"La maldad contiene los motivos de su propio tormento; es un maravilloso artesano de una vida miserable." ~Plutarco
Karai apartó las últimas hojas hasta que la construcción apareció. Detrás de ella, escuchó la continua pelea entre Shinigami y Sydney, misma que silenció con un siseo. Al regresar su atención hacia el dojo, se percató de la presencia de un solo soldado de la Élite, mismo que asintió en su dirección. Ella se acercó y las otras dos le siguieron de cerca.
―¿Algo qué informar? ―ella preguntó una vez enfrente de Juto.
―Hasta ahora no hay señales del Clan Hamato, Karai-chō. ―respondió él.
Ella se percató del rápido estudio que el líder de la Élite le hizo a Shinigami y Sydney, pero lo dejó pasar, al menos por el momento.
―Pero toda nuestra gente ya está reunida dentro.
―No hay que hacerlos esperar, entonces.
Él asintió y dio media vuelta para abrir el fusuma del dojo.
―Juto. ―Karai lo volvió a llamar.
En esa ocasión, él no se molestó en disimular su mirada. Con determinación, estudió a las otras dos, hasta que se congeló en el rostro de Sydney. Karai pudo imaginar a qué se debió tal reacción.
―Ya conoces a Shini. ―ella volvió a hablar y atrajo nuevamente la atención de Juto.
―Así es ―él dirigió su vista hacia la bruja, quien sonrió con seguridad―. Bienvenida, hija de Kitsune.
―Gracias por recibirme, Juto-san ―respondió Shinigami con una ligera reverencia y, cuando se reincorporó, una expresión burlona apareció en su rostro―. Por lo que Karai me ha contado, supongo que mi querido hermanito ha tenido un muy buen rato contigo, ¿ah, onīsan?
Juto permaneció estático. ―Eso no quitará el hecho de que estará muy contento de volver a verte, imōto.
Con el chasquido de lengua que provino de Shinigami, Karai se interpuso entre ambos, puesto que no tenía tiempo. Ella volvió a atraer la atención del hombre al levantar un brazo y señalar a la niña.
―Ella es Sydney.
―¡Mentira! ―gritó la mocosa de inmediato― Mi nombre es Lin, Lin.
Juto encarnó una ceja y, con fiereza, levantó su mirada hacia Karai. ―¿Es tuya?
En lugar de responder, ella solo sonrió, caminó al lado de Juto y colocó una mano sobre el hombro derecho de este. ―Algo así.
Todos los presentes se alinearon de inmediato en cuanto ellos entraron y les permitieron acercarse al kamiza. Por todas las miradas, expresiones y contadas muecas que recibieron, Karai entendió que, más que disgustada, toda su gente se halló curiosa.
―¿Por qué vino una hija de Kitsune a nuestro recinto? ―susurró Maji lo suficientemente alto para que su sentido del oído lo captara.
Karai avanzó hasta el centro del kamiza, mientras Shinigami y Sydney se detuvieron cerca de las escaleras. Ella observó detenidamente a toda su gente, la cual le devolvió la mirada de una manera que expresó toda su lealtad y compromiso, y se concentró en la oscura tonalidad rojiza de los nuevos uniformes. En cuanto compartió una última mirada con su par de acompañantes, estuvo lista para iniciar con el cambio.
―Este día es muy importante para la historia del Clan del Pie ―empezó con un tono preciso―, porque esta tarde regresaré a América con la primera parte del ejército responsable de la muerte del mayor traidor que ha pisado este dojo.
La duda entre sus soldados no se hizo esperar.
―Había dicho que los voluntarios regresarían conmigo ―ella prosiguió―, es cierto, pero me di cuenta de que sería un movimiento muy arriesgado: si algún seguidor de Saki se percata de nuestra llegada, podrían acabar con nosotros incluso antes de acostumbrarnos al horario. Serán diez ninjas, además de la joven Élite, quienes recibirán la llamada para tomar sus pertenencias y volar a Nueva York de inmediato.
En el instante en que le hizo una señal a Shinigami, ella se acercó.
―Mi nueva segunda al mando será la que los contacte.
Entre toda la duda, el susurro sarcástico de Maji se elevó entre los demás―: ¿Qué?
Shinigami congeló su mirada en el antiguo hijo de Kitsune, pero permaneció en silencio.
―Varios de ustedes pensarán que tomé una decisión injusta ―Karai retomó el habla―, pero el resto del Clan del Pie ya está jerarquizado a la perfección. Juto, por ejemplo, quien era mi segunda opción; necesito que él y los Pies Élite permanezca en Japón para una misión que les he asignado. Sin embargo, eso no significa que Shinigami cuenta con pase directo; ella será puesta a prueba deberá mostrar sus habilidades o no dudaré en buscar a alguien más adecuado, ¿entendido?
La bruja asintió con lentitud y regresó su atención a un punto indefinido.
―¿Algo que desees agregar, Shinigami?
La menor se retiró el sombrero y realizó una reverencia. ―Han sido varios hijos de Kitsune que han decidido abandonar el Panteón con tal de servir al Clan del Pie. Me comprometo a brindar mi lealtad a Karai-chō y honrar al clan.
El resto de los ninjas, de manera casi simultánea, devolvieron la reverencia de la joven ilusionista, lo que fue la señal para que esta se reincorporara. Karai estuvo a punto de decir algo más, cuando escuchó un leve ajetreo fuera del dojo, a donde todas las miradas fueron a parar. Ella sonrió con extremo orgullo.
―Como les dije ―exclamó―, varios cambios se implementarán durante mi ciclo: el primero, con respecto al Panteón, está hecho.
Ella llevó su mirada hacia el fusuma y observó las sombras de los Pies Élite y sus invitados.
―El segundo depende de ustedes. Ire!
El fusuma se recorrió con fuerza y, una segunda vez, las miradas se centraron allí. Jadeos invadieron a todos los Pies en cuanto los cuatro integrantes de la Élite ingresaron en el dojo, liderando a todo ese grupo que, con armas descansando en sus cinturones, marcharon detrás de su propia Maestra.
En completo silencio, el Clan del Pie siguió, con la mirada, los pasos andantes del Clan Hamato, hasta que se detuvieron en medio del tatami.
Hamato Hana, quien portó un traje uno o dos tonos más claro que el de sus ninjas, se adelantó un paso del resto de su clan, realizó una leve reverencia y se arrodilló frente a Karai. Uno a uno, incluyendo a su testarudo hijo, los ninjas del Clan Hamato se sometieron, sin decir palabra alguna, a la gente del Clan del Pie.
Karai avanzó hacia el grupo y se detuvo a escasas pulgadas de Hana. ―Tate kudasai.
La mujer fue la única en obedecer.
Ella se volvió hasta quedar de frente a todos. ―El día de ayer tuve una audiencia con el Clan Hamato, el cual me permitió entrar a su recinto. Están esta mañana, aquí, no solo para devolver tal acción, sino porque, como Hamato-san y yo acordamos, contaríamos con su presencia para que ambos clanes conozcan el veredicto de una posible alianza o el proseguir de una guerra eterna e insensata. ¿Hamato-san?
―En primera instancia, el Clan Hamato le agradece, Oroku-san, que nos abra las puertas a su dojo; décadas atrás, esto nunca habría sido posible. Ahora, bien. Ayer hablamos de la posibilidad de crear una alianza entre el Clan del Pie y el Clan Hamato; le mencioné que la palabra de mi gente era obligatoria.
Karai asintió.
―Todo el clan habló…, y hemos tomado una decisión.
Ella vio de reojo cómo los Pies Élite se tensaron, pero solo necesitaron de su expresión tranquila para que se mantuvieran en su lugar. Hana, por otra parte, se detuvo enfrente de ella, desenfundó la katana atada a su cinturón y se la ofreció. Ella asintió, imitó las acciones del Hana y, al intercambiar espadas, sellaron el futuro.
En un abrir y cerrar de ojos, todos los presentes dejaron de verse como enemigos eternos. Los uniformados en gris se reincorporaron y pasaron a inspeccionar a sus alrededores: estaban acorralados por un sinfín de Pies y, en lugar de levantar sus armas para defenderse de un ataque que evidentemente perderían, devolvieron las sonrisas que los uniformados en rojo les brindaron.
Tanto Karai como Hana sonrieron en señal de orgullo, antes de compartir una mirada satisfactoria. La mayor miró con felicidad las armas intercambiadas; con una última sonrisa, se alejó del kamiza, regresó al frente de su clan y le devolvió el protagonismo. Karai levantó su mentón, enterró sus uñas sobre la tela que cubría la palma y tragó saliva para hablar con su tono militar que tanto amaba.
―La historia quedará grabada por la eternidad, y nada ni nadie podrá borrarla de los pergaminos que ambos clanes tendrán; líderes cegados de odio y miedo deberán aceptar el cambio que se realizó en un ciclo ―se señaló a sí misma―, y en un régimen.
Hana agradeció con la mirada.
―Sin embargo ―ella le tendió la katana a Juto, quien rápidamente regresó a su lugar inicial―, para que una alianza sea eterna…
Las miradas sorprendidas y confundidas de los soldados grisáceos aumentaron cuando los ninjas vestidos de rojo formaron una barrera protectora, pero sus armas no los encararon a Karai, como lo hubieron practicado. A excepción de Hana, todo el Clan Hamato dio un paso hacia atrás.
―Debe existir la confianza.
Guiados por el pánico, los más jóvenes dieron media vuelta e intentaron correr hacia la salida; no obstante, esta fue bloqueada por los cuatro soldados de la Élite. El grupo, con el simple poder de sus miradas, los obligó a regresar a la escena, donde Hana se acercó cada vez a Karai y quien la acarició con una mano.
La mujer tardó unos instantes en apartarse de ella. En el instante en el que lo hizo, una serie de jadeos sorprendidos se escucharon detrás de ella. Al igual que Karai, volteó en aquella dirección y se encontró con Sydney en su cuerpo mutante. Hana rio con ligereza y Karai tan solo pudo sisear.
―No sé lo que ustedes ven ―se dirigió Hana a su clan―, pero yo sigo frente a la Maestra del Clan del Pie que decidió acabar con una guerra que duró siglos y unió a los últimos dos clanes de Japón.
Karai y Sydney regresaron a su cuerpo humano con los últimos jadeos en el ambiente.
―Aún no puedo ser descrita de esa manera, Hamato-san ―Karai volvió a hablar―, porque el ciclo continúa gracias a que Destructor, el único culpable de que posee esta forma, sigue con vida…, pero no por mucho.
Al mismo tiempo que Hana regresó junto al resto de su clan, ella se colocó en medio del kamiza.
―Necesitaré de la ayuda de todos, pero seré yo la última persona que Saki vea antes de que acabe con su miserable vida, seré yo a quien le suplique piedad como todas sus víctimas se lo suplicaron, seré yo quien lo asesine, porque, como su hija, fui la que más sufrió, la que más lealtad le otorgó y a quien más traicionó…, pero todo eso hizo posible que me parara enfrente de todos ustedes, porque me hizo abrir los ojos y aceptar quién realmente soy.
Ella miró de reojo a Shinigami, quien ya hubo ido por la réplica del Kuro Kabuto (que escondieron escaleras arriba), y le indicó acercarse; la bruja rodeó a su vieja amiga y Senpai, y se arrodilló enfrente de ella, ofreciéndole el casco y permaneciendo en la misma posición de sumisión…, aunque, más que sumisión, era lealtad y apoyo. Karai portó el pedazo de metal y volvió a iluminar sus ojos de ese verde tan penetrante.
―El auténtico Kuro Kabuto descansará en mis manos; mientras tanto, esta réplica y mis palabras serán lo único que defienda mi lealtad hacia el clan… ―vio a Sydney gracias al brillo de la katana que Hana le otorgó―, esta copia, mis palabras y mi descendiente legítima, la futura heredera del Clan del Pie, Sydney.
La nombrada se acercó y terminó a su costado. La niña realizó una reverencia y recibió una idéntica de todo el público, convirtiéndose en la silenciosa aprobación que necesitaba.
―Destructor abandonará este mundo y dejará de deshonrar al mundo con su presencia. Él se retorcerá en su tumba el día en que muera, víctima de la estaca que yo misma clavaré en su corazón. ¡Yo! ¡La legítima líder del Clan del Pie! ¡Yo! ¡Descendiente directa de un gran linaje de ninjas! ¡Yo, Oroku Karai, seré quien asesine a Oroku Saki!
Dentro de ese dojo sagrado, solo Sydney y ella permanecieron de pie, absolutamente todos los demás desataron sus espadas de los cinturones, las descansaron de forma vertical sobre el tatami, colocaron una rodilla en la superficie y recargaron sus frentes en el mango de las armas. El silencio que le siguió fue el comienzo de una nueva era.
Recorrer todo el camino desde el bosque hasta la gran urbe fue un total infierno. Andar por las calles hasta detenerse en la entrada de un edificio fue un total infierno. Subir hasta el último piso con esa molesta melodía dentro del elevador y llamar al timbre porque la llave llevaba ya varios meses perdida fueron un total infierno. Y ahora, estar en medio de la sala mientras la Élite inspeccionaba todas las habitaciones era un total infierno.
Los recibió la mujer que hubo durado ya varios años encargada de la limpieza y funcionamiento total del pent-house; de hecho, era quien más años hubo durado. Ella claro que se sorprendió por la repentina llegada de la chica, pero dejó pasar a la joven dueña y a sus acompañantes, y permaneció en la sala de estar mientras ellos saquearon los cuartos.
Karai dejó muy en claro que nadie, además de ella, podía entrar en su antigua habitación. Estudió las cuatro paredes que encerraban todas sus pertenencias y empacó las prendas que menos se parecían entre sí (todas con una gama de coloraciones oscuras), los zapatos más multifuncionales y todas las armas para que Juto las guardara con las demás que encontraron.
Después de dejar la maleta en la sala de estar, se dirigió a la segunda habitación que nadie tenía derecho a inspeccionar, a menos de que ella estuviese dentro. Al igual que la anterior, aquella era una mezcla de tonalidades opacas y oscuras. Las cortinas grises hacían juego con los muebles del mismo color. Todo estaba limpio y ordenado, digno de un cuarto que no hubo sido ocupado por varios meses.
Ella se acercó al ropero. Comenzó a deslizar todas las prendas en busca de algo útil, pero fue detrás de cajas vacías de zapatos que encontró las armas que sabía él hubo escondido ahí; las descansó en el marco de la puerta y prosiguió con su búsqueda. Halló shuriken en los cajones de la cómoda y en el estante donde guardaba su colección de lociones. Asaltó cada rincón del cuarto, sin señales de alguna armadura o más armas.
Solo quedó la cama.
Por alguna extraña razón (cansancio, tal vez), Karai trepó el colchón y se acostó boca arriba. Apretó las colchas bajo sus dedos, envolvió su cuerpo en un solo movimiento, giró con todo y ellas, y terminó en la orilla de la cama. Solo tuvo que cerrar sus párpados para recordar el cuerpo de ese hombre, durmiendo con total calma, tanta que jamás la hubiera imaginado extrayendo un cuchillo de la cocina y apuñalándolo decenas de veces en el pecho.
Sin embargo, ¿por qué hubiese hecho tal cosa en ese momento? Después de todo, Oroku Saki era su padre.
En un ataque de ira, alternó a su forma híbrida y, con ayuda de sus brazos modificados, lanzó las colchas hacia el estante; los frascos de vidrio y su contenido sufrieron el mismo destino al quebrarse sobre el piso de madera. Las almohadas desataron las cortinas, permitiendo a la luz del día penetrar el lugar. El colchón fue empujado con tanta fuerza que desmontó algunas tablas del ropero. La base partió la puerta a la mitad e hizo un pequeño agujero en el suelo cuando la gravedad hizo su trabajo.
Cuántas oportunidades tuvo de acabar con la vida de Destructor, pero estuvo ciega de mentiras para tomarlas. Las pistas fueron más que obvias. Jamás, nunca, compartió característica alguna con ese monstruo: ni el color de cabello (que alguna vez poseyó), de ojos, de piel, ni siquiera la forma de su nariz. ¿Por qué no lo vio antes? ¿Era tal el aprecio que le tuvo a ese desconocido? ¿Fue tal el amor característico que una hija le tuvo a su padre?
Un reflejó deslumbró la orilla de sus ojos. Ella regresó a su forma humana y se giró en esa dirección. Lo que descansaba debajo de la base de la cama la dejó sin aliento.
Se detuvo enfrente de la fotografía. La hizo descansar en la pared detrás para que quedara al nivel de sus ojos. Sus manos acariciaron la tela donde los rostros descansaban. Una corriente eléctrica la alentó a rasgar el rostro inexpresivo de esa bestia, pero hubo algo que la detuvo en el instante en que sus dedos tocaron la cara. En cambio, se alejó unos pasos y apreció cada rincón de la imagen.
―¿Qué sucede, Juto? ―ella preguntó sin alejar su atención de la fotografía.
―Toda arma y armamento, así como su maleta, están dentro de la limusina.
Ella solo movió ligeramente la cabeza mientras Juto se detuvo a su costado.
―¿Algo más que desees llevarte a América?
―Sí ―sonó más como un quejido que como una respuesta, pero por fin pudo alejar sus ojos de los rostros plasmados―. Llevaré esto. Asegúrate de que no le pase nada; la quiero en perfectas condiciones.
El líder de los Pies Élites asintió. Sujetó los bordes del marco y la transportó hacia la salida con sumo cuidado, donde apareció la mujer. Esta permaneció con una mirada sorprendida ante la imagen destruida del cuarto del dueño de ese departamento.
―¿Necesita algo más, Karai-san?
Ella regresó su vista al frente, pero siguió dándole la espalda a la mujer. ―Pon la propiedad a la venta, de inmediato.
―Bajo el nombre de, ¿quién?
Karai se volvió hacia la mujer. Se percató de que esta último ya hubo recibido los papeles que le pidió a Juto entregar. Estos indicaban la transferencia de propiedad de Oroku Saki a ella, Oroku Karai; sin embargo, le pidió al hombre modificarlos de tal forma que, la firma que apareciese en la última hoja, fuera el dueño final. Ella ya hubo firmado, solo hacía falta el de la persona que se quedaría con el lugar.
―Tuyo ―comenzó a avanzar hacia la salida y apenas tuvo tiempo de apreciar los ojos cristalinos de la mujer―. Has lo que quieras con el dinero…, es lo mínimo que puedo ofrecerte después de trabajar una vida de infierno con el monstruo de Saki.
―G-gracias, Karai-san ―la mujer habló con una voz quebrada―, muchas, muchas gracias…
Karai dejó la escena detrás. Llegó otra vez a la sala de estar. Estudió sus alrededores y las habitaciones anexas; jamás apartó la vista de ellas mientras se acercó a la puerta de entrada. Se detuvo un momento bajo el marco. Pensó en voltear una última vez, puesto que jamás volvería a ver el lugar que fue su hogar; no obstante, una sonrisa apareció en sus labios y cerró la puerta detrás de ella con un fuerte golpe.
No extrañaría ese hogar de mentiras.
En cuanto llegó al cinturón de coníferas, Karai intercambió a su cuerpo reptil y acortó el camino a poco menos de una hora. Atravesó el lugar repleto de minka; uno que otro niño rio en diversión e intentó seguirle el paso. Llegó al hogar de Abuela. Regresó a su cuerpo humano y se preparó para ingresar en la vivienda, cuando sus agudos sentidos del oído le hicieron percatarse de la plática que se vivía en su interior.
―Solo… ―la voz de Abuela se escuchó dolorosa pero jamás perdió su firmeza―, prométeme que estarás bien. Es una movida muy peligrosa.
―Pero es la más segura ―respondió Shinigami―. Karai sabe lo que hace y yo la apoyo en todo. Además…, estaremos bien. Nos cuidaremos la una a la otra. Y ella tiene varios amigos allá, Abuela. No me pasará nada.
Hubo un momento de silencio. Karai solo pudo suponer que ambas féminas se fundieron en un abrazo.
―Creciste muy rápido―volvió a hablar la anciana―. Dejaste todo tu camino a la mitad. Acaso mis regalos no son suficientes para ti, ¿hija mía?
Un par de risillas cesaron después de otro silencio. Karai se armó de valor y abrió la puerta con el mayor silencio posible. Como supuso, Abuela y Shinigami estaban abrazadas, la hija menor de Dragón con sus ojos inservibles clavados en su dirección.
―Puedes entrar, querida.
Karai obedeció y dejó que las mujeres se separaran mientras dejó su calzado en el genkan. Inhaló con fuerza por, lo que imaginó, última vez durante mucho tiempo; el olor tan peculiar de su té negro no podría compararlo con alguno otro. Se detuvo enfrente del par al mismo tiempo de que el aroma abandonó sus fosas nasales.
―Te lo prometo, Abuela ―Karai descansó una mano en el hombro de su amiga―, cuidaré muy bien de ella.
―De eso estoy segura ―Kitsune sonrió con la habilidad nata de una madre y acarició el rostro de su hija, quien ladeó la cabeza en señal de comodidad―. Dragon-shi wa kokoro no naka ni iru.
―Itsumo.
Abuela sonrió sobre su triste expresión. Hizo que Shinigami juntara su frente con la de ella, lo que era símbolo tradicional del Panteón; la acción duró un par de segundos, hasta que separaron. Kitsune hizo todo lo posible por permanecer tranquila, pero los ojos de Shinigami cedieron y una solitaria lágrima resbaló por su mejilla. La anciana la limpió con su huesudo pulgar.
―Ve ―apuntó la salida de la minka con su mentón―. Despídete del resto de tus hermanos y lleva el corazón de Dragón siempre contigo.
Shinigami asintió y, por fin, se alejó del toque de Abuela.
Karai la sujetó de su antebrazo y la obligó a esperar un momento. ―¿Puedes buscar a Sydney y llevarla contigo al aeropuerto? Las alcanzaré lo más pronto posible… ―miró de reojo a la anciana, quien dibujó una extraña expresión en su rostro―, solo me despediré de Abuela.
La bruja volvió a asentir. Les dio la espalda a las dos mujeres y caminó hacia la entrada. Después de portar su calzado, se despidió de su madre con un movimiento de la mano y, con un elegante movimiento, abandonó la minka.
Karai sonrió un poco. ―Llegó la hora.
―Así es ―Abuela asintió con ligereza―. Todo tu esfuerzo permanecerá con nosotros, pero te dará fuerzas en tu vuelo para lograr el cambio también al otro lado del mundo. ¿Qué harás con Saki?
―¿Eh? ―la pregunta le tomó por sorpresa y su sonrisa fue intercambiada por una mueca― Abuela, yo seré quien lo asesine.
El rostro de la anciana permaneció estático, inexpresivo; su mueca apenas hubo sido notada por Karai. Abuela suspiró todo el aire que sus viejos pulmones pudieron guardar. Con ayuda de su bastón, avanzó hacia la parte más oscura de la minka y se detuvo frente al sencillo altar que siempre hubo atesorado.
―¿Sabes lo que es el limbo, Karai?
Ella siguió los pasos de Abuela y se detuvo a su costado. ―Por supuesto. Es el espacio entre tengoku y jigoku; un espacio donde no se está ni vivo ni muerto…
―Pero donde lo vivo y lo muerto pueden interactuar.
Ya completamente confundida por el nuevo camino de tal conversación, Karai colocó una mano sobre el hombro de la mayor y la obligó a quedarse de frente a ella. ―¿Abuela?
―Es sumamente raro ―prosiguió la anciana―, casi imposible traer a los muertos devuelta a la vida, porque alma y cuerpo se separan para toda la eternidad. Por eso, es insignificante trasmitirle un mensaje al cuerpo encerrado en su ataúd, porque es un cascarón que no escucha. El alma, por su parte, no solo escuchará, sino que también sentirá y, a veces, responderá…, eso solo es posible en el limbo, pero, para llegar ahí… ―rio un poco―, ya te imaginarás. La única opción es hablar con el alma cuando el cuerpo todavía se encuentra con vida.
―Sí ―Karai alargó la vocal gracias a la confusión que continuó invadiéndola―. Eso hacen las personas cuando se despiden de sus seres queridos.
―Ah. Pero depende de cada uno cómo es esa despedida, si con tristeza, felicidad… ―Abuela endureció su expresión y eso fue todo lo necesario para que Karai al fin entendiera de lo que estaba hablando―, odio.
―¿Me estás…?
―En tu caso ―ella la interrumpió―, si quieres perdonar al hombre débil que fue derrotado pero que siempre encerró el amor, o maldecir la oscuridad que lo consumió y odiarla hasta el fin de los días. No importa, de hecho. Él yacerá muerto y nada de lo que digas cambiará eso. Pero tú estarás con vida y decidirás si olvidar y seguir adelante o recordar y aferrarte al pasado.
Karai mantuvo una sonrisa, pero no hizo juego con la inexplicable expresión que iluminó su rostro. ―Me estás pidiendo que perdone a Destructor.
―¿Destructor? ¿A ese demonio? ―Abuela negó― Las bestias no reciben perdón, querida, porque traen el infierno consigo y se apoderan del cuerpo de los más débiles. Pero ¿sabías que, por muchos años que estén poseídos, las almas se mantienen encerradas hasta el día en que el cuerpo fallece, sin descanso y viendo todo lo que sucede alrededor sin poder ser partícipe de ello?
Karai aprovechó el momento de silencio para meditar sus palabras. Sin embargo, necesitó un poco más para llegar a una conclusión.
―¿Por qué crees que nunca acabé yo misma con el monstruo que amenazó a mi pueblo y a mis hijos? ―preguntó Abuela― Porque hubiera acabado también con el hombre prisionero dentro de su mismo cuerpo…, ese joven hombre que, a la edad de diez años, le encantaba jugar en el río con los demás niños y que, años más tarde, por una mala decisión y guiado por los celos, dejó de luchar y me rompió el corazón.
La respuesta le llegó con un chasquido, pero su garganta no logró articular mucho―: ¿Quieres decir que…?
―¿Nunca te has preguntado porque siempre me refiero a él como Saki y no como Destructor? Para convencer al alma verdadera de luchar una segunda vez… ―una tristeza se apoderó de su voz―, pero han pasado casi veinte años y no he logrado hacer que despierte. A mí ya no me escucha, tal vez a ti sí.
Ya consciente de lo que Abuela hablaba, Karai negó. Se hizo varios pasos hacia atrás y abandonó esa insensata idea. No solo sería muy estúpido, sino que sería suicidio, y ella no esperaba morir tan pronto.
―Ese monstruo está cegado de odio y rencor. Aunque lo intente…, además, tú no pudiste llegar a él. ¿Cómo esperas que yo pueda hacerlo?
―Con el inexplicable poder que tiene una hija sobre su padre.
Las palabras se esfumaron de la garganta de Karai. Quiso gritarle acerca de que su verdadero padre era Hamato Yoshi, pero Abuela ya lo sabía. Entonces, ¿por qué? Intentó preguntarle, cuando un leve bullicio comenzó a escucharse fuera de la vivienda. Ella fue la primera en vestir su calzado y salir, seguida muy de cerca por la anciana.
Todos los hijos de Kitsune estaban alineados frente a la minka de Abuela, en una simultánea reverencia y en completo silencio.
Un hombre de mediana edad se adelantó al resto, caminó hasta terminar a unos pasos frente a Karai y volvió a inclinarse. ―Los hijos de Kitsune agradecen tu noble cambio; entregamos el corazón de padre Dragón para que te acompañe en tus pasos. Que el ciclo de hebi sea fructífero y de paso a un glorioso régimen para el Clan del Pie. Dragon-shi no kotoba!
―Dragon-shi no kotoba! ―respondió el resto de los elegidos.
―Dragon-shi no kotoba ―murmuró Abuela a un costado―. Te acompaño al bosque. Quiero despedirme un poco más de Shini.
Sin estar completamente segura, Karai asintió y guio el camino hacia la salida del Panteón. En el trayecto, todos le desearon suerte: ancianos estrecharon su mano y le palmearon la espalda, adultos rieron con euforia y volvieron a realizar reverencias, y niños abrazaron sus piernas por escasos segundos. Se despidieron con ademanes cuando ambas cruzaron el puente.
―Y, ¿bien? ―preguntó Abuela en cuanto se adentraron en el bosque― ¿Qué harás con Saki?
Karai desvió la mirada. No tuvo la intención de responder, porque estaba segura de que diría algo en un tono muy grosero, y jamás se atrevería a faltarle el respeto así a Abuela.
―Puede que él esté cegado de odio y rencor ―continuó la anciana―, pero ¿estás segura de que tú no estás cegada de dolor y traición?
Karai congeló su andar y Abuela le imitó.
―Esos dos sentimientos también pueden guiar a acciones imperdonables, no solo para ti, sino para todos los demás, incluyendo al verdadero hombre que dormita en el corazón de la bestia, quien te cuidó por dieciséis años, te amó como solo se puede amar a una hija y a quien llamaste "padre" desde pequeña. Piénsalo, querida. Tu vida no fue una completa mentira. Pregúntaselo a Saki…, solo no cometas el error de mover tu arma antes que tu boca.
Karai de verdad que intentó digerir las palabras de Abuela, considerar una diminuta posibilidad de hacerle caso y realizar todo lo contrario a lo que le prometió a su clan. Sin embargo, cuando la escuchó describir a…, Saki como un buen hombre y, más divertido aún, un buen padre, no lo soportó más. Ella rio con insolencia y mantuvo una sonrisa.
―No, Abuela, te equivocas. A mí no me crio un hombre amoroso, fraternal o con intenciones de que fuera una hija; me crio como un arma y estuvo a punto de pudrirme desde mi interior. Me destruyó completamente y fueron otros quienes me ayudaron a encontrarme. Pero hay quienes no recibieron ayuda y ahora sus nombres descansan en una lápida…, como el de mi madre.
La decepción que cubrió el rostro de la anciana le hizo relajar su tono. Por desgracia, sus puños se mantuvieron igual de tensos.
―Imaginemos que te hago caso y fallo; no funciona. No logro llegar. Será mi culpa que un monstruo siga caminando en este mundo. El niño que alguna vez amaste, Abuela, ya no está, solo ese demonio que envenenó con cada paso que dio. Él ha causado demasiado sufrimiento. Ya no más ―se giró hasta quedar de frente al lúgubre bosque―. Yo me encargaré de que Destructor no vuelva a lastimar a alguien más.
―Entonces te deseo mucha suerte, Miwa…, la necesitarás.
Un siseo escapó su garganta en el instante en que se giró con fiereza hacia la anciana; sin embargo, Abuela ya no estaba.
Por un momento, se molestó por no haberse despedido de ella en buenos términos, pero el hecho de ya llamarla Abuela hizo que olvidara esos pensamientos. Ella se adentró en el bosque a gran velocidad y, con unos cuantos serpenteos, alcanzó a Shinigami y a Sydney. Ambas serpientes obligaron a la bruja a colgarse del cuello de la albina para avanzar mucho más rápido. Gracias a ello, alcanzaron la salida del bosque en cuestión de minutos.
Juto ya las esperaba con la limusina lista.
Ellos llegaron al aeropuerto en la hora establecida. Los demás integrantes de la Élite acabaron con el equipaje, y el avión del Clan del Pie estuvo listo para despegar. Sydney y Shinigami fueron las primeras en ingresar, después de despedirse de los cuatro soldados (quienes hubieron intercambiado su uniforme por aburridos trajes de ejecutivos, como Sydney lo describió), y dejando a Karai a solas con ellos.
El viaje le dio tiempo a Karai de asimilar todas las emociones que emergieron por la plática con Abuela. Se controló con total perfección y permaneció como la estoica líder que el clan debía tener.
―Si todo marcha bien, los veré muy pronto.
―Mucha suerte, Karai-chō ―Juto habló por sus soldados y le sonrió en señal de despedida―, estaremos esperando su llamada.
Los Pies Élites dieron media vuelta y comenzaron a andar hacia la limusina estacionada. Detrás, Karai se volvió hacia al avión cuando vio cómo una mujer se acercó a ella hasta detenerse a su costado. Karai levantó la mirada hacia ella y…, por más que intentó buscar, no halló característica alguna que le diese alguna pista de que compartiera sangre con el clan del difunto Hamato Yuuta.
―Le deseo un muy buen viaje, Oroku-san. ―exclamó la mujer.
―Por favor, Hana, nadie nos está viendo, así que dejemos las formalidades y hablemos como la familia Hamato.
―Sí ―la mujer alargó la vocal de manera sospechosa―, tal vez te mentí un poco.
Eso fue todo lo necesario para que los instintos de Karai se despertaran y se pusiera a la defensiva. Hana se percató de inmediato, pero se mantuvo extrañamente relajada.
―Verás…, Yoshi jamás tuvo primos.
―¡Lo sabía!
―Eso ―agregó Hana―, eso no significa que yo no sea parte de la familia. Lo soy, en serio. No exactamente un Hamato, pero fue de mi lado de la familia, gracias a los genes de mi difunto abuelo, de donde heredaste ese color de ojos.
Karai permaneció con el entrecejo muy junto y una completa expresión confundida. Congeló sus brillosos orbes en los de la mujer y…, ya no se le hicieron del todo desconocidos; de hecho, creyó haberlos visto antes. Repitió las palabras de la mujer en su cabeza; cuántas veces se lo dijeron. La sorpresa la invadió de inmediato y sus irises contraídos fueron testigo de ello.
Ella compartía el color de ojos con su…
―¡Karai! ―el grito de Shinigami fue como un golpe.
―Y-ya voy. ―respondió ella sin despegar su mirada de esa mujer que, sin necesidad de un examen genético, supo que poseía un cuarto de ascendencia china.
―Adiós, sobrina. Buena suerte.
Ella abrió la boca para responder, pero solo pudo emitir quejidos entrecortados.
―¡Karai! ―fue el turno de Sydney de gritar― ¡Te envenenaré si no vienes! ¡Sabes que lo haré!
Sin otra opción y sin querer estar realmente un segundo más ahí, Karai le dio la espalda a Hana y avanzó hacia las escaleras del avión. Ahogó un gruñido en cuanto pisó el primer escalón y empezó con su ascenso. Ya hubo tenido un día exhausto; lo único que deseaba era llegar a Nueva York, ver otra vez a su amigo y tener tiempo para sí misma para procesar todo lo que sucedió.
Hana permaneció en la pista hasta que las escaleras se recorrieron, las puertas se cerraron, el avión despegó y se alejó hasta convertirse en un punto en el cielo. Ella realizó una plegaria en su mente y pidió ayuda para que volviese a ver los ojos que alguna vez tuvo la persona que llegó a ser su hermana mayor.
―Cuida mucho de ella, Shen.
Hemos terminado con otro Artículo, ¡por fin! Con secretos, secretos y más secretos revelados. Es decir, ¿quién hubo imaginado que Karai tendría una tía, estuviera viva y, aún más, fuera líder del Clan Hamato en Japón? ¿O que Destructor y Saki son dos personas diferentes? ¿Esto será cierto o es posible que Abuela se haya equivocado?
Lamentablemente vamos a tener que esperar un tiempo para volver a verla y para que nos responda todas nuestras dudas. O puede que nuestra querida protagonista descubra antes la verdad.
Nos leemos después. Chao.
