Rose estaba sentada en el su sofá favorito de la Sala Común dejando que su mirada vagara por las ascuas que aún brillaban en la chimenea. Escuchó como alguien bajaba las escaleras lentamente desde el dormitorio de los chicos.

Frank Longbottom, su mejor amigo, apareció sonriente por el hueco de las escaleras. Llevaba aquel pijama de franela que Rose estaba segura de que a lo largo de los años había crecido con él.

—Me he despertado y algo me ha dicho que te encontraría aquí. Hoy te he notado extraña, Rosie. ¿Qué te ocurre?

—No consigo dormirme. Tú padre me ha dado hoy una nueva poción para lo de mis pesadillas pero creo que no me va bien.

—¿Solo eso es lo que te pasa?

Frank se sentó a su lado, bastante cerca. Rose pudo sentir el calor del cuerpo del chico. Frank comenzó a acariciar su rodilla mirándola. La pelirroja sabía que Frank no se creía sus palabras ya que para él no tenía secretos.

—Es lo que te he estado comentando este verano. Me siento fatal conmigo misma, siento que nadie me quiere. Bueno, obviando tu amistad, claro. Estoy harta de este papel que he construido, ha podido conmigo. Además, si encima le añades el hecho de que las pesadillas han empeorado, pues...me estoy volviendo loca.

—Te entiendo y no sé qué decirte que no te haya dicho ya. Intenta salirte de ese papel, princesa. Aunque hablen de ti, no será peor de lo que ya te han dicho. Y si Wood intenta ponerte en ridículo, avísame que no me importa que perdamos un par de puntos si es por ti.

—No hace falta que hagas eso, Frankie. Lo mío con Wood era solamente físico y así no se puede mantener una relación. Por el momento quiero estar sola, esas palabras que me dijo…¿Crees que habrá más gente que piense como él?

—Probablemente, pero porque los idiotas con los que te has juntado son unos bocazas. En este colegio los cotilleos corren rápido. Recuerda aquella vez que uno aseguraba que tenías una mariposa tatuada en el culo. Lo que me costó controlarme para no partirles la boca allí delante a todos. Aunque tranquila, todo el mundo sabe de qué pie cojea Wood. Pobre Sophie, no sabe lo que se le viene encima.

—Ya, no sé cómo pude soportar estar con Wood tanto tiempo.

—Hombre, no es que hablaráis mucho. Ya sabes, pasabáis más tiempo...ejem…

—¿Alguien se pone nervioso al hablar de sexo?

—¡Rose! ¡No seas así conmigo!

Ambos amigos comenzaron a reír. Rose se sentía agradecida de tener a Frank como uno de sus mayores apoyos, no podía hacerse a la idea de lo que sería de ella sin el chico moreno de ojos miel.

—Y respecto a lo de las pesadillas, este verano mi padre ha estado bastante ocupado intentando encontrar una receta que no te sentara tan mal. Siento que no te funcione. ¿Quieres que durmamos juntos? Eso siempre te funciona.

Rose sonrió, apoyando su cabeza contra el respaldo del sofá. Levantó la mano para acariciar el pelo de Frank, ahora ya despeinado.

—Quizás si no mejoro a lo largo de esta semana un día me cuele en tu dormitorio. Ya sabes que no me gusta quitarte horas de sueño a ti.

—Y tú ya sabes que a mí no me importa no dormir con tal de que descanses, también lo necesitas. Mi padre creo que me haría beber infusión de alguna de sus plantas hediondas se dejara que eso pasase. Eres su alumna favorita al fin y al cabo.

Frank le guiñó un ojo y Rose se acercó más a él, dejando que su cuerpo descansara sobre el pecho del chico. Se abrazó a él dejando que Frank acariciara su cuello. Si les viera alguien en ese momento, cualquiera pensaría que se trataban de una pareja.

Rose sabía que la relación que tenía con Frank podía parecer extraña a los ojos de los demás pero ellos dos se entendían como nadie, casi como si fueran la misma persona dividida en dos.

—Y también su ahijada favorita, aunque esté un poco loca y sueñe cosas raras.

—Bueno, eso es lo que te hace especial. ¿A quién no le gusta que le despierten en mitad de la noche mientras gritan en sueños? ¡Es algo increíble!

—Idiota.

Rose golpeó el pecho del chico, incorporándose. Tenía una idea y sabía que Frank la entendería mejor que nadie.

—Oye, Frank. ¿Crees que el prefecto de Gryffindor le pondría alguna pega al hecho de que me escape un ratito al Bosque Prohibido?

Frank sonrió, nunca había podido resistirse a esa cara que la chica ponía cuando quería conseguir algo. Miró su reloj de muñeca y suspiró.

—Rose, son casi las cuatro de la mañana. ¿No crees que deberías subir al cuarto e intentar dormir? Sé que no te es fácil pero...no sé…

—Si estoy en la cama no dejo de pensar, en ya sabes qué cosas. Y eso creo que es aún peor que la posibilidad de que un centauro me rapte.

—Los centauros te devolverían en menos de un par de horas. ¡Y lo sabes!

—¡Frank!

Uno de los cuadros de la sala les mandó callar. Ambos amigos rieron, como si volvieran a ser niños pequeños.

—Bueno, estoy seguro de que al prefecto no le importará que salgas a darte una vuelta. Al fin y al cabo, está sentado aquí a tu lado. Lo que sí te pido es que tengas cuidado con Zabini, está demasiado resabiada.

—Veo que vuestra relación como prefectos va viento en popa.

—Te lo juro, no entiendo como puede existir una persona tan...tan...así. ¡Es exasperante!

—Bueno, tómate las cosas con calma. Sube de nuevo a tu cuarto para tener fuerzas para pelearte mañana con ella.

—Te encanta vernos discutir.

—A mí y a toda la torre de Gryffindor. Es más, creo que incluso a todo Hogwarts.

Frank bufó levantándose. Le dio la vuelta al sofá y se despidió de Rose dándole un beso en la cabeza. Cuando ya estaba a mitad de las escaleras, pudo escucharle desearle buenas noches.

Rose se levantó, se colocó bien la sudadera y salió de la Sala Común después de aplicarse un hechizo desvanecer.

Cuando Rose salió del castillo, el aire fresco de la noche hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Dirigió sus pasos directamente al Bosque Prohibido, uno de sus lugares favoritos cuando necesitaba pensar.

Sabía que a Frank le parecía una locura que ella se escapase de noche al bosque, pero era consciente de que la chica haría lo que quisiera. Rose sonrió. Frank había demostrado ser un buen amigo, parecía comprenderla casi mejor que ella a sí misma.

Sus pies se movieron rápidamente por el césped y en poco tiempo estaba paseando por el bosque, buscando el claro que había descubierto en segundo curso. Comenzó a cantar, actividad que únicamente se permitía realizar cuando estaba sola.

Llegó al claro y se sentó al pie de un roble. Estuvo un rato allí, dejando salir todo lo que sentía cantando. No sabía cuánto tiempo llevaba allí pero al cambiar de canción sin terminar la anterior de repente se sintió observada. Miró a su alrededor pero no vio a nadie cerca ni en la linde del claro. Miró al frente para encontrarse con un hurón que la miraba desde unas rocas.

—¡Merlín!¡Que susto me has dado!

El hurón se acercó a ella, movido por la curiosidad típica del animal. Rose acercó sus rodillas al pecho. No es que tuviera miedo del pequeño animal pero tampoco le apetecía contagiarse de la rabia si el animal la atacaba. Eso sumado al hecho que no sabría cómo explicárselo a Madame Pomfrey.

No podía permitirse que nadie descubriera su secreto. Aunque ahora parecía compartirlo con el pequeño animal, el cual parecía realmente interesado en ella y se acercaba cada vez más.

—¡Genial! Ahora ni cantar puedo sin que se me acerquen animales. Puedo mandar mi historia a Disney, quizás hasta me hagan una película. Anda, ¡vete! ¡Fús!

Rose cogió un montón de tierra y se lo lanzó al hurón, quien esquivó el ataque con una agilidad envidiable. El hurón se puso de pie observándola, como si Rose fuera lo más interesante que había visto aquella noche.

Rose miró al animal un par de segundos, para bajar la mirada a los cordones de su sudadera. Sintió que se sonrojaba.

—Lo siento, no quería hacerte daño. Es que si me miran, me da vergüenza cantar. Incluso aunque no seas humano.

El hurón inclinó la cabeza como si estuviera intentando entenderla. Rose bufó. Parecía mentira que un animal pusiera más esfuerzos en escucharla que la mitad de los habitantes del castillo. Incluso su primo Albus le había repetido varias veces aquel verano que exageraba.

—Quizás me pueda desahogar contigo. Sé que no podrás juzgarme y probablemente no te volveré a ver. Estoy tan harta de esta situación que no te haces una idea.

El hurón caminó hacia ella, acercándose lo suficiente como para que Rose pudiera acariciar el suave pelaje del animal.

—Es que, no es por hacerme la víctima pero...Si tan solo el resto pudieran verme como soy en realidad. Si supieran que la única persona que me gusta que me llame princesa es mi padre. Y tampoco tanto, que a veces es demasiado cariñoso.

Rose suspiró, mirando al pequeño hurón que parecía estar realmente interesado en escucharla.

—Si tan solo se hicieran una idea de que esa fachada de superioridad es porque me siento sola…

Rose bufó, apoyando la cabeza contra el tronco del árbol. Probablemente se le iban a quedar trozos de corteza enredados en sus rizos pero le daba igual. Sintió como una única lágrima caía por su mejilla. La pelirroja había pensado que después de todo lo que había llorado en el tren se había quedado sin lágrimas para una buena temporada pero se había equivocado de nuevo.

Cerró los ojos, sintiendo como la humedad del bosque traspasaba su rompa pegándose a su piel.

—Imagínate como de sola debo sentirme para estar contigo aquí en el bosque. Hablándole a un hurón como si fueras mi amigo de toda la vida. ¡Pfff! He perdido totalmente la cabeza. ¡Que asco de todo!

Sintió como el animal acariciaba su mano, acurrucándose en la palma de su mano. Rose sonrió, tomando al animal con ambas manos.

—Vaya, es como si me entendieras. Estoy segura de que siendo te has listo te has escapado de la ballesta de Hagrid más de una vez, ¿verdad bicho?

El hurón movió la cabeza casi como si estuviera afirmando lo que la chica le había dicho. Rose creyó que estaba alucinando.

—Porque el gato de mi madre probablemente querría comerte que si no, te llevaba conmigo al castillo. Bueno, también porque creo que mi lechuza se pondría celosa.

El hurón comenzó a morder suavemente su pulgar. Rose acarició al animal. No hacía tanto frío, pero la pelirroja acercó al pequeño animal a su pecho. Se sentía extrañamente calmada, quizás la nueva poción estaba haciendo efecto por fin. Rose bostezó.

—Como me fastidia que sea ahora cuando me entra el sueño. ¡Ey, tú, descarado!—Rose tuvo que separar al hurón del borde de su capucha, donde parecía querer meterse—Creo que me voy a ir de vuelta al castillo, bicho. Mira, si fueras un león quizás podrías ser mi mascota. Así sí sería la princesa de Gryffindor. Ya verás que día me espera mañana. Lo único que habrá de memorable mañana es que será el último primer día de la princesa de Gryffindor. ¡Buff! Si al menos tuviera chocolate negro, el día se haría pasable pero me lo ha confiscado todo Lily. ¿Crees que podré colarme en Hufflepuff antes del amanecer?

Rose tomó al hurón depositandolo en el suelo con cuidado. El animal le miró de nuevo poniéndose sobre sus patas traseras.

—Claro, es lo bueno y malo de que seas un animal. Que no puedes hablar.

Rose se levantó sacudiendo su ropa y emprendió el camino de vuelta al ó una última vez atrás antes de abandonar el claro para ver como el hurón volvía a su roca. Miró hacia el frente, donde la luz de la noche ya clareaba anunciando el nuevo día.

En el claro, una vez que Scorpius se vio completamente solo, dejó atrás su aspecto animal. Se rascó la cabeza, allí donde la chica le había acariciado. Sabía que Taneedra se equivocaba al pensar de esa manera sobre Rose Weasley, pero nunca se había hecho una idea de todo lo que podía esconder la chica.

Sobretodo aquella voz que le había conseguido hechizar, atrayéndolo al claro cómo una sirena atrae a los marinos a ahogarse en el agua.

Scorpius sacudió su cabeza. Había algo dentro de él que le llamaba a ayudar a la chica, a conseguir que pudiera verse como de verdad quisiera mostrarse al mundo. Pero primero debería buscar de nuevo su ropa antes de volver al castillo y después se dejaría caer por las cocinas. Estaba seguro de podría convencer a algún elfo doméstico para que le diera un par de tabletas de chocolate.

Scorpius sonrió. Parecía que su último año prometía ser un año de grandes descubrimientos, empezando por desvelar quién era de verdad Rose Weasley. Estaba decidido a ello aunque fuera una locura. Nadie merecía estar tan triste.