"Con sacrificio puede que logres poco, pero sin sacrificio es seguro que no lograrás nada." ~Anónimo
Un espacio extraño y difuso. No lo reconoció; nunca lo había visto antes…, o no lo recordaba. Pareció cubierto por una capa baja y espesa de nubes blancas-grisáceas. Su cuerpo estaba acurrucado en una superficie… ¿con vida? Quiso moverse pero se halló atrapada entre un objeto; su primer pensamiento fue la prisión mental. Sin embargo, las nubes se dispersaron un poco. A parte de su respiración, sintió otro. Entonces descubrió, sin saber cómo, que descansaba en los brazos de alguien. Vio sus manos acercarse al rostro del extraño, como si lo conociese de toda la vida, y sus diminutos dedos sujetaron un pedazo de tela azul-marina; jaló la bandana e hizo que la cabeza del dueño ladeara en su dirección.
Dos ojos azules fueron la entrada a una sonrisa que vería años más tarde.
Jadeó con fuerza al mismo tiempo que se reincorporó. Se sentó con velocidad y eso originó un mareo que la obligó a regresar a su posición inicial. Apretó sus párpados hasta que sus pupilas enfocaron la superficie que usurpaba el lugar del cielo. Una de sus manos alcanzó su cabeza; comenzó a frotar su sien antes de dirigirse a su cráneo. Sintió una punzada simultánea al objeto que detenía su brazo de realizar movimientos más agresivos. Con el dolor de cabeza desapareciendo con lentitud, alzó su mirada y levantó su extremidad; agitó el brazo y eso hizo que el tubo fino bailara de un lado a otro.
Los ruidos de la habitación despertaron sus oídos. Junto a un pesado suspiro, volvió a erguirse, solo que no tan rápido. Sus ojos intentaron congelarse en lo que la acompañaba dentro del cuarto, pero los mantuvo en sus piernas (cubiertas de curitas, vendajes, gasas y más IV), mientras estiró sus brazos e hizo crujir sus hombros, como si se acabara de levantar de la siesta más larga que alguna vez tuvo.
En lugar de soltar un bostezo, agitó su cabeza para deshacerse de ese sueño tan raro (el más raro, en realidad), que llegó a tener en su vida.
Además de los tubos conectados a sus dos muñecas y dos muslos, y todos los "parches" que iluminaban sus desnudas piernas, tenía más objetos en el resto de su cuerpo: desde aquellos que cubrían magulladuras en sus brazos y torso desnudo (cubierto solo en la parte del pecho por un grueso vendaje), sus manos descubrieron los curitas que también descansaban en su rostro. La incomodidad de su espalda y textura fría que sintió la parte inferior de su cuerpo le hicieron darse cuenta de que estaba sobre una camilla improvisada. A su costado, descansaba un aparato donde terminaba la conexión de sus IV, en una bolsa que no precisamente contenía el tan reconocido suero o líquido sanguíneo, sino una sustancia verdosa-artificial que hizo que sus pupilas se contrajeron en terror.
El medidor cardiaco dejó de escucharse, lo que obligó al médico a alejar su atención del monitor, levantarse de su silla y caminar hacia donde ella estaba. Tras ver que ya estaba consciente, apartó el parche de su cuello y apagó la máquina por completo. Sintió la mirada de la paciente sobre él en todo momento.
―¿Cómo sientes la garganta? ―enredó el parche conectado al tubo en la pantalla del medidor. Rodeó la camilla y se paró enfrente del banco, en el cual estaba un vaso de agua que ella no hubo notado― Tenías indicios de deshidratación. Ten. Bebe un poco.
No era común que ella obedeciera indicaciones al pie de la letra, sin replicar, soltar cualquier comentario sarcástico o bromear en el proceso; no obstante, en esos momentos desconocía lo que estaba sucediendo. Tal vez si hacía caso y no sacaba de sus casillas al mamífero (el cual tendría todo el derecho de correrla de ahí si se enojaba), le explicaría toda la situación. Así que aceptó el trasto de plástico y sorbió de él. Cuando el líquido a temperatura ambiental recorrió su garganta, cerró sus párpados y disfrutó el pequeño placer del momento; emitió un gemido de delicia en cuanto terminó con el agua.
Antes de poder hablar, se aclaró la garganta y encontró su voz―: ¿Cuánto tiempo estuve dormida? ¿Uno o dos días enteros…?
Él negó junto a una mueca en sus labios. ―Seis horas…, máximo, lo que me extraña; con toda la sangre que perdiste, estaba seguro de que quedarías inconsciente por días. ¿Segura que te sientes bien?
―Todavía estoy con vida, ¿no?
Suspiró en señal de frustración. ―No parece que sea la mejor noticia que pudiste haber recibido.
―Ya no me importa más, para ser sincera…, y sabes que nunca lo soy ―por más que intentó mostrar una sonrisa, no tuvo las fuerzas para hacerlo―. Solo creo que fue una terrible idea mantenerme con vida, dentro de su propio hogar y ponerlos en riesgo a todos. ¿Cómo es que nadie se opuso?
―Sigues siendo igual de dura contigo mismo, Karai. Nadie te culpa de nada; es más, todo están felices por tener a su líder de regre…
―Ese título lo perdí aquella noche.
Las palabras hicieron que el chimpancé se hiciera hacia atrás. Recobró la compostura con un simple parpadeo y descansó sus nudillos en la fría superficie del suelo. Acarició uno de sus brazos para alejar su mirada del rostro de la fémina, pero la volvió hacia ella al cabo de unos segundos; su rostro estaba lleno de enojo, impotencia y decepción…, en especial, decepción.
―Te estaban controlando…
―No trates de justificarlo, Doc ―al verlo bajar su mirada, llevó la propia hacia la bolsa de plástico que contenía el extraño mutágeno; lo señaló con un dedo―. ¿Qué es esto?
―Suero modificado.
Ambos mutantes se giraron hacia la entrada del laboratorio, de donde provino la tercera voz. Se encontraron con el único hombre que llegó a poblar esa mansión (lo que confundió a la fémina). Jack se adentró en la habitación y se detuvo al lado de la bolsa que contenía la sustancia; la golpeteó un poco para asegurarse que continuara con su camino hacia el sistema de la paciente.
―Una de nuestras dos máximas creaciones, junto al "fertilizante de máximo crecimiento" ―siguió ajustando un par de cosillas por ahí y por allí―. Resulta que si alteras correctamente el mutágeno, secreta una sustancia altamente curativa para todos los seres vivos del planeta Tierra. Es mucho más eficiente que un suero normal y también funciona para transfusiones sanguíneas globales, sin grupo ni factor Rh.
Pese a que ella estaba sorprendida porque los dos científicos lograron algo increíble, le pareció mucho más extraño la presencia del humano. ―¿Qué haces aquí, Jack? La invasión Kraang terminó. ¿Por qué no has regresado a la ciudad?
Kurtzman se alejó del medidor cardiaco y se detuvo a un costado de la camilla, con una expresión melancólica. ―Extraño la gran urbe, sí, pero es imposible que regrese ahora…, más con el problema que tenemos.
El rostro de la fémina no pudo expresar más extrañeza. ―¿De qué estás hablando?
Tyler suspiró con tanta fuerza que atrajo la atención de los dos. Se dirigió a ella―: No quisimos colocarte en la enfermería, porque no sabíamos cómo podrías tomarlo en cuanto despertaras…, pero hay algo que debes saber.
―¿Puedes levantarte?
Karai asintió ante la pregunta de Jack. Dejó que ambos se acercaran para ayudarle, pues no estaba totalmente segura de que sus piernas soportarían todo su peso. Lo primero que hizo fue voltearse hasta que sus pies tocaran el metal que cubría el piso; sintió la fría textura y, sin saber por qué, llevó su mirada hacia el muro que estaba a un costado. A un metro de donde estaba la cabecera de la camilla, había una marca de disparo.
―¿Qué pasó aquí?
El chimpancé guio sus ojos hacia donde ella los tenía. ―No es que no confiáramos en ti cuando llegaste moribunda, pero tomamos medidas preventivas y colocamos a alguien como guardia por si no nos quedaba otra opción..., y cometimos el grave error, lo acepto, de darle un arma Kraang. El pobre se asustó tanto cuando te moviste en tus sueños que disparó en todas direcciones. Llegó a tocarte, pero no te pasó nada, lo que aún me resulta fantástico.
―¿Eso tiene que ver con mi inmunidad a armas Kraang?
―No sé cómo hicieron para devolverte el control de tu cuerpo, pero ahora eres inmune a la tecnología alienígena tanto en tu forma mutante como humana.
Ella encarnó una ceja lo más que pudo. ―¿Me dispararon mientras estaba inconsciente?
―Fue accidental ―Jack apartó la bolsa que contenía el suero modificado de su soporte y comenzó a enredar el tubo alrededor de ella―. No sabíamos que Jason era muy malo bajo presión.
―¿Jason? ¿Quién es Jason?
―El nuevo ―fue el turno de Tyler de responder―; Slash le permitió quedarse un tiempo hasta que tú volvieras y decidieras aceptarlo o no.
En esa ocasión, sí pudo dibujar una diminuta sonrisa. ―Yo no tengo más palabra en este lugar.
Los dos varones intercambiaron miradas, antes de que Jack la alejara y le tendiera la bolsa a Karai. ―Cárgala contigo todo el día; tendremos que cambiar el suero cada dos horas. Nada de movimientos bruscos ni alternar tus cuerpos hasta que te recuperes, ¿entendido?
Por segunda vez consecutiva, ella obedeció. Dejó que ambos la ayudaran a levantarse. Sus piernas tambalearon un poco en cuanto soportaron todo su peso, pero se ajustaron rápidamente. Notó la presencia de las bermudas que vestía en esos momentos; usó el resorte para resguardar la bolsa entre su cadera y la prenda. Volvió a apoyarse del par y, juntos, dieron el primer paso hacia la salida del laboratorio; pasaron frente al monitor del simio y en el centro de la pantalla descansaban una serie de símbolos que los ojos de la dueña de los porcentajes alcanzaron a leer.
49% – Ophidia
48% – Homo sapiens
1% –
2% – κραανγ
Los tres abandonaron el laboratorio y siguieron con su camino hacia la enfermería, cuya puerta estaba cerrada. Se detuvieron unos momentos frente a ella. Ambos científicos intercambiaron una mirada que la reptil no percató. Después de que el par asintiera, Tyler alzó una pata delantera y utilizó su palma para recorrer la puerta; esta se deslizó junto al crujido que hizo eco en todo el sótano de la mansión. El paciente que descansaba dentro de la habitación fue atrapado por los ojos de la fémina.
―¡Sydney!
Haciendo caso omiso a las indicaciones del hombre, Karai se libró del agarre del par y corrió hacia la camilla. Sus piernas le fallaron y cayó justo cuando estaba al lado de la angarilla. Mientras los dos científicos se acercaron para socorrerla, ella aprovechó para estudiar a la paciente: además de las IV conectadas en casi todo su cuerpo, estaba muy pálida como para que fuese saludable, su respiración era bastante baja y el medidor cardiaco mostró un ritmo diminuto. Aquello solo pudo indicar una cosa.
―Karai ―Jack la sostuvo de un brazo y le obligó a levantarse―, creí haber dicho nada de movimientos bruscos.
―Está ―ella no escuchó el balbuceo del hombre―, viva ―giró su rostro hacia los varones mientras el medidor cardiaco sonó detrás de ella―. ¿Cuánto tiempo lleva así?
―Cumplió treinta y siete días esta madrugada ―respondió Tyler―. Más de un mes con una semana desde…, que la mordiste.
―¿C-cómo es posible? Dijiste que mi veneno acaba con la vida de alguien en un máximo de tres horas.
Rockwell cerró sus párpados e inhaló con fuerza. ―Ven. Tenemos que hablar contigo de la salud de Sydney.
Lo último que ella quería en esos momentos era alejarse del cuerpo, pero sabía que era la única manera de entender todo lo que estaba pasando. Se volvió a apoyar con los dos científicos. Salieron de la enfermería. Se detuvieron un momento para que Tyler pudiese cerrar la puerta detrás; Karai miró sobre su hombro y observó la puerta interponiéndose en la imagen de Sydney, hasta que esta desapareció.
El trío volvió a adentrarse en el laboratorio. Los varones hicieron que ella retomara asiento en la camilla y ellos acercaron sus asientos hasta quedar de frente a ella. Mientras Jack se sentó, Tyler acercó el banco que estaba al otro costado de la camilla, lo colocó entre ambos e hizo levitar una gradilla, dos goteros (uno con un líquido anaranjada succionado), tubos de ensayos con sustancias, al parecer, idénticas y algunas cajas Petri (también con líquidos); las descansó en el mueble de plástico.
Tyler miró a Jack y este asintió; el chimpancé devolvió la acción y se centró en la fémina. ―La noche que Slash la trajo, con una mordida profunda en el muslo, enviamos a Pete a conseguir el antídoto para el veneno de la especie cuyo ADN tiene mayor porcentaje en tu cuerpo. ¿Recuerdas cuál es?
Sin necesidad de mirar los esquemas que plagaban el muro anexado a donde descansaba el escritorio del científico, respondió―: Cerastes cerastes.
―Le funcionó por una semana, pero luego su sistema se acostumbró y se volvió inmune. Sumamos el antídoto contra Naja mossambica y fue el mismo resultado. Después le aplicamos una mezcla entre esos dos y el que contrarrestaba el de Hydrophis platurus; funcionó por dos semanas hasta que también se acostumbró. Por último, agregamos la mezcla con un poco de mutágeno modificado; ha servido hasta ahora, pero no sabemos hasta cuándo, porque, como viste, tampoco es la cura.
Karai movió la cabeza de arriba abajo solo por inercia, cuando abrió sus párpados en señal de sorpresa. ―¿Mutágeno modificado? ¿¡La han estado mutando!?
―¡No! ―Jack se apresuró para tranquilizarla un poco― No, no. Se refiere al suero altamente curativo…, pero, ahora que lo mencionas…
El chimpancé lo golpeó con su codo y lo interrumpió de inmediato. No obstante, le permitió decir todo lo necesario para que Karai supiese que había algo mucho más importante detrás de sus palabras; ella se irguió y miró a ambos de manera penetrante.
―Díganme la verdad. ¿Qué mierda está pasando con la situación de Sydney?
Jack no pudo soportar la mirada de la fémina mucho tiempo, por lo que agachó su cabeza y escondió unos ojos preocupados detrás de sus manos. Al ver eso, Tyler separó todos los tubos de ensayo en la gradilla: de un lado descansó los que poseían una sustancia dorada y del otro, los que poseían diferentes fluidos. Le tendió la caja Petri y goteros al hombre; él los puso sobre sus muslos.
―Además de los antídotos que hemos alterado y suministrado en el sistema de Sydney ―empezó el chimpancé―, hemos realizado diversos experimentos para neutralizar tu veneno, sin éxito. No obstante, la muestra de sangre que te extraje hace meses y conservé hasta hoy me ayudó a crear una hipótesis que solo pude concluir en cuanto llegaste. No he dormido gracias a todas las pruebas que realicé desde tu llegada…, y he encontrado una cura.
―¿Qué esperan, entonces? ¡Adminístrensela!
―No es tan sencillo…, verás ―sostuvo uno de los tubos de ensayo que contenía el líquido dorado―. Mientras estabas inconsciente, extraje un poco de tu veneno. Descubrí que tanto este como tu sangre comparten tu ADN, la única diferencia es la toxina en el veneno. Mira lo que sucede si agrego mutágeno.
Karai observó con detenimiento cómo el mamífero sujetó el tubo de ensayo que contenía la sustancia verdosa; lo vertió por completo en el que poseía su veneno. Los dos fluidos lucharon y, al final, el mutágeno quedó encima de la otra sustancia, como si de agua y aceite se tratase.
―Tienen polaridad y densidad diferente ―dejó los tubos. Sujetó otro y alcanzó el gotero que tenía succionado el líquido anaranjado―. Ahora, con retromutágeno…
Toda la sustancia cayó sobre el veneno. En el momento en que Tyler descansó el tubo en la gradilla, el fluido en su interior empezó a burbujear con ferocidad. Solo fueron un par de gotitas, pero la reacción fue sumamente agresiva: además de las burbujas, un extraño vapor emanó de allí y dio paso a una inusual ebullición.
―Su interacción es explosiva ―giró su atención hacia el último tubo que contenía veneno. Sujetó el gotero vacío y succionó la poca sangre que estaba en la caja Petri―. Pero tu sangre…
Alzó el tubo de ensayo a la altura de sus ojos. Vertió las gotas carmesíes y empezó a agitar el tubo para que ambas sustancias se mezclaran. Al cabo de unos cuantos instantes, el líquido se tornó de un color rosado.
―A pesar de su agrupación química tan similar, hay un enzima en específico que posee tu sangre que neutraliza la toxina del veneno. Esto quiere decir…
―Mi sangre es la cura de mi veneno ―ella concluyó en un tono vacío y una expresión de resolución. Apretó su quijada y llevó su atención hacia la pantalla, donde estaban sus porcentajes―. Pero mi sangre contiene toda esa basura de ofidia, alienígena… ¿no afectará su sistema?
―Sí. Sufrirá ciertos…, cambios. En estos momentos, posee la mitad de su información genética de su padre y la mitad de su madre; si le administramos tu sangre, la mitad provendrá de ti, un cuarto de su padre y un cuarto de su madre…, lo que significa que se convertiría en un ser casi idéntico a ti, prácticamente un descendiente…
Karai rio aunque para nada divertida. ―Un ser idéntico a mí, ¿dices? ¿Con cuatro bocas, tres cabezas y colmillos retráctiles? ¿Eh? ―esperó a que alguno de los dos asintiera y ese fue Tyler, seguido por el hombre― ¡Quieren mutarla!
―No nos queda otra opción ―reclamó Jack―. Es la única forma de salvar su vida.
―Por supuesto. ¡Claro! Lo más sensato es convertirla en una serpiente capaz de alternar cuerpos o convertirse en un híbrido, ¿no?
―Es eso o que muera.
Pareció que ella entendió las palabras exclamadas en el tono preocupado del hombre, pues bajó su mirada y apretó la mandíbula. Meditó por varios segundos hasta que volvió a enfocar sus pupilas en el rostro de ambos, solo que estas eran verticales y sus ojos eran esmeralda. ―No.
Jack ahogó un jadeo. ―Karai…
―¡No! ―se levantó de un golpe y estuvo a punto de que sus IV se desprendieran― No, no. Tiene que haber otra solución, solo hace falta un poco más de tiempo.
―Tiempo es exactamente lo que no tenemos ―el periodista también se levantó de su asiento―. El cuerpo de Sydney puede dejar de resistir en cualquier momento. Tú tienes la cura dentro de tus venas; ya no esperes más y sálvale la vida.
―Mutar es un millón de veces peor que morir.
Las palabras abandonaron el pecho del hombre. Cerró su quijada y se retiró el sombrero que aún vestía su cabeza. ―Entonces acabas de determinar su sentencia.
Acto seguido, giró con fuerza y salió del laboratorio. Los que permanecieron dentro escucharon sus pasos ascendiendo por las escaleras hasta llegar a la planta baja. Tyler alejó su mirada de la entrada y se volvió hacia la fémina, quien nunca alejó su atención de él.
―¿En serio crees que no intentamos otros caminos? ―se preguntó más a sí mismo que a ella, quien regresó a su pose pensativa y mantuvo sus ojos en el suelo― Mutarla ni siquiera fue una de las opciones que consideramos antes de que regresaras. Jack tiene razón: la cura ya fue encontrada, solo hay que administrarla.
―Hay otra forma ―levantó su rostro y sus ojos regresaron al color natural―. Cuando envenené a las tortugas, Leonardo utilizó un antiguo arte curativo y los salvó…, sin necesidad de mutar a nadie.
―¿Cuánto tiempo dejó pasar desde la mordida hasta que los curó?
―N-no hubo mordida ―recordó los eventos casi a la perfección y se sintió enferma de repente―, los envenené vía cutánea y oral.
―Esta es la cuestión, Karai: mordiste a Sydney directo en la vena y el veneno se alojó en el corazón casi de inmediato. Los antídotos que le hemos suministrado solo atrasan la intoxicación del órgano, pero está casi por envenenarlo completamente, la disminución del ritmo cardiaco lo demuestra. Ya no hay artes curativas que puedan ayudarla, Karai, solo tú.
―Tiene que haber otra forma. ―intentó asegurarse más a sí misma.
Él se recargó en el respaldo de la silla con un gruñido en su garganta. ―Y estoy dispuesto a escuchar cualquier propuesta, con tal de que la pequeña deje de gritar en las noches mientras su cuerpo se retuerce en dolor durante horas y horas. Sé que tuvimos que buscar otra solución; no sé, pedirles ayuda a las tortugas, hacer un pacto con el Kraang. No sé. Pero ya es tarde. Sydney ha estado sufriendo durante treinta y siete días. ¿Dices que mutarla es mucho peor que todo lo que ha vivido? No lo creo. Así que te digo algo, Karai, no puedo extraerte sangre a la fuerza, pero tampoco puedo escuchar a Sydney gritando una noche más.
―He sido una bestia toda mi vida, Tyler, esto tan solo me destruiría.
―Entonces, ¿prefieres convertirte en la asesina de otra inocente?
No supo si esas palabras las dijo el chimpancé o su propia mente, pero ni siquiera se molestó en descubrirlo. Aunque intentó buscar las palabras correctas, desde el principio de la discusión se hubo quedado sin ellas. Era la única solución, lo sabía perfectamente; no había otro plan o algún otro camino. Y aun así, congeló sus ojos en los del mamífero y su cabeza se movió con lentitud de un lado a otro.
―No seré la responsable de quitarle la humanidad a una niña de diez años.
Tyler apretó tanto su mandíbula que sus molares rechinaron. Fulminó con su mirada una última vez a su antigua líder, antes de levitar de su asiento, acomodar su silla enfrente del escritorio y sentarse con toda su mirada colocada en la pantalla de su monitor. No le prestó más atención a la fémina que permanecía en su lugar (como si esperara alguna indicación o que algo sucediese), y borró los porcentajes. Al parecer, ya no los necesitaría.
Karai permaneció con su vista congelada en el lomo del chimpancé, hasta que se cansó y se reincorporó sobre sus piernas, las cuales ya no temblaron. ―Iré a la azotea. ¿Me llevo reservas de suero? Porque no pienso bajar cada dos horas.
―Subiré contigo para cambiarlo ―él no alejó su atención del computador―, solo no te muevas de ahí.
Ella asintió a pesar de que el mutante lo pasó por desapercibido. Salió de la habitación con paso lento y no alcanzó a ver la expresión triste que Tyler congeló en ella. Ascendió con un poco de dificultad hasta llegar a la planta baja.
Ahí, tomando un descanso en el salón principal (el cual, a sus ojos, era idéntico al que vio cuando abandonó esa mansión), estaban Pete, Martín, Venus y Lisa. En cuanto el gorrión se percató de su presencia, emitió un canto de sorpresa y atrajo la atención de los otros tres, quienes tuvieron reacciones bastante parecidas; sin embargo, antes de que pudieran levantarse y acercarse para darle la bienvenida o algo por el estilo, ella continuó avanzando por las escaleras.
Karai pasó por los dos niveles repletos de habitaciones, pero no tuvo el estómago para adentrarse. Llegó a la azotea. Lo primero que observó fue el Sol oculto tras una capa delgada de estratos; el astro padre se mostró en un ángulo que indicaba la última fase de la mañana y la cercanía del mediodía; lo segundo fue el aparato que le daba vida al escudo-protector. Se acercó a la orilla del techo y se sentó, con los pies en el aire y sus manos aferradas a la orilla. Se concentró tanto en un punto indefinido que no se dio cuenta cuando un habitante hizo bailar el escudo al atravesarlo.
Ya lo había imaginado al estar dentro del laboratorio, pero ahora estaba segura de que esa sería la posición que tendría hasta la caída de la noche. Solo se percató del paso del tiempo gracias a las "visitas" de Tyler.
La noticia de su despertar voló más rápido que el de su regreso. A diferencia de aquella mismísima madrugada (en la cual los gritos de Víbora y Víctor esparcieron la llegada moribunda de la fémina), las dos aves que habitaban aquella mansión cantaron por todos los alrededores que la serpiente estaba consciente y, más importante, bien. Todos quisieron ver eso con sus propios ojos, detenerse enfrente de ella y hablarle…, hacerle saber que la entendían por completo y no la culpaban de nada. No obstante, también sabían que lo último que ella quería es hablar con ellos, así que decidieron darle espacio.
Sin embargo, ellos no eran los únicos que se sentían impotentes al no poder acercársele a su amiga.
Hubo un momento en que ella captó un movimiento del otro lado del escudo, por lo que, después de horas en la misma posición, llevó su mirada hacia aquella dirección. No tenía la menor idea de cómo lo hacían, pero ahí estaba su horda de serpientes, tan leal como siempre y sin una forma de atravesar la burbuja protectora para reconfortar a su Maestra. Sin embargo, no se movieron de su lugar; puede que les fuera imposible llegar a ella, pero creían que su simple presencia era suficiente…, y, en cierto modo, lo era.
Ella tuvo toda su atención en las ofidias, por lo que no se percató del momento justo en que Slash llegó a la azotea y se detuvo en el último escalón.
Como hacía todos los días desde el "accidente" de Sydney, la tortuga salió ante los primeros rayos del Sol y se adentró en el sendero de coníferas que llevaba al norte. Realizaba esas caminatas, más que nada, para despejar su mente y mantenerse lo más concentrado posible ante la situación que vivían en esos momentos. Creyó que su vieja amiga no despertaría hasta el día siguiente (puesto que ambos científicos lo aseguraron), por lo que no pudo llevarse mayor sorpresa cuando regresó y todos los mutantes hablaban de lo pálida que notaban a Karai mientras permanecía en la azotea.
Jack y Tyler lo detuvieron antes de que pudiese correr al reencuentro. Ambos le explicaron de la discusión que tuvieron acerca de la supuesta cura para Sydney. En un principio, él también se encontró molesto por la decisión tan egoísta que Karai tomó. ¿Cómo pudo preferir que la pobre siguiera sufriendo en lugar de transformarla en una mutante? Sin embargo, la comprendió al cabo de un rato. Claro que lo haría. Llevaba conociéndola por más de un año; compartieron secretos y recuerdos que no solo marcaron el final de la desconfianza con la que llegaron a ese lugar, sino que iniciaron su amistad.
Ella no tuvo que decírselo en persona, él ya lo sabía: no quería que Sydney sufriese de la misma forma. Fueron incontables veces en que ella le mencionó los horribles dolores que sufrió apenas se acostumbraba a su nuevo cuerpo: la sensación de que su piel era arrancada, la opresión sofocante sobre su pecho y la fusión entre sus dos piernas para darle paso a una cola. Tal vez nada de eso pudiera soportarlo la pequeña. Y si ella no le daba otra opción y la mutaba sin su consentimiento…, sí, le salvaría la vida, pero tal vez Sydney solo pensaría que la sentenció a una tortura interminable. Eso era lo que Karai evitaba: que la niña sufriera como lo hizo ella.
Slash terminó de convencer a ambos y se apresuró en acabar con el emparedado para llevárselo a Karai y asegurarle, con el tono tan pacífico y amistoso del que se caracterizaba, que eran ideas erróneas; Sydney jamás sufriría al mismo grado. Fue gracias a Karai que la menor pudo sobrevivir a la invasión alienígena, que se le permitió una nueva vida…, y, sinceramente, no le parecía tan descabellada la idea que Sydney viese a la ofidia como una segunda madre.
No obstante, se halló a sí mismo con un fallo en sus piernas en cuanto llegó al último escalón que conducía la azotea; se detuvo en el instante en que congeló sus ojos en la silueta de la fémina. Como siempre, las palabras se esfumaron y perdió la fuerza en el momento preciso, y se quedó quieto, como un cobarde que no se atrevió a dar un paso al frente.
Karai no contó más de media hora desde que Tyler cambió la última bolsa de suero. Se extrañó al sentirse bajo la mirada de alguien. Miró sobre su hombro y se encontró con ese par de ojos tan brillantes que la recibieron esa mismísima madrugada; parecían brillar más ante la poca luz que aún quedaba de Sol y la que emanaba la naciente Luna llena. Vio su expresión en blanco. De manera inconsciente, recordó la vez que él la visitó en la bodega abandonada y la vez que atacó a la niña cuyo cuerpo descansaba dentro de la enfermería; en ambas ocasiones, él la observó con una expresión en blanco.
Los dos alejaron su mirada del otro simultáneamente. Ella abrazó sus propias piernas y ocultó el mentón en el espacio que hicieron sus rodillas. Él colocó el plato de plástico que cargaba el emparedado a unos metros de los escalones, antes de regresar al nivel lleno de habitaciones. La impotencia de ambos dio entrada a una noche llena de estrellas.
¡Feliz 2021! Esperando que este año no sea tan complicado como el anterior, vuelvo después de estar ocupada por varios meses. Decidí actualizar ahora antes de que entre a clases la siguiente semana, ya que el trabajo y todo lo demás me han consumido todo mi tiempo. Espero que les haya gustado este capítulo y debo agregar que el siguiente es uno de los que más he esperado (lamentablemente no sé cuándo saldrás). Nos leemos en la siguiente parte. Bye-bye.
