"Nadie te puede dar libertad, nadie te puede dar igualdad o justicia ni nada; si eres un hombre, la tomas." ~Malcolm X
La habitación modificada para serpientes le dio la bienvenida. Por supuesto, se dijo a sí misma, era el único lugar que podía contenerla, sin la posibilidad de atacar a alguien o llamar a las demás ofidias que debían estar descansando y esperando su regreso, ignorantes de su estado. Un pinchazo surgió del muslo izquierdo y recorrió todo su cuerpo. Aun así, lo ignoró lo más que pudo, alternó a su cuerpo reptil y se abalanzó contra el grueso cristal. Rebotó hacia atrás pero volvió a saltar hacia enfrente.
En ese momento, solo pensó en brincar hacia la garganta o pecho de quien la obligó a realizar las acciones tan inhumanas que hizo, sin el control de su cuerpo ni de su mente. Tenía que hacer lo que fuese por vengar a la pobre alma que tuvo que haber abandonado ese mundo podrido desde hacía mucho. Y todo gracias a ese monstruo.
Su ataque duró varias veces, hasta que captó un ruido del otro lado, proveniente específicamente de la entrada a ese laboratorio subterráneo.
―¡Dejen de esconderse, cobardes! ―el enojo y furia de la noche anterior volvieron a apropiarse de ella― ¡Sáquenme de aquí para que pueda arrancarles lentamente la cabeza!
Un par de puños golpearon el cristal y eso le dio la entrada a su respuesta―: ¡No toleraré tales palabras, Karai, no te eduqué para que te dirijas hacia mí con amenazas!
A pesar de que fuera insignificante, ella escupió veneno hacia el rostro de su opresor. El líquido dorado resbaló de la superficie, y fue la separación entre sus dos pupilas verticales y el único ojo servible del hombre. ―Solo me educaste como un arma leal a tu servicio.
Destructor se alejó unos pasos del cristal. Intentó cruzarse de brazos para intimidar con su simple presencia (como lo hacía con todos sus súbditos), pero se halló con ambas extremidades a sus costados. Entrecerró sus párpados hacia el rostro del reptil que tenía frente a él. Separada de él no solo por un cristal de un par de pulgadas de grosor, su expresión estaba llena de ira, ira que aprendió de él pero que alguien más le hizo dirigirlo también a él.
―Me parece que apuntas tu enojo a la persona incorrecta…
―No es enojo ―siseó con ligereza, descansó sus manos modificadas en el cristal y acercó su cabeza lo más que pudo hacia él―, es odio y no hay persona a quien más odie que a ti, monstruo.
Él volvió a golpear el cristal con gran fuerza; fue un milagro arquitectónico que no se hubiera quebrantado ni un poco. Hubo esperado que la vibración originada la habría hecho retroceder un poco; sin embargo, permaneció estática, con sus orbes verdosos penetrándolo cada vez más y su hocico abierto en señal de amenaza.
―Vuelve a hablarme de esa forma y…
―¿¡Qué harás!? ―fue su turno de atizar un golpe en la superficie― ¿¡Eh!? ¡Nada! ¡Ambos sabemos que no me harás nada! Porque eres un cobarde, siempre lo has sido; mandas a tus soldados a arriesgar su vida mientras tú descansas en tu deshonroso trono. Y cuando te levantas de él, no eres más que palabras sin acciones, como un perro que ladra pero no muerde.
Ella calló con un jadeo, pero mantuvo un ligero siseo en señal de advertencia. Sintió el retumbar dentro de su pecho y afiló su mirada para que ese monstruo no viera detrás de ella. Porque habló mentiras; el odio y la furia le obligaron. Cierto era que, cuando de desobediencia e inutilidad se trataba, Destructor era famoso por tomar cartas en el asunto. Ella lo sabía mejor que nadie. Fueron años, casi décadas en los que, después de ser atrapada, vivió las sangrientas consecuencias.
De repente, sintió sus escamas arder, como si hierro caliente las atravesaran. El dolor se extendió por todo su cuerpo, incluso hacia su rostro. Ya hubo olvidado la última vez que fue víctima de esa sensación, misma que solo le anticipaba la dura golpiza que estaba por recibir. Se halló a sí misma asustada, casi aterrada cuando chocó con el único ojo servible del hombre. Le resultó increíble que, inclusive años más tarde, tuviera la misma reacción que a su corta edad de cinco años. Así que, para ocultarlo casi en su totalidad, aumentó el volumen de su siseo.
Sin embargo, el creador de sus traumas estaba demasiado adentrado en sus pensamientos como para prestarle atención.
El límite de Destructor fue atravesado desde la primera palabra que escapó de la boca de la mutante. Estuvo a punto de demandar que la puerta metálica (misma que descansaba a un costado de la habitación), se abriera para que él corrigiera a la insolente mocosa con sus propias manos; no obstante, solo se volvió a alejar y mantuvo su mirada en el cuerpo del reptil. Intentó controlar su respiración y, al cabo de unos instantes, lo logró.
Por más de quince años, entrenó bajo mano dura a la chica. Él la educó en el arte del ninjutsu; todas las habilidades que ella tenía, se las debía a él: desde la increíble flexibilidad y la inhumana agilidad, hasta sus comentarios sarcásticos y nata habilidad para decepcionar. Por ello, le pareció un poco irónico que él mismo estuviera cayendo en su provocación. Debía aceptar que ella tenía un gran talento, tan grande que hasta había veces en que él caía. Reprimió un leve sentimiento de orgullo en lo más profundo de su alma.
―No, tienes razón ―por fin logró cruzarse de brazos―, no tengo intención de lastimarte, pero no porque no quiera ni pueda, sino porque aún tengo un buen uso para ti.
Al ver que sus insultos no rindieron frutos y el asesino de su madre no abriría la puerta para que ella pudiese saltar a su cuello o escapar de esa casa de locos, se alejó un poco del cristal. Mantuvo su atención sobre el rostro de él en todo momento, cautelosa de cualquier movimiento que pudiese hacer. Perdió su voz por unos instantes y solo pudo sisear con poca ferocidad.
El hombre sonrió detrás de su casco en señal de victoria. ―¿Tienes alguna idea de lo que hablo?
―Lamentablemente no ―respondió casi antes de que él terminara con su pregunta―. Es claro que tu deplorable plan con los gusanos no resultó, así que me dejas con pocas opciones. ¿Qué harás conmigo, entonces? ¿Venderme a un laboratorio, disecarme y pulirme en tu repisa llena de trofeos?
―Eso depende de ti y lo…, cooperativa que seas ―se acercó otra vez hacia el cristal―. He jugado por mucho tiempo, pero ya es hora de iniciar la verdadera batalla, donde tú nos ayudarás a ser los triunfadores…
―Búscate a otro títere, akuma ―regresó a su cuerpo humano y le dio la espalda a él―, no estoy interesada.
―No estás en situación de negociar, Karai. Te sugiero que obedezcas. En estos momentos, lo mejor para ti es responder a mis preguntas.
Ella miró sobre su hombro y escaneó a Destructor con sus pupilas verticales. ―¿Qué podrías tú querer de mí aparte de todo lo que me has arrebatado por años?
―¿Dónde queda la guarida de Hamato Yoshi?
Karai se mordió la lengua por inercia, sin nunca alejar su atención del rostro del varón. Aunque no se sorprendió, hubo tenido la ligera esperanza de que él no se molestaría en preguntarle, porque aguardó mucho tiempo para hacerlo. En el fondo se alegró que Destructor "esperó" a que ella tuviera el gusano fuera de su cerebro, pero no faltaba mucho para que volvieran a controlarla, y si revelaba información alguna…, su verdadera familia estaría acabada.
No solo Sydney moriría por culpa suya, sino también las tortugas y su padre.
―¿Por qué crees que te lo diría?
Él se alzó de hombros. ―¿Qué otra opción tienes?
La ofidia imitó la pose del mayor tras darse media vuelta. ―Puedo quedarme aquí, rehusarme a comer algo y morir por desnutrición o deshidratación, o esperar a que entres para acabar con tu patética vida de una vez por todas, o aguardar a que me vuelvas a controlar para reírme en tu cara al ver que no obtuviste información alguna de mi parte.
―Estás muy segura del desenlace de lo que aún no sucede, ¿no es así?
―Mi yo controlada cree en las mentiras que construiste por años y no recuerda el tiempo que pasé con mi verdadero padre ―enfatizó esas últimas palabras―. Podré servirte como marioneta mientras insertas un gusano en mi cabeza, pero no obtendrás ninguna palabra de mí, no importa lo que hagas.
―Tomaré el riesgo.
Karai rio antes de que él finalizara. ―Eres patético. ¿De verdad eres tan ignorante para creer que podrás ganar una batalla en su territorio? Es como si ellos decidieran acabarte aquí, aunque…, claro, ellos no son tan idiotas.
Destructor inhaló con fuerza para ignorar los insultos de la menor. ―Todo este tiempo fuera de tu hogar ha debilitado tu visión hacia el Clan del Pie.
―No. El Clan del Pie es el que se ha debilitado bajo tu mando. Has convertido el legado de Koga Takuza en nada más que deshonor, y ahora la única salida es que tú te ahogues en tu propia sangre ―volvió a darle la espalda a Saki―. Pero puedo esperar, Destructor; habrás ganado esta vez mas tarde o temprano yo seré quien acabe contigo.
―Veo que el sacrificio de anoche nubló tu juicio, hija mía.
La fémina detuvo su naciente andar y eso fue todo lo suficiente para que el hombre notase una reacción. Sin embargo, Karai creyó que podía engañarlo―: Yo no soy tu hija…
―¿Tanto puede afectarte la muerte de una simple desconocida?
Karai apretó su quijada para controlarse lo más posible. No obstante, la reciente herida la impulsó a regresar a su cuerpo reptil y abalanzarse nuevamente contra el cristal. ―¡Toda mi vida me hiciste acabar con la vida de "simples desconocidos"! ¡Tengo un maldito rastro de sangre gracias a ti! ¡Ya no más, Destructor! ¡No volveré a atravesar la garganta de un inocente, solo de quien lo merezca, empezando por ti!
―Le has arrebatado la vida a niños, ancianos, mujeres y hombres por igual, bajo mi mando, eso es cierto. ¿Cuál es la diferencia entre ellos y esta mocosa? ¿Por qué ahora estás tan molesta si antes hasta lo disfrutabas?
Ella de verdad quiso gritarle el por qué, algo la impulsó a responder por la mera satisfacción que obtendría de la reacción de él, porque eso significaría que todos los años de entrenamiento habrían fracasado y la oscuridad en el corazón de a quien llegó a llamar padre no pudo atraparla. Porque a diferencia de Destructor, ella aprendió a querer y, por fin, lo aceptó, ahora que era ya muy tarde. Maldijo a su orgullo por haberla cegado durante tanto tiempo. Pero estaba lista, aunque nada de lo que dijera pudiese traer a Sydney de vuelta.
No obstante, recordó la conversación de hacía un par de días y lo ridiculizada que acabó al bajar la guardia ante ese hombre. Desde ese momento, se prometió a sí misma que no volvería a mostrarse débil ante él. Así que, una vez más, como Destructor le enseñó por años, portó una máscara y se dejó envolver por el miedo cuando la voz de él retumbó en los muros.
Se preparó para saltar otra vez, pero se controló en el momento justo en que descubrió que el hombre solo la estaba provocando, como ella lo hizo hacía unos minutos. Al fin y al cabo, fue él mismo quien le enseñó las diversas formas de sacar de sus casillas a cualquier persona, la única diferencia era que él solo utilizaba palabras y ella prefería jugar un poco. Su estómago se asqueó al aceptar que era muy parecida a él; sin embargo, se tranquilizó al descubrir que podría ganar un poco más de tiempo.
―Tú buscas respuestas. Igual yo.
El nuevo tono de la ofidia tomó por sorpresa al hombre, quien arqueó una ceja en señal de lo mismo. ―Creí haber dejado en claro que no estabas en posición de negociar.
―En realidad, sí lo estoy. Sabes, ¿por qué? Sigo viva, gracias a ti. Me resulta incluso cómico, como tú, un demonio andante, se apiadó de un pobre infante, un infante que no era nadie más ni nadie menos que el fruto de su enemigo número uno y la mujer bastante inteligente que, por fortuna, te rechazó una y otra vez.
Los nudillos de Destructor lo traicionaron.
―Sé que estabas seguro de que tu mascota mejor entrenada te sería fiel por siempre; no contaste con que Splinter viviera lo suficiente para que yo descubriera la verdad. Pero sobrevivió y tú pasaste día con día, esperando porque la verdad saliera a la luz. Era inminente, al fin y al cabo. Lo que no tenías era un plan de contingencia o, ¿me equivoco?
Karai dejó que meditara por unos instantes. Un leve escalofrió recorrió su lomo. De verdad imaginó que la sensación desaparecería de su cuerpo; no obstante, una nueva realización la devolvió.
Cuando era joven, todavía una niña, se preguntó muchas veces si su padre en realidad la quería, puesto que las constantes golpizas y amenazas de muerte siempre le dijeron lo contrario. Se preguntó incontables veces si su padre la veía más allá de un soldado, y sus dudas comenzaron a crecer conforme su riña contra el Clan Hamato aumentó, hasta el grado de que empezó a cuestionar su propia existencia.
El por qué, lamentablemente, no lo pudo encontrar a tiempo.
Después de un plan fallido por una serie de terremotos de origen extraterrestre y la supuesta muerte de un felino mutante, ella pasó varias semanas discapacitada. Rememoró cómo, en cuanto regresó a la sede, tras la salida del Sol, fue recibida por un par de cuchillas que cortaron todo su abdomen, seguidas por un sinfín más, y acompañadas por insultos y reclamos; después de todo fue ella quien detuvo a Destructor de acabar con la vida de Splinter, permitiendo que el roedor escapase.
Las semanas que pasó en cama las acompañó con un tormento en su mente, confundida por las palabras de sus supuestos enemigos y las incoherencias de su entonces padre. Quería que fuese mentira, pero resultó todo lo contrario. Cuando pudo encarar a Destructor, fue demasiado tarde. Su antigua celda quedó marcada con manchas de sangre que dibujaron el por qué en sus paredes. No se atrevió a preguntárselo al hombre. ¿Con qué fin? No hubiese cambiado nada; estaría en ese mismo lugar.
Ahora no tenía nada más que perder.
―Dime algo. Si tú plan hubiese funcionado y hubieras asesinado a Hamato Yoshi y a las tortugas, ¿qué hubieras hecho conmigo? Tu venganza habría sido completada y tu supuesto honor se habría restablecido. Ya no hubieses tenido función alguna para mí. ¿Dónde quedaría? ¿Habrías estado dispuesto a mantener tu mentira para siempre o me habrías enviado con el resto de mi familia?
Pasaron cerca de diez segundos de silencio, cuando Destructor comenzó a reír con veneno. Las paredes hicieron eco y el cristal retumbó, y ella se encogió momentáneamente en su lugar.
―¿En serio crees que me hubiera desecho del arma tan buena que eras?
Karai sintió su mente partirse. Se repitió una y otra vez que eso fue lo que buscó, algo que ya hubo esperado. No obstante, oírlo salir de su propia boca, tan solo avivó el odio en su interior. Mientras su mente se inundó con palabras como "premio", "títere" y "mascota", su cordura no lo soportó más: su membrana nictitante cubrió sus ojos y ella se abalanzó de nuevo hacia el cristal.
Ella juró ver la sonrisa detrás del Kabuto.
―He respondido, tu tur…
Otro escupitajo de veneno interrumpió al hombre. ―Por mí puedes explorar las alcantarillas hasta pudrirte en ellas.
Destructor volvió a interponer unos segundos de silencio, hasta que soltó un suspiro en señal de lamento. ―Hube esperado que rindieras más respuestas, porque no es divertido verte atada a esa mesa…, pero, si quieres volver a tener un gusano en tu cabeza, que así sea.
La expresión confundida de la ofidia no duró mucho, cuando escuchó pasos fuertes que se detuvieron del otro lado de la puerta metálica. En el momento en que se abrió, Garra de Tigre y Steranko se adentraron en la habitación; el felino cargaba una especie de pinza metálica y ella la reconoció de inmediato. Afiló sus pupilas en el par de mutantes. Su mente formuló velozmente un plan y ya estaba enfocada en saltar sobre el rinoceronte.
―Te di la oportunidad, Karai.
Fulminó al hombre con su mirada. Escuchó el sonido eléctrico de la pinza y esa fue su señal para brincar sobre el mutante ruso. Lo derribó. No esperó un segundo más y saltó hacia el último cuerpo que la separaba de la salida: el tigre. Sin embargo, solo pudo acercar su rostro cuando un disparo conectó con la armadura que cubría su costado izquierdo. Siseó en aquella dirección mas no se encontró con alguien. Entonces su lengua hizo su trabajo y se percató de su error: se concentró tanto en el par, que olvidó olfatear por un tercer mutante, el cual era el jabalí.
Su distracción duró lo necesario para que Garra de Tigre lograse aprehender su cuello con ayuda de la pinza. La presión fue suficiente para obligarla a dejar en paz a Iván y empezar a caminar fuera de la habitación; la rodearon por fuera. Le obligaron a detenerse enfrente del hombre, quien quedó de frente al grupo.
Él congeló su mirada en las pupilas verticales de la reptil. ―Última oportunidad. ¿Quieres cooperar conmigo?
―Kusokurae.
Una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo, con el voltaje suficiente para que no cayera inconsciente pero sí para que alternara a su forma humana. Cayó a los brazos de la mismísima bestia mientras esta gritó un par de órdenes que zumbaron en sus oídos; la llevó hacia esa maldita mesa metálica una vez más. Al mismo tiempo que recuperó la concentración, sujetaron sus extremidades con fuerza y se dio cuenta que no podría liberarse.
El zumbido del científico despertó todos sus instintos. Intentó alternar a su forma reptil y sus quejidos fueron prueba de ello, pero la descarga aún se mantenía dentro de ella. Mientras agitó su cuerpo entero, vio a la mosca acercarse con otro de sus anélidos modificados.
Palabras de falsos sentimientos soltó Destructor y, por supuesto, ella respondió con amenazas; no obstante, Baxter zumbó en diversión y acercó el gusano a su oído izquierdo; los colmillos y ventosas hicieron contacto con su piel.
Solo pudo gritar antes de que la oscuridad volviese a consumirla y la regresara a la habitación que tanto odiaba: su mente.
―Bienvenida de vuelta, hija mía.
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Karai soltó pesados jadeos mientras intentó recuperar su respiración. Sintió cómo algo aplastó su pecho y eso originó un agudo dolor en su cabeza. No obstante, mantuvo la furia en su rostro en todo momento. Al mismo tiempo que el inhalar se volvió casi imposible, maldijo en su mente y juró a la nada que aquellos que la burlaron pagarían con sus miserables vidas; se vengaría de cada uno de ellos: asfixiaría a la princesa pelirroja con su propia almohada, rompería los dientes restantes del aliado humano, arrancaría cada extremidad del cuerpo de los quelonios y a la rata la obligaría a ver hasta que fuera su turno de morir.
Ella intentó encontrar el equilibrio y buscar su arma para empuñar. Ignoró lo nublada que se volvió su visión. Se dijo que no era momento de ser débil. El Pie la esperaba en la sede. Debía reunirse con el resto de los subordinados para formular un nuevo plan. Todos la esperaban. Destructor la esperaba. Su padre…, su padre…
Hamato Yoshi era su verdadero padre.
De sus entrañas emergió un anélido genéticamente alterado. Se abrió pasó por su boca y cayó en la húmeda superficie del túnel; apenas pudo chillar cuando ella lo pisó con la fuerza que aún le quedaba y le arrancó la vida. Levantó su pie del cuerpo recientemente asesinado; la sangre y demás fluidos del animal la siguieron y formaron un camino diminuto bajo ella. Intentó levantarse pero sus rodillas desobedecieron, llevándola a sus cuatro extremidades sobre la húmeda superficie del túnel. No duró mucho sobre sus manos y piernas, cuando cayó boca abajo y las aguas negras salpicaron su rostro.
Por fin logró diferenciar la realidad del control mental que le impusieron.
No pudo recordar los eventos de las últimas semanas a la perfección; nada más que imágenes momentáneas surcaron su mente. Además de aquella plática, rememoró su plan fallido de envenenar al Clan Hamato, mismo que el heredero de estos venció con ayuda de un antiguo arte que ella no hubo visto hacía mucho tiempo; un vacío separó esos eventos de la lucha vivida instantes atrás, misma que pudo recordar con mayor claridad: después de capturar a las tortugas en trampas personalizadas, contactó a Splinter y aguardó, segura, por la llegada del roedor.
La lucha fue inevitable. Él intentó llegar a ella con palabras, pero resultaron mudas ante sus oídos. Con todo el dolor en su corazón, decidió utilizar la misma técnica antigua, la cual brindó frutos. Karai pudo liberarse de su mente, pero cayó en las aguas tan agresivas y fue consumida por la corriente, sin que se le permitiera escuchar el grito descorazonador de un padre que vio cómo perdió a su hija una vez más y, tal vez, para siempre.
Ahora yacía ahí, en un túnel que reconoció de inmediato, rodeada de muros familiares y con cientos de heridas abiertas de donde brotó la sangre. Su mirada se desenfocó en sincronía con la debilidad que la abrazó por completo. Todo empezó a dar vueltas. La única opción que le parecía sensata era cerrar sus párpados, descansar su cuerpo y recobrar las fuerzas, con la posibilidad de no volver a despertar.
Ya qué le podía importar.
Intentó gatear hasta la desembocadura del túnel. Volvió a encontrarse con su torso sobre las repugnantes aguas. Con la sangre abandonando rápidamente su cuerpo, entendió que no le quedaba mucho tiempo. Una sonrisa apareció en sus labios. Logró enfocar sus pupilas y estas recorrieron los túneles de principio a fin. No le resultó un lugar tan repugnante para morir; solitario, sin nadie que pudiera verla o lamentarse por ella…, aunque había quienes sí sufrirían su pérdida y no era la familia que acababa de atacar, sino aquellos a quienes lastimó más que a nadie. Trató de recordar sus rostros y, al menos, irse con esa imagen.
La imagen de una mirada zafiro la despertó con el poder de una abofeteada.
Alternó sus formas y eso ocasionó que la sangre emanara con más fuerza, aunque solo fue por unos momentos. Serpenteó débilmente al desborde del túnel. Permaneció unos segundos viendo los metros que la separaban de las aguas tratadas, hasta que se impulsó hacia adelante y se dejó caer en ellas. Encontró la forma de coordinar todo su cuerpo. Comenzó a nadar por el camino que la llevaba a su destino.
Ella debía estar en la mansión, sepultada en algún prado cerca del afluente. Sí. No existía otro destino que hubiera tenido. Los mutantes no eran despiadados, no pudieron tan solo abandonar su cuerpo en algún callejón de la ciudad o arrojarla por las alcantarillas. Ella…, su cuerpo, tenía que estar ahí. Sydney tenía que estar descansando cerca de lo que fue su hogar.
Karai debía verla…, quería verla aunque fuese una vez más. Era muy tarde, cierto, pero al menos debía intentarlo. Le pediría perdón a un cuerpo putrefacto, posiblemente iniciando a ser consumido por los gusanos, un cuerpo cuya dueña no debió morir, al igual que muchos otros. Porque ella hubo asesinado a decenas, cientos de personas, bajo el mando de Destructor, y jamás le importó, no como en esta ocasión.
Para su desgracia, ella no era más solo un arma, sino alguien que cometió el error de encariñarse con una simple desconocida.
Un récord menor a treinta minutos fue menospreciado al demorarse más de una hora en llegar a la corriente del desagüe. Sin más fuerzas, se dejó llevar por la dirección de las aguas y atravesó al otro lado. Antes de ascender a la superficie, miró su propio cuerpo y notó sus heridas sangrantes; sería un milagro que no sufriera una infección.
Era ya un milagro que siguiese con vida.
Nadó a la orilla e intentó impulsarse con ayuda de sus mandíbulas falsas. Sus manos modificadas saltaron antes que su cabeza y se sujetaron de lo que imaginó eran estacas. Tras jalar su cuerpo con ayuda de los objetos, su mirada cayó sobre ellos y se dio cuenta que eran dos sables (un wakizashi y una katana, en específico), clavados en la tierra. Los dejó detrás y, con las últimas fuerzas que poseía, continuó serpenteando por el sendero que, iluminado por la luz de la media Luna, la llevó hasta una construcción abandonada en medio del laberinto de coníferas.
Estaba segura de que atravesó el radar del científico metros atrás, pero no la captarían gracias a la parte "alienígena-tecnológica" que plagaba su ADN; el escudo-protector tampoco sería un problema. Lo único que podría separarla de la entrada de la mansión eran los mismísimos habitantes que vivían dentro o en sus alrededores.
Dio solo un movimiento hacia adelante cuando un cuerpo cayó a su costado. El extraño rugió y ocasionó un zumbido en sus oídos, lo que la llevó al suelo…, o, ¿fue la garra que la empujó hacia abajo y la mantenía en la misma posición? No lo supo, aunque tal vez fueron ambos factores. La presión comenzó a molestar su pecho y la respiración se escapó de su control; la sumó a su pérdida de sangre y se percató que todo se nublaría muy pronto.
―¡Slash! ―su opresor gritó; en esa ocasión, apenas escuchó el ruido― ¡Slash, Slash!
―¿Dónde…? ―mantuvo su mirada en el pasto, pues no tuvo más fuerzas para siquiera levantarla― ¿Dónde está…, ella?
Otro cuerpo se detuvo cerca de su hocico, seguido de un par más que la rodearon. ―¿K-Karai?
Como pudo, alzó su cabeza y se encontró bajo dos orbes brillantes que reconoció a la perfección. ―¿Dónde…, la tienen?
―Slash ―ella ya no logró reconocer la voz del mutante que habló―, ha perdido mucha sangre. Está demasiado débil. Tengo que…
―¡No! Hasta donde sabemos, es un peligro para todo nosotros ―se arrodilló y su sombra cubrió toda la vista de la serpiente―. ¿Quién eres? ¿Una espía del Clan del Pie? ¿Destructor llegará en cualquier momento? ¿Qué eres: amiga o enemiga?
Karai soltó un pesado jadeo (la presión de Víctor logró su cometido), y empezó con una serie de tos de donde brotaron gotas carmesíes. Por más que intentó responderle, ya no tuvo más voz. Escuchó las lejanas órdenes que el quelonio indicó y su cuerpo dejó de ser presionado. No se dio cuenta cuando regresó a su forma humana. Sintió dos brazos que la cargaron y comenzaron a llevar en cierta dirección. Su mirada enfocó las últimas nubes borrosas y su voz encontró el último susurró que soltaría.
―Déjenme despedirme de Sydney…
Un capítulo relativamente corto, pero que disfruté mucho hacerlo. Supuse que ya era hora que Karai se enfrentara a Destructor (al menos con palabras), y, sí, lamentablemente él nunca la vio más allá que un arma. Vaya sorpresa, ¿verdad? XD Con esta pieza, se cierra el artículo "Gusanos". Ah. Agradezco de todo corazón los comentarios que he recibido :33 Espero leerlos en el siguiente capítulo. Bye-bye.
