Disclaimer: How to Train Your Dragon no me pertenece, es propiedad de DreamWorks Animation, Dean DeBlois y Cressida Cowell. La historia sí es original y de mi autoría, pero su creación y respectiva publicación es por mero entretenimiento.
Capítulo 2
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Las palabras de las Nornas seguían resonando en su mente con forme ella y Freyja avanzaban por el amplio corredor. El mismo que había transitado horas atrás, la diferencia era que ahora no tenía ganas de observar su alrededor.
Su mente estaba concentrada en lo que le habían dicho y en lo que a partir de ahora acontecería. Freyja parecía entenderla y le daba su espacio, permitiéndole pensar en silencio. No fue hasta que consideró que era apropiado decir algo cuando finalmente lo hizo.
—Todo irá bien—la tranquilizó, conociendo su inquietud.
—No estoy muy segura de eso—suspiró Astrid agotada, un suspiro lleno de inseguridad—. ¿Por qué me eligieron a mí?
—Las Nornas obran de formas misteriosas, nunca dicen más de lo que consideran necesario—explicó, encogiéndose de hombros y deteniendo su paso, obligándola a imitarla.
La rubia mayor sonrió dulcemente, acariciando la mejilla de Astrid con delicadeza. Freyja era la madre de todas las valkirias; y aunque para los demás Æsir se trataba de un simple título, para la diosa del amor representaba mucho más. Por eso era inevitable no sacar su lado maternal con ellas y, de la misma manera, sus hijas le correspondían esos mismos sentimientos.
Intercambiaron miradas por un corto momento hasta que Freyja volvió a hablar.
—Astrid, no debes dudar de ellas—susurró sin apartar la mano de su mejilla—. El destino es complicado y es por eso que su trabajo es encargarse de que todos sigamos nuestro destino.
—Te refieres a cumplir con él—corrigió la menor.
—No—negó tranquila, apartándose para dirigirse hacia un banco de mármol en uno de los costados del enorme corredor.
Se sentó con delicadeza, alisando su blanco vestido para deshacerse de cualquier arruga y, seguidamente, palmeó el espacio junto a ella indicándole que se sentara a su lado.
Astrid obedeció a regañadientes y –a diferencia de Freyja– se sentó con brusquedad. Estiró las piernas tratando de relajarse y apoyó las manos a sus costados para darse estabilidad sobre el asiento.
—Seguirlo, Astrid—retomó la conversación con tranquilidad—. El destino es un guía, un camino que debemos seguir para llegar al lugar y momento correcto; aquél en el que nos fue asignado estar. Por eso se dice que todos estamos destinados a hacer o ser algo en específico—explicó con una voz teñida de la sabiduría característica de todo dios—. Y si las Nornas te eligieron es porque tu destino así lo dicta.
— ¡Es tan confuso!—se quejó la menor, cubriéndose el rostro con las manos—. Si tan sólo me hubieran dicho qué es lo que tengo que hacer.
—Ellas dijeron que…
—Lo sé—detuvo, alejando sus manos para verla a los ojos—, lo sabré cuando sea el momento correcto…—concluyó por ella, recordando lo que las Nornas habían dicho—, pero…
—Debes confiar en ti, Astrid—tranquilizó ahora con voz maternal—, y también debes confiar en ellas. Fueron elegidas para proteger y cumplir el destino de todos, así como nosotras fuimos elegidas para formar el ejército que acompañará a Odín en el Ragnarök—colocó una mano sobre su hombro, dándole un apretón suave para transmitirle seguridad—. Esa es la misión que se nos confió.
—Lo sé, y por eso no entiendo todo esto—Astrid alzó las manos con desesperación causando que Freyja apartara la suya—, soy una valkiria, mi trabajo es llevar las almas de los guerreros caídos al Valhalla.
—Hacemos mucho más que eso, Astrid—señaló la mayor, dirigiendo su mirada hacia las enormes puertas de Vingólf; las puertas que daban la bienvenida a los guerreros caídos y que ellas utilizaban para ir a Midgard cuando iniciaba una nueva guerra.
Esas puertas, grandes y cubiertas de oro con diseños que describían la misión de las valkirias, se erguían sobre las paredes altas del corredor que rodeaba todo el palacio, viendo directamente hacia los extensos jardines del Valhalla, donde las almas guerreras entrenaban eternamente.
Eran quinientas cuarenta puertas que funcionaban como entrada al Valhalla para los guerreros.
—Los mortales creen que cualquiera que sea considerado un gran guerrero entre los suyos puede llegar al Valhalla al morir en batalla—continuó Freyja con cierto pesar—. A muchos de ellos no les importa el bien o el mal pues piensan que aun así vendrán aquí y lucharán con Odín, pero la realidad es diferente. Sólo los dignos pueden formar parte su ejército. No importa cuán buenas o malas hayan sido sus acciones, si no son dignos, al único lugar al que irán sus almas será a Helheim.
Había gran fuerza en su voz. No estaba molesta con Astrid, pero a veces –sin importar cuanto se esforzara– le resultaba irritante que las nuevas valkirias se confundieran un poco.
Freyja podía ser conocida entre los mortales como la diosa del amor y la belleza, pero lo cierto era que su labor como Æsir también involucraba la guerra y la muerte. Además de dioses, todos ellos eran guerreros y se comportaban como tal. No eran completamente inmortales, podían morir como los humanos; aunque no por causas naturales.
—Ese es nuestro trabajo, Astrid—finalizó con la misma potencia—, saber diferenciar entre un alma digna y una que no lo es.
Astrid había ido en una o dos ocasiones a Midgard junto con sus otras hermanas en busca de almas. Nunca supo cómo, pero con sólo ver a los guerreros caídos sabía a quienes tomar. Era extraño, pero ahora con lo dicho por Freyja, parecía comprenderlo mejor.
—Nuestro padre confía en nosotras—continuó la diosa con más tranquilidad, sin apartar la mirada de las enormes puertas doradas—, sabes que es importante estar listos para el Ragnarök.
—El final de todos los dioses y del universo como lo conocemos—recitó Astrid concentrada en los diseños de las puertas.
—Así es—asintió Freyja con seriedad, su voz ahora profunda y carente de emoción—, pero la profecía dice que si contamos con el ejército correcto, entonces la vida podrá volver a existir…—intentó animarse.
—La muerte llegará a todos los seres en la Tierra. El Sol se apagará y las estrellas desaparecerán de los cielos—recordó la menor lo que decían los antiguos escritos—. No sólo en Midgard, también aquí. La mayoría de nosotros no sobrevivirá.
—Y todos se han hecho a esa idea, incluidos Thor y Odín—alegó Freyja levantándose y caminando a su alrededor—. Odín peleará con su poderosa lanza Gungnir contra Fenrir, pero finalmente será devorado por el lobo después de una larga batalla.
Se detuvo frente a ella cuando al fin imitó su gesto al levantarse para estar a su altura. Ninguna sonreía, pero se observaban mezclando el azul de sus miradas.
—Thor matará a Jörmungandr con su martillo Mjölnir—continuó ahora Astrid—, pero sólo podrá dar nueve pasos antes de caer muerto, envenenado por la saliva venenosa que Jörmungandr escupió sobre él.
Y ninguna dijo nada más.
Respiraban con tranquilidad, en silencio y sin dejar de verse. Freyja había logrado su objetivo: Hacer que Astrid recuperara su fortaleza.
—Como guerreros sabemos que en toda guerra siempre habrá pérdidas—dijo de repente captando su atención por completo—, y a veces, para vencer también se tiene que perder.
—Es cruel—murmuró Astrid convirtiendo sus manos en puños.
—Así es el destino—dijo Freyja con una sonrisa cálida—. Nuestro final llegará, así como le llega a todos, dioses o mortales… Al final todos terminaremos igual…—la sujetó por los hombros y, liberando una mano, acarició su mejilla—. Lo importante es que cuando una vida termina, una nueva nace…
La hizo alzar la mirada, sujetando su barbilla con delicadeza cuando intentó bajar el rostro.
—Después de la destrucción, una tierra nueva emergerá del mar, verde y justa. Unos cuantos dioses sobrevivirán a la dura prueba—recitó ahora con emoción—. Después de todo, en este mundo nuevo, la maldad y la miseria no existirán más, los dioses y los hombres vivirán juntos en paz y armonía.
La liberó de su agarre, caminando a su alrededor con las manos alzadas; invitándola a observar a través de una de las puertas los campos verdes del mundo mortal. Campos que hasta ahora no habían sido tocados por la destrucción de la guerra.
—Sólo tú puedes ver lo bello hasta en el fin del universo—bromeó la menor posicionándose a su lado.
Una risa suave y dulce escapó de los labios de la mujer.
—Soy Freyja, no me llaman «diosa de la belleza» por nada.
—No creo que se refieran a eso—rio Astrid, contagiada por la risa de su compañera.
—Como sea—negó divertida apagando toda risa—. Ya hemos perdido mucho tiempo, Heimdal ya debe tener listo tu transporte. Te será más fácil llegar a Midgard a través del Bifröst que por aquí—señaló las puertas frente a ellas.
—No podré escapar de esto, ¿verdad?—suspiró ella rendida.
—Tú aceptaste—la golpeó levemente en la frente con uno de sus dedos.
—Porque no me dieron otra opción—se defendió cruzándose de brazos.
—Buen punto—concedió Freyja y después le dio la espalda para comenzar a avanzar—. Andando, no es bueno dejar a Heimdal esperando.
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—Astrid—la llamó una voz que conocía a la perfección—, ¿estás bien?
— ¿Ah? ¿Qué?—pestañeó saliendo de su ensoñación, alzando la mirada de su tazón con desayuno para ver al chico castaño frente a ella—. L-lo siento Hiccup, estoy bien, sólo estaba pensando—intentó explicarse mezclando con insistencia los restos de comida con una cuchara de madera—. ¿Qué me decías?
—Te decía que debo irme, aún hay cosas que preparar para la reunión con los jefes—repitió el castaño de pie frente a la mesa, minutos atrás él había retirado su propio tazón vacío.
—Claro, el Concejo de Guerra—recordó, dejando a un lado los restos de su desayuno.
—Así es—afirmó Hiccup, tomando el tazón de la chica para depositarlo junto al suyo en una mesa en el rincón de la pequeña cocina donde había un barril con agua para lavarlos—, los demás jefes llegarán en unos días y aún queda mucho por hacer.
—Sigo pensando que eres muy joven para cargar con tanta responsabilidad—confesó la chica ayudándole a limpiar la mesa.
—Soy el jefe, es mi obligación—dijo en un suspiro, dándose la vuelta para observarla, su cuerpo ahora apoyado en el borde de la mesa con platos sucios.
Su mirada denotaba cansancio. Las palabras antes dichas parecían un recordatorio para él y no para Astrid. Y ella sabía por qué…
Días atrás el castaño le había contado que al morir su padre en el último encuentro con el enemigo, él –siendo el heredero de la familia Haddock– tuvo que tomar su lugar como jefe de Berk.
Los jefes de tribus aliadas habían considerado que aún no era apto para el cargo, que quizá alguien más debía tomar su lugar hasta que él tuviera una edad más adecuada. Pero el Concejo de Berk no accedió, alegando que Hiccup estaba listo y que entre todos lo ayudarían el tiempo que fuera necesario hasta que se adaptara y superara la pérdida de su padre.
Obviamente no tuvo mucho tiempo para asimilar tal pérdida, más que nada porque él mismo no se lo permitió. A pesar de que el resto le insistía que se tomara un tiempo para procesarlo, él siempre rechazó las sugerencias y los convencía diciéndoles que su padre querría que velara por su gente, que no se lamentaran por los que ya no estaban con ellos y que, por el contrario, vivieran y celebraran por los momentos que vivieron a su lado.
Sin duda era un gran líder a pesar de las dudas de los otros jefes, y Berk se enorgullecía por él, tanto o más de lo que estaba seguro que se orgullecían sus padres.
Desde entonces ha dado lo mejor de sí mismo para mantener a salvo a todo Berk y a los dragones; pues desafortunadamente, desde el año anterior habían estado recibiendo amenazas del enemigo al que creían haber vencido; aquél que les arrebató a su antiguo jefe… el mismo que intentó destruir su hogar y sus familias…
Y era por eso que ahora se estaba preparando el Concejo de Guerra, porque no sólo Berk estaba en peligro, sino todo el archipiélago.
—Puedes quedarte aquí o pasear por la aldea—sugirió mientras ajustaba su armadura; un peculiar traje de metal y cuero negro que, según él, estaba diseñado para serle útil tanto en vuelo como en combate—. Toothless te hará compañía, ¿verdad amigo?—lo acarició en la cabeza cuando pasó a su lado.
El Night Fury, que se había mantenido ajeno a su conversación y se concentró en devorar la gran cantidad de pescado que su amigo le dio de desayuno, gruñó en un vago intento por aceptar la sugerencia del castaño.
—Hiccup—le llamó Astrid antes de que el chico se marchara—, ¿pensaste en lo que te pregunté ayer?
— ¡Oh, sí! Casi lo olvido—se detuvo a medio camino de la puerta, palmeándose la frente por su torpeza.
Se giró para verla a los ojos, esos brillantes ojos azules a los cuales se hizo adicto desde el día en que se conocieron.
—Sobre tu petición, creo que sí te hará bien salir y hacer algo para mantenerte ocupada, y si lo que realmente quieres es sentirte útil y ayudar en la aldea, pues tienes mi aprobación—anunció sonriente—. Debido a que mamá no está, creo que puedes ir con Gobber a la forja. Estoy seguro de que le encantará tu compañía, sólo dile que yo te envié y no habrá problema—sugirió, retrocediendo hacia la puerta para recargarse en ella—. Además él no me comprometerá tanto como mamá—murmuró por lo bajo, recordando las bochornosas conversaciones en las que su madre envolvía a Astrid, conversaciones que trataban de él en su mayoría.
—Gracias, Hiccup—ahora fue el turno de Astrid para sonreír, ignorando lo murmurado por él.
—No es nada—negó, contagiado por la emoción de la rubia—. Sólo una cosa más—continuó, irguiéndose nuevamente como un aviso de su partida—, al final del día vayan al Gran Salón, habrá una reunión con el resto de la aldea sobre lo que ocurrirá en el Concejo de Guerra.
— ¿Todos pueden asistir?—cuestionó curiosa.
—Por supuesto, ya te había dicho que aquí en Berk todos somos iguales—respondió con rapidez—. Y debido a que tú ya eres prácticamente una Hooligan, puedes estar ahí—agregó, sonrojándose ligeramente—. Realmente me alegraría mucho que asistieras.
—Pues entonces ahí estaré—aceptó nerviosa e igualmente sonrojada, apartando con rapidez la mirada cuando él la observó con mayor detenimiento.
—Perfecto, entonces—alzó la voz con un carraspeo—, ¡nos vemos allá! Que tengan un gran día—y abrió la puerta para salir rápidamente.
—Igual tú—alcanzó a responder Astrid antes de que el castaño desapareciera.
Dejó escapar un largo suspiro cuando él se marchó. No entendía por qué a veces le era tan difícil sostenerle la mirada; esa mirada dulce y tierna que brillaba con fuerza cuando la veía.
Cuando el azul y el verde se mezclaban, no parecía haber nada capaz de separarlos. Y era entonces que ella se daba cuenta de que no era correcto. Cada vez que el chico parecía querer acercarse, ella se alejaba temerosa por lo que pudiera ocurrir.
— ¿Hasta cuándo piensas seguir fingiendo?—su voz gruñona la sacó de sus pensamientos, haciéndola saltar en su lugar por la sorpresa.
Dirigió sus ojos al dragón negro que ahora le veía con reproche.
Esa mirada, verde como la de su jinete, la inspeccionaba con rudeza y desconfianza; de una manera completamente diferente a la de Hiccup.
—El tiempo que sea necesario—dijo sin pensar, encarándolo—. ¡Pero no estoy fingiendo nada!
—Claro…—alargó dejándole en claro que no le creía—, sólo no eres honesta con mi amigo. ¿Por qué? ¿Por qué una valkiria vino aquí, al mundo mortal?
—No lo sé—susurró bajando la mirada, presa de la confusión—. Me dieron una misión, pero aun no sé por qué o de qué se trata.
—Pudiste negarte—mencionó Toothless caminando a su alrededor.
—Se nota que no sabes nada—gruñó cruzándose de brazos—. No podía negarme, fue una orden. Desafiar a Freyja y a las Nornas es algo imperdonable.
—Tanto los mortales como ustedes los inmortales se complican demasiado la vida—masculló el Night Fury—. Deberían ser como nosotros los dragones.
— ¿Gruñones y groseros?
—Leales a una sola persona—respondió, ofendido por su comentario—. Nosotros no ponemos en duda nuestra lealtad.
—Nosotros tampoco—se defendió la rubia viéndolo con molestia.
—Pero le temen a sus superiores.
— ¿Y ustedes no?—inquirió con ironía.
—Bueno—murmuró rendido, deteniéndose frente a ella—, depende de quién sea el superior.
— ¿Ya ves?, no somos tan diferentes después de todo—exclamó victoriosa—. Te puedo asegurar que mis intenciones son buenas.
—Creí que no sabías a qué habías venido—reprochó con el ceño fruncido.
—Y no lo sé—repitió decidida—, pero no pretendo lastimar a nadie, en especial a Hiccup… En realidad, siento que debo ayudarlo.
No podía explicar algo que ni siquiera ella entendía. Sentía que eso era lo correcto; quizá no fuera él la razón por la cual había sido enviada ahí, pero si podía aprovechar el tiempo para ayudarlo, entonces lo haría.
—Uhm…
—No me crees—reclamó, fingiéndose ofendida.
—Te daré el beneficio de la duda, al menos por ahora—accedió al fin, tratando de no mostrar demasiada inseguridad.
Quizá no podía confiar plenamente en la valkiria, pero al menos debía darle una oportunidad así como alguna vez se la dio a quien ahora era su mejor amigo.
— ¡Significa tanto!—exclamó burlesca juntando ambas manos sobre su pecho de forma dramática.
— ¡Pero no fraternices demasiado con Hiccup!—advirtió recobrando un poco de la furia que hacía honor a su nombre—. Después de todo, tu estancia aquí no será eterna…
Astrid suspiró, por algún motivo sus palabras tuvieron un gran efecto en ella, provocando que su corazón latiera con fuerza causándole dolor. Ella sabía que tenía razón; tarde o temprano tendría que volver a Asgard, un pequeño detalle que había olvidado hasta ese momento.
—El único que terminará siendo afectado por todo esto será Hiccup—murmuró el dragón, observándola con recelo para dejar en claro su punto—. No permitiré que eso ocurra, ¿entiendes? Si haces algo para lastimarlo, sea intencional o no, yo mismo te enviaré de regreso a allá arriba.
—Está bien…—susurró ella con una leve sonrisa, intentando ocultar lo que realmente sentía en ese momento—. No lo lastimaré, te lo prometo—aseguró girándose hacia la puerta para evitar que el dragón notara sus ojos cristalizados por las lágrimas que, por algún motivo, comenzaron a formarse en ellos.
—Yo juzgaré eso—sentenció Toothless, dando por terminada la discusión.
—Vamos, señor gruñón—exclamó Astrid con ánimos renovados, colocándose la pequeña capa de piel de oso que Hiccup le había dado para cubrirse del viento frio—, salgamos un rato.
Se acomodó el cabello trenzado encima de la capa y se ajustó la falda de piel afelpada antes de abrir la puerta, para después salir siendo seguida por el dragón negro que no dejaba de murmurar lo molesto que era trabajar como niñero de una valkiria terca como ella.
Quizás él podía ayudarle a descubrir por qué había sido enviada al mundo mortal. Después de todo, se suponía que los dragones tenían cierta conexión con el mundo de los dioses. Definitivamente no sería fácil convencerlo, pero como él había dicho, era una valkiria terca y nunca se rendía cuando se proponía algo.
Pero, ¿realmente eso era lo que deseaba? ¿Y si para cumplir su misión tenía que romper su promesa?
Al final tendría que elegir una de las dos. Solo esperaba que, cuando lo hiciera, su decisión fuera la correcta.
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—Recuerda, Astrid—le decía Freyja sin dejar de caminar a su alrededor—, debes tener mucho cuidado en el mundo mortal. Si alguien descubre quien eres realmente…
Ambas se encontraban en el exterior del Himinbjörg, el castillo de Heimdal, justo donde el camino de roca pulida terminaba y daba inicio a un extenso arcoíris que bajaba y se perdía entre las doradas nubes que rodeaban el lugar.
—Lo sé, descuida—tranquilizó, ¿en qué momento habían intercambiado papeles?—. Estaré bien.
Durante los últimos minutos, desde que salieron de Vingólf montando el carruaje de Freyja y hasta llegar al hogar de Heimdal, lo único que había hecho era escuchar como la mayor murmuraba lo cuidadosa que debía ser y lo mucho que le habría gustado que Brunilda estuviera ahí para despedirla. Pero la líder de las valkirias se encontraba ocupada tratando con problemas relacionados con la recolección de almas guerreras.
—Eso espero—insistió la mujer—. Los humanos no sospecharán—dijo tomándola por los hombros para que prestara atención—, pero existen seres en Midgard que son capaces de percibirnos, es de ellos que debes cuidarte.
Astrid estuvo a punto de responder, pero una tercera voz se alzó deteniéndola de todo intento por decir algo.
—Todo listo—fue lo que dijo el hombre corpulento que avanzaba hasta ellas arrastrando tras él un pequeño carruaje de madera.
El fornido hombre de piel blanca y larga barba pelirroja, vestía una armadura dorada sobre un chaleco de cuero negro. Portaba un grueso cinturón del cual colgaba una reluciente espada; y de su espalda –oculto entre su capa blanca hecha con la piel de alguna bestia– se encontraba el famoso cuerno Gjallarhorn que, según la profecía, sería tocado cuando el Ragnarök estuviera por comenzar.
—Suerte, querida—susurró Freyja con voz tranquila, abrazándola con fuerza—, y como dicen allá abajo, que los dioses te protejan—sonrió, apartándose para poder verla a los ojos—. Odín y yo te estaremos cuidando desde aquí.
—Y no te olvides de mí—alzó la voz el guardián del Bifröst—, estaré al pendiente de ti, Astrid, ¡te observaré a diario!
—Gracias—ahora fue su turno de sonreír.
—Te estaremos esperando con un banquete de celebración—continuó Heimdal, alzando los brazos al cielo—. ¡Con muchos barriles llenos de Hidromiel!
Ambas rubias rieron ante su ocurrencia para después volver a abrazarse como despedida.
Y, con un último movimiento de manos, Astrid subió al carruaje de madera que Heimdal después empujó hasta posicionarlo en el borde del Bifröst. Se sujetó con fuerza sintiéndose lista justo antes de que este comenzara a deslizarse por el puente arcoíris.
Bajó con rapidez, las llantas de madera golpeando contra la superficie del puente convertida en un cristal brillante y multicolor. El viento golpeaba su rostro y agitaba su cabello haciendo que varios mechones se soltaran de su trenza.
Giró su cabeza para observar como el puente comenzaba a desaparecer tras ella. Su corazón latió con fuerza al ver las puertas doradas del Himinbjörg cerrándose y el cielo brillante del mundo de los dioses desapareciendo tras las nubes de tormenta del mundo de los humanos.
Fue entonces que bajó la mirada dándose cuenta de que ya no estaba sobre el Bifröst. El carruaje comenzó a caer con velocidad, obligándola a sujetarse con más fuerza mientras el viento sacudía la madera ahora húmeda.
Temiendo que en algún momento su única protección se fuera a destruir, cerró los ojos a espera del impacto y los abrió momentos después cuando nada ocurrió.
La lluvia caía a su alrededor, era difícil distinguir el azul del cielo con el azul del océano en el que se encontraba. El carruaje de madera ya no era eso, sino más bien un pequeño y maltratado barco.
Estaba en Midgard, de eso no había duda, pero… ¿en qué parte de Midgard?
Recordaba las palabras que las Nornas y Freyja le dijeron, algo sobre confiar en sí misma y que siguiera sus instintos. Quizá era momento de hacerles caso.
Caminó hasta el timón de la pequeña nave y fijó el rumbo hacia donde sus instintos le decían que debía ir…
Hacia donde el destino le indicaba que debía estar…
Æsir: Son los principales dioses del panteón nórdico (es decir, el grupo de dioses nórdicos). Están emparentados con Odín y habitan en Asgard.
Ragnarök: Es la batalla del fin del mundo. Esta batalla será emprendida entre los dioses liderados por Odín y los gigantes de fuego liderados por Surt. Los dioses conocen cómo va a suceder y porqué, qué avisará de la llegada del acontecimiento, quién será asesinado por quién, y así sucesivamente. Incluso saben que no tienen el poder de evitarlo.
Helheim: Lugar regido por Hela, diosa de la muerte e hija de Loki. Este era el último lugar de residencia de la mayoría de los muertos.
Fenrir: Es hijo de Loki, su apariencia es la de un lobo gigante. Se predice que matará a Odín durante los eventos del Ragnarök y que sucesivamente será asesinado por el hijo de Odín, Víðarr.
Jörmungandr: También llamada "Serpiente de Midgard" es una gigantesca serpiente que ronda Midgard hasta el día del Ragnarök, cuando Thor lo venza y muera a causa de su veneno mortal.
Heimdal y el Bifröst: Heimdal es el guardián del puente arcoíris, conocido como Bifröst y encargado de alertar al ejército de Odín de la llegada del Ragnarök. El Bifröst es el camino que conecta el mundo de los dioses con el mundo de los humanos y solo él puede permitir el uso del mismo por otros.
Y por último: Lo dicho por Astrid y Freyja, lo que estaba en cursiva, eran fragmentos obtenidos de Wikipedia (y otras fuentes) sobre los acontecimientos del Ragnarök.
Bueno, aquí está el capítulo 2. Realmente no he hecho muchos cambios hasta el momento, sólo correcciones de ortografía y redacción. Salvo uno o dos diálogos de la conversación entre Astrid y Toothless, porque los originales no encajaban bien con lo que ocurre más adelante.
Pero bueno, a partir del siguiente habrá cambios un poco más notorios, en especial el capítulo 5 que estoy reescribiendo porque descubrí un enorme error en la historia xD pero no se preocupen por eso, ya les explicaré en su momento.
A todos los que leyeron hoy… GRACIAS
El capítulo 3 estará el sábado.
