos? ¿¡Eh, eh!? ¡Pues no! Tres meses y por fin pude golpearte. ¿Ya puedo practicar con tu wakisishi? ―pero su maestra no le respondió. Ella cambió su expresión y notó lo pensante que lucía el rostro de Karai― ¿P-pasa algo? N-no…, no quise ―de inmediato notó su error. Con velocidad y como se lo enseñaron, realizó una reverencia y los colores subieron a sus mejillas―. Control de emociones. L-lo olvidé por completo. Lo siento tanto, Ka…
―No ―una parte de su mente regresó a la realidad―. Estás en todo tu derecho de emocionarte por un nuevo logro. Bien…, muy bien hecho.
Lin encarnó una ceja. ―¿Entonces…?
―No dormí bien anoche. Otra vez con el maldito insomnio ―al ver la expresión preocupada de su pupila, dibujó una de sus sonrisas falsas que ya eran normales―. Ven. Le prometí a Slash que desayunarías antes de continuar con tu entrenamiento.
Sin estar completamente segura, Lin la siguió por el sendero que llevaba a la mansión.
Anduvieron en total silencio. Tras unos minutos, la edificación apareció a la vista. Ambas entraron. Karai se detuvo en medio de la sala principal. Lin la imitó, al mismo tiempo de que le llegó el aroma de consomé.
―Iré a descansar un rato ―exclamó la mayor sin mirarla de frente―. Si no me levanto en una hora, vas y trotas durante cuarenta minutos, ¿entendido?
―¡Hai, sensei!
Karai bufó en diversión. En lugar de responderle, alternó sus formas y ascendió velozmente al primer piso. Entró en su habitación y, regresando a su cuerpo humano, descansó su espalda en el muro. La cabeza sí le dolía y estaba al borde de caer desmayada, pero no encontró la forma de conciliar el sueño, gracias a que su mente, su bendita mente que le encantaba ir contra sus propios deseos, decidió hacerle recordar. Cerró sus párpados sin la intención de caer dormida.
Y así permaneció, por minutos que se convirtieron en más de una hora, recordando todo y, a la vez, nada. En el instante en que una imagen se formaba en el espacio negro de su mente, se desvanecía para dar paso a otra y así sucesivamente. Al darse cuenta de que no encontraba ni la forma de poner en orden sus pensamientos, abrió sus párpados, sin estar al tanto de todo el tiempo que pasó. Fue su espalda la que le hizo reconocer qué tanto estuvo en la misma posición, pues, al reincorporarse, sintió como si algo la sostuviera de la cadera. Aun así, se obligó a pararse y estiró su columna; un chasquido se mezcló junto a su quejido.
No tenía ganas de continuar con el entrenamiento de su pupila, pero supuso que ella también podría practicar un rato, por lo que salió de la habitación y comenzó a andar por el corredor. Llegó a las escaleras y descendió hasta que su mirada cayó sobre el salón principal. Slash estaba de pie en medio del lugar y, en cuanto captó su presencia, se giró hacia ella.
―¿Sabes dónde está Lin? ―inquirió la tortuga.
La pregunta, sin saber por qué, originó una desconformidad dentro de la otra reptil. ―Tiene que estar en el sendero del este, donde siempre trota ―por si acaso, caminó hacia donde comenzaban las escaleras que dirigían al sótano―. ¡Doc!
―¡Eu! ―el chimpancé gritó desde su laboratorio.
―¿¡Alguien salió del rango en los últimos minutos!?
―Ah. ¡Sí! ¡Un cuerpo, hace media hora, dirección sur!
Karai frunció el ceño. Al compartir una expresión extrañada con la tortuga, ambos supieron que algo malo sucedía. Los dos salieron de la mansión con un aire preocupante.
―Ve tú al sur. Si no la encuentras, alcánzame al este.
Slash asintió y emprendió carrera.
Ella lo imitó pero en la dirección contraria. Se cambió a su cuerpo mutante y empezó a serpentear. Tal vez Lin hubo obedecido la orden que ella le dio hace mucho e inició trotando al sur para proseguir con el este. Llegó hasta el desagüe, regresó a su cuerpo humano e inspeccionó sus alrededores. No había señales de la niña pero presintió el aroma de ésta. Sin embargo, antes de alternar a su forma híbrida y utilizar su lengua bífida para rastrearla, sus oídos captaron un sonido completamente diferente a los ruidos naturales del bosque.
Un grito provino desde más al este, lo que le obligó a cambiar sus formas y serpentear a esa dirección. Agudizó su oído y los disparos le hicieron aumentar la velocidad. Apartó la vegetación con la ferocidad de los seres cuyo ADN corría por sus venas. En cuanto la escena apareció a la vista, sintió que el aire desapareció, sus extremidades se hicieron de goma y el suelo se desvaneció. Tardó instantes en encontrar su voz, instantes que pudieron haber causado una tragedia.
―¡Lin, corre! ―pero la nombrada permaneció congelada y ella aún no logró mover su cuerpo― ¡No te quedes quieta, corre! ―el primer extraño avanzó y esa fue la señal para que sus extremidades despertaran― ¡Corre, maldición!
El primer Kraang disparó en dirección a la niña, pero un cuerpo saltó sobre ella, y la armadura que tenía fusionada con su torso desvió la bala. La mutante aprovechó el momento de confusión de los extraterrestres y aseguró la salud de Lin: no estaba herida…, y no permitiría que algo la lastimara. Empujó a la menor hacia atrás y se abalanzó contra el droide. Utilizó su hocico verdadero para separar el cuerpo de la máquina, y el cerebro, con un chillido agudo, se partió bajo sus fauces. El líquido morado se resbaló por su mandíbula.
En verdad eran demasiado salados.
Por un momento, olvidó por completo su humanidad y dejó que su lado bestial tomara control. Atacó en todas direcciones. No tuvo tiempo de contar cuántos robots eran, pero dedujo que eran más de una docena.
Ambos bandos tenían la ventaja de ocultarse entre troncos y arbustos, siendo los enemigos quienes lo aprovecharon más, ya que la mutante perdió a los dueños de los disparos, hasta que estos volvieron a dirigirse hacia Lin.
El tercer párpado de Karai volvió a subirse. Por segunda ocasión, se utilizó como escudo humano y aprovechó su armadura para bloquear los disparos. Tenía suerte de que no conectaran con sus escamas; no obstante, con los tres droides acercándose, eso cambiaría.
Mientras los dos extraterrestres a los costados continuaron disparando, el que iba en medio emitió un sonido mecánico y también empuñó su arma.
De entre las hojas que estaban detrás del par, un grupo de serpientes saltó y todas encajaron sus colmillos en los rostros de los cerebros. Estos chillaron y se desprendieron de sus máquinas. Todavía con los reptiles anclados a ellos, lucharon sin sentido hasta que sus cuerpos dejaron de moverse. Las serpientes los soltaron cuando dejaron de sentir un signo de vida; todas sus miradas cayeron sobre aquella que saltó primero: la única albina. Ésta olfateó al aire y se volvió hacia el ser que era parecido a ella pero muy diferente.
Los ojos de ambos reptiles se congelaron por instantes eternos, hasta que se escucharon ruidos fuertes y los animales emprendieron huida. Al mismo tiempo que de Slash llegó a la escena, la cola del reptil albino se mezcló entre los arbustos.
―¡Ka…! ¡No! ―sus pupilas se contrajeron cuando cayeron sobre los cuerpos inertes. Detrás de él, Tyler, Víbora y Víctor aparecieron también y sus ojos se congelaron en lo mismo. La tortuga apretó sus párpados y llevó su mirada hacia el par de féminas― ¿Están bien?
Karai negó para despejar su mente de lo que acababa de suceder. ―S-sí…, nosotras… ¡Lin! ―se alejó del cuerpo de la niña y regresó a su forma humana― ¿¡Qué mierda sucedió contigo!? ¿¡Por qué no me hiciste caso cuando te dije que corrieras!? ¿¡Por qué te quedaste congelada como estúpida, carajo!?
―¡Karai…!
―¡Acaso, ¿quieres morir?! ―ignoró la plegaria de la tortuga― ¿¡Eh!? ¿¡Eso quieres!? ¿¡Quieres podrirte dentro de un lugar abandonado de la misma forma que tus pa…!?
Como si de una bofetada se tratara, la acción de la niña silenció sus palabras. Después de hablarle de tal forma, hubiera esperado ser interrumpida por un grito o incluso un golpe, pero no un abrazo; ni siquiera le cruzó por la mente.
Pese a las palabras hirientes de la mayor, Lin corrió hacia sus piernas y se entrelazó en ellas. Las lágrimas salieron con la misma fuerza que su grito.
Absolutamente todos permanecieron estáticos. Los primeros en liberarse del trance fueron el par de "guardias", quienes, sin saber qué hacer ante la escena, decidieron estudiar los cuerpos del Kraang que descansaban junto a los robots y líquido morado, ignorando las mordidas de serpiente que algunos tenían; al terminar, desaparecieron por donde habían llegado. Rockwell les siguió, dando media vuelta para regresar a la mansión y pedir una reunión con todos. Slash también salió de la sorpresa pero se mantuvo en su lugar, con la mirada clavada en el par y un sentimiento de orgullo originándose en su corazón.
Karai mantuvo toda su atención en un punto indefinido; fue la que más tardó en reaccionar. En cuanto lo hizo, bajó su mirada y vio que sus manos temblorosas se acercaban hacia el cuerpo de la menor. Al tocarla, Lin hizo más fuerte el estruje y continuó llorando. La kunoichi intercambió una mirada con la tortuga, la cual le sonrió y asintió; volvió con la niña, la alejó de ella y se arrodilló a su altura.
La vio cerrar sus párpados cuando su mano le limpió las lágrimas. ―No te hicieron nada. Estás bien…, no te pasó nada ―colocó sus manos a los costados de su rostro y obligó que sus ojos se encontraran―. Vamos a casa.
Lin saltó a sus brazos, se sostuvo de sus hombros y ocultó el rostro en su pecho. En esa ocasión, Karai pudo devolver el abrazo, no de una manera sentimental (porque no sabía cómo), pero a la niña no le importó en lo más mínimo. Cuando empezó a llorar con más fuerza, la japonesa le dio la espalda, dejó que entrelazara las manos en su cuello, se reincorporó y le sostuvo sus piernas. Ya cargándola correctamente, le indicó a Slash que regresaran.
En el momento en que llegaron a la mansión, vieron que todos ya estaban reunidos: Víctor y Víbora (gracias a su tamaño), estaban del otro lado de las ventanas, mientras los demás mutantes ya estaban en la sala principal. Todas las miradas cayeron sobre el par de féminas, pero nadie dijo nada. Karai atravesó a los habitantes y se dirigió escaleras arriba. Ambas se detuvieron frente a cierta habitación y Karai se arrodilló, lo que fue la señal para que Lin se bajara de su espalda. Antes de entrar en el cuarto, la mayor la detuvo y la giró hacia ella.
―Duerme un poco, ¿está bien? ―la niña asintió con ligereza― Te hará bien.
Lin se alejó de su tacto y entró en la habitación. Karai permaneció en su lugar hasta que la vio recostarse y abrazarse a sí misma. Sin más qué hacer ahí, regresó a las escaleras y descendió por ellas. Al mismo tiempo de que bajó escalón por escalón, las miradas la siguieron detenidamente.
―¿Cómo está la pobre? ―Venus preguntó en cuanto la fémina llegó al pie de las escaleras.
―Un poco alterada, pero creo que dormir la tranquilizará. ―se acercó hacia los demás y tomó asiento en el espacio que Slash le hizo en uno de los sillones más grandes, mismo que compartía con Jack y Tyler.
El humano se hizo hacia adelante y mostró la pantalla del mismo aparato que cargaba horas antes. ―Karai…
―Lo sé, lo sé ―ella interrumpió―. Me lo dijiste más temprano y no te hice caso. ¿Cómo sabría que el Kraang se acercaría tanto?
―Si lo hicieron una vez, lo volverán a hacer. ―opinó Rockwell.
―Pues nos aseguramos en arrancar sus tentáculos uno por uno ―Víctor levantó un puño en señal de lucha―, tal como lo hizo nuestra queridísima líder.
―Y, ¿si vienen con naves o, peor, con Kraang Supremo? ―inquirió Lisa y en su mirada, así como en su voz, se notó un gran temor― ¿Cómo nos vamos a defender?
―¡La única salida es el escudo!
Ante el grito de Jack, todas las miradas cayeron sobre la pensante serpiente. Su mirada estaba congelada en un punto indefinido. ―¿En la mañana dijiste que esta noche podríamos asaltar el T.C.R.I? ―el hombre asintió y ella le imitó― Entonces, creo que es obvio ―levantó su mirada―. Alístense, Mutanimales, porque saldremos antes de la medianoche
―Pero, ¿qué hacemos con el Clan del Pie? ―fue el turno de Slash de preguntar.
―Déjame idear un plan ―se levantó de su lugar―. Por ahora, vayan a descansar. Los despertaré dos horas antes para ponernos de acuerdo, ¿está bien? ―asintieron y ella se dirigió a cierto par de mutantes―: Vic, Víbora…, hay altas probabilidades de que el Kraang vuelva a aparecer, así que estén muy atentos y, si ven aunque sea a un minúsculo cerebro, lo quiero completamente destrozado ―dio media vuelta y se acercó a las escaleras―. Sigan con sus actividades.
Karai ascendió al primer piso y caminó por el pasillo. Llevó su atención hacia la habitación donde descansaba Lin y encontró su cuerpo recostado; todavía temblaba y su respiración continuaba agitada. Prosiguió con su camino hasta llegar a su propio cuarto. Recargó su espalda en una de las paredes. Aunque hubiera ordenado descansar, ella no se hallaba con la capacidad de cerrar sus ojos, puesto que debía pensar en una estrategia para que esa noche no terminara en fracaso.
No se podía dar el lujo, ya no. Estuvo varios meses experimentando y jugando; era momento de salir victoriosos y la derrota no era una opción.
En su mente, empezó a crear varios escenarios, donde cinco mutantes lograban burlar a los extraterrestres, se infiltraban en su edificio y extraían el escudo que protegía su portal. Por un momento, quiso reír. Le parecía más sencillo estar pendiente las veinticuatro horas del día por si los cerebros volvían a acercarse y estar dispuesta a pelear contra ellos día y noche, sin descanso. No podía dejar de pensar que esa misión era riesgosa, demasiado como para que saliera a la perfección.
Un toqueteo la sacó de sus pensamientos y llevó su atención hacia la entrada. Gracias a la luz que se filtraba por las ventanas, logró observar el joven cuerpo de su aprendiz, todavía con las marcas que demostraban su avance en el arte marcial, y un rostro que no había tenido desde hacía mucho tiempo: mejillas húmedas y ojos enrojecidos. Karai hubo creído que eso se acabó con el paso de los días, pero olvidó que aún era una niña y, a diferencia de cómo ella vivió a esa edad, tenía permitido expresar sus emociones.
―¿Puedo pasar? ―su tono sonó entrecortado.
Le asintió con una mano. ―Déjame adivinar ―la menor se sentó a su costado―, ¿otra pesadilla? ―negó― ¿Entonces?
―P-perdón…, yo ―apretó sus labios para que las lágrimas no volvieran a escaparse―, n-no podía moverme. Quise…, escapar, huir…, de verdad te quise hacer caso…, p-pero no pude. M-me quedé como tú lo dijiste: como idiota…, esperando a que me mataran como a…, como a mis padres.
Karai tuvo que cerrar sus párpados y suspirar con pesadez para calmarse. ―Mocosa…, estuvo mal lo que dije. Lo sé, o acepto y lo siento. Me excedí, pero… ―hubo dos voces en su cabeza que se contradecían: una la alentaba y la otra la amenazaba si se atrevía a continuar. Al final, le hizo caso a la primera―: De verdad…, no sabes el terror que viví al ver cómo se acercaban a ti y tú no te movías. Creí… ¡maldición! Creí, creí, creí que con todo el entrenamiento, saldrías del trance y salvarías tu vida, pero olvidé por completo que es muy diferente enfrentarte en un ambiente familiar con contrincantes conocidos…, y me disculpo por eso.
―N-no. Yo tuve la culpa ―ya hubo logrado recuperar su aliento―. Tuve que hacer algo y no quedarme como estúpida. Tú hubieras hecho algo.
―Sí, yo hubiera hecho algo porque no tendría a nadie que me salvara. Si hubiera estado en la misma situación, me habrían dejado a mi suerte…, porque yo no le importaba a nadie. Si alguien me hubiese salvado, sería después de verme sobre mi propia alberca de sangre y después de que un poco de moral se retorciera en el corazón podrido de mi pa…
Las palabras se esfumaron con un jadeo. Por primera vez, mientras recordaba su pasado, no sintió un peso sobre su pecho, una astilla en su corazón ni una venganza que el fuego del odio originara. Es más, ni siquiera se encargó de recordar, sino que se centró en el rostro de la niña que tenía al lado: sus ojos habían visto tanto, habían sido testigo de lo peor en el mundo…, y, aun así, después de todo y con una fuerza que ella no pudo tener a su edad, conservaba el brillo característico de la esperanza.
Alejó su atención de sus ojos. ―Tus padres no son los únicos que quieren verte con vida, Lin.
―S-Sydney.
La mayor regresó su mirada hacia ella. ―¿Qué?
El sueño le llegó de golpe. Tuvo la confianza de recostar su cabeza en las piernas de la persona más peligrosa con la que hubiese cruzado caminos; sin embargo, antes de caer dormida, le respondió―: M-mi verdadero nombre es…, Sydney.
Karai encontró una sonrisa en sus labios en cuanto sus ojos cayeron sobre el rostro tranquilo de la pequeña; sus ojos se movían involuntariamente detrás de sus párpados, pero no parecía preocupaba o con malos recuerdos; su respiración era tranquila y, por un momento, creyó verla sin ninguna preocupación de la realidad en la que estaban. Llevó su mirada hacia la ventana. Encontró un par de pupilas verticales observándola desde el otro lado. Con un movimiento de su cabeza y sus propias pupilas verticales, le agradeció la ayuda que aquella serpiente le brindó.
El reptil olfateó al aire. Se aseguró de que el ambiente estuviese despejado de problemas y se alejó, desapareciendo de la vista de su maestra.
¡Hola! He vuelto, y con un secreto acerca de uno de nuestros personajes principales: Lin…, o, mejor dicho, Sydney. Al igual que Lin, Sydney es otro semi-OC, del universo 2003; en su forma canónica, es una joven adulta neoyorquina que es secuestrada por el Clan del Pie y mutada en un laboratorio subterráneo para buscar a los entonces Utroms. No obstante, aquí decidí solo utilizar su nombre y un par de sus características. Con este capítulo, damos por terminado el artículo "Sydney", y entramos al siguiente en la próxima actualización, que no sé cuándo será. Nos leemos después. Bye-bye.
