"El instinto animal puede llegar a controlarnos, sobre todo cuando se trata de venganza." ~Anónimo
Las palabras se esfumaron de inmediato de sus gargantas. Tyler congeló sus manos sobre el teclado y olvidó los comandos que estaba por realizar. Jack estuvo a punto de atragantarse con el agua que ingería. Ambos perdieron la respiración por unos segundos, hasta que su sistema les hizo recordar y suspiraron con pesadez. Terminaron de frente a la fémina, con expresiones perplejas y un silencio que envolvió a los tres. El par intercambió una mirada, pero continuaron sin decir nada. Esperaban a que ella sonriera, riera o hiciese algo que les haría saber que estaba bromeando, jugando con sus pobres corazones de ancianos y ya. Pero ella no bromeada ni jugada, y sus labios no tenían la menor intención de dibujar otro gesto además de su expresión preocupada.
―Cazar. ―fue más una pregunta que una repetición lo que emanó de la boca del chimpancé.
Ella asintió sin verlo a los ojos.
―Cazar. ―el otro varón quiso asegurarse de haber escuchado bien o darle más tiempo para que acabara con su chiste.
Volvió a asentir al mismo tiempo de que rodó los ojos, pero no por ellos que, tal pareció, ya no escuchaban bien, sino porque ya estaba cansada de esa situación; porque los días pasaron y pasaron, la promesa que le hicieron ya estaba casi olvidada, sus porcentajes parecían no quedarse quietos y el retromutágeno estaba lejos de ser encontrado. Estaba condenada y estaba por condenar a todos los demás mutantes.
Un claro ejemplo era lo que vivió hace un par de horas.
Como empezó a hacer después de recuperarse de la misión en el T. C. R. I., continuó entrenando personalmente a Sydney. Durante las mañanas prosiguieron con la tonificación y fortalecimiento de su cuerpo que comenzaba a madurar y mostrar resultados descomunales: definición de músculos en brazos, piernas y abdomen, y resistencia ante sesiones de cardio, velocidad y fuerza. Cuando llegaba el atardecer y las primeras estrellas resaltaban en el cielo, seguían con dos horas de katas básicas y sencillas, para crear coordinación y prepararla para mayor complejidad.
Sin embargo, esa tarde, tuvo otra idea.
Mientras se alejaron de su zona de entrenamiento y se internaron más en los bosques, Karai no se percató del aura extrañada que rodeó a la menor. Sydney caminó en silencio pero sin despegar su atención de la espalda de su maestra. Desde hacía varios días, hubo notado que la mutante se comportaba de manera extraña: pasaba todo el día sola, casi no le dirigía la palabra a nadie y era normal que se encontrara distraída durante los entrenamientos. Se hubo emocionado cuando la mayor entró en su habitación y, con una sonrisa que ahora le pareció extraña, le dijo que era momento de continuar con sus prácticas; sin embargo, al verse en una zona desconocida, a kilómetros al norte de la mansión, solo pudo imaginar cosas malas.
En cuanto escucharon un ruido, Karai detuvo el paso y le obligó a guardar silencio. Ambas se agacharon hasta que sus cabezas se vieron ocultas detrás de un arbusto que los separó de su objetivo. La reptil le indicó seguirla con sigilo. Su mirada atravesó las ramas y hojas de la vegetación, y sus ojos, ayudados por la poca luz que se filtró por el horizonte, se congelaron en el cuerpo de un ciervo, que, ajeno a sus asechadoras, pastaba con tranquilidad.
―Hoy aprenderás una habilidad muy importante de supervivencia. ―ella le hubo dicho en casi un susurro, con sus pupilas verticales clavadas en su futura víctima y un inhumano jadeo que hizo brotar gotas de saliva de su boca.
Aunque Sydney estuvo lista para cuestionar sus palabras, permaneció en silencio, atenta y con la esperanza de que lo que le dijo tenía un poco de coherencia. Cierto era que, en uno de sus primeros entrenamientos, su maestra le dijo que el ninjutsu era la base principal para sobrevivir en condiciones adversas, tales como la guerra que se vivía del otro lado del desagüe; ya le hubo hablado sobre las técnicas de ocultación y camuflaje, caracterización y disfraces, meteorología y geografía (con sus términos japoneses que olvidó casi después de escucharlos), y ya hasta le había dado un adelanto de lo que practicarían cuando avanzara más. Por ello, se dijo que tal vez la cacería también estaba incluida en el arte; sin embargo, ¿sin armas? ¿Cómo cazarían exactamente al pobre animal? ¿Con sus propias manos?
―Te enseñaré a cazar ―continuó con su misma pose y volumen, y empezó a asustar a la niña―. Te mostraré cómo una simple mordida en el punto correcto de la garganta del animal lo deja sin aliento casi de inmediato, sin necesidad de inyectarle veneno.
Sydney quedó sin palabras. ―¿Q-qué?
―Ssh. Sígueme de cerca.
El venado levantó su cabeza y sus orejas se movieron hacia la dirección de donde provino un crujir de hojas. Sus ojos les siguieron casi de inmediato, quedando petrificados en un arbusto en específico. Esperó unos segundos para volver a escuchar algo y que esa fuera la señal para emprender huida y regresar con los demás (sabía que fue mala idea separarse del grupo). Al cabo de unos momentos, mientras los últimos rayos de Sol desaparecieron, el silencio se hizo presente. Con su tranquilidad de vuelta, regresó su cuello hacia la superficie del pasto y continuó con lo suyo.
La serpiente gigante saltó, con un siseo de fondo, en el momento en que se encontró distraído. Sydney saltó detrás de ella e intentó seguir el serpenteo de la reptil, quien corrió detrás del mamífero. No obstante, cuando ambos seres se alejaron considerablemente de ella, se detuvo a un par de metros de donde emergió, recargó sus manos sobre las rodillas y se dio cuenta de lo incorrecto e inhumano que era lo que estaban haciendo. Lo que su maestra estaba haciendo, era lo mismo que haría un animal.
―¡Karai!
Estuvo tan cerca de su presa que el aroma se transformó en sabor. El venado galopaba con toda la fuerza que sus patas le permitieron, pero solo era cuestión de instantes para que el reptil saltara sobre él e inyectara veneno en alguna parte de su cuerpo. Ella tuvo la imagen en su cabeza. El tamaño de su presa era perfecto para brindarle los nutrientes que durarían un mes, tal vez más. Lo único malo era que, después de engullirlo, no podría moverse por un buen rato hasta que la digestión se completara. Tendría un bulto enorme durante días al comer el cuerpo entero de su presa.
Saltó y se abalanzó contra el venado.
Al mismo tiempo de que su tercer párpado regresó a su lugar, recordó toda la comida que descansaba en el cuarto de refrigerio y la nata habilidad de Jack para cocinar. La distracción fue tal que perdió el equilibrio, cayó más atrás de lo esperado y el venado aprovechó para atinar una patada en la parte baja de su mandíbula. Karai rodó hacia atrás hasta chocar con un tronco caído. Ni el golpe en su lomo ni en su hocico le dolieron, así como el ardor de su transformación que pasó por desapercibido. Permaneció unos momentos en esa misma posición. Su lengua bífida se abrió camino y olfateó al aire. Le llegó el aroma de su pupila acercándose con paso moderado. Sin querer que la viera de una forma tan deplorable, apretó sus párpados con fuerza y, entre la agonía, comenzó con el regreso a su cuerpo humano.
Sydney llegó en el momento justo en que Karai cayó sobre sus rodillas, emitió un grito digno de una película de terror, sus brazos perdieron fuerzas y cayó boca abajo en el piso. Ella se acercó velozmente para ayudarla. Notó que se encontraba pálida y con la mirada perdida. La jaló de sus manos para sentarla, pero siguió sin recuperar la cordura. Estuvo a punto de gritar por ayuda, cuando su maestra clavó sus pupilas en las suyas y, apoyada de ella, regresó a sus pies.
Ambas se quedaron en silencio, hasta que la mayor ordenó regresar. La niña obedeció pero, a diferencia de momentos antes, decidió hablar de lo sucedido. Karai tranquilizó a la menor y le prometió que hablaría con los científicos en cuanto llegaran a la mansión, con tal de que ella no mencionara nada y, si pudiese, olvidara todo lo sucedido allí.
―¿Por qué? ―preguntó Sydney y Karai no encontró otra salida más que amenazarla por si se atrevía a abrir la boca.
Llegaron a la construcción cuando la media Luna estaba en un ángulo perfecto de noventa grados. Además de Víctor y Víbora, quienes continuaron con su siesta al ver que eran ellas, no hubo más mutantes cerca. Las dos atravesaron el escudo, Sydney con su plástico modificado y Karai sin nada. La niña se percató, pero decidió no preguntar más. Mientras la kunoichi descendió al sótano, Sydney se detuvo al pie de las escaleras que la llevaban al primer piso, con la intención de subir, descansar un poco y tomar una ducha; sin embargo, no podía dejar que esa situación se resbalara, así que volvió a salir, con la intención de buscar a cierto reptil y desobedecer a la fémina.
No era normal que su líder los visitara durante la noche, por lo que ambos se extrañaron cuando la vieron entrar por la puerta. Antes de que pudieran preguntar algo, fueron testigos de su expresión perturbada y su paso nervioso mientras se acercó a la silla de plástico. Se dejó caer sobre el asiento y soltó las palabras que sorprendieron peligrosamente a los dos varones: "Estuve a punto de enseñarle a cazar a Sydney."
―¿C-cómo exactamente? ―fue la única pregunta que pudo articular Tyler después de salir de la sorpresa.
―De manera…, tradicional.
―¿Con flechas y lanzas? ―Jack encarnó una ceja.
Ella lo fulminó con la mirada. ―No. Con colmillos y veneno.
Volvieron a mirarse mutuamente. Eso no podía estar pasando. Tenía que ser una broma, una de muy mal gusto. No obstante, la expresión de la chica mostraba demasiada preocupación como para tratarse de un chiste que ya había llevado por semanas, donde logró burlar la máquina de Rockwell y su alejamiento de los demás habitantes solo fue parte del espectáculo.
Karai suspiró con pesadez y atrajo la atención del par. ―No quería llegar a esto, porque creí que habría una solución, pero todo se me está saliendo de control y ahora me doy cuenta de que soy un peligro ―se irguió en el asiento―. Me iré a la ciudad hasta que sepa cómo resolver este problema.
―¿¡Qué!? ―las pupilas se Tyler se contrajeron con la misma fuerza de su grito― No. No puedes hacer eso, mucho menos ahora, con el misil Kraang a punto de ser finalizado y… ¡no! Es muy peligroso.
―¿Tanto como a tener una serpiente sin mente propia libre y sin saber si va a atacar a alguien, Doc? ¿En serio?
―Con mayor razón no puedes ir ―intervino Jack―. Si no estás en tus cinco sentidos, ¿cómo piensas escapar del Kraang?
―La otra solución que se me ocurre es encerrarme o encadenarme hasta que haya un resultado. Ustedes deciden.
Los dos hombres negaron con desesperación, pero fue el chimpancé quien intentó convencerla―: Estoy cerca de encontrar la fórmula del retromutágeno…, solo necesito un poco más de tiempo.
―Eso es precisamente lo que ya no tenemos. Siento cómo mi cordura se va cada día…, es más ―se giró hacia Tyler con fuerza―. ¿Cuáles fueron mis porcentajes en la mañana?
Él trató de recordar el resultado obtenido. ―Sesenta ofidia, treinta y ocho punto cuarenta y cinco humano, cero punto cincuenta y cinco libre, y uno Kraang.
Le mostró el antebrazo contrario al que de donde le extrajeron sangre en la mañana. ―Y, ¿ahora?
―No ―el primate negó con la cabeza―. Ya hicimos la prueba el día de hoy, sería hasta…
―Por favor, Doc ―ella no era de implorar, pero no supo qué más hacer en esos momentos―, demuestra que estás en lo correcto y yo no estoy a un paso de convertirme en un animal que solo sigue sus instintos.
Tyler tardó unos segundos en ceder. Al verlo asentir, Jack se apropió de un paquete de algodones mientras el otro preparó lo demás. Le colocó la liga, entregó la pelota, abrió la jeringa desechable, desinfectó el área, encontró la vena y extrajo un par de mililitros. Después de que ella detuviera la herida con el algodón que el entregó el hombre, él introdujo el líquido en la máquina. Como todas las veces, se hizo hacia un costado para que los dos pudieran observar los resultados al mismo tiempo que él.
Los dos varones se encontraron tranquilos, sin saber a dónde quería llegar la fémina. Sus porcentajes se alternaban cada veinticuatro horas y ya habían obtenido los resultados de ese día; serían exactamente los mismos que se mostraron en la pantalla del monitor durante la mañana.
El cristal se iluminó de un color verde. Los jadeos se escucharon antes de que pudieran leer los números diferentes a los esperados.
61% – Ophidia
37.50% – Homo sapiens
0.50% –
1% – kraang
―Esto no es…, posible. ―balbuceó Jack.
Karai regresó a la silla. ―¿Lo ven? Solo está empeorando la situación. Hace rato perdí el control con un venado. ¿Qué pasará cuando lo pierda con Slash, Sydney o quien sea?
―Eso no va a pasar…
―Ya vi que sí ―se levantó, con los brazos cruzados―. Así que, ahora que todos están ocupados, me iré a escondidas ―un recuerdo llegó a su cabeza―. Oye, Doc, mi otra muda de piel de "rejuvenecimiento" ya se acerca. ¿No afectará…, todo esto?
Él suspiró con desdén. ―Lo más probable es que lo empeore.
Como ya hubo esperado esa respuesta, comenzó a caminar hacia la salida―. Díganle a Slash que le encargo el entrenamiento de la mocosa…
―¡Aguarda! ―gritó el chimpancé antes de que ella atravesara la puerta; la chica lo miró sobre su hombro― Espérame unos momentos frente al desagüe. Quiero darte algo para que te lo lleves a la ciudad. No te vayas antes, por favor.
Ella asintió y salió del laboratorio. Ascendió con total sigilo. Se detuvo antes de llegar a la planta baja y se sentó en los escalones; con su mirada, se aseguró de que no hubiera nadie en el salón principal. Después de comprobarlo, empezó a trotar aún tras salir de la mansión. Dirigió sus pasos a dirección este, con la intención de llegar al desagüe, cuando un cuerpo apareció de la nada, se detuvo enfrente de ella y le bloqueo el paso. De manera simultánea, otros tres seres la cubrieron en las demás direcciones.
Slash, quien fue el primero en aparecer, levantó su cabeza de forma intimidante. ―¿No prometiste que había sido sólo un sustito?
La mutante chasqueó la lengua. ―Veo que la niña no pudo quedarse callada, ¿cierto?
―No es solo por lo que ella nos contó ―prosiguió la tortuga y recibió las cortas afirmaciones de parte de Cabeza de Piel, Víctor y Víbora―. Has actuado bastante extraño desde hace varios días y es momento de que nos digas por qué. Es por el mutágeno en el que caíste, ¿verdad?
Karai miró a los cuatro mutantes; comenzó a sentirse sofocada. ―¿Quién dice que actúo raro?
―Ah. ¿Todos? ―Víctor respondió con su típico tono sarcástico― ¿Crees que no notamos cómo te la pasas todo el día lamentándote en tu cuarto o sola por los bosques haciendo quién sabe qué?
―Les agradecería mucho que no se metan en mis cosas. Ahora ―miró de manera agresiva a la tortuga―, déjame pasar.
―¿A dónde vas? ¿Eh?
Reprimió un siseo. ―Eso es algo que no te interesa saber. Déjame pasar.
―No hasta que digas qué es lo que te pasa.
―Slash ―bajó su mirada a los pies del mutante que no hacían caso a la advertencia dentro de su voz y lo seguían acercando a ella―, no voy a repetirlo una tercera vez. Quítate de mi camino.
―¿Por qué has actuado tan raro durante estos últimos días?
―Slash ―pese a estar en su cuerpo mutante, alargó el sonido de la "s"; sin embargo, no lo notó ella, pues su atención se congeló en los pies de la tortuga―, quítate.
―No.
Solo fue cuestión de un paso para liberar a la bestia. Al parecer, él no sabía lo que pasaba cuando una serpiente se sentía acorralada.
En un abrir y cerrar de ojos, la serpiente ignoró el dolor que le provocaba y alternó a su forma reptil. El siseo que emitió no solo fue para saltar sobre su víctima, sino para ocultar la agonía que sintió en cada una de sus escamas. La fuerza con la que brincó hizo que la tortuga diera unos pasos hacia atrás, pero se recobró casi de inmediato; antes de que los colmillos de la ofidia hicieran contacto con su rostro, le rodeó los costados con sus grandes manos y la lanzó hacia atrás.
Su lomo conectó con el tronco de un árbol por segunda vez en ese día, pero no pareció importarle. Desatendió las expresiones asustadas y preocupadas del grupo, y se abalanzó una segunda vez hacia el segundo al mando. Le escupió veneno directo a sus ojos y él lo evadió al protegerse con su brazo, lo que le dio entrada a ella para entrelazar su cola en los pies y, de la misma forma que una pelea amistosa que tuvieron hace tiempo, lo derribó.
Ella estuvo a punto de saltar hacia su garganta, pero los otros tres mutantes la detuvieron: el cocodrilo y araña atraparon sus brazos modificados; sin embargo, antes de que la planta pudiera sostenerle la cola, usó esta para aplicarle la misma técnica al otro reptil y derribarlo. Acercó ferozmente su rostro hacia el arácnido y eso lo desconcentró. Golpeó el torso de la araña y lo lanzó contra el tronco de otro árbol, con una fuerza descomunal que lo rompió; la conífera cayó hacia atrás, llevándose unos cuantos vardascales y atrayendo la atención de los demás habitantes.
Todos emprendieron camino hacia la conmoción. Los científicos ascendieron del sótano, las hermanas y Sydney bajaron del primer piso, las aves aterrizaron en las ramas de árboles seguros a los ataques de la serpiente, y Napoleón, que pasaba por ahí, llamó a las demás ranas para que vieran un espectáculo de una bola de escamas blancas-moradas-verdes.
Tyler quedó anonadado. Rememoró la plática de hacía unos minutos y, en el fondo, se reprendió por no creer en sus palabras. Estaba seguro de que era una exageración de ella para encontrar una fácil solución a su problema. Jamás imaginó que la realidad lo golpeara tan fuerte y rápido. Intentó acercarse, cuando Jack lo detuvo.
―No reconoce a nadie…, en este momento, no es más que un animal.
Pero el chimpancé no estaba de acuerdo. ―¡Karai, reacciona!
El grito rebotó en sus oídos. Afiló su mirada en la tortuga que recobraba la compostura. Sin dejarle encontrar su equilibrio de vuelta y aprovechando que sus demás captores estaban distraídos, volvió a abalanzarse contra él.
Slash miró con terror cómo estaba a escasos segundos de ser víctima de colmillos venenosos. Hubo esperado que Karai recuperase la cordura, por lo que no pensó en empuñar su lucero del alba. No obstante, al verla serpenteando hacia él y sin intención de detenerse en otro lugar que no fuera su garganta, no tuvo opción.
―Lo siento…
Al mismo tiempo de que saltó hacia el pecho del reptil, este formó un arco con su arma y conectó con su sien. Su mirada divagó por el cuerpo de todos los demás seres que permanecían reunidos, sin lograr enfocar nada, hasta que se vio atrapada en una mirada zafiro.
Su tercer párpado regresó a su lugar mientras cayó de espaldas contra el suelo. Permaneció unos instantes en esa misma posición. Al reincorporarse, su lengua bífida olfateó sus alrededores y reconoció a todos gracias a su aroma; de repente, ya no se trataron de siluetas extrañas, sino que identificó a cada uno de los mutantes que compartían un mismo espacio, todos con expresiones aterradas. Mas ninguna se comparaba a la que tenía Sydney.
Si sus pupilas verticales pudieran expresar tristeza, decepción o alguna sensación, lo hubiera transmitido.
La niña estaba oculta atrás de Lisa. Las hermanas se utilizaron a sí mismas como escudos para protegerla. Al ver que la serpiente tenía su mirada clavada en ella, ambas se tensaron pero permanecieron en su lugar. De inmediato y tras observar lo mismo, unas cuantas ranas formaron una barrera protectora y empuñaron sus lanzas de madera hacia el reptil. Tal muro no permitió que nadie viera cómo Sydney corrió hacia la mansión, por lo menos hasta ver cómo el escudo se agitó un poco.
Karai pasó a ver a todos los demás. El silencio reinó en todos los habitantes. Algunos, como las ranas y Víctor, tenían expresiones duras pero, a la vez, asustadas. Otros, como ambos científicos, cargaban un rostro preocupado. Sin embargo, solo hubo un mutante cuyos ojos reflejaban pánico, dolor y traición…, y ese era Slash. Después de verlo, supo que ya tuvo suficiente, así que dio media vuelta y, con un serpenteo veloz, se adentró en los bosques.
―¡Espera! ―el grito de la tortuga se mezcló entre el agitar de hojas y crujir de ramas.
Atravesó el sendero como tantas veces lo hizo, de la misma forma y siguiendo los mismos pasos, solo que esa vez no tenía planeado recorrerlo devuelta. Su visión nocturna tuvo que ajustarse cuando una serie de nubes ocultaron a la Luna. Llegó a la orilla del desagüe al cabo de unos momentos y planeó en saltar, emprender nado hasta la ciudad y alejarse lo más rápido de ahí…, pero recordó las palabras de Rockwell y se detuvo. Decidió esperar por lo que fuera que tuviese que entregarle.
El chimpancé apareció al cabo de unos minutos, pero no se presentó solo.
En cuanto sus pupilas verticales cayeron sobre el cuerpo del reptil que caminó al lado del científico, Karai pensó en adentrarse en las aguas de inmediato, sin importarle más el aparato del mamífero que, por lo que dedujo, era el que cargaba en una mano. Al verse bajo la mirada de ambos mutantes (pero, más que nada, en la de la tortuga), intentó desviar la mirada mas le fue imposible. Congeló sus pupilas en las de él y se encogió en su lugar.
―Tranquila.
Habló con un tono similar al que un humano se dirigía con un perro asustado. No hubo sido su intención; sin embargo, con lo que los dos cerebros de la mansión le dijeron, no pudo evitarlo. Y al ver a una serpiente tan aterrada de su entorno, con la mirada perdida y sus instintos tomando control de ella, ¿de qué otra forma podía hablarle?
Slash se acercó, cauteloso, con ambas manos enfrente de él, más para calmarla que para protegerse de otro ataque. ―No estoy molesto por…, lo de hace rato ―ella levantó un poco su cabeza―; sino porque no me lo dijiste. ¿Por qué, eh? Pude haberte ayudado.
Ella tardó unos momentos en encontrar su voz, la cual salió de una manera más animal que humana―: ¿Cómo? ¿No viste lo que estuve a punto de hacer…, hacerte a ti? No tengo control sobre mi cuerpo, ya no.
―Eso no es…
―Intenté cazar a un venado con mis colmillos y solo pensé en envenenarte para que dejaras de acercarte a mí…, así que no me digas que eso no es cierto.
La tortuga suspiró con pesadez y atrajo la atención de Tyler, quien prefirió quedarse en silencio y ajustar los últimos detalles a su aparato. El reptil continuó―: ¿Por qué no confiaste en mí? Te hubiera ayudado desde el primer instante y lo sabes. Juntos…, pudimos haber evitado todo esto.
―Deja de mentirte a ti mismo. Eres demasiado optimista para que sea saludable. Este momento llegaría tarde o temprano, y no hay manera de…
―¿No somos amigos?
Karai ladeó la cabeza en señal de confusión. ―¿Qué? ―la voz se le hubo ido antes de emitir esa exclamación.
―Acaso, ¿no somos amigos?
La noche en la que se ocultaron dentro de la bodega abandonada, escapando de los secuaces del Clan del Pie, llegó a su cabeza.
―Sí. Sí lo somos…
Después de todos los meses que llevaba conociéndolo, supo a dónde quería llegar; sin embargo, no podía dejarle ganar esa vez. Por su seguridad y la de todos, no podía.
―Por eso mismo tengo que alejarme para no ponerte ni a ti ni a nadie en más peligro.
―Karai…
―Si tengo que volver a pelear contigo hasta dejarte inconsciente, no me importa. No me vas a convencer, Slash, no esta vez.
La tortuga la miró de una forma suplicante, pero los penetrantes orbes esmeralda de ella le hicieron darse cuenta de que hablaba en serio. ―No puedo dejarte sola. Si te pasa algo..., no me lo perdo…
―¿Qué podría pasarme? Soy una serpiente mutante venenosa capaz de alternar cuerpos o tener formas híbridas. Son los demás a quienes debe preocuparles lo que les pueda pasar.
Unas semanas atrás, los dos hubieran reído por un chiste de tan mal gusto pero que era divertido en la comunidad mutante. Sin embargo, sus palabras ya no superaban la realidad. Ella usó un tono que, lejos de sonar divertido, estuvo lleno de decepción, miedo y preocupación; estaba hablando con la verdad que todos conocían, por difícil que fuera de aceptar. Y Slash lo sabía, mejor que nadie, aunque lo quisiera negar por más que nada en el mundo.
A pesar de la pelea que se disputó no hacía mucho, él se acercó con pasos seguros y acortó la distancia. Se vio atrapado en la mirada de ella a medida que se acercó más. Por lo que acababa de vivir, debió aprender que era mala idea acorralar a una serpiente; no obstante, logró detenerse justo a su lado, se arrodilló a su altura y llevó una mano a la cabeza del otro reptil. En cuanto ella aceptó su tacto, sin intenciones de atacarlo y confiando en él, la envolvió con sus largas extremidades, haciéndola reposar el hocico en su hombro, en el primer abrazo en que ambos se fusionaban.
Karai se quedó estática por unos instantes, hasta que relajó su cuerpo y aceptó la muestra de afecto. No pudo devolverla y su ligero siseo, como el ronroneo de un gato, fue lo único que le hizo saber a Slash que agradecía todo, pero, más importante, que se despedía de él.
―No importa si soy demasiado optimista para mi propia salud ―la tortuga susurró―, solo te pido que sigas confiando en mí y me creas cuando te digo que te prometo encontrar una cura. Haré todo lo posible porque vuelvas con nosotros.
Los dos se alejaron. Fue ella la primera en quitar su mirada de la de él. ―Te quedas a cargo, segundo al mando…, y cuida los entrenamientos de la mocosa; no quiero regresar y descubrir que anduvo de floja.
Slash sonrió, pese a tener una mirada triste, y asintió. Dejó que su líder se acercara a Tyler, quien permaneció en silencio mas con una expresión similar a la de la tortuga. Él intentó imitar el gesto del quelonio, pero solo logró mover la comisura de sus labios. Le tendió el aparato que cargaba consigo a la fémina: tenía la forma de un control clásico de videojuegos, con una pantalla oscura en la parte superior de en medio y un papel filtro en la esquina inferior derecha.
―Es similar a la máquina que tengo en el laboratorio ―señaló el papel filtro―. Con una simple gota de tu sangre, aquí, mostrará los porcentajes de tu ADN; de esa forma podrás seguir al tanto de las…, alteraciones dentro de ti.
Asintió y sujetó el aparato con una de sus manos modificadas; no pesaba mucho, por lo que no la atrasaría en su camino por las aguas negras. Se acercó al desagüe y sintió la mirada de ambos sobre su lomo. Estuvo a punto de despedirse, pero eso tal vez solo haría que Slash no la quisiera dejar ir; por lo tanto, sin mirarlos una última vez, saltó hacia el agua y el frío la abrazó mientras agitó su cola hacia la corriente del desagüe.
―Te lo prometo ―Slash habló en voz alta en cuanto la mancha blanca y morada desapareció de su vista―, encontraremos una respuesta.
Tyler se acercó y descansó una mano en el hombro del reptil. Este suspiró ante el tacto y se preparó para decirle algo, cuando se escucharon ruidos detrás de ellos. Ambos se giraron en la dirección y observaron el frágil cuerpo de la más pequeña de la mansión, quien tenía el rostro enrojecido, la cabellera desarreglada, leves jadeos emanando de su garganta y dos espadas enfundadas, en cada una de sus manos.
Sydney miró a ambos con atención y, luego, dirigió su mirada hacia el desagüe. ―¿Ya se fue? ―el par asintió― Maldición. Me tardé mucho.
―¿Para qué? ―inquirió Rockwell con curiosidad.
Le mostró los dos sables. ―Jack dijo que Karai se va a la ciudad porque está enferma de la cabeza…, y ella una vez me dijo que el ninja debía estar conectado con su arma mediante corazón y mente. Así que creí que si no podía hacer que se quedara con nosotros, por lo menos podía darle sus armas para que le ayudaran a conservar su cabeza.
La tortuga rio en sus adentro. No supo si lo dijo de forma metafórica o realista, pero las dos le causaron gracia. Regresó su mirada hacia el desagüe. Recordó que, siempre que Karai salía sola a la ciudad, él se aseguraba de que llevara alguno de sus dos sables consigo. No obstante, en esos momentos pensó que ella tendría mayores posibilidades en atacar con solo su cuerpo que tener el control para manejar sus armas. Después de todo, no podía controlarse a sí misma, menos podría con espadas.
―Slash ―el nombrado bajó su mirada y se encontró con un par de ojos zafiro que expresaban lo mismo que los suyos: preocupación―. Karai regresará, ¿verdad?
Era algo que también se preguntaba a sí mismo, sin poder hallar la respuesta.
―Claro que sí, solo debe esperarnos a encontrarle una cura ―gracias a todos los meses que llevaba junto a ella, hubo adquirido la capacidad de mentir con naturalidad. Negó tales pensamientos y dibujó una sonrisa―. Vamos. Hay que regresar. Mejor dormir ahora, porque mañana tendremos entrenamiento desde temprano.
La niña dejó que los dos mutantes caminaran delante de ella. Detuvo su andar en un momento, antes de girarse y correr hacia la orilla del desagüe. Entrecerró sus párpados para ver si su maestra seguía cerca, pero solo vio oscuridad. Desenfundó los dos sables, los levantó por el mango lo más alto que pudo y los clavó en la tierra. Se alejó un par de pasos y admiró los ángulos un poco desalineados en los que terminaron, pero se dijo que funcionarían, a pesar de todo. Recogió las fundas y corrió detrás de Slash y Tyler, no sin antes prometerse que quitaría la katana y wakizashi el día en que Karai regresara.
Porque regresaría. Estaba segura.
No sé ustedes pero yo consideré muy emotivo este capítulo, el cual es nada más ni nada menos que el último del artículo "Segunda Mutación". En la siguiente actualización, vendrá el capítulo único de "Aislamiento". De nuevo, espero que todos se encuentren bien y la situación de sus hogares esté mejor. Sin más qué escribir, nos leemos después. Bye-bye.
