Seguimos con las desventuras de Kalim.

Disclaimer: Aquí va el doloroso recordatorio de que no poseo nada.

Here We Go...

Trató de dejar de lado todos los sentimientos que tenía por ella para poder luchar contra ese monstruo producido por las arenas que la usaba de recipiente sin contenerse, algo que rápidamente se volvió más fácil porque esa bestia comenzó a contraatacar.

Su compañera no era una luchadora en absoluto, no había sido entrenada ni nada, por lo que los movimientos que hacia para esquivar sus ataques y los contraataques que le lanzaba no podrían haber venido de ella.

Cargó contra él con sus descomunales garras, las afiladas puntas alcanzándolo y rasguñando su piel para dejar largas heridas de las que brotaron hilos de sangre, y rugiendo con voz inhumana que lo desorientó por momentos, usando los brazaletes en sus muñecas para bloquear los golpes de su alabarda. 'Ella' incluso se retiró de la linea de ataque un par de veces cuando él logró conectar más golpes en su cuerpo, como si esperara que su cuerpo corrupto se curara o algo, todo mientras mantenía sus ojos vacíos y brillantes sobre él.

Con todas esas señales demostrando que ella ya no era su dulce damisela, pudo separar a Arundhati de esa bestia y concentrarse en la pelea y su supervivencia, manteniendo la cabeza fría y sus propios ojos negros sobre ella.

Siguió cada movimiento que hacía, estudiándola para encontrar un punto débil que pudiera explotar. Después de unos pocos momentos, la criatura volvió a cargar contra él, gruñendo como un demonio con los brazos extendidos, pero él se agachó y rodó por el suelo a su lado mientras le lanzaba un golpe en las piernas con su alabarda.

La criatura perdió el equilibrio y la concentración, si esa cosa poseía algo así, por lo que aprovechó ese momento para darle otro golpe en la parte baja de la espalda que la hizo caer sobre sus garras y lo terminó con un golpe en la cabeza, lo suficientemente fuerte como para romper su cráneo si esa criatura fuera un simple ser humano y no aquel monstruo nacido de esas malditas arenas.

Siendo ese monstruo de arena, se derrumbó en el suelo como si solo estuviera inconsciente.

Kalim tomó una fracción de segundo para calmar su respiración y mirar a la criatura que usurpaba el cuerpo de su amada damisela, con esa horrenda piel grisácea, notando la sección en la que debería estar su estómago, lleno de arena brillante y palpitante, una vista enfermiza, y se dio cuenta de que tenía que huir de allí antes de que esa cosa regresara a la vida por su cuenta para atacarlo de nuevo.

Se sentía impotente, sabiendo que no podía ponerla a descansar en paz como le hubiera gustado, que ella seguiría vagando por la ciudad como un alma perdida, pero se juró a sí mismo que haría todo lo posible para que el responsable de que ella se a encontrase en esa situación pagara.

Con mirada solemne, enfundó su alabarda de nuevo y se dio la vuelta, desesperadamente buscando una manera de salir de ese maldito puente.

La puerta estaba fuera de cuestión, no cedería ni tenía tiempo para intentarlo, así que se acercó a uno de los bordes del puente y miró hacia abajo, encontrando solo una larga caída en un vacío profundo hecho de rocas afiladas y los bravíos torrentes de agua. Corriendo hacia el otro lado, pudo ver una pieza de arquitectura aún en pie, una especie de base de piedra para un edificio que ya no estaba allí. Junto a él había un río embravecido, uno de los muchos que abastecían las necesidades de la ciudad, lleno de grandes trozos de estructuras que se habían derrumbado. Si lograba bajar del puente y alcanzar esos escombros, podría usarlos para cruzar el río y seguir su camino.

Evaluó sus opciones. No había forma de que pudiera llegar a la base de piedra, además tenía una parte superior redondeada, no había nada a lo que pudiera aferrarse si lograba saltar y alcanzarlo. Se deslizaría y caería al agua embravecida para ser arrastrado por las corrientes hacia su muerte. Pero si caía sobre la hierba... aún sería un poco doloroso y peligroso, pero esa era su mejor apuesta.

Se descolgó por el borde y se quedó allí colgado, mirando al suelo debajo de él. Solo tenía que balancearse un poco, dejarse caer y que el envión lo ayudara a rodar por el suelo y amortiguar su caída lo mejor que pudiera. La cosa era que sería una caída larga, peligrosa y fatal si calculaba mal por tan solo incluso unas pulgadas. Vaciló por un momento, sintiendo que su valentía flaqueaba por un segundo, su optimismo había sufrido un golpe bajo después de la pérdida de su compañera.

Pero el repentino brillo que lo alcanzó seguido de los profundos gruñidos provenientes del puente fueron un estímulo suficiente para dejar a un lado sus miedos, dudas y tristezas.

Haciendo acopio de fuerzas, se balanceó y cuando obtuvo suficiente fuerza, se soltó.

El suelo se acercó rápidamente a él, y cuando sus pies tocaron la superficie, utilizó el impulso que había adquirido para inclinarse hacia adelante y rodar por el suelo, colocando las manos en la tierra para ayudar a su cuerpo a moverse. Rodó sobre la hierba un par de veces, lastimándose las rodillas, raspándose las manos y manchando la ropa de verde y tierra. Afortunadamente, la armadura ayudó a evitar la mayor parte del daño que podría haber sufrido.

Terminó de espaldas y permaneció así unos instantes, calmando su respiración y dando tiempo a que sus miembros dejaran de palpitar tanto de adrenalina como de temor. Una vez que se sintió lo suficientemente recuperado, se puso de pie, secándose el sudor de la frente y agudizando su oído.

No escuchó más gruñidos, quejidos ni el arrastre de pies sobre el suelo de piedra. Eso podría significar que esa repugnante criatura de arena no estaba cerca.

Una punzada le golpeó el pecho y las lágrimas amenazaron con brotar de sus ojos de nuevo al recordar como había visto su rostro corromperse hasta deformarse en esa asquerosa abominación, pero se tragó el nudo que obstruía su garganta y adoptó una expresión endurecida. Ella estaba perdida para él, junto con su padre y amigos, llorar por su oscuro destino no lograría nada.

Si quería hacer algo para honrar su memoria y hacer que su muerte valiera, tenía que almacenar la fuerza que obtenía mediante su rabia y usarla para alcanzar su objetivo.

Tenía que encontrar al bastardo culpable de esa locura y hacerle pagar.

Secando las pocas lágrimas traicioneras que lograron caer, se sacudió todos los sentimientos y pensamientos descorazonadores y, en cambio, se concentró en encontrar un camino hacia su hermana. Ella todavía estaba ahí fuera.

Dándose la vuelta, caminó hacia el arroyo, inspeccionando los escombros que habían caído allí. Parecían estar firmemente atascados allí, pero el agua corría a través de los trozos de piedra, volviéndolos resbalosos y potencialmente peligrosos.

Sin embargo, esta era la única forma de cruzar el río y llegar al otro edificio. Con mucho cuidado trepó sobre los escombros, consciente de las superficies mojadas, inclinándose hacia adelante para colocar las manos planas sobre la piedra y tener apoyo. Lentamente, se arrastró sobre los restos, sus pies resbalaron unas cuantas veces, el agua le salpicaba la cara y empapaba su ropa. A mitad de camino se detuvo de repente cuando le pareció escuchar un retumbar, y todo debajo de él se estremeció de repente. Entró en pánico por un momento, pero volvió a sus sentidos y tuvo que enderezarse y salir corriendo aún a riesgo de resbalar y caer, saltando hacia otro trozo de escombro justo a tiempo para evitar ser arrastrado junto a la piedra por las aguas cuando los restos sobre los cuales se hallaba cedieron.

El príncipe se aferró al bloque de piedra, mirando hacia atrás y abajo a la corriente furiosa detrás y debajo de él con respeto antes de reanudar su camino y trepar por el resto de los escombros hacia el otro lado.

La orilla del río estaba a pocos pies de altura, pero la caída sería corta en comparación a otras anteriores. Entonces, giró la mitad de su cuerpo y empujando con las piernas contra la piedra, ejerció fuerza y saltó, cayendo al suelo con las rodillas dobladas para amortiguar el golpe.

Una vez en tierra firme de nuevo, se enderezó y se tomó un momento para respirar antes de dejar el río atrás.

Comenzó a dirigirse hacia el enorme edificio gris, manteniendo sus sentidos alerta ante cualquier movimiento que pudiera detectar por el rabillo del ojo o cualquier ruido que pudiera escuchar sobre el rumor del agua. Fue gracias a eso que a mitad de camino, sus oídos escucharon el batir de alas acompañado de un chillido lejano. Sus pasos vacilaron y rápidamente adoptó una postura de batalla, sacando su alabarda y sosteniéndola con fuerza con las dos manos. Esperó, pacientemente, para hacer su movimiento en el momento adecuado. Luego, desde detrás del edificio, se escuchó otro chillido, más fuerte, y segundos después, una de las criaturas aladas corruptas se precipitó en su dirección. Se mantuvo erguido, los pies apoyados firmemente en la hierba, y su alabarda bloqueó el afilado pico de la bestia antes de cortarlo en dos con la hoja afilada en la punta, convirtiendo al pájaro maldito en polvo de arena nuevamente.

Pero luego, más de esas criaturas sacudieron el aire con sus chillidos enfermizos y el batir de sus grisáceas alas, viniendo de alrededor del edificio, volando directamente hacia él. Eran cinco en total, que lo rodearon y quedaron suspendidos en el aire como observándolo. Kalim miró a su alrededor, a esos ojos amarillos y brillantes, que parecían estar evaluándolo, esperando algo, pero qué exactamente, no tenía idea. De repente, como si les hubieran dado una orden silenciosa, lo atacaron de inmediato en conjunto, con chillidos que helaban la sangre semejantes a gritos de batalla. Luchó con todas sus fuerzas, bloqueando picos y garras, conectando golpes e incluso puñetazos en algunos casos. Recibiendo rasguños de sus garras y picotazos dolorosos.

Pero les dio batalla, prevaleció y luchó, convirtiendo en polvo hasta el último de ellos.

Una vez terminado, clavó la punta de su alabarda en la tierra, y apoyó su peso sobre ella, jadeando y sudando profusamente, con más moretones decorando su cuerpo y sangre filtrándose por los cortes abiertos, manchando sus mangas y pantalones. Se miró a sí mismo, sintiendo el dolor punzante y agudo de las varias heridas que había sufrido durante este viaje. Una imagen apareció en su mente, de preciosos ojos miel preocupados y manos delicadas atendiendo sus heridas, pero cerró los ojos con fuerza y obligó a su mente a aplastar esos pensamientos que lo distraían. No era el momento de pensar en tiempos mejores o en seres queridos perdidos.

Era el momento de mantener el ritmo. Por lo tanto, tomó la alabarda y se la volvió a colgar en la espalda, dándose la vuelta para reanudar su cruzada.

Lo que Kalim no imaginaba era que esas bestias aladas no estaban actuando por su propia voluntad, tenían un maestro al que respondían. El mismo hombre que había tentado al joven príncipe persa a desatar las arenas y al cual Kalim tenía tantas ganas de cortarle la garganta.


Ese hombre había estado observando la batalla a través de los ojos de sus sirvientes desde la comodidad y seguridad de la cámara del tesoro. No lo habría hecho si no hubiera sido por percibir el extraño comportamiento de los escarabajos y las aves corruptas, que habían estado atacando otro objetivo en la ciudad que no había sido el hijo de Sharaman.

Zervan se había sorprendido al ver a ese joven al que odiaba incluso más de lo que odiaba al muchacho persa. Lo había creído muerto en la batalla hacía todas esas lunas, junto a su padre. ¿Cómo había sobrevivido? ¿Cómo había llegado a la ciudad del sultán? ¿Por qué llevaba el atuendo de un soldado persa? ¿Acaso había viajado con ellos y no se había dado cuenta? Sacudió esas preguntas de su cabeza, ahora no eran un asunto urgente ni en lo que debía preocuparse. Lo importante era que Kalim estaba allí, seguramente buscando a su amada hermana pequeña y una vez juntos, idear una manera de derrotarlo. Se convertiría en un problema para sus planes si se aliaba con el persa, a pesar de ser enemigos, no dudaba que en circunstancias desesperadas se tomarían medidas desesperadas, tenía que hacer algo para matarlo antes de que se reuniera con los otros dos.

Una mueca siniestra torció sus arrugados labios cuando una brillante idea afloró en su mente. Una ventaja que el joven persa tenía era que portaba la daga, el único objeto capaz de acabar de una vez por todas con sus criaturas de arena al arrebatárselas de sus cuerpos, y Farah tenía la suerte de ir con él, esa era la razón por la cual era tan difícil derrotarlos y quitarles la daga. Pero en cuanto a Kalim...él joven iba en solitario, su anillo aunque poderoso no servía más que para brindar protección al portador para no caer víctima de la maldición. Y aunque el príncipe indio fuera un hábil guerrero, las aves y escarabajos eran bastante débiles, incluso las flechas de la mocosa eran capaces de destruirlos, pero había poco que Kalim pudiera hacer contra sus demonios de arena con tan solo una alabarda común y corriente.

Esas bestias lo derrotarían con facilidad.

Sí. Su mente comenzó a idear un plan para este príncipe desprevenido.


Kalim resopló de frustración, todo el edificio parecía que se derrumbaría en cualquier momento, algo que no lo sorprendería con todo lo que había visto. El problema era que si quería seguir adelante tenía que escalarlo. Los caminos alrededor del edificio estaban bloqueados por escombros o los arroyos que alimentaban la ciudad, por lo que su único camino viable era hacia arriba. Sin embargo, no había llegado a este punto por nada, no se había rendido por la 'muerte' de su compañera, no podía darse por vencido por algo tan trivial como un bloqueo. Echó un vistazo a sus alrededores una vez más, buscando el mejor punto para empezar a trepar por la estructura. Había algunas plataformas de madera en uno de los lados, pero parecían demasiado débiles. Se romperían bajo su peso y él caería, por lo que estaban fuera de discusión.

Aunque podría usar los escombros montados contra el edificio para llegar a un punto superior y ver si podía continuar desde allí. Así que lo hizo.

Kalim empezó a trepar por sobre los escombros, sus manos y botas se deslizaron sobre la superficie un par de veces. Una pieza de lo que era una columna una vez se rindió bajo el peso de su mano y se desprendió de su lugar, rodando a un lado y destrozando la pared que conectaba con el otro edificio y haciendo que un trozo de lo que parecía ser un pilar se desprendiera de más arriba y cayera por el temblor. Todo sucedió tan rápido que lo tomó por sorpresa y jadeó, sus pies se deslizaron sobre la superficie pero su otra mano se alargó y alcanzó a sujetarse de otro trozo de piedra firme, sosteniéndolo. Se quedó allí colgado unos momentos, resoplando por todo el esfuerzo que tuvo que hacer para no soltarse bajo su peso y cansancio mientras el polvo se asentaba y las cosas se calmaban. Una vez seguro de no sufrir más sorpresas, volvió a levantar la otra mano y sus dedos se aferraron a otro borde, dentado y afilado, que al ejercer presión cortó su palma. Apretó los dientes y continuó, ignorando el dolor agudo y las gotas de sangre que se deslizaban por su muñeca.

El edificio había sido construido con grandes bloques de piedra, por lo que había una fina división entre ladrillo y ladrillo. Algunas de esas divisiones con el paso del tiempo habían comenzado a desgastarse, y eran lo suficientemente grandes como para que alguien metiera las manos en ellas. Kalim las aprovechó para, lentamente, trepar por el costado izquierdo del edificio, metiendo la punta de sus botas en las hendiduras para sostener su cuerpo mientras ascendía.

Continuó hasta que llegó a un tejado de madera y desde allí tomó carrera y saltó hacía un balcón. Consiguió sostenerse del borde e hizo fuerza para trepar sobre este y entrar al edificio.

El sitio estaba bastante desprovisto de mueblería, solo un par de mesas y sillas de madera y uno que otro barril que habían sobrevivido a la caída del pilar, el cual había dejado un enorme hueco en el suelo que se extendía hasta las plantas inferiores. También había una escalera que descendía, aunque imaginaba que más abajo el camino estaría bloqueado por escombros de la caída.

Aún así, era su única opción.

Descendió lentamente, atento a cualquier temblor o vibración, pero todo estaba inquietantemente silencioso. Trató de aplastar su inquietud, pero los granos de arena que fluían en la niebla amarilla por la que tenía que atravesar le dieron una sensación de pavor, y metió la mano bajo su ropa para aferrar el anillo palpitante como tratando de darse confianza. Estaba a salvo, el poder de ese artefacto lo protegería, eso había prometido su padre y Farah lo había asegurado una y otra vez.

Siguió caminando, ignorando la corazonada que susurraba en el fondo de su mente, culpando a su mente angustiada de juguetear con sus sentidos y que en realidad todo marchaba relativamente bien, saltando sobre restos de edificio y pasando debajo de huecos en la piedra labrada, hasta que llegó a una cámara abierta con algunas ventanas pequeñas en lo alto.

Algo sobre la silenciosa calma le daba escalofríos y se sintió reticente a continuar, pero reprendiéndose por su repentina muestra de cobardía, hizo acopio de fuerzas y se sobrepuso a su extraño temor, dando unos pasos al centro de la sala.

De repente, algo parpadeó unos pasos frente a él, lo que lo hizo detenerse en seco, y de la nada, dos criaturas de arena surguieron, rugiendo y moviendo sus propias alabardas en el aire. Eran enormes, casi le doblaban la altura, y por los restos de ropa y armadura, dedujo que una vez fueron soldados, tanto persas como del Sultán. Pero ahora habían quedado reducidos a simples bestias malditas, con rostros deformes y arena en lugar de sangre, sin rastro de la humanidad que alguna vez disfrutaron, sufriendo el mismo destino que su amada doncella.

Antes, tal vez hubiera estado satisfecho al saber que los mismos que habían reducido su hogar a cenizas ahora estaban siendo víctimas de su propia codicia, sufriendo la maldición por haber confabulado con un hombre capaz de tal traición creyendo que no volvería su espalda hacia ellos o que no los apuñalaría por la espalda como lo había hecho con su padre. Pero después de haber visto la agonía que atravesó Arundhati, lo desesperada que se había visto, aterrada e incapaz de detener lo que fuera que ocurría, se dio cuenta de que en realidad no podía desearle ese cruel destino a nadie, ni siquiera a un enemigo al que odiase.

Farah estaría orgullosa de su forma de pensar en ese momento. Si quería que ella lo estuviera, debía decírselo, pero primero tenía que encontrarla, y para eso debía sobrevivir.

Con el espíritu de guerrero por el que era reconocido, endureció el agarre sobre su arma, ignorando el dolor de su mano herida, y se colocó en posición, listo para dar batalla, y observó como las bestias lo rodeaban con su andar errático. El que una vez fue un persa no perdió tiempo, alzó su arma en el aire y la bajó hacia su dirección con toda su fuerza, pero el príncipe esquivó el golpe con agilidad, asestando uno con su propia alabarda a un costado de la criatura que dio lo que interpretó como un gruñido de dolor y dio un paso atrás. El de rojo prefirió dar una estocada con toda la intención de atravesarlo, pero Kalim no se había olvidado de él, por lo que se dio la vuelta y con su arma desvió el golpe, alzando la pierna para conectar una patada al estómago de la criatura. Entonces el de azul volvió a alzar su arma y la movió de un lado a otro en el aire con la intención de darle un corte en alguna oportunidad, pero el joven bloqueó cada uno de los ataques, al final chocando armas con el demonio que empujaba con una fuerza inhumana contra él.

Kalim se dio cuenta que su fuerza no era suficiente para contender de ese modo, por lo que dio un salto a un lado y tomo su alabarda con él. Entonces el de rojo llegó por un lado y con la suya hizo un movimiento de barrido, que no dio tiempo al príncipe a evitar, y este fue derribado al suelo de espaldas. El demonio hizo descender la hoja de su arma hacia el ahora debilitado joven pero Kalim tomó su alabarda con ambas manos y la colocó frente a él justo a tiempo para detener lo que habría sido el golpe de gracia, dando un grito de esfuerzo mientras empujaba con todas sus fuerzas para quitárselo de encima, consiguiéndolo con un último esfuerzo.

Rápidamente se levantó de un salto y atacó a la criatura aprovechando su momentáneo desconcierto, dando golpe tras golpe sin detenerse hasta finalmente conseguir que esta cayera inconsciente al suelo.

El de azul volvió a atacarle por la espalda con una estocada directa, pero el príncipe se hizo a un lado a la vez que movía su alabarda hacia la criatura para golpearlo en el costado, siguiendo ese movimiento con otros hasta que logró dejarlo fuera de combate.

Pero solo por el momento.

Si algo había sacado del enfrentamiento contra la primer criatura –se negaba a llamarla por el nombre que el recipiente una vez portó–, era que no se quedaría en ese estado por mucho tiempo, tenía que buscar una manera de alejarse antes de que volvieran en sí.

Rápidamente se guardó su alabarda y recorrió sus alrededores con la mirada, desesperadamente buscando una puerta o algo. Había una puerta que estaba bloqueada, con una grieta, pero era muy pequeña para su porte, tal vez para alguien como... quitó su sombría mirada de allí y fue entonces que encontró lo que parecía ser una abertura entre el suelo y la pared, al parecer creado por un trozo de escombro que había caído antes. No lo había visto al principio, ocupado peleando con las criaturas. Al acercarse, descubrió que era lo suficientemente angosto para pasar por el. El fondo no podía verse, era solo una fosa oscura y húmeda, y si acercaba el oído, podía escuchar como el sonido de agua fluyendo. Imaginó que debajo de todo aquello debía haber corrientes subterráneas. Debatió en su cabeza que tan recomendable sería lanzarse con el riesgo de caer a un río y ser arrastrado hasta morir ahogado, pero el brillo de las criaturas tras él señalando que estaban por alzarse de nuevo fue motivación suficiente para tomar el riesgo.

Se colgó del borde y utilizando las hendiduras en la roca y tierra, fue descendiendo hasta el fondo.

La roca fue humedeciéndose conforme alcanzaba más profundidad. No supo cuanto había bajado cuando la abertura que había sobre él no era más que un lejano punto por donde muy poca luz se filtraba. El olor a humedad se hizo más fuerte, y el sonido de corrientes era más patente. Cada vez le costaba más sostenerse, hasta que la roca a la que se aferraba cedió debido a la fragilidad y perdió el agarre, cayendo al oscuro pozo con un alarido que retumbó a través de las paredes de roca.

El tiempo pareció ralentizarse a medida que caía, segundos que se alargaron lo suficiente como para pensar en todas las personas a las que decepcionaría si fallaba y moría. Aunque su hermana era la única que se daría cuenta de su fracaso en ese caso.

Trató en vano de aferrarse a algún saliente o algo para detener su descenso, pero sus intentos fueron infructuosos. Al final, acabó cayendo en uno de los ríos, lo que amortiguó su caída. Kalim se hundió en la revueltas aguas, pero logró salir a flote y sacar la cabeza, aleteando con sus brazos para no volver a quedar bajo la corriente.

Trató de nadar para sentir que al menos tenía control sobre la situación, pero las aguas eran feroces y no tuvieron piedad, lo arrastraron millas sin darle oportunidad de hacer nada.

Finalmente, aquel torrente desembocó en una cascada, y con el el príncipe, que cayó a una laguna profunda y oscura.

Kalim volvió a salir a flote, tosiendo, y con las fuerzas que tenía nadó hasta la orilla. Salió arrastrándose y tosiendo agua que había aspirado en su agitado viaje. El agua helada hizo que le picaran las heridas y el frío se filtró por sus huesos debido a que a esta profundidad, la temperatura era más baja, y encontrarse empapado hasta los huesos no ayudaba a su calor corporal. Se quedó tendido en la tierra unos momentos para recuperarse, respirando con algo de dificultad mientras cerraba los ojos una y otra vez debido a la irritación, pero entonces jadeó, recordando el objeto que llevaba con él, y se arrodilló para meter su mano por debajo de sus ropas palpando en busca de su collar, exhalando aliviado cuando sus dedos rozaron la cadena y el anillo. No los había perdido en su descenso.

Decidiendo que debía continuar o acabaría desfalleciendo de frío, se puso de pie, pasándose las manos por el cabello y retorciendo mechones para quitarse un poco del agua mientras observaba a su alrededor buscando la forma de continuar e ignorando el traqueteo de sus dientes.

No tenía idea debajo de que parte de la ciudad había terminado, no conocía siquiera la ciudad pero estaba seguro de que esa caverna había sido retocada por manos humanas. Estaba muy oscuro pero si forzaba un poco la vista y con ayuda de la débil luz que provenía quizás de otros huecos en la superficie, podía alcanzar a distinguir plataformas hechas de madera más arriba, así como escaleras, barriles y vigas a modo de puentes que conectaban orillas de lado a lado. Si habían logrado construir eso allí, debía haber una manera de entrar, la salida para él.

Por lo que, sin otro camino a seguir, Kalim comenzó a caminar hacia las paredes, razonando que tenía que haber una escalera que conducía hacia arriba. Caminó apoyado contra la pared rocosa, tocando la superficie hasta que bajo la débil iluminación sus ojos distinguieron una forma de lo que parecía una escalera. Se acercó a esta y dio algunos pasos tentativos para probar la resistencia. La escalera parecía capaz de soportar su peso, así que siguió subiendo. Llegó a una plataforma de tablas, donde se encontró atacado por una horda de murciélagos cuyos ojos brillantes delataban como habían sobrevivido. Eran más molestos que peligrosos, así que los atacó con su alabarda, matando a algunos de ellos hasta que el resto lo dejó en paz. Desde allí saltó hacia otra plataforma, que tembló de forma preocupante pero se sostuvo.

Siguió subiendo y saltando de plataforma en plataforma hasta llegar a la cima, que todavía estaba demasiado lejos de la superficie. Desde allí, cruzó un puente colgante, caminando con cuidado porque se balanceaba y la madera crujía peligrosamente. Este lo condujo a una caverna en la roca, que atravesó consciente de las estalactitas que colgaban del techo. Algunas de ellas se habían desprendido en la catástrofe, otras temblaban amenazadoramente a su paso y unas cuantas tuvo que esquivarlas cuando comenzaron a caer a su paso. Al final del camino, había una viga de madera que servía a modo de puente y se conectaba a una plataforma de roca que sobresalía de debajo de otra cascada. Desde allí, tuvo que saltar a otra roca saliente de la que casi resbaló hacia una muerte segura si no fuera por su velocidad para actuar y aferrarse a la roca con fuerza. Usó otra viga de madera que recorrió con más lentitud y paciencia de la necesaria después de su desliz para llegar a la boca de otra caverna, evitando mirar hacia el vacío que lo esperaba si volvía a perder el equilibrio.

Esta caverna estaba en completa oscuridad, incluso si entrecerraba los ojos, no podía señalar nada. Todo lo que podía oír era el goteo constante del agua en algún lugar más allá de esa oscuridad envolvente.

Antes que nada, sacó su alabarda y la mantuvo recta, la hoja afilada apuntando hacia adelante mientras comenzaba a caminar con cautela hacia lo desconocido. Era aterrador, la oscuridad era tan profunda que se sentía como si estuviera caminando por la nada, la oscuridad cerrándose a su alrededor como si quisiera ahogarlo, solo los pequeños charcos de agua en el suelo que pisaba le recordaban que él todavía estaba en la tierra de los vivos, varias millas bajo una ciudad condenada. Bajo su ropa húmeda, el anillo de oro latía cálidamente, proporcionándole la única fuente de calor en un lugar frío como la muerte y aparentemente interminable. ¿A dónde lo llevaba esto? Sentía que llevaba rato caminando hacia ningún sitio.

De repente, algo parecido a una brisa fría se apoderó de él como una advertencia, los pelos de su cuello se erizaron y aspiró profundamente, deteniéndose. Se escuchó un sonido de silbido en algún lugar cerca de él y la temperatura bajó más de lo que podía ser posible. Y una fracción de segundo después de eso, algo se agitó entre la oscuridad, seguido de gruñidos y gemidos del inframundo. Kalim presenció con frío miedo cómo varios pares de ojos amarillentos y demoníacos brillaron en la oscuridad. Estaban por todas partes, a sus lados, frente a él, detrás de su espalda...decenas... su corazón se apretó con un terror repentino ante la vista, su cuerpo tembló pero no tenía nada que ver con el frío que aún lo acosaba.

Tragó saliva, fortaleciendo el agarre de su arma incluso bajo el temblor de sus manos. Sintió el instinto de huir, pero sus pies estaban pegados al suelo, estaba paralizado de pavor.

Sin embargo, un repentino gruñido de ira lo despertó de su estupor, pero lejos de ceder al instinto, el príncipe endureció su expresión. Haciendo a un lado el justificado miedo, Kalim levantó su arma y la usó para bloquear el golpe de una enorme espada unida al brazo de una criatura igualmente enorme que una vez debió haber sido un soldado. Pero su pequeña victoria duró poco, porque más demonios de arena igualmente grandes y con sus propias armas comenzaron a gruñir y atacarlo, logrando dañarlo demasiadas veces debido a la diferencia en el número.

A pesar de la clara desventaja, Kalim se mantuvo firme y luchó con valentía, pero aunque despreciaba tener que huir de una pelea, también comprendió que eran demasiado para él. Y además, ¿cuál era el punto? si uno caía, otro aparecía para pelear con él, y para cuando hubiera terminado con ese monstruo, el que había caído se levantaría como nada, y uno nuevo estaría a su lado para ayudarlo.

Era algo que ya sabía muy bien, pero algo que lo caracterizaba aparte de su ferocidad en batalla era su terquedad ante lo obvio.

Desde un principio supo que era una batalla que solo acabaría con su muerte.

Apretando los dientes por la frustración, el dolor físico y el agotamiento, Kalim gritó y apartó con fuerza a otra bestia de arena, una mujer alta con cuchillas en las manos y una sonrisa torcida en su rostro aborrecible. Con el camino despejado, comenzó a correr recto, esquivando espadas, cuchillas, porras, alabardas, demonios de arena y cualquier cosa que bloqueara su camino. Unas cuantas veces tuvo que detenerse en seco para evitar chocar contra una de esas criaturas que aparecieron de la nada, algo realmente molesto y aterrador. Era como si pudieran moverse de un lugar a otro más rápido que cualquier otra cosa.

No podía huir de ellos.

Finalmente, finalmente llegó al final de esa maldita caverna, pero su alivio también duró poco, porque terminó en otro torrente embravecido de aguas turbias. Con toda la conmoción provocada por los monstruos, no había escuchado el rumor del agua.

Se detuvo en la orilla, mirando espantosamente la oscura masa de líquido helado, pero, ¿qué más opción le quedaba? Era morir ahogado o a manos de esas bestias.

Rogando el perdón de su hermana si algo salía mal, saltó a las aguas.


Zervan es el nombre que se le da al Visir en Las Dos Coronas y me gustó, así que...ahí queda.

¿Adonde desembocara Kalim ahora?