Capítulo 16

Poco a poco el mundo exterior invade mis sentidos y, madre mía. Floto, con las extremidades desmadejadas y lánguidas. Estoy acostada encima de ella, con la cabeza en su pecho, y huele maravillosamente: A perfume caro y fresco, al mejor y más seductor aroma del planeta…a Bellatrix. No quiero moverme, quiero respirar ese elixir eternamente. La acaricio y pienso que ojalá no tuviera el obstáculo de su camisa solo un poco desabotonada. Mientras el resto de mi cuerpo recobra la cordura, extiendo la mano sobre su pecho. Es la primera vez que la toco en esa zona. De pronto levanta la mano y me agarra la mía, pero suaviza el efecto llevándosela a la boca y besándome con ternura los nudillos. Luego me da vuelta y se me pone encima, de forma que ahora me mira desde arriba.

—No—murmura, y me besa suavemente.

—¿Por qué no te gusta que te toquen?—susurro, contemplando desde abajo sus ojos negros.

—Porque estoy jodida, Hermione. Tengo muchas más sombras que luces. Cincuenta sombras más.

Ah…su sinceridad me desarma por completo. La miro extrañada.

—Tuve una introducción a la vida muy dura. No quiero aburrirte con los detalles. No lo hagas y ya está.

Frota su nariz con la mía, y se incorpora.

—Creo que te mereces el castigo—dice levantándose con una imperceptible sonrisa de lado. Es la confirmación de que me dejará con mi necesidad—. Te he pedido que te detuvieras y no lo hiciste.

No puedo negarlo. Sí que lo merezco. Y aunque el vientre me arde por dentro, no replico. Es lo justo.

—Señorita, no es usted solo una cara bonita. Ha tenido seis orgasmos hasta la fecha y los seis me pertenecen. Y también este séptimo que no te he permitido tener. No puedes tocarte, recuérdalo—me advierte con seriedad.

Me sonrojo y me asombro a la vez, mientras ella me mira. Frunce el ceño.

—¿Tienes algo que contarme?—me dice.

La miro ceñuda. Maldición.

—He soñado algo esta mañana.

—¿Ah, sí?

Me mira furiosa.

Maldición, maldición.

—He acabado en sueños.

—¿En sueños?

—Y me he despertado.

—De seguro que sí. ¿Qué soñabas?

Maldición.

—Contigo.

—¿Y qué hacía yo?

Me vuelvo a tapar los ojos con el brazo y, como si fuera una niña pequeña, acaricio por un instante la fantasía de que, que si yo no la veo, ella a mi tampoco.

—Hermione, ¿qué hacía yo? No te lo voy a volver a preguntar—sisea, sentándose en el borde de la cama.

—Tenías una fusta.

Me aparta el brazo.

—¿En serio?

—Sí.

Estoy muy colorada.

—Bueno, aun me quedan esperanzas contigo—murmura—. Tengo varias fustas.

—¿Marrón, de cuero trenzado?

Ríe.

—No, pero seguro que puedo hacerme con una.

Se inclina hacia delante, me da un beso breve, se pone nuevamente de pie y toma su pantalón del suelo. Oh, no…se va. Miro rápidamente la hora: son solo las diez menos veinte. Salgo también disparada de la cama y agarro mis pantalones de jogging y mi musculosa, y luego me siento en la cama, con las piernas cruzadas, observándola. No quiero que se vaya. ¿Qué puedo hacer?

—¿Cuándo te toca la regla?—interrumpe mis pensamientos.

¿Qué?

—¿Eh?—dice al ver que no respondo, y me mira expectante, como si esperara mi opinión sobre el tiempo.

Madre mía, eso es algo tan personal…¿Acaso yo se lo pregunto a ella?

—La semana que viene.

Me miro las manos.

—Muy bien. Necesito saber el día exacto—insiste, abotonándose la camisa y colocándose los zapatos.

Que mandona es. La miro trastornada. Lleva su cabello hacia adelante y se hace un moño suelto. ¿Cómo puede lucir tan esplendida en un pestañar?

—¿Tienes medico?

Niego con la cabeza. Ya estamos otra vez con las fusiones y adquisiciones, otro cambio de humor de ciento ochenta grados.

Frunce el ceño.

—Puedo pedirle a la mía que pase a verte por tu departamento. El domingo por la mañana, antes de que vengas a verme tú. O le puedo pedir que te vea en mi casa, ¿qué prefieres?

Sin agobios, ¿no? Otro cosa que me va a pagar…claro que esto es por ella.

—En tu casa.

Así me aseguro que la veré el domingo.

—Bueno. Ya te diré a qué hora.

—¿Te vas?

No te vayas…quédate conmigo, por favor.

—Sí.

¿Por qué?

—¿Cómo vas a volver?—le susurro.

—Severus viene a buscarme.

—Te puedo llevar yo. Tengo un auto nuevo precioso.

Me mira con expresión tierna.

—Eso ya me gusta más, pero me parece que ya has bebido demasiado.

—¿Me has achispado a propósito?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque le das demasiadas vueltas a las cosas y eres tan reticente como tu padrastro. Con una gota de alcohol ya estás hablando por los codos, y yo necesito que seas sincera conmigo. De lo contrario, te cierras y no tengo ni idea de lo que piensas.

—¿Y crees que tú eres siempre sincera conmigo?

—Me esfuerzo por serlo.—me mira con recelo—. Esto solo saldrá bien si somos sinceras la una con la otra.

—Quiero que te quedes y me liberes de mi castigo.

Me sonríe divertida y le brillan los ojos.

—Hermione, esta noche e excedido mis propios límites al permitirte tomar el control. Es mejor que me vaya. Te veré el domingo. Tendré listo el contrato revisado y entonces podremos empezar a jugar de verdad.

—¿A jugar?

Dios mío. Se me sube el corazón a la boca.

—Me gustaría tener una sesión contigo, pero no lo haré hasta que hayas firmado, para asegurarme de que estás lista.

—Ah. ¿Así que si no firmara podría alargar esto?

Me mira pensativa, luego se dibuja una sonrisa en sus labios.

—Supongo que sí, pero igual mi ansiedad está en un punto crítico.

—¿Punto crítico?

La reina que llevo dentro ha despertado y escucha atenta.

Asiente despacio y sonríe, provocadora.

—La cosa podría ponerse muy fea.

Su sonrisa es contagiosa.

—¿Cómo…fea?

—Ah, ya sabes, dominación sin contemplaciones, persecuciones en coche, secuestro, cárcel…

—¿Me vas a secuestrar?

—Desde luego—afirma sonriendo.

—¿A retenerme en contra de mi voluntad?

Madre mía, como me pone esto.

—Por supuesto. —Asiente con la cabeza—. Y luego viene mi enceguecimiento. No dormiremos, solo comerás cuando lo ordene y permanecerás en mi cuarto los siete días de la semana.

—Me he perdido—digo con el corazón retumbando en el pecho.

¿Lo dirá en serio?

—Poder absoluto, las veinticuatro horas.

Le brillan los ojos y percibo su respiración entrecortada.

Madre mía.

—No tienes elección—me dice con aire burlón.

—Claro—digo sin poder evitar el sarcasmo mientras alzo la vista.

—Ay, Hermione Granger, ¿me acabas de poner los ojos en blanco?

Maldición.

—¡No!—chillo.

—Me parece que sí. ¿Qué te he dicho que haría si volvías a poner los ojos en blanco?

Maldición. Se sienta al borde de la cama.

—Ven aquí—me dice en voz baja.

Palidezco. Uf, va en serio. Me siento y la miro, completamente inmóvil.

—Aun no he firmado—susurro.

—Te dicho lo que haría. Soy una mujer de palabra. Te voy a dar unos azotes, y luego ya veremos.

Me habla tan bajito, en tono tan amenazador, que me excita muchísimo. Las entrañas casi se me retuercen de deseo puro, vivo y pujante. Me mira esperando, con los ojos encendidos. Descruzo las piernas tímidamente. ¿Salgo corriendo? Se acabó: nuestra relación pende de un hilo, aquí, ahora. ¿La dejo que lo haga o me niego y se terminó? Porque sé que, si me niego, se acabó. ¡Hazlo!, me suplica la reina que llevo dentro. La voz de mi consciencia está tan paralizada como yo.

—Estoy esperando—dice—. No soy una mujer paciente.

Oh, dios, por todos los dioses…jadeo asustada, excitada. La sangre me bombea frenéticamente por todo el cuerpo, siento las piernas como flanes. Despacio, me voy acercando a ella hasta situarme a su lado.

—Así es—masculla—. Ahora ponte de pie.

Maldición. ¿Por qué no termina ya con esto? No sé si voy a sostenerme de pie. Titubeo, me levanto. De pronto me agarra y me recuesta sobre su regazo. Con un solo movimiento suave ladea el cuerpo de forma que mi tronco descansa sobre la cama, a su lado. Me pasa la pierna derecha por encima de las mías y planta el brazo izquierdo sobre mi cintura, sujetándome para que no me mueva. Maldición.

—Sube las manos y colócalas a ambos lados de la cabeza—me ordena.

Obedezco inmediatamente.

—¿Por qué hago esto, Hermione?—pregunta.

—Porque he puesto los ojos en blanco.

Casi no puedo hablar.

—¿Te parece que eso es de buena educación?

—No.

—¿Vas a volver a hacerlo?

—No.

—Te daré unos azotes cada vez que lo hagas, ¿me has entendido?

Muy despacio, empieza a bajarme los pantalones de jogging. Ay, que degradante. Degradante, espeluznante y excitante. Se está pasando un montón con esto. Tengo el corazón en la boca. Me cuesta respirar. Maldición…¿Me va a doler?

Me pone la mano en el trasero desnudo, me manosea con suavidad, acariciándome en círculos con la mano abierta. De pronto su mano ya no está ahí…y entonces me da, fuerte. ¡Au! Abro los ojos de golpe en respuesta al dolor e intento levantarme, pero ella me pone la mano entre los omoplatos para impedirlo. Vuelve a acariciarme donde me ha pegado; le ha cambiado la respiración: ahora es más fuerte y agitada. Me pega otra vez, y otra vez, rápido, seguido. Dios mío, duele. No rechisto, con la cara contraída de dolor. Retorciéndome trato de esquivar los golpes, espoliada por el frenesí de adrenalina que me recorre el cuerpo entero.

—Quédate quieta—protesta—, o tendré que azotarte más.

Primero me frota, luego viene el golpe. Empieza a seguir un ritmo: caricia, manoseo, azote. Tengo que concentrarme para sobrellevar el dolor. Procuro no pensar en nada y digerir la desagradable sensación. No me da dos veces seguidas en el mismo sitio: está extendiendo el dolor.

—¡Aaaggg!—grito al quinto azote, y caigo en la cuenta de que he ido contando mentalmente los golpes.

—Solo estoy calentando.

Me vuelve a dar y me acaricia con suavidad. La combinación de dolorosos azotes y suaves caricias me nubla la mente por completo. Me pega otra vez; cada vez me cuesta más aguantar. Me duele la cara de tanto contraerla. Me acaricia y me suelta otro golpe. Vuelvo a gritar.

—No te escucha nadie. Solo yo.

Y me azota otra vez, y otra. Muy en el fondo, deseo rogarle que pare. Pero no lo hago. No quiero darle esa satisfacción. Prosigue con su ritmo implacable. Grito seis veces más. Dieciocho azotes en total. Me arde el cuerpo entero, me arde por su despiadada agresión.

—Ya está—dice con voz ronca—. Bien hecho, Hermione. Ahora te voy a follar.

Me acaricia con suavidad el trasero, que me arde mientras me masajea en círculos y hacia abajo. De pronto me introduce dos dedos, tomándome completamente por sorpresa. Ahogo un grito; la nueva agresión se abre paso a través de mí entumecido cerebro.

—Siente esto. Mira como le gusta a tu cuerpo, Hermione. Te tengo empapada.

Hay asombro en su voz. Mueve los dedos, metiendo y sacando deprisa.

Gruño y me quejo. No, seguro que no…entonces siento como se inclina más sobre mí, pegándose a mi espalda, abriendo mis piernas dejándome expuesta. Introduce un tercer dedo y yo gimo.

—Puedes acabar—masculla en mi oído.

¿Qué? Como si tuviera elección…

Y acelera las embestidas, llenándome, hasta el fondo. Y jadeo ruidosamente. Se mueve, entra y sale a un ritmo intenso, empujando contra mi trasero dolorido. La sensación es más que deliciosa, cruda, devastadora. Tengo los sentidos asolados, desconectados, me concentro únicamente en lo que me está haciendo, en lo que siento, en ese tirón ya familiar en lo más hondo de mi vientre, que se agudiza, se acelera. No…y mi cuerpo traicionero estalla en un orgasmo intenso y desgarrador.

—¡Ay, Hermione!—susurra, mordiéndome el cuello.

Retira los dedos y se coloca a mi lado, jadeando intensamente. ¿Cómo lo soporta? Está con sus pantalones perfectamente alineados. Dioses, su autocontrol no es normal.

—Bienvenida a mi mundo—susurra, sonriendo complacida.

Nos quedamos ahí tumbadas. Me acaricia el cabello con suavidad. Me pongo de lado para observarla. Pero esta vez no tengo las fuerzas para levantar la mano y palparla. Uf, he sobrevivido. No ha sido para tanto. Tengo más aguante de lo que pensaba. La reina que llevo dentro está postrada, o al menos calladita. Bellatrix me da un beso suave, húmedo y corto.

—Estuviste estupenda—me alaga con una sonrisa.

Sus palabras me envuelven como una toalla suave y mullida, me encanta verla contenta.

Me agarra del tirante de la musculosa.

—¿Esto es lo que te pones para dormir?—me pregunta en tono amable.

—Sí—respondo media adormilada.

—Deberías llevar seda y satén. Te llevaré de compras.

—Me gusta lo que llevo—digo, procurando sin éxito sonar indignada.

Me da otro beso.

—Ya veremos—dice.

Seguimos así unos minutos más, horas, a saber. Creo que me quedo traspuesta.

—Tengo que irme—dice e inclinándose hacia adelante, me besa con suavidad la frente—. ¿Estás bien?—añade en voz baja.

Medito la respuesta. Me duele el trasero. Bueno, lo tengo al rojo vivo. Sin embargo, asombrosamente, aunque agotada, me siento radiante. El pensamiento me resulta inesperado, no lo entiendo.

—Estoy bien—susurro.

No quiero decir más.

Se levanta.

—¿Dónde está el baño?

—Por el pasillo, a la izquierda.

Me incorporo con dificultad y vuelvo a ponerme los pantalones de jogging. Me rosa un poco el trasero aun escocido. Me confunde mucho mi reacción. Recuerdo que me dijo—aunque no recuerdo cuando—que me sentiría mucho mejor después de que la dejara actuar. ¿Cómo puede ser? De verdad no lo entiendo. Sin embargo, curiosamente es cierto. No puedo decir que haya disfrutado de la experiencia—de hecho, aun haría lo que fuera por evitar que se repitiera—, pero ahora…tengo esa sensación rara y serena de recordarlo todo con una plenitud absolutamente placentera. Me tomo la cabeza con las manos.

Bellatrix vuelve a entrar en la habitación. No puedo mirarla a los ojos. Bajo la vista a mis manos.

—He encontrado aceite para niños. Déjame que te ponga un poco.

¿Qué?

—No, ya se me pasará.

—Hermione—me advierte, y estoy a punto de poner los ojos en blanco, pero me reprimo enseguida.

Me coloco mirando hacia la cama. Se sienta a mi lado y vuelve a bajarme con cuidado los pantalones. Sube y baja, como las bragas de una prostituta, observa con amargura la voz de mi consciencia. Le digo mentalmente a donde se puede ir. Bellatrix se echa un poco de aceite en las manos y me embadurna el trasero con delicada ternura.

—Me gusta tocarte—murmura.

Y debo coincidir con ella: a mí también que lo haga.

—Ya está—dice cuando termina, y vuelve a subirme los pantalones.

Miro de reojo el reloj. Son las diez y media.

—Me marcho ya.

—Te acompaño.

Sigo sin poder mirarla.

Avanzamos hasta la puerta. Por supuesto Fleur un no está en casa. Aun debe de andar cenando con sus padres. Me alegra de verdad que no estuviera aquí y pudiera oír mi castigo.

—¿No tienes que llamar a Severus?—pregunto evitando el contacto visual.

—Severus está aquí desde las nueve. Mírame—me pide.

Me esfuerzo por mirarla a los ojos, pero cuando lo hago veo que ella me contempla admirada.

—No has llorado—murmura, y luego de pronto me agarra y me besa apasionadamente—. Hasta el domingo—susurra en mis labios, y me suena a promesa y amenaza.

La veo irse, haciendo sonar su altos tacos, con su arrolladora elegancia. Se sube al enorme audi negro. No mira atrás. Cierro la puerta y me quedo indefensa en el salón de un apartamento en el que solo pasaré dos noches más. Un sitio en el que he vivido feliz casi cuatro años. Pero hoy, por primera vez, me siento sola e incómoda aquí, a disgusto conmigo misma. ¿Tanto me he distanciado de la apersona que soy? Sé que, bajo mi exterior entumecido, no muy lejos de la superficie, acecha un mar de lágrimas. ¿Qué estoy haciendo? La paradoja es que ni siquiera puedo sentarme y hartarme de llorar. Tengo que estar de pie. Sé que es tarde, pero decido llamar a mi madre.

—¿Cómo estas, cielo? ¿Qué tal la graduación?—me pregunta entusiasmada al otro lado de la línea.

Su voz me resulta balsámica.

—Siento llamarte tan tarde—le susurro.

Hace una pausa.

—¿Hermione? ¿Qué pasa?—dice, de pronto muy seria.

—Nada, mamá, tenía ganas de oír tu voz.

Guarda silencio un instante.

—Hermione, ¿qué ocurre? Cuéntamelo, por favor.

Su voz suena suave y tranquilizadora, y sé que le preocupa. Sin previo aviso, se me saltan las lágrimas. He llorado tanto en los últimos días…

—Por favor, Hermione—me dice, y su angustia refleja la mía.

—Ay, mamá, es por una…

Y callo. No puedo terminar de decirlo. No puedo creer que salga del closet de esta manera.

—¿Por una…?—repite.

—Por una mujer—digo por fin, cerrando fuertemente los ojos.

—¡Oh!

El silencio se extiende por unos segundos. No sé cuantos realmente.

—¿Qué te ha hecho?—se recompone y suena comprensiva, aunque preocupada.

Su alarma es palpable.

—No es eso.

Aunque en realidad, sí lo es. Oh, maldición. No quiero preocuparla. Solo quiero que alguien sea fuerte por mí en estos momentos.

—Hermione, por favor, me estás preocupando.

Inspiro hondo.

—Es que me he enamorado de una mujer que es muy distinta a mí y no sé si deberíamos estar juntas.

—Ay, cielo, ojala pudiera estar contigo. Las mujeres somos complicadas—me dice, tomándose un momento. Se nota que a pesar de aceptar lo que le estoy contando, le cuesta elaborar las palabras—. Pero también sé que tenemos nuestro lado comprensivo y reflexivo. Eso juega a tu favor. ¿Cuánto hace que la conoces?

Bellatrix, ¿reflexiva y comprensiva? No estoy tan segura.

—Casi tres semanas.

—Hermione, cariño, eso no es nada. ¿Cómo se puede conocer a nadie en ese tiempo? Tómatelo con calma y mantenla a raya hasta que decidas si es digna para ti.

Wow. La repentina perspicacia de mi madre me desconcierta, pero en este caso llega tarde. ¿Qué si es digna de mí? Interesante concepto. Siempre me pregunto si soy digna de ella.

—Cielo, te noto triste. Ven a casa, haznos una visita. Te extraño, cariño. A Remus también le encantaría verte. Así te distancias un poco y quizá puedas ver las cosas con un poco de perspectiva. Necesitas un descanso. Has estado muy ocupada.

Madre mía, que tentación. Huir a Georgia. Disfrutar de un poco de sol, salir de copas. El buen humor de mi madre, sus brazos amorosos…

—Tengo dos entrevistas de trabajo en Seattle el lunes.

—Que buena noticia.

Se abre la puerta y aparece Fleur, sonriéndome. Su expresión se vuelve sombría cuando me ve que he estado llorando.

—Mamá, tengo que colgar. Pensaré en lo de ir a verlos. Gracias.

—Cielo, por favor, no dejes que nadie te trastoque la vida. Eres demasiado joven. Sal a divertirte.

—Sí, mamá. Te quiero.

—Te quiero muchísimo, Hermione. Cuídate.

Cuelgo y me enfrento a Fleur, que me mira furiosa.

—¿Te ha vuelto a disgustar la infumable?

—No…es que…he…sí.

—Mándala de paseo, Hermione. Desde que la conociste, estás muy trastornada. Nunca te había visto así.

El mundo de Fleur es muy claro: Blanco o negro. No tiene los tonos de grises, misteriosos e intangibles que colorean el mío. "Bienvenida a mi mundo"

—Siéntate, vamos a hablar. Nos tomaremos un vino. Ay, ya has bebido champagne—examina la botella—. Del bueno, además.

Sonrío sin ganas, mirando aprensiva el sofá. Me acerco con cautela. Uf, sentarme.

—¿Te encuentras bien?

—Me he caído de traste.

No se le ocurre poner en duda mi explicación, porque soy una de las personas más descoordinadas del estado de Washington. Jamás pensé que eso un día me vendría bien. Me siento, con mucho cuidado, y me sorprende agradablemente ver que estoy bien. Procuro prestar atención a Fleur, pero la cabeza se me va al Heathman: "Si fueras mía, después del numerito que hiciste ayer no podrías sentarte en una semana". Me lo dijo entonces, pero en aquel momento yo no pensaba más que en ser suya. Todas las señales de advertencia estaban ahí, y yo estaba demasiado despistada y demasiado enamorada para reparar en ellas.

Fleur vuelve al salón con una botella de vino tinto y las tazas lavadas.

—Ten.

Me ofrece una taza de vino.

—Hermione, si es la típica idiota que no quiere comprometerse, mándala al cuerno. Aunque la verdad es que no entiendo porque tendría que suceder. En la carpa no te quitaba los ojos de encima, te vigilaba como un halcón. Yo diría que estaba completamente embobada, pero igual tiene una forma curiosa de demostrarlo.

¿Embobada? ¿Bellatrix? ¿Una forma curiosa de demostrar?

Ya te digo.

—Es complicado, Fleur. ¿Qué tal tu noche?—pregunto.

No puedo hablar de esto con Fleur sin revelarle demasiado, pero basta con una pregunta sobre su día para que se olvide del tema. Resulta tranquilizador sentarse a escuchar su parloteo habitual. La gran noticia es que Gabrielle se viene a vivir con nosotras cuando vuelvan de vacaciones. Será divertido: Con Gabrielle es imposible parar de reír. Frunzo el ceño. No creo que a Bellatrix le parezca bien. Me da igual. Tendrá que aceptar. Me tomo un par de tazas de vino y decido irme a la cama. Ha sido un día muy largo. Fleur me da un abrazo y toma el teléfono para llamar a Sirius.

Después de lavarme los dientes, doy un vistazo al cacharro infernal. Hay un correo de Bellatrix.


De: Bellatrix Black

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:14

Para: Hermione Granger

Asunto: Usted

Querida señorita Granger:

Es sencillamente exquisita. La mujer más hermosa, inteligente, ingeniosa y valiente que he conocido. Tómese un Ibuprofeno (no es un mero consejo). Y no vuelva usar el Fiat 600.

Bellatrix Black

Presidenta de Black Enterprises Holdings, Inc.


¡Que no vuelva a usar mi coche! Tecleo mi respuesta.


De: Hermione Granger

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:20

Para: Bellatrix Black

Asunto: Halagos

Querida señora Black:

Con halagos no llegará a ninguna parte, pero, como ya ha estado en todas, da igual. Tendré que usar el Fiat 600 para llevarlo a un concesionario y venderlo, de modo que no voy a hacer ni caso de las bobadas. Prefiero el tinto al Ibuprofeno.

Hermione

PD: Para mí, los varazos están dentro de los límites infranqueables.


De: Bellatrix Black

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:26

Para: Hermione Granger

Asunto: Las mujeres frustradas no saben aceptar cumplidos

Querida señorita Granger:

No son halagos. Debería acostarse.

Acepto su incorporación a los límites infranqueables.

No beba demasiado.

Severus se encargará de su coche y lo venderá a buen precio.

Bellatrix Black

Presidenta de Black Enterprises Holdings, Inc.


De: Hermione Granger

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:40

Para: Bellatrix Black

Asunto: ¿Será Severus el hombre adecuado para esa tarea?

Querida señora:

Me asombra que le importe tan poco que su mano derecha conduzca mi coche pero sí que lo haga una mujer a la que se folla de vez en cuando. ¿Cómo sé yo que Severus me va a conseguir el mejor precio por el coche? Siempre me he dicho, seguramente antes de conocerla, que estaba conduciendo una autentica ganga.

Hermione.


De: Bellatrix Black

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:44

Para: Hermione Granger

Asunto: ¡Cuidado!

Señorita Granger:

Doy por sentado que es el tinto lo que le hace hablar así, y que el día ha sido muy largo. Aunque me tienta volver allí y asegurarme de que no pueda sentarse en una semana, en vez de una noche. Severus es un ex militar y capaz de conducir lo que sea, desde una moto hasta un tanque. Su coche no supone peligro alguno para él.

Por favor, no diga que es una mujer a la que me follo de vez en cuando, porque, la verdad, me enfurece, y le aseguro que no le gustaría verme enojada.

Bellatrix Black

Presidenta de Black Enterprises Holdings, Inc.


De: Hermione Granger

Fecha: 26 de mayo de 2011 23:57

Para: Bellatrix Black

Asunto: Cuidado usted

Querida señora Black:

No estoy segura de que usted me guste, sobre todo ahora.

Hermione


De: Bellatrix Black

Fecha: 27 de mayo de 2011 00:03

Para: Hermione Granger

Asunto: Cuidado usted

¿Por qué no te gusto?

Bellatrix Black

Presidenta de Black Enterprises Holdings, Inc.


De: Hermione Granger

Fecha: 27 de mayo de 2011 00:09

Para: Bellatrix Black

Asunto: Cuidado, tú

Porque nunca te quedas en casa.


¡Ajá!, eso le dará algo en lo que pensar. Cierro el cacharro con una indiferencia que no siento y me meto en la cama. Apago la lamparita y me quedo mirando al techo. Ha sido un día largo, un vaivén emocional constante. Me ha gustado pasar un rato con Wendell. Lo he visto bien y, curiosamente, le ha gustado Bellatrix. Lo del chisme de Fleur…oír a Bellatrix decir que había pasado hambre. ¿Qué demonios es todo esto? Dioses, y el coche. Ni siquiera le he comentado a Fleur lo del coche nuevo. ¿En qué estaría pensando Bellatrix?

Y encima esta noche me ha pegado de verdad. En mi vida me habían pegado. ¿Dónde me he metido? Muy despacio, las lágrimas, retenidas por la llegada de Fleur empiezan a rodarme por los lados de la cara hasta las orejas. Me he enamorado de alguien tan emocionalmente cerrada que no conseguiré más que sufrir—en el fondo, lo sé—, alguien que, según ella misma admite, está totalmente jodida. ¿Por qué está tan jodida? Debe de ser horrible estar tan tocada como ella; la idea de que de niña fuera víctima de crueldades insoportables me hace llorar aun más. Quizá si fuera más normal no le interesaría.

Me doy vuelta, se abren las compuertas y por primera vez en años, lloro desconsolada con la cara hundida en la almohada.

Los gritos de Fleur me distraen momentáneamente de mis oscuros pensamientos.

"¿Qué demonios crees que haces aquí?"

"¡No, pues no puedes!"

"¿Qué le has hecho ahora?"

"Desde que te conoció, se pasa el día llorando"

"¡No puedes venir aquí!"

Bellatrix irrumpe en mi dormitorio y, sin ceremonias, enciende la luz del techo, obligándome a entrecerrar los ojos.

—Dioses, Hermione—susurra.

La apaga otra vez y, en un segundo, la tengo a mi lado.

—¿Qué haces aquí?—digo entre sollozos.

Maldición, no puedo parar de llorar.

Enciende la lamparita y me hace guiñar los ojos de nuevo. Viene Fleur y se queda en el umbral de la puerta.

—¿Quieres que eche a esta idiota?—pregunta irradiando una hostilidad de miedo.

Bellatrix la mira arqueando una ceja, sin duda asombrada por el halagador epíteto y su brutal antipatía. Niego con la cabeza y ella me pone los ojos en blanco. Uy, yo no haría eso delante de la señora Black.

—Llámame si me necesitas—me dice más serena—. Black, estás en mi lista negra y te tengo vigilada—le susurra furiosa.

Ella la mira extrañada, y Fleur da media vuelta y entorna la puerta, pero no la cierra.

Bellatrix me mira con expresión grave, con el rostro demacrado.

—¿Qué pasa?—me pregunta en voz baja.

—¿A qué has venido?—le digo yo , ignorando su pregunta.

Mis lágrimas han cesado milagrosamente, pero las convulsiones siguen sacudiendo mi cuerpo.

—Parte de mi papel es ocuparme de tus necesidades. Me has dicho que querías que me quedara, así que he venido. Y te encuentro así.—me mira extrañada, verdaderamente perpleja—. Seguro que es culpa mía, pero no tengo ni idea de por qué. ¿Es porque te he pegado?

Me incorporo, con una mueca de dolor por mi trasero. Me siento y la miro.

—¿Te has tomado un Ibuprofeno?

Niego con la cabeza. Entorna los ojos, se pone de pie y sale de la habitación. La oigo hablar con Fleur, pero no lo que dicen. Al poco, vuelve con pastillas y una taza de agua.

—Tomate esto—me ordena con delicadeza mientras se sienta en la cama a mi lado.

Hago lo que me dice.

—Cuéntame—susurra—. Me habías dicho que estabas bien. De haber sabido que estabas así, jamás te habría dejado.

Me miro las manos. ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya? Quiero más. Quiero que se quede porque ella quiera quedarse, no porque esté echa una magdalena. Y no quiero que me pegue, ¿acaso es mucho pedir?

—Deduzco que, cuando me has dicho que estabas bien, no lo estabas.

Me ruborizo.

—Pensaba que estaba bien.

—Hermione, no puedes decirme lo que crees que quiero oír. Eso no es muy sincero—me reprende—. ¿Cómo voy a confiar en nada de lo que me has dicho?

La miro tímidamente y la veo ceñuda, con una mirada sombría en los ojos. Se pasa una mano por el cabello.

—¿Cómo te has sentido cuando te estaba pegando y después?

—No me ha gustado. Preferiría que no volvieras a hacerlo.

—No tenía que gustarte.

—¿Por qué te gusta a ti?—la miro.

Mi pregunta la sorprende.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Ah, créeme, me muero de ganas.

Y no puedo evitar el sarcasmo.

Vuelve a fruncir los ojos.

—Cuidado—me advierte.

Palidezco.

—¿Me vas a pegar otra vez?

—No, esta noche no.

Uf…la voz de mi consciencia y yo suspiramos de alivio.

—¿Y bien?—insisto.

—Me gusta el control y me proporciona, Hermione. Quiero que te comportes de una forma concreta y, si no lo haces, te castigaré, y así aprenderás a comportarte como quiero. Disfruto castigándote. He querido darte unos azotes desde que me preguntaste si era lesbiana.

Me sonrojo al recordarlo. Uf…

—Así que no te gusta como soy—le digo.

Se me queda mirando, perpleja de nuevo.

—Me pareces encantadora tal como eres.

—Entonces, ¿por qué intentas cambiarme?

—No quiero cambiarte. Me gustaría que fueras respetuosa y que siguieras las normas que te e impuesto y no me desafiaras. Muy sencillo—dice.

—Pero ¿quieres castigarme?

—Sí, quiero.

—Eso es lo que no entiendo.

Suspira hondo.

—Así soy yo, Hermione. Necesito controlarte. Me excita corregirte.

Madre mía. Ya voy entendiendo algo…

—Entonces, ¿no es el dolor que me provocas?

Traga saliva.

—Un poco, el ver si aguantas, pero no es la razón principal. Es el hecho de que seas mía y pueda hacer contigo lo que quiera: Control absoluto de otra persona. Mira no me estoy explicando muy bien. Nunca he tenido que hacerlo. No he meditado mucho todo esto. Siempre he estado con mujeres de mi estilo. —se encoje de hombros, como disculpándose—. Y aun no has respondido mi pregunta: ¿Cómo te has sentido después?

—Confundida.

—Te ha excitado, Hermione.

Cierra los ojos un instante y cuando vuelve a abrirlos, le arden. Su expresión despierta mi lado oscuro, enterrado en lo más hondo de mi vientre: mi libido, despierta y domado por ella, pero aun insaciable.

—No me mires así—susurro.

Frunzo el ceño. Dios mío, ¿qué he hecho ahora?

—No estás en condiciones para una segunda ronda. Estás disgustada. En contra de lo que piensa tu compañera de departamento, no soy ninguna degenerada. Entonces, ¿te has sentido confundida?

Me estremezco bajo su intensa mirada.

—No te cuesta nada sincerarte conmigo por escrito. Por e-mail siempre me dices exactamente lo que sientes. ¿Por qué no puedes hacer eso cara a cara? ¿Tanto te intimido?

Intento quitar una mancha imaginaria de la colcha.

—Me cautivas, Bellatrix. Me abrumas—le susurro.

Ahoga un jadeo.

—Pues me parece que eso lo has entendido al revés—dice.

—¿El qué?

—Ay, Hermione, eres tú la que me has hechizado. ¿Es que no es obvio?

No, para mí no. Hechizada. La reina que llevo dentro está boquiabierta. Ni siquiera ella se lo cree.

—Todavía no me has respondido a mi pregunta. Mándame un correo, por favor. Pero ahora mismo. Me gustaría dormir un poco. ¿Me puedo quedar?

—¿Quieres quedarte?

No puedo ocultar la ilusión que me hace.

—Querías que viniera.

Poniéndose de pie se quita los zapatos. Rodea la cama hasta el otro lado y se mete dentro.

—Acuéstate—me ordena.

Me deslizo despacio bajo las sabanas con una mueca de dolor, pero mirándola fijamente. Madre mía, se queda. Me siento paralizada de gozoso asombro. Se acuesta de lado y me mira.

—Si vas a llorar, llora delante de mí. Necesito saberlo.

—¿Quieres que llore?

—No en particular. Solo quiero saber cómo te sientes. No quiero que te me escapes entre los dedos. Apaga la luz. Es tarde y las dos tenemos que trabajar mañana.

Ya la tengo aquí, tan dominante como siempre, pero no me quejo: Está en mi cama. No acabo de entender por qué. Tal vez debería llorar más a menudo delante de ella. Apago la luz de la mesita.

—Date la vuelta—susurra en la oscuridad.

Pongo los ojos en blanco sabiendo que no puede verme, pero hago lo que me dice. Con sumo cuidado, se acerca, me rodea con los brazos y me estrecha contra su cuerpo.

—Duerme, Hermione—murmura, y se amolda a mi espalda.

Dioses. Bellatrix Black se queda a dormir. Con su presencia, me permito ingresar en el mundo de los sueños. Ilusionada y con una ligera sonrisa.


Nuevo capítulo. ¡Por Merlín!, casi un cien por ciento modificado. Al borde de la locura, después de dos termos de mate jaja. Espero que lo disfrutaran.

Aviso: Nuevo capítulo de "El secreto de sus ojos"

Como siempre, comenten y abrazos.


Guest: Gracias!

Guest: Y en este capítulo demostró un poco lo que ella llama control.

Jaz: Jaja, sí, aunque Hermione está un poco asustada. Bellatrix le ha dado unos azotes y la ha dejado descolocada.

Saori-san02: Ya empezó a demostrar quién es realmente. Y Hermione casi sale corriendo. Esto recién comienza, como sabemos, Bellatrix está completamente trastocada. Aunque en esta historia se muestra un poco comprensiva y dispuesta a escuchar, no deja de ser quien es. Abrazo.