"El que hace mal usos de sus bienes o usurpa los ajenos, posee injustamente lo que tiene." ~San Isidoro de Sevilla
Los cinco integrantes que conformaban al equipo emergieron a la superficie. Su líder se aseguró de que no hubiera nada ni nadie cerca; dio la orden de proseguir y todos se movieron con las sombras de la noche. Las calles solo eran iluminadas por la escasa luz de la media Luna, así que no fue suficiente para reconocer las figuras que continuaron su camino en las azoteas de los edificios de la ciudad fantasma. Uno de los tres reptiles fue el primero en detenerse a la orilla del techo; su lengua bífida olfateó al aire y le hizo saber que, además de ellos, no había nadie cerca. A sus costados, uno por uno, el cuarteto se detuvo. Todas las miradas cayeron sobre el distante objetivo de aquella noche: el único edificio que parecía funcional en todo Nueva York.
T. C. R. I.
Por suerte, no era una noche con viento. Si hubiera, este comprometería no sólo la misión, sino también sus vidas, ya que los extraterrestres no eran los únicos de quienes debían cuidarse. La hora era perfecta para que las mascotas del Clan del Pie estuvieran fuera, buscando y rastreando su objetivo. Pero no podían darse el lujo de que su líder fuera aprehendida; dependían de ella para que el plan funcionara…, y debían pasar sobre ellos antes de que le pusieran una mano encima.
Porque todos se cuidaban entre todos.
Con un siseo, ella indicó que le siguieran el paso. Ella olfateó el aire cada vez que pasaban un edificio, para, así, estar completamente segura de que sus perseguidores no estuvieran en un "paseo nocturno". Podía burlarlos o enfrentarlos cualquier otra noche, pero no en ese momento; esa noche lo era todo para ellos y los demás mutantes que residían en la mansión. Hasta que los olfateó.
Al igual que lo dictaron durante las horas del planteamiento, Karai realizó una señal con una de sus manos modificadas, todos entendieron de inmediato a excepción de Pete, quien ladeó la cabeza y estuvo a punto de cantar tras recordar su significado; fue gracias a Cabeza de Piel (el cual le cerró con dos garras), que no dio a conocer su ubicación. Los "Mutanimales" asintieron y se prepararon para separar caminos, no sin que antes Slash murmurara las palabras que todos ellos compartían.
―Ten mucho cuidado.
La serpiente asintió y sus ojos agradecieron el sentimiento de preocupación. Se alejó de ellos y descendió hacia las calles abandonadas. Su serpenteo ganó fuerza a medida que se alejó del lugar. Decidió dirigir a sus perseguidores con un rastro falso que los llevaría hasta el otro lado de la ciudad; si tenía suerte, ellos estarían ocupados por horas y horas, intentando resolver el laberinto que su aroma dejaría, mientras el equipo y ella se concentraban en la verdadera misión. Atravesó calles, avenidas y un par de callejones sin ningún orden en específico, pero cuidando de no ir en círculos. Estuvo a punto de continuar, cuando se detuvo de inmediato y ocultó detrás de los edificios que daban vista a esa iglesia en específico.
Sería muy extraño que se hubiese dirigido a la sede del Clan del Pie, hasta ella lo reconoció; no obstante, ya no había vuelta a atrás, así que apretó el estómago y serpenteó enfrente del lugar del que atravesó sus puertas por más de un año. Prosiguió con su camino y alcanzó la meta que formuló en su plan: un atajo que llevaba a los muelles. Era un sendero urbano que siempre apestaba a gasolina. Por ello, cuando se volvió y encontró un auto abandonado, rasgó debajo del vehículo con sus manos modificadas y se dejó bañar en el líquido. Avanzó un par de cuadras por el sendero, hasta que el hedor ambiental se hizo tan fuerte que no se distinguía de su propio olor, e ingresó a las alcantarillas por la primera tapa que encontró.
Lo primero que hizo fue bañarse en las aguas negras. De ese modo, no solo confundiría a sus perseguidores si era que reconocían su rastro, sino que dejaba de estar en peligro por la batalla que estaba a punto de desarrollarse. Era un hecho que habría explosiones y fuego, y no quería ser calcinada viva.
Después de hacer eso, anduvo por varios túneles para que el olor a alcantarilla se impregnara a sus escamas antes de emerger a la superficie. Reconoció el camino que más la acercaba al edificio extraterrestre, así que continuó un rato más en el subsuelo y ascendió por las siguientes escaleras que vio. Observó que estaba despejado alrededor. Se apresuró en regresar al punto de reencuentro. Lo encontró más por el hedor a basura, comida putrefacta y cuerpos en descomposición, que porque lo determinaron durante el plan. Escaló el muro que dividía el callejón en dos partes y cayó al suelo con un ruido sordo.
El grupo se alzó de hombros pero se tranquilizó en cuanto sus ojos cayeron sobre el cuerpo de su líder. Ella alternó sus formas y se acercó con pasos largos. El hedor se hizo más agudo a medida que acortó distancias, siendo el chimpancé quien mayormente lo desprendió. Tuvo que llevarse la mano a la nariz para no devolver la cena que compartió junto a ellos. Supo que fue mala idea comer mientras acordaron el plan.
―Ugh. De verdad se emocionaron con pasar desapercibidos.
Ofendido, Rockwell imitó su famosa pose y se llevó una mano a la cintura, mientras cargaba un par de aparatos con la otra. ―Tú no hueles exactamente a rosas, querida.
―¿En qué pobre alma se revolcaron?
―Eh ―Slash miró al cielo, tratando de recordar el cadáver―. Un gato con la garganta mordida.
―¿¡Gato!?
―¡Pete, ssh! ―los otros cuatro, al mismo tiempo de que Cabeza de Piel lo jaló de la cola para que no revoloteara más alto y le cubrió el pico, lo silenciaron de inmediato.
―Ya hablamos de esto ―la paloma solo pudo levantar su mirada hacia la tortuga; como si estuviera hablando con un niño pequeño, el reptil le explicó―: El gato…, estaba…, muerto.
―Ahora ―fue el turno de la única fémina de tomar la palabra―, ¿quieres que el Kraang nos encuentre y nos convierta en sus juguetes? ―al ave negó― Entonces no volverás a gritar como loco, ¿verdad? ―volvió a negar y Karai suspiró― Grandulón, suéltalo.
El cocodrilo obedeció y, como todas las veces que comenzaba a hablar, ahogó un gruñido en su garganta. ―Karai… ¿el Clan del Pie te siguió?
―No lo sé. Estoy casi segura de que el rastro que dejé no tiene fallas, pero no puedo darlo por sentado, así que lo mejor será que nos apuremos. ¿Están todos listos? ―los demás asintieron.
―Mh. Sí ―Tyler mantuvo su mirada en el cielo despejado―. Hoy parece ser una buena noche para morir.
―Deja el drama para después, Doc. ¿No ha habido cambios en la actividad Kraang?
―No ―acercó uno de los tres aparatos hacia su rostro―. Todos los radares indican que la mayor cantidad de Kraang está reunida alrededor del misil y no ha salido ni entrado ninguno en el edificio durante todo el día.
―Pero no sabemos cuántos están dentro, ¿cierto?
―Por desgracia, no.
Karai chasqueó la lengua; detestaba cuando desconocía una parte importante del enemigo. Suspiró con pesadez. Reconoció que ese era un riesgo y debían afrontarlo, a como diera lugar. ―No nos queda de otra ―alternó sus cuerpos―. ¡Vamos!
El equipo volvió a mezclarse entre la oscuridad. Avanzaron entre callejones hasta llegar a su destino. Se detuvieron en uno de los callejones anexos al T. C. R. I. Los ojos cayeron sobre líder y segundo al mando. Ambos reptiles intercambiaron miradas, antes de asentir y dar inicio al plan de esa noche.
Para liberar la entrada, ambos ascendieron a las azoteas por las escaleras de incendios más cercanas. Se detuvieron en las orillas de edificios diferentes, antes de saltar la calle y terminar en las otras azoteas. Bajaron la mirada para asegurarse de que los cuerpos de la F. P. T., quienes, con la mente controlada, resguardaban la entrada con armas empuñadas, no los hubieran escuchado.
Los seis hombres continuaron en guardia, ignorantes a los seres que los asechaban.
La kunoichi, en su forma humana, cayó detrás de un par; los sofocó hasta dejarlos inconscientes. Los otros cuatro centraron toda su atención en la extraña y no pudieron ver las largas extremidades de la tortuga atrapándolos en un abrazo, cubriéndoles las bocas y haciéndoles perder la consciencia también. Acto seguido, ambos mutantes apartaron los cuerpos y escondieron en el callejón que estaba cruzando la avenida, misma donde esperaban los otros tres.
―¡Bien, equipo! ―canturreó Pete mientras los reptiles arrastraron a los hombres y los recostaron al lado del contenedor de basura.
Tyler tomó la soga que estaba debajo del contenedor y rodeó los cuerpos con toda la fuerza que tuvo. ―¡Ugh! Cabeza de Piel… ¿puedes?
El cocodrilo se acercó y sujetó ambos extemos de la soga, antes de apretar el amarre con un movimiento bestial.
―¡Espera! ¡Los vas a partir a la mitad! ―al grito de su líder, lo soltó de inmediato y, por fortuna, las cuencas oculares seguían en su lugar― Bien. Si tienen suerte, los encontrarán para mañana antes del medio día y, si no…, ya encontrarán la forma de liberarse para cuando despierten.
Todos salieron del callejón, después de asegurarse de que los extraterrestres no fueron advertidos por la pelea que se vivió, pero no hubo actividad alguna.
Tal vez esa era la razón por la que los cuerpos de la F. P. T. estaban frente a la entrada.
Slash pasó al lado de Karai y le palmeó el hombro. Ella alejó su mirada de los ocho pobres que sufrían bajo el control del Kraang, y siguió a los demás mutantes. El equipo se detuvo al costado izquierdo del edificio y Tyler sostuvo las dos esferas que modificó dentro de su laboratorio.
Mientras el chimpancé preparó a sus nuevos transportadores, Karai se detuvo detrás de la paloma. ―Pete ―el ave pegó un brincó y fue cuestión de suerte de que no gritase; se giró hacia la serpiente y ladeó su cabeza. Ella suspiró y se alegró de que por lo menos tenía su atención―, escúchame muy bien. Te estamos confiando no solo una parte importante de la misión, sino la vida de Slash y la mía. Una caída desde las alturas nos mataría de inmediato y no sería bonito ver nuestros cuerpos destrozados sobre una piscina de sangre ―la paloma ya tuvo el contenido de su próxima pesadilla―. Ya lo hablamos en la mansión. ¿Qué es lo que debes hacer, Pete?
Él emitió un ligero arrullo―. Volar con la esfera que te sostendrá a ti y a Slash, a cuatro pisos antes del último, acercarlos a la ventana y desactivar la burbuja en el momento justo para que ustedes puedan romper la ventana.
―Y después de eso tú, Doc y grandulón entrarán detrás de nosotros. ¡Muy bien, Pete!
―Ahora solo es cuestión de que lo haga bien. ―Tyler murmuró, todavía con su atención en el transportador.
―¡Ey!
―¡Ya está!
En un abrir y cerrar de ojos, Cabeza de Piel estaba dentro de una burbuja que ya no era de color violeta, sino casi transparente. El científico soltó sonidos de emoción y empezó a levitar, con la esfera en una de sus patas traseras; la burbuja le siguió de cerca por los aires. Lanzó el otro aparato y Slash lo atrapó.
―¿Qué es esto? ¿Los que siempre están dentro de la burbuja ahora nos llevarán a nosotros?
―Es eso o que los reptiles aprendan a volar. ―contestó el único mamífero y se concentró en su levitación.
Slash le entregó el aparato a Pete. Por un momento, pareció como si la paloma no supiera cómo funcionaba (aun después de todas las veces que practicó en los bosques), pero al final lo recordó: señaló al par con la esfera, oprimió un botón y los encerró en el orbe, el cual era idéntico al que cargaba a Cabeza de Piel. Sujetó la esfera con una de sus garras y emprendió vuelo detrás del mono. Alcanzaron su objetivo al cabo de unos segundos.
―Perfecto, Pete ―la tortuga lo felicitó―. Ahora…, acércanos a la ventana.
―¡Sí…! Eh…, uno, dos, tres ―se acercó con ferocidad al cristal y estuvo a punto de estrellarse contra él―. ¿Está bien este?
―Sí ―la serpiente respondió y ambos se prepararon para dar el salto―. ¡Ya!
La paloma no soltó la esfera ni oprimió el botón, en cambio, lanzó el aparato contra la ventana y le originó un hoyo…, un hoyo que se hizo veinte veces más grande cuando la burbuja imitó su trayectoria y atravesó el cristal como un proyectil. El golpe fue tal que desactivó el transportador y los dos reptiles pudieron reincorporarse en el bendito suelo que jamás creyeron extrañar tanto.
―¡Más cuidado con eso, ave! ―se escuchó el gimoteo de Tyler al mismo tiempo que él, junto a Cabeza de Piel, entraban por la abertura― Mi bebé no es indestructible, ¿sabes?
―Poco agraciado… ―murmuró Slash.
―Pero funcional. ―terminó Karai por él.
El chimpancé desactivó su transportador y Cabeza de Piel tocó superficie mientras todo el grupo estudió sus alrededores: parecían oficinas normales, abandonadas y con un aire de humedad. Slash y Karai, quienes ya hubieron estado en ese lugar y conocieron la diferencia con los niveles que estaban sobre ellos, tomaron la iniciativa y empezaron a estudiar todos los objetos que encontraron dispersos sobre el cemento. Los otros tres recordaron las palabras de Kurtzman y los imitaron de inmediato.
Gracias a todas las investigaciones que el hombre hubo realizado antes y durante la invasión, descubrió que los Kraang utilizaban una especie de "tarjetas de presentación" para moverse por todo el edificio. Esas tarjetas les servirían para desactivar la tecnología alienígena y, de esa forma, no vivirían la misma escena que la primera vez que asaltaron el lugar.
―¿Cómo dijo que eran? ―preguntó Cabeza de Piel desde el otro lado de la habitación.
―Plásticos blancos ―Tyler respondió desde otro extremo―, con las iniciales T. C. R. I.
―Aquí no encontraremos nada ―Karai se reincorporó y pateó una montaña de papeles―. Eran oficinas de humanos…, lo que sea que necesitemos, estarán arriba, resguardados por los robots.
―Hay que movernos, entonces ―también Slash se paró―, antes de que se nos olvide el plan.
Karai compartió la sonrisa de la tortuga y le siguió de cerca cuando empezó a correr con dirección a las escaleras; los demás los acompañaron. Pese a la masa descomunal de dos de los cinco mutantes, sus pasos no hicieron eco a medida que ascendieron.
Ese piso era uno de los dos que funcionaba como bodega; por lo tanto, las tarjetas debían estar en alguno de esos dos. Antes de separarse en dos grupos para andar en direcciones opuestas, se aseguraron de que no hubiera sensores o cámaras.
Slash y Karai fueron por la izquierda, y los demás hacia la derecha. Como meses atrás, los dos reptiles se encontraron en un piso repleto de cascarones mecánicos, trajes extraños y armas. Era un hecho de que las tarjetas estaban ahí. Inspeccionaron diversas habitaciones y, entre sus municiones, hallaron una "caja de herramientas" que no poseía seguro. Al abrirla, descubrieron unos plásticos. La serpiente sostuvo una y la inspeccionó: era blanca y tenía las siglas del edificio.
Bingo.
―Agarra todas las que puedas y vamos por los demás ―ordenó Karai―. Tal vez también encontraron tarjetas.
Slash obedeció y se apoderó de un puñado. Karai se quedó con la primera que tomó y serpenteó con ella en su poder. Los dos anduvieron por el corredor, hasta que cruzaron caminos con el trío, el cual estaba investigando dentro de una habitación idéntica a la que el par estuvo pero que carecía de la caja.
―Las encontramos. ―la voz de la fémina hizo que el trío alejara su mirada de la bodega y la centrara en ella.
Tyler se acercó con pasos largos y sonidos emocionados de primate. Slash le mostró todos los plásticos que tenía y el científico tomó uno, antes de sonreír. ―Sí, sí. Todos estos nos servirán para atravesar el portal modificado que Jack y yo tenemos planeado conseguir. Hay que quedarnos con unas cuántas cada uno…, bueno, todos excepto Pete.
―¿Qué? ¿Por qué? ―inquirió ofendida la paloma.
―Eh…, necesitamos que tengas tus habilidades de ataque al cien por ciento.
Pete entrecerró sus párpados de manera escéptica, pero los regresó a su tamaño natural y sonrió. ―¡Oh! Está bien.
Los otros cuatro hicieron caso a las palabras del mamífero. Cabeza de Piel hacía uso de sus inmensas garras para resguardar cierta cantidad en una de ellas y tener la otra libre para la batalla que estaba por desarrollarse. Slash utilizó su cinturón como bolso y atrapó unas cuantas más. Tyler apenas pudo resguardar un par en sus patas traseras. Karai regresó a su forma humana, se apropió de varias tarjetas, las guardó en su cinturón y, al alternar sus cuerpos, se fusionaron con ella; ya no solo tenía las púas de su wakizashi y katana, sino que una serie de franjas metálicas plagaban su abdomen.
―Aquí viene lo difícil. ―murmuró el cocodrilo.
―Pero si seguimos con el plan, todo saldrá bien ―Karai intentó tranquilizarlo a él, a los demás y también a ella misma―. Pete y yo les daremos un minuto antes de entrar en el elevador, no se demoren ni un segundo más.
Justo después de asentir, Slash, Cabeza de Piel y Tyler empezaron a correr con dirección a las escaleras que los llevarían al nivel inferior. Antes de darse media vuelta, la tortuga hizo una mueca de disgusto pero se alzó de hombros al darse cuenta de que su líder tenía razón, y se apegó a la misión.
Cuando apenas hablaron del plan, surgió al aire el laboratorio donde encontraron al par de hermanas durante el último asalto. Como lo caracterizaba su gran empatía, Slash especuló que el Kraang debía tener a más mutantes cautivos, en las mismas condiciones en las que estaban Venus y Lisa. Ellos cinco podrían rescatar a cualquier pobre, sí, pero eso arriesgaría el objetivo de esa noche. Por ello, decidieron que, a menos que encontraran las tarjetas en ese piso, lo evitarían a toda costa e irían directamente al último nivel.
En ese momento, mientras Pete y Karai esperaban y se mantenían alerta por cualquier sorpresa, el trío regresaba al piso por cuya ventana entraron, los reptiles volvían a encerrarse dentro de la burbuja, el poder psíquico de Tyler los levitaba hasta el último piso y ambos, aguantando la respiración tanto como su especie lo permitiera, destruirían el cristal para que la atmósfera alienígena se mezclara con la terrestre y pudieran respirar aire puro. Al mismo tiempo que los extraterrestres salían de la sorpresa y se concentraban en ellos, Karai y Pete ascenderían por el elevador y se unirían a la batalla.
La serpiente, con la punta de su cola, palmeó el hombro de la paloma en cuanto el minuto llegó a su fin. Mientras el ave aleteó detrás, ella serpenteó hasta llegar al ascensor. Lo llamaron y las puertas se abrieron en unos segundos. Entraron. Ella presionó el botón que los llevaba al último piso, las puertas volvieron a cerrarse y comenzaron a subir.
No lo supo, pero eso no tuvo que haber sucedido; solo fue gracias a las tarjetas que, no solo desactivaban tecnología, sino que, fusionadas a su cuerpo, la volvían parte máquina alienígena.
Antes de que el cubículo se detuviera, ambos escucharon ruidos sonoros que provenían de la habitación. Una sonrisa quiso cubrir el hocico de la fémina al escuchar los rugidos de ambos reptiles. ―¿Estás listo, Pete?
La paloma se ajustó el gorro que tenía y levantó un dedo en señal de afirmación.
Con un siseo, Karai saltó al droide que apuntó hacia Rockwell; al pobre cerebro no le dio tiempo ni de voltear hacia su atacante, cuando un sable lo atravesó desde atrás. Ella alejó su costado del cadáver y, con Pete revoloteando sobre ella y eligiendo a su propia víctima, continuó con la pelea.
El Kraang sí resultó sorprendido. No había más que dos decenas de robots, entre los cuales había uno que tenía forma de secretaria y dos que parecían primates sin cabeza. Inmediatamente ante la presencia de extraños, se dispusieron a dar la alerta y llamar refuerzos que estaban cerca del misil Kraang para la victoria de Kraang porque humanos estúpidos, y eso. Sin embargo, antes de que alguno pudiera acercarse tan siquiera un par de metros, fueron destruidos por el grupo de mutantes.
―¡Slash! ―Tyler gritó entre la conmoción― ¡Acércame!
La tortuga siguió con la mirada a donde el científico apuntó, y asintió. Se abrió pasó entre más robots que intentaron disparar, pero tanto sus golpes como los de Cabeza de Piel los detuvieron. Usó su gran cuerpo para proteger al chimpancé, quien se detuvo frente al centro de comando que, con ayuda de las tarjetas y con suerte, permitiría que pudieran apropiarse del artefacto, el cual descansaba en una plataforma justo encima del portal, misma que asemejaba unas astas girando a baja velocidad.
Lo que más llamaba la atención, era la piscina de mutágeno que estaba un costado; de seguro para el misil.
―¡Prepárate, Karai! ―volvió a gritar y atrajo la atención de la nombrada, quien escapaba los disparos que provenían del trasero de los droides-monos― ¡En cuanto logre desactivar el escudo, Slash te impulsará para que te apropies de él!
―¡Entendido, Doc! ―saltó contra el droide.
Las garras de la máquina atraparon su cuerpo, pero ella escupió veneno al rostro del cerebro. Este, cegado, la liberó por accidente y eso le permitió saltar hacia el cuerpo, atraparlo con su mandíbula verdadera y lanzarlo hacia Cabeza de Piel, quien lo arañó con sus enormes garras.
Al cabo de unos minutos, solo quedaron de pie el robot con forma de secretaria y otro de primate. Los cuatro mutantes se posicionaron enfrente de Rockwell para crear una barrera protectora. Emitieron sonidos guturales en señal de advertencia, pues era un hecho de que la batalla tenía ganador y ellos eran los vencedores. Pero no se dieron cuenta de que, durante un momento de la pelea, un cerebro logró activar la alerta.
Las puertas principales se abrieron y pareció que el tiempo se detuvo
Todas las miradas cayeron sobre el droide que hizo su entrada a la escena, seguido por una horda de robots más. Su máquina era proporcionalmente más grande de lo ancho que de lo alto. El cerebro que lo manejaba tenía una apariencia más aterradora: una cicatriz corría por casi todo su rostro y pasaba encima del hueco que originaba su ojo faltante, y un tatuaje azul en el otro. Su único orbe funcional expresó fuego en cuanto cayó sobre los cuerpos ajenos a ese lugar, y expresó sorpresa al notar la presencia de la serpiente, quien lo olfateó con odio.
La última vez que Kraang Superior y Karai se vieron de frente, ella cometió el error de liberarlo de una columna caída.
―¿¡Por qué la mocosa de Destructor está con esos mutantes y ustedes, par de hijos de Kraang, no han hecho nada para destruirlos!? ―levantó las garras de su robot y estas comenzaron a brillar― ¡Acábenlos!
Ya sin la ventaja de la sorpresa y claramente con los números en su contra, el equipo se aseguró en que ningún disparo los alcanzara ni a ellos ni al científico. Karai, en su forma humana, brincó sobre el único droide-primate que quedaba con vida y, con ayuda de su wakizashi, atravesó el cuerpo de quien lo manejaba. De reojo, vio cómo Slash tenía problemas con la robot-secretaria. Corrió hacia ellos, empuñó ambos sables que tenía y realizó dos cortes limpios que desmantelaron a la máquina.
―En este caso es mejor cortar que aplastar ―le lanzó las dos espadas y él apenas las atrapó―. Ataca al pecho.
―¡Karai! ―el grito de Tyler resonó desde el otro extremo del lugar. Ambos reptiles, al igual que todos los demás, vieron una barrera eléctrica que se desvaneció del portal― ¡Ahora!
Ella saltó a los brazos de la tortuga en su cuerpo mutante. Slash usó sus poderosos brazos e impulsó a la serpiente por los aires. Como una bala, se apropió del aparato. Fue cuestión de suerte que saltara en el instante justo, pues logró sostenerse de la plataforma mientras las astas continuaron girando.
―¡Ya lo tiene! ―escuchó a Slash― ¡Vámon…!
Un disparo lo interrumpió. La batalla prosiguió. Por supuesto que los extraterrestres no se rendirían tan fácil.
Desde la altura, Karai se preparó para descender y brindar apoyo, cuando la plataforma bajo ella se agitó y ella estuvo a punto de perder el equilibrio. Llevó su mirada hacia el otro extremo de la hasta, donde Kraang Superior acababa de aterrizar con ayuda de sus propulsores y se acercó hacia ella con paso amenazante y sus garras empuñadas.
―¡Devuelve eso, terrícola! ―con cada paso que dio, la plataforma se agitó más ―¡Estás atrapada!
Karai siseó con molestia, aunque era cierto: estaba entre el extraterrestre que acortaba sus distancias y una caída directa a la sustancia verde; esta pareció bullir mientras más la vio. Le fue imposible no recordar la fatídica noche en que cayó en la piscina que estaba debajo de ella después de que Destructor la aprehendiera. Recordó la terrible sensación y la agonía que su cuerpo sufrió durante toda la noche…, pero sería mucho peor si el Kraang encontraba su escondite en los bosques.
―¡Slash!
La tortuga alzó su mirada y sus pupilas se contrajeron en terror al ver lo que su líder tenía planeado. Corrió con toda la velocidad que se lo permitieron sus piernas pero le pareció que todo iba en cámara lenta. Intentó gritar lo más fuerte que sus pulmones pudieran, para detenerla de la locura que estaba por realizar. Existía otra solución, solo debía dejarle pensar un segundo más. Ella debía detenerse y alejarse de la orilla de la plataforma, debía alejarse de caer en el mutágeno.
―¿¡Qué estás haciendo, mutante!? ―Kraang Superior no entendió por qué la mutante se alejó de él y acercó a la orilla de la plataforma.
Karai lo miró de reojo. ―Esto.
Y saltó.
En el aire, ella encontró la forma de lanzarle el artilugio a su segundo al mando. Al mismo tiempo de que él lo atrapó, su expresión, de igual forma que la de los demás, expresó terror. Una sonrisa llegó a su mente; por desgracia su cuerpo mutante no tenía la capacidad para dibujar ese gesto, pero ya no le importó.
La victoria era suya.
Su cuerpo cayó en la piscina y la lava verde la abrazó una segunda vez. Los gritos desaparecieron mientras más se hundió. Apretó sus párpados y se preparó mental y físicamente para darle la bienvenida a la terrible sensación que recordaba a la perfección…, pero nunca llegó. En cambio, sintió que tocó el fondo del contenedor. Por mero instinto, se impulsó de regreso a la superficie. Volvió a abrir sus párpados y se sostuvo de la orilla del contenedor. El mutágeno se resbaló de su cuerpo como si no le hiciera efecto alguno.
Nadie se dio cuenta de que las tarjetas resguardó, habían desaparecido.
―¡Karai! ―Slash apareció cerca del contenedor.
Ella agitó su cabeza y cayó de manera perfecta al piso. Se mantuvo quieta unos segundos para esperar un cambio o una segunda mutación, pero no pasó nada. Era como si ahora fuese inmune a esa maldita sustancia.
―¿¡Estás loca!? ―el grito de la tortuga se escuchó tan fuerte que le martilló la cabeza― ¿¡Qué demonios te…, te…!? Estás bien.
―Sí. N-no me pasó… ¿nada? ―se vio sus extremidades y, en verdad, estaba a la perfección, a excepción del dolor de cabeza que estaba por convertirse en migraña.
Tyler se acercó a la sorprendente escena. ―F-fascinante…
Slash negó con la cabeza. ―¡No es el momento! ¡Hay que salir de aquí!
Al ver que todavía quedaban varios droides, incluyendo a Kraang Superior, todos asintieron y emprendieron carrera hacia la salida. Sin embargo, una fila de robots les bloqueó la entrada. La mirada de la tortuga estudió sus alrededores, hasta que sus pupilas se congelaron en los hoyos que el cuerpo de Cabeza de Piel y el suyo hicieron al romper el cristal. Se giró hacia Rockwell y le arrebató una de las esferas que aún cargaba, antes de volverse hacia la paloma.
―Pete, voy a confiar en ti ―le entregó el artilugio―. ¿Puedes atraparnos a Karai y a mí en el aire? ―el ave tardó unos segundos en asentir, pero a la fémina no le pudo importar menos, solo quería deshacerse del zumbido que martillaba sus oídos. Slash se giró hacia Tyler― Lo mismo para ti, Doc, ¿puedes atrapar a Cabeza de Piel?
―¡Claro que sí!
La tortuga asintió y, junto a los otros dos reptiles, corrió hacia los agujeros. Ellos saltaron con los disparos por atrás, y comenzaron con su caída por un sinfín de pisos. Detrás del trío, Pete y Tyler los siguieron. Mientras el ave agitó sus alas, el chimpancé se dejó caer antes de comenzar a levitar. Ambos accionaron las esferas y atraparon los cuerpos de los tres mutantes. Dado a que volar era muy lento, decidieron descender a las azoteas más cercanas y continuar a pie. Ellos desactivaron las esferas y todos terminaron sobre la fría superficie. Sus jadeos se hicieron cada vez más leves hasta que cesaron.
Pete llevó su mirada hacia el aparato que cargaba Slash y alzó sus alas hacia él. ―¡Lo logra… ugh! ―el peso le ganó y cayó hacia el frente.
―Todavía no podemos celebrar ―Karai se reincorporó. Los colores de la noche molestaron más a su cabeza―. Hay que irnos antes de que comiencen a buscarnos.
―¿Te sientes bien? ―la tortuga inquirió en un tono preocupado― Te ves…, más pálida...
―Soy albina, Slash, no puedo ser más blanca ―sin embargo, alargó la "s" más de lo normal. Cerró sus párpados con fuerza―. Toma el escudo y vámonos.
Los demás notaron de inmediato su tono molesto, pero decidieron dejarlo pasar y la obedecieron de inmediato. Corrieron detrás de ella con dirección al edificio que estaba al lado.
Al mismo tiempo de que Karai se acercaba a la orilla y se preparó para dar el salto, el dolor se volvió casi insoportable. Estaba feliz de haber completado la misión, pero en ese momento solo quería llegar a la mansión y dormir un día entero. Saltó pero no se alejó ni un metro antes de caer desmayada a la calle. Lo último que escuchó fue a Slash gritando su nombre, y todo se volvió negro.
Hola. Espero que, estén donde estén, se encuentren bien. Gracias a esta contingencia, me di cuenta de que enforcarme en mi historia es una buena forma de distraerme, además de mis otras actividades. De regreso a la historia, quiero imaginar que no dejé mucha intriga, y, si lo hice, fue necesaria, porque el siguiente capítulo (que no sé para cuándo lo tendré listo), tendrá un giro que, tras haber leído esto, me imagino que ya muchos sabrán de qué se tratará. Nos leemos después. Bye-bye.
