"Los niños son maestros que vienen a enseñarnos; con sus acciones y emociones, son una guía para nuestro despertar." ~Anónimo


Karai no estuvo completamente segura de lo último que sucedió, pero le era claro que no tomó algún transporte aéreo o marítimo para abandonar esa maldita ciudad, cruzar hacia el otro lado del mundo y regresar a su adorada tierra natal. Se encontró a sí misma arrodillada frente a un riachuelo cuya corriente acompañó el camino de varios peces. Escuchó una voz familiar que gritó a lo lejos. Se volvió en aquella dirección y notó a una mujer, de complexión pequeña y robusta, que agitó un bastón en el aire; ante el llamado, varias personas abandonaron sus tareas y se dirigieron a la casa en la que la anciana entró.

Ella estuvo a punto de imitarlos, pero decidió terminar con la limpieza de su sable. Se inclinó un poco hacia adelante y su reflejo apareció en el agua cristalina del río; a pesar de que se encontró en su cuerpo humano, unas pupilas verticales y ojos esmeraldas le devolvieron la mirada. Dejó la espada a un costado y se agachó hasta casi tocar el río con su nariz.

De las aguas, una serpiente gigante emergió de un salto y con su mandíbula abierta.

La fuerza del golpe la mandó unos metros hacia atrás. Después de un par de volteretas, logró regresar a sus pies. Llevó una mano hacia su cinturón, con la intención de empuñar su arma en contra de su adversario. Recordó que el sable se quedó a orillas del río. La única alternativa que le quedó fue combatir a esa serpiente en su forma reptil, por lo que inició con su transformación, a medida que el otro mutante se acercó con un siseo que, ella reconoció, era de enojo.

Pero algo le impidió convertirse.

Aún permaneció en su cuerpo humano. Ni siquiera logró mantener alguna de sus formas híbridas. Sin arma ni capacidades reptiles, solo pudo levantar sus dos puños y prepararse para esa pelea cuerpo a cuerpo que seguramente perdería. Todavía tenía la opción de pedir ayuda a los aldeanos con quienes se estaba hospedando, pero el escenario hubo cambiado: ya no se encontró cerca del riachuelo que llenaba de vida las parcelas de la aldea, sino que estaba rodeada de una baja y espesa niebla, en medio de un laberinto de árboles, los cuales cayeron al vacío cada vez que la criatura se acercó más y más.

Cuando el crujido se detuvo y un silencio continuó, dos pares de pupilas verticales le dieron paso a la misma serpiente que estuvo debajo del agua. Emergió de entre las coníferas y detuvo su serpenteo a escasos metros de ella. Era de un tamaño no tan grande y tonalidades de azul plagaban sus escamas; el resto, era idéntico a ella. Aquellos ojos estudiaron su cuerpo la lengua bífida la olfateó. Saltó sin advertencia y envolvió su cuerpo con la cola, sin la fuerza suficiente para estrangularla pero sí para que escuchara lo que tenía que decir.

―Tú… ―un siseo acompañó el fondo de su inhumana voz―, tú me hiciste esto.

Su cráneo alternó a un rostro familiar, a pesar de que sus formas híbridas no incluían tal habilidad. Sus orbes esmeraldas permutaron con zafiro, pero el fuego en su interior mantuvo el mismo sentimiento: odio.

―¡Me hiciste un monstruo! ―soltó a Karai y ella rodó a unos metros de lejanía.

Ella intentó reincorporarse pero, de repente, todas las fuerzas la abandonaron. Solo pudo levantar su mirada lo suficiente para ver cómo su verdugo se preparó para acabar con su patética vida: comprimió su cuerpo hacia atrás, empuñó sus manos modificadas y saltó hacia ella, con todos sus colmillos dispuestos a consumirla de un solo bocado.

Ni siquiera se molestó en borrar esos ojos zafiro que expresaron tanto terror cuando la mordió.

―¡Sydney!

Sus jadeos fueron mucho más fuertes que la manera en que se irguió sobre su camilla. A diferencia de la última vez que se levantó de una forma similar, ningún dolor le recorrió la espalda ni se sintió mareada de repente. En cambio, su mirada se ajustó a la perfección para inspeccionar la extrañamente solitaria enfermería en la que se encontraba: además de las sillas vacías que descansaban enfrente de las mesas, un medidor cardiaco regresó a su ritmo normal después de la adrenalina a la que sometió su cuerpo con ese sueño, aún más raro que el anterior…

Ella golpeó los bordes de su camilla en cuanto los engranajes de su cerebro regresaron a su trabajo. Recordó las últimas escenas en las que participó antes de sucumbir al sueño (o, al menos, creyó que se trató de una siesta), y le fue imposible no preguntarse si en realidad sucedieron y no eran productos de su imaginación. Se inspeccionó a sí misma: intravenosas estaban conectadas a sus dos flexuras de codos y corvas, parches y curitas iluminaban todo su cuerpo y un grueso vendaje cubría la parte de su pecho.

¿Qué fue lo último que en verdad sucedió? ¿Slash cargando su semiinconsciente cuerpo hacia la mansión o el grito que soltó tras darse cuenta de que cambiaría la vida de Sydney para siempre?

Un ruido atrajo su atención hacia la gran puerta metálica cerrada. Escuchó voces y más sonidos desde el otro lado, mismos que no logró reconocer. Antes de que pudiera levantarse para investigar por cuenta propia, la puerta se recorrió con gran fuerza y dejó ver a los dos seres que congelaron sus miradas en la de ella.

Tyler emitió sonidos emocionados de simio. ―¡Te dije que ya estaba despierta!

―¡Bienvenida! ―Jack caminó delante del chimpancé y compartió la gran sonrisa de su colega― Ahora tu rostro sí se ve descansado.

Karai gruñó dentro de su garganta y se llevó una mano hacia su sien. ―No me digan que… ¿un día entero?

―Treinta horas, para ser precisos ―Tyler corrigió, retiró el parche de su cuello y apagó el medidor cardiaco―. Y fue mejor para nosotros, porque ya nos quedó claro que no puedes permanecer quieta y dejar que tu cuerpo sane ―retiró las IV con delicadeza y aplicó presión sobre ellas para que no sangraran―. Por suerte, estuviste inconsciente el tiempo necesario para que te recuperaras. Ya puedes regresar a tu vida de ninja.

―Eso es genial, pero… ―ella se retiró todos los parches y curitas que cubrían su renovada piel―, ¿cómo resultó todo?

―Tuvimos que encerrarte en la enfermería ―Kurtzman habló sin responder a su pregunta y atrajo un cesto para desechar todo material que se utilizó―, porque ella no quería dejar tu costado a pe…

―¿¡Cómo!? ―interrumpió ella con un grito ronco al mismo tiempo que bajó sus pies hasta que conectaron con la fría superficie del piso― ¿Ya despertó?

Jack asintió. ―En el momento en que te desmayaste, de hecho. El mejor tiempo, Karai, te atendimos mientras intentábamos tranquilizarla. ¿Habrá algún día en que nos des un respiro?

Pese a que Karai quiso devolver la sonrisa de ambos mamíferos, su expresión hizo juego con el sentimiento de duda que plagó su cabeza. ―Y, ¿cómo está ella?

―A la perfección ―aseguró el chimpancé con una gran sonrisa―. Cuando despertó y te vio, ni siquiera preguntó lo que le había pasado. Slash y yo tardamos cerca de media hora en tranquilizarla, asegurarse que estarías bien y convencerla de hacerse una prueba de ADN. Tomó la noticia considerablemente bien

―¿Considerablemente? ―repitió ella― ¿Está consciente de lo mucho que cambió? ¿Le duele alternar de cuerpos? ¿Sabe que su veneno es el más tóxico de todo planeta? ¿Ya puede…?

―Karai ―el simio colocó una mano sobre su hombro―. Está bien. Durante todo el día que Slash la ha estado entrenando, no nos ha dado señales de dolor o algún otro problema. Eso sí, tenemos la esperanza de que, ahora que ya estás despierta, puedas ayudarle tú misma con sus demás habilidades…, una serpiente para otra serpiente, ¿no?

―Sí…, una serpiente ―murmuró para sí misma y, por fortuna, ninguno de los varones le escuchó. Aún era muy pronto para asimilar por completo que la niña, en verdad, se convirtió en un ser idéntico a ella―. Quiero verla.

Ambos asintieron al mismo tiempo. Jack le ofreció una mano para ayudarle a levantarse, y ella la aceptó; se reincorporó sobre sus temblorosas piernas y tardó un par de segundos en mantener el equilibrio. Soltó la mano del hombre y se decidió por dar el primer paso ella sola. Como un bebé escéptico de sus alrededores, tardó en encontrar su ritmo, hasta que su postura regresó a la normalidad y sus piernas avanzaron con la elegancia que siempre la caracterizó.

Ellos subieron por las escaleras. Llegaron a la planta baja y sus miradas cayeron sobre el par de cuerpos que, después de un matutino calentamiento, descansaban en las comodidades de uno de los viejos sillones; en el instante en que el varón se percató de la presencia de sus observadores, llevó sus ojos hacia ellos y estos, expresando sorpresa, hicieron que el otro ser mirara sobre su hombro y girara su cuerpo entero al chocar miradas con Karai.

Sydney saltó el respaldo del mueble, corrió hacia aquella que la mantuvo en una camilla por más de un mes y la abrazó por la cintura, hundiendo su rostro en la boca del estómago de la mayor.

Karai no pudo encontrarse más sorprendida, tanto que bajó su mirada hacia la diferente cabellera de la niña, sujetó las manos de la menor e hizo que la soltara, ganándose una expresión totalmente confundida. Se arrodilló a una altura en que los ojos de la menor estuvieran a un nivel más alto y aprovechó para estudiarla mejor.

Tez morena apenas sobresalió de la sudadera verdosa y el pantalón azul, lo cual era lo único que reconoció de la verdadera Sydney. Su cabello y ojos eran un tema diferente. En lugar de una cabellera castaña, esta brilló en azul (con tonalidades cercanas al verde), lo que demostraría un tinte artificial en otras circunstancias. No obstante, sus ojos fueron lo que le hicieron saber que el nuevo tono de su cabello era natural: el tono zafiro hubo abandonado sus orbes y subido hasta su rostro, dándole paso a un brillo metálico, casi dorado; ámbar.

Ahora Sydney tenía su mismo color de ojos.

La niña pareció notar su duda, así que tomó la iniciativa de hablar―: Qué bueno que ya estás…

―Lo siento…

Sydney intentó descifrar el mensaje oculto dentro de ese susurro―. ¿Qué?

Karai soltó las manos de la niña y colocó las propias sobre los hombros de ella. ―Jamás quise que nada de esto pasara. No tenía otra opción…, tan solo…, no podía dejarte morir. Lo siento.

―Slash ya me contó todo ―Sydney colocó sus manos sobre la mayor―, lo del gusano y lo de la cura…, sé que tú no tienes la culpa de nada.

―No, sí la tengo. Saliste esa noche junto a Slash para continuar con tu entrenamiento…, si tan solo no hubiera aceptado a inculcarte las artes…

―¿¡Qué!? ¡No! ―se alejó de su alcance y dibujó una expresión bastante conocida para Karai― El ninjutsu es una de las mejores cosas que me han pasado y ser mutante es increíble…, sí, aún no me acostumbro a escupir veneno ni a la visión nocturna, pero no es tan malo tener cuatro bocas y tres cabezas, ¿sabes?

Aún escéptica, Karai apretó su mandíbula. ―¿Estás realmente consciente que te he arrebatado la decisión de elegir tu futuro? Te he sentenciado a una vida oculta, escondiendo tu verdadera tú y volviéndote objetivo de experimentos para aquellos que no entiendan lo que te pasó. Yo…, te he arrebatado tu humanidad.

―No. El Kraang lo hizo ―las palabras le ganaron una expresión confundida de parte de Karai―. Sé que te culpas por lo que me pasó, pero es gracias a ti que estoy viva, Karai, y creo que eso es algo que jamás te he agradecido, además… ―se mordió el labio brevemente―, tal vez extrañaré a mis padres para siempre, pero, desde que desperté…, no sé…, hay algo que hace que ya no me duela tanto; ya puedo dormir en las noches, casi no tengo pesadillas y todo gracias a ti, severa. Gracias por todo, por salvarme, por enseñarme un arte que me ayudará a cuidarme a mí misma, y por darme otra oportunidad de tener una familia.

Detrás de las reptiles, los demás presentes estuvieron a punto de llorar dramáticamente, pero solo a Jack se le escapó una lágrima. Por su parte, Karai sonrió de manera sincera. Le resultó increíble que esa niña, a quien solo salvó porque supo que era lo correcto, tuviese un impacto tan grande en su vida. Por un instante, se proyectó en la menor, imaginando que, posiblemente, si su vida hubiera sido de otra forma, ella hubiese sido una perfecta copia de lo que ahora era Sydney.

Aunque, claro, el destino no era para ella de elegir. Lo único que le quedaba era continuar con la promesa que le hizo a esa niña, con quien compartiría un lazo sanguíneo eterno.

Karai parpadeó de manera escéptica. No lo hubo pensado. Ya tenía suficiente con tolerarse a sí misma, y ahora debía tratar con una segunda ella.

Como si la niña leyera sus pensamientos, soltó en son de burla―: No te voy a decir Mamá.

―No esperaba a que lo hicieras, mocosa ―respondió con la misma sonrisa torcida―. Pero creo que yo también te debo agradecer.

Ahora fue el turno de Sydney de confundirse. ―¿Qué quieres decir?

―Sabes perfectamente que eres un dolor en el trasero, Sydney, con una boca rezongona imposible de callar. ¿Te he dicho por qué, al principio, no nos llevábamos bien?

―Porque somos muy iguales.

Ella asintió. ―Tú eres una copia perfecta de lo que llegué a ser a tu edad, igual de terca, agresiva, grosera…, pero, también, llena de frustración, impotencia y siendo testigo de cosas que no debí atestiguar a esa edad. Debo ser sincera contigo, Sydney, conforme te fui conociendo, empecé a imaginar lo que pudo haber sido mi vida en otras circunstancias, y me prometí a mí misma que haría hasta lo imposible por convertirte en todo lo opuesto a lo que yo soy ahora, pero creo que no salió muy bien.

Al igual que ella, Sydney rio un poco. El rostro de la niña expresó total sorpresa al verse atrapada en el abrazo de Karai.

―He roto un sinfín de promesas a lo largo de mi vida, he dicho mentira tras mentira…, es momento de cambiar y empezaré contigo. Sydney, te mentí cuando dije que iba a protegerte, cuando dije que nada ni nadie te lastimaría y cuando dije que aquí estarías segura; sé que no merezco tu confianza, pero, aun así, tomaré el riesgo: ¿podrías confiar de nuevo en mí cuando te digo que moveré tierra y mar para mantenerte viva?

Sydney no respondió de inmediato, sino que hizo la muestra de afecto más fuerte y hundió su rostro en el hombro de Karai. ―Pase lo que pase, yo seguiré confiando en ti; itsumo, haha.

A pesar del apodo, Karai rio en diversión y terminó con el abrazo. ―Ya que tienes tiempo de bromear y pareces muy emocionada con tu nuevo cuerpo, ¿estás lista para regresar a tu entrenamiento?

En lugar de responderle, Sydney se deshizo de su forma humana como si de ropa se tratara y, bajo la sorpresa de Karai, comenzó con su transformación. De la misma forma que lo hacía ella, alternó todo su cuerpo. Frente a Karai, terminó una ofidia de escamas azules, con una complexión uniforme, y solo una capucha fusionada a la parte de su nuca y franjas negras a los costados de su cola (cortesía de la sudadera y el pantalón, respectivamente).

―¡La última en llegar es gorda como una boa!

―¿¡Qué mier…!? ―Karai soltó un quejido cuando intentó alternar sus cuerpos y un dolorcillo recorrió su columna. Recobró la compostura en unos instantes y cambió a su forma mutante― ¡Espera, mocosa!

Ella serpenteó detrás de la menor, cuya cola terminada en lanza desapareció del otro lado de la entrada. En el momento en que salió de la construcción, un arma no letal explotó en su rostro y le hizo escupir veneno hacia su supuesto agresor. Cuando logró tranquilizarse, observó las hojas que cayeron al suelo y se resbalaron de su hocico, provenientes de la "bomba" que fue arrojada a su cráneo.

―¡Tenías que lanzarla hacia el cielo, idiota!

―Mi culpa, Vic. Estoy seguro de que la siguiente…

―¡Jason!

Karai permaneció estática ante la escena que atestiguó frente a la mansión: todos los habitantes de ese hotel para mutante la esperaban, como si fuese una fiesta de bienvenida. Ella se extrañó ante las expresiones alegres que cada uno cargó. Acaso, ¿no la vieron aterrorizados la noche en que atacó a Slash? ¿No sabían que fue ella quien envenenó a Sydney y la razón por la que la mutaron en una serpiente?

Víctor rodó una última vez sus ojos ante la incompetencia del gecko, antes de adelantarse a todos los mutantes y terminar de frente a la serpiente. La estudió rápidamente. Al tener una sonrisa en su monstruosa quijada, habló por todos ellos y le hizo saber que estaban contentos de tenerla devuelta. Detrás de él, todos los demás lo imitaron.

Ella recibió sus dos sorpresas (aunque, a su parecer, fueron tres), justo después de la bienvenida: los rasguños y magulladuras reparadas por las hermanas, y un huerto experimental que no sólo floreció bajo el "fertilizante de rápido crecimiento" del par de científicos, sino que rebosaba de vida con un sinfín de vegetales. Conoció en persona al nuevo mutante, Jason, quien se encontró fascinado por conocer, al fin, a su líder.

Y con el regreso de dicho líder, la mansión regresó a la normalidad y trajo consigo el regreso del feroz entrenamiento al que las dos serpientes del lugar sometían su cuerpo durante horas.

Karai tomó la decisión de iniciar con el desarrollo de la agilidad en el cuerpo de su pupila y la mejor forma de hacerlo era en ese sendero natural de árboles. Guio a Sydney hacia unas coníferas que descansaban al lado del afluente e inspeccionó la altura de los árboles; no eran los más altos que se encontraban en ese lugar, pero eran los indicados para la práctica.

―Tienes una hora para llegar a las ramas más altas.

Sydney llevó sus ojos hacia arriba. ―¿U-una hora? ¿En serio? Si tenemos mucho tiempo.

―No si quieres aprender a recorrer el desagüe en media hora, así que ―aplaudió dos veces y la niña alternó sus cuerpo―, a trabajar.

Después de asentir, Sydney se alejó un poco del árbol y se impulsó para llegar a una de las ramas más bajas; sin embargo, no contó con la velocidad suficiente y cayó un par de metros hacia el suelo. Ignoró la risilla de Karai y se centró en su objetivo. Volvió a posicionarse a una distancia considerable y, con mayor impulso, serpenteó.

Fue el mismo resultado.

Karai decidió darle espacio a su aprendiz, por lo que se alejó un par de metros y tomó asiento en un ligero desnivel que se encontraba en el suelo. Mantuvo sus ojos en el cuerpo de Sydney, pero sus oídos se vieron atraídos hacia el afluente; giró toda su atención hacia ese lugar y una sonrisa de lado apareció en sus labios: las ranas, las hermanas, Cabeza de Piel y Slash estaban disfrutando de un pequeño chapuzón al aire libre; todos se lanzaban agua entre sí y reían en diversión.

Una sensación de tranquilidad envolvió a Karai cuando se recostó boca arriba y congeló su vista en el pedazo de cielo que las copas de las coníferas permitían ver. No pudo dejar de pensar que, desde que llegó a ese lugar, seguía viendo la mansión casi de la misma forma: pacífica, protectora pero ya no más solitaria. Ahora contaba con más de veinte habitantes y el lugar nunca se encontraba silencioso, ni siquiera en las noches.

Para alguien que estaba cansado del ajetreo nato de la ciudad, ese era el lugar perfecto. Todo estaba al alcance: una conexión subterránea a la urbe, un cuerpo de agua suficiente, un pequeño huerto que apenas crecía y los frutos rojos que la naturaleza brindaba. Cualquiera se hallaría suertudo al haber encontrado tal paraíso, en especial ellos, mutantes que ya habían sufrido demasiado en condiciones adversas. Muchos podrían pensar que ella era quien más lo necesitaba; después de toda una vida infernal, merecía pasar el resto de sus días en ese lugar tan lleno de calma. Pero la realidad era que su tiempo ahí estaba por finalizar.

Todavía no se lo decía a nadie, porque ni siquiera ella misma estaba segura de que eso era lo que quería, pero pensaba recuperar su vida anterior a esos bosques y remover todos los obstáculos para que no se volviera a convertir en una pesadilla viviente, y el mayor problema de todos era Destructor. Aún rechinaba sus dientes al recordar su nombre y todo lo que le hizo hacer bajo su control, en especial la vez que atacó a Sydney; sin embargo, sabía que ella no era la única cuyo sufrimiento continuaba mientras ese monstruo siguiera con vida.

Del otro lado del mundo, cruzando todos los Estados Unidos y, además, el Océano Pacífico, yacía su hogar. Solo tuvo que cerrar sus ojos para encontrarse con la imagen de una construcción grande y tradicional, hecha con materiales finos y que demostraba la belleza y el poder del clan más antiguo de la historia japonesa. Dentro de sus paredes y en los alrededores del jardín que resguardaban sus secretos, habría decenas de ninjas que, para su disgusto, fueron injustamente devueltos a la sede principal después de que su maestro eligiera robots que pelearas sus batallas en lugar de sus mismísimos hombres.

Sus párpados se apretaron con mayor fuerza en el momento en que un recuerdo comenzó a materializarse en su cabeza. Se esforzó en rememorar las imágenes, pues era el primer paso para llegar a la conclusión del debate entre permanecer el resto de su vida en esos pacíficos bosques y vivir como una forastera, o enfrentar su pasado y reconstruirlo desde la raíz.

El día en que Destructor recibió un encargo de sus "aliados de otra dimensión", ordenó que todos sus hombres empacaran, tomaran el avión del Clan y regresaran a casa, quedándose con un puñado de ninjas, donde estaba incluida Karai. Por obvias razones, ninguno replicó y obedecieron a primera hora del día siguiente, todos excepto un singular guerrero, quien decidió permanecer un día más en esa ciudad para expresarle todas sus inconformidades a la única persona que parecía escuchar: la joven Maestra.

Karai mantuvo oculta la media desobediencia de ese ninja y lo acompañó al aeropuerto la mañana en la que era su vuelo. Gracias a los años que llevaban de amistad secreta, el soldado tuvo la confianza de expresar sus temores y, completamente seguro de que ella no le diría nada a su padre, disgustos que tenía respecto a Destructor. Antes de subir a su avión, le habló con todo el respeto pero le dijo que, si él continuaba de la misma forma, el Clan del Pie estaba destinado a desaparecer, solo que para siempre.

Vaya que ella lo sabía. Destructor no solo reconstruyó el clan a una base de mentiras para ocultar su verdadera meta egoísta, sino que abandonó a su gente y arriesgó la vida humana en su totalidad. Tales cosas no las podía dejar pasar. Karai tenía un compromiso con esa gente que, ahora y sin aún saberlo, dependían de ella.

También estaba ese sueño, que, pensándolo mejor, creía que se trataba más de un mensaje, un llamado que cierta conocida suya le mandó. No era normal soñar con esa aldea secreta, a menos que la onmyōji anhelara ser encontrada o, en ese caso, visitada. Porque, en realidad, no era completamente un secreto, ya que el Clan del Pie, al igual que todos los demás clanes que alguna vez pisaron la tierra del Sol naciente, sabía de su existencia. Sin embargo, la confianza con la que compartieron su secreto había sido pisoteada en los últimos años.

La conclusión llegó junto a una suave ventisca.

Se reincorporó e irguió toda su columna. Sostuvo una delgada rama y comenzó a dibujar en la tierra bajo sus pies, pero más que un dibujo era un mapa: un círculo que indicaba el centro del gran Tokio; abajo colocó uno más pequeño, el cual demostró que, varios kilómetros al sur (casi hasta la prefectura vecina), iniciaba la zona rural, misma que resguardaba la sede principal del Clan del Pie.

Ese era uno de sus objetivos; no obstante, el principal se hallaba al oeste de la sede y al suroeste de Tokio. Trazó varias cruces que asemejaban a un sendero de árboles, ondulaciones que, si mal no recordaba, estaban posicionadas en el lugar exacto en el cual descansaba el riachuelo. Partió las ondulaciones con líneas y formó el puente que conectaba tierra con tierra. Continuó el camino de su rama hasta detenerla y dibujó un tercer círculo, antes de marcarlo con una gran cruz.

Ese era su destino.

Su mirada se vio atraída por dos cuerpos que captó de reojo. Miró en aquella dirección y se encontró con Slash y Venus, la cual frotaba su cráneo bajo la quijada de la tortuga y él devolvía la muestra de afecto con más roces. En cuanto se separaron y el varón comenzó a acercarse a ella, Karai lanzó la rama unos pies lejos y centró toda su atención en el mapa que ella misma creó. Sus ojos regresaron hacia su amigo cuando él se sentó a su costado.

―¿Planeabas decírmelo? ―inquirió ella.

―¿De qué…? ¡A-ah! L-lo viste ―sonó más a una pregunta, por lo que la fémina asintió―. No sabía cómo…, si…, inició como un cortejo, pero…, sí…, Venus es mi pareja ahora.

―Mh. Yo pensaba que terminarías junto a Lisa, pero, bueno, me equivoqué.

―Eso quiere decir ―él giró su rostro hacia Karai―, ¿tenemos tu bendición?

―¿¡Qué soy!? ¿Tu madre? ¡No! Por mí hasta puedes cortejar a Víctor, no me importa.

Los dos amigos rieron, antes de centrar toda su atención en el cuerpo de Sydney, quien ya había logrado un salto hacia una de las ramas medias del árbol en el que estaba practicando; esta llevó su atención hacia los dos reptiles y agitó sus extremidades modificadas en señal de victoria. Slash levantó su pulgar derecho y la felicitó sin decir palabra alguna. Por su parte, Karai asintió y esa fue la indicación para que Sydney prosiguiera con sus ejercicios.

―Tengo planeado ir a Japón.

Slash se volvió con fuerza hacia ella. Una expresión llena de extrañeza permutó el lugar de su amplia sonrisa.

Al no obtener palabra alguna del otro reptil, ella prosiguió―: A la sede principal del Clan del Pie.

―¿Por qué? ―suspiró al término de esa exclamación.

―Quiero hablar con ellos y recuperar su lealtad.

Él se inclinó un poco hacia adelante. Ahí se percató del mapa que estaba en el suelo. Negó con la cabeza y se cruzó de brazos. ―Creí que por fin olvidarías todo eso.

―Por más que quisiera quedarme en estos bosques, vivir el resto de mis días como una forastera y abandonar todo lo relacionado con ninjas, no puedo…, y no solo por mí ―agregó al ver que Slash estuvo a punto de replicar―. El Clan del Pie encierra a muchos guerreros que han continuado con una dinastía por más de mil años; sus familias dependen de que el linaje continúe. Destructor ya quebrantó el camino al abandonar a sus guerreros y preferir máquinas; si sigue así, quedaremos en el olvido.

―Lo que pase con el Pie, ya no es de tu incumbencia…

―Sí, sí lo es. Lo es porque…, yo soy su heredera.

―¿¡Perdón!?

Karai hizo girar su cuello al mismo tiempo que lo hicieron sus ojos. Emitió un corto gruñido, se cruzó de piernas y quedó de frente a Slash. ―Como hijo único de Oroku Kaiji, Destructor continuó con el legado del Clan del Pie al reclamar su herencia y hacerse de posesión del Kuro Kabuto. Legítimamente yo soy Oroku Karai, única descendiente de Oroku Saki y heredera del Pie…

―Pero tú eres…

―Lo sé, lo sé. En realidad yo soy hija de Splinter. Solo que el Clan Hamato ya tiene heredero y no pienso crear una guerra para apropiarme de ese título. En cambio, el Clan del Pie se encuentra vulnerable en estos momentos. Los únicos soldados que ahora tiene Destructor a su lado son sus mutantes…, todos los demás guerreros se encuentran en Japón; si hablo con ellos en persona, obtendré su lealtad.

La tortuga agitó sus piernas de forma nerviosa. ―¿Qué no son leales a Destructor?

―Ya no más, no después de que Saki lo deshonrara estos últimos años. El maestro actual debe buscar el beneficio de todo el clan, no sólo personal. Y Destructor buscó el personal por casi veinte años, lo que lo desacredita del poder completo y permite que el resto del clan elija si él permanece como líder o si el título pasa al siguiente heredero, o séase…

―A ti ―concluyó él tras entender todo, lo que ocasionó que Karai asintiera con lentitud―. Pero…, Destructor sigue vivo.

―Ese es el único problema. Cuando regrese, tendré que formular el plan perfecto.

―¿P-plan…? ¿¡Quieres asesinar a Destructor!?

―Es la única opción. Aunque el resto del Clan me acepte como legítima líder y mientras Destructor conserve el Kuro Kabuto, él estará en todo su derecho de reclamar el título y desafiarme al Kumi-Uchi, el cual no creo ganar por razones obvias. Por ende, si obtengo la lealtad del Pie, Destructor será nombrado "traidor del clan" y "enemigo máximo", lo que haría que su muerte no se considerara rebelión ni traición.

―Sí, sí. Está bien. Todo ese enredo de cómo funcionan los clanes lo entiendo a la perfección, lo que no me queda claro es cómo piensas matar tú sola al hombre contra el que perderías un antiguo combate cuerpo a cuerpo.

Ella movió sus pupilas de un lado a otro, tratando de construir un plan rápido, pero le fue imposible y su suspiro lo demostró. ―Ya encontraré la forma después de que regrese.

―No. Si no quieres que te detenga de ir a Japón, recluta a tantos ninjas como puedas para que regresen contigo a Nueva York.

―Tal vez pueda traer a quince o veinte, pero no serán suficientes. Tan solo morirán si hago que se enfrenten al ejército de Destructor.

―¿Qué? ¿Ya te olvidaste de las tortugas y de mi equipo?

―¡Ja! Esta guerra solo le pertenece al Clan del Pie.

―Y, ¿quién dice que no pertenecemos?

Aunque habló con un poco de broma, la mirada de Slash no expresó más que determinación, algo que confundió en gran parte a Karai.

Él sonrió y se acercó un poco hacia ella. ―La heredera del Clan del Pie nos ha liderado por un año; se arriesgó casi todos los días a ser atrapada por el Kraang y los secuaces de Destructor, sufrió una segunda mutación y controlaron su mente con un gusano mutante. No puedo hablar por todos, pero "Los Poderosos Mutanimales" estamos dispuestos a devolverte un poco de todo lo que has hecho por nosotros y ten por asegurado que lucharemos a tu lado cuando llegue el día de acabar con Destructor de una vez por todas.

Karai permaneció con su mirada en los brillantes ojos de la tortuga. Meditó por unos momentos la propuesta (que en realidad era un hecho, ya que no existía fuerza alguna que hiciese cambiar de parecer a Slash). Cierto era que sería la única ayuda de recibirían, pues estaba segura de que su padre no permitiría que sus estudiantes e hijos participaran en una inútil guerra orquestada por supuesta venganza (porque Splinter estaría seguro de que la venganza la movería). Además de ellos, no contaba con más aliados que la apoyaran en esa guerra.

Sus labios formaron una sonrisa agradecida que ella no notó. ―¿En serio pelearían una batalla en la que no ganarían nada?

―Mantenerte con vida sería nuestra victoria.

Karai asintió y un sentimiento de fraternidad llenó su pecho. ―Está bien. Cuando llegue el día, permitiré que peleen al lado de mis ninjas. Mientras tanto, necesito que seas mis ojos y oídos y, durante mi estancia en Japón, me digas todo lo que sucede con Destructor: si recluta a más personas, consigue más mutantes…, todo lo que puedas averiguar sin arriesgarte.

―Entendido, Maestra ―rio él cuando la fémina lo golpeó de manera amistosa―. ¿También quieres que me quede a cargo de la mansión o colocarás a Jack?

―¿Qué dices? ―ella exclamó con una sonrisa de lado― Desde que me fui a la ciudad durante la invasión alienígena, te convertiste en el líder.

―Creo que estás un poco confundida, pero te recuerdo que me pusiste a cargo de la mansión hasta que regresaras y regresaste hace casi tres días, por lo que el papel volvió a ser tuyo. Además…, tú sigues siendo la que da más miedo y la única que puede controlarnos a todos, así que, a menos que quieras que la mansión termine incendiada, cuidaré de ella hasta que vuelvas pero sigues siendo la cabeza de este hotel de mutantes.

Ella rodó los ojos pero cedió a las palabras del varón. Supuso que con tal de aceptar el papel y mantener un ojo en el funcionamiento del lugar, mantendría contento a Slash. Regresó su mirada hacia los árboles y se encontró con Sydney, quien continuaba con su entrenamiento y ya estaba en una de las ramas más altas. Entrecerró sus párpados cuando recordó la idea que había llegado a su cabeza desde antes.

―Llevaré a la mocosa conmigo ―sintió la mirada extrañada de la tortuga sobre ella―. Como se convirtió en mi pupila, debe tener un lugar en el clan…, y ya tengo una idea de cuál podría ser.

Slash encarnó una ceja de manera escéptica. ―Se pondrá feliz al saber que viajará hasta el otro lado del mundo, pero…, dos boletos a Japón. ¿De dónde sacarás el dinero?

Karai ahogó un jadeo en su garganta y abrió sus párpados en su totalidad. Había olvidado por completo esa parte de su plan. Tenía la opción de encontrar un barco que llevase cargamento a la tierra del Sol naciente o algún lugar cercano e ir de polisones, pero eso llevaría mucho tiempo. Quería llegar a Japón en horas, no días ni mucho menos semanas. La única opción que tenía era viajar en avión, pero si Destructor se enterara…

Entonces recordó algo: no sería muy difícil para ella encontrar un avión de carga.

Por estar concentrada en sus pensamientos, no se dio cuenta de que dibujó una expresión muy similar a la que tuvo en la noche en que atacó a Slash y a Sydney. Sin embargo, no le importó. Su plan estaba hecho.


Después de una larga espera, por fin damos por terminada otro artículo de esta novela, y el que sigue es mi favorito. Espero verlos en él. Nos leemos en la siguiente parte- Bye-bye.