13.- El asombroso hurón botador
Logre sacar el tema de Draco a colación durante la comida del sábado, cosa que no le agrado a Harry, pero sabía que no podía negarse, su orgullo Gryffindor lo obligaría a cumplir con su parte de la apuesta. Todo eso justo antes de nuestro habitual partido de Quidditch, al cual se había agregado Minerva como cazadora. Nos comentó que le parecía muy "interesante" nuestra forma de "entrenar" para DCAO, y que quería probar este poco "ortodoxo" entrenamiento entre los profesores y en un arrebato de sinceridad, quizás producida por la adrenalina del partido, nos confesó que ella había jugado en el equipo de Gryffindor de su generación. No lograba imaginarme a Minerva jugando en su adolescencia, y mucho menos que Minerva tuviera la misma ferocidad en combate que en el campo.
Ese día durante la cena, estuve observando fijamente a Harry en sus absurdos intentos de acercarse a Malfoy. Intentaba entablar conversación con él y ser, digamos, amable y cordial. Lo cual era por supuesto; un absoluto fracaso. Mi ex-alumno Slytherin no era grosero con mi aprendiz, sino que se limitaba a no contestar más allá de algunos "ajá", "sí", "no", "quizás". No lo suficiente para considerarse una conversación en regla.
Frustrado, volteo a verme con una cara de enojo que esperaba poder recordar por el resto de mi vida. Solo alcance a oír un—Eres un maldito cabrón Snape—Antes de que volviera a concentrarse en su comida. Lo cual me dio tanta risa, que me dolió reprimir la carcajada que ya estaba casi en mis labios. Toda esta interacción no pasó desapercibida por el resto de nuestros compañeros. Pero todos decidieron, al parecer; que era mejor no averiguar ciertas cosas de nuestra "relación" de colegas.
Aunque sus amigos a veces nos veían como si en cualquier momento nos fuéramos a ir a la yugular, nada más lejos de la verdad. Había empezado a sentir cariño por el pequeño zoquete y su pandilla. Eran muy unidos y tan distintos entre sí, cada uno balanceaba a los otros y eso es lo que los hacía únicos. Pero los viejos hábitos no cambian de la noche a la mañana y aun ahora, ya como colegas y siendo adultos, aún les intimidaba lo suficiente como para no interponerse entre mi aprendiz y yo.
Terminando la cena, mi "amigo" pidió que platicáramos mientras íbamos hacia nuestros aposentos.
—No tengo idea de cómo llegar a Draco—.
—¿Te rindes tan fácil leoncito? —.
—No molestes Severus, hablo en serio. Tu ex-alumno favorito es más duro de cabeza que tu o yo—.
—No me incluyas en esa definición, yo soy todo un encanto y tengo un carácter muy dulce—Dije mientras le una leve sonrisa aparecía en mi cara.
—Sí, y yo soy un puto unicornio rosa—.
—Ese lenguaje Harry, ¿Quién diría que un Gryffindor es incapaz de usar un lenguaje medianamente educado? —.
—Estoy frustrado Severus. El hurón no es mi persona favorita, tampoco le odio, pero cada que intento ser amable, él no coopera. Y quien sufrió todas sus humillaciones fui yo, bueno; mis amigos también, sabes a lo que me refiero—.
Lo sabía perfectamente, yo mismo me divertí a expensas de su sufrimiento en el pasado, pero aún era ¿Optimista? No, era más bien esperanza lo que tenía, de que, si alguien podía mejorar la situación de Draco en la escuela, ese era Harry, después de todo, a pesar de lo poco "ortodoxo" de su método conmigo, había resultado bien.
Mis alumnos aún tenían sus reservas conmigo en las clases, pero en general, eran más participativos y algunos aún se acercaban a pedirme algún autógrafo después de que aquella niñita que se desmayó presumiera ante sus compañeros el que tenía en sus manos.
Los regalos de los fans habían ido decreciendo, pero los regalos de los alumnos empezaron a llegar; casi todos comestibles, galletas, panques, chocolates, plumas de azúcar, esas inmundas grajeas que le regale sin mirar a Ronald Weasley, y las ranas de chocolate, que, para mi sorpresa, incluían cromos de mis nuevos compañeros y uno mío. Todos los regalos, llegaban directo a las cajas encantadas que había en mi habitación.
Después de que Harry entró a su habitación a dormir, decidí dar una vuelta para despejarme de todos los pensamientos que rondaban mi mente; camine sin rumbo hasta que pensé en ir a los invernaderos, y estaba por entrar a ver las plantas nocturnas cuando escuche un ruido. Me quede quieto intentando escuchar los pasos que venían de adentro y a quien podrían pertenecer. Me fui asomando lentamente por una de las ventanas y vi a Draco con una planta, cuidándola, como si toda su vida hubiera sido un herbolario.
Ponía tanto cuidado y atención como si se tratasé de un cachorro, no pudé distinguir que planta era, pero supuse que debía ser peligrosa, los Slytherin nos sentimos atraídos por lo oscuro y peligroso, es algo inevitable. Escuche otros pasos, más ligeros. Y vi a una jovencita llegar y darle un beso en la mejilla a Draco, lo cual ruborizo brevemente al rubio. Astoria, Astoria Greengrass.
Al igual que la familia de Draco, ellos eran sangrepura, pero las hijas no compartieron la visión de sus padres desde antes de la caída del señor oscuro (cosa que fingieron muy bien o hubieran sido asesinadas sin miramientos), y se negaron a cambiarse a Durmstrang. Ellas deseaban quedarse en Hogwarts y perdieron todo interés en la pureza de sangre. Lo cual no agradó a sus padres, pero con el temor de que los considerasen mortífagos o al menos partidarios de Voldemort, decidieron dejar que terminaran sus estudios en el castillo.
Pude ver que Draco sonreía mientras la chica hablaba con él, después de algunos minutos oí otro par de pasos. Astoria se despidió rápidamente de Draco y salió por el otro lado del invernadero. Los pasos pertenecían a Longbottom.
—No deberías estar aquí Malfoy, somos profesores y tenemos que dar el ejemplo a los alumnos, y eso te incluye a ti también, aunque no des clases—Dijo al tiempo que colocaba algunas macetas cerca de la ventana, por lo cual tuve que contener el aire unos momentos.
—Lo sé Longbottom, solo déjame estar a solas unos minutos más—.
—Está bien Malfoy—Se quedó unos instantes ahí antes de ir directo hacia Malfoy y agarrarlo de un hombro—Malfoy, algún día tienes que hablar con alguien, lo que sea que guardes, te comerá vivo si no lo sueltas. No soy quien para juzgarte y no fingiré que somos amigos y me preocupas. Pero reconozco el sufrimiento y como tu compañero al menos, creo que deberías buscar alguien con quien charlar. Si un día tienes tiempo y quieres, te invito a tomar algo, puedo emborracharme, me lo cuentas, y luego me lanzas un Obliviate. Es una sugerencia—.
Y se despidió silenciosamente del rubio. Nunca espere que Neville pudiera tener esa entereza, aún me tenía un poco de miedo, a pesar de haber decapitado a la mascota escamosa de Voldemort; así que escuchar que intentaba darle apoyo a un viejo enemigo, me ayudó a mí mismo a redimensionar a estos chicos, eran muy niños aún en muchas cosas, se enojaban, hacían pucheros y demás, pero la guerra los había cambiado para bien y para mal. Ellos mismos estaban lidiando con las cicatrices de su propia experiencia.
Nunca volvería a subestimar a un Gryffindor. La mayoría no hacía las cosas por orgullo, sino porque era lo correcto. Cuando se disculparon conmigo en el hospital, estaba siendo sinceros, y en el fondo, pensaba que quizás era una elaborada broma. Esas sospechas fueron decreciendo con el pasar de los días, pero nunca las abandone por completo. Así que todo esto me hizo pensar que Harry, hacía esto de la apuesta, también como una forma de ayudar a Draco por su propia cuenta, sin verse muy evidente, y yo le había dado una salida adecuada para llevar a cabo un acercamiento. Era mi turno de ayudarlo a que consiguiera su objetivo.
Me fui de ahí tan rápido y silencioso como pude y fui directo al cuarto de Harry. Toque a su puerta esperando que aún estuviera despierto.
—¿Que, quien, que desea? —Contestó un somnoliento Harry, con solo un pantalón de pijama y su pelo aún más revuelto que el de costumbre. Pude ver que su torso estaba lleno de cicatrices y su brazo tenía escritas las palabras "no debo decir mentiras" en un tenue color blanco surcando su piel. Eso fue cortesía del sapo amante del rosa llamado Dolores Umbridge. Aun me hervía la sangre solo de recordarla. Ni yo era tan sádico en mis tiempos como ese intento de mujer.
Despejando rápidamente mis fantasías de venganza contra ella, pude observar que el chico era muy atractivo ¿Atractivo? y aun en ese estado de somnolencia, se veía el adulto en que se había convertido, no era solo su fama lo que anhelaban las jovencitas y algunos chicos, sino que el por sí mismo tenía atractivo físico, un cuerpo delgado pero atlético y un rostro a juego, cortesía de su padre, habrá sido un idiota, pero sabía que el maldito había sido guapo.
—...Sev, ¿Te vas a quedar en mi puerta toda la noche o me vas a decir que quieres? —Dijo bostezando un poco.
—¿Cómo sabes que soy yo sin tus lentes? ¡Y no me digas Sev! —.
—Puedo oler tu colonia de hierbas a kilómetros—Bostezo de nuevo y me miró más decididamente—Decido por ti, pasa y dime lo que tengas que decir—.
Me invitó con una mano a pasar. Esperaba una sinfonía de rojo y dorado en su habitación, pero no, había mantenido la piedra de las paredes y decoro todo en tonos de azul y verde, su cama de 4 pilares tenía en el techo un mapa de las constelaciones mientras las cortinas eran de un negro profundo salpicado de estrellas, había hecho el encantamiento del techo del comedor en sus cortinas. Su cama tenía sábanas parecidas a bordados hindúes, que había visto en uno de esos libros muggles sobre viajes. En la pared cerca de la cama, dos libreros con un hechizo extensor, uno con libros para sus clases y otro con libros muggles de diversos temas que no alcance a leer por la semipenumbra, el resto de su habitación era sencillo, una cómoda donde podía verse papiro y plumas, un par de butacas y una mesita de té, la chimenea clásica de las mazmorras y un póster de los Chudley Cannons que supuse fue idea del señor Weasley. Su closet estaba oculto detrás de un espejo, justo como en mi habitación. Al menos eso supuse.
—Y ¿Me vas a decir que quieres Sev? —.
—¡No me digas Sev! Mejor te digo lo que estaba pensando antes de que pierda la paciencia. Quiero que te conviertas en hurón, más bien; quiero que Draco te convierta en un hurón—.
—Muy bien, estas delirando. Te llevaré con Poppy—Me dijo al tiempo que me tomaba de un hombro y nos encaminamos un poco a la salida.
—No seas idiota Potter. Ya estaba algo exasperado. Escúchame. Draco no confiara en ti a menos que sufras alguna humillación, no confía en ninguno de ustedes porque, aunque él los molesto por 6 años, siempre le regresaron las ofensas. Ustedes estaban a mano o casi, hasta que intercediste por sus padres y él. Sé que lo hiciste Harry, no tuve que investigar nada, El Profeta lo público. Así que ustedes y sobre todo tú, tienen más poder sobre él que él sobre ustedes—.
—¿Y tú solución es que Draco me convierta en un hurón? —Dijo mientras seguía bostezando levemente, mientras me miraba adormilado.
—Él nunca superó esa humillación, ni el mote que le quedó por los siguientes años. Si él ve que estás dispuesto a algo así por él, no tendrá más remedio que aceptar al menos una tregua—.
—Mira, lo pensaré mañana, y te digo en el desayuno, ¿Te parece?, ahorita solo puedo pensar en dormir, así que hasta mañana, cierras la puerta al salir, y si te quedas, no me abraces y te aviso que ronco. Buenas noches Sev—.
Y se tiró sin más, a dormir profundamente, no mentía en lo de que roncaba. Me quedé estático unos momentos, y me fui a mi habitación. Este muchacho era impertinente como nadie, no entendía como habíamos pasado de ser "enemigos" a "casi amigos". Pero no dejé que ese pensamiento se instalara en mi cabeza, me quite la ropa y me quedé solo con los calzoncillos e imite a mi compañero y me tire en la cama a dormir sin más.
Un grito me despertó la mañana del domingo. Oía una conversación subida de volumen afuera de mi habitación y decidí escuchar a hurtadillas. Parece que ya no tendría que esperar la respuesta de Harry hasta el desayuno.
—¿ESTAS LOCO HARRY? ¿QUIERES HACER QUE CON ÉL HURÓN? —.
—Vamos Ron, no puede ser tan malo—.
—NO ES MALO... ES LO QUE LE SIGUE, ES UN MALDITO MORTIFAGO—.
—Ex-mortífago Ron—Le corrigió con petulancia el ojiverde.
—Lo que sea—Contesto un poco más calmado el pelirrojo.
—Ron, piénsalo un poco. Tú lo has visto. No está vivo, esta apenas vivo—.
—Pero no es tu responsabilidad... —.
—Pero es nuestro compañero... —.
—Pero no es nuestro amigo, sino todo lo contrario... —.
—Bueno, Snape era nuestro enemigo ¿Recuerdas? y la última vez que vi, estabas tomando un Whiskey de Fuego con él en las Tres Escobas—.
—P-pero eso es diferente, Snape demostró que había cumplido su papel como doble agente, arriesgando su vida y ha cambiado mucho—.
—Pero no cambio solo Ron, nos tuvo a nosotros, a McGonagall, a Neville, a tus padres, a mí, para que lo hiciera; y el hurón esta solo ahora—.
—Amigo, estás loco... —Oí un silencio que solo pude interpretar como que Ron estaba dudando y continuo—...pero si estás seguro haré un esfuerzo, pequeño, no me pidas tanto—.
—Con eso me basta y de lo que verás a continuación, solo... no te rías mucho, ¿Quieres? —.
Se fueron caminando juntos hacía la enfermería, con un movimiento de varita me vestí rápidamente y los seguí lo más sigilosamente que pude. En cuanto llegaron a la enfermería no pude oír toda la conversación que tuvieron con Malfoy, solo alcancé a ver a un hurón de color negro botando encima de una de las camas de la enfermería y luego transformarse en mi aprendiz. Tendría que guardar este recuerdo en un frasco y luego lo pondría en el pensadero para revivirlo. Me acerque un poco más para escuchar lo que decían.
—Bien Potter, aceptó el trato, iré a esos partidos que hacen ustedes, pero no esperen que sea su amigo y nos demos la mano y todo eso—.
—No esperábamos menos de ti hurón albino—.
—Lo que tú digas asombroso hurón botador—.
—Bien, vámonos Ron, te vemos en el comedor Malfoy, los partidos son los sábados. Ese día decides tu posición—.
—Adiós comadreja, adiós hurón botador—.
Harry y Ron se fueron rumiando un poco algunos insultos más, pero pude ver que Draco sonreía levemente de lado, con un poco de alegría en sus ojos. No esperaba que fueran amigos-casi-hermanos, pero era un comienzo. Esto le va a encantar a Rossie cuando se lo cuente.
