Rose se levantó aquella mañana bastante descansada a pesar de no haber dormido demasiado. Se sentó en la cama estirándose. Se le subió el pijama, lo que hizo que sintiera frío en la espalda.

Las camas de sus otras compañeras ya estaban hechas pero se escuchaba como aún había alguien en el baño.

Rose tomó su neceser de aseo, esperaría a que saliera fuera quien estuviera allí dentro.

Miró su maletín, el cual había preparado la noche anterior. Tenía ganas de saber cuál sería su horario aunque no tuviera muchas ganas de ir a clase. Rose sonrió al pensar en lo irónico de la situación.

La puerta del baño se abrió y Taneedra salió ya vestida con su uniforme. La pelirroja no pudo evitar pensar en Frank y sonrió a la chica intentando ser amable.

Quizás podía empezar cambiando las pequeñas cosas del día a día para que la gente la viera de manera distinta.

Rose dudaba de que cualquier acto de amabilidad fuera a funcionar con la chica Zabini, que parecía mirarla con odio cada vez que sus miradas se cruzaban, pero tampoco perdía nada por intentarlo.

—Buenos días, Zabini.

La chica la miró mientras terminaba de doblar su pijama encima de su cama. Rose se quedó esperando una respuesta por parte de la morena.

—Buenos días, Weasley.

—No te lo dije anoche, pero me gusta mucho tu pelo así. Yo creo que nunca me atrevería con un color tan llamativo pero a ti te pega un montón. Te queda muy bien.

Rose vio como la chica sonreía brevemente justo antes de cruzar la puerta del baño.

—Muchas gracias—Taneedra hizo una pausa. No entendía muy bien que estaba pasando en ese momento con la chica Weasley pero tampoco quería parecer maleducada. La voz de Scorpius estaría en su cabeza todo el día haciéndole saber que no se había portado bien con la pelirroja— Espero que tengas un buen día, ya sabes, nuestro último primer día.

—Y que lo digas, parece mentira. Creo que todo esto se me ha pasado demasiado rápido.

Rose se apoyó en el marco de la puerta del baño. Esta era la primera vez que había hablado tanto con la chica y era demasiado extraño. Sin embargo, parecía que Taneedra estaba en una situación similar a la tuya.

—Tan rápido que da hasta miedo. Pero creo que lo mejor es que no pensemos en eso, al menos por el momento.

Taneedra miró a Rose. Se fijó en su cara; la chica parecía más delgada de lo que recordaba y tenía bolsas debajo de los ojos. Quizás Scorpius tenía razón y Rose no estaba pasando por el mejor momento.

Rose decidió que era buen momento para comenzar a arreglarse, si no se habían hecho amigas en seis años, no lo iban a arreglar en un par de minutos.

Sonrió a la chica y se metió en el baño. Se ató la melena en un moño alto del que se escaparon un par de mechones. Dejó que el agua relajara sus músculos. El olor a lavanda llenó el cuarto de baño.

Rose podía quedarse bajo el agua eternamente, olvidarse de sus obligaciones y que nada le importase más que estar bien consigo misma.

Se preparó delante del espejo, maquillándose levemente los ojos. Le gustaba como el color azul de sus ojos resaltaba más. Lily le había dicho más de una vez que parecía una gata cuando se delineaba los ojos.

Se puso el uniforme. El escudo con el león relucía brillante en su pecho. Después de aquel verano en el que había disfrutado de todo tranquilamente, le tocaba de nuevo volver a fingir ser todo sonrisas.

En la Sala Común saludó a un par de niñas de sexto curso que conocía porque eran más menos cercanas a Lily. Frank no estaba allí, por lo que optó por irse sola.

Los pasillos estaban llenos de alumnos que se encaminaban al Gran Comedor. Podía ver cómo los más pequeños se habían juntado en grupitos. Rose sonrió a ver la emoción que se veía en sus rostros.

Al entrar en el Gran Comedor, saludó a su primo Albus quien estaba al lado de Theo en la mesa de Slytherin. Scorpius estaba al otro lado de Nott, pero parecía más interesado en untar mermelada en sus tostadas. Pensó en el encuentro en el tren entre ambos, había sido demasiado borde pero ya no podía hacer nada. Según se acercaba a la mesa de Gryffindor, Lily la paró levantándose de la mesa de los tejones para darle un abrazo.

—¡Buenos días, Rosie! ¿Qué te pasó anoche? Desapareciste en el tren y luego ya cuando te volví a ver, estabas saliendo después del banquete. Dominique se coló en Hufflepuff, nos hubiera hecho ilusión que vinieras. ¡Somos las últimas chicas Weasley-Potter que quedan en Hogwarts!

Rose sonrió a su prima. Sabía que tendría que comportarse de una manera más normal si no quería que su familia se preocupara aún más.

—Te prometo que a la próxima reunión no fallaré. Ayer me encontraba realmente mal después del viaje y lo único que quería era descansar.

—Ves, Lils, Ya te dije que si Rose había faltado era porque estaría cansada. ¡Hola Rose!

—¡Hola Emilie! Siento no haberte saludado antes, no me había dado cuenta de que estabas ahí.

—No pasa nada. Y que sepas, que te tomo la palabra. Anoche Lily estaba insoportable.

—¡Oye, que sigo aquí delante!

Rose sonrió a Emilie, la mejor amiga de su prima, quien le guiñó un ojo.

—Venga chicas, os dejo que desayunéis tranquilas. Además, tengo demasiada hambre.

Rose continuó su camino. Sabía que la gente la estaba mirando, pero no quería hacerles caso. Wood ya había hecho muestra pública de su amor por Sophie y el alumnado, sobretodo el de los cursos más mayores, quería ver la reacción de la chica.

Pero la pelirroja no les iba a dar ese gusto. Ella también podía jugar a ese juego de tirar de la cuerda. Buscó a Frank con la mirada, quien ya le esperaba con un sitio reservado a su lado.

—¿Qué tal el paseo de anoche, princesa?

—Bastante bien. Hice un nuevo amigo.

—¿Un nuevo amigo? ¿Quién? ¡¿Había niños fuera de las salas comunes?!

—No, que va. Es un amigo peludo, vive en el bosque. Fue algo extraño, no me hagas caso.

—Merlín Rose, estás más loca de lo que creía.

—Tú has sido quien ha preguntado. Umm, ¿este es nuestro horario?

—Sí, McGonagall ha pasado por aquí hace un rato. Tenemos ahora después del desayuno Transformaciones con Slytherin. Y también Defensa contra las artes oscuras. ¡Ah, y Herbología! Yo no sé que se les ha pasado por la cabeza para ponernos en tantas clases juntos.

—Ummm...bueno, mira. Así veremos bastante a Albus.

—Sí, eso es verdad. No lo había visto así. La verdad es que parece que va a ser interesante, no sé. Ya os imagino a Theo Nott y a ti en Defensa intentando mataros el uno al otro.

—¿Por qué nosotros dos?

—¡Por favor! ¡Sería la guerra declarada entre los dos príncipados de Hogwarts!

Rose puso los ojos en blanco, lo que provocó que Frank riera. La chica se sirvió una taza de café con leche. Tomó una manzana y comenzó a partirla en trocitos. Siguió hablando con Frank hasta que llegó la hora del correo.

Una lechuza parda se colocó delante de ella levantando la pata donde llevaba un paquete.

—Vaya Rose, primer día de clase ¿y ya tenemos regalito?

—No tengo idea de quién es, no trae nombre. Y no espero carta de mis padres hasta la semana que viene. Mi madre me dijo que sería nos enviaría carta a Hugo y a mí.

—Bueno, coge el regalo.—Frank bajó el tono de voz— Ya has llamado la atención de la gente, tienes un don para ello.

—Más bien es una maldición.

Rose tomó el paquete atado a las garras de la lechuza, la cual emprendió el vuelo después de que la chica acariciara su cabeza. Tenía una nota, la cual Rose leyó antes que nada. Escrita en una letra cursiva bastante elegante, se podía leer lo siguiente.

La princesa está triste…¿Qué tendrá la princesa?

Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

Espero que esto haga tu día un poco mejor.

—No está firmada. Que raro.

—¿Qué es? ¡Ábrelo!

—Ya voy, ya voy. ¡Por Merlín, Frank! Si tanta ilusión te hace un regalo así, ya sé qué hacer por tu cumpleaños.

El paquete estaba envuelto en el típico papel marrón de papelería, atado con cordón de esparto. Rose tiró con delicadeza del cordón, dentro del paquete pudo ver que había dos tabletas de chocolate negro que se veía bastante artesanal.

—Bah, es solo chocolate. Ten cuidado, vaya a ser que te quieran envenenar.

Rose no dijo nada más. Estaba demasiado confusa. ¿Cómo podía ser posible aquello? Miró a la mesa de los profesores, quizás había sido un regalo de Neville pero el profesor estaba hablando con gran interés con Trelawney. Se hacía una idea del tema sobre el que estaban hablando juntos.

Quizás los terrenos de Hogwarts tenían una especie de magia convocatoria y si algún alumno deseaba algo, era capaz de materializarlo.

Bebió otro sorbo de su café, partiendo una onza de la tableta de chocolate. Cuando sintió cómo se derretía en su boca, el sabor amargo del chocolate hizo que gimiera suavemente cerrando los ojos.

—Rose, por favor. Que solamente es chocolate —Frank bajó el tono de voz—¡No llames más la atención!

En el mismo tono de voz, Rose respondió.

—Frank, no te haces una idea de lo bueno que está. Es una pena que no te guste el chocolate, que si no compartía contigo.

—Rose, es chocolate negro. No lo compartirías ni aunque la vida de Albus dependiera de ello.

—También es verdad, pero, te lo juro, creo que es el mejor chocolate que he tomado nunca.

—Ya será para menos. ¿Te imaginas que te pasa como a tu padre y lleva filtro de amor dentro?

—¡No digas tonterías! Ya sabes lo que dijo Wood, de mí no puede enamorarse nadie.

Aquello lo dijo en un tono de voz bastante alto como para que incluso el susodicho la oyera. Había cosas que quería cambiar, pero otras prefería que se quedasen como estaban.

—Eres una cabrona.

Rose le guiñó un ojo a Frank y sonrió. Tomó otro trozo de aquel amargo manjar, disfrutando al máximo. No había manera de que Hogwarts pudiera materializar algo tan sabroso. Además, después de haberlo pensado, la magia no podía materializar comida.

Miró hacia la mesas de las serpientes. Le hacía ilusión estar en tantas clases con Albus casi como si volvieran a estar en primero. Albus levantó la mirada al sentirse observado y sonrió a su prima.

Vio como su primo movía la boca como si estuviera diciéndole: «Te quiero ver ya en clase»


Rose llevaba toda la clase de Transformaciones intentando concentrarse en aquel maldito hechizo pero nada ocurría. Desesperada, tiró de mala gana su varita encima de la mesa.

—Señorita Weasley, por favor, me gustaría verla al menos intentar llevar a cabo el ejercicio. No es tan complicado, concéntrese y todo saldrá bien.

Rose escuchó como el tono de voz calmado de la profesora no ayudaba a su nerviosismo. Intentó no pensar, sentir esa energía que corría por sus venas. Notó un cosquilleo en la punta de sus dedos pero al realizar el movimiento, no ocurrió nada. Rose suspiró.

—Es que...no puedo hacerlo. No soy capaz.

—Señorita Weasley, por favor, inténtelo. No se rinda tan pronto.

Rose suspiró, sintiendo como las lágrimas quemaban sus ojos. Intentaba canalizar la magia que sabía que tenía por dentro, pero que no llegaba a sentir.

—¡NO PUEDO, LO SIENTO!

Sabía que había levantado demasiado su tono de voz cuando el resto de alumnos se quedaron en silencio durante lo que pareció una eternidad. La profesora McGonagall se había quedado muy seria.

La clase volvió rápidamente a la normalidad y todo el mundo siguió a lo suyo. Rose sabía que para la hora de la comida volvería a ser tema de conversación.

Rose intentaba controlar su respiración. No quería ponerse a llorar delante de todos, tenía que ser fuerte.

Escuchaba como el resto de sus compañeros intentaban el hechizo, algunos con más éxito que otros.

Frank puso su mano sobre su muslo, dándole apoyo. Rose sonrió.

Rose paseó su mirada por la clase. Como era costumbre, Scorpius Malfoy era quien más destacaba. Era una verdad conocida por todos en Hogwarts que el rubio tenía un don para esa materia.

Rose se hundió en su silla, jugando con su varita sobre la mesa. Vio como McGonagall se acercaba a su escritorio. Rose respiró profundamente pero cuando la anciana mujer llegó a su lado, se dirigió a ella con amabilidad.

—Rose, por favor, esta tarde después de clases quiero verte en mi despacho. Si quieres, puedes retirarte. Si te encuentras mal, tienes permiso para ir a la enfermería.

Rose asintió, tomó sus cosas y despidiéndose con la mirada de Frank, salió del aula. Era lo suficientemente inteligente como para entender lo que la mujer había querido decirle.


El despacho de la profesora McGonagall siempre había tenido un aroma que resultaba reconfortante, parecido al de la ropa de cama limpia. Rose llevaba un rato en silencio mirando los cuadros de anteriores directores que hacían como si ella no estuviera allí. La voz de McGonagall la devolvió a la realidad.

—¿Qué te ocurre, Rose? Sabes que a mí puedes contármelo. Estoy aquí no solo para castigaros, sino también para escucharos si lo necesitáis.

—Lo llevo notando desde hace unos meses, lo que ocurre es que últimamente es aún peor. Es, más acusado. No sé cómo explicarlo.

Rose comenzó a jugar con las mangas de su jersey, mirando a la mujer.

—Me temo que si no me cuentas lo que está pasando, Rose, no podré ayudarte.

Rose suspiró. Únicamente había compartido esto con Frank dado que siendo su padre quien la estaba ayudando tanto, le parecía lo justo.

—Las pociones para mis pesadillas no están funcionando. Cada vez son peores, aparecen con más fuerza y...no las puedo controlar. Y al aumentar la dosis de los ingredientes, lo que ocurre es que...es…

—¿Sí, querida?

—La poción suprime mi magia. Es como si fuera un vial vacío, pero sin estarlo. Apenas puedo llevar a cabo hechizos sencillos sin quedarme sin energías. Por eso es que he reaccionado así por la mañana, le pido disculpas, profesora.

—Rose, querida, no tienes porque pedirme disculpas. Desconozco cómo está trabajando Neville pero, quizás es momento de que aprendas a controlar esas visiones.

—Pesadillas.

McGonagall miró a la chica con lástima. Podía hacerse una idea de por lo que estaba pasando la chica, pero si ni siquiera ella era capaz de aceptar la realidad, no sería ella quien la obligaría. Había vivido mucho para saber que las cosas no funcionaban así.

—Sí, claro, disculpa, tus pesadillas. Quizás podrías volver a hablar con la profesora Trelawney, estoy segura de que estaría más que encantada de ayudarte.

—Profesora, no funcionó de aquella, cuando todavía podía dormir una noche sin desvelarme. ¿Qué le hace pensar que funcionará ahora?

Rose gruñó, tirándose sobre el sillón. Lo único que quería en ese momento era irse de allí y meterse en su cama. Aún le quedaba chocolate del que la persona misteriosa le había regalado y sería el broche perfecto para un día tan fatídico como lo había sido hoy.

—No insistiré más entonces, Rose. Por lo que también he querido llamarte a mi despacho, antes de saber tu situación actual, era para hacerte una propuesta.

Rose levantó una ceja, mirando dubitativa a la anciana. ¿Qué se le habría ocurrido ahora?

—Un buen alumno, que estoy segura de que conoces, lleva a cabo una actividad que creo que podría serte de gran utilidad, sobretodo para mi asignatura si quieres seguir con tus planes de hacer las pruebas para ser auror.

Rose se irguió, ahora ya más interesada en el tema. A pesar de que dudaba que fuera a funcionar lo que fuera que se le hubiese ocurrido a la mujer, si era con tal de cumplir sus sueños, estaría dispuesta a ello.

—¿Qué te parecería tomar clases particulares de Transformaciones? Estoy segura de que podría venirte realmente bien. Y sería algo totalmente confidencial, solo entre nosotras dos.

Alguien tocó a la puerta suavemente. Rose se giró para ver como por la ornamentada puerta no entraba otro que Scorpius Malfoy. ¿Qué pintaba él allí?

—Lamento mucho haberme retrasado, profesora McGonagall.

—Oh, tranquilo señor Malfoy, no pasa nada. Ha llegado justo en el momento perfecto, estaba contándole a la señorita idea de que usted le diera clases particulares.

Rose se quedó muy quieta, poniéndose recta en la silla. Esto tenía que ser parte de sus pesadillas, no podía ser verdad.