"Del sufrimiento han emergido las almas más fuertes; los caracteres más fuertes se forjan a base de enfrentar retos." ~Gibran Jalil Gibran
Antes de la media noche, Tyler subió por última vez para informarle que el suero estaba haciendo su trabajo; se veía mucho mejor (un rostro menos pálido y sus bolsas bajo los ojos no tan definidas), y él de verdad necesitaba tomar un descanso. Le pidió que no se desvelara mucho y se despidió. Ella estaba bastante sumida en sus pensamientos que no notó algún cambió en la actitud del chimpancé y, aunque lo hubiese hecho, no le hubiera tomado importancia.
Ella se aseguró de que todos se retiraran a tomar un merecido descanso antes de comenzar con su descenso a la planta baja. Pensó en degustar de su todavía bebida favorita, pero se halló a sí misma solo comiendo el emparedado que la tortuga le dejó, saliendo por la entrada de la mansión, atravesando el escudo-protector con su simple cuerpo y admirando todo el edificio, iluminado por la simple luz de la Luna. Afiló su sentido mejorado del oído para escuchar mejor.
El sonido nocturno del bosque se mezcló con los que los demás habitantes emitieron entre sus sueños. Cabeza de Piel suspiró con fuerza desde el estanque construido, Víbora y Víctor roncaron como sus gargantas mutantes se lo permitieron, Pete y Martín ulularon casi en unísono y las ranas cantaron en grupo. Recordó haber visto los cuerpos de las dos hermanas recostados en su habitación. Supuso que Tyler y Jack estarían en el sótano. No cruzó camino con el mutante nuevo. Sydney…, bueno, sabía dónde estaba. Y Slash…, no lo volvió a ver desde horas atrás en la azotea.
Se quedó unos momentos más en su lugar, con la ventisca golpeando su semidesnudo cuerpo y la temperatura cómoda ante el mismo. Por un momento pensó en apresurarse a volver al interior, pues uno de los habitantes podría levantarse en cualquier momento y atacarla por todo lo que hubo hecho. Intentó asegurarse que solo exageraba. Tal vez los demás ya olvidaron todo lo que ocasionó bajo el control de ese gusano y se dieron cuenta que no fue su culpa; después de todo, parecían dormir plácidamente.
Decidió regresar al interior, por fin. Atravesó el escudo y le fue imposible reprimir el escalofrío que recorrió toda su espalda. Se apropió de la cocina y buscó algún sobre de té negro; había estado segura de que los sobres habrían desaparecido tras sus meses de ausencia, pero tal pareció que alguien los resguardó para su regreso. Preparó su tan deseada bebida amarga. En cuanto la tetera terminó con su trabajo, llenó una taza entera. Se acomodó en uno de los sillones más largos.
El sabor, olor y temperatura del té hicieron su trabajo y despejaron su mente, aunque no de la forma que imaginó: en lugar de encontrar sus pensamientos en blanco, estos se rebelaron y organizaron de una manera en que estructuraron la única idea que ella sabía era la correcta. Por más que intentó hallar alguna otra alternativa durante todas las horas que estuvo sentada, no hubo más que la que emanó de la boca de los científicos: su sangre.
Era sencillo, sí. Y luego, ¿qué? En cuanto Sydney despertara, ¿todo volvería a la normalidad? Por supuesto que no. Después de mutarla, nada volvería a ser normal en su vida. Maldición. Incluso su vida ya no era normal, no desde que involucró a un grupo de mutantes habitando una mansión abandonada en medio del bosque. Y todo gracias a ella.
Fue ella quien prefirió "salvarla" de una farmacia abandonada y llevarla a los bosques, asegurando que estaría mejor y, más importante, a salvo. Fue ella quien accedió a entrenarla en un antiguo arte que solo servía como arma homicida y lo cual la llevó a aventurarse esa noche en los edificios de la ciudad. Fue ella quien la engañó con la finalidad de morderla, envenenarla y, finalmente, matarla.
No existía escape alguno. Fuera a donde fuese, ella siempre llevaría consigo el maldito infierno que heredó desde el día de su nacimiento, que pulieron durante dieciséis años y que nunca la abandonaría. Era el infierno que solo una bestia podía heredar…, y no había alguna otra bestia además de ella.
Slash entró por la puerta principal al mismo tiempo que ella sorbió lo último que quedó de té negro. En cuanto ambos reptiles chocaron miradas, pareció como si el tiempo se detuvo.
Después de su patética cobardía en la azotea, la tortuga tomó la sabia decisión (a su parecer), de alejarse de todos y tener un tiempo a solas para acomodar sus pensamientos. Ya había hablado con el par de científicos y llegó a un acuerdo con ellos. Ahora solo quedaba decírselo a ella, quien nubló su mente con la falsa idea de que todo eso era culpa suya y la única capaz de encontrar una solución era ella misma. A su consideración, era una terrible costumbre con la que le conoció y, al parecer, jamás olvidaría.
A menos que él actuara en ese preciso momento.
No dejó que la fémina escuchara su fuerte inhalación. Se llenó a sí mismo de seguridad y, en el instante en que sus piernas quisieron salir corriendo de ahí, se mantuvo en su lugar hasta armarse por completo de valor. Relajó todo su cuerpo y se acercó a donde la mutante estaba; se sentó a su costado con lentitud. Miró de reojo todos los parches, curitas, IV y el vendaje que poseía en su rostro y hasta los tobillos.
―¿Sabes? ―movió sus ojos hacia el rostro de la fémina― Ella nunca perdió la esperanza de que volverías, incluso clavó tu katana y wakizashi en el desagüe y dijo que solo los quitaría hasta que regresaras…, siguen donde los dejó.
―Regresé hace un día, casi veinticuatro horas ―exclamó ella sin alejar su mirada de enfrente― ¿Por qué no los has quitado tú?
―Porque quiero que ella misma lo haga.
Una sensación de asfixia aplastó la garganta de Karai. Mientras el nudo se desató, le fue imposible no repetir todas las ocasiones que le dijo al otro reptil que dejara de ser tan positivo, porque lo era tanto que se volvió peligroso…, y molesto. No pudo creer que él tuviera la vaga esperanza de que ella accedería al plan de transfusión de sangre y mutación obligatoria; sin embargo, no le pareció extraño que Jack y Tyler lo convencieran de convencerla a ella. Siempre lo supo, después de todo: él tenía un corazón débil. No pudo encontrarse ni molesta ni impactada.
―Ellos dos deben odiarme.
―No lo hacen ―él se apresuró en contestar―. Al igual que yo, saben perfectamente lo que piensas.
―Oh. Poderoso psíquico Slash ―congeló sus ojos ámbares en los de la tortuga y él no recordó ocasión alguna en que los vio tan destrozados, a pesar del sarcasmo que se apropió de su voz―, por favor, dime qué mierda es lo que pienso.
―No quieres que Sydney sufra la mutación de la misma forma que lo hiciste tú.
En sí, había dos caminos que podía tomar con respecto al destino de la mocosa: el primero iniciaba con la sensación de un desollamiento real, quemaduras infernales en ojos y garganta, brazos y piernas arrancadas, para continuar con una agonía diaria de compresión de su cuerpo entero y estiramiento inhumano de su piel; el segundo solo era un camino pacífico hacia la muerte. Ella no mintió cuando aseguró que morir era mucho mejor que mutar. Pero lo importante era hacer que despertara, traerla devuelta a la vida, ¿cierto?
Ninguno de los dos listos del lugar ni el mismísimo segundo al mando tomó en cuenta lo que tendría que soportar día con día si mantenían su corazón latente. Como si eso se considerara vida.
―Llámame egoísta tantas veces quieras ―Karai regresó su mirada al frente―, pero prefiero sepultar su cuerpo que verla llorar cada vez que cambie entre forma mutante y humana.
―De hecho, apoyo tu decisión ―sonrió de lado al verla volverse hacia él con una ceja arqueada―. Ni siquiera puedo imaginarla en tal situación…, aunque recuerdo que me dijiste que la sensación de cambiar cuerpos no se convirtió en más que un simple pellizco.
―Yo he estado acostumbrada toda mi vida al dolor. Me enseñaron a aceptarlo para poder generar dolor.
Slash tragó las palabras que ya hubo formulado. Por fortuna, su cerebro actuó bastante rápido para que ellas no escaparan su garganta. Supo perfectamente que tenía que pensar muy bien lo que diría. En esa situación, un simple monosílabo incorrecto podría causar un desastre total. No necesitaban más problemas de los que ya tenían.
―Además ―aclaró él un poco su garganta al escucharla ronca―, no creo que sea una decisión egoísta.
―¿No? ¿Cómo llamarías el hecho de que prefiero organizar un funeral que entrenar a una niña para que permutar cuerpos deje de ser doloroso?
―A pesar de que quieres evadir la verdad con tu típico sarcasmo, te preocupas de una manera que no te fue permitido antes…, pero ahora eres libre de expresar tus sentimientos y aún no te has dado cuenta…
Karai golpeó el sofá con gran fuerza. ―¡Deja de hacer eso, ¿quieres?! Desde el primer instante en que nos conocimos, has creído que puedes leerme como a un libro. Siempre has estado seguro de cómo me siento y qué pienso, como un psíquico de mierda. Me tienes harta. ¿Qué podrías saber? ¿¡Ah!? ¿Qué mierda podrías saber acerca de mí?
―Más de lo que te imaginas…
―¿¡Por qué!? ¿Por el simple hecho de conocerme durante unos cuantos meses? He vivido por dieciocho años, ¡maldición! Tú solo me has conocido por un año ―acercó su rostro al de él lo más que pudo―. No sabes nada de quién soy realmente.
La tortuga tragó saliva, solo que en señal de preocupación. No se dio cuenta del monosílabo que exclamó en el momento incorrecto, pero la situación ya hubo empeorado. Necesitó actuar rápido, antes de que fuera demasiado tarde. ―No, tienes razón. Olvidé por completo que todo este tiempo he convivido junto a una maestra del engaño; no me sorprende descubrir que todo lo que vivimos fue una simple actuación.
Ella sonrió en cuanto él también acerco su rostro. ―Parece que abriste los ojos lo suficiente para aceptar la verdad.
―¡Maldición, Karai! ―se recargó en el respaldo como si la serpiente lo hubiera golpeado― ¿No te diste cuenta que repetí la forma en que alguien más te describió? Yo jamás me referiría a ti de esa forma, porque yo sí te conozco.
―Y de regreso al inicio ―imitó al varón y se recargó―. ¿Quién habló de mí de forma tan dulce? Me gustaría conocerlo; creo que nos llevaríamos bien.
―Lo dudo. Fue Rafael.
Karai rio un poco. Ya hubo esperado esa respuesta. ―Creo que comienza a agradarme más.
Por un momento que le pareció eterno, Slash pensó en levantarse del sillón, dirigirse a una de las antiguas bibliotecas y dar por finalizada esa plática. De verdad que no podía creer lo ciega que ella era con respecto a sí misma. No importaba lo que él hiciera o dijese, aunque pudiera gritarle en la cara o abofetearla a más no poder, no le haría abrir los ojos. Tal vez sí era caso per… ¡no! No, no. Él se hizo una promesa a sí mismo, pero también se lo prometió a ella. Él no era alguien que rompiera un juramento, menos cuando se trataba de sus amigos, porque Karai era su amiga e iba a ayudarle.
Era hora de retirarle su máscara de una vez por todas
―Como mascota de Rafael que fui por más de una década, escuché cientos de cosas: desde las peleas con sus hermanos, los castigos injustos de su padre e incluso los diálogos que recitaba de sus historietas aburridas ―esperó a que una sonrisilla o algún otro gesto apareciera en los labios de ella, aunque no sucedió―. Pero hubo una época, hace más de un año, cuando sus batallas con el Clan del Pie eran casi todos los días, que solo hablaba de una asesina que usó sus encantos infernales para desarmar al bobo de Leonardo.
En esa ocasión, su oyente sí sonrió e, incluso, emitió una pequeña risa.
―La describía como un demonio con sonrisa hipnotizante que ocultaba muy bien una alma descorazonadora, egoísta y manipuladora, y su nombre era Karai. Una vida más tarde, me encontré con una solitaria y agresiva mutante que respondía al mismo nombre…, pero solo compartía eso, porque no se parecía en nada a la persona de la que Rafael habló.
Ella movió su cabeza con fuerza hacia el rostro de él. Por más que intentó ocultar su expresión sorprendida y confundida, no lo logró, algo que hizo que la tortuga sonriera con honestidad. Se felicitó internamente al ver que estaba un paso más cerca de la victoria.
―Cuando apenas nos conocimos, lo único que querías era estar sola y resolver tus problemas sin la ayuda de nadie. Perdí la cuenta de todas las veces que intenté convencerte de que te apoyaras en mí, el único ser que podía ayudarte a superar el maldito infierno que soportaste toda tu vida; tampoco recuerdo todas las veces que me asegurabas estar bien y no dependerías de nadie, porque sería desfavorable jugar a la "familia" en momentos de guerra.
Él rio un poco al repetir las mismas palabras que ella usó alguna vez y la contagió con ligereza.
―Pero la invasión continuó y, a pesar de todo a lo que fuimos sometidos durante esos meses, jamás me encontré con la persona que los hermanos Hamato aseguraban que era una maestra del engaño, despiadada y con la capacidad de atravesar un corazón de un solo movimiento.
Karai volvió a reír y dibujó una sonrisa de lado. ―¿A dónde quieres llegar con todo esto, Slash?
―Sé que creciste bajo el régimen de Destructor como un arma insensible. Estaba fuera de discusión sentir compasión o alguna otra emoción por un compañero. Tú misma me lo dijiste: no importaba que el de al lado estuviera muerto, con tal de que tú siguieras con vida. Pero un arma manipuladora no hubiera pedido ver el cuerpo de alguien en lugar de suplicar por ayuda mientras se desangraba cada segundo.
La sonrisa en el rostro de Karai desapareció de un golpe.
―Un arma descorazonadora no se culparía por algo que le obligaron a hacer con un gusano en la cabeza y ciertamente un arma egoísta no intentaría buscar otra solución más humana para salvar la vida de una inocente en lugar de condenarla a una eternidad de sufrimiento.
El quelonio guardó silencio unos momentos para recobrar el aliento y esperar alguna reacción de parte de ella, algo que no sucedió.
―Entiende que tú no eres un arma, Karai, entiéndelo de una vez por todas. Saca de tu cabeza la maldita idea que un monstruo te impuso y deja que tu verdadero ser vuelva a salir; acepta la ayuda que todos te ofrecemos y permítenos apoyarte en todas las batallas que ya nunca debes librar por tu propia cuenta.
Tras unos segundos de silencio, Karai emitió un suspiro entrecortado y, con un tono que nadie nunca había escuchado en su voz, habló―: Me criaron con esa maldita idea desde que tengo memoria. Se ha convertido en una parte de mí; es mi verdadero yo. ¿Cómo piensas que sea alguien más que no sea la persona que soy ahora?
―Entonces no es muy tarde para cambiar, ¿cierto?
Aunque ella intentó responder con un monosílabo o alguna señal que expresara sorpresa, no encontró palabra alguna. Después de tragar saliva, su voz regresó y le dio paso a una pregunta que la cambiaría en ese preciso momento―: Si sentencio de por vida a la mocosa, ¿crees que algún día ella me perdone?
―No tenemos que precipitarnos ―un peso descendió de sus hombros al darse cuenta que sus esfuerzos rindieron frutos―. Aún hay tiempo de encontrar otra solución.
―Y ―tragó aire de una manera extraña―, si me equivoco y mis decisiones le quitan la vida, ¿crees que pueda perdonarme a mí misma?
―Eso es algo que no sucederá, porque encontraremos una cura ―colocó una garra sobre la pequeña y delgada mano de su amiga―. Sydney no morirá.
Sin saber por qué, a Karai le llegó el recuerdo de aquella maldita noche en que atacó a la niña; la expresión que la mocosa tuvo se congeló entre sus memorias. ―Cuando ella despierte, ¿dejará de tenerme miedo…, dejará de odiarme?
―Ella no te odia; nunca podría hacerlo. Te quiere como a una madre.
La palabra hizo eco en la cabeza de Karai. Como si esas cinco letras contaran con la fuerza de patada de un elefante, empujaron algo que hizo que sus ojos se cristalizaran, su garganta ardiera y apareciera un nudo en su pecho. La palabra se convirtió en una llave hecha justamente para un candado que descansaba en su corazón. Fue una sensación que no logró comprender a tiempo, antes de que un rehén por fin escapara del confinamiento eterno y realizase su camino por su mejilla derecha.
―Tal vez eso fue lo que me hizo falta para que no actuara como un arma durante toda mi vida: una madre.
Desde sus primeros años de vida e incluso antes de comenzar con el verdadero entrenamiento ninja, le enseñaron que llorar no era una opción; no servía para nada. Las lágrimas no podían mover montañas, cortar gargantas ni hacer algún cambio; las acciones, sí. Por eso, una de las lecciones más duras que tuvo fue reprimir sus sentimientos. Ella fue una niña a la que no se le permitió de nada, porque, como su entonces padre decía, no lograba nada con llorar.
Entre llorar y odiar, al menos el fuego que llenaba los corazones endurecía tanto dentro como fuera.
Gracias a eso, ella se convirtió en una de las asesinas más poderosas y jóvenes que alguna vez tuvo el Clan del Pie. No solo era letal, inteligente y bella, sino que carecía de corazón. Ella no lloraba la muerte de la mujer que le dio la vida y que nunca pudo conocer, sino que exprimía su cuerpo con tanto odio para rebanar la garganta del monstruo que la asesinó; no lloraba la traición que le cometieron por la espalda, sino que se encargaba de odiar tanto a esa persona que sus sables parecían poseídos por una fuerza sobrenatural y estos terminaban atravesándolos.
Era un Pie perfecto, la copia envidiable de un hombre sin alma alguna, porque ella no lloraba.
Hasta ahora.
―Siempre me hizo falta mi madre.
Al estar confinadas durante toda una eternidad, era de esperarse que las lágrimas brotaran de sus ojos con una fuerza incomparable. Los ríos que atravesaron sus mejillas no eran solo de ese momento, sino del recuerdo…, de los recuerdos que trajo consigo. Lloró por todas las veces que necesitó a un padre que la escuchara, lloró por todas las veces que se desmayó al quebrarse un hueso y no poder hacer nada más que gritar, lloró por todas las veces en que confío en alguien y la apuñalaron por la espalda; lloró lo que no pudo llorar por más de dieciséis años. Lloró, lloró, lloró y se desahogó por toda una vida de sufrimiento.
La kunoichi no se dio cuenta del momento en que comenzó a abrazarse a sí misma, mientras intentó controlar su respiración, deshacerse del nudo en la garganta y detener las espesas gotas que hicieron arder sus ojos; pero sí se percató cuando Slash, su buen amigo y segundo al mando, acortó las distancias entre ambos, se sentó a su costado y, sin necesidad de articular palabra alguna, le ofreció sus brazos como protección. Ella levantó su mirada hacia los ojos del otro reptil; como un espejo, observó sus propios orbes ámbares reflejados, solo que sin la oscuridad que siempre los caracterizó, sino con un brillo que había dado por perdido y, ahora, recuperó para siempre. Saltó a los reconfortantes brazos de su amigo.
El nudo desapareció y eso dio paso a los gritos que ella ahogó en el hombro de la tortuga. A él no le importó en lo más mínimo los fluidos que empaparon su articulación y solo se enfocó en su tarea: ser todo el apoyo que Karai necesitó en ese momento. La abrazó con la fuerza necesaria para que sus IV no se desprendieran y la bolsa de suero no se agujerara, pero para darle el mensaje silencioso de que siempre podía contar con su apoyo, amistad y confianza.
Como sus cortos brazos (a comparación del inmenso tamaño del otro reptil), se lo permitieron, ella rodeó el cuerpo de Slash lo más que pudo e hizo más fuerte el estruje. Descansó su barbilla en el hombro de este. A pesar de que sus lágrimas continuaron con la misma potencia y su respiración fuese entrecortada, encontró su voz―: Estoy perdida…, soy caso perdido…
―No lo eres ―con una mano, acarició la parte trasera del cráneo de la chica―. A pesar de todo lo que has sufrido, te has mantenido fuerte y nunca te has rendido. Te ha sido difícil, sí, pero ya no es algo que debes cargar sola, porque nos tienes a todos nosotros ahora, para apoyarte, hacerte olvidar la pesadilla que viviste con Destructor, encontrarte a ti misma…, en todo. No estás sola, Karai, ya no más.
―No ―exclamó tras unos segundos de silencio al mismo tiempo que relajó su cuerpo, lo que indicó que la muestra de afecto estaba por concluir―. Creo que he dejado de estar sola desde la noche en que nos conocimos, solo que no me había dado cuenta.
Slash le devolvió la sonrisa mientras ella se limpió los ojos con el dorso de sus manos. Se aseguró en siempre recordar la expresión que descansaba detrás de la máscara que ella cargó gran parte de su vida: mejillas enrojecidas y húmedas, ojos irritados, labios partidos, nariz rebelde y cabellera enmarañada. A pesar de que la vio tan frágil y diminuta como nunca la vio, se alegró al saber que, sin importar qué, ella siempre se mantendría preparada para todo, como la líder que siempre fue para ellos.
―Bueno ―ella pasó un dedo por el borde de su ojo derecho―, eres el único que me ha visto llorar, creo que ahora tendré que matarte.
―Habrá valido la pena.
Karai fue la primera en reír, seguida casi de inmediato por él. Mantuvo su sonrisa por un largo rato, hasta que la esfumó y su expresión volvió a endurecerse. ―Aún no estoy lista para cambiarle la vida a la niña, aunque sé que es la única forma de salvarla…
―No lo es ―acercó su rostro otra vez hacia el de ella―. Tyler y Jack han comenzado con un experimento relacionado con tu sangre. No entendí todos los términos científicos que usaron para explicarme, pero buscan lo que combate a tu veneno en tu sangre: una partícula o algo por el estilo.
―¿De verdad? ―sonrió de lado.
La tortuga asintió. ―Saben lo terrible que sería mutarla a la fuerza; quieren hallar otra salida.
―Me alegro ―subió sus dos piernas al sillón―. Mi vida entera ha sido un sufrimiento. Solo quiero que la vida de Sydney no sea igual.
―Y no lo será, porque aún tenemos tiempo ―Slash devolvió la sonrisa auténtica de la fémina, antes de sujetarle las manos y hacerle mirar directo a sus ojos―. Te lo juro, Karai, Sydney nunca más tendrá que sufrir…
Un grito desgarrador se interpuso a sus palabras, haciendo su camino desde las escaleras que conectaban el sótano con el nivel en el que estaban. Ambos movieron su atención hacia la dirección en la que provino.
Karai recordó las palabras que Tyler pronunció cuando ella despertó. En verdad era un grito duro de tolerar, más porque eran tan fuerte y lleno de dolor que nadie imaginaría el pequeño cuerpo de quien lo emitía. Se obligó a alejar su mirada de ahí y se volvió hacia la tortuga. Supuso que Slash ya estaba acostumbrado a ese alarido tan difícil de escuchar, por lo que no comprendió la expresión extrañada y asustada que él tuvo en su rostro.
―¿Qué pasa?
―L-los gritos de Sydney no son tan fuertes ―pareció que sus pupilas se contrajeron a cada segundo―; no suelen escucharse fuera del sótano.
Saber que algo no era normal en la situación de la niña fue el golpe necesario que Karai recibió para olvidar las instrucciones que recibió de los "médicos", saltar del sillón y correr, en su forma humana, hacia las escaleras. Detrás de ella, Slash despertó de la sorpresa; con un inicio torpe, siguió los pasos de su líder como sus fuertes piernas se lo permitieron. Aun así, la serpiente alejó más la distancia entre ambos.
―¡Espera, Karai! ―se detuvo unos instantes al pie de las escaleras; su oído captó el sonido de pasos y voces viniendo de todas las direcciones. Claramente los demás también habían sido advertidos― ¡Doc dijo que nada de movimientos bruscos!
Ella hizo oídos sordos. Jaló la puerta cerrada y la fuerza que usó hizo que una de sus IV se desprendiera de su brazo; un delgado pero continuo hilo de sangre resbaló hasta el suelo. No tuvo necesidad de recurrir a su mirada modificada, pues la escasa luz artificial le permitió observar lo que sucedió en el interior de la enfermería. Pasó por desapercibido el momento en que Cabeza de Piel, Lisa, Venus, Martín y Pete se detuvieron, junto con Slash, a sus costados.
Sydney o, mejor dicho, el cuerpo de Sydney, tendido en la camilla, presentaba extrañas convulsiones que la hacían saltar de forma inhumana. A su lado derecho, tanto Tyler como Jack observaban la alteración en su ritmo cardiaco e intentaban descifrar lo que estaba pasando, porque algo malo sucedía; sus expresiones eran todo lo necesario para delatarlo. La niña volvió a gritar en agonía y eso hizo que Karai diera un paso hacia el interior de la habitación.
―¡No! ―Slash actuó con velocidad y sujetó el cuerpo de ella con sus dos brazos― ¡Recuerda lo que hablamos: habrá otra solución!
―¡Suéltame! ¡Déjame ir!
Como si parches, curitas, vendaje e IV no plagaran su cuerpo, comenzó a agitarse con ferocidad y todo se desprendió de ella (incluida su bolsa de suero); más hilos delgados y carmesíes abandonaron su confinamiento y cayeron a las poderosas extremidades del opresor. Intentó golpear puntos clave del otro reptil para que este la dejase ir; sin embargo, al ver que él no tenía intenciones de hacerlo, se enfocó en alguien más a quién dirigir su voz.
―¡Jack, Tyler! ¿¡Qué le pasa a Sydney!?
Kurtzman centró unas pupilas aterradas en el cuerpo de la paciente. ―Está…, muriendo.
El mundo se detuvo durante una eternidad.
La kunoichi dejó de pelear. ―¿Q-qué?
Espacio y tiempo regresaron a su labor, y el caos con ellos.
―¡Esto no debería suceder! ―Rockwell se aseguró que la mezcla de suero modificado y antídotos estuviera conectada a la intravenosa, lo cual así era― ¡Alteramos la cura! ¡No han pasado ni dos semanas! S-su corazón…, no puede dejar de resistir ahora.
―Lo siento…
Gracias a la distracción que originaron las palabras del hombre, Karai alternó a su forma híbrida y, después de disculparse, golpeó justo en la garganta de Slash; este perdió el control de su respiración y tuvo que soltarla. Dejó la serie de tos de su amigo detrás y corrió hacia donde el trío estaba. Por poco se tropieza y cae encima de la niña, pero logró recuperarse. Tomó su mano y la temperatura tan fría la asustó.
Las maldiciones recorrieron su cabeza una y otra vez.
Ese momento era el peor que podía existir y, a pesar de eso, recordó cuando empezó a entrenar a la niña. Cuán segura estuvo de que Sydney aprendería un arte antiguo sin ser víctima de un camino infernal, sin sufrimiento alguno. Le había fallado, pero no solo en esa ocasión, sino durante todos los días desde que la convirtió en su responsabilidad tras "rescatarla" de una ciudad plagada de extraterrestres. Aunque, ¿a eso podía llamársele rescate?
Si se hubiera quedado en esa farmacia, la habrían atrapado, mutado y rescatado como a todos los demás neoyorquinos, y su tutela se hubiese pasado a manos de una abuela o tíos lejanos. O su destino hubiera sido otro: asesinada por los extraterrestres de una forma rápido y sin dolor, sin agonía. Pero ella quiso jugar a la heroína y, ¿a dónde la llevó? A un fracaso tras otro.
Falló al lastimarla, al no defenderla, al hacer que sufriera. Ya le había fallado demasiadas veces. Era hora de hacer lo correcto, aunque fuera solo una vez. Por lo menos quería cumplir con la única promesa que, al parecer, seguía vigente: mantenerla con vida.
―Sálvenla.
Ambos científicos se voltearon simultáneamente hacia ella, quien giró todo su cuerpo hasta quedar de frente al chimpancé. No supieron qué fue lo peor: la expresión tan descorazonadora que cargó o las heridas reabiertas que recorrieron sus extremidades. Sin encontrar las palabras correctas, vieron cómo acercó su antebrazo izquierdo hacia ellos.
Desde la entrada del laboratorio, Slash también lo vio. ―Karai…, nosotros hablam…
―Sálvenla ―la opresión que los sentimientos confinados originaron regresó a su voz―. No me hagan la responsable del asesinato de más inocentes.
Lo primero que hicieron fue negar con la cabeza. Les pareció una solución totalmente contraria a la que ella quería en la mañana que despertó; lo más seguro era que sus emociones y la situación actual le hicieron hablar sin razón. Al igual que ella, querían buscar otra forma en la que salvar la vida de la pequeña; de hecho, todo el día se la pasaron experimentando con la sangre y antídoto creado a partir de ella para catalizar la enzima que contrarrestaba el veneno, sin éxito alguno. Pero aún quedaba…
No. Ya no había tiempo. Era momento de llegar a una solución y sabían que esa era la única. No tenían más tiempo que perder…, Sydney ya no tenía más tiempo que perder.
A pesar de haber llegado a una conclusión, Tyler se obligó a preguntar―: ¿Estás segura?
―Sí. ―su respuesta estuvo por pasar desapercibida entre los gritos que continuaron.
Jack corrió hacia la mesa y se tropezó un poco. Sujetó una lámpara, liga, algodón, alcohol y una jeringa, y regresó con el par. Le tendió el algodón y etanol a Tyler mientras sujetó el brazo izquierdo de ella; el chimpancé limpió la flexura del codo en la misma zona en que una de las IV se desprendió. En el instante en que la presión hizo su trabajo, le dio la lámpara a Rockwell y él insertó la jeringa. Esperó a extraer la cantidad suficiente y la retiró, antes de caminar hacia la mesa que tenía todos los frascos de ensayo que movieron del laboratorio.
La serpiente se alzó de hombros cuando una sensación aguda recorrió el brazo contrario al que le extrajeron sangre. Sin despegar su mirada de las acciones del hombre, se alejó del agarre de Tyler y permaneció estática.
―Karai ―aun así, el chimpancé volvió a acercarse―, estás perdiendo mucha sangre.
Ella no respondió.
Kurtzman se acercó con el líquido rosado dentro de otra jeringa. Intercambió miradas con Tyler antes de llevarla a la fémina. ―¿Estás segu…?
―¡Hazlo de una vez o yo misma lo haré!
Como nunca estuvo aterrado, el hombre asintió, se arrodilló a la altura de la camilla y clavó la jeringa directo al corazón de Sydney, como si de una daga se tratase. La retiró en cuanto todo el líquido desapareció y la mandíbula de la niña se cerró, cesando los gritos. De la misma forma que el otro científico, llevó su mirada hacia el medidor cardiaco y encontró el ritmo normal.
¿Por qué no sucedía nada, entonces?
Casi todos tuvieron que cubrirse los oídos ante el grito que emanó de la garganta de la paciente; era tan agudo y doloroso que pudo escucharse en los alrededores de la mansión. El volumen aumentó junto con la extraña luz que cubrió el cuerpo de Sydney. Todos sabían a la perfección lo que la luz indicaba…, incluida la mutante que originó todo eso.
―Perdón. ―Karai cayó sobre sus rodillas y hundió su rostro en la camilla.
Las disculpas eran casi tan difíciles como los agradecimientos. Cuando pedía perdón, era casi como escucharla soltar una amenaza de muerte; nunca las decía enserio. Sin embargo, en ese momento eran de verdad; salían desde el fondo de su corazón y no tenía quién las aceptara o negara.
―Lo siento tanto ―repitió una y otra vez―, perdóname, lo lamento…
La ofidia se detuvo cuando ya no escuchó más lamentos. Mientras Jack acercó la lámpara hacia el rostro de Sydney, levantó su atención y la congeló en la expresión tan tranquila que tenía la niña. Sintió otra vez el ardor en sus ojos. Vio cómo el hombre levantó un párpado de su víctima para verificar la dilatación de su pupila. Al igual que ambos varones, ella jadeó en sorpresa y horror. Con un grito continuo al regreso de sus lágrimas, se desplomó sobre el cuerpo y prosiguió con las disculpas sin sentido alguno.
Desde el otro lado de la entrada del cuarto, Slash siguió con la mirada a todos que emprendieron su camino de regreso a la planta baja, hasta regresar su atención al frente y reprimir sus propias lágrimas; sintió que todas sus palabras perdieron significado alguno. Vio la extraña sombra debajo de Karai y dudó que en verdad fuese una sombra. Sin alejar su mirada de las dos féminas, recogió las IV y la bolsa de suero, y se acercó. Solo cuando se detuvo junto a su amiga, confirmó que lo que estaba debajo de sus rodillas no era una sombra, sino su sangre.
―¡Suéltame! ―siseó ella cuando él la sujetó de sus brazos.
Karai alternó a su forma híbrida, pero esta solo le duró un par de segundos hasta que tuvo que regresar a su cuerpo humano por un golpe doloroso que cruzó su cabeza. Al mismo tiempo que sus golpes y patadas no causaron efecto alguno al rostro de Slash, todo comenzó a darle vueltas y su visión se desenfocó. Sujetó el borde de la camilla, se acercó hacia el cuerpo y, con las últimas fuerzas que le quedaron, soltó un grito que hizo eco en los bosques.
Sus párpados finalmente se cerraron, pero otro par se abrió, revelando un color brilloso y lleno de vida que nació de una tragedia.
Holaaa. Fue un capítulo sumamente largo, debo aceptarlo; sin embargo, no puedo creer que por fin llegamos a la mitad de esta historia. Estoy muy orgullosa y feliz de tenerlos a todos ustedes aquí. Espero que les haya gustado y nos leemos en la siguiente parte. Bye-bye.
