Capítulo 15
Hola.
Me siento terriblemente cortada cuando abro la puerta. Bellatrix está en el porche, con ese pantalón negro de gaza que tanto me encanta y con un saco corto, color verde botella.
—Hola—dice, y su radiante sonrisa le ilumina el rostro.
Me detengo un instante para admirar su belleza. Madre mía, está impactante.
—Pasa.
—Si me lo permites—contesta, divertida. Cuando entra veo que lleva una botella de champagne en su mano—. He pensado que podríamos celebrar tu graduación. No hay nada como un buen Bollinger.
—Interesante elección—comento.
Ella sonríe.
—Me canta la chispa que tienes, Hermione.
—No tenemos más que tazas. Ya hemos embalado todos los vasos y copas.
—¿Tazas? Por mí, bien.
Me dirijo a la cocina. Nerviosa, sintiendo las mariposas en el estomago; es como tener una pantera o mejor dicho, una serpiente lista para atacar en el salón.
—¿Quieres platito también?
—Con la taza me alcanza, Hermione—me responde Bellatrix distraídamente desde el salón.
Cuando vuelvo, está escudriñando el paquete marrón de libros.
Dejo las tazas en la mesa.
—Eso es para ti—murmuro algo ansiosa.
Maldición…Seguro que esto termina en pelea.
—Mmm, me lo imagino. Una cita muy oportuna.—pasa ausente el largo índice por el texto—. Pensé que era d Úrberville, no ángel. Haz elegido la corrupción.—me dedica una breve sonrisa—. Solo tú podrías encontrar algo de resonancias tan acertadas.
—También es una súplica—le susurro.
¿Por qué estoy tan nerviosa? Tengo la boca seca.
—¿Una súplica? ¿Para qué no me pase contigo?
Asiento con la cabeza.
—Compré esto para ti—dice ella en voz baja y con mirada impasible—. No me pasaré contigo si los aceptas.
Trago saliva compulsivamente.
—Bellatrix, no puedo aceptarlos, es demasiado.
—¿Ves?, a esto me refería, me desafías. Quiero que te los quedes, y se acabó la discusión. Es muy sencillo. No tienes que pensar en nada de esto. Como sumisa mía, tendrías que agradecérmelo. Limítate a aceptar lo que te compre, porque me complace que lo hagas.
—Aun no era tu sumisa cuando los compraste—susurro.
—No…pero has accedido, Hermione.
Su mirada se vuelve recelosa.
Suspiro. No me voy a salir con la mía, así que pasamos al plan B.
—Entonces, ¿es mío y puedo hacer lo que quiera con ellos?
Me mira con desconfianza, pero accede.
—Sí.
—En ese caso, me gustaría donarlo a una ONG, a una que trabaja en Darfur y a la que parece que le tienes cariño. Que lo subasten.
—Si eso es lo que quieres hacer…
Aprieta los labios. Parece decepcionada.
Me sonrojo.
—Lo pensaré—murmuro.
No quiero decepcionarla, y entonces recuerdo sus palabras. "Quiero que quieras complacerme".
—No pienses, Hermione. En esto, no.
Lo dice serena y seria.
¿Cómo no voy a pensar? Puedes fingir que eres un coche, una más de sus posesiones, ataca de nuevo la voz de mi consciencia con su desagradable mordacidad. La ignoro. Ay, ¿Podríamos rebobinar? El ambiente es ahora muy tenso. No sé qué hacer. Me miro fijamente los dedos. ¿Cómo salvo la situación?
Deja la botella de champagne en la mesa y se sitúa delante de mí. Me toma la cara por la barbilla y me levanta la cabeza. Me mira con expresión grave.
—Te voy a comprar muchas cosas, Hermione. Acostúmbrate. Me lo puedo permitir. Soy una mujer rica—se inclina y me planta un beso rápido y casto en los labios—. Por favor.
Me suelta.
Bueno, me susurra la voz de mi consciencia.
—Eso hace que me sienta ruin—musito.
—No debería. Le estás dando demasiadas vueltas, Hermione. No te juzgues por lo que puedan pensar los demás. No malgastes energía. Esto es porque nuestro contrato te produce cierto reparo; es algo de lo más normal. No sabes en qué te estás metiendo.
Frunzo el ceño, tratando de procesar sus palabras.
—Eh, para de hacer eso—me ordena con delicadeza, tomándome otra vez de la barbilla y tirando de ella suave para que deje de morderme el labio inferior—. No hay nada ruin en ti, Hermione. No quiero que pienses en eso. No he hecho más que comprarte unos libros antiguos que pensé que te gustarían, nada más. Bebamos un poco de champagne.—su mirada se vuelve cálida y tierna y yo le sonrío tímidamente—. Eso está mejor—murmura.
Toma el champagne, le quita el aluminio y la malla, retuerce la botella más que el corcho y la abre con un pequeño estallido y un movimiento experto con el que no se derrama una gota. Llena la taza a la mitad.
—Es rosado—comento sorprendida.
—Bollinger Grande Aneé Rosé 1999, un año excelente—dice con entusiasmo.
—En taza.
Sonríe.
—En taza. Felicidades por tu graduación, Hermione.
Brindamos y ella da un sorbo, pero yo no puedo dejar de pensar qué, en realidad, celebramos mi capitulación.
—Gracias—susurro, y doy un sorbo. Desde luego está delicioso—. ¿Repasamos los límites tolerables?
Sonríe y yo me ruborizo.
—Siempre tan impaciente.
Bellatrix me toma de la mano y me lleva al sofá, donde se sienta y tira de mí para que tome asiento a su lado.
—Tu padrastro es un hombre muy taciturno.
Ah…así que pasamos de los límites tolerables. Pero quiero quitarme eso de encima; la angustia me está matando.
—Lo tienes comiendo de tu mano—digo con un mohín.
Bellatrix ríe suavemente.
—Solo porque sé de barcos.
—¿Cómo sabías que le gusta pescar y hablar de barcos?
—Me lo dijiste tú. Cuando fuimos a tomar café.
—Ah, sí—doy otro sorbo. Wow se acuerda de los detalles. Mmm…este champagne es buenísimo—. Wendell se lo ha tomado bien…a lo de tú y yo…ya sabes—comento un poco avergonzada.
—Pensé que tus padres estaban al tanto—me dice.
—Bueno, es algo que experimenté contigo. Por lo tanto, ni yo lo sabía—explico tratando de no atragantarme con el champagne.
Ella sonríe ampliamente. Se levanta con elegancia, toma la botella. Me llena la taza. ¿Me querrá emborrachar? La miro recelosa.
—Esto está muy vacío. ¿Te mudas ya?
—Más o menos.
—¿Trabajas mañana?
—Sí, es mi último día en Weasley.
—Te ayudaría con la mudanza, pero le he prometido a mi hermana que iría a buscarla al aeropuerto.
¡Oh!, eso es nuevo.
—Narcissa llega de Paris el sábado a primera hora. Mañana me vuelvo a Seattle, pero tengo entendido que Sirius las va a ayudar.
—Sí, Fleur está muy entusiasmada al respecto.
Bellatrix frunce el ceño.
—Sí, Fleur y Sirius, ¿Quién lo iba a decir?—masculla, y no sé por qué no me parece que le haga mucha gracias—. ¿Y qué vas a hacer con lo del trabajo de Seattle?
¿Cuándo vamos hablar de los límites? ¿A qué juega?
—Tengo un par de entrevistas para puesto de becaría.
—¿Y cuando pensabas decírmelo?—pregunta arqueando una ceja.
—Eh…te lo estoy diciendo ahora.
Entorna los ojos.
—¿Dónde?
No sé bien por qué, quizá para que no haga uso de su influencia, no quiero decírselo.
—En un par de editoriales.
—¿Es eso lo que quieres hacer, trabajar en el mundo editorial?
Asiento con cautela.
—¿Y bien?
Me mira pacientemente a la espera de más información.
—Y bien, ¿qué?
—No seas retorcida, Hermione, ¿en qué editoriales?—me reprende.
—Unas pequeñas—murmuro.
—¿Por qué no quieres que lo sepa?
—Tráfico de influencias.
Frunce el ceño.
—Pues sí que eres retorcida.
Y se echa a reír.
¿Retorcida? ¿Yo? ¿Y ella qué?
—Dios mío, qué cara tienes. Bebe, y hablamos de esos límites.
Saca otra copia de mi e-mail y de la lista. ¿Anda por ahí con esas listas en los bolsillos? Creo que hay una en el saco que tengo yo. Maldición, más vale que no me olvide. Apuro la taza.
Me da un vistazo rápido.
—¿Mas?
—Por favor.
Me dedica una de esas sonrisas de suficiencia suyas, sostiene en alto la botella de champagne, y se detiene.
—¿Has comido algo?
Ay, no…ya estamos otra vez.
—Sí. Me he dado un banquete con Wendell.
La miro poniendo los ojos en blanco. El champagne me está desinhibiendo.
Se inclina hacia delante, me toma de la barbilla y me mira fijamente a los ojos.
—La próxima vez que me pongas los ojos en blanco te voy a dar unos azotes.
¿Qué?
—Ah—susurro, y detecto la excitación en sus ojos.
—Ah—replica, imitándome—. Así se empieza, Hermione.
El corazón me martillea en el pecho y el nudo del estomago se me sube a la garganta. ¿Por qué me excita tanto eso?
Me llena la taza, y me lo bebo casi todo. Escarmentada, la miro.
—Me sigues ahora, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—Respóndeme.
—Sí…te sigo.
—Bien.—me dedica una sonrisa cómplice—. De los actos sexuales…lo hemos hecho casi todo.
Me acerco a ella en el sofá y echo un vistazo a la lista.
APÉNDICE 3
Límites tolerables
A discutir y acordar por ambas partes:
¿Acepta la sumisa lo siguiente?
·Masturbación
·Penetración vaginal
·Cunnilingus
·Fisting vaginal
·Felación
·Penetración anal
·Fisting anal
—De Fisting nada, dices. ¿Hay algo más a lo que te opongas?—pregunta con delicadeza.
Trago saliva.
—La penetración anal tampoco es que me entusiasme.
—Lo del Fisting pase, pero no querría renunciar a tu trasero, Hermione. Bueno, ya veremos. Además, tampoco es algo a lo que podamos lanzarnos sin más.—me sonríe maliciosamente—. Tu trasero necesitará algo de entrenamiento.
—¿Entrenamiento?—susurro.
—Oh, sí. Habrá que prepararlo con delicadeza. La penetración anal puede resultar muy placentera, créeme. Pero si lo probamos y no te gusta, no tenemos por qué volver a hacerlo.
Me sonríe.
La miro espantada. ¿Cree que me va a gustar? ¿Cómo sabe ella del resultado placentero?
—¿Tú lo has hecho?—le susurro.
—Sí.
Madre mía. Ahogo un jadeo.
—¿Con la emperatriz?
—Sí.
Madre mía…¿Cómo? Frunzo el ceño. No, no quiero imaginarme como ha entregado su precioso trasero. Vuelvo a apurar mi taza.
—¿Más?—me pregunta.
—Más—y de pronto, mientras me llena la taza, recuerdo cuando me emborraché y ella me salvó. ¿Será a propósito? ¿Forma parte del juego de seducción y de tira y afloje el que estemos tomando champagne…una taza tras la otra?
—¿Juguetes sexuales?—pregunta.
Me encojo de hombros mirando la lista.
¿Acepta la sumisa lo siguiente?
·Vibradores
·Consoladores
·Tapones anales
·Otros juguetes vaginales/anales
—¿Tapones anales? ¿Eso sirve para lo que dice el envase?—arrugo la nariz, asqueada.
—Sí.—sonríe—. Y hace referencia a la penetración anal de antes. Al entrenamiento.
—Ah…¿y el "otros"?
—Rosarios, huevos…ese tipo de cosas.
—¿Huevos?—inquiero alarmada.
—No son huevos de verdad—ríe a carcajadas, meneando la cabeza.
La miro con los labios fruncidos.
—Me alegra ver que te hago tanta gracia.
No logro ocultar que me siento dolida.
Deja de reírse.
—Mis disculpas. Lo siento, señorita Granger—dice tratando de parecer arrepentida, pero sus ojos aun chispean—. ¿Algún problema con los juguetes?
—No. De todas formas ya me has mostrado algunos. Creo saber de qué va—espeto.
—Hermione—dice, zalamera—, lo siento. Créeme. No pretendía burlarme. Nunca he tenido esta conversación de forma tan explícita. Eres tan inexperta…lo siento.
Me mira con ojos grandes, negros y sinceros.
Me relajo un poco y bebo otro sorbo de champagne.
—Bondage…—dice volviendo a la lista.
La examino, y la reina que llevo dentro da saltitos como una niña a la espera de un helado.
¿Acepta la sumisa lo siguiente?
·Bondage con cuerda
·Bondage con cinta adhesiva
·Bondage con muñequeras
·Otros tipos de Bondage
de cuero
·Bondage con esposas y grilletes
Bellatrix me mira arqueando las cejas.
—¿Y bien?
—De acuerdo—susurro y vuelvo a mirar rápidamente la lista.
¿Acepta la sumisa los siguientes tipos de Bondage?
·Manos al frente
·Muñecas con tobillos
·Tobillos
·A objetos, muebles, etc.
·Codos
·Barras separadoras
·Manos a la espalda
·Suspensión
·Rodillas
¿Acepta la sumisa que se le venden los ojos?
¿Acepta la sumisa que se la amordace?
—Ya hemos hablado de la suspensión y, si quieres ponerla como limite infranqueable, me parece bien. Lleva mucho tiempo, y de todas formas, solo te tengo de a ratos pequeños. ¿Algo más?
—No te rías de mí, pero ¿qué es una barra separadora?
—Prometo no reírme. Ya me he disculpado dos veces.—me mira muy seria—. No me obligues a hacerlo de nuevo—me advierte. Y tengo la sensación de encogerme visiblemente…madre mía, que tirana—. Es una barra que incorpora unas esposas para los tobillos y/o muñecas. Es divertido.
—Está bien…de acuerdo con lo de amordazarme…me preocupa no poder respirar.
—Y a mí también me preocuparía que no respiraras. No quiero asfixiarte.
—Además, ¿cómo voy a usar las palabras de seguridad estando amordazada?
Hace una pausa.
—Para empezar, confío en que nunca tengas que usarlas. Pero si estás amordazada, lo haremos por señas—dice sin más.
La miro asustada. Pero, si estoy atada, ¿cómo lo voy a hacer? Se me empieza a nublar la mente…Mmm, el alcohol.
—Lo de la mordaza me pone nerviosa.
—Bueno. Tomo nota.
La miro fijamente y entonces empiezo a comprender.
—¿Te gusta atar a tus sumisas para que no puedan tocarte?
Me mira abriendo mucho los ojos.
—Esa es una de las razones—dice en voz baja.
—¿Por eso me has atado las manos?
—Sí.
—No te gusta hablar de eso—murmuro.
—No, no me gusta. ¿Quieres más champagne? Te has soltado bastante, y necesito saber lo que piensas del dolor.
Maldita sea…esta es la parte complicada. Me colma la taza, y doy un sorbo.
—A ver, ¿Cuál es tu actitud general respecto a sentir dolor?—. Bellatrix me mira expectante—. Te estás mordiendo el labio—me dice en tono amenazante.
Paro de inmediato, pero no sé qué decir. Me ruborizo.
—¿Recibías castigos físicos de niña?
—No.
—Entonces, ¿no tienes ningún ámbito de referencia?
—No.
—No es tan malo como crees. En este asunto, tu imaginación es tu peor enemiga—susurra.
—¿Tienes que hacerlo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Es parte del juego, Hermione. Te veo nerviosa. Repasemos los métodos.
Me enseña la lista. La voz de mi consciencia sale corriendo, gritando, y se esconde detrás del sofá.
¿Acepta la sumisa las siguientes formas de dolor/castigo/disciplina?
·Azotes
·Azotes con pala
·Latigazos
·Azotes con vara
·Mordiscos
·Pinzas para pezones
·Pinzas genitales
·Hielo
·Cera caliente
·Otros tipos/métodos de dolor
—Bueno, has dicho que no a las pinzas genitales. Muy bien. Lo que más duele son los varazos.
Palidezco.
—Ya iremos llegando a eso.
—O mejor no llegamos—susurro.
—Forma parte del trato, Hermione, pero ya iremos llegando a todo eso, no te voy a obligar a nada horrible.
—Todo esto del castigo es lo que más me preocupa—digo con un hilo de voz.
—Bueno, me alegro que me lo hayas dicho. Por el momento quitamos los varazos de la lista. Y a medida que te vayas sintiendo más cómoda con todo lo demás, incrementaremos la intensidad. Lo haremos despacio.
Trago saliva, y ella se inclina y me besa en los labios.
—Ya está, no ha sido para tanto, ¿no?
Me encojo de hombros, con el corazón en la boca otra vez.
—A ver, quiero comentarte una cosa más antes de llevarte a la cama.
—¿A la cama?—pregunto parpadeando muy deprisa, y la sangre me bombea por todo el cuerpo, calentándome sitios que no sabía que existían hasta hace muy poco.
—Vamos, Hermione, después de repasar todo esto, quiero follarte hasta la semana que viene, desde ahora mismo. En ti también debe haber tenido algún efecto.
Me estremezco. La reina que llevo dentro jadea.
—¿Ves? Además, quiero probar una cosa.
—¿Me va a doler?
—No…deja de ver el dolor por todas partes. Más que nada es placer. ¿Te he hecho daño hasta ahora?
Me ruborizo.
—No.
—Entonces. Antes me hablabas de que querías más.
Se interrumpe, de pronto indecisa.
Madre mía…¿A dónde va a llegar esto?
Me agarra la mano.
—Podríamos probarlo durante el tiempo en que no seas mi sumisa. No sé si funcionará. No sé si podremos separar las cosas. Seguramente no funcione. Pero estoy dispuesta a intentarlo. Quizá una noche a la semana. No sé.
Madre mía…me quedo boquiabierta, la voz de mi consciencia está en estado de shock. ¡Bellatrix Black acepta más! ¡Está dispuesta a intentarlo!
—Con una condición.
Estudia con recelo mi rostro perplejo.
—¿Qué?—digo en voz baja.
Lo que sea. Te doy lo que sea.
—Que aceptes encantada el regalo de graduación que te hago.
—Ah.
Y muy en el fondo sé lo que es. Brota el temor en mi vientre. Me mira fijamente, evaluando mi reacción.
—Ven—murmura levantándose y tendiéndome una de sus delicadas manos.
Nos dirigimos a la puerta.
Estacionado afuera hay un descapotable rojo de tres puertas, un Audi.
—Para ti. Feliz graduación—susurra, girando mi rostro por un momento para besarme.
Me ha comprado un maldito coche y nuevo, a juzgar por su aspecto. ¡Ay!...si ya me costó aceptar los libros. La miro alucinada, intentando desesperadamente decidir cómo me siento. Por un lado, me horroriza; por otro, lo agradezco, me agrada que lo haya hecho, pero la emoción predominante es el enojo. Sí, estoy enojada, sobre todo después de todo lo que le dije de los libros…pero, claro, ya lo ha comprado. Tomándome de la mano, me lleva por el camino de entrada hasta esa nueva adquisición.
—Hermione, ese Fiat tuyo es muy viejo y francamente peligroso. Jamás me perdonaría que te pasara algo cuando para mí es tan fácil solucionarlo…
Me mira, pero por el momento yo no soy capaz de mirarla. Contemplo en silencio el coche tan asombrosamente nuevo y de un rojo tan luminoso.
—Se lo comenté a tu padrastro. Le pareció una idea genial—me susurra.
Me vuelvo y la miro furiosa, boquiabierta de espanto.
—¿Le mencionaste esto a Wendell? ¿Cómo has podido?
Me cuesta que me salgan las palabras. ¿Cómo se atreve? Pobre Wendell. Siento nauseas, muerta de vergüenza por mi padre.
—Es un regalo, Hermione. ¿Por qué no me das las gracias y ya está?
—Sabes muy bien que es demasiado.
—Para mí, no; para mí tranquilidad, no.
La miro ceñuda, sin saber que decir. ¡Es que no lo entiende! Ella ha tenido dinero toda la vida. bueno, toda la vida no-de niña, no-, y entonces mi perspectiva cambia. La idea me serena y veo el coche con otros ojos, sintiéndome culpable por mi arrebato de resentimiento. Su intención es buena, desacertada, pero con buen fondo.
—Te agradezco que me lo prestes, como la computadora.
Suspira hondo.
—Bueno. Te lo presto. Indefinidamente.
Me mira con recelo.
—No, indefinidamente, no. Por el momento. Gracias.
Frunce el ceño. Y me acerco para darle un beso en la mejilla.
—Gracias por el coche, señora—le digo con toda la ternura de la que soy capaz.
Me agarra de pronto y me estrecha contra su cuerpo, con una mano en la espalda reteniéndome y la otra en la mejilla.
—Eres una mujer difícil, Hermione Granger.
Me besa apasionadamente, obligándome a abrir la boca con la lengua, sin contemplaciones.
Me excito al instante y le devuelvo el beso con idéntica pasión. La deseo desesperadamente, a pesar del coche, de los libros, de los límites tolerables…de los varazos…la deseo.
—Me está contando una barbaridad no follarte encima del capó de este coche ahora mismo para demostrarte que eres mía y que si quiero comprarte un maldito coche, te compro un maldito coche—gruñe—. Vamos adentro y desnúdate.
Me planta un beso rápido y brusco.
¡Oh! , si que está enojada. Me agarra de la mano y me lleva de nuevo dentro y derecho al dormitorio…sin ningún tipo de preámbulos. Bellatrix enciende la luz de la mesita, se detiene y me mira fijamente.
—Por favor, no te enojes conmigo—le susurro.
Me mira impasible; sus ojos negros son como fríos pedazos de ónix.
—Siento lo del coche y lo de los libros…—me interrumpo. Guarda silencio, pensativa—. Me das miedo cuando te enojas—digo en voz baja, mirándola.
Cierra los ojos y mueve la cabeza. Cuando los abre, su expresión se ha suavizado. Respira hondo y traga saliva.
—Date vuelta—susurra—. Quiero quitarte el vestido.
Otro cambio brusco de humor; me cuesta seguirla. Obediente, me vuelvo y el corazón se me alborota; el deseo remplaza de inmediato a la inquietud, me recorre la sangre y se instala, oscuro e intenso, en mi vientre. Me recoge el cabello de la espalda de forma que me cuelga por el hombro derecho, enroscándose en mi pecho. Me pone el dedo índice en la nuca y lo arrastra dolorosamente por mi columna vertebral. Su uña me araña la piel.
—Me gusta este vestido—murmura—. Me gusta ver tu piel inmaculada.
Acerca el dedo al borde de mi vestido, a mitad de la espalda, lo engancha y tira de él para arrimarme a su cuerpo. Se inclina y me huele el cabello.
—Que bien hueles, Hermione.
Me roza la oreja con la nariz, desciende por mi cuello y va regándome el hombro de besos tiernos.
Mi respiración se altera, se vuelve menos honda, precipitada, llena de expectativa. Tengo sus dedos en el cierre. Lo baja terriblemente despacio mientras sus labios se deslizan, lamiendo, besando, succionando, hasta el otro hombro. Esto le sale seductoramente bien. Mi cuerpo vibra y empiezo a estremecerme lánguidamente bajo sus caricias.
—Vas…a…tener…que…aprender…a…quedarte…quieta—me susurra, besándome la nuca entre cada palabra. Tira del cierre y el vestido cae y se remolina a mis pies.
—Sin corpiño, señorita Granger. Me gusta.
Alarga las manos y me agarra los pechos, y los pezones se me endurecen bajo su tacto. Siento los de ella en mi espalda, pegados, aprisionando mi cuerpo y cierro los ojos.
—Levanta los brazos y sostente de mi cabeza—me susurra al cuello.
Obedezco de inmediato y mis pechos se elevan y se acomodan en sus manos. Los pezones se me endurecen aun más. Hundo los dedos en su cabello suelto y, con mucha delicadeza, se lo tiro un poco. Ladeo la cabeza para facilitarle el acceso a mi cuello.
—Mmm…—me ronronea detrás de la oreja mientras empieza a pellizcarme los pezones con sus dedos largos, imitando los movimientos de mis manos en su cabello.
Percibo con nitidez la sensación en mi entre pierna y gimo.
—¿Quieres que te haga acabar así?—me susurra.
Arqueo la espalda para acomodar mis pechos en sus manos expertas.
—Le gusta esto, ¿verdad, señorita Granger?
—Mmm…
—Dilo.
Continua la tortura lenta y sensual, pellizcando suavemente.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sí…señora.
—Buena chica.
Me pellizca con fuerza, y mi cuerpo se retuerce convulso contra el suyo.
Jadeo por el exquisito y agudo dolor placentero. Su perfume me enloquece. Gimo y le tiro el cabello con fuerza.
—No creo que estés lista para acabar aun—me susurra dejando de mover las manos. Me muerde flojito el lóbulo de la oreja y tira—. Además, me has disgustado.
Oh, no…¿qué querrá decir con eso?, me pregunto envuelta en la bruma del intenso deseo mientras gruño de placer.
—Así que igual no dejo que acabes.
Vuelve a centrar sus dedos en mis pezones, tirando, retorciéndolos, masajeándolos. Aprieto el trasero contra su cuerpo y lo muevo de un lado a otro.
Noto su sonrisa en el cuello mientras sus manos se desplazan a mis caderas. Me mete los dedos por mi braga, por detrás, tira de ella, clava los pulgares en el tejido, la desgarra y la lanza frente a mí para que la vea…dios mío. Baja las manos a mi sexo y, desde atrás, así de pie en el centro de mi habitación, me mete despacio un dedo.
—Oh, sí. Mi dulce niña ya está lista—me dice dándome la vuelta para que la mire. Su respiración se ha acelerado. Se mete el dedo en la boca—. Mmm…
Suspira. Madre mía, el dedo le debe de saber salado…a mí.
—Desnúdame—ordena en voz baja, mirándome fijamente, con los ojos entre abiertos.
Lo único que llevo puesto son los zapatos…bueno, los zapatos de tacos de Fleur. Estoy desconcertada. Nunca he desnudado a una mujer.
—Puedes hacerlo—me incita suavemente.
Pestañeo de prisa. ¿Por donde empiezo? Alargo las manos a su camisa y me detiene, sonriéndome seductora.
—Ah, no.—menea la cabeza sonriente—. La camisa, no. Para lo que tengo planeado, vas a tener que acariciarme.
Los ojos le brillan de excitación.
¡Ah!, esto es nuevo: Puedo acariciarla con la ropa puesta. Me agarra una mano y la lleva a su propia necesidad. Oh, está caliente.
—¿Puede sentir mi deseo, señorita Granger?
Jadeo y amoldo mi mano sobre sus preciosos pantalones de gaza. Ella sonríe.
—Quítame el pantalón. Tú mandas.
Madre mía, yo mando. Me deja boquiabierta.
—¿Qué me vas a hacer?—me tienta.
Uf, la de cosas que se me ocurren…la reina que llevo dentro ruge y, no sé bien como, fruto de la frustración, el deseo y la pura valentía Granger, la tiro a la cama. Ríe al caer y yo la miro desde arriba, sintiéndome victoriosa. Le quito los zapatos, deprisa, torpemente. Me mira. Los ojos le brillan de diversión y de deseo. La veo…gloriosa…mía. Me subo a la cama y me monto a ahorcadillas encima de ella para desprenderle el precioso cinto plateado que lleva puesto. Cuando lo logro, le bajo el cierre y deslizo los dedos por debajo de la cinturilla llevándome en el proceso también sus bragas. Noto, ¡Sí!, su vello púbico. Cierra los ojos y mueve las caderas.
—Vas a tener que aprender a estar quieta—la reprendo, y le tiro del vello.
Se le entrecorta la respiración y me sonríe.
—Sí, señorita Granger—murmura con los ojos encendidos.
Le acaricio la cadera despacio. Estoy más que excitada.
—Que ansiosa, señorita Granger—susurra con la voz teñida de complacencia.
Oh, creo que mis gestos me delatan. Sabe que no soportaré mucho tiempo con este juego que ella sabe dominar a la perfección.
Me deslizo hasta abajo y tiro sus pantalones. A penas se mueve. Frunzo el ceño. ¿Cómo puede ser tan difícil?
—No puedo estarme quieta si te muerdes el labio—me advierte, y luego levanta la pelvis de la cama para que pueda bajarle los pantalones y las bragas a la vez, Wow…Tiro la ropa al suelo.
Cielo santo, en primera plana y sin débiles veladoras de por medio. En todo su esplendor y sin tapujos…¿Esa mujer es para mí? ¡Dioses!
—¿Qué vas a hacer ahora?—me dice. Todo rastro de humor ha desaparecido.
Alargo la mano y la acaricio, observando su expresión mientras lo hago, su boca forma una O y se abre un poco permitiéndome explayarme. Inspira hondo. Su piel es tan suave y delicada, como de porcelana…Mmm. Me inclino hacia delante, el pelo me cae por la cara, y sin previo aviso me acomodo entre sus piernas, las separo aun más y me hundo en ella.
—Dios, Hermione, tranquila—gruñe.
Me siento poderosa, que sensación tan estimulante provocarla y lanzarla al precipicio con mi lengua. Chupo su clítoris, alternando con suaves y largas lamidas a lo largo de su sexo. Sabe riquísimo.
—Para, Hermione, para. No quiero acabar.
No la escucho. Yo tengo el control. Ella me lo ha cedido. Le sostengo las piernas con fuerza, separándolas lo más que puedo y su cabeza vuelve al colchón. Cierra los ojos y yo me aferro como si se me fuera la vida en ello. Succiono sin pausa. Llevo una de mis manos a su entrada sin separar mi boca de sus pliegues y deslizo dos dedos en su interior. ¡Oh, dios! La he penetrado y ella lo disfruta. Arquea su espalda y aprieta sus puños mientras bombeo con un ritmo lento, pero marcado, firme….Es mía, me la estoy follando, mando yo, y yo soy suya…Ahora caigo en la abrumadora realidad, estoy perdida, perdida por esta mujer debajo de mí, jadeando y gimiendo mi nombre.
Regresé! Nuevo capítulo y qué capítulo! Bellatrix permitiendo que Hermione tome el control. Y aunque pidió que se detuviera, no tuvo la suficiente fuerza de voluntad para detenerla. Espero que les gustara.
Aviso: Nueva historia Bellamione "El secreto de sus ojos", véanla y comenten.
Como siempre, comenten y abrazos.
FannyGP: Sí, creo que aún faltan algunos capítulos para la cena familiar. Va a resultar interesante como se manejará Bella frente a su familia.
Kari: Y como era de esperarse, Bellatrix se presentó en la casa de Hermione esa misma noche. Aunque no imaginó perder el control de la manera en que lo hizo jaja. Ni el saco llegó a sacarse.
