"Incluso los psicópatas tienen emociones; por otra parte, quizás no." ~Richard Ramírez


Ella descansó su cuerpo en el marco de la ventana y observó la vida que plagó la calle más cercana a la sede del Clan del Pie; estudió la cautela que aún inundaba el paso de las personas, temerosas por la proximidad de la noche y los viejos temores que la oscuridad traía consigo. Sin embargo, se obligaban a sí mismos a continuar con su labor, ayudando a los más necesitados, calmando a los pequeños y ancianos (quienes lamentablemente fueron los más afectados), o aceptando que la pesadilla que duró cerca de un año llegó a un fin.

La invasión Kraang hubo terminado.

Dentro de su caja, Karai se preguntó cómo y cuándo sucedió. No pudo hacer mucho cuando pasó semanas dentro de una prisión de paisaje artificial y un cristal como muro. Solo pudo imaginar que fueron devueltos a su dimensión, destruidos bajo las manos de los mismísimos humanos que fueron esclavos durante todo ese tiempo, o aniquilados por el increíble plan que los "héroes anónimos" desarrollaron en su casa de campo al norte del estado.

No obstante, algo de lo que sí se pudo dar cuenta (al menos, en la hora que llevaba ahí sentada), que las cosas serían diferentes si las tortugas hubieran actuado antes. Porque se percató a través de las lágrimas de muchos padres que hubo un sector en la población cuyo destino fue el más atroz.

El número de niños y ancianos disminuyó considerablemente, en especial el de niños. Atestiguó cómo parejas lamentaban y maldecían al cielo, mientras sus gargantas gritaban el nombre de sus hijos, mismos que los extraterrestres no consideraron como aptos y decidieron deshacerse de ellos.

De manera inconsciente, un escalofrío recorrió la espalda de Karai, lo que también generó una nueva grieta en su caja invisible. Aunque su ella verdadera intentó sonreír, se halló distraída, pensante en el nombre de cierta chiquilla que, si no hubiera salvado, tal vez estaría muerta.

Uno de los tantos reptiles que compartía el espacio con ella, tras notar su inconformidad, se acercó y trepó por sus piernas, hasta descansar en las rodillas y erguirse con la intención de que sus ojos estuvieran al mismo nivel. Al notar que sus orbes eran diferentes a los suyos, siseó en inconformidad; sin embargo, cuando el ser igual pero diferente a él alternó a sus pupilas verticales, volvió a relajarse y brindó su cuerpo como símbolo de lo mismo. Supo que su plan funcionó cuando su maestra acarició su cabeza y él pudo retomar una corta siesta.

Karai pensó que tan solo debería estar agradecida porque el infierno terminó, aunque no supiera la razón; sin embargo, esto era lo que más le importaba. Tal vez era porque indagaba en la situación lejos de la gran urbe, del otro lado de un desagüe en específico y a unos kilómetros dentro del sendero de coníferas.

Con toda la población devuelta, los seres ocultos en los bosques debían tener mayores problemas para sobrevivir. Cuando se trató de una ciudad fantasma, ellos pudieron atracar cualquier establecimiento abandonado y hacerse dueños de suministros primarios. Ahora, con los humanos de regreso, debieron regresar al papel de sombras.

Todavía sentía una opresión en su pecho al recordar a los mutantes que dejó en la mansión. Rememoró todos los meses que vivió junto a ellos; aunque algunos estuvieron con ella desde el principio, tenía memorias incluso con los que solo convivió unas cuantas semanas. Tal era el caso de la mocosa. ¿Cómo le iría en su entrenamiento? La última vez que se vieron, Slash dijo que ella…, ah. Sí. De quien le dolía más recordar era exactamente la tortuga. La expresión tan dolorosa que él tuvo en su rostro la noche en que ella decidió irse a la ciudad…, tan solo demostró lo equivocada que ella estuvo.

Ahora era prisionera mental de Destructor, pero ya no importaba.

Era probable que Slash, junto a su equipo y Jack, estuvieran acabados; después de todo, la tortuga le dijo que tenían planeado moverse a la ciudad para estar más cerca de la actividad alienígena. Las posibilidades de que algo malo les hubiese pasado eran altas. Además, si estaba a salvo, no querría verla después de que, la última vez que se vieron, se encontró con una serpiente sin mente propia que intentó atacarlo, y mucho menos una bajo el control del Clan del Pie.

Sin previo aviso, la serpiente albina en sus muslos descendió a la alfombra de un salto. Junto a más ofidias, se ocultó debajo de la cama mal tendida. Aquellas que no se despertaron a tiempo, permanecieron estáticas hasta que los pasos, que se acercaron cada vez más, cesaron detrás de la puerta. Acto seguido, esta se abrió de un golpe y los reptiles sisearon en advertencia. Al mismo tiempo que el mutante reprimió un grito, ella lo miró de reojo y alcanzó a ver la expresión sorprendida del ser.

Había una razón por la que Garra de Tigre odiaba ser quien buscara a la cría de su Maestro: detestaba a las serpientes, con toda su alma. Mientras recobró su compostura e intentó ignorar a los animales, dio un paso al interior de la habitación; sin embargo, uno de ellos saltó a sus pies con los colmillos de fuera y eso originó que él diera un pequeño salto hacia atrás. Escuchó las risillas de la mocosa y gruñó en molestia.

―No estás tratando de salir sin permiso, ¿o sí?

Pese a que, en realidad, su verdadero ser anheló eso, su cuerpo, bajo el control del gusano, no tuvo razones. ―¿Para qué? Mi padre ordenó, para mi desgracia, que nosotros dos saliéramos un poco después de la media noche. O ―sus penetrantes ojos ámbares chocaron con el único orbe del felino―, ¿ya se te olvidó?

―Al contrario.

Una sonrisilla luchó por aparecer en la comisura de los labios del tigre, pero él la contuvo. Le encantaba cuando los planes rendían frutos, y la fémina enfrente de él era uno de ellos. Puede que no toleraba sus comentarios sarcásticos y le hubiese encantado que la mosca mutante hubiera cambiado su actitud tan arrogante de chiquilla consentida con la que le conoció. En fin, se decía a sí mismo, era un pequeño precio qué pagar a cambio de usarla como una de las armas más letales que existían en ese clan.

―Ya que mencionas a tu padre ―agitó su pie para asustar a la serpiente que estaba cerca, pero esta volvió a saltarle y él se hizo hacia atrás―, el Maestro Destructor pide que vayas al salón de entrenamiento; le gustaría ser testigo de tus habilidades humanas antes de que salgamos para probar las mutantes.

Dentro de la caja invisible, Karai jaló su cuerpo hacia atrás. El otro cuerpo, a diferencia, bajó las piernas y se incorporó sobre la alfombra. ―¿Tiene miedo de que deje completamente ciego a su gatito tuerto?

―No me digas que sigues molesta porque el Maestro prefirió mis habilidades a las tuyas.

―Solo es cuestión de tiempo, Garra de Tigre ―se cruzó de brazos, colocó todo su peso sobre una pierna y sonrió de una manera sínica―. Más temprano que tarde, mi padre se dará cuenta que cometió una gran equivocación y yo volveré a ser la segunda al mando ―caminó hacia él y las serpientes le abrieron el paso―. Ahora…

Ante el tono de su maestra, los reptiles irguieron su parte superior y mostraron sus colmillos de forma amenazadora. La mutante alternó sus ojos y se detuvo justo enfrente del felino.

―Muévete. No quiero dejar esperando a mi padre.

El félido volvió a gruñir en su garganta. Permaneció quieto, con la mirada clavada en los orbes esmeralda de la cría; ella, al cabo de unos instantes, amplió su sonrisa. Al escuchar un ligero siseo en el fondo, él bajó sus ojos y se encontró con toda una formación de serpientes, lideradas por una albina y esperando, con el hocico abierto, la señal de su líder.

―No lo repetiré ―su verdadero ser, al presentir un déjà vú, se preparó para saltar hacia él, pero su cuerpo no lo permitió―. Muévete.

Con un último gruñido, él se apartó lo suficiente para que un cuerpo tan delgado y pequeño como el del ella pasar; sin embargo, la reptil no dejaría pasar una oportunidad como esa y, cuando salió del cuarto, chocó hombros con el felino. Él ahogó un rugido. Se volvió una última vez hacia las demás ofidias, antes de que estas le sisearan en odio y él cerrara la puerta detrás.

Lo último que el Clan del Pie necesitaba era una horda de serpientes sueltas.

Karai observó con detenimiento la nueva grieta que consiguió en su prisión en forma de caja. Acercó una mano y acarició la fisura; una profunda cortada sangró y ni la sintió. Mientras cerró su puño, comenzó a ver un patrón: cada vez que su cuerpo y mente propia se alineaban o compartían un mismo objetivo, la caja se rompía. Pensó que, si encontraba la forma en que se pudiera librar de su celda, podría recuperar su cuerpo.

Cuando menos se dio cuenta, hubo atravesado pasillos, descendido por escaleras y ya estaba en la sala del entrenamiento, con el mamífero detrás de ella. Se adentró en la habitación. Sus ojos escanearon los alrededores: los otros dos mutantes esperaban recargados, junto a una horda de robots; Garra de Tigre se acercó al par de seres. Antes de que pudiera detectar la ubicación del maestro, se arrodilló en el centro del salón y escuchó el sonido metálico que caracterizaba al hombre. Bajó su mirada hacia las colchonetas.

Los pasos de Destructor interrumpieron el perfecto silencio. Con todas las miradas sobre él, se colocó el Kabuto encima y lo ajustó. Caminó hasta detenerse justo detrás de su hija, descansó una mano en el hombro de ella y esa fue la señal para que se levantara; ella congeló su mirada en su único ojo funcional. Él reprimió su sorpresa al ver su expresión serena, con el rostro dispuesto a cualquier orden y sin una pizca de la rebeldía que siempre la caracterizó. Escondió la punzada de decepción que se originó en su pecho; al fin y al cabo, el científico realizó un formidable trabajo y no podía negarlo.

―Xever ―el repentino grito exaltó a todos menos a la fémina―, tú primero.

El pez cayó cerca de padre e hija, con un ruido sordo de sus patas metálicas. Empuñó su arma y el silbido atravesó el inexistente viento.

Destructor comenzó a alejarse de Karai. ―Acábalo con lo que sea: forma mutante o humana. No importa.

―Maestro ―Garra de Tigre avanzó un paso mientras el hombre se acercó a una plataforma más elevada―, creí que probaríamos las habilidades humanas ahora y, más tarde…

―Todas las habilidades juntas crean la unidad ―se arrodilló en la plataforma―; un ninja completo usa todo lo que vea conveniente. Recuerda eso, Garra de Tigre, eso y que detesto que me cuestionen.

El tigre miró de reojo la expresión burlona en el rostro de Karai. Si no hubiera estado bajo la atención del Maestro, le habría mostrado modales en lugar de solo ahogar un gruñido. ―Sí, Maestro. Una disculpa.

Destructor alejó su mirada del mutante y la congeló en el par de guerreros. ―¡Comiencen!

El cuerpo de Karai se dio la vuelta y quedó de frente al brasileño antes de que la mente lo imitase. Dentro de su cabeza, ella pensó que podría utilizar un poco de ese tiempo encarcelada para probar sus habilidades y utilizar al pez como su muñeco de entrenamiento. Por lo mismo, se centró en su totalidad en su oponente, dejó que sus extremidades se dejaran guiar con profesionalismo. Dada su concentración, no se percató de otra fisura en la parte trasera de la caja.

Xever empuñó su arma. Esperó a que ella hiciera lo mismo, pero no sucedió. Sin esperar porque la niña tomase en serio la pelea, se abalanzó contra ella con la fuerza artificial de sus patas. Ya conocía su estilo de pelea (gracias a los años compartido), así que no se sorprendió cuando evitó una patada con ayuda de una voltereta hecha hacia atrás. Lo que si le desconcentró fue el latigazo que lo mandó volando unos metros y haciéndole caer de espaldas. Se reincorporó casi de inmediato.

Enfrente de él ya no estaba una sensual kunoichi, sino una intimidante serpiente con sus dos cabezas falsas empuñadas hacia él.

La ofidia serpenteó con ferocidad. Siguió de cerca el cuerpo del pez cuando este saltó para evitar sus colmillos; él llegó primero al suelo y, al igual que una bala, volvió a brincar hacia su rostro, con la navaja en una garra. El filo logró rasguñar un par de escamas de la parte trasera de su cola, lo que originó un siseo molesto. Escupió su veneno en una línea recta, pero su contrincante lo evitó a tiempo.

―¡Sin veneno! ―el grito de Destructor resonó por toda la habitación.

Karai asintió. Centró sus pupilas verticales en el cuerpo del sudamericano. Volvió a sisear. Ya hubo jugado lo suficiente; era momento de tomar en serio la situación y acabar esa pelea. Permutó de cuerpos, desenfundó su wakizashi, corrió hacia él y, en el momento en que él se dispuso a evitar su golpe, alternó a su forma híbrida (parte inferior reptil); con ayuda de su cola, golpeó las patas robóticas de Xever.

El brasileño cayó sobre su lomo. Intentó reincorporarse, pero su pata izquierda no respondió, al igual que la otra. Al agitarla, un chirrido junto con una corriente eléctrica originó una pequeña explosión. Ahogó un gruñido al mismo tiempo que congeló su molesta expresión en la reptil, quien se acercó de manera intimidante, con los colmillos de fuera y un sonoro siseo en la garganta.

―¡Suficiente!

Aunque ella intentó empujar su cuerpo hacia el pez, el maldito gusano en su cabeza se lo impidió. En cambio, se volvió hacia Destructor y regresó a su cuerpo humano (mientras Xever se alejó cojeando). Parpadeó para que sus ojos regresan a su natural color ámbar y sus pupilas a su forma circular.

―Bradford ―el hombre habló de inmediato y el lobo levantó sus orejas en señal de atención―, tu turno.

Chris cayó enfrente de la fémina y su garra realizó un perfecto arco.

Karai fue lo suficientemente rápida para evadir el golpe; giró hacia atrás y regresó a su cuerpo reptil. Esperó a que el cánido se abalanzara contra ella para serpentear en otra dirección, detener su paso al lado de un muro, encoger su cuerpo al igual que un resorte e impulsarse cual flecha hacia el lobo.

A diferencia de lo que sucedió con el pez, esa batalla acabó casi al instante.

En el momento en que el golpe conectó con el estómago del canino, este perdió tanto el aliento como el equilibrio. Cayó sobre las colchonetas y su lomo recibió todo el impacto. Antes de lograr reincorporarse, la reptil saltó sobre él y usó todo su peso para aplastar el cuerpo del varón; acercó sus manos modificadas al mismo tiempo que se transformó en una de sus formas híbridas.

―¡Alto!

Para su disgusto, su cuerpo volvió a obedecer. De un salto, bajó al suelo y alternó a su cuerpo completamente humano. A pesar del leve jadeo que escapó de su boca, mantuvo su compostura. No se sentía ni un poco cansada y así era mejor, ya que estaba segura de que esa sesión de entrenamiento apenas estaba empezando. Su cuerpo aún no recibía ni una herida que dejase cicatriz.

―Ahora ―a los costados de la habitación, los Robo-pies se encendieron ante la voz del hombre―, a elevar un poco el nivel.

Seguida a esa pelea que tuvo contra la horda de máquinas, más batallas le siguieron, ya fuese contra más robots o mutantes. Las horas continuaron y su cuerpo empezó a ser testigo de rasguños y magulladuras que dejarían recuerdo hasta su próxima ecdisis. Destructor fue el último en pelear contra ella. Cuando culminaron la disputa, la media Luna ya hubo atravesado su punto más alto, y él ordenó la siguiente fase del entrenamiento de aquella noche. Para la desgracia de la fémina, colocó al tigre como líder de la exploración nocturna.

Ambos abandonaron la sede con una sencilla reverencia.

No corrieron por muchos edificios cuando la voz sarcástica de la chica, en su cuerpo humano, irrumpió el silencio nocturno―: ¿Qué buscamos? ¿Eh? ¿A tu novia imaginaria?

Garra de Tigre ahogó un rugido mientras saltó a otra azotea. ―No hay día en que descansemos de tus comentarios tan característicos, por lo que veo.

Al igual que su cuerpo, la verdadera Karai sonrió de manera victoriosa. Esperó a que una nueva fisura se hubiera hecho en alguna parte de la caja, pero no notó alguna otra además de las que ya estaban hecha; su prisión estaba tan magullada que, en un caso real, podría romperla por completo con un simple golpe. Intentó centrarse en las grietas antes de que sus pensamientos volaran a otro tema. Su mente le volvió a fallar y se encontró recordando a cierta mocosa de ojos zafiro.

De verdad que Sydney y ella eran casi idénticas. Además del buen Slash, la niña era uno de los seres que más extrañaba. No le molestaba ser quien hiciera los comentarios sarcásticos y sacara de la casilla a los demás; sin embargo, no podía negar que extrañaba ser quien soportase la boca rezongona de la menor y ser ella quien se hartaba, como el tigre lo estaba haciendo en esos momentos.

En cuanto vio la expresión irritada del felino, se preparó para soltar otra burla. Ya tenía los labios separados, cuando sus instintos reptiles se apoderaron de ella. Su rostro alternó y la lengua bífida atravesó sus colmillos retráctiles; el músculo captó un aroma que no reconoció del todo pero despertó un recuerdo que empezó a construirse en su habitación oscura.

El félido también lo captó, por lo que detuvo el paso. ―¿Hueles eso? ―olfateó al aire antes de esperar por una respuesta― Reptil y…, mamífero. ¡Por aquí!

Los dos saltaron con cautela el par de edificios que los separaban de sus presas. Se ocultaron detrás de un espectacular en cuanto los cuerpos aparecieron en su campo de visión. Observaron las siluetas de los seres ignorantes a su presencia. Mientras el tigre gruñó en su garganta, ella ajustó sus pupilas de manera amenazadora; no obstante, su verdadero ser negó con la cabeza y empezó a golpetear los muros de la caja invisible, puesto que, si no se libraba en ese momento, no pudo ni imaginar de lo que era capaz de hacer.

Frente a ellos estaban una tortuga y un humano, para ser específicos, solo que el reptil no era del tamaño promedio que poseían los hermanos Hamato y el mamífero ni se acercaba a sus años juveniles. Sin notarlos, Slash y Sydney recuperaron el aliento a la orilla del edificio.

Karai rememoró casi al instante la última vez que vio a la tortuga; él le dijo que la niña estaba casi lista para acompañarlo en una noche de investigación por la ciudad. ¿Cuánto había pasado desde ese día? ¿Semanas, más de un mes? Gruñó en sus adentros. Cuánto quiso gritar para que ambos se percataran de su presencia y emprendieran huida de inmediato, ya que el bendito viento (nótese el sarcasmo), no permitía que el otro reptil se percatara de su aroma.

¿Por qué, maldición, Slash eligió salir con Sydney justo en esa noche?

Garra de Tigre contuvo una risilla. ―No sabía que el gran Slash tenía una cachorra humana ―se relamió los labios―. Una lástima, en verdad, si ella no estuviera contagiada de sabor a tortuga, hubiera sido un buen aperitivo.

―Eres repugnante.

Los verdaderos párpados de Karai se abrieron en terror y sus pupilas expresaron lo mismo. No, se repitió en sus adentros. Tenía que hacer todo lo posible por despertar de ese control que la mantenía como una muerta viviente, antes de hacer algo de lo que siempre se arrepentiría y, tal vez, no podría arreglar.

―Opino que estos dos ―su voz sonó distante a los gritos que llenaron su prisión invisible―, servirán muy bien como muñecos de práctica.

―¿Por qué lo dices, niña?

―Sabes muy bien a lo que me refiero, gatito. Slash y yo fuimos…, compañeros, y estoy segura de que me sigue viendo como su frágil amiga a quien debe proteger bajo su ala.

―Y, ¿la cachorra?

'―¡No! ―su grito se esfumó en el misterioso vacío que inundaba la habitación― ¡Detente!'

Karai frunció el ceño por solo un parpadeo. ―No lo sé. Tal vez una pobre mocosa que adoptó como suya, misma que lamentablemente sufrirá el mismo destino ―alternó a su forma mutante―. Observa con atención, gatito, porque te daré una clase gratis de cómo aplastar el corazón de formidables guerreros…, o así lo dices tú, ¿no?

Antes de esperar por una respuesta, ella serpenteó hasta terminar sobre el frío techo. Comenzó a acercarse al par pero se detuvo. Una idea llegó a su falsa mente. Adoptó una expresión herida y cansada. Se dejó caer sobre su abdomen al mismo tiempo que emitió un siseo adolorido. Levantó su mirada para observar a la tortuga darse vuelta con fuerza y empuñar su lucero del alba de la misma forma; detrás de él, la niña se ocultó.

La expresión del par cambió casi en el mismo segundo. Slash bajó su arma a la altura de su cadera y sus ojos mostraron sorpresa, así como confusión. Por su parte, Sydney salió de su escondite y permaneció quieta, con labios temblorosos y sus orbes congelados en el cuerpo débil de una maestra a quien no hubo visto por lo que consideró una eternidad.

―¿K-Karai? ―la niña se colocó justo al costado de la tortuga― ¿Eres tú?

La serpiente siseó con ligereza y alzó su cabeza. ―¿Sydney? ―congeló sus pupilas verticales en el otro reptil― ¿Slash? ¿D-de verdad son ustedes o…, solo otra alucinación?

―No, amiga ―la sonrisa de Slash le indicó a ella que ya cayó en la trampa―, sí somos nosotros. Estás… ¿cómo lograste escapar de Destructor?

―Eso no importa ―se irguió con dificultad actuada y no logró notar la expresión extrañada en la que Sydney iluminó su rostro―. Ya soy libre y, por fin, pude reencontrarme con ustedes.

―Pero… ¿cómo? E-estabas atrapada en un…

―¡Slash!

Al ver cómo el reptil comenzó a dar pasos hacia la serpiente, Sydney se apresuró en detenerlo. En cuanto tuvo la mirada del varón sobre ella, negó con la cabeza. Sintió los penetrantes ojos de Karai (o de esa Karai), y se volteó hacia la ofidia; ella apretó su mandíbula y pareció que sus pupilas se volvieron más peligrosas.

―¿Qué sucede, Sydney?

Con toda la fuerza del mundo, Karai golpeó la caja. No hubo modificación alguna. En cambio, su cuerpo se acercó con ferocidad, pues estaba casi segura de que su plan fue descubierto.

―¿Ya no confías en tu propia maestra?

Slash empuñó su lucero hacia ella. ―Esos gusanos controladores… ¿tienes uno en el cerebro?

―¿De qué me hablas, amigo? Me ofendes ―continuó con su lento serpenteo―. Tú deberías saber mejor que nadie que yo soy la dueña de mis propias acciones; yo decido las órdenes que sigo y las que no…, y debo decirte que la que me dieron esta noche, sobre encontrar almas pobres que deambulaban indefensas a quienes convertir en conejillos de indias, me gusta mucho. Y…, creo que ustedes son los elegidos.

―¿P-por qué? ―Sydney gimoteó con terror, otra vez atrás de Slash― ¿Por qué haces esto?

La serpiente quiso reír, pero solo logró sisear. ―No seas tonta, mocosa ―empuñó sus garras modificadas y mostró todos sus colmillos―. Porque mi padre me lo ordenó.

Karai se abalanzó contra el otro reptil, pero el quelonio evadió con total facilidad el golpe que ella dirigió a su lomo. Entrelazó la punta de su cola en el mango del lucero, antes de arrebatárselo y lanzarlo hacia el otro extremo de la azotea.

Slash abrazó a la niña, quien permaneció estática y con una expresión aterrada, y pensó en huir; no obstante, la serpiente le bloqueó el paso, lo que le obligó a correr hacia donde el lucero aterrizó. En el instante en que sujetó su mango, destruyó un pedazo de muro caído y creó una estructura que protegería a Sydney. Dejó a la niña oculta. Con todo el dolor en su pecho, apretó tanto su puño como su arma, y se giró hacia su vieja amiga.

―¡Lucha contra ello, Karai! ¡Como lo hice yo! ¡No dejes que te controle!

Un recuerdo llegó a su verdadera mente: ella se encontraba dentro de la prisión modificada para serpientes. Estaba tomando una siesta cuando escuchó ruidillos en la plataforma central del laboratorio. Se preparó para sufrir otro de esos dolorosos experimentos a los que era sometida casi a diario; sin embargo, nada ni nadie se acercó a su celda. En cambio, observó al par de seres que yacían con el cuerpo atrapado en una mesa metálica, luchando porque la mosca no introdujera esos gusanos-controladores, mismos que, más tarde y con mejores modificaciones, le introdujeron a ella.

Tal vez Slash podría ayudarle a liberarse…, aunque sería un poco difícil con ella atacándolo.

―¡Por favor, Karai! ―cuando la vio acercarse otra vez, Slash volvió a empuñar su lucero― No quiero hacerte daño.

―Créeme que no lo harás, viejo amigo ―se detuvo unos momentos para estudiarlo mejor e idear un plan al instante―; después de todo, estás en desventaja contra mí, ¿cierto?

Ante la expresión sádica de su antigua líder, Slash apretó su quijada, cerró sus párpados con fuerza, sujetó el mango de su arma con fuerza y suspiró con pesadez al mismo tiempo que volvió a enfocar su mirada, solo para encontrarse con los colmillos de la serpiente a escasos centímetros de su rostro. Escapó de la mordida mortal por escasos instantes. Golpeó el lomo de la fémina y la empujó hacia abajo. Aquello le brindó unos segundos para correr hacia Sydney y salir de ahí, pero la cola de la ofidia se entrelazó en sus piernas y lo derribó. Giró para terminar sobre su espalda en el momento justo en que Karai saltó sobre él y usó todo su peso para aplastarle el plastrón.

―¡Ugh! ―la masa comenzó a molestar su garganta y sintió que el aire se le iba casi por completo; aun así, encontró la fuerza para gritar―: ¡Sydney, corre!

Por un momento, la verdadera Karai se alegró cuando, de reojo, miró cómo la niña obedeció, salió de su escondite y emprendió carrera en la dirección opuesta en la que Garra de Tigre estaba escondido. Sin embargo, el terror la invadió cuando su cuerpo controlado disminuyó la fuerza en el pecho de la tortuga y enfocó su mirada en la niña; su lengua bífida la olfateó y saltó hacia ella.

Slash actuó con rapidez y atrapó a la ofidia con todo su cuerpo, impidiéndole acercarse a la pequeña. ―¡Sydney! ¡Corre, ya!

La serpiente se agitó con ferocidad y, al cabo de unos movimientos, rindió frutos. Conectó un latigazo en el pecho del otro reptil, lo que lo mantuvo en una posición indefensa. No obstante, ella giró toda su atención hacia la niña que intentó descender por las escaleras de incendios. Al mismo tiempo que su verdadero ser hizo hasta lo imposible por liberarse, serpenteó hacia ella, sin nada que la detuviera.

Sydney miró de reojo unos orbes esmeraldas que jamás hubo temido tanto.

―¡Sydney!

'―¡No!'

Pero fue tarde.

Ojos esmeraldas se encontraron con zafiros. Mientras las pupilas verticales no expresaron nada (tal como un ser sin sentimientos ni mente propia), las redondas se olvidaron por completo del dolor y se llenaron de un terror sin límites. La dueña de estas últimas intentó gritar, pero su garganta se halló seca; sus manos no le respondieron para defenderse, como hubo aprendido durante todas sus prácticas. Pero no tuvo ningún entrenamiento para escapar de las fauces de la única mutante a quien le confió su vida misma.

En cuanto terminó de inyectar su veneno en el muslo izquierdo de la mocosa, no le dejó reaccionar y lanzó su cuerpo hacia la calle, la cual descansaba a ocho pisos. Se quedó en la orilla de la azotea para admirar su trabajo. No estuvo lo suficientemente concentrada para notar el lucero de alba que se acercó a su cabeza, hasta que conectó con el costado de su mandíbula y le hizo escupir un siseo.

Fue solo un instante, pero la verdadera Karai observó la expresión devastadora en el rostro de Slash, antes de que él saltara detrás del cuerpo de Sydney. Él alcanzó a la niña y la protegió de la caída al caer sobre su caparazón; tardó unos instantes en recuperarse, antes de huir hacia las calles perpendiculares a aquel callejón.

La voz de Tyler resonó en la prisión invisible de la ofidia: '―Perecerá al cabo de un máximo de tres horas.'

Garra de Tigre por fin salió de su escondite. Se acercó hacia la reptil, con pasos fuertes; al estar a su costado, observó las delgadas líneas carmesí que caían por los colmillos delanteros de esta. El olor a sangre llegó a sus fosas nasales como un golpe, seguido por el de un veneno ácido.

―Buen trabajo, niña ―jamás imaginó usar ese tono con la cría―. Estoy seguro de que el Maestro Destructor estará más que complacido con tu trabajo.

La serpiente siseó con ligereza. ―Lo que sea por recuperar el puesto que me pertenece, gatito.

Hubo sido suficiente por esa noche, por lo que ambos subordinados del Clan del Pie emprendieron camino de regreso a la sede. Los dos mantuvieron expresiones satisfactorias; supieron que su Maestro estaría orgulloso cuando escucharan las noticias, pero la realidad era muy diferente.

'―Perecerá al cabo de un máximo de tres horas.'

Llegaron a la vieja iglesia. Entraron en el salón principal y el hombre ya los esperaba, junto a los demás mutantes. Cayeron en el piso y caminaron hacia donde él estaba sentado. El felino dejó que la fémina (en su cuerpo humano), se adelantase y arrodillara antes que él; ella realizó una pequeña reverencia y él la imitó.

―Supongo ―la voz de Destructor sonó dudosa―, que esta noche fue fructífera.

―En efecto, Maestro ―respondió el tigre―. Fui testigo de las habilidades de Karai y puede confiar en mí cuando le digo que es un Pie perfecto ―ambos varones chocaron miradas y una sonrisa apareció en los labios del felino―. Nos encontramos con la tortuga, Slash, y una cría humana que…, me ayudó a ver de lo que Karai es capaz.

―Lamentable ―congeló su único ojo bueno en la cabellera de Karai y ella levantó la mirada―, pero un sacrificio necesario para la contribución a nuestro clan, ¿no es así, hija mía?

―Así es, padre…

El resto de las palabras que salieron de su boca, no las escuchó. Estuvo bastante ocupada en la lucha que parecía rendir frutos: tal vez alucinaba o ya estaba loca, pero veía que la caja estaba casi cubierta de fracturas. Solo era cuestión de unos golpes más. Y no hubo mejor inspiración que el grotesco rostro del hombre a quien consideró su padre por más de quince años; ese hombre no solo se conformó con mentirle, traicionarle y arrebatarle la poca de humanidad que le quedó, sino que le obligó a hacer lo que había hecho desde edades más jóvenes y como todos la conocían: una asesina de inocentes.

'―Perecerá al cabo de un máximo de tres horas.'

Antes de la salida del Sol, Sydney moriría..., por su culpa.

La caja por fin se rompió. Los cristales se esparcieron por toda la habitación vacío y, después de todo ese tiempo, pudo escuchar sus propios gritos.

―¿Karai? ―Destructor se levantó del trono al escuchar una arcada que interrumpió el discurso de su hija.

Todos observaron con extrañeza cómo la fémina tuvo dificultades al respirar; arqueó su espalda hacia atrás y, de su boca, se abrió paso un anélido monstruoso. Ella lo arrojó hacia sus pies, se reincorporó sobre ellos y lo pisó, lo que hizo que el gusano chillara antes de que le arrancaran la vida; se tambaleó un poco y tardó dos o tres segundos en volver a enfocar su mirada. Sus pupilas verticales, diferentes al rostro humano que vistió, se congelaron en el cuerpo del hombre.

Fue entonces que, con todo su mente y cuerpo de vuelta en su control, pudo gritar con su propia garganta, y la noche, junto a todos los presentes, fueron testigos del odio que le inculcaron desde sus primeros años. ―¡Voy a asesinarte!

Sin previo aviso, con su cuerpo reptil, ella saltó hacia Destructor. Fue demasiado rápida para que él reaccionara, y le propinó un golpe en su costado que lo hizo caer por las escaleras. Casi de inmediato, los demás seres emprendieron carrera hacia ella para salvar a su Maestro, pero ella no les daría tiempo de salvarlo. Si estaban por asesinarla, les daría una buena razón. Con un siseo digno de un dragón, saltó hacia él con sus colmillos de fuera.

Un disparo conectó con su lomo y ella colapsó, en su forma humana, sobre el cuerpo del hombre.

Destructor apartó con cuidado a su inconsciente hija. Llevó una mano hacia el dardo tranquilizante que descansó en la costilla de ella y lo quitó. Lo lanzó hacia los pies del mutante que accionó la arma y miró con detenimiento el único ojo ámbar del felino. Se reincorporó y sacudió el dolor que recorrió toda su espalda. Sostuvo a la fémina en sus brazos y, como si de un objeto se tratara, se la entregó al tigre.

―¡Tráiganme a Stockman, ahora!

La noche volvió a atestiguar el odio de un humano, solo que este no fue inculcado, sino que nació en la oscuridad y pudrición del corazón de ese hombre. Durante la brisa del viento y la luz del astro menor, los vencedores en aquel momento fueron las bestias y los monstruos.


Fue un poco complicado encontrar inspiración para terminar este capítulo, pero pude conseguirla al final. Me es un poco difícil escribir dos actitudes considerablemente opuestas de nuestra protagonista: aquella que tuvo en la primera e inicio de la segunda temporadas, y la que tiene en las últimas dos. Espero haberlo logrado (al menos un poco bien). Los leo en la siguiente parte. Bye-bye.