Capítulo 5
Todo está en silencio, con las luces apagadas. Estoy muy cómoda y calentita en esta cama. Qué bien…abro los ojos, y por un momento me siento tranquila y serena, disfrutando del entorno, que no conozco. No tengo ni idea de donde me encuentro. El cabezal de la cama tiene la forma de un sol enorme. Me resulta extrañamente familiar. La habitación es grande y está lujosamente decorada en tonos marrones, plateados y azules matizados. La he visto antes. ¿Dónde? Mi ofuscado cerebro busca entre sus recuerdos recientes. ¡Maldita sea! Estoy en el hotel Heathman…en una suite. Estuve en una parecida a esta con Fleur. Esta parece más grande. Oh, maldición. Estoy en la suite de Bellatrix Black. ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Poco a poco empiezan a torturarme imágenes fragmentarias de la noche. La borrachera—Oh, no, la borrachea—, la llamada—Oh, no, la llamada—, los vómitos—Oh, no, los vómitos—….Harry y después Bellatrix. Oh, no. Me muero de vergüenza. No recuerdo como he llegado aquí. Llevo puesta la remera, el corpiño y la bombacha. Ni medias ni jeans. Maldita sea.
Echo un vistazo a la mesita de noche. Hay un vaso de jugo de naranja y dos pastillas. Ibuprofeno. La obsesa del control está en todo. Me incorporo en la cama y me tomo las pastillas. La verdad es que no me siento tan mal, seguramente mucho mejor de lo que merezco. El jugo de naranja está riquísimo. Me quita la sed y me refresca.
Oigo unos golpes en la puerta. El corazón me da un brinco y no me sale la voz, pero aun así Bellatrix abre la puerta y entra.
¡Omg!, ha estado haciendo ejercicio. Lleva unos pantalones joggings gris oscuros que le caen ligeramente sobre las caderas y una musculosa negra y de micro fibra, empapada en sudor, como su cabello recogido en un ajustado moño. Bellatrix Black ha sudado. La idea me resulta extraña. Respiro profundamente y cierro los ojos. Me siento como una niña de dos años. Si cierro los ojos, no estoy.
—Buenos días, Hermione. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor de lo que merezco—murmuro.
Levanto la mirada hacia ella, deja una bolsa grande de una casa de ropa en una silla y agarra ambos extremos de la toalla que lleva alrededor del cuello. Sus impenetrables ojos negros me miran fijamente. No tengo ni idea de lo que está pensando, como siempre. Sabe esconder lo que piensa y lo que siente.
—¿Cómo he llegado hasta aquí?—le pregunto en voz baja, compungida.
Se sienta a un lado de la cama. Está tan cerca de mí que podría tocarla, podría olerla. Madre mía…sudor, rosas, gel…y Bellatrix. Un coctel embriagador, mucho mejor que el margarita, y ahora lo sé por experiencia.
—Después de que te desmayaras no quise poner en peligro los asientos de cuero de mi coche llevándote a tu casa, así que te traje aquí—me contesta sin inmutarse.
—¿Me metiste tú en la cama?
—Digamos que Severus trabajó horas extra—responde impasible.
—¿Volví a vomitar?—le pregunto en voz más baja, abochornadísima.
—No.
—¿Me quitaste la ropa?—susurro.
—Sí.
Me mira alzando una ceja y me pongo más roja que nunca.
—¿No habremos…?—le digo susurrando, con la boca seca de vergüenza, pero no puedo terminar la frase. Me miro las manos.
—Hermione, estabas casi en coma. La necrofilia no es lo mío. Me gusta que mis mujeres estén conscientes y sean receptivas—dice secamente.
¿Eso ha sido una confesión? ¿Sus mujeres?
—Lo siento mucho—digo atontada.
Sus labios esbozan una sonrisa burlona.
—Fue una noche muy divertida. Tardaré en olvidarla.
Yo también…oh, esta riéndose de mí, si será…yo no le pedí que fuera a buscarme. No entiendo porque tengo que acabar siendo la mala de la película.
—No tenías por qué seguirme la pista con algún artilugio a lo James Bond para vendérselo al mejor postor—digo con brusquedad.
Me mira fijamente, sorprendida y si no me equivoca, algo herida.
—En primer lugar, la tecnología para localizar teléfonos celulares está disponible en internet. En segundo lugar, mi empresa no invierte en ningún aparato de vigilancia, ni los fabrica. Y en tercer lugar, si no hubiera ido a buscarte, seguramente te habrías despertado en la cama del fotógrafo y, si no recuerdo mal, no estabas muy entusiasmada con sus métodos de cortejarte—me dice en tono mordaz.
¡Sus métodos de cortejarme! Levanto la mirada hacia Bellatrix, que me observa con ojos brillantes, ofendidos. Intento morderme los labios, pero no consigo reprimir la risa.
—¿De qué crónica medieval te has escapado? Pareces una dama de mil ochocientos.
Veo que se le pasa el enojo. Sus ojos se dulcifican, su expresión se vuelve más cálida y en sus labios parece asomarse una sonrisa.
—No lo creo, Hermione. Una antigua bruja malvada, quizá—me dice con una sonrisa burlona, cabeceando—. ¿Cenaste ayer?
Su tono es acusador. Niego con la cabeza. ¿Qué gran pecado he cometido ahora? Se le tensa la mandíbula, pero su rostro sigue impasible.
—Tienes que comer. Por eso te pusiste tan mal. De verdad, es la primera norma cuando bebes.—se pasa la mano por uno de sus bucles sueltos, pero ahora porque está muy nerviosa.
—¿Vas a seguir retándome?
—¿Estoy retándote?
—Creo que sí.
—Tienes suerte de que solo te rete.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, si fueras mía, después del numerito que hiciste ayer no podrías sentarte en una semana. No cenaste, te emborrachaste y te pusiste en peligro.
Cierra los ojos. Por un instante el terror se refleja en su rostro y se estremece. Cuando abre los ojos, me mira fijamente.
—No quiero ni pensar lo que podría haberte pasado.
La miro con expresión ceñuda. ¿Qué le pasa? ¿A ella que le importa? Si fuera suya…bueno, pero no lo soy. Aunque quizá me gustaría serlo. La idea se abre camino entre mi enojo por sus arrogantes palabras. Me ruborizo por la culpa de la caprichosa voz de mi conciencia, que da saltos de alegría con una pollera de flecos rojos, solo de pensar que podría ser suya.
—No me habría pasado nada. Estaba con Fleur.
—¿Y el fotógrafo?—me pregunta con brusquedad.
Mmm…Harry. En algún momento tendré que enfrentarme a él.
—Harry simplemente se pasó de la raya.
Me encojo de hombros.
—Bueno, la próxima vez que se pase de la raya quizá alguien debería enseñarle modales.
—Eres muy partidaria de la disciplina—le digo entre dientes.
—Oh, Hermione, no sabes cuánto.
Cierra un poco los ojos y se ríe perversamente. Me deja desarmada. De repente estoy confundida y enojada, y al momento estoy contemplando su preciosa sonrisa. Wow…estoy embelesada, porque no suele sonreír. Casi me olvido lo que está diciendo.
—Voy a ducharme. A no ser que prefieras ducharte tú primero…
Ladea la cabeza, todavía sonriendo. El corazón me late a toda prisa, y mi cerebro se niega hacer las conexiones oportunas para que respire. Su sonrisa se hace más amplia. Se acerca a mí, se inclina y me pasa el pulgar por la mejilla y por el labio inferior.
—Respira, Hermione—me susurra. Y luego se incorpora y se aparta—. En quince minutos traerán el desayuno. Tienes que estar muerta de hambre.
Entra en el cuarto de baño y cierra la puerta.
Suelto el aire que he estado reteniendo. ¿Por qué es tan alucinadamente atractiva? Ahora mismo me metería en la ducha con ella. Nunca había sentido algo así por nadie. Se me han disparado las hormonas. Me arde la piel por donde ha pasado su dedo, en la mejilla y el labio. Una incómoda y dolorosa sensación me hace retorcerme. No entiendo esta reacción. Mmmm…deseo. Es deseo. Así se siente el deseo.
Me acuesto sobre las suaves almohadas de plumas. Si fueras mía…ay, ¿qué estaría dispuesta hacer para ser suya? Es la única mujer que ha conseguido que sienta la sangre recorriendo mis venas. Pero también me pone los nervios de punta. Es difícil, compleja y poco clara. De pronto me rechaza, mas tarde me manda libros que valen catorce mil dólares, y después me sigue la pista como una acosadora. Y pese a todo, he pasado la noche en la suite de su hotel y me siento segura. Protegida. Le preocupo lo suficiente para que venga a rescatarme de algo que equivocadamente creyó que era peligroso. Para nada es una antigua bruja malvada. En todo caso sería una Valquiria, una hermosa doncella escudera, sobrevolando en su precioso corcel alado, con la misión de rescatar personas desprotegidas y desamparadas…a mí por ejemplo. Río en mi mente sintiéndome acalorada.
Salgo de su cama y busco frenéticamente mis jeans. Se abre la puerta del cuarto de baño y aparece ella, mojada y resplandeciente por la ducha, con una toalla cubriendo su cuerpo, y ahí estoy yo….en bragas, mirándola boquiabierta y sintiéndome muy incómoda. Le sorprende verme levantada.
—Si estás buscando tus jeans, los he mandado a la lavandería—me dice con una mirada impenetrable—. Estaban salpicados de vomito.
—Ah.
Me pongo roja. ¿Por qué demonios tiene siempre que agarrarme descolocada?
—He mandado Severus a comprar otros y unas zapatillas, están en la bolsa.
Ropa limpia. Un plus inesperado.
—Bueno…voy a ducharme—musito—. Gracias.
¿Qué otra cosa puedo decir? Tomo la bolsa y entro corriendo en el cuarto de baño para alejarme de la perturbadora proximidad de Bellatrix entoallada. La maja desnuda de Francisco Goya y Lucientes no tienen nada que hacer a su lado.
El cuarto de baño está lleno de vapor. Me quito la ropa y me meto rápidamente a la ducha, impaciente por sentir el chorro de agua limpia sobre mi cuerpo. Levanto la cara hacia el anhelado torrente. Deseo a Bellatrix Black. La deseo desesperadamente. Es sencillo. Por primera vez en mi vida quiero irme a la cama con una mujer. Quiero sentir sus manos y su boca en mi cuerpo.
Ha dicho que le gusta que sus mujeres estén conscientes. Entonces seguramente si se acuesta con mujeres. Pero no ha intentado besarme, como Ron y Harry. No lo entiendo ¿Me desea? No quiso besarme la semana pasada. ¿Le resulto repulsiva? Pero estoy aquí, y me ha traído ella. No entiendo a qué juega. ¿Qué piensa? Has dormido en su cama toda la noche y no te ha tocado, Hermione. Saca tus conclusiones. La voz de mi conciencia asoma su fea e insidiosa cara. No le hago caso.
El agua caliente me relaja. Mmmm….podría quedarme debajo del chorro, en este cuarto de baño, para siempre. Tomo el gel, que huele a Bellatrix. Es un olor exquisito. Me froto todo el cuerpo imaginándome que es ella quien lo hace, la que me frota este gel que huele de maravilla por el cuerpo, por los pechos, por el vientre y entre los muslos con sus manos de largos dedos. Madre mía. Se me dispara el corazón. Es una sensación muy…muy placentera.
Llama a la puerta y doy un respingo.
—Ha llegado el desayuno.
—Bu…bueno—tartamudeo arrancándome cruelmente de mi ensoñación erótica.
Salgo de la ducha y tomo dos toallas. Con una me envuelvo el pelo al más puro estilo de Carmen Miranda, y con la otra me seco a toda prisa obviando la placentera sensación de la toalla frotando mi piel hipersensible.
Abro la bolsa. Severus me ha comprado no solo unos jeans y unas zapatillas, sino también una blusa azul cielo, medias y ropa interior. Madre mía. Corpiño y bragas limpias…aunque describirlos de manera tan mundana y utilitaria no les hace justicia. Es lencería de lujo europea, de diseño exquisito. Encaje y seda azul celeste. Wow. Me quedo impresionada y algo intimidada. Y además es exactamente de mi talla. Pero claro. Me ruborizo pensando en ese hombre tosco y de cabello brillante comprándome estas prendas en una tienda de lencería. Me pregunto a que otras cosas se dedica en sus horas de trabajo.
Me visto con rapidez. El resto de la ropa también me queda perfecta. Me seco el pelo con la otra toalla e intento desesperadamente controlarlo, pero como siempre, se niega a colaborar. Mi única opción es hacerme una coleta, pero no tengo gomita. Debo de tener una en la cartera, pero vaya uno a saber dónde está. Respiro hondo. Ha llegado el momento de enfrentarse a la señora turbadora.
Me alivia encontrar la habitación vacía. Busco mi bolso, pero no está por aquí. Vuelvo a respirar hondo y voy por la sala de estar de la suite. Es enorme. Hay una lujosa zona para sentarse, llena de sofás y blandos almohadones, y una sofisticada mesita con una pila de grandes libros ilustrados, una zona de estudio con el último modelo de Imac y una enorme televisión de plasma en la pared. Bellatrix está sentada en la mesa del comedor, al otro extremo de la sala, leyendo el diario. La estancia es más o menos el tamaño de una cancha de tenis. No es que juegue al tenis, pero he ido a ver jugar a Fleur varias veces. ¡Fleur!
—Maldición, Fleur—digo con voz ronca.
Bellatrix alza los ojos hacia mí.
—Sabe que estás aquí y que sigues viva. Le he mandado un mensaje a Sirius—me dice con cierta sorna.
Oh, no. Recuerdo su ardiente baile de ayer, sacando partido a todos sus movimientos exclusivos para seducir al primo de Bellatrix Black, nada menos. ¿Qué va a pensar de que esté aquí? Nunca he pasado una noche fuera de casa. Está todavía con Sirius. Solo ha hecho algo así dos veces, y las dos me ha tocado guardar el espantoso pijama rosa durante una semana cuando cortaron. Va a pensar que también yo me he acostado con Bellatrix.
Bellatrix me mira impaciente. Lleva un pantalón demasiado ajustado para mis sentidos, color gris topo; una blusa blanca con preciosos botones emperlados y unas altas botas de taco fino.
—Siéntate—me ordena, señalando hacia la mesa.
Cruzo la sala y me siento frente a ella, como me ha indicado. La mesa está llena de comida.
—No sabía lo que te gusta, así que he pedido un poco de todo.
Me dedica una media sonrisa a modo de disculpa.
—Eres una despilfarradora—murmuro apabullada por la cantidad de platos, aunque tengo hambre.
—Lo soy—dice en tono culpable.
Opto por panqueques, jarabe de arce, huevos revueltos y panceta. Bellatrix intenta ocultar una sonrisa mientras vuelve la mirada a su tortilla. La comida está deliciosa.
—¿Té?—me pregunta.
—Sí, por favor.
Me tiende una pequeña tetera llena de agua caliente, y en el platillo hay una bolsita del té negro que tanto me gusta. Wow, recordó mi pedido en la cafetería.
—Tienes el pelo muy mojado—me regaña.
—No he encontrado el secador—susurro incomoda.
No lo he buscado.
Bellatrix aprieta los labios, pero no dice nada.
—Gracias por la ropa.
—Es un placer, Hermione. Este color te sienta muy bien.
Me ruborizo y me miro fijamente los dedos.
—¿Sabes? Deberías aprender a aceptar los piropos—me dice en tono fustigador.
—Debería darte algo de dinero por la ropa.
Me mira como si estuviera ofendiéndola. Sigo hablando.
—Ya me has regalado los libros, que no puedo aceptar, por supuesto. Pero la ropa…por favor, déjame que te la pague—le digo intentando convencerla con una sonrisa.
—Hermione, puedo permitírmelo, créeme.
—No se trata de eso. ¿Por qué tendrías que comprarme esta ropa?
—Porque puedo.
Sus ojos despiden un destello malicioso.
—El hecho de que puedas no implicas que debas—le respondo tranquilamente.
Me mira alzando la ceja, con ojos brillantes, y de repente me da la sensación de que estamos hablando de otra cosa, pero no sé de qué. Y eso me recuerda…
—¿Por qué me mandaste los libros, Bellatrix?—le pregunto con tono suave.
Deja los cubiertos y me mira fijamente, con una insondable emoción ardiente. Maldita sea…se me seca la boca.
—Bueno, cuando casi te atropelló el ciclista…y yo te sujetaba entre mis brazos y me mirabas diciéndome: "Bésame, bésame, Bellatrix"…—se calla un instante y se encoje de hombros—. Bueno, creí que te debería una disculpa y una advertencia.—se pasa una mano por el cabello—. Hermione, no soy una mujer de flores y corazones. No me interesan las historias de amor. Mis gustos son muy peculiares. Deberías mantenerte aleada de mí.—cierra los ojos, como si se negara a aceptarlo—. Pero hay algo en ti que me impide apartarme. Supongo que ya lo habías imaginado.
De repente ya no siento hambre ¡No puede apartarse de mí!
—Entonces no te apartes—susurro.
Se queda boquiabierta y con los ojos como platos.
—No sabes lo que dices.
—Explícamelo.
Nos miramos. Ninguna de las dos toca la comida.
—Entonces sí que te gustan las mujeres…—le digo.
Sus ojos brillan divertidos.
—Sí, Hermione, me gustan las mujeres.
Hace una pausa para que asimile la información y de nuevo me ruborizo. Se ha vuelto a romper el filtro que separa mi cerebro de la boca. No puedo creerme que haya dicho algo así en voz alta.
—¿Qué planes tienes para los próximos días?—me pregunta en tono suave.
—Hoy trabajo, a partir del mediodía. ¿Qué hora es?—exclamo asustada.
—Poco más de las diez. Tienes tiempo de sobra. ¿Y mañana?
A colocado los codos sobre la mesa, apoyando su hermoso rostro en una mano para mirarme directamente.
—Fleur y yo vamos a empezar a embalar. Nos mudamos a Seattle el próximo fin de semana, y yo trabajo en Weasley toda esta semana.
—¿Ya tienen casa en Seattle?
—Sí.
—¿Dónde?
—No recuerdo la dirección. En el distrito de Pike Market.
—No está lejos de mi casa—dice sonriendo—. ¿Y en que vas a trabajar en Seattle?
¿Dónde quiere ir a parar con todas estas preguntas? La santa inquisidora Bellatrix Black. Es casi tan pesada como Fleur.
—He mandado solicitudes a varios sitios para hacer prácticas. Y aun tienen que responderme.
—¿Y a mi empresa, como te comenté?
Me ruborizo…pues claro que no.
—Bueno…no.
—¿Qué tiene de malo mi empresa?
—¿Tu empresa o "tu compañía"?—le pregunto con una risa maliciosa.
—¿Está riéndose de mí, señorita Granger?
Ladea la cabeza y creo que parece divertida, pero es difícil saberlo. Me ruborizo y desvío la mirada hacia mi desayuno. No puedo mirarla a los ojos cuando habla en ese tono.
—Me gustaría morder ese labio—susurra turbadoramente.
No soy consciente de que estoy mordiéndome el labio inferior. Tras un leve respingo, me quedo pasmada. Es lo más sexy que me han dicho nunca. El corazón me late a toda velocidad y creo que estoy jadeando. Dios mío, estoy temblando, totalmente perdida, y ni siquiera me ha tocado. Me remuevo en la silla y busco su impenetrable mirada.
—¿Por qué no lo haces?—la desafío en voz baja.
—Porque no voy a tocarte, Hermione…No hasta que tenga tu consentimiento por escrito—me dice esbozando una ligera sonrisa.
¿Qué?
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente lo que he dicho.
Suspira y mueve la cabeza, divertida, pero también impaciente.
—Tengo que mostrártelo, Hermione. ¿A qué hora sales del trabajo esta tarde?
—A las ocho.
—Bien, podríamos cenar en mi casa de Seattle esta noche o el sábado que viene y te lo explico. Tú decides.
—¿Por qué no puedes decírmelo ahora?
—Porque estoy disfrutando de mi desayuno y de tu compañía. Cuando lo sepas, seguramente no querrás volver a verme.
¿Qué significa todo esto? ¿Trafica con niños de algún recóndito rincón del mundo para prostituirlos? ¿Forma parte de alguna peligrosa banda criminal mafiosa? Eso explicaría por qué es tan rica. ¿Es profundamente religiosa? ¿Es asexuada? Seguro que no…podría demostrármelo ahora mismo. Me ruborizo pensando en todas las posibilidades. Esto no me lleva a ninguna parte. Me gustaría resolver el enigma de Bellatrix Black cuanto antes. Si eso implica que su secreto es tan grave que ya no voy a querer volver a saber nada de ella, entonces, la verdad, será todo un alivio. ¡No te engañes!, me grita mi subconsciente. Tendrá que ser algo muy malo para que salgas corriendo.
—Esta noche.
Levanta una ceja.
—Como Eva, quieres probar cuanto antes el fruto del árbol de la ciencia.
Suelta una risa maliciosa.
—¿Esta riéndose de mí, señora Black?—le pregunto en tono suave.
Me mira entornando los ojos y saca su celular. Pulsa un numero.
—Severus, voy a necesitar el Charlie Tango.
¡Charlie Tango! ¿Quién es ese?
—Desde Portland a ….digamos a las ocho y media…no, se queda en el escala…toda la noche.
¡Toda la noche!
—Sí. Hasta mañana por la mañana. Pilotaré de Portland a Seattle.
¿Pilotará?
—Piloto disponible desde las diez y media.
Deja el teléfono en la mesa. Ni por favor, ni gracias.
—¿La gente siempre hace lo que le dices?
—Suelen hacerlo si no quieren perder su trabajo—me contesta inexpresiva.
—¿Y si no trabajan para ti?
—Bueno, puedo ser muy convincente, Hermione. Deberías terminarte el desayuno. Luego te llevaré a casa. Pasaré a buscarte por Weasley a las ocho, cuando salgas. Volaremos a Seattle.
Parpadeo.
—¿Volaremos?
—Sí, tengo un helicóptero.
La miro boquiabierta. Segunda cita con la misteriosa Bellatrix Black. De un café a un paseo en helicóptero. Wow.
—¿Iremos a Seattle en helicóptero?
—Sí.
—¿Por qué?
Sonríe perversamente.
—Porque puedo. Termínate el desayuno.
¿Cómo voy a comer ahora? Voy a ir a Seattle en helicóptero con Bellatrix Black. Y quiere morderme el labio…me estremezco al pensarlo.
—Come—me dice bruscamente—. Hermione, no soporto tirar la comida…come.
—No puedo comerme todo esto—digo mirando lo que queda en la mesa.
—Comete lo que hay en tu plato. Si ayer hubieras comido como es debido, no estarías aquí y yo no tendría que mostrar mis cartas tan pronto.
Aprieta los labios. Parece enfadada.
Frunzo el ceño y miro la comida que hay en mi plato, ya fría. Estoy demasiado nerviosa para comer, Bellatrix. ¿No lo entiendes?, explica mi mente. Pero soy demasiado cobarde para decirlo en voz alta, sobre todo cuando parece tan osca. Mmm…como una niña pequeña. La idea me parece divertida.
—¿Qué te hace tanta gracia?—me pregunta.
Como no me atrevo a decírselo, no levanto los ojos del plato. Mientras me como el último trozo de panqueque, alzo la mirada. Me observa con ojos escrutadores.
—Buena chica—me dice—. Te llevaré a casa en cuanto te hayas secado el pelo. No quiero que te enfermes.
Sus palabras tienen algo de promesa implícita. ¿Qué quiere decir? Me levanto de la mesa. Por un segundo me pregunto si debería pedirle permiso, pero descarto la idea. Me parece que sentaría un precedente peligroso. Me dirijo a su habitación, pero una idea me detiene.
—¿Dónde has dormido?
Giro para mirarla. Está todavía sentada en la mesa del comedor con sus hermosas y torneadas piernas cruzadas. No veo mantas ni sabanas por la sala. Quizá las haya guardado ya.
—En mi cama—me responde, de nuevo con mirada impasible.
—Oh.
—Sí, para mí también ha sido toda una novedad—me dice sonriendo.
—Dormir con una mujer…sin sexo.
Sí, digo "Sexo". Y me ruborizo, por supuesto.
—No—me contesta moviendo la cabeza y frunciendo el ceño, como si acabara de recordar algo desagradable—. Sencillamente dormir con una mujer.
Toma el diario y sigue leyendo.
¿Qué demonios significa eso? ¿Nunca ha dormido con una mujer? ¿Es virgen? ¡No, imposible! Me quedo mirándola sin terminar de creerlo. Es la persona más enigmática que he conocido nunca. Caigo en la cuenta de que he dormido con Bellatrix Black y me daría cabezazos contra la pared. ¿Cuánto habría dado por estar consciente y verla dormir? Verla vulnerable. Me cuesta imaginarla. Bueno, se supone que lo descubriré todo esta misma noche.
Ya en el dormitorio, busco en una cómoda y encuentro el secador. Me seco el pelo como puedo, dándole forma con los dedos. Cuando he terminado, voy al baño. Quiero cepillarme los dientes. Veo el cepillo de Bellatrix. Sería como metérmela a ella en la boca. Mmm… miro rápidamente hacia la puerta, sintiéndome culpable, y toco las cerdas del cepillo. Están húmedas. Debe haberlo utilizado ya. Lo tomo a toda prisa, extiendo pasta de diente y me los cepillo en un santiamén. Me siento como una chica mala. Resulta muy emocionante.
Agarro la camiseta, el corpiño y las bragas de ayer, los meto en la bolsa que me ha traído Severus y vuelvo a la sala de estar a buscar la cartera y la campera. Para mi gran alegría, llevo una gomita de pelo en la cartera. Bellatrix me observa con expresión impenetrable mientras me hago la colita. Noto como sus ojos me siguen mientras me siento a esperar a que termine. Está hablando con alguien por su celular.
—¿Quieren dos?...¿Cuánto van a costar?...bien, ¿y qué medidas de seguridad tenemos allí?...¿Irán por Suez?...¿Ven Sudan es seguro?...¿Y cuando llegan a Darfur?...De acuerdo, adelante. Mantenme informada de cómo van las cosas.
Cuelga.
—¿Estás lista?—inquiere.
Asiento. Me pregunto de qué sería la conversación. Se pone un saco fino y largo hasta las rodillas, pero no se lo prende…le queda precioso. Toma las llaves del coche y se dirige a la puerta.
Tiene un aspecto elegante, aunque informal.
Me quedo mirándola un segundo más de la cuenta. Y pensando que he dormido con ella esta noche, y que, pese a los tequilas y los vómitos, sigue aquí. No solo eso, sino que además quiere llevarme a Seattle. ¿Por qué a mí? No lo entiendo. Cruzo la puerta recordando sus palabras: "Hay algo en ti…". Bueno, el sentimiento es mutuo, señora Black, y quiero descubrir cuál es tu secreto.
Recorremos el pasillo en silencio hasta el ascensor. Mientras esperamos, levanto un instante la cabeza hacia ella, que está mirándome de reojo. Sonrío y ella frunce los labios.
Llega el ascensor y entramos. Estamos solas. De pronto, por una inexplicable razón, probablemente por estar tan cerca en un lugar tan reducido, la atmosfera entre nosotras cambia y se carga eléctrica y excitante anticipación. Se me acelera la respiración y el corazón me late a toda prisa. Gira un poco la cara hacia mí con ojos totalmente impenetrables. Me muerdo el labio.
—¡A la mierda el papeleo!—brama.
Se abalanza sobre mí y me empuja contra la pared del ascensor. Antes de que me dé cuenta, me sujeta las dos muñecas con una mano, me las levanta por encima de la cabeza y me inmoviliza contra la pared con las caderas. Madre mía. Con la otra mano me agarra el pelo, tira hacia abajo para levantarme la cara y pega sus carnosos labios a los míos. Casi me hace daño. Gimo, lo que le permite aprovechar la ocasión para meterme la lengua y recorrerme la boca con experta pericia. Nunca me han besado así. Mi lengua acaricia tímidamente la suya y se une a ella en una lenta y erótica danza de roces y sensaciones, de sacudidas y empujes. Levanta la mano y me agarra la mandíbula para que no mueva la cara. Estoy indefensa, con las manos unidas por encima de la cabeza, la cara sujeta y sus caderas inmovilizándome. Siento su respiración agitada, sus pechos aprisionando los míos…dios mío, me desea. Bellatrix Black, la diosa griega, me desea, y yo la deseo a ella, aquí…ahora, en el ascensor.
—Eres…tan…dulce—murmura entrecortadamente.
El ascensor se detiene, se abre la puerta, y en un abrir y cerrar de ojos me suelta y se aparta de mí. Tres hombres trajeados nos miran y entrar sonriéndose. Me late el corazón desbordado. Me siento como si hubiera subido corriendo por una gran pendiente. Quiero inclinarme y sujetarme las rodillas, pero sería demasiado obvio.
La miro. Parece absolutamente tranquila, como si hubiera estado haciendo el crucigrama del Seattle Time. Que injusto. ¿No le afecta lo más mínimo mi presencia? Me mira de reojo y deja escapar un ligero suspiro. Bueno, le afecta, y la reina que llevo dentro menea las caderas y baila una zamba para celebrar la victoria. Los hombres de negocios se bajan en el primer piso. Solo nos queda uno.
—Te has lavado los dientes—me dice mirándome fijamente.
—He utilizado tu cepillo.
Sus labios esbozan una media sonrisa.
—Ay, Hermione Granger, ¿qué voy hacer contigo?
Las puertas se abren en la planta baja, me toma de la mano y me lleva.
—¿Qué tendrán los ascensores?—murmura para sí misma cruzando el vestíbulo.
Me dejo guiar, porque todo mi raciocinio se ha quedado desparramado por el suelo y las paredes del ascensor número tres del hotel Heathman.
Regresé con un nuevo capítulo. Espero que les gustara.
Abrazos y comenten. Buena semana.
