"Dos cosas admiro: la inteligencia de las bestias y la bestialidad de los hombres." ~Flora Tristán


En un ambiente normal, la ciudad fantasma era un lugar perfecto para esconder a una serpiente mutante gigante: era inmensa, con un sinfín de escondites disponibles y comida a cada vuelta de la esquina. Sin embargo, con un mundo de alienígenas y un clan ninja entero buscándola, no pudo darse el lujo de considerar la ciudad como suya.

No le daba miedo, mucho menos vergüenza, considerarse a sí misma una hipócrita. Siempre supo que lo era. Ahora huía de los extraterrestres cuando, meses atrás, incluso se frustraba porque ellos no terminaban rápidamente las máquinas e inventos que su entonces Maestro y ella solicitaban. Aunque, más que hipócrita, lo consideró más irónico.

La venganza era un cegador poderoso, al fin y al cabo.

Para mantenerse a salvo de sus "cazadores", encontró dos guaridas: la primera fue en el parque de diversiones en Coney Island, solitario y aislado de la horda de robots; era perfecto, a excepción de que carecía de una fuente de alimentos cercana. Descubrió su segundo escondite (un edificio que ya hubo considerado desde que salió de los bosques), después de estar uno o dos días apartada entre juegos mecánicos.

Todo el camino esperó porque alguien le cayera encima; no podría serle tan fácil llegar a la bodega, no con varios cazadores pisándole la cola. El Clan del Pie la buscaba, el Kraang la buscaba, era seguro que el equipo de Slash la buscaba y ella solo trataba de encontrar su cordura. Y como hubo anticipado, sí se encontró con alguien, pero con alguien que no hubo esperado: un mutante que, al igual que ella, perdió su mente.

Karai estaba cerca de la antigua guarida de Slash. Se cercioró de que no hubiera extraterrestres rondando por ahí. Al mismo tiempo que se ocultó de las máquinas de vigilancia de los cerebros, escuchó un ruido en el callejón perpendicular de donde se encontraba. Tuvo la desdicha de que su mente volviese a traicionarla ante el aroma que su lengua bífida captó: mamífero, vivo. Y ella estaba hambrienta.

Se dejó guiar por sus instintos y comenzó a acechar a su presa. Con el cuerpo pegado al sucio muro, serpenteó con sigilo hasta la esquina. Asomó su mirada y sus pupilas verticales captaron el cuerpo del ser que husmeaba los contenedores de basura. Volvió a olfatearlo. Entre el hedor de los desperdicios orgánicos e inorgánicos, analizó con más profundidad el aroma del mutante y lo reconoció. Pero a su cerebro poco le importó y le hizo abalanzarse contra él.

El roedor escuchó a tiempo a su acechadora. Saltó en el momento preciso en que el reptil clavó sus garras en el lugar que estaba hacía unos instantes. Él siseó con la misma fuerza que ella, antes de emprender huida, pero la cola de la serpiente lo detuvo. Tras sentirse acorralado, saltó con sus cuatro patas hacia el rostro de ella e intentó arañar los ojos, sin éxito.

La ofidia lo agitó y lanzó hacia el muro anexo, estrellando su lomo contra el cemento. Aprovechó que la rata estaba distraída y se acercó, cuando el mamífero levantó su mirada y sus irises marrones-rojizos se congelaron en sus pupilas verticales.

Con el segundo que duró esa acción, su membrana nictitante regresó a su lugar y su visión volvió a hacerse clara. Estudió con atención al ser que estaba a unos metros enfrente de ella, encogido en su lugar y preparado para volver a atacar si es que ella seguía acercándose. Tela cubría su parte inferior, pero casi todo su pelaje estaba libre para permitirle ver lo sucio y descuidado que estaba; sus patas y cola tenían rasguños de diferentes profundidades, sus bigotes estaban enmarañados, su nariz y orejas seguían sucias después de explorar un charco de lodo, y sus ojos eran idénticos a los de ella: perdidos, llenos de instinto. No sabía qué sucedió con su kimono o con su cordura, pero ninguno de los dos estaba más con él.

Al igual que sucedía con ella, ya no quedaba nada del hombre que alguna vez fue Hamato Yoshi, solo una rata.

Tenía a su padre enfrente, después de perderlo por meses, y lucía…, terrible. Era un espejo pero de otra especie: costillas al descubierto y masa corporal extremadamente baja. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Desde que desapareció del desagüe en el que lo dejó tras rescatarlo? ¿Cómo es que había sobrevivido tan tiempo y solo? Pero ya no estaba solo. Ahora estaba ella, su hija. Sí. Su hija que, día con día, perdía más su humanidad y se convertía en una serpiente en cuerpo y mente. Acababa de atacarlo, ¿qué no? Por más que quisiera ayudarlo, en ese momento, no podía. Si ni siquiera podía ayudarse a sí misma, menos podría a su padre.

Aun así, valía la pena intentarlo.

Se advirtió mentalmente que eso dolería, hasta el alma, pero se obligó a retroceder unos pasos y comenzar con su cambio de cuerpos. Dado a que su siseo era menos sonoro que su grito, lo hizo con toda la capacidad de sus pulmones y silenció cuando llegó a su cuerpo humano. El dolor continuó por toda su espalda y la mantuvo en el suelo. Como pudo, levantó la mirada hacia su padre y observó la expresión asustada que él tenía en sus ojos.

El roedor observó que su atacante, de alguna forma, se volvió más pequeño y menos intimidante, lo cual fue señal para atacarlo una vez más y, si no lograba acabarlo, por lo menos brindarse el tiempo suficiente para huir. Saltó en un abrir y cerrar de ojos. Lo derribó al mismo tiempo que una especie de caja metálica se escapó de las manos de su agresor y voló unos metros lejos. El extraño terminó de espaldas y él, encima. Gruñó con ferocidad y se preparó para morder directo a la garganta, pero sus fosas nasales captaron su aroma y una parte de su cerebro lo reconoció de inmediato.

Dos sílabas. Significado que desconocía. Su pecho se alegraba al pronunciarlas.

Alejó un poco su mirada y observó mejor al ser que estaba bajo a él. Parecía ser hembra, con un traje extraño que cubría todo su cuerpo, delgada y frágil, con una expresión asustada. La olfateó más de cerca, al punto que su nariz hizo contacto con el rostro de la, al parecer, humana. El aroma regresó a su cerebro, junto con una imagen de fuego y un líquido verde. Sí. Sí era ella: las dos sílabas…, harmonía. Acarició el rostro de harmonía con sus mejillas, hasta que cayó en cuenta de lo que estaba haciendo; saltó hacia atrás con miedo de lo que pudiera hacerle a harmonía. Él era muy peligroso. No podía pasarle nada a ella; su pecho no volvería a alegrarse si algo le pasaba. Así que la olfateó una última vez y emprendió carrera hacia su escondite, lejos de ella.

Karai alzó una mano hacia él pero permaneció quieta. Entendió perfectamente lo que pasaba con la mente de su padre; después de todo, era lo mismo que a ella. Miró una última vez por donde él desapareció, antes de gatear hacia al aparato que le regaló Rockwell. Se quedó unos momentos viendo la pantalla de la máquina y recordó que no se hubo hecho la prueba aún; no obstante, le importó muy poco en ese momento. Se volvió a preparar para regresar a su cuerpo reptil y ahogó un grito, el cual convirtió en sonoro siseo cuando sus primeras facciones reptiles aparecieron. Todavía con la respiración agitada, escuchó ruidos de máquinas, por lo que sostuvo el aparato y se apresuró en llegar, por fin, a la bodega.

Se estableció en el viejo y polvoriento edificio. Durante el día, solía dormir las horas que su insomnio le permitía, acompañado de los dolores insoportables que solo se intensificaban cada vez más. Al caer la noche, salía a buscar la comida que descansaba al otro lado de un campo minado lleno de droides que marchaban por horas, orbes de seguridad que alcanzaron a dispararle en más de una ocasión o los contados humanos mutados que vagaban sin rumbo alguno.

Aunque aislada, los primeros días no los vivió completamente sola.

De alguna forma, aquellas serpientes, que se establecieron a las orillas de la mansión, detectaron el momento justo en que ella se marchó y decidieron alcanzarla. Encontraron la bodega y la olfatearon. Vieron a una serpiente físicamente igual, sí, pero con una fuerza mental mucho menor, incluso más débil que la de ellas mismas. Se equivocaron, era por seguro. Así que, tan rápido como llegaron, desaparecieron y hallaron escondite en alguna parte de la ciudad fantasma o regresaron a su vida salvaje. Quién sabía.

Pero Karai no era más su maestra.

El tiempo se convirtió en días malos y en días no tan malos. Su cordura huía y regresaba sin previo aviso. Sus días se volvieron igual de impredecibles que su propia mente: su humanidad podía perderse y volver al día siguiente, o mantenerse por una semana o desaparecer durante otra semana. Con esos "compañeros", sus días se convirtieron en semanas, hasta que perdió la noción del tiempo.

Los pinchazos infernales eran ya comunes, su membrana nictitante tenía vida propia, pero en los días malos, los dolores y su mirada desenfocada la confinaban a esa bodega, empeorando solo con el hambre que, en ocasiones, no lograba saciar. ¿Qué podía hacer, al fin y al cabo? Con una mente tan borrosa y sin coordinar sus sentidos, aumentaban las posibilidades de ser atrapada o herida. Era mejor pasar días sin comer y, en cuanto estuviera más consciente, podría alimentarse.

En uno de sus tantos días malos, durante el apogeo de su ecdisis, alguien o algo la escuchó en su lamento y le hizo una visita. Sin embargo, poco sabía que solo atestiguaría decepción.

No hubo dormido mucho cuando escuchó ruidos en la planta baja del edificio. Ella estaba oculta entre una decena de cajas; no había forma de que la encontrara lo que fuese que estuviera ahí, a menos que siguiera el siseo involuntario que emitió su garganta. Por más que trató de controlarlo, le fue imposible, por lo que se dio por vencida y se irguió para defenderse de lo que fuese. Su lengua bífida se adelantó a sus movimientos e inspeccionó los alrededores. Entre el olor a combustible, muerte y polvo, sus fosas nasales captaron el aroma de un ser similar a ella pera diferente. Detuvo su serpenteo de inmediato y, al mismo tiempo que volvió a olfatear, el intruso se dio a conocer por su cuenta.

―¡Karai!

Conocía esa palabra…, tal vez. Sentía ya haberla escuchado. Significaba…, algo, tal vez. Era un… ¿nombre? Era una forma de llamar a alguien. Pero ¿a quién? ¿A ella? No, imposible. Era un llamado, una forma de decirle que se acercara. Y lo hizo, no por la palabra, sino por la voz que le generó una sensación placentera en el pecho y, más que nada, por el aroma a comida que le causó un dolor en el estómago. Saltó hacia la planta baja. Terminó de frente a un extraño ser de gran tamaño, picos en su espalda, color oscuro y ojos penetrantes.

Slash sonrió al verla olfatear la bolsa de papel. ―¿Tienes hambre?

Él rasgó el papel y lo usó como plato, para depositar el ave muerta que traía dentro.

Ella se asustó un poco por el sonido y tardó en acercarse a la comida que estaba en el suelo; la alcanzó con una mano modificada y se la llevó velozmente a la mandíbula. Estaba bajo mucho riesgo, lo sabía bien, pero el hambre era casi insoportable. Se dispuso a apresurarse, para que así, en cuanto terminara, se alejara del extraño ser lo más rápido posible.

―Sabía que estarías aquí ―la tortuga se sentó en su lugar, con cuidado para no asustarla más―. Es uno de los escondites más seguros en toda la ciudad. Está cerrado, tiene un supermercado cerca…, de hecho. Oh. Tienes que enterarte de esto: Jack quiere que mi equipo y yo vengamos a la ciudad. El misil está casi por terminado y él quiere recobrar la mayor información posible para buscar una solución. Habíamos pensado que este podía ser un buen lugar, pero creo que encontraremos otro, así tú estarás cómoda y no tendrás que soportarnos.

Sus palabras fueron simples balbuceos a los oídos de la serpiente; no eran más que sonidos sin ningún orden, consistencia o significado. Dejó de escucharlas al mismo tiempo que acabó con su comida. Vio que el ser seguía ahí, por lo que se contrajo en su lugar y siseó en su garganta. Debía ser una manera directa para decirle que ya tuvo suficiente y era momento de que se fuera.

Él se irguió en señal de alerta. ―Karai…, tranquila. Tú me conoces, soy tu amigo…, Slash. ―intentó dar un paso al frente, pero ella siseó con fiereza y él entendió de inmediato.

Si Tyler estuviera ahí en ese momento, lo estaría reprendiendo con tono decepcionado. Desde el instante en que le dijo que iría a la ciudad para visitarla, el chimpancé, así como Kurtzman, estuvo en total desacuerdo. No estaba solo el tema de que tal vez no la encontraría en la gran urbe y solo se expondría al peligro de los extraterrestres, sino que su pérdida de memoria empeoraba con el paso de los días y, para ese momento, debía estar casi esfumada. Pero él no los escuchó y se aventuró.

Cuánto le hubiese gustado haberles hecho caso.

No podía creer sus ojos: Karai, la mutante más determinada que conocía, la humana más peligrosa cuando defendía lo suyo, su líder y su amiga…, estaba perdida. Ya no actuaba con sensatez y se dejaba guiar por sus instintos. Ya no era más que una serpiente mutante, temerosa de sus alrededores y tan versátil como sus instintos se lo permitieran. Estaba perdida y él aún no lograba cumplir su promesa de ayudarle a encontrarse a sí misma.

La serpiente que tenía enfrente no era su amiga…, pero prometía devolverla a ese cuerpo.

Slash apretó los párpados al sentir algo que punzó sus ojos. Estuvo a punto de llevarse una mano hacia el pecho, pues se sintió con falta de aliento. Quiso tomar en cuenta la advertencia de ella, dar media vuelta y regresar a la mansión para escuchar los reproches de ambos científicos. Sin embargo, ¿qué imagen tendría de él? Si se fuera en ese momento, ella lo recordaría como un simple extraño que le trajo comida y luego se fue. No. Él era mucho más que eso: era su amigo y le ayudaría

―Tal vez no me recuerdes en este momento, pero no importa. No me molesta. Solo quiero saber algo, Karai, quiero saber que tú sigues ahí. Por favor, dime que recuerdas quién eres tú. ¿Tu nombre? ¿Ah? Vamos, ya lo dije muchas veces hoy. ¿Cómo te llamas, Karai?

―¿Ka…, Kara…, i?

La tortuga sintió sus ojos arder, pero se obligó a mantener una sonrisa. ―Y… ¿yo? ¿Sabes cuál es mi nombre?

Dentro de la cabeza de la serpiente, llegó la borrosa imagen de un extraño ser, parecido al que tenía enfrente, dándole la espalda, antes de girarse hacia ella y mostrar un gesto parecido al que cubría su rostro en esos momentos. Escuchó más balbuceos que provenían de un recuerdo, pero se convirtieron en algo más, en una palabra que era un… ¿nombre? ¿Así lo dijo el ser? ¿S-su nombre? Su nombre era…

―Slash. ―alargó la "s" como nunca lo hubo hecho.

―Muy bien, Karai ―su voz dejó de sonar entrecortada―. Bien. Creo que es momento de que me vaya y te deje descansar. Mañana será otro día largo y, aunque quiera traerte de vuelta a la mansión, sé que estará lleno de robots, ninjas y todo lo que esta ciudad oculte. ¿Prometes que tendrás cuidado?

La serpiente no entendió nada y su silencio lo demostró; aun así, él rio en tranquilidad

―Les diré a todos que estás bien. Te extrañan, ¿sabes? En especial Sydney. ¡Ah! Te tengo un secreto; no se lo vayas a decir, por favor, pero ya está casi lista para acompañarme en una misión nocturna de espionaje. ¿No te sorprende? Tal vez nos reencontremos cuando llegue ese día.

Ella volvió a sisear con fuerza al verlo avanzar un paso. Slash no se percató de su cercanía, por lo que se detuvo, pero no fue suficiente para tranquilizarla. Dio un paso hacia atrás y eso calmó su siseo. Él esperó unos segundos y llevó un brazo hacia adelante; solo obtuvo la misma reacción de parte de ella. Apretó el puño enfrente de su pecho y soltó un suspiro lleno de tristeza.

―Lo juro, Karai, encontraremos una solución. Te prometo que tú volverás a la normalidad y regresarás con todos nosotros. No importa cuánto tarde, te estaremos esperando ―dio media vuelta y la miró sobre el hombro―. Nos vemos, amiga mía. Cuídate mucho, por favor.

La serpiente se aseguró que el extraño abandonara el lugar, antes de regresar a su siesta, más tranquila pues su estómago ya no estaba completamente vacío aunque aún tuviese hambre. De eso ya se encargaría al día siguiente; sin embargo, el día siguiente no solo traería una nueva oportunidad de conseguir comida, sino que le haría encontrarle nombre y rostro al reptil que estuvo con ella durante esos momentos, y traería devuelta a unos héroes, no solo de ella, sino de la ciudad completa.

Durante la mañana y tarde, se estuvo maldiciendo por haber perdido su cordura mientras recibió una visita de su amigo. Por lo menos se controló lo suficiente para no saltarle encima, encajarle los colmillos y envenenarlo.

Punto para ti, Karai, punto para ti.

Unas horas antes de que llegara el atardecer, decidió realizarle la prueba de porcentajes, por lo que mordió su propia mano y la sangre emergió. Dejó que una gota cayera en el papel filtro del aparato de Tyler. Esperó a que la pantalla se iluminara de color verde y los números aparecieron.

90% – Ophidia
8.75% – Homo sapiens
0.25% –
1% – kraang

Con esos porcentajes, tomó una pequeña siesta hasta que el Sol se ocultó y pudo salir por comida. Antes de dirigirse hacia el supermercado, serpenteó por varios edificios para deshacerse de su piel muerta. Por suerte era el último día de ecdisis. Sin más hormonas que la molestaran, pudo dirigirse con tranquilidad hacia el supermercado, sin tener la más remota idea que esa noche ella era el centro de atención de dos camaradas y cuatro hermanos.

Se ocultó de las sondas alienígenas, insegura de sí misma de atacarlas y mantener la cordura, cuando escuchó una conmoción en el edificio detrás a la calle en la que estaba. Antes de girar su atención hacia la dirección y asegurarse de que no fuera nada peligroso, un ser, similar al que la visitó la noche anterior, saltó enfrente de ella, se dirigió con la misma palabra…, nombre, y le pidió aguardar unos momentos. En cuanto se fue, su lengua atrapó el aroma del reptil y lo reconoció de inmediato.

A pesar de que le resultó casi cómico que los hermanos Hamato decidieran regresar a Nueva York cuando el misil estaba prácticamente listo, se alegró por la pobre ciudad, la cual necesitaba un merecido descanso.

Vio a los otros seres luchando unos edificios detrás, pero su mente mutante solo le ayudó a mantener pensamientos borrosos. Trató de mantenerse cuerda, ¡ni siquiera habían pasado veinticuatro horas desde que su ella verdadera regresó! Sin embargo, los porcentajes no mentían: era casi un completo animal, un animal que pondría en riesgo varias vidas más. Así que ignoró las palabras del menor de los quelonios y se dispuso a abandonar el lugar en cuanto los droides se fueran.

Estuvo tan concentrada en el Kraang que casi fue alcanzada por un proyectil delgado y filoso que conectó con el contenedor que utilizaba de escudo. Siseó ante su posible atacante, pero no encontró a nadie.

Perfecto, pensó, ahora no solo era peligrosa sino que se estaba volviendo loca.

Dio por sentado el fracaso de conseguir alimento esa noche, por lo que se olvidó de su visita al supermercado y emprendió el camino de regreso a la bodega. Entró por una ventana rota y se percató, casi de inmediato, que había alguien ahí además de ella. Olfateó al aire y no le llegó el aroma de Slash ni ningún otro mutante, sino de extraterrestres. Antes de ver dónde estaban y prepararse para destruirlos, su tercer párpado bajó con fuerza y volvió a controlarla. Se ocultó para que el Kraang no la encontrase.

Su instinto animal solo jugó con ella por unos instantes y estuvo a punto de regresar a su descanso; no obstante, los intrusos comenzaron a causar tanto ruido que atrajeron su atención. Vio por la orilla de su escondite y notó los pedazos metálicos que, hacía unos minutos, conformaban el aparato que le habían regalado. Estaba destrozado. Ya cansada, saltó hacia ellos y acabó con el grupo de intrusos blancos y rosados. Antes de iniciar con los verdes, estos la rodearon y empezaron a balbucear cosas que ella misma pronunció para ver si tenían algún significado. No rindió frutos.

Uno de ellos, quien estaba en el nivel alto, cayó enfrente de ella. A pesar de los siseos que ella emitió, este se acercó más y más hacia ella que hasta pudo olfatearlo. Y eso fue exactamente lo que le ayudó a descubrir su identidad. El aroma que el extraño desprendió le hizo recordar polvo cegador, piscina de lava verde y bosques más al norte de donde estaba su mansión. Al mismo tiempo que su cordura regresó, su visión se aclaró y observó el rostro de la tortuga que tenía enfrente.

―Leo.

No pudo creerlo. Por fin estaba de regreso, sin el maldito bastón que usó en la casa de campo y con la misma mirada con el que lo conoció. Vio que tenía una expresión preocupada. Al principio, no comprendió. ¿Por qué estaba así cuando, al fin, se volvieron a encontrar? Entonces recordó su estado y transformó sus cuerpos.

Con el bajo porcentaje que tenía para alternar de formas y fusionarse con objetos inanimados, ya hubo perdido la posibilidad de cambiar a su cuerpo completamente humano; solo quedaron las formas híbridas. Pero el dolor era el mismo, sino que peor. Este fue casi mortal y la obligó a pedir ayuda. Ya estaba cansada del infierno en el que se transformó su vida, y él quería llevarla consigo, pero ella lo sabía mejor que nadie.

No. Era demasiado peligroso.

De repente, escuchó otras voces y dos cuerpos cayeron a sus costados. Los miró con atención pero no los reconoció. Creyendo que aquellos sí eran intrusos, volvió a poner su cuerpo en agonía y regresó a su forma reptil. Se lanzó contra el primero que vio, pero algo atrapó su cuello y soltó una descarga eléctrica, tan fuerte que la dejó inconsciente de inmediato.

Cuando despertó, estaba en un lugar desconocido frente a un hombre que le resultó extraño. Por alguna razón, ella no estaba en su cuerpo completamente mutante, por lo que regresó a él y se preparó para atacarlo; sin embargo, el humano fue más rápido y volvió a atrapar su cuello. Casi al instante, la empujó hacia la salida de la construcción, le hizo descender por las escaleras y detenerse frente a una sombra plateada a la cual no pudo ver con detalle.

No supo con exactitud lo que sucedió después. De un momento a otro, más cuerpos aparecieron y comenzaron a luchar entre sí. Gracias a la presión que se ejerció en su cuello, fue utilizada como arma y atacó a diestra y siniestra. Tras derribar a quien la controlaba, uno de los seres verdes la liberó del arma y le pidió que huyera. La cercanía a su rostro le hizo ver el color tan peculiar de sus ojos.

Sabía que Leonardo no se quedaría quieto y seguiría buscándola, hasta el cansancio, aunque pusiera su vida y la de sus hermanos en peligro. Ella detendría eso. Intentó recordar el nombre de su primer escondite, pero solo llegó a su mente la palabra que iluminaba un letrero llamativo, antes de saltar a las aguas.

No se halló muy lejos cuando escuchó el grito proveniente de una voz profunda, intimidante y tan familia que hizo hervir su sangre―: ¡Yo la crie, yo la cuidé; ella es mía!

Tal vez no reconoció al dueño de la voz, mucho menos recordó su rostro, pero hubo algo dentro de ella que la hizo temblar al mismo tiempo que creó un fuego en su pecho, alentándola a regresar, saltar hacia él y acabar con su miserable vida. Para su suerte, le hizo caso a la otra voz en su cabeza, la cual la impulsó a escapar lo más rápido de esa zona de guerra.

Nadó los kilómetros necesarios para llegar a la feria. El maldito cartel de "Coney Island" le dio la bienvenida. ¿Cómo no pudo recordar un nombre tan sencillo? Bueno. No importaba, ya no. En ese momento, solo le constaba que, más temprano que tarde, el mayor de los hermanos Hamato los guiaría hasta esa feria con la intención de ayudarle, sin saber que era imposible. Así que tenía que estar en sus cinco sentidos. Por ello, se obligó a permanecer gran parte del día en su forma híbrida, tolerando los dolores que recorrieron toda su espalda, hasta que, al inicio del atardecer, su cuerpo tan solo no soporto más y cedió a su forma mutante.

El hambre era lo único que la detuvo de mantenerse cuerda. Llevaba días, casi una semana, sin una comida decente en su estómago; el ave que llevó Slash era lo único que no la volvía completamente loca. Estaba muriendo de hambre, soportando los dolores inhumanos, sin la menor idea del paso del tiempo ni de sus porcentajes, y así fue hasta en la noche, cuando las visitas llegaron.

Una vez más, sus instintos tomaron control de ella en el peor momento.

Mientras dos seres verdes inspeccionaron su escondite, ella los vigiló desde cerca, a una distancia segura para que ellos no pudieran alcanzarla. En el momento en que una de sus extremidades tiró un objeto, los guio hacia su territorio para perderlos de una vez por todas: una construcción oscura cuya salida podía encontrar con facilidad gracias a sus orbes modificados. Entre los pasillos llenos de reflejos, uno de ellos intentó rociarle una sustancia anaranjada. Lo evadió con la suficiente velocidad para salir del edificio, pero no pudo perder a sus perseguidores.

Su camino fue bloqueado por un objeto largo que se entrelazó en la columna de una construcción. Siseó con fiereza a los dos extraños que se acercaron con seguridad. Al ver que balbucearon algo y ninguno se detuvo, saltó sobre el más pequeño. Entre los gritos de este, los murmullos que se convirtieron en palabras del otro y su cordura volviendo, reconoció de inmediato a Miguel Ángel y Leonardo. Se alejó del menor con temor y se encogió contra un puesto. El líder en azul le pidió regresar a su forma humana.

¿Cómo explicarle que era tan doloroso que se volvió imposible?

Un ruido provino de la entrada a la feria.

Ella comenzó a buscar refugio una segunda vez, pero no podía dejar a los hermanos por su cuenta cuando ella los trajo a ese lugar. Esperó el momento adecuado, saltó enfrente de los dos nuevos mutantes y escupió en los ojos del rinoceronte. El jabalí empezó a dispararle justo en el instante en que su membrana nictitante descendió y la obligó a ocultarse una vez más. Esperó a que la conmoción acabara pero su mente regresó antes de eso.

Atrás de una construcción, fue testigo de la pelea entre el Clan Hamato y dos nuevos mutante. Al final, las tortugas y sus aliados fueron los vencedores. Leonardo comenzó a gritar por ella. Estuvo a nada de dejar vacíos los llamados, dar media vuelta y desaparecer para no ser vista nunca más. No obstante, ellos legaron ahí por una razón. Lo mínimo que podía hacer era demostrarles que sus esfuerzos no rindieron frutos.

Salió. Por primera y única vez, se mostró frente a ellos seis con completa tranquilidad.

Leonardo se acercó con paso tranquilo. Sus ojos, así como su voz, le aseguraron que podría ayudarla, mientras empuñó una pistola llena de sustancia anaranjada, la misma que intentaron rociarle dentro de la casa de los espantos.

Las palabras de Tyler llegaron a su cabeza: el retromutágeno era la única forma de ayudarla y liberarla de esa prisión mental. Tal vez, solo tal vez, había posibilidad de regresar a la normalidad. Así que cerró sus párpados y se dejó rociar. Esperó unos instantes y volvió a abrir sus párpados.

Misma visión, mismas extremidades y mismos pensamientos borrosos. No funcionó.

Él todavía quiso que ella fuese con ellos, a pesar de la derrota. Acaso, ¿no lo entendía? Era un peligro, desde el principio lo fue. Solo fue cuestión de tiempo para que sus instintos, sus ahora verdaderos instintos, tomaran control de ella. Esa fue la razón por la que decidió estar sola desde el principio, pero una tortuga y una mocosa se interpusieron. Ahora ellos ya no estaban.

Podía volver a su plan original: huir; para siempre, si pudiera. Ya se hubo engañado suficiente a sí misma. La cura no sería encontrada a tiempo, tal vez nunca. Tenía que aceptar la realidad: más temprano que tarde, se convertiría en una serpiente sin mente propia y permanecería el resto de su vida así. Tal vez encontraría confinamiento en los bosques nevados de Rusia o atrapada en el laboratorio de un científico europeo loco. Pero era un riesgo que estaba dispuesta a correr.

Huiría de Nueva York, del continente americano, y se escondería en el rincón más aislado del mundo que encontrara. Sí. Era la mejor y única idea sensata que hubo tenido. De esa forma, todos ellos, incluido su padre, ya no estarían arriesgándose en vano, a causa de ella misma o de la bestia de Destructor. Era la única manera en que estarían a salvo.

Se dio por vencida. Muy en el fondo, aceptó que se hubo rendido mas no lo demostró. Se despidió de todos ellos, en especial de Leonardo, quien nunca se dio por vencido. Los miró una última vez y saltó a las aguas, declarándose muerta, aunque ellos aún no lo supieran.

Totalmente rendida, se acordó de aquella vieja y abandonada misión. La vergüenza y la derrota la distrajeron por completo de algo que comenzó a suceder en su interior. No tuvo tiempo para darse cuenta de que el retromutágeno sí surtió efecto, pero no de la forma que hubo esperado. Si todavía poseyera el aparato que le regaló Rockwell, habría visto que sus porcentajes cambiaron cada cinco minutos.

Su lado animal aumentó, el humano disminuyó y su espacio libre se acercó casi totalmente al cero.

Llegó al centro de la ciudad sin percatarse y, mediante el subterráneo, emergió a las calles. Agitó su cabeza con fuerza para enfocar su mirada de nuevo, pero esta comenzó a desaparecer por un espacio que se cerró cada vez más. Hizo todo lo posible por mantenerse cuerda. Tenía una única misión y, por el bien de todos, debía cumplirla. Solo tenía que abandonar ese país. Después de eso, podía perderse por completo. Ya no le importaba.

Para su mala suerte, el hambre jugó un papel importante en sus instintos.

Mientras se golpeó a sí misma contra muros y postes, con tal de mantenerse despierta, captó un aroma que agitó a su estómago. Se dirigió de inmediato en aquella dirección y asechó a su presa: una rata solitaria que caminaba con tranquilidad.

Con una última chispa de cordura, se gritó a sí misma. Debía tenerse. No podía arrebatarse tan pronto su humanidad. Se volvería una serpiente, lo tenía bastante claro, incluso ya lo hubo aceptado. Pero no tan pronto. Solo debía esperar a alejarse de esa ciudad. Tan solo un poco más de tiempo. Solamente necesitaba un poco más de…

Saltó hacia el mamífero con manos modificadas de frente. Los colmillos de estas acabaron con su vida de inmediato. Levantó su cabeza y se preparó para engullirlo de un bocado. Al mismo tiempo que encajó el primer colmillo, algo le cayó encima, el espacio ocupó toda su mente y, por fin, se perdió por completo.


¡Hola! Como ya había dicho, este fue el único capítulo del artículo "Aislamiento". Aunque fue casi completamente narrativo, me gustó mucho hacerlo y, espero, que a ustedes también. Nos leemos después. Bye-bye.