Capítulo 20

Bellatrix cruza como un ciclón la puerta de madera de la casita del embarcadero y se detiene a pulsar unos interruptores. Los tubos fluorescentes hacen clic y zumban secuencialmente, y una luz blanca y cruda inunda el edificio de madera. Hacia mi derecha veo una impresionante lancha motora flotando suavemente sobre el agua oscura del muelle, pero apenas me da tiempo a fijarme antes de que me guie por unas escaleras de madera hasta un cuarto en el piso de arriba.

Se detiene en el umbral, pulsa otro interruptor—alógenos esta vez, más suaves, con regulador de intensidad—, y estamos en una guardilla de techos inclinados. Está decorada en el estilo náutico de nueva Inglaterra: azul marino y tonos crema, con pinceladas de rojo oscuro. El mobiliario es escaso; solo veo un par de sofás.

No puedo dejar de mirarla a ella. Me tiene hipnotizada. La observo como uno observaría a un depredador raro y peligroso, a la espera de que ataque. Respira con dificultad. En sus ojos negros arde la rabia y el deseo y una lujuria pura, sin adulterar.

Madre mía. Podría arder por combustión espontanea solo con su mirada.

—No me pegues, por favor—le susurro suplicante.

Frunce el ceño y abre mucho los ojos. Parpadea un par de veces.

—No quiero que me azotes, aquí no, ahora no, por favor, no lo hagas.

La dejo boquiabierta y, juntando valor, alargo la mano tímidamente y le acaricio la mejilla. Cierra despacio los ojos y apoya la cara en mi mano, y se le entre corta la respiración. Levanto la otra mano y le acaricio el cabello. Me encanta su cabello, sus bucles bien formados. Su leve gemido a penas es audible y, cuando abre los ojos, me mira recelosa, como sino entendiera lo que estoy haciendo.

Me acerco más y, pegada a ella, tiro con suavidad su cabello, acerco su boca a la mía y la beso, introduciendo la legua entre sus carnosos labios hasta entrar en su boca. Gruñe, y me abraza, me aprieta contra sus pechos, me hunde las manos en el pelo y me devuelve el beso, fuerte y posesivo. Su lengua y la mía se enredan, se consumen la una con la otra. Sabe de maravilla.

De pronto se aparta. Las dos respiramos con dificultad y nuestros jadeos se suman. Bajo las manos a sus brazos y ella me mira furiosa.

—¿Qué me estás haciendo?—susurra confundida.

—Besarte.

—Me has dicho que no.

—¿Qué? ¿No a qué?

—En el comedor, cuando has juntado las piernas.

Ah…así que es eso.

—Estábamos cenando con tus padres.

La miro fijamente, atónita.

—Nadie me ha dicho nunca que no. Y eso…me excita.

Abre mucho los ojos, llenos de asombro y lujuria. Una mezcla embriagadora. Trago saliva instintivamente. Me baja la mano al trasero. Me atrae con fuerza hacia sí.

Madre mía.

—¿Estás furiosa y excitada porque te he dicho que no?—digo alucinada.

—Estoy furiosa porque no me habías contado lo de Georgia. Estoy furiosa porque saliste de copas con ese tipo que intento seducirte cuando estabas borracha y te dejó con un completo desconocido cuando te pusiste enferma. ¿Qué clase de amigo es? Y estoy furiosa y excitada porque has juntado las piernas cuando he querido tocarte.

Le brillan los ojos peligrosamente mientras me sube despacio el vestido.

—Te deseo, te deseo ahora. Y si no vas a dejar que te azote, aunque te lo mereces, te voy a enseñar lo que en este momento denominaría: causa y efecto.

El vestido a penas me tapa ya el trasero desnudo. De pronto, me cubre el sexo con la mano y me mete un dedo muy despacio. Con la otra mano me sujeta firmemente por la cintura. Contengo un gemido.

—Esto es mío—me susurra con rotundidad—. Todo mío. ¿Entendido?

Intruduce y saca el dedo mientras me mira, evaluando mi reacción, con los ojos encendidos.

—Sí, tuya—digo mientras el deseo ardiente y pesado, recorre mi torrente sanguíneo y va alterando todo: mis terminaciones nerviosas, mi respiración, mi corazón, que palpita como si quisiera salirse del pecho, y la sangre, que me zumba los oídos.

De pronto reacciona haciendo varias cosas a la vez: saca los dedos dejándome a medias, se desabrocha los primeros botones de la camisa, dejando sus pechos expuestos, me empuja al sofá y se tumba encima de mí.

—Las manos sobre la cabeza—me ordena apretando los dientes, mientras me incentiva para que separe las piernas.

Quedo expuesta ante ella. Me mira con una imperceptible sonrisa de lado. Madre mía, es hermosa. Sus pechos rozan mi cara. Está sobre mí, aprisionándome con un suave vaivén de caderas. Con las yemas de los dedos me recorre cada centímetro. Cierro los ojos, extasiada….y luego, de un momento a otro ya no la siento. ¿Qué? ¡No! Está de pie. Se ha levantado y me mira impenetrable, casi se podría decir triunfante. ¿Qué ha pasado? Sigo tumbada, jadeando y esperándola.

—No se te ocurra masturbarte. Quiero que te sientas frustrada. Así como me siento yo cuando no me cuentas las cosas, cuando me niegas lo que es mío—me dice, prendiéndose los botones de la camisa y arreglándose el cabello.

Atónita, asiento con la cabeza, jadeando. No lo puedo creer, de verdad no me volverá a tocar. Cierro las piernas entendiendo el mensaje. La miro con la respiración aun alterada.

—Más vale que volvamos a casa.

Me incorporo aturdida y avergonzada. jamás me habían dejado en este estado. Maldita sea. Aunque no puedo reprocharle nada. Esta vez ha sido mi culpa.

—Toma, ponte esto.

Del bolsillo del pantalón de gaza negra saca mis bragas. Las agarro sin sonreír.

—¡Bellatrix!—grita Narcissa desde el piso de abajo.

Bellatrix se vuelve y me mira con una ceja arqueada.

—Justo a tiempo. Dioses, que pesada es cuando quiere.

La miro ceñuda, y me pongo la ropa interior recién adquirida. Me levanto con toda la dignidad de la que soy capaz después del monumental plantón orgásmico. A toda prisa, intento arreglarme el pelo revuelto.

—Estamos aquí arriba, Narcissa—le grita ella—. Señorita Granger, quedan pendientes los azotes—me dice en voz baja.

—No creo que los merezca, señora Black, sobre todo después de tolerar lo que acaba de pasar.

—Eso no es nada, merecías algo peor.

—Ah, aquí están—dice Narcissa sonriéndonos.

—Le estaba enseñando a Hermione todo esto.

Bellatrix me tiende la mano; su mirada es intensa. Acepto su mano y ella aprieta suavemente la mía.

—Fleur y Sirius están a punto de marcharse. ¿Han visto a esos dos? No paran de tocarse. —Narcissa finge nauseas, mira a Bellatrix y luego a mí–. ¿Qué han estado haciendo aquí?

Que directa. Me ruborizo.

—Le estaba enseñando a Hermione la colección de barcos miniatura—contesta Bellatrix sin pensarlo un segundo, con cara de póker total—. Vamos a despedirnos de Fleur y Sirius.

¿Barcos miniatura? Tira suavemente de mí hasta situarme delante de ella y, cuando Narcissa se vuelve para salir, me da un azote en el trasero. Ahogo un grito, sorprendida.

—Lo volveré a hacer, Hermione, y pronto—me amenaza al oído.

Luego me abraza, con mi espalda pegada a sus pechos, y me besa el cabello.

De vuelta en la casa, Fleur y Sirius se están despidiendo de Druella y el señor Black. Fleur me da un fuerte abrazo.

—Tengo que hablar contigo de lo antipática que eres con Bellatrix—le susurro furiosa al oído, y ella me abraza otra vez.

—Le viene bien un poco de hostilidad; así se ve como es en realidad. Ten cuidado, Hermione…es demasiado controladora—me susurra—. Te veo luego.

¡Yo sé cómo es en realidad! ¡Tú no! Le grito mentalmente. Soy consciente de que lo hace con buenas intensiones, pero a veces se pasa de la raya, y esta vez se ha pasado mucho. La miro ceñuda y ella me saca la lengua, haciéndome sonreír sin querer. La Fleur traviesa es una novedad; será influencia de Sirius. Los despedimos desde la puerta, y Bellatrix se vuelve hacia mí.

—Nosotras también deberíamos irnos…tienes las entrevistas mañana.

Narcissa me abraza cariñosamente cuando nos despedimos.

—¡Pensamos que nunca nos presentaría a alguien!—comenta con entusiasmo.

Yo me sonrojo y Bellatrix niega con la cabeza.

—Cuídate, Hermione, querida—me dice amablemente Druella.

Bellatrix, avergonzada o frustrada por la efusiva atención que recibo del resto de los Black, me toma de la mano y me acerca a su lado.

—No me la espanten ni me la mimen demasiado—protesta.

—Bellatrix, basta de bromas—la reprende Druella con indulgencia y una mirada llena de amor por ella.

No sé porque, pero me parece que no bromea. Observo detenidamente su interacción. Es obvio que Druella la adora, que siente por ella el amor incondicional de una madre. Ella se inclina y la besa con cierta rigidez.

—Mamá—dice, y percibo un matiz extraño en su voz… ¿veneración, quizá?

—Señor Black…adiós y gracias por todo.

Le tiendo la mano, pero ¡también me abraza!

—Por favor, llámame Cygnus. Espero que volvamos a verte muy pronto, Hermione.

Terminada la despedida, Bellatrix me lleva hasta el coche, donde nos espera Severus. ¿Habrá estado esperando ahí todo el tiempo? Severus me abre la puerta y entro en la parte trasera del Audi.

Noto que los hombros se me relajan un poco. Dioses, que día. Estoy agotada, física y emocionalmente. Tras una breve conversación con Severus, Bellatrix se sube al coche a mi lado. Se vuelve para mirarme.

—Bueno, parece que también le has caído bien a mi familia—murmura.

¿También? La deprimente idea de que por qué me ha invitado me vuelve de forma espontanea e inoportuna a la cabeza. Severus arranca el coche y se aleja del círculo de luz del camino de entrada para adentrarse a la oscuridad de la carretera. Giro hacia Bellatrix y la encuentro mirándome fijamente.

—¿Qué?—pregunta en voz baja.

Titubeo un instante. No…se lo voy a decir. Siempre se queja de que no le cuento las cosas.

—Me parece que te has visto obligada a traerme a conocer a tus padres—le susurro con voz trémula—. Si Sirius no se lo hubiera propuesto a Fleur, tú jamás me lo habría pedido a mí.

No le veo la cara en la oscuridad, pero ladea la cabeza, sobresaltada.

—Hermione, me encanta que hayas conocido a mis padres. ¿Por qué eres tan insegura? No deja de asombrarme. Eres una mujer joven, fuerte, independiente, pero tienes muy mala opinión de ti misma. Si no hubiera querido que los conocieras, no estarías aquí. Así de simple. ¿Así es como te has sentido todo el rato que has estado allí?

¡Uh! Quería que fuera y eso es toda una revelación. No parece incomoda al responderme. Parece complacida de verdad con que haya ido. A veces se me olvida la edad que tiene. Es una mujer de cuarenta y hace lo que se le viene en gana. Una sensación de bienestar se propaga lentamente por mis venas. Mueve la cabeza y me toma la mano. Yo miro nerviosa a Severus.

—No te preocupes por Severus. Contéstame.

Me encojo de hombros.

—Bueno, sí. Pensaba eso. Y otra cosa, yo solo he comentado lo de Georgia porque Fleur estaba hablando de Barbados. Aun no me he decidido.

—¿Quieres ir a ver a tu madre?

—Sí.

Me mira con una expresión extraña, como si librara una especie de lucha interior.

—¿Puedo ir contigo?—pregunta al fin.

¿Qué?

—Eh…no creo que sea buena idea.

—¿Por qué no?

—Esperaba poder alejarme un poco de toda esta…intensidad para poder reflexionar.

Me queda mirando.

—¿Soy demasiado intensa?

Me empiezo a reír.

—¡Eso es quedarse corta!

A la luz de los faroles que vamos pasando, veo que tuerce la boca.

—¿Se está riendo de mí, señorita Granger?

—No me atrevería, señora Black—le respondo con fingida seriedad.

—Claro que sí, y de hecho lo haces a menudo.

—Es que eres muy divertida.

—¿Divertida?

—Oh, sí.

—¿Divertida por peculiar o por graciosa?

—Uf…mucho de una cosa y algo de la otra.

—¿Qué parte de cada una?

—Te dejo que lo adivines tú.

—No estoy segura de poder adivinar nada contigo, Hermione—dice socarrona, y luego prosigue en voz baja—: ¿Sobre qué tienes que reflexionar en Georgia?

—Sobre lo nuestro—susurro.

Me mira fijamente, impasible.

—Dijiste que lo intentarías—murmura.

—Lo sé.

—¿Tienes dudas?

—Puede.

Se revuelve en el asiento, como si estuviera incomoda.

—¿Por qué?

Madre mía. ¿Cómo se ha vuelto tan seria esta conversación de repente? Se me ha echado encima como un examen para el que no estoy preparada. ¿Qué le digo? Porque creo que te quiero y tú solo me vez como un juguete. Porque no puedo tocarte, porque me aterra demostrarte algo de afecto por si te enfadas, me retas o, peor aún, me pegas… ¿Qué le digo?

Miro un instante por la ventanilla. El coche vuelve a cruzar el puente. Las dos estamos envueltas en una oscuridad que enmascara nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, pero para eso no hace falta que sea de noche.

—¿Por qué, Hermione?—insiste.

Me encojo de hombros, atrapada. No quiero perderla. A pesar de sus exigencias, de su necesidad de control, de sus aterradores vicios. Nunca me había sentido tan viva como ahora. Me emociona estar sentada a su lado. Es tan imprevisible, sexy, lista, divertida…pero sus cambios de humor…ah, y además quiere hacerme daño. Dice que tendrá en cuenta mis reservas, pero sigue dándome miedo. Cierro los ojos. ¿Qué le digo? En el fondo, quiero más, mas afecto, más Bellatrix relajada, más…amor.

Me aprieta la mano.

—Háblame, Hermione. No quiero perderte. Esta última semana…

Estamos llegando al final del puente y la ruta vuelve a estar bañada en la luz de neón de los faroles, de forma que su rostro se ve intermitentemente en sombra e iluminado. Y la metáfora resulta acertada. Esta mujer, a la que una vez la creí una valquiria romántica en su caballo alado o la bruja oscura, terrorífica y maquiavélica, digna de un cuento… En síntesis una mujer con graves problemas emocionales. Y la pregunta del millón: ¿Podría yo llevarla hacia la luz? Seguramente no.

—Sigo queriendo más—le susurro.

—Lo sé—dice—. Lo intentaré.

La miro extrañada y ella me suelta la mano y me toma la mejilla, soltándome el labio que me estaba mordiendo.

—Por ti, Hermione, lo intentaré.

Irradia sinceridad.

Y no hace falta que me diga mas. Me desabrocho el cinturón de seguridad, me acerco a ella y me subo a su regazo, tomándola completamente por sorpresa. Enrosco los brazos alrededor de su cuello y la beso con intensidad, con vehemencia y en un nanosegundo ella me responde.

—Quédate conmigo esta noche—me dice—. Si te vas, no te veré en toda la semana. Por favor.

—Sí—accedo—. Yo también lo intentaré. Firmaré el contrato.

Lo decido sin pensar.

Me mira fijamente.

—Firma después de Georgia. Piénsalo. Piénsalo muy bien.

—Lo haré.

Y seguimos así en esa posición, dos o tres kilómetros.

—Deberías ponerte el cinturón de seguridad—susurra reprobadoramente con la boca hundida en mi cabello, pero no hace ningún ademan de retirarme de su regazo.

Me acurruco contra su cuerpo, con los ojos cerrados, con la nariz en su delicado cuello, embebiéndome de esa fragancia sexy, dejo volar mi imaginación y fantaseo con que me quiere. Ah…y parece tan real, casi tangible, una parte pequeñísima de la desagradable voz de mi consciencia se comporta de forma completamente inusual y se atreve a albergar esperanzas. Procuro no tocarle los pechos, pero me refugio en sus brazos mientras me abraza con firmeza.

—Ya estamos en casa—murmura Bellatrix, y la frase resulta tentadora, cargada de potencial.

En casa, con Bellatrix. Salvo que es su casa es una galería de arte, no un hogar.

Severus nos abre la puerta y le doy las gracias tímidamente, consciente de que ha podido oír nuestra conversación, pero su sonrisa tranquiliza sin revelar nada. Una vez fuera del coche, Bellatrix me escudriña. Oh, no, ¿Qué he hecho ahora?

—¿Por qué no llevas abrigo?

Se quita su saco, ceñuda, y me lo pone por los hombros. Siento un gran alivio.

—La tengo en mi coche nuevo—contesto adormilada y bostezando.

Me sonríe maliciosamente.

—¿Cansada, señorita Granger?

—Sí, señora Black.—me siento turbada ante su provocador escrutinio. Aun así, creo que debo darle una explicación—Hoy me han convencido de que hiciera cosas que jamás había creído posibles.

—Bueno, si tienes muy mala suerte, a lo mejor consigo convencerte de hacer algunas cosas más—promete mientras me toma la mano y me lleva dentro del edificio.

Madre mía… ¿Otra vez?

En el ascensor la miro. Había dado por supuesto que quería que durmiera con ella y ahora recuerdo que ella no duerme con nadie, aunque ya lo haya hecho conmigo unas cuantas veces. Frunzo el ceño y de pronto su mirada se oscurece. Levanta la mano, y me acaricia la mejilla.

—Algún día te follaré en este ascensor, Hermione, pero ahora estás cansada, así que creo que nos conformaremos con la cama.

Inclinándose, me muerde el labio inferior y tira suavemente. Me derrito contra su cuerpo y dejo de respirar a la vez que las entrañas se me revuelven de deseo. Le correspondo introduciendo mi lengua en su boca, provocándola, y ella gime. Cuando se abren las puertas del ascensor, me lleva de la mano hacia el vestíbulo y cruzamos la puerta doble hoja hasta el pasillo.

—¿Necesitas una copa o algo?

—No.

—Bien. Vamos a la cama.

Arqueo las cejas.

—¿Te vas a conformar con una simple y aburrida relación vainilla?

Ladea la cabeza.

—Ni es simple, ni es aburrida…tiene un sabor fascinante—dice.

—¿Desde cuándo?

—Desde el sábado pasado. ¿Por qué? ¿Esperabas algo más exótico?

La reina que llevo dentro asoma la cabeza.

—Ay, no. Ya he tenido suficiente exotismo por hoy.

La reina que llevo dentro hace puchero, no logra en absoluto ocultar su desilusión.

—¿Segura? Aquí tenemos una gran variedad de pañuelos sin estrenar.

Me sonríe lascivamente.

—Ya los he observado—replico con sequedad.

Menea la cabeza.

—Vamos, señorita Granger, mañana le espera un gran día. Cuanto antes se acueste, antes la follaré y antes podrá dormirse.

—Es usted toda una romántica, señora Black.

—Y usted tiene una lengua viperina, señorita Granger. Voy a tener que someterla de alguna forma. Venga.

Me lleva por el pasillo hasta su dormitorio y abre la puerta.

—Manos arriba—me ordena.

Obedezco y, con un solo movimiento pasmosamente rápido, me quita el vestido en un pestañear.

—¡Taran!—dice divertida.

Rio y aplaudo educadamente. Ella hace una elegante reverencia, riendo también. ¿Cómo voy a resistirme a ella cuando es así? Deja mi vestido en la silla solitaria que hay junto a la cómoda.

—¿Cuál es el siguiente truco?—inquiero provocadora.

—Ay, mi querida señorita Granger. Métase en la cama—sisea—, que enseguida lo va a ver.

—¿Crees que por una vez debería hacerme la dura?—pregunto coqueta.

Abre mucho los ojos, asombrada y veo en ellos un destello de excitación.

—Bueno…la puerta está cerrada; no sé cómo vas a evitarme—dice burlona—. Me parece que el trato ya está hecho.

—Pero soy buena negociadora.

—Y yo. —Me mira, pero al hacerlo su expresión cambia; la confusión se apodera de ella y la atmosfera de la habitación cambia bruscamente, se tensa—. ¿No quieres follar?—pregunta.

—No—digo.

—Ah.

Frunce el ceño.

De acuerdo, allá va…respira hondo.

—Quiero que me hagas el amor.

Se queda inmóvil y me mira alucinada. Su expresión se oscurece. Maldición, esto no pinta bien. ¡Dale un minuto! Me espeta la voz de mi consciencia.

—Hermione, yo…

Se pasa las manos por sus bucles. Está verdaderamente desconcertada.

—Pensé que ya lo habíamos hecho—dice al fin.

—Quiero tocarte.

Se aparta a un paso de mí, involuntariamente; por un instante parece reacia, luego se refrena.

—Por favor—le susurro.

Se recupera.

—Ah, no, señorita Granger, ya le he hecho demasiadas concesiones esta noche. La respuesta es no.

—¿No?

—No.

Uf, contra eso no puedo discutir… ¿o sí?

—Mira, estás cansada, y yo también. Vámonos a la cama y ya está—dice observándome con detenimiento.

—¿Así que el que te toquen es uno de tus límites infranqueables?

—Sí. Ya lo sabes.

—Dime porque. Por favor.

—Ay, Hermione, por favor. Déjalo ya—masculla exasperada.

—Es importante para mí.

Vuelve a arreglarse el cabello y suspira hondamente, maldiciendo por lo bajo. Da media vuelta y se acerca a la cómoda. Saca una camiseta y me la arroja. La tomo, pensativa.

—Póntela y metete en la cama—me espeta molesta.

Frunzo el ceño, pero decido complacerla. Volviéndome de espalda, me quito rápidamente el corpiño y me pongo la camiseta lo más rápido que puedo para cubrir mi desnudez. Me dejo las bragas puestas; anduve sin ellas casi toda la noche.

—Necesito ir al baño—digo con un hilo de voz.

Frunce el ceño, aturdida.

—¿Ahora me pides permiso?

—Eh…no.

—Hermione, ya sabes dónde está el baño. En este extraño momento de nuestro acuerdo no necesitas permiso para usarlo.

No puede ocultar su enojo. Se quita la camisa entallada y yo me meto corriendo en el baño.

Me miro en el espejo gigante, asombrada de seguir teniendo el mismo aspecto. Después de todo lo que he hecho hoy, ahí está la misma chica corriente de siempre mirándome pasmada. ¿Qué esperabas, que te salieran cuernos y una colita puntiaguda? Me espeta la voz de mi consciencia. ¿Qué demonios pretendes? Las caricias son uno de sus límites infranqueables. Demasiado pronto, tonta. Para poder correr tiene que andar primero. La voz de mi consciencia está furiosa. Piensa en todo lo que ha dicho, hasta donde ha cedido. Miro ceñuda mi reflejo. Necesito ser cariñosa con ella, entonces quizá ella me corresponda.

Niego con la cabeza, resignada, y tomo el cepillo de dientes de Bellatrix. La estoy agobiando. Ella no está preparada y yo tampoco. Hacemos equilibrios sobre el delicado sube y baja de nuestro extraño acuerdo, cada una en un extremo, vacilando, y el sube y baja se inclina y se mece entre las dos. Ambas necesitamos acercarnos más al centro. Solo espero que ninguna de las dos se caiga al intentarlo. Todo esto va muy rápido. Quizá necesite un poco de distancia. Georgia cada vez me atrae más. Cuando estoy empezando a lavarme los dientes, llama a la puerta.

—Pasa—espurreo con la boca llena de pasta.

Bellatrix aparece en el umbral de la puerta con ese mini short negro de pijama que le queda hermoso y que hace que todas las células de mi organismo se pongan en estado de alerta. Lleva un corpiño casi transparente y me embebo, como si estuviera muerta de sed y ella fuera agua clara de un arroyo de montaña. Me mira impasible, luego sonríe satisfecha y se sitúa a mi lado. Nuestros ojos se encuentran en el espejo, marrones y negros. Termino con su cepillo de dientes, lo enjuago y se lo doy, sin dejar de mirarla. Sin mediar palabra, toma el cepillo y se lo mete en la boca. Le sonrío yo también y, de repente, me mira con un brillo risueño en los ojos.

—Si quieres, puedes usar mi cepillo de dientes—me dice en un suave tono jocoso.

—Gracias, señora—sonrío con ternura y salgo del dormitorio.

A los pocos minutos viene ella.

—Que sepas que no es así como tenía previsto que fuera esta noche—masculla malhumorada.

—Imagina que yo te dijera que no puedes tocarme.

Se mete en la cama y se sienta elegantemente con las piernas cruzadas.

—Hermione, ya te lo he dicho. De cincuenta mil formas. Tuve un comienzo duro en la vida; no hace falta que te llene la cabeza con todo eso. ¿Para qué?

—Porque quiero conocerte mejor.

—Ya me conoces bastante bien.

—¿Cómo puedes decir eso?

Me pongo de rodillas delante de ella.

Suspira frustrada y sin planteárselo, pone los ojos en blanco.

—Estas poniendo los ojos en blanco. La última vez que yo hice eso, terminé tumbada en tus rodillas.

—Oh, no me importaría volver a hacerlo.

Eso me da una idea.

—Si me lo cuentas, te dejo que lo hagas.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—¿Me estás haciendo una oferta?—me pregunta pasmada e incrédula.

Asiento con la cabeza. Sí…esa es la forma.

—Estoy negociando.

—Esto no es así, Hermione.

—Por favor, cuéntamelo, y luego pongo los ojos en blanco.

Ríe y percibo un destello de Bellatrix despreocupada. Hacia un rato que no la veía. Se pone seria otra vez.

—Siempre tan ávida de información. —me mira pensativa. Al poco, se baja con elegancia de la cama—. No te vayas—dice, y sale del dormitorio.

La inquietud me atraviesa como una lanza, y me abrazo a mi propio cuerpo. ¿Qué hace? ¿Tendrá un plan malvado? Maldición. Supongo que vuelve con una vara o con algún otro instrumento de perversión…Madre mía, ¿Qué voy a hacer entonces? Cuando vuelve, lleva algo pequeño en las manos. No veo lo que es, pero me muero de curiosidad.

—¿A qué hora es tu primera entrevista de mañana?—pregunta en voz baja.

—A las dos.

Lentamente se dibuja en su rostro una sonrisa perversa.

—Bien.

Y ante mis ojos, cambia sutilmente. Se vuelve dura, intratable…sensual. Es la Bellatrix dominante.

—Sal de la cama. Ponte aquí de pie. —señala un lado de la cama, y yo bajo y me coloco allí en un abrir y cerrar de ojos. Me mira fijamente, y en sus ojos brilla una promesa—. ¿Confías en mí?—me pregunta en voz baja.

Asiento con la cabeza. Me tiende la mano y en la palma lleva dos esferas de plata redondas y brillantes unidas por un grueso hilo negro.

—Son nuevas—dice con énfasis.

La miro inquisitiva.

—Te las voy a meter y luego te voy a dar unos azotes, no como castigo, sino para darte placer y dármelo yo.

Se interrumpe y sopesa la reacción de mis ojos muy abiertos.

¡Metérmelas! Ahogo un jadeo y se me tensan todos los músculos de mi vientre. La reina que llevo dentro está haciendo la danza de los siete velos.

—Luego follaremos y, si aun sigues despierta, te contaré algunas cosas sobre mis años de formación. ¿De acuerdo?

¡Me está pidiendo permiso! Con la respiración acelerada, asiento. Soy incapaz de hablar.

—Buena chica. Abre la boca.

¿La boca?

—Más.

Con mucho cuidado, me mete las esferas en la boca.

—Necesitan lubricación. Chúpalas—me ordena.

Las esferas están frías, son lisas, pesan muchísimo, y tienen un sabor metálico. Mi boca seca se llena de saliva cuando explora los objetos extraños. Los ojos de Bellatrix no se apartan de los míos. Dioses, me estoy excitando. Me estremezco.

—No te muevas, Hermione—me advierte—. Para.

Me las saca de la boca. Se acerca a la cama, retira el edredón y se sienta en el borde.

—Ven aquí.

Me sitúo delante de ella.

—Date vuelta, inclínate hacia delante y agárrate los tobillos.

La miro extrañada y su expresión se oscurece.

—No titubes—me regaña con fingida serenidad y se mete las esferas en la boca.

Maldición esto es demasiado sexy. Sigo sus órdenes inmediatamente. Uf, ¿llegaré a los tobillos? Descubro que sí, con facilidad. La camiseta se sube por la espalda, dejando al descubierto mi trasero. Menos mal que me he dejado las bragas puestas, aunque supongo que no me va a durar mucho.

Me posa la mano con reverencia en el trasero y me lo acaricia suavemente. Entre mis piernas solo atisbo a ver las suyas, nada más. Cierro los ojos con fuerza cuando me aparta con delicadeza las bragas y me pasea un dedo despacio por el sexo. Mi cuerpo se prepara con una mezcla embriagadora de gran impaciencia y excitación. Me mete un dedo y lo mueve en círculos con deliciosa lentitud. Oh, qué gusto. Gimo.

Se me entrecorta la respiración y la oigo gemir mientras repite el movimiento. Retira el dedo y, muy despacio, inserta los objetos; primero una esfera y luego la otra. Madre mía. Están a la temperatura del cuerpo, calentadas por nuestras bocas. Es una curiosa sensación: Una vez que están adentro, no las siento, aunque sé que están ahí.

Me vuelve a poner las bragas, se inclina hacia delante y sus carnosos labios depositan un beso tierno en mi trasero.

—Ponte derecha—me ordena y, temblorosa, me enderezo.

¡Uy! Ahora sí que las siento…o algo. Me agarra por las caderas para sujetarme mientras recupero el equilibrio.

—¿Estás bien?—me pregunta muy seria.

—Sí.

—Date vuelta.

Giro hacia ella.

Las esferas tiran hacia abajo y, sin querer, mi vientre se contrae alrededor de ellas. La sensación me sobresalta, pero no en el mal sentido de la palabra.

—¿Qué tal?—pregunta.

—Raro.

—¿Raro bueno o raro malo?

—Raro bueno—confieso ruborizándome.

—Bien. —Asoma a sus ojos un vestigio de humor—. Quiero un vaso de agua. Ve a traerme uno, por favor.

Oh.

—Y cuando vuelvas, te tumbaré en mis rodillas. Piensa en eso, Hermione.

¿Agua? ¿Quiere agua ahora? ¿Por qué?

Cuando salgo del dormitorio, me queda clarísimo porque quiere que me pasee; al hacerlo, las esferas me pesan dentro, me masajean internamente. Es una sensación muy rara y no del todo desagradable. De hecho, se me acelera la respiración cuando me estiro para tomar un vaso del armario de la cocina, y ahogo un jadeo. Madre mía. Igual tendría que dejarme esto puesto. Hacen que me sienta deseada.

Cuando vuelvo, me observa detenidamente.

—Gracias—dice, y agarra el vaso de agua.

Despacio, da un sorbo y deja el vaso en la mesita de noche. El corazón se me acelera. Centra su mirada de ojos negros en mí.

—Ven. Ponte a mi lado. Como la otra vez.

Me acerco a ella, la sangre me zumba por todo el cuerpo, y esta vez…estoy caliente. Excitada.

—Pídemelo—me dice en voz baja.

Frunzo el ceño. ¿Qué pida el que?

—Pídemelo—repite, algo más dura.

¿El qué? ¿Un poco de agua? ¿Qué quiere?

—Pídemelo, Hermione. No te lo voy a repetir más.

Hay una amenaza velada en sus palabras, y entonces caigo. Quiere que le pida que me de unos azotes.

Madre mía. Me mira expectante, con la mirada cada vez más fría. Maldición.

—Azóteme, por favor…señora—susurro.

Cierra los ojos un instante, saboreando mis palabras. Alarga el brazo, me agarra la mano izquierda y, tirando de mí, me arrastra a sus rodillas. Me dejo caer sobre su regazo, y me sujeta. Se me sube el corazón a la boca cuando empieza a acariciarme el trasero. Me tiene recostada otra vez, de forma que mi torso descansa en la cama, a su lado. Esta vez no pone sus piernas por encima, sino que me aparta el cabello de la cara y me lo recoge detrás de la oreja. Acto seguido, me agarra el cabello a la altura de la nuca para sujetarme bien. Tira suavemente y hecho la cabeza hacia atrás.

—Quiero verte la cara mientras te doy los azotes, Hermione—murmura sin dejar de frotarme suavemente el trasero.

Desliza la mano entre mis nalgas y me aprieta el sexo, y la sensación global es…gimo. Oh, la sensación es exquisita.

—Esta vez es para darnos placer, Hermione, a ti y a mí—susurra.

Levanta la mano y la baja con una sonora palmada en la confluencia de los muslos, el trasero y el sexo. Las esferas se impulsan hacia adelante, dentro de mí, y me pierdo en un mar de sensaciones: el dolor del trasero, la plenitud de las esferas en mi interior y el hecho de que me este sujetando. Mi cara se contrae mientras mis sentidos tratan de digerir todas estas sensaciones nuevas. Registro en alguna parte de mi cerebro que no me ha atizado tan fuerte como la otra vez. De nuevo me acaricia el trasero, paseando la mano abierta por mi piel, por encima de la ropa interior.

¿Por qué no me ha quitado las bragas? Entonces su mano desaparece y vuelve a azotarme. Gimo al propagarse la sensación. Inicia un patrón de golpes: izquierda, derecha y luego abajo. Los de abajo son los mejores. Todo se mueve hacia adelante en mi interior, y entre palmadas, me acaricia, me manosea, de forma que es como si me masajeara por dentro y por fuera. Es una sensación erótica muy estimulante y, por alguna razón, porque soy yo la que ha impuesto las condiciones, no me preocupa el dolor. No es doloroso en sí…bueno, sí, pero no es insoportable. Resulta bastante manejable y, sí, placentero…incluso. Jadeo. Sí, con esto sí que puedo.

Hace una pausa para bajarme despacio las bragas. Me retuerzo en sus piernas, no porque quiera escapar de los golpes sino porque quiero más…liberación, algo. Sus caricias en mi piel sensibilizada se convierten en un cosquilleo de lo más sensual. Resulta abrumador, y empieza de nuevo. Unas cuantas palmadas suaves y luego cada vez más fuertes, izquierda, derecha y abajo. Oh, eso de abajo. Gimo.

—Buena chica, Hermione—gruñe, y su respiración se altera.

Me azota un par de veces más, luego tira del pequeño cordel que sujetan las esferas y me las saca de un tirón. Casi alcanzo el clímax; la sensación que me produce no es de este mundo. Con movimientos rápidos, me da vuelta suavemente y de pronto la tengo acostada a mi lado. Me agarra las manos, me las sube por encima de la cabeza y se desliza sobre mí. Me doy cuenta que me he salteado un detalle. Su short y ropa interior han desaparecido y ahora su sexo se une con el mío. Gimo con fuerza.

—Oh—me susurra, pegada a mi oído. Haciendo un vaivén con sus caderas. Frotando y haciendo fricción, Saboreándome y sintiéndome.

Nunca me había tomado de una manera tan suave, tan intima, y no tardo nada en caer por el precipicio, presa de un espiral de delicioso, violento y agotador orgasmo. Cuando me contraigo a su alrededor, disparo su propio clímax y ella gime con fuerza liberándose también. Pronunciando mí nombre entre jadeos.

—¡Hermione!

Guarda silencio, jadeando sobre mí, con las manos aun trenzada en las mías por encima de mi cabeza. Por fin abre los ojos y me mira.

—Me ha gustado—susurra, y me besa tiernamente.

No se entretiene con más besos dulces, sino que se levanta, me tapa con el edredón, se arregla el cabello revuelto y se mete al baño. Cuando vuelve, trae un frasco de loción blanca. Se sienta en la cama, a mi lado.

—Date vuelta—me ordena, y me pongo boca abajo a regañadientes.

La verdad, no se para que tanto lio. Tengo mucho sueño.

Me extiende la loción refrescante por el trasero rosado.

—Déjalo ya, Black—digo bostezando.

—Señorita Granger, es usted única estropeando un momento.

—Teníamos un trato.

—¿Cómo te sientes?

—Estafada.

Suspira, se tiende en la cama a mi lado. Me besa suavemente.

—La mujer que me trajo al mundo era una prostituta, adicta al crack, Hermione. Duérmete.

¡Dioses!...

—¿Era?

—Murió.

—¿Hace mucho?

Suspira.

—Murió cuando yo tenía cuatro años. No la recuerdo. Druella me ha dado algunos detalles. Solo recuerdo ciertas cosas. Por favor, duérmete.

—Buenas noches, Bellatrix.

—Buenas noches, Hermione.

Y me duermo, aturdida y agotada, y sueño con una niña de cuatro años con unos grandes ojos negros en un lugar oscuro, terrible y triste.


Actualizando otro capítulo! Cena con los padres de Bella, y un poco mas de información sobre la infancia. Y por supuesto, no podían faltar las escenas hot. Espero que lo disfrutaran.

Como siempre, comenten y abrazos ;)