Capítulo 18
La doctora es alta y rubia y está impecablemente vestida con un traje azul marino. Me recuerda a las mujeres que trabajan en la oficina de Bellatrix. Es como un retrato robot, otra rubia perfecta. Lleva la melena recogida en un elegante moño. Tendrá unos cuarenta y pocos o tal vez unos años más que Bella.
—Señora Black.
Estrecha la mano.
—Gracias por venir habiéndole avisado con tan poca antelación—dice Bellatrix.
—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señora Black. Señorita Granger.
Sonríe; su mirada es fría y observadora.
Nos damos la mano y enseguida sé que es una de esas mujeres que no soportan la gente estúpida. Al igual que Fleur. Me cae bien de inmediato. Le dedica a Bellatrix una mirada significativa y, tras un instante incomodo, ella capta la indirecta.
—Estaré abajo—murmura, y sale de lo que va hacer mi dormitorio.
—Bueno, señorita Granger. La señora me paga una pequeña fortuna para que la atienda. Dígame, ¿Qué puedo hacer por usted?
Tras un examen en profundidad y una larga charla, la doctora y yo decidimos que lo mejor es concluir con unos análisis de sangre de rutina. Me extiende una orden para realizarlo al día siguiente. Me encanta su seriedad: me ha sermoneado hasta ponerse azul como su traje sobre la importancia de los controles regulares. Y noto que se muere de curiosidad por saber que "relación" tengo con la señora Black. Yo no le doy detalles. No sé por qué intuyo que no estaría tan serena y relajada si hubiera visto el cuarto rojo del dolor. Me ruborizo al pasar por delante de su puerta cerrada y volvemos abajo, a la galería de arte que es el salón de Bellatrix.
Está leyendo, sentada en el sofá. Un aria conmovedora suena en el equipo de música, flotando alrededor de Bellatrix, envolviéndola con sus notas, llenando la estancia de una melodía dulce y vibrante. Por un momento, parece serena. Se vuelve cuando entramos, nos mira y me sonríe cariñosa.
—¿Ya han terminado?—pregunta como si estuviera verdaderamente interesada.
Apunta el mando hacia la elegante caja blanca bajo la chimenea y la exquisita melodía se atenúa, pero sigue sonando de fondo. Se pone de pie y se acerca despacio.
—Sí, señora Black. Cuídela; es una joven hermosa e inteligente.
Bellatrix se queda tan pasmada como yo. Que comentario tan inapropiado para una doctora. ¿Acaso le está lanzando una advertencia no del todo sutil? Bellatrix se recompone.
—Eso me propongo—masculla ella, divertida.
La miro y me encojo de hombros, cortada.
—Le enviaré la factura—dice ella muy seca mientras le estrecha la mano.
Se vuelve hacia mí.
—Buenos días, y buena suerte, Hermione.
Me sonríe mientras nos damos la mano, y se le forman unas arruguitas en torno a los ojos.
Severus surge de la nada para conducirla por la puerta de doble hoja hasta el ascensor. ¿Cómo lo hace? ¿Dónde se esconde?
—¿Cómo te ha ido?—pregunta Bellatrix.
—Bien, gracias. Me ha dicho que tengo que abstenerme de practicar cualquier tipo de actividad sexual durante las cuatro próximas semanas.
A Bellatrix se le descuelga la mandíbula y yo, que ya no puedo aguantarme más, le sonrío como una boba.
—¡Has caído!
Entrecierra los ojos y dejo de reír de inmediato. De hecho, parece bastante enfadada. Oh, maldición. La voz de mi consciencia se esconde en un rincón y yo, blanca como el papel, me la imagino poniéndome otra vez en sus rodillas.
—¡Has caído!—me dice, y sonríe satisfecha. Me agarra por la cintura y me estrecha contra ella—. Es usted incorregible, señorita Granger—murmura, mirándome a los ojos mientras me hunde los dedos en el pelo y me mira intensamente.
Me besa, con fuerza, y yo me aferro para no caerme.
—Aunque me encantaría hacértelo aquí y ahora tienes que comer, y yo también. No quiero que te desmayes después—me dice a los labios.
—¿Solo me quieres por eso…por mi cuerpo?—susurro.
—Por eso y por tu lengua viperina—contesta.
Me besa apasionadamente, y luego me suelta de pronto, y camina guiándome a la cocina. Estoy alucinando. De pronto estamos bromeando como…me abanico la cara encendida. Bellatrix puro sexo ambulante, y ahora tengo que recobrar el equilibrio y comer algo. La melodía aun suena de fondo.
—¿Qué música es esta?
—Es una pieza de Villa-Lobos. Buena, ¿verdad?
—Sí—musito, completamente de acuerdo.
La barra del desayuno está preparada para dos. Bellatrix saca un bol de ensalada de la heladera.
—¿Te viene bien una ensalada cesar?
Uf, nada pesado, menos mal.
—Sí, perfecto, gracias.
La veo moverse con elegancia por la cocina. Parece que se siente muy a gusto con su cuerpo, pero luego no quiere que la toquen, así que de todos modos, en el fondo, no está tan a gusto. Todos necesitamos del prójimo…salvo, quizá, Bellatrix Black.
—¿En qué piensas?—dice, sacándome de mi ensimismamiento.
Me ruborizo.
—Observaba como te mueves.
Arquea una ceja, divertida.
—¿Y?—pregunta con sequedad.
Me ruborizo aun más.
—Eres muy elegante…y hermosa.
—Bueno, gracias, señorita Granger—murmura. Se sienta a mi lado con una botella de vino en la mano—. ¿Tinto?
—Por favor.
—Sírvete ensalada—dice en voz baja—. Come.
Está deliciosa. Para mi sorpresa, estoy muerta de hambre y, por primera vez desde que hemos comido juntas, termino antes que ella. El vino tiene un sabor fresco.
—¿Impaciente como de costumbre, señorita Granger?—sonríe mirando mi plato vacío.
La miro con los ojos entornados.
—Sí—susurro.
Se le entrecorta la respiración. Y, mientras me mira fijamente noto que la atmosfera entre las dos va cambiando, evolucionando…se carga. Su mirada pasa de impenetrable a ardiente, y me arrastra consigo. Se levanta, reduciendo la distancia entre las dos, y me baja de la banqueta.
—¿Quieres hacerlo?—dice mirándome fijamente.
—No he firmado nada.
—Lo sé…pero últimamente te estás saltando todas las normas.
—¿Me vas a pegar?
—Sí, pero no para hacerte daño. Ahora mismo no quiero castigarte. Si te hubiera agarrado anoche…bueno, eso había sido otra historia.
Madre mía. Quiere hacerme daño…¿y qué hago yo ahora? Me cuesta disimular el horror que me produce.
—Que nadie intente convencerte de otra cosa, Hermione: Una de las razones por las que la gente como yo hace esto es porque le gusta infligir o sentir dolor. Así de sencillo. A ti no, así que ayer dedique un buen rato a pensar en todo esto.
Me arrima a su cuerpo y siento su corazón latiendo acelerado. Debería salir corriendo, pero no puedo. Me atrae a un nivel primario e insondable que no alcanzo a comprender.
—¿Llegaste a alguna conclusión?—susurro.
—No, y ahora mismo no quiero más que atarte y follarte hasta dejarte sin sentido. ¿Estás preparada para eso?
—Sí—digo mientras todo mi cuerpo se tensa al instante.
Wow…
—Bien. Vamos.
Me toma la mano con delicadeza y, dejando los platos sucios en la barra de desayuno, nos dirigimos arriba.
Se me empieza a acelerar el corazón. Ya está. Lo voy hacer de verdad. La reina que llevo dentro da vueltas como una bailarina de fama mundial. Bellatrix abre la puerta de su cuarto de juegos, se aparta para dejarme pasar y una vez más me encuentro en el cuarto rojo del dolor.
Sigue igual: Huele a cuero, a pulimento de aroma cítrico y a madera noble, todo muy sensual. Me corre la sangre hirviendo por todo el organismo: adrenalina mezclada con lujuria y deseo. Un coctel poderoso y embriagador. La actitud de Bellatrix ha cambiado por completo, ha ido variando paulatinamente, y ahora es más dura, más cruel. Me mira y veo sus ojos negros encendidos, lascivos… hipnóticos.
—Mientras estés aquí dentro, eres completamente mía—dice, despacio, midiendo cada palabra—. Harás lo que yo tenga ganas. ¿Entendido?
Su mirada es tan intensa…asiento con la boca seca, con el corazón desbocado, como si se me fuera a salir del pecho.
—Quítate los zapatos—me ordena en voz baja.
Trago saliva y, algo torpemente, me los quito. Se agacha, los agarra y los deja junto a la puerta.
—Bien. No titubes cuando te pidas que hagas algo. Ahora te voy a quitar el vestido, algo que hace días que vengo queriendo hacer, sino me falla la memoria. Quiero que estés a gusto con tu cuerpo, Hermione. Tienes una figura que me gusta mirar. Es un placer contemplarte. De hecho, podría estar mirándote todo el día, y quiero que te desinhibas y no te avergüences de tu desnudez. ¿Entendido?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Se inclina hacia mí con mirada feroz.
—Sí, señora.
—¿Lo dices en serio?—espeta.
—Sí, señora.
—Bien. Levanta los brazos por encima de la cabeza.
Hago lo que me dice y ella se agacha y agarra el vestido. Despacio, me lo sube por los muslos, las caderas, el vientre, los pechos, los hombros y la cabeza. Retrocede para examinarme y, con aire ausente, lo dobla sin quitarme el ojo de encima. Lo deja sobre la gran cómoda que hay junto a la puerta. Alarga la mano y me toma por la barbilla, abrazándome con su tacto.
—Te estás mordiendo el labio—dice—. Sabes cómo me pone eso—añade con voz ronca—. Date vuelta.
Me doy la vuelta al momento, sin titubear. Me desabrocha el corpiño, toma las dos tiras y las empuja hacia abajo, rozándome la piel con los dedos y con las uñas mientras me lo quita. El contacto me produce escalofríos y despierta todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo . Está detrás de mí, tan cerca que noto el calor que irradia de ella, y me calienta, me calienta entera. Me tira del pelo hacia atrás para que me caiga todo por la espalda, me agarra un mechón de la nuca y me ladea la cabeza. Recorre con la nariz mi cuello descubierto, inhalando todo el tiempo, y luego asciende de nuevo a la oreja. Los músculos de mi vientre se contraen, impulsados por el deseo. Maldita sea, apenas me ha tocado y ya la deseo.
—Hueles delicioso, Hermione—susurra al tiempo que me besa con suavidad debajo de la oreja.
Gimo.
—Calla—me dice—. No hagas ningún ruido.
Me recoge el pelo a la espalda y, para mi sorpresa sus dedos rápidos y hábiles empiezan a hacerme una gruesa trenza. Cuando termina me la sujeta con una gomita que no había visto y le da un tirón, con lo que me veo obligada a echarme hacia atrás.
—Aquí dentro me gusta que lleves trenza—susurra.
Mmm…¿por qué?
Deja mi pelo.
—Date vuelta—me ordena.
Hago lo que me manda, con la respiración agitada por una mezcla de miedo y deseo. Una mezcla embriagadora.
—Cuando te pida que entres aquí, vendrás así. Solo en bragas. ¿Entendido?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Me mira furibunda.
—Sí, señora.
Se dibuja una sonrisa en sus labios.
—Buena chica—sus ojos ardientes atraviesan los míos—. Cuando te pida que entres aquí, espero que te arrodilles allí—señala un punto junto a la puerta—. Hazlo.
Extrañada, proceso sus palabras, me doy vuelta y, con torpeza, me arrodillo como me ha dicho.
—Te puedes sentar sobre los talones.
Me siento.
—Las manos y los brazos pegados a los muslos. Bien. Separa las rodillas. Mas. Mas. Perfecto. Mira el suelo.
Se acerca a mí y, en mi campo de visión, le veo sus preciosas piernas. Los pies descalzos. Si quiere que me acuerde de todo, debería dejarme tomar apuntes. Se agacha y me agarra de la trenza otra vez, luego me echa la cabeza hacia atrás para que la mire. No duele por muy poco.
—¿Podrás recordar esta posición, Hermione?—ronronea.
—Sí, señora.
—Bien. Quédate ahí, no te muevas.
Sale del cuarto.
Estoy de rodillas, esperando. ¿Dónde habrá ido? ¿Qué va hacer? Pasa el tiempo. No tengo ni idea de cuánto tiempo me deja así… ¿Unos minutos, cinco, diez? La respiración se me acelera cada vez más; la impaciencia me devora.
De pronto vuelve, y súbitamente me noto más tranquila y más excitada, todo a la vez. ¿Podría estar más excitada? Solo puedo verle los pies. Se ha puesto tacones altos. Madre mía como me ponen. Cierra la puerta y cuelga algo en ella.
—Buena chica, Hermione. Estás preciosa así. Bien hecho. Ponte de pie.
Me levanto, pero sigo mirando al suelo.
—Me puedes mirar.
Alzo la vista tímidamente y veo que ella me está mirando fijamente. Madre mía, se me corta la respiración. Se ha puesto un corsé negro de encaje sin tiras y unas bragas haciendo juego. Su cabello perfectamente rizado y recogido en un gran moño…Dios mío, quiero tocarla. ¿Cómo puede ser tan imponente, hermosa y seductora….todo al mismo tiempo?
—Ahora voy a encadenarte, Hermione. Dame la mano derecha.
Le doy la mano. Me vuelve la palma hacia arriba y, antes de que pueda darme cuenta , me golpea en el centro con una fusta que ni siquiera le había visto en la mano. Sucede tan deprisa que apenas me sorprendo. Y lo que es más asombroso, no me duele. Bueno, no mucho, solo me escuece un poco.
—¿Cómo te ha caído eso?
La miro confundida.
—Respóndeme.
—Bien.
Frunzo el ceño. Extrañada, pruebo a mostrarme impasible. Funciona.
—¿Te ha dolido?
—No.
—Esto te va a doler. ¿Entendido?
—Sí—digo vacilante.
¿De verdad me va a doler?
—Va en serio—me dice.
Maldita sea. A penas puedo respirar. ¿Acaso sabe lo que pienso? Me enseña la fusta. Marrón, de cuero trenzado. La miro de pronto y veo deseo en sus ojos brillantes, deseo y una pizca de diversión.
—Nos proponemos complacer, señorita Granger—murmura—. Ven.
Me agarra del codo y me coloca debajo de la rejilla. Alarga la mano y baja unos grilletes con muñequeras de cuero negro.
—Esta rejilla está pensada para que los grilletes se muevan a través de ella.
Levanto la vista. Madre mía, es como un plano del subte.
—Vamos a empezar aquí, quiero follarte de pie, así que terminaremos en aquella pared.
Señala con la fusta la gran x de madera de la pared.
—Pon las manos por encima de la cabeza.
La complazco inmediatamente, con la sensación de que abandono mi cuerpo y me convierto en una observadora ocasional de los acontecimientos que se desarrollan a mí alrededor. Esto es mucho más que fascinante, mucho más que erótico. Es lo mas excitante y espeluznante que he hecho nunca. Me estoy poniendo en manos de una mujer hermosa que, según ella misma me ha confesado, está jodida de cincuenta mil formas. Trato de contener el momentáneo espasmo de miedo. Fleur y Sirius saben que estoy aquí.
Mientras me ata las muñequeras, se sitúa muy cerca. Tengo su pecho pegado a la cara. Oh dios, sus senos…su proximidad es deliciosa. Huele a perfume caro y a ella, una mezcla embriagadora, y eso me vuelve a traer al presente. Quiero pasear la nariz y la lengua, recorriéndola. Bastaría con que me inclinara hacia adelante…
Retrocede y me mira con ojos entornados, lascivos, carnales, y yo me siento impotente con las manos atadas, pero al contemplar su hermoso rostro y percibir lo mucho que me desea, noto que se me humedece la entrepierna. Camina despacio a mí alrededor.
—Está fabulosa atada así, señorita Granger.
De pie delante de mí, me mete los dedos por la braga y, sin ninguna prisa, me la baja por las piernas, angustiosamente despacio, hasta que termina arrodillada delante de mí. Sin sacarme los ojos de encima, estruja mi ropa interior en su mano, se la lleva a la nariz e inhala hondo. Dios mío, ¿en serio ha hecho eso? Me sonríe perversamente y se la cuelga en el elástico de sus propias bragas de encaje.
Se levanta despacio, me apunta al ombligo con el extremo de la fusta y va describiendo círculos, provocándome. Al contacto con el cuero, me estremezco y gimo. Vuelve a caminar a mí alrededor, arrastrando la fusta por mi cintura. En la segunda vuelta, de pronto la sacude y me azota por debajo del trasero…en el sexo. Grito de sorpresa y todas mis terminaciones nerviosas se ponen en alerta. Tiro de las ataduras. La conmoción me recorre entera, y es una sensación de lo más dulce, extraña y placentera.
—Calla—me susurra mientras camina a mí alrededor otra vez con la fusta algo mas alta recorriendo mi cintura.
Esta vez, cuando me atiza en el mismo sitio, estoy lista. Todo mi cuerpo se sacude por el azote dolorosamente dulce.
Mientras da vueltas a mi alrededor, atiza de nuevo, esta vez en el pezón, y yo echo la cabeza hacia atrás ante el zumbido de mis terminaciones nerviosas. Me da en el otro: un castigo breve, rápido. Su ataque me endurece y alarga los pezones, y gimo ruidosamente, tirando de las muñequeras de cuero.
—¿Te gusta esto?—me dice.
—Sí.
Me vuelve a azotar en el trasero. Esta vez me duele.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señora—gimoteo.
Se detiene, pero ya no la veo. Tengo los ojos cerrados, intentando digerir la multitud de sensaciones que recorren mi cuerpo. Muy despacio, la fusta me rocía el vientre de pequeños picotazos y luego continúa hacia abajo. Sé a dónde se dirige y trato de mentalizarme, pero cuando me atiza en el clítoris, grito con fuerza.
—¡Por favor!—gruño.
—Calla—me ordena, y vuelve a darme en el trasero.
No esperaba que esto fuera así. Estoy perdida. Perdida en un mar de sensaciones. De pronto arrastra la fusta por mi sexo, entre el vello púbico, hasta la entrada de la vagina.
—Mira lo húmeda que te ha puesto esto, Hermione. Abre los ojos y la boca.
Hago lo que me dice, completamente seducida. Me mete la punta de la fusta en la boca, como en mi sueño. Madre mía.
—Mira como sabes. Chupa. Chupa fuerte.
Cierro la boca alrededor de la fusta y la miro fijamente. Noto el fuerte sabor del cuero y el sabor salado de mis fluidos. Le centellan los ojos. Está en su elemento.
Me saca la fusta de la boca, se inclina hacia adelante, me agarra y me besa con fuerza, invadiéndome la boca con su lengua. Me rodea con los brazos y me estrecha. Su pecho aprisiona el mío y yo me muero de ganas por tocarla, pero con las manos atadas por encima de la cabeza, no puedo.
—Oh, Hermione, sabes fenomenal—me dice—. ¿Hago que acabes?
—Por favor—le suplico.
La fusta sacude mi trasero. ¡Au!
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, señora—gimoteo.
Me sonríe, triunfante.
—¿Con esto?
Sostiene en alto la fusta para que pueda verla.
—Sí, señora.
—¿Estás segura?
Me mira muy seria.
—Sí, por favor, señora.
—Cierra los ojos.
Cierro los ojos al cuarto, a ella, a la fusta. De nuevo empieza a soltarme picotazos con la fusta en el vientre, desciende, golpecitos suaves en el clítoris, una, dos, tres veces, una y otra vez, hasta que al final…ya no aguanto más, y acabo, de forma espectacular, escandalosa, encorvándome debilitada. Las piernas me flaquean y ella me rodea con sus brazos me disuelvo en ellos, apoyando la cabeza en sus pechos, maullando y gimoteando mientras las replicas del orgasmo me consumen. Me ínsita a que me levante y de pronto nos movemos, mis brazos aun atados por encima de la cabeza, y entonces noto la fría madera de la cruz barnizada contra mi espalda, y ella está dada vuelta hurgando en una especie de armario bajo. Un escalofrío me recorre. Creo saber qué es lo que busca. Cuando se da la vuelta la boca se me seca. Efectivamente esta vez el dildo es más grande. Negro y con correas. Quiero protestar, pero no lo hago. Se acerca, me agarra por los muslos y me levanta las piernas con agilidad.
—Levanta las piernas, enróscalas en mi cintura.
Me siento muy débil, pero hago lo que me dice mientras ella me engancha las piernas en sus caderas y se sitúa lista. Con una fuerte embestida me penetra, y vuelvo a gritar y ella suelta un gemido ahogado en mi oído. Mis brazos descansan en sus hombros mientras entra y sale de mí. Dios, llega mucho más adentro de esta forma y con este nuevo dildo. Noto que vuelvo a acercarme al clímax. Maldita sea, no…otra vez, no…no creo que mi cuerpo soporte otro orgasmo de esa magnitud. Pero no tengo elección…y con una inevitable que empieza a resultarme familiar, me dejo llevar y vuelvo a correrme, y resulta placentero, agonizante, intenso. Pierdo por completo la consciencia de mí misma. Bellatrix lleva una de las manos a su sexo y con una última embestida, se toca ágilmente y se corre con los dientes apretados, abrazándose a mí con fuerza.
Saca el enorme dildo rápidamente y me apoya contra la cruz, su cuerpo sosteniendo el mío. Desabrocha las muñequeras, me suelta las manos y las dos nos desplomamos en el suelo. Me atrae a su regazo, meciéndome, y apoyo la cabeza en su hombro. Si tuviera fuerzas la acariciaría, pero no las tengo. Solo ahora me doy cuenta de que aun lleva sus bragas puestas.
—Muy bien—murmura—. ¿Te ha dolido?
—No—digo.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos. ¿Por qué estoy tan cansada?
—¿Esperabas que te doliera?—susurra mientras me estrecha en sus brazos, apartándome de la cara unos mechones de pelo suelto.
—Sí.
—¿Lo ves, Hermione? Casi todo tu miedo está solo en tu cabeza—hace una pausa—. ¿Lo harías otra vez?
Medito un instante, la fatiga me nubla el pensamiento…¿Otra vez?
—Sí—le digo en voz baja.
Me abraza con fuerza.
—Bien. Yo también—musita, luego se inclina y me besa con ternura en la nuca—. Y aun no he terminado contigo.
Que aun no ha terminado conmigo. Madre mía. Yo no aguanto más. Me encuentro agotada y hago un esfuerzo sobrehumano para no dormirme. Descanso en su hombro con los ojos cerrados, y ella me deja disfrutar de ese momento. Me siento segura y a gusto. ¿Me dejará dormir, acaso soñar? Tuerzo la boca ante semejante idea y, volviendo la cara hacia el cabello de Bellatrix, inhalo su aroma único y la acaricio con la nariz, pero ella se tensa de inmediato…oh, maldición. Abro los ojos y la miro. Ella me está mirando fijamente.
—No hagas eso—me advierte.
Me sonrojo y vuelvo a mirarle sus pechos con anhelo. Quiero pasarle la lengua, besarla y, por primera vez, me doy cuenta de que tiene algunas tenues cicatrices pequeñas y redondas, esparcidas. ¿Varicela? ¿Sarampión?, pienso distraídamente.
—Arrodíllate junto a la puerta—me ordena mientras se incorpora, desajustando las correas del dildo para seguidamente poder quitárselo.
Siento frío de pronto; la temperatura de su voz ha descendido varios grados.
Me levanto torpemente, me escabullo hacia la puerta y me arrodillo como me ha ordenado. Me noto floja, exhausta y tremendamente confundida. ¿Quién iba a pensar que encontraría semejante gratificación en este cuarto? ¿Quién iba a pensar que resultaría tan agotador? Siento todo mi cuerpo saciado, deliciosamente pesado. La reina que llevo dentro tiene puesto un cartel de NO MOLESTAR en la puerta de su cuarto.
Bellatrix se mueve por la periferia de mi campo de visión. Se me empiezan a cerrar los ojos.
—La aburro, ¿verdad, señorita Granger?
Me despierto de golpe y tengo a Bellatrix delante, de brazos cruzados, mirándome furiosa. Maldición, me ha pescado cabeceando; esto no va a terminar bien. Su mirada se suaviza cuando la miro.
—Levántate—me ordena.
Me pongo de pie con cautela. Me mira y esboza una sonrisa.
—Estás destrozada, ¿verdad?
Asiento tímidamente, ruborizándome.
—Aguante, señorita Granger.—frunce los ojos—. Yo aun no he tenido bastante de ti. Pon las manos al frente, como si estuvieras rezando.
La miro extrañada. ¡Rezando! Rezando para que tenga compasión de mí. Hago lo que me pide. Toma una brida para cables y me sujeta las muñecas con ella, apretando el plástico. Madre mía. La miro de pronto.
—¿Te resulta familiar?—pregunta sin poder ocultar la sonrisa.
Dios…las bridas de plástico para cables. ¡Aprovisionándose en Weasley! Ahogo un gemido y la adrenalina me recorre de nuevo el cuerpo entero; ha conseguido llamar mi atención, ya estoy despierta.
—Tengo unas tijeras aquí—las sostiene en alto para que yo las vea—. Te las puedo cortar en un segundo.
Intento separar las muñecas, poniendo a prueba la atadura y, al hacerlo, se me clava el plástico en la piel. Resulta doloroso, pero si me relajo mis muñecas están bien; la atadura no me corta.
—Ven.
Me toma de las manos y me lleva a la cama de cuatro postes. Me doy cuenta ahora que tiene puestas sabanas de un rojo oscuro y un grillete en cada esquina.
—Quiero más…muchísimo más—me susurra al oído.
Y el corazón se me vuelve a acelerar. Madre mía.
—Pero seré rápida. Estas cansada. Agárrate del poste—dice.
Frunzo el ceño. Entonces ¿No va a ser en la cama? Al agarrarme al poste de madera labrado, descubro que puedo separar las manos.
—Más abajo—me ordena—. Bien. No te sueltes. Si lo haces, te azotaré. ¿Entendido?
—Sí, señora.
—Bien.
Se sitúa detrás de mí y me agarra por las caderas, y entonces rápidamente, me levanta el trasero, de modo que me encuentro inclinada hacia adelante, agarrada al poste.
—Afírmate, Hermione—me advierte—. Te voy a follar duro por detrás. Sujétate bien al poste para no perder el equilibrio. ¿Entendido?
—Sí.
Me azota en el trasero con la mano abierta. Au…Duele.
—Sí, señora—musito enseguida.
—Separa las piernas.—me mete una pierna entre las mías y, agarrándome de las caderas, empuja mi pierna derecha a un lado—. Eso está mejor. Después de esto, te dejaré dormir.
¿Dormir? Estoy jadeando. No pienso en dormir ahora. Levanta la mano y me acaricia suavemente la espalda.
—Tienes una piel preciosa, Hermione—susurra, inclinándose, me riega de suaves y ligerísimos besos la columna.
Al mismo tiempo, pasa las manos por delante, me palpa los pechos, me agarra los pezones entre los dedos y me los pellizca suavemente.
Contengo un gemido y noto que mi cuerpo entero reacciona, revive una vez más para ella. Me mordisquea y me chupa la cintura, sin dejar de pellizcarme los pezones, y mis manos aprietan con fuerza el poste exquisitamente tallado. Aparta las manos la escucho una vez más hurgar detrás de mí. Solo demora unos segundos.
—Tienes un trasero muy sexy y cautivador, Hermione Granger. La de cosas que me gustaría hacerle.—acaricia y moldea mis nalgas, luego sus manos se deslizan hacia abajo y me mete dos dedos—. Que húmeda…nunca me decepciona, señorita Granger—susurra, y percibo fascinación en su voz—. Agárrate fuerte…esto va a hacer rápido.
Me sujeta las caderas y se sitúa, y yo me preparo para la embestida, pero entonces alarga la mano y me agarra la trenza casi por el extremo y se la enrosca en la muñeca hasta llegar a mi nuca, sosteniéndome la cabeza. Muy despacio, me penetra, tirándome a la vez del pelo…Ay, hasta el fondo. Pero noto que es diferente, no es la misma sensación de siempre. El dildo es rígido, largo y frío, como de metal. La sensación es extraña, pero agónicamente excitante. Sale muy despacio, y con la otra mano me agarra por la cadera, sujetando fuerte, y luego entra de golpe, empujándome hacia delante. Violento y marcado.
—¡Aguanta, Hermione!—susurra con los dientes apretados.
Me agarro mas fuerte al poste y me pego a su cuerpo todo lo que puedo mientras continua su despiadada arremetida, una y otra vez, clavándome las uñas en la cadera. Me duelen los brazos, me tiemblan las piernas, me arde el cuero cabelludo de los tirones…y noto que nace de nuevo esa sensación en lo más hondo de mi ser. Oh, no…y por primera vez temo el orgasmo…si me corro…me voy a desplomar. Bellatrix sigue embistiendo contra mí, dentro de mí, con la respiración entrecortada, gimiendo, gruñendo. Mi cuerpo responde…¿Cómo? Noto que se acelera. Pero, de pronto, tras entrar hasta el fondo, Bellatrix se detiene.
—Vamos, Hermione, dámelo—gruñe y, al oírla decir mi nombre, pierdo el control y me vuelvo toda cuerpo y torbellino de sensaciones y dulce, muy dulce liberación, y después pierdo total y absolutamente la consciencia.
Cuando recupero el sentido estoy acostada encima de ella. Ella está en el suelo y yo encima, con la espalda pegada a su pecho, y miro al techo, en su estado glorioso de postcoito, esplendida, destrozada. Ah… los mosquetones, pienso distraída; me había olvidado de ellos.
—Levanta las manos—me dice en voz baja.
Me pesan los brazos, pero los levanto. Abre la tijera y pasa una hoja por debajo del plástico.
—La declaro inaugurada—dice y corta el plástico.
Río como una boba y me froto las muñecas al fin libres. Noto que sonríe.
—Que sonido tan hermoso—dice melancólica.
Se incorpora extendiéndome una mano para ayudarme a sentarme.
—Eso es culpa mía—dice, y me empuja suavemente para poder masajearme los hombros y los brazos.
Con delicadeza, me ayuda a recuperar un poco la movilidad.
¿El qué?
Me vuelvo a mirarla, intentando entender a que se refiere.
—Que no rías más a menudo.
—No soy muy risueña—susurro adormecida.
—Oh, pero cuando ocurre, señorita Granger, es una maravilla y un deleite contemplarlo.
—Muy florido, señora Black—murmuro, procurando mantener los ojos abiertos.
Su mirada se hace más tierna, y sonríe.
—Parece que te han follado bien y te hace falta dormir.
—Eso no es nada florido—protesto en broma.
Sonríe y, con cuidado, se pone de pie y tira de mí con suavidad.
—No quiero recurrir a Severus. Así que, caminarás hasta tu habitación, ¿de acuerdo?
Mmm…Desde luego. Me moriría de la vergüenza. Aunque ya debe de saber que es una maldita pervertida. La idea me preocupa.
Me sostiene del brazo y juntas caminamos hasta la puerta, de la que cuelga una bata gris. Me viste pacientemente, como si fuera una niña. No tengo fuerzas para levantar los brazos. Cuando estoy tapada y decente, se inclina y me da un suave beso, y en sus labios se dibuja una sonrisa.
—A la cama— dice.
Oh…no…
—Para dormir—añade tranquilizadora al ver mi expresión.
Abre la puerta de la sala de juegos y salimos rumbo a mi habitación. La misma donde esta mañana me ha examinado la doctora. Estoy agotada. Llegamos y Bellatrix retira el edredón para que me acueste. Lo hago sin chistar. Ella se quita el corsé y para mi asombro se mete a la cama conmigo y se pega a mi espalda. Y antes de que me dé tiempo de hacer algún comentario ingenioso, estoy dormida.
Volví después de cuarenta años, lo sé. Capítulo largo y por fin el cuarto rojo! Aleluya! Bella de corsé de encaje…uf…Espero que les gustara toda la acción.
Aviso: Nuevo Snow/Queen. ¿Tú? ¿Mi amor verdadero?
Como siempre, gracias por leer y esperar mis actualizaciones. Y no se olviden de comentar este capítulo subido de tono. Abrazos.
Elenatan000: Para el próximo capítulo la cena familiar.
Liz Bizarro: Me alegra mucho que te guste. Lamento el retraso.
Jane Astrid: Capítulo para inaugurar el cuarto rojo. Espero que gustara.
Jaz: Muchas gracias por tu mensaje priv. Y aquí volví con otro cap. Renovando energías. Beso y gracias también tu comentario en ¿Tú? ¿Mi amor verdadero?
Guest: Un capítulo más para ver a la familia.
Saori-san02: Bella se sacó las ganas de usar el cuarto rojo con Hermione jaja. La dejó hecha puré, pobre.
Cat Noir: Sí, la idea es seguir con el segundo libro. Aunque todo depende de ustedes y la aceptación que le dan. Como siempre digo, puedo demorar, pero jamás abandonar mis historias. Abrazo.
Mirella: Muchas gracias. Abrazo.
