"Tener hijos no lo convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve a uno pianista." ~Michael Levine
Venganza fue una de las primeras palabras que aprendió, no solo a pronunciarla sino a entenderla. A lo largo de su vida, se convirtió en su combustible, en los entrenamientos, en las misiones…, maldición, incluso en cada desayuno que tuvo. Gracias a su figura paterna, reconoció que la venganza era un arma casi invencible; sin embargo, poco a poco descubrió que era un sable de dos filos.
Para alguien de edad tan joven, no era creíble que en sus pensamientos estuviera incluida la muerte. Alguien con un futuro por delante no tenía razón alguna para pensar en esa amiga silenciosa.
Karai siempre la hubo tomado en cuenta, por muchas razones, en realidad. Una de ellas era por las historias que le narró la única persona con quien su querido padre le permitió mantener una relación que, rápidamente, se convirtió en amistad. Esa aprendiz de bruja le llegó a compartir los conocimientos de la mujer que la crio, y entre ellos estaba la sabiduría de la muerte.
Según ese ente, cuando el camino de alguien hubo llegado a su fin, alma y cuerpo se separan por tanto tiempo que es posible verse a uno mismo, tendido en el lugar donde el corazón dejó de latir. Una creencia popular en aquella aldea secreta, pero que Karai adoptó como real.
Desde temprana edad, ella hubo aceptado los riegos que conllevaba su estilo de vida. Siempre estuvo al tanto de la gran probabilidad que tenía de morir joven, gracias a una fallida misión, un enemigo del clan o, incluso, a manos de su propio padre. Día con día, se preguntó si en menos de veinticuatro horas se vería a sí misma y descendería al infierno que siempre la esperó.
No obstante, ese miedo con el que vivió a diario también se volvió un respiro, una posible salida. Por mucho que ella anhelara escapar de ahí, abandonar esa vida de mentiras impuesta por alguien más y construir su propio destino en alguna otra tierra, era imposible. Destructor la cazaría cual traidora, la arrastraría hacia sus pies y la liberaría, sí, pero clavándole sus cuchillas en el pecho. Cualquier forma de escape que pensara terminaría en muerte, así que esta se convirtió en la única salida posible; de esa forma, pensar en el fin de su vida se volvió más un anhelo que un temor.
Al parecer, el día hubo llegado.
Su cuerpo desnudo apareció frente a sus ojos; mostró claras marcas de cansancio y estrago. Aunque no lo recordase, supuso que perdió la batalla con lo que estuviese al otro lado de la puerta metálica de la que estaba recargado. Tuvo sentimientos encontrados al admirarse por última vez mientras esperó porque el portal hacia el infierno se abriera en el suelo, o así fue como siempre lo imaginó.
No pasó nada de eso. En cambio, creyó ver algo en esa habitación totalmente negra en la que no estaba hacía unos instantes. Con unas fuerzas que no creyó tener, avanzó un par de pasos y su nariz se encontró con una superficie invisible de manera agresiva. El repentino golpe la mandó al suelo. Al mismo tiempo que se llevó una mano hacia su nariz, extrañada porque ni siquiera sintió la sangre cayendo, le pareció recordar algo importante: la última vez que estuvo consciente, ella era una serpiente.
El dolor se movió hacia su cabeza. Junto con ese recuerdo, una serie de memorias más martillaron su cabeza al punto de hacerle gritar. Como una cinta fotográfica, plagaron su mente con veneno, igual o más potente que el que ella poseía. Rememoró todo, a la perfección, y un par de imágenes de las que ella no fue partícipe lograron colarse: sus días aislada en la ciudad se mezclaron con rostros de mutantes, así como un hábitat artificial en el que le obligaron a vivir, su cuerpo atado a una mesa metálica, sustancias empujadas hacia el interior de su sistema, la voz de una bestia comandándole, como si ella fuera un títere, al mismo tiempo que el sonido de un vidrio fragmentado resonó en la habitación.
Después de lo que pareció ser una eternidad, las imágenes terminaron. La fuerza de estos dejó un silbido en su cabeza. Supuso que podría controlarlo con un poco de su bebida favorita; era hora del té, al fin y al cabo. Pero fue con ese pensamiento que una pregunta le hizo ponerse de pie: ¿dónde estaba?
Halló su equilibrio y se mantuvo erguida. Llevó sus manos hacia enfrente para asegurarse de que se golpeó con un muro invisible. Sus dedos hicieron contacto con la superficie. Por inercia, se hizo hacia atrás. Su espalda chocó con otra pared invisible, sus pies se sostuvieron sobre una superficie invisible, sus costados y sobre su cabeza igual…, solo logró distinguir una pequeña fisura en la esquina superior derecha de la caja.
Ella alejó su atención de la fisura después de estudiarla por lo que le resultó horas. Entonces guio su atención hacia el exterior. Además de una habitación de una sola tonalidad de negro, no vio algo más.
Bueno. No era como si existieran diferentes negros.
Un suspiro se escapó de su garganta al sentir cómo se levantó de una superficie blanda, pero miró a su alrededor y se volvió a encontrar en la habitación oscura y vacía. El pánico comenzó a apoderarse de ella hasta el punto de hacerle gritar, no solo porque se percató de su situación, sino porque recordó al responsable de que ahora se encontrara prisionera de su propia mente.
Cuando abrió sus párpados, vio el cuarto en el que despertó al mismo tiempo que el negro de su mente le siseó para recordarle que ella ya no era la dueña de su propio cuerpo. El gusano lo era.
En un principio ella creyó que, de nuevo bajo el mando del mismísimo demonio, este la mantendría encadenada o la hubiera enviado a su antigua celda subterránea o al hábitat artificial para serpientes; sin embargo, por alguna extraña razón, le permitió regresar a su vieja habitación, como si él estuviera seguro de que su plan rindió frutos. Y en el fondo ella sabía que era cierto. Después de sinfín de pruebas, logró perfeccionar a los anélidos. Ella era el objetivo final.
Él ganó. Ella hubo perdido no solo la batalla, sino la guerra. Ella volvió a ser un títere más, pero ahora podían controlarla por completo, incluyendo su cuerpo. Lo único que aún le pertenecía eran las memorias, así como los sentidos que llegaban hasta su verdadera alma.
A pesar de los meses que estuvo fuera, todo resultó igual: sus pertenencias, los colores y las pocas decoraciones que le parecieron lo suficientemente importantes para traerlas desde el otro lado del mundo. Su habitación estaba idéntica, a excepción de las serpientes que descansaban en el pie de su cama, colgadas en las lámparas, arrinconadas en los muebles o enredadas a sus piernas sobre el colchón.
De alguna forma, los reptiles tuvieron la sensación de que su líder hubo recuperado la fuerza que le otorgó ese papel, y la siguieron hasta esa vieja iglesia. Gracias a sus borrosas memorias, no recordó por qué les fue permitido quedarse allí; tal vez no representaban ningún peligro, por lo menos mientras ella las vigilara.
Ella se irguió y, a pesar de lo molesta que le resultó su nueva visión, mantuvo sus párpados abiertos y sus ojos recorrieron el oscuro lugar. Se sacudió un poco para apartar a los reptiles que la sujetaban con sus cuerpos; estos se movieron un poco y continuaron con su siesta. Llevó su mano a la cabeza de la serpiente más cercana y la acarició. Dejó que las sábanas se deslizaran por su cuerpo y bajó sus pies hasta que sintió la fría textura del piso de madera. No se molestó en buscar calzado alguno y caminó para salir de la habitación.
Su verdadera ella estudió más de cerca la fisura en su caja invisible. Intentó golpearla con un dedo para ver si podía romperla, pero no logró nada más que conseguir una cortada en su pulgar. La sangre corrió. Ella no sintió más que la luz de la Luna y el frío suelo del pasillo.
Perdió, sí, pero no se rendiría tan fácil. Su plan original de huir fue interceptado; tendría que continuar con él más tarde, después de escapar de esa prisión. Así que golpeó los muros invisibles hasta que sus nudillos se pintaron de carmín, pateó en todas direcciones y saltó sin importarle que su cráneo se rompiera. Todo resultó inútil.
Su cuerpo descendió a la planta baja. No necesitó llegar a la habitación para saber que se dirigió a la cocina. Encontró el interruptor de la luz y el lugar se mostró igual que todo el edificio: limpio y ordenado; solo una tetera descansaba sobre el fogón de la estufa.
Hizo un último intento para liberarse. Solo encontró a su cuerpo dirigiéndose hacia la alacena, y regresó a su resignación. Se miró buscando un trasto en específico, hasta que sintió una taza y la tomó en posesión. La inspeccionó para asegurarse que le sirviera y la dejó sobre la mesa. Se volvió hacia la estufa y quitó la tapa de la tetera. El olor tan familiar de la bebida llegó hasta sus fosas nasales, pero no solo de su cuerpo. El espacio oscuro de su mente se llenó de una fragancia fuerte y amarga: té negro.
Era una bebida que a pocos llegaba a gustarles, por su alta oxidación y cafeína con la que contaba. Sin embargo, estos eran completos ignorantes (a su criterio), pues no conocían sus propiedades y beneficios que le brindaba a quien lo bebiera: ayuda al estado de alerta mental, facilita la concentración, fortalece el aprendizaje, potencia la memoria a corto y largo plazo, y agiliza el procesamiento de información.
Alerta mental. Concentración. Aprendizaje. Memoria. Procesamiento de información.
Muchos podían decir que era la bebida perfecta para un ninja. No obstante, ella aprendió a aceptar su abrazo desde mucho antes; cuando era apenas una niña, de hecho. Dentro de una cocina similar a la que estaba en ese momento, más de una década atrás, se encontró por primera vez frente al color, aroma y sabor de esa bebida que pronto se convertiría en su favorita. Y también la probó por primera vez, en compañía de nadie más y nadie menos que…
―Karai.
Destructor.
En un abrir y cerrar de ojos, el vacío se despidió del aroma. Sintió que los muros de su prisión disminuyeron en grosor y sus fuerzas regresaron, por lo que se obligó a luchar una vez más.
Era la primera vez en meses (un año, tal vez), que enfocó su rostro; ya no era una sombra o una imagen borrosa, sino la claridad de una cara llena de cicatrices y una expresión dura. No hubo cambiado en nada a pesar del tiempo. ¿Cómo podría? El sujeto estaba lleno de odio y sus facciones solo lo expresaban.
Quemaduras, un ojo inservible…, cuánto deseó no volver a verlos. Cuánto deseó saltar sobre él, con cuchillo en mano y dirigirlo hacia su garganta. Cuánto deseó acabar con él, con su vida. Sin embargo, ella era la marioneta y él, el titiritero.
Observó cómo el dueño de esa voz tan profunda, intimidante y familiar se acercó a ella, lo que le obligó a luchar más y más. Él venía desarmado, con una bata en lugar de su armadura. Ella conocía a la perfección dónde estaba cada cuchillo y utensilio filoso. Podría vengarse de una vez por todas, acabar con esa mentira y dejar de sentirse traicionada. Tan solo si pudiera romper esa maldita caja.
Estuvo tan concentrada en pelear en vano que no escuchó lo que él le dijo. Se percató de la situación cuando su cuerpo se alejó de la estufa y tomó asiento en una de las sillas que estaban frente a la barra. Sus fuerzas volvieron a desaparecer al cabo de unos momentos. Su respiración siguió agitada, pero dejó de moverse y retomó otro descanso. Decidió prestar atención a la escena frente a ella. Ahí notó el brillo natural de la cuchilla favorita del hombre.
Claro. Fue una ilusa y tonta. Lo conocía lo suficiente; él nunca estaba desarmado.
Sus ojos (en control de su cuerpo), estaban fijos en la espalda del hombre. Sus cicatrices eran lo que siempre le caracterizaron y lo que atraía las miradas. Además de ser un hombre grande, fuerte y con una expresión dura, sus quemaduras solo le hacían ver más intimidante. Todos se doblegaban ante su silueta, todos le tenían miedo. Pero ella no; por lo menos, no por su físico. No recordaba ocasión alguna en que se asustara por su rostro desfigurado. Al fin y al cabo, lo había visto toda la vida; era el rostro con el que siempre había conocido al hombre que la crio durante toda su vida.
Las cicatrices siempre estuvieron presentes cuando mencionaba a su padre.
Ambos permanecieron en completo silencio. Lejos de parecerles incómodo, les recordó la monotonía y familiaridad. El silencio solo era interrumpido por el silbido del agua hirviendo y el fuego haciendo su trabajo. Pasados los minutos, él apagó la estufa. Se giró hacia la chica, taza en mano, y vertió la bebida en ella y otro trasto idéntico. Él dejó la tetera donde la encontró y se acercó a la barra; tomó asiento en la silla frente a ella al mismo tiempo que le tendió su taza de té negro.
El olor volvió a llenar su habitación y el aroma hizo su trabajo. Era tan familiar, tan monótono. Siempre despertó imágenes del pasado que ella llegó a atesorar día con día; recuerdos que llegaban a su mente para hacerle saber que su vida no era del todo mala, a pesar de la insaciable violencia, el sentimiento de odio y venganza que siempre plagó los aires, y el destino que alguien más escribió por ella. Pero era una experiencia que no quería revivir en ese momento. No ahora. No otra vez frente a él.
―Casi quince años atrás, tomamos nuestra primera taza de té juntos.
Un nudo en su garganta se originó al escucharlo. Odió cómo su cuerpo estaba tan relajado y sereno, cuando ella en verdad quería golpear, gritar y escapar. Ya no soportaba estar ahí. Se sentía incómoda en la misma habitación que aquel hombre. Quería alejarse, huir. No importaba la forma. Si debía morir, que así fuese. Lo que fuera por dejar de sentirse traicionada. Lo que fuera por dejar de recordar…, y anhelar.
Mientras sorbió de la taza, el clásico sabor le hizo rememorar la primera vez que lo probó. Le resultó muy amargo; no le gustó. No obstante, se obligó a acabar con su bebida. Lo mismo al día siguiente y al siguiente. Así por días, semanas, meses y años, hasta que aprendió a apreciar su sabor. Aunque ya no sabía si de verdad le gustaba o solo bebía por obligación, por tradición.
A sus cinco años, la costumbre nació.
Siempre fue una niña problemática. Adoraba romper las reglas y desobedecer órdenes; algo que cargó hasta su adolescencia. Le encantaba meterse en problemas, porque nunca había repercusiones. Su padre estaba fuera todo el día; las mujeres que cuidaban de la casa también cuidaban de ella. Las únicas interacciones que tenía con su entonces progenitor eran miradas que él a veces lanzaba cuando ella se preparaba para dormir o los contados desayunos que ambos compartían en silencio.
Desde niña, Karai se sintió invencible, con todo el poder de tener al mundo en su mano; hacía lo que se le antojara y no había consecuencias. Pero la realidad es que siempre estuvo sola, rodeada de mujeres que estaban ahí sólo por la paga y con un padre que veía máximo una hora diaria sin palabras que cruzar, y él era su meta: lograr que su padre, su único familiar con vida, le prestara la atención que todo niño anhelaba.
Nunca la consiguió, por lo menos, no hasta cierto día.
Para ella, Destructor no siempre fue un terrible padre, pero jamás se acercó a ser bueno. Se caracterizó por ser estricto, distante y misterioso, no solo con su gente, sino también con ella, su única hija. Durante sus primeros años, le impuso un sinfín de actividades que, él creyó, la moldearían a una chiquilla obediente; sin embargo, no la conocía ni un poco y nunca llegó a hacerlo.
Una noche, utilizando lo poco que hubo aprendido de las artes marciales y burlando la seguridad de su propia casa, siguió al hombre hasta la sede del Clan del Pie para una junta nocturna. Ella decidió adelantarse para no ser descubierta, pero hubo algo que olvidó del camino de regreso a su departamento. Se perdió. Vagó temerosa por la gran urbe de Tokio por mucho tiempo, hasta que alguien la sostuvo de la mano y la jaló consigo.
Más de una década hubo pasado desde esa noche y aún recordaba a la perfección los gritos de él tras despedir a las incompetentes mujeres, los gritos dirigidos a ella para que no saliera de su cuarto hasta nuevo aviso, y las lágrimas que la acompañaron durante sus intentos por quedarse dormida. De lo que nunca se percató fue de la expresión aliviada que Destructor tuvo al, por fin encontrarla.
A pesar de que su padre le ordenó por no mostrar su rostro hasta que él indicase lo contrario, ella se cansó de dar vueltas en su cama. Salió de su habitación y se dirigió a la cocina por algo para beber. Encontró una tetera sobre la estufa. Acercó una silla, se arrodilló sobre el cojín, quitó la tapa de la tetera y, al mismo tiempo que olió por primera vez el té negro, su padre entró en la cocina.
Él le hizo sentarse sobre la mesa mientras acomodó la silla e hirvió el agua. Le sirvió una taza de té, al igual que a sí mismo y ambos bebieron en silencio, hasta que él decidió romperlo. Sus palabras no significaron mucho en ese momento, sino años después. Entre todo el balbuceo que el paso de los años construyó en ese recuerdo, siempre se repitió incontables veces que no debía mostrar temor, sino al control de la situación; las emociones no eran más que limitantes, anclas, lo único que tenía permitido sentir era el fuego del odio y la sed de la venganza.
Desde aquella noche, ambos se levantaban a cierta hora de la madrugada (ella unos minutos antes), para compartir una taza de té. En un inicio, la bebida era acompañada por pláticas y consejos para entrenar sus habilidades ninjas. Entonces fue que Karai se sintió completa, feliz porque, finalmente, podía acercarse a su padre, pero el infierno la golpeó para recordarle que nunca se hubo ido.
El silencio de su padre permutó con métodos correctivos sangrientos, los cuales solo empeoraron conforme fue creciendo. Destructor siempre tuvo una forma de corregir sus errores y era mantenerla a solas con él en la habitación de entrenamiento, completamente desarmada mientras se defendía de sus cuchillas; el desenlace era ella sobre una piscina de su propia sangre que, en más de una ocasión, la mandó al hospital y le dejaba cicatrices imposibles de borrar.
Karai empezó a construir una máscara arrogante sobre sí misma, actuando como si nada le importara y nunca se arrepintiera de sus decisiones, desafiando a Destructor a cada instante, como si no le tuviera miedo. La realidad era que siempre estuvo aterrada de él y de lo que pudiera hacerle; ella era su hija, pero, al final del día, solo era una subordinada más.
Los años pasaron. Las cicatrices tan solo aumentaron. El té se bebió noche tras noche. Y cuando el corazón podrido de Destructor logró contagiar el suyo, se ganó un lugar dentro del Clan del Pie y solo lo escaló hasta alcanzar el puesto de segundo al mando. Su disfraz le ayudó a crear una reputación entre su gente. De esa forma, la respetarían y temerían al igual que al Maestro, y tal vez podría enorgullecer a su padre sin temerle más.
Pero la verdad se interpuso.
Ella pasó varias semanas encarcelada en la mazmorra subterránea. Tuvo demasiado tiempo para pensar e imaginar acerca del "hubiera". ¿Qué hubiera pasado si esa bestia hubiese ignorado el hecho de que Hamato Yoshi seguía con vida? ¿Qué tan diferente hubiera sido su vida? Tal vez nunca hubiese descubierto la verdad, tal vez seguiría siendo humana, tal vez estaría muerta; sin embargo, hubiera continuado con una vida llena de mentiras, arriesgándose por un maestro cuyas únicas acciones eran ordenar desde su trono, y nunca hubiese conocido a su padre, su verdadero padre que le mostró más afecto en unos cuantos minutos que en años, su verdadero padre que, a pesar de todo, siempre la…, quiso.
Destructor…, no. Ese monstruo no tenía más sentimientos que su anhelo de venganza y la llenó del mismo odio que dirigió al ser incorrecto. Ella siempre fue un premio, una medalla, un recuerdo…, o, ¿no? No, imposible. Si alguna vez fue más que un trofeo, entonces solo sería uno de los mejores guerreros en la armada de ese hombre; una despiadada asesina que acabó con varios enemigos de su, entonces, padre con un solo movimiento de su arma. Ella solo era eso.
Sin embargo, hubo una minúscula parte de ella que se hizo una pregunta que comenzó a resonar varias veces en su cabeza. No recordó la primera vez que se la hizo, si fue cuando vio la foto en el estante de Hamato Yoshi, cuando miró a los ojos a Oroku Saki mientras demandaba una respuesta o cuando se recargó en los barrotes de la celda en que su "padre" la encerró; no lo sabía. Pero una parte de ella se preguntaba si todos esos años de crianza fueron auténticos y…
―A tu madre le gustaba mucho el té negro.
No una vil mentira.
Escucharle hablar de la mujer que él asesinó, hizo que su sangre hirviera, pero no podía encontrarse enojada. Quiso silenciarlo y obligarle a que jamás mencionara a su madre, una persona que jamás llegó a conocer pero que juró vengar al acabar con el monstruo que le arrebató la vida, sin saber que esa persona siempre estuvo bajo el mismo techo que ella. Al mismo tiempo, sin embargo, quiso guardar silencio y escucharle hablar de la única mujer que, tal vez, llegó a amar en su vida.
―Ella fue quien me hizo apreciar su sabor tan fuerte. Antes prefería el té verde o de limón. La primera vez que lo probé, puse una cara muy parecida a la tuya. A diferencia de ti, no me obligué a beberlo todos los días para que me gustara, sino cada vez que Shen me servía una taza. Lo que más me gustaba era que compartíamos un tiempo a solas, solo acompañándonos con nuestra presencia, lo mismo que tú y yo hemos hecho durante todos estos años.
Ella quiso reír en sus adentros, pero solo una sonrisa burlona apareció en la comisura de sus verdaderos labios cuando su antigua pregunta regresó a su mente. Acaso, ¿él alguna vez de verdad la vio como una hija, como el fruto de la mujer que llegó a amar y a matar, y no solo como un peón más?
Durante toda su vida, la trató de la misma forma que al resto de sus soldados, mostrándole las "terribles consecuencias" que surgían cuando la desobediencia se apoderaba de ella, porque era su subordinada.
Aquella no era una forma de tratar a una hija, ¿cierto? Los golpes, maltratos y, en general, abusos se convirtieron en la rutina de su vida. Aprendió a temerle a su padre en lugar de confiar en él o admirarlo, aprendió a asesinar antes de manejar una motocicleta, aprendió a odiar antes que a amar. Todo gracias a ese hombre, ella se convirtió en un arma carente de emociones, porque ella no necesitaba de tales idioteces, tal como él decía…, tal como Destructor la moldeó.
―Tus ojos son los mismos que tenía ella; siempre llenos de curiosidad, decisión y compasión. Ha sido así desde el día que naciste. Me pregunté muchas veces si tu mirada cambiaría después de convertirte en ninja.
Al mismo tiempo que llegó a una concusión y la voz del traidor resonó, algo se rompió en el vacío y el ruido llegó a los oídos de ella. Tensó sus músculos con la fuerza necesaria para que un calambre naciera, pero le importó en lo más mínimo y comenzó a lanzar puñetazos para destruir la caja. Como todas las veces, no hubo cambio; permaneció atrapada. La furia hizo que sus ojos ardieran y el nudo de su garganta desapareciera. Abrió la boca para que el grito escapara del nudo, pero nadie lo escucharía, ni ella misma.
Lo único que pudo escuchar fue que la superficie de su prisión invisible volvió a quebrantarse.
―Pero me di cuenta del arma letal en que te convertiste y no estoy arrepentido.
Mientras su cuerpo acabó con su bebida y se levantó para lavar la taza, sus gritos silenciosos inundaron su mente, sus ojos ardieron sin permitir que las lágrimas salieran y sus uñas arañaron sus palmas sin que la sangre brotara. Estaba tan cerca de los cuchillos, de los tenedores, de todo lo que pudiera usar como arma, pero solo descansó el trasto en el lavadero y abrió la llave del agua.
―Déjalo. Yo lo lavo.
Obedeció para su descontento. Se alejó del fregadero al mismo tiempo que una fuerza le obligó a seguir peleando, aunque fuera una completa pérdida de tiempo. Terminó frente al hombre y la mirada que él tuvo hizo que su estómago se revolviera en repulsión, en especial porque era la primera vez que apreció con detenimiento el rostro lleno de odio que le obligaron a imitar. Sin las cicatrices ni el ojo disfuncional, era una expresión idéntica a la de ella.
―Mañana irás con Garra de Tigre para seguir estudiando tus habilidades. Necesito saber de todo lo que eres capaz para que así atrapemos a Hamato Yoshi y sus discípulos, incluyendo a sus amigos humanos.
Ella hizo una pequeña reverencia en señal de afirmación. Rodeó el mueble y caminó hacia la salida.
La noche continuó en su apogeo. El suelo continuó frío. La cocina aún conservó el aroma del té negro. Él todavía la engañaba al igual que a sí mismo. Ella no pudo hacer nada, además de ser solo una espectadora.
―Buenas noches, hija mía.
―Buenas noches, padre.
Su cuerpo recorrió el mismo camino hacia su cuarto, mientras ella sangró por la lucha dentro de su cabeza. Por muy idéntica que fuera a ese hombre, solo era una mentira que ella misma creó. Fue un momento de debilidad que la dejó como tonta. ¿Cómo fue capaz de tan siquiera pensar que ese monstruo pudiera sentir? Era una estúpida.
Él no amó a su madre, solo se sintió inferior a Yoshi por perder el amor de esa mujer. No pudo asesinarlo, no pudo tenerla, así que solo le quedaba ella: la hija de su enemigo. No era más que un trofeo que pulió para recordarle de su mayor victoria. No era más que un arma para que hiciera sus trabajos sucios mientras él descansaba cómodamente en su trono. No era más que un peón de sus juegos. No era su hija, no era su discípula. No era más que un premio de consolación.
Por fin llegamos al capítulo que inició esta historia. Antes de decidir si retomar un viejo borrador o no, escribí un One-Shot titulado "Una Taza de Té", que rápidamente me motivó en escribir toda una historia. Es increíble que ya haya llegado hasta este punto; no puedo sentirme más orgullosa. Les dejo este primer capítulo del artículo "Gusanos". Hasta el siguiente mes. Nos leemos después. Bye-bye.
