Rose corría sin descanso. Su acelerada respiración dejaba tras de sí difusas nubes de vaho. La humedad de la noche parecía pegarse a su frente perlada de sudor. Tenía que seguir huyendo, tenía que luchar por sobrevivir.
Oía a lo lejos los pasos acelerados y pesados de su perseguidor. Rose aún no le sacaba la suficiente ventaja como para sentirse a salvo. Sus piernas empezaban a acalambrarse pero tenía que seguir hacia delante. En lo más profundo del bosque quizás tenía la oportunidad de darle esquinazo a la criatura.
Sus pies esquivaban las raíces de los árboles del Bosque Prohibido por instinto, dejándose llevar por la parte más primaria de su ser. Aquella que parecía conocerse el bosque como la palma de su mano. Una gama que trotaba, casi hasta el punto de la extenuación, por su vida. Una ninfa que huía del sátiro ahora transformado en hombre lobo.
Su corazón parecía estar atascado en la garganta, produciéndole ganas de vomitar. La sangre palpitaba sin descanso haciendo presión en las sienes.
Las ramas se enredaban en su cabello, entorpeciendo su intento por escabullirse de una muerte asegurada.
El cansancio estaba pudiendo con ella pero estaba muy cerca, podía ver el claro un poco más adelante. Aceleró la carrera, al llegar, sus pies movieron la gravilla con la frenada. Las piedras cayeron al agua formando dibujos desordenados.
Rose se escondió detrás de un grueso roble que la cubría completamente. Sus pies le pedían que siguiera pero ella necesitaba primero recuperar la respiración. Apoyó la cabeza contra el tronco, cerrando los ojos. Solo se podía escuchar a ella misma, parecía que la criatura ya no las seguía.
Un aullido quebró la calma de la noche, ahuyentando toda esperanza del cuerpo de la chica.
Rose emprendió de nuevo la carrera. Su vista se nublaba, impidiéndole enfocar bien en la oscuridad. Intuye las altas copas de los árboles y el cielo cubierto de estrellas en aquella noche de luna llena.
Una rama la agarra del tobillo derecho, provocando que caiga al suelo con un golpe sordo que le corta la respiración durante unos segundos. A Rose no le quedan fuerzas ni ánimo para levantarse. Ahora todo está perdido para ella. Su perseguidor consigue alcanzarla, olisqueando a su alrededor sin reconocerla como familia.
Rose se arrastra por el suelo, sin darle la espalda al animal. El hombre lobo tiene el pelo del lomo encrespado, las garras se hunden en la tierra, listas para abalanzarse sobre su próxima víctima.
—¡Teddy, no! ¡Por favor, para! ¡Vuelve en ti!
Rose intenta buscar la parte humana de su primo, sin éxito. Formando lo que parece una sonrisa grotesca, los dientes de Teddy se clavan en su pantorrilla. La pelirroja siente como sus músculos se desgarran, casi a cámara lenta. Las lágrimas escapan de sus ojos, de manera involuntaria.
—Teddy...por favor...
Rose se permite llorar. No se quiere rendir, porque eso no podría permitírselo nunca. Sin embargo, siente como, con cada mordisco, la fuerza la abandona de manera inexorable. El metálico sabor de la sangre llena su boca mezclándose con la tierra. Su cuerpo se sacude de dolor. Rose abrió los ojos, con la caída, su varita ha quedado tirada sin dueña a pocos metros.
Intenta moverse sin llamar la atención del fiero animal en el que su primo, como con cada luna llena, se ha transformado. Sus dedos se deslizan suavemente sobre el suelo, una caricia desesperada por salvarse.
Teddy gruñe. Rose cierra los ojos de nuevo, mientras que el hombre lobo en el que se ha transformado su primo clava los afilados dientes en su estómago. Rose ceja en su intento por recuperar la varita. La pelirroja levanta la mirada. Sus ojos azules se quedan fijos en los amarillos de la bestia que va a acabar con su corta vida.
Rose intenta dejar de pensar, solo desea que el dolor se vaya. Gime de dolor, una respuesta involuntaria. No debe mostrarse débil, tiene que resistir. Teddy, aunque ahora no sea Teddy, se alimenta de ella como si no hubiera comido en muchas lunas. Su cuerpo ya no se siente como suyo. La vida la va abandonando segundo a segundo. Una última lágrima se escapa de sus ojos, limpiando el barro de su rostro a su paso.
Entonces llega esa neblina fría, casi mortífera. De las sombras de la noche, aparecen las criaturas que tantas otras veces ha enfrentado en sueños. Más de una docena de dementores les rodean, aunque solo parecen interesados en ella.
La criatura encapuchada, la que ha aparecido más cerca de ellos dos, flota sobre ella. Rose siente frío, acompañado por el olor de la muerte. Comparado con los mordiscos, esto es aún peor. Un dolor más profundo, más allá de lo físico.
Rose entreabre los ojos. En la distancia, al otro lado del pequeño lago, un ciervo de luz azul parece disipar a los dementores. Sin embargo, la ayuda ha llegado tarde para ella. Rose ve, con su último suspiro, como lo poco que queda de su alma abandona los despojos de lo que una vez fue su cuerpo. El dementor, satisfecho, pierde interés en ese recipiente vacío del que minutos antes había arrebatado todo rastro de vida humana con especial inquina.
Su cama en Hogwarts ha quedado vacía, la sangre que impregna la tierra no volverá a llenar de latidos su corazón. Rose sabe que su respiración no se repondrá. A lo lejos, o desde ella misma, un grito rompe la noche. Sus ojos, llenos de lágrimas, se cierran por última vez, despidiéndose del mundo observando las estrellas con una sonrisa lastimosa.
Rose despertó de un sobresalto, quedándose sentada en la cama con los ojos muy abiertos. El grito continuaba mudo en su garganta, como si en el sueño, hubiera sido ella misma quien hubiera gritado. Su cuerpo temblaba, casi convulsionando. Sus manos, aún temblorosas, limpiaron un par de lágrimas traicioneras que parecían haberse escapado durante su pesadilla.
El pijama estaba empapado de sudor. Su melena estaba pegada a su rostro. Rose volvió a la realidad tras pestañear varias veces. Ya había amanecido, pero por la quietud del cuarto, aún debía ser pronto.
Rose se levantó con dificultad, las piernas apenas podían aguantar con su propio peso y las manos aún le temblaban con intensidad. Rose aún sentía la adrenalina mezclada con el miedo impulsando su cuerpo a moverse. Acercó sus vacilantes pasos al pequeño tocador que estaba en el centro de la habitación.
Se hizo una coleta, apartando el pelo del rostro. Abrió el grifo del agua fría. Se echó agua a la cara, despertándose completamente.
Miró su reflejo en el ornamentado espejo que colgaba de la columna central. Las ojeras estaban aún más amoratadas. Rose no sabía cuándo se había quedado dormida, pero casi prefería no haberlo hecho.
—No puedes seguir así, Rose...un día no te vas a despertar.
Habló en alto, a sabiendas de que podía ser escuchada por cualquiera de sus compañeras. Tomó su neceser y se encerró en el baño. Abrió el grifo, sin dejar que el agua se calentara demasiado. Rose esperaba, como cada mañana después de tener una de sus pesadillas, que el agua se llevase todo por la cañería.
Sin poder evitarlo, Rose apoyó su cabeza contra la pared azulejada, llorando sin control. Lo peor ahora, a parte de tener que disimular delante de todo el alumnado, sería que todo esto tendría que volver a revivirlo cuando se lo contase a su tío Neville.
Después de la ducha, que no había servido de mucho para cambiar su ánimo, se preparó para el resto del día. Definió sus rizos untándose las manos ligeramente con un poco de poción para rizos. Se maquilló, como hacía todos los días, poniendo verdadero énfasis en cubrir las oscuras manchas bajo sus ojos. Después volvió a pintarse alguna que otra peca que había quedado cubierta por el maquillaje. Salió del baño envuelta en la toalla.
El resto de sus compañeras ya estaban despiertas. Rose se fijó en Taneedra, que estaba escribiendo en su diario aún con el pijama puesto. Se vistió sin decir nada a nadie. Rose solo esperaba que su pesadilla hubiera pasado inadvertida para sus compañeras.
Rose optó por no desayunar, dirigiendo sus pasos directamente al séptimo piso. Esperaría a Scorpius en la Sala de los Menesteres. Rose, aunque no lo hubiera compartido con el hijo de los Malfoy, se sentía a salvo en aquella sala. Miró a ambos lados del pasillo, evitando ser vista. Pasó tres veces por la pared en la que de la nada, apareció una pequeña puerta bastante disimulada.
Entró con cuidado, sin querer hacer ruido. Rose cerró la puerta tras de sí. Se encontró con la sorpresa de que Scorpius Malfoy ya estaba allí, sentado sobre un escritorio de madera oscura. El rubio estaba escribiendo algo en un cuaderno, ensimismado en la actividad, no se había dado cuenta de que la chica había entrado en la habitación. Rose decidió hablar.
—Buenos días, Malfoy.
Scorpius levantó la mirada de la escritura. Rose pudo notar que el chico no esperaba su presencia allí tan pronto. Scorpius simplemente sonrió, levantándose de la mesa para acercarse a ella.
—Buenos días, Weasley. ¿Qué tal has dormido?
Rose hizo una mueca, que al rubio no le pasó desapercibida. Scorpius cerró el diario, centrando su atención en la chica. Rose pensó en cómo responder. Una parte de sí misma quería ir con cautela, no quería que Scorpius Malfoy tuviera información para después poder atacar; sin embargo, otra parte de ella, la que más apoyo necesitaba, le decía que tenía que contarle la verdad al chico.
—¿Podemos hablar antes de empezar con las clases? Hay algo que quiero que sepas antes de hacerte perder el tiempo.
El recuerdo de la pesadilla aún resonaba en su interior. Scorpius habló antes de que ella pudiera decir nada más.
—Si es por lo de ayer en DCAO, lo siento mucho. No quería parecer maleducado. Es que me resulta imponente trabajar codo con codo con la mejor alumna de la asignatura que peor se me da.
Esta vez la sonrisa de Scorpius fue una sonrisa incómoda. El rubio se despeinó ligeramente el pelo, nervioso. Rose se dio cuenta de que la reacción del chico al saber que serían compañeros se le había olvidado completamente, como si ya no tuviera importancia ya después de la mala noche que había pasado.
—Tranquilo, no es por eso. Aunque me sorprendió, no te voy a mentir. Bien, a lo que iba, mmmm...esto no me resulta fácil. ¿No te ha comentado nada la profesora McGonagall?
Rose tenía la esperanza de que la anciana mujer le hubiera pavimentado el camino. Sin embargo, Scorpius negó con la cabeza. Rose cambió el peso de una rodilla a otra, nerviosa. Rose suspiró.
—No tienes por qué contarme nada que no quieras compartir conmigo, Weasley. Incluso si lo de las clases te parece una tontería, no me impor…
El tono de voz de Scorpius denotaba la pasión que sentía por enseñar. Rose se apresuró a responder.
—Nono, no creo que sea una tontería. Es más, como te he dicho, esto es porque no quiero que pierdas tu tiempo conmigo.
—Nadie es una pérdida de tiempo. ¿Prefieres que nos sentemos? A pesar de que anoche te refirieras a mí como profesor, aún no soy nada de eso para ti.
Scorpius quizás se estaba extralimitando con la chica pero desde la noche en el bosque, sabía que Rose echaba en falta alguien en quien confiar. No tenía por qué ser él precisamente, pero estaba ahí y algo dentro de él siempre le llevaba a ayudar a los demás.
Rose pasó por su lado, sentándose en uno de los bancos de la primera fila. Scorpius la siguió, sentándose en la fila por detrás de la pelirroja.
—Soy todo oídos, Weasley. Cuando quieras empezar, adelante. Pero por favor, que sea antes de tener que ir a Transformaciones. No me gusta llegar tarde.
Rose asintió. Ordenó los pensamientos en su cabeza, aunque sabía que saldrían sin orden ni concierto.
—La verdad, no sé por dónde empezar.
Rose desvió la mirada, fijándose en la luz que se filtraba por la ventana. Scorpius habló, echándose hacia delante.
—Quizás vendría bien si comienzas por el principio. Si te va mejor, piensa en que yo no estoy aquí.
Rose tomó aire, preparándose para lo que venía.
—Es la primera vez que le cuento esto a un extraño.
—Soy todo oídos. Érase una vez...
Scorpius se echó para atrás en el banco, cruzando las manos sobre el regazo. El rubio parecía genuinamente interesado en saber lo que le pasaba. Rose se colocó un mechón detrás de la oreja, sentándose más relajada. Cerró los ojos, estaba sola. Rose comenzó a narrar todo lo que le ocurría.
No sabía por qué, sí por la confianza que Scorpius inspiraba con su mirada franca, fija en ella o porque parecía que había instaurado un alto el fuego en su mente, pero Rose habló.
Dejó de fijarse en él y soltó todo lo que tenía guardado, como si estuviera sola en el bosque.
Rose volvió a aquella noche en la que había empezado todo con la primera pesadilla. Aquel horrible cementerio que se había sentido tan real. La figura de Voldemort, o de lo que había visto de él en recortes de prensa, sobre la tumba de su familia. Todos, uno tras otro, muertos.
Las pesadillas que se repetían mezclándose con sus recuerdos. El sueño empañado de un dolor que no le pertenecía. Su descanso, cada vez más escaso. La necesidad de tomar distintas sustancias, tanto pociones como drogas muggles, para intentar -sin éxito- regalar a su mente unas horas de tregua para poder seguir un día más. Las noches en vela, porque era mejor eso que dormirse y sufrir.
La luz que entraba por los ventanales cada vez era más clara, llenando el aula de la luz del nuevo día. La voz de Rose parecía un arrullo que conseguía embotar los sentidos de Scorpius. El rubio luchaba por mantener la atención en cada palabra que salía de los labios de la chica. Rose Weasley, a la que los demás tenían por una engreída sin sentimientos, estaba contándole a él todo lo que llevaba dentro. ¿Nunca había tenido Rose Weasley a alguien con quien poder mostrarse así de vulnerable?
El embrujo de las palabras fue disipándose a medida que Scorpius recuperaba conciencia del paso del tiempo. La clara luz de la mañana iluminaba a Rose dotándola de cierto aire angelical. Scorpius sacudió la cabeza, despertando de aquel encanto que la cadencia de la voz de su compañera parecía tener sobre él.
Habló bruscamente, rompiendo drásticamente con el ambiente tranquilo que se había instaurado entre los dos.
—Entonces, resumiendo. Para comprobar que todo me ha quedado claro. No es que te hayas quedado sin magia, la magia sigue en ti. Son esas pesadillas las que te la bloquean.
Scorpius notó que la chica parecía no querer hablar más. Nunca hubiera esperado que Rose le contase todo lo que había compartido con él, no al menos de primeras. Había percibido que la chica, durante su relato, se balanceaba atrás y adelante, intentando buscar consuelo. No eran amigos, pero Scorpius había tenido que refrenar el impulso de acercarse para ofrecerle un abrazo que probablemente no fuera bienvenido.
Rose respondió, esta vez con un hilillo de voz.
—Ajá.
—O al menos, esa es a la conclusión a la que habéis llegado el profesor Longbottom, McGonagall y la profesora Trelawney.
—Exactamente. Es lo más plausible que se nos ha ocurrido pero ni siquiera en San Mungo consiguieron encontrarle una solución clara a este problema. Obviamente que allí no se reveló mi identidad; mi familia no necesita que la prensa le siga aún más los talones, pero los especialistas no saben qué hacer.
—¿Y cómo consigues sobrevivir si nunca descansas? ¡Si yo fuera tú, ya estaría al borde del colapso, Weasley!
Rose bufó con resignación.
—No me queda otra. Es lo que me ha tocado, otras personas están en una situación peor.
—Pero aunque seas tú, nadie se merece estar en una situación así. Siempre va a haber alguien que esté peor que tú, pero eso no minimiza lo que a ti te ocurra o lo que sientas. Guardarte todo eso dentro te tiene que hacer mucho daño. No se puede vivir con secretos, Rose.
Scorpius sabía que estaba siendo un hipócrita, pero quería que la chica confiase en él. Rose le miró, con la ceja arqueada. El rubio podía notar como la chica, a pesar de todo lo que acababa de compartir con él, mantenía un muro a su alrededor para que nadie le hiciera daño. En cierto modo, le recordaba a su padre. Scorpius estudió la cara de su compañera, buscando una respuesta. Había utilizado el nombre de pila de la chica de una manera vil, buscando manipular sus sentimientos. Aquello era demasiado bajo para él. Scorpius sabía que se arrepentiría más tarde, pero tenía que aprovechar la oportunidad. Había conseguido saber qué le ocurría a Rose Weasley y por qué se veía tan triste. Quizás, según salieran por la puerta de la Sala de los Menesteres, ella no querría saber nada más de él ni de la conversación que habían mantenido.
Ante el silencio de la pelirroja, Scorpius volvió a hablar.
—La verdad es que es una situación complicada, se escapa a todo lo que alguna vez he tenido que enfrentarme en las clases particulares. ¿Te importa si hablo con el profesor Longbottom para ver qué me aconseja él? Solo lo haré con tu permiso, si no te parece bien, iré a la biblioteca a ver qué puedo encontrar sobre el tema.
Rose puso los ojos en blanco, cansada de toda aquella situación.
—No queda libro sobre ese tema en la biblioteca que no me haya leído. Pero no te voy a detener. Puedes hablar con el profesor Longbottom sin problema, aunque el tío Neville está tan perdido como yo…
—Bueno, todos los problemas siempre tienen una solución. Lo único es que encontrar la solución a lo que te ocurre, puede llevarnos más tiempo.
Rose se dejó llevar por sus pensamientos, olvidándose por un momento de que estaba a solas con Scorpius Malfoy en la Sala de los Menesteres. Cruzó los brazos sobre su pecho, buscando calma. Más tarde, cuando estuviera a solas, pensaría en las palabras del rubio. Había compartido lo que le ocurría con alguien ajeno a su familia y se sentía extraña. Indefensa. Nunca se había permitido bajar la guardia de esa manera. La única persona que conseguía resquebrajar su coraza era Frank, y a regañadientes. Rose sabía que el moreno no la creería cuando le contase todo lo que había ocurrido en aquel aula.
Aquella sensación le resultaba novedosa y no quería añadir nada más. Escuchó como Scorpius se levantaba, recogiendo los libros que había dejado sobre la mesa sobre la que había estado sentado antes.
Rose miró su reloj de muñeca, casi había llegado la hora del comienzo de las clases. No se había dado cuenta del paso del tiempo y sintió vergüenza de haber estado hablando durante tanto rato. Dejó de mirar por la ventana y se dispuso a recoger su maletín.
Para hacer el ambiente menos incómodo, Rose rompió el silencio volviendo a hablar.
—Vaya primera clase más provechosa, ¿verdad Malfoy? Por mucho que me intentes convencer de lo contrario, si ves que es una pérdida de tiempo, lo comprendo.
Scorpius rio sin mirarla. Se encogió de hombros mientras sacudía la cabeza.
—Mira que eres tozuda, Weasley. No esperaba menos de la Princesa de Gryffindor.-el rostro de la pelirroja se ensombreció y Scorpius hizo la nota mental de evitar ese apelativo en el futuro- Ha resultado provechosa, si lo piensas. Ahora sé lo que te ocurre. Y buscaré maneras para que vuelvas a recuperar el control sobre tu magia.
Ambos se quedaron en silencio mientras se dirigían juntos a Transformaciones. Mientras iban por los pasillos, varios ojos se posaban en la extraña pareja. A Rose le resultaba asombrosa la facilidad con la que Scorpius Malfoy, a pesar de lo que su apellido conllevaba y de quien era, esquivaba los comentarios crueles o las miradas indeseadas.
Scorpius quería descubrir lo que la pelirroja estaba pensando. Rose no le quitaba la vista de encima y Scorpius no estaba acostumbrado a un escrutinio tan intenso. Después de la conversación que habían compartido, estaba tranquilo. Su secreto aún seguía siendo suyo.
Antes de ingresar en el pasillo que les llevaba a la espaciosa clase en la que compartían clase serpientes y leones, Scorpius habló.
—Weasley, ¿te apetece sentarte conmigo en Transformaciones? Si te pasa como el otro día, puedo cubrirte. Estoy seguro de que a McGonagall le gustará ver que estamos trabajando juntos.
A Rose le volvió a sorprender la sonrisa amable con la que Scorpius Malfoy se dirigía a ella. Le resultaba raro que alguien la tratase tan bien sin una doble intención. La pelirroja, a pesar de haber compartido su secreto con el chico, aún tenía ciertas reticencias.
—Nunca me he sentado en primera fila en Transformaciones.
—Siempre hay una primera vez para todo. Venga, que McGonagall para ser una leona, no es tan fiera.
Rose cambió el maletín de hombro. La excusa perfecta que había elaborado había sido derribada con apenas unas palabras.
—¿No se molestará Zabini si le quito el sitio? Siempre os sentáis juntos.
Scorpius sopesó durante un segundo lo que Rose había dicho. Scorpius sabía que a su mejor amiga no le haría ninguna gracia verle sentado al lado de Rose Weasley, pero con ese problema ya tendría que lidiar después.
—Tranquila, estoy seguro de que Taneedra no tendrá problema alguno.
Algo en la mirada de Rose Weasley le decía que ambos eran conscientes de la gran mentira que acaba de salir de los labios de Scorpius.
Scorpius estaba en la Sala Común de Slytherin leyendo uno de los libros que había sacado de la biblioteca. El oráculo de los sueños le había parecido una buena opción para comenzar su investigación, pero llevaba más de la mitad del libro y no había sacado nada en claro.
Taneedra era su fuente fiable en estos temas, la chica tenía un don para la adivinación, pero no quería cruzarse con ella. Al menos no por el momento.
Conocía bien a la chica como para saber que necesitaba un tiempo sin verle la cara, sobretodo si Scorpius quería mantenerla en su sitio sin ningún moratón o mordisco.
Scorpius había notado la mirada de la chica clavada en su nuca durante toda la clase de Transformaciones y después, no le había dirigido la palabra en Herbología. Taneedra había llegado incluso a mover su silla separándose de la de él.
Aquel gesto no había pasado desapercibido para sus compañeros de mesa, ni siquiera para Rose, que le miraba lanzándole una disculpa mientras Theo no dejaba de reírse por lo bajini.
Scorpius pasó varias páginas sin leerlas. No creía que le resultase beneficioso para ayudar a la chica Weasley saber los distintos usos de la infusión de ajo para predecir el futuro. La sombra de alguien que se había acercado a su lado se dibujaba sobre las amarillentas hojas. Scorpius levantó la mirada. En frente de él estaba Albus Potter.
El chico llevaba el pelo despeinado como era costumbre en él. Albus tría la camisa por fuera del pantalón y no llevaba el jersey. La capa la llevaba desabrochada y el nudo de la corbata estaba deshecho. El moreno parecía querer estar en cualquier otro lugar que no fuera estar delante de él, pero había sido Albus quien se había acercado.
—¿Ocurre algo, Potter?
Albus esquivaba la mirada, parecía querer evitar hablar con él.
—¿Potter, todo bien?
—Taneedra está afuera, quiere hablar contigo.
Scorpius supo en ese mismo momento que nada estaba bien. Si Taneedra se había decidido a bajar a las mazmorras, Scorpius sabía que estaba realmente enfadada con él. Scorpius no sabía por qué, tampoco era para tanto. Solo se había sentado con Rose Weasley, aquello no podía ser el fin del mundo. Scorpius cerró el libro, se levantó y le pidió a los dioses que Taneedra tuviera compasión por él.
—Suerte, tío. Parece que está muy enfadada.
—Gracias, supongo.
Se despidió del chico con un simple movimiento de la mano. Todo el mundo en la Sala Común parecía saber que Taneedra estaba afuera y seguían sus pasos con expectación. Scorpius odiaba ser el centro de atención, pero ahora mismo tenía que enfrentarse a sus demonios. Sus demonios tenían nombre de mujer, el pelo morado y demasiado carácter pero ahora mismo, no tenía otra opción.
Salió de la sala. En el oscuro pasillo, estaba Taneedra cruzaba de brazos. Su mirada oscura parecía arder, queriendo quemarlo vivo. Scorpius había pasado por aquello varias veces, sabía cómo funcionaba la chica. Aún así, se acercó temeroso.
La chica no le había ni saludado cuando empezó a hablar en voz alta.
—¿En serio, Scorpius? ¿Así es cómo me tengo que enterar?
— Todo lo ocurrido esta mañana tiene una explicación, si me dejases hablar...
—¡Es que no me puedo quedar callada! ¿En serio, Scorpius? ¿De todas las chicas de Hogwarts, Rose Weasley?
—¿Perdona? Creo que ahora mismo no te estoy pillando. ¿Qué quieres decir, Taneedra?
—Sois la comidilla del castillo. Os vieron juntos por el pasillo, luego te sientas con ella en Transformaciones. ¡Sin avisarme! ¿Te puedes imaginar la cara de imbécil que se me quedó cuando te vi con ella?
—Taneedra, por favor, baja la voz. Estás armando demasiado escándalo.
Scorpius tomó a la chica por el codo, apartándola de las miradas indiscretas que curiosamente se habían congregado en la puerta de Slytherin. Scorpius podría jurar que había alumnos de otras casas, pero eso no era lo importante en ese momento.
—Taneedra, ahora mismo no puedo contarte porqué estaba con Rose Weasley, pero te lo diré, te lo prometo. Sea lo que hayas oído por los pasillos, haz oídos sordos.
La chica aún le miraba con el ceño fruncido. Por suerte para ellos, al haberse alejado de los demás, parecía que las ganas de enterarse del chisme se habían disipado.
—Anda, ven. Déjame que te de un abrazo.
Scorpius se acercó a la chica, rodeándola con sus brazos. La chica fingió seguir enfadada aunque el rubio la conocía demasiado bien.
—Cualquiera diría que no quieres compartirme con nadie más.- Taneedra gruñó por toda respuesta- ¿En serio estabas celosa de Rose Weasley?
Taneedra se revolvió en sus brazos, ofendida.
—¡No es por eso que estoy enfadada contigo! Bueno, un poco sí. Pero es que al sentarte con ella, tuve que volver a tener que sentarme con Longbottom.
Scorpius puso los ojos en blanco.
—De verdad, estoy harto de decírtelo. Simplemente te cae mal porque no le conoces. Siempre te pasa igual, juzgas demasiado a la gente. Si le dieras una oportunidad...
—¿Cómo estás haciendo tú con Rose Weasley?
—Vamos a buscar un sitio más íntimo para hablar, tengo que contarte una cosa antes de que me armes otro berrinche.
La chica intentó protestar pero antes de que pudiera despegar los labios, Scorpius tomó a Taneedra de la mano, encaminándose escaleras arriba, lejos de todos aquello que aún discurrían por allí sin razón aparente.
Rose estaba sentada en una de las butacas de la Sala Común de Gryffindor, la más alejada de todos los demás alumnos que estaban allí reunidos. Tenía las rodillas dobladas, encogida en un ovillo. Tenía un libro abierto sobre las piernas pero hacía rato que había dejado de leer. Mientras pasaba hojas disimulando estar enfrascada en la lectura, Rose no dejaba de darle vueltas a la conversación que había mantenido con Scorpius Malfoy en la mañana.
Se había pasado el resto de la mañana dispersa, sin poder centrarse en lo que ocurría a su alrededor. No solo la pesadilla seguía persiguiéndola, aún no había podido ordenar sus pensamientos charlando con Frank, a quien no había visto en Herbología. Por lo visto, Taneedra Zabini le había mandado a la enfermería por culpa de un hechizo que se había desviado en Transformaciones. Madame Pomfrey no le había permitido entrar a verle, por lo visto lo que su amigo necesitaba era descanso, sin ningún tipo de perturbación externa.
Un grupo de alumnos de quinto curso pasó por su lado, riéndose entre ellos sin dejar de señalarla. Había veces que a Rose le gustaría saber que encontraban de divertido en su persona, sobre todo cuando optaba por mantenerse alejada de todo cotilleo posible.
Sin embargo, no estaba sorda. En la comida había escuchado a varios de sus compañeros hablando de ella, para después confirmar con Lily lo que ya suponía que andaban diciendo por ahí. Que Rose Weasley caminase al lado de Scorpius Malfoy mientras mantenían lo que parecía ser una conversación banal no había pasado desapercibido para aquellos deseosos de algo sobre lo que hablar. Los más listos, que igual algún día con suerte llegaban a atragantarse con su propia lengua, hablaban de la conquista amorosa más imposible que la pelirroja se había propuesto hasta la fecha.
Rose puso los ojos en blanco, cerrando el libro con suavidad. Si la gente supiera la verdad, Rose sabía que se convertiría en el hazmerreír de Hogwarts. Durante el verano había hablado bastante con su madre sobre su futuro. Hermione se había entristecido con la decisión que Rose, desesperada, había tomado de no cursar su último año en Hogwarts y mudarse con sus abuelos a Australia. Habían sido el tío George y el tío Percy quienes, aunando fuerzas, la habían convencido para acabar sus estudios.
La pelirroja sabía que su tío Neville había intercedido por ella con los profesores de las distintas materias y si bien no iban a reglarle aprobados así sin más, su esfuerzo le iba a costar equiparse al resto de sus compañeros. Ahora Scorpius también sabía lo que le ocurría. Rose no sabía porque McGonagall había confiado en él para ayudarla, pero si la sabia mujer tenía en tan alta estima al chico, algo en su interior le decía que el secreto de su enfermedad con el chico seguiría estando seguro.
En ese momento, Frank entró en la sala con cara de pocos amigos. Tenía un vendaje que cubría parte de su frente y la nariz por completo. Rose frunció el ceño. ¿Qué diablos había pasado en Transformaciones para que Frank acabase así? El chico se acercó a ella con una sonrisa desganada. Cuando estuvo a su lado, Rose fue la primera en hablar.
—Tienes un aspecto terrible, Frank.
El chico se sentó con un sonoro suspiro en la butaca gemela a la suya, enfrente de ella.
—Gracias, Rose. Yo también te quiero. Esa maldita bruja está loca. ¿Qué se puede esperar de alguien que lleva el pelo morado? Zabini está loca, completamente loca.
Rose se encogió de hombros. Le resultaba extraño ver a Frank tan enfadado, pero ya descubriría el por qué.
—A mí me gusta mucho como le queda, está guapa.
Frank bufó.
—¿Una mañana con Scorpius Malfoy y ya me saltas con esas, Rose?
—Veo que los rumores vuelan.
—Cuando mi padre ha ido a verme, ha aprovechado para hablar con Madame Pomfrey sobre no sé qué ingrediente que quizás te funcione. McGonagall estaba muy contenta con los avances que habíais hecho Scorpius Malfoy y tú. ¿Me puedes decir de qué va eso? ¿O es otro de tus secretos guardados bajo llave que prefieres no compartir con nadie?
—¿Qué es lo que te ha hecho Zabini para que acabases en la enfermería?
Frank cerró los ojos, apretando con cuidado el tabique nasal. El chico hizo una mueca de dolor que ablandó el corazón de la pelirroja. Rose sabía de sobra a que estaba jugando el chico, pero con el tiempo, había descubierto que era más divertido formar parte del juego. Frank gimió, con la voz tomada, comenzó a hablar.
—Ha sido terrible, querida. Esa loca...con toda la mala intención del mundo, me transformó la nariz en una berenjena. ¿Te lo puedes creer, Rose?
Frank fingió llorar. Rose se contuvo las ganas de reír, pero no aguantó mucho.
—Hay que ver, que de entre todas las frutas y verduras de este mundo; esa loca, como dices tú, fue a escoger la que más odias de entre todas ellas.
—No es gracioso.
Frank también se estaba riendo, ocultando su sonrisa con un gesto de dramatismo exagerado. En clase había armado un gran tumulto debido a la impresión, pero la enfermera había arreglado el problema en segundos. Sin embargo, debido al asma que sufría el chico, la mujer le había obligado a quedarse en observación.
—No te creas que me he olvidado de lo de Malfoy.
Rose dejó de reír.
—Anda, subamos a tu cuarto. Tengo algo que contarte.
