Capítulo 3: Lana Visita un Bar

Dakota del Norte, Diciembre de 2046.

En un Bar de la carretera en la próxima salida al siguiente estado, Lana Loud disfrutaba (o cuanto menos pretendía disfrutar) de un buen whisky en las rocas para armarse de valor.

Su jornada laboral de ese día empezó y terminó cuando únicamente les ordenó a sus empleados que revisaran su camioneta y le hicieran todos los chequeos y reparaciones que pudiese necesitar. Después les adelantó su quincena y les dio el resto de la semana libre, encomendando nada más que durante su ausencia se turnaran para asistir diariamente a darle de comer a Charles IV, el sabueso que cuidaba el taller.

Lana sorbió la ultima gota, asentó su vaso en la barra, miró por la ventana de lejos a su vieja y confiable camioneta que ahora más parecía una carroza fúnebre esperando llevarla a su ultimó paradero…, y pidió otra ronda de lo mismo queriendo retrasar lo inevitable.

Otros tres whiskys con hielo después, vació el bolsillo delantero de su overol, y con sumo despreció comenzó por desprender los parches de su antigua banda de las Bluebell Scouts uno a uno para arrojarlos a la escupidera.

Condecoración al merito en fontanería… ¡Y un cuerno!

–¿Le ocurre algo señorita? –se acercó a preguntar el barman.

–Nada… –respondió. Sorpresivamente parecía más lúcida de lo que debería estar–. Solo quería poner mis ideas en orden antes de continuar con mi viaje... Un largo, largo viaje.

–Ya veo… ¿Vacaciones o trabajo?

–Reunión familiar. Voy a ver a mis siete hermanas a las que no he visto en años.

–¡¿Siete hermanas!? –repitió el barman bastante asombrado–. Tremendo familión.

–Eso no es nada –rió Lana, e hizo un ademan para pedir otra copa–, en realidad somos diez. Cada una con un año o dos de diferencia a la anterior. Excepto por mi gemela, ella y yo somos las antepenúltimas. ¿Puede creerlo?

–Increíble –dijo el hombre sirviéndole otro trago.

–¿Verdad que si?

–Debe de estar feliz de volver a verlas.

–Si... Si, aunque me hubiese gustado más que nos reuniéramos en otras circunstancias.

–¿Qué pasa algo malo?

–Algo así –contestó frotándose las sienes con ambas manos–. Por eso dejamos fuera de esto a la menor.

–Comprendo… Mmm… Disculpe, dijo que eran diez, pero que solo vería a siete. Si la contamos a usted y a ella serían nueve en total. Faltaría una si no me equivoco.

–Si... Digamos que ella está indispuesta... Sabe, también tuve un hermano, el era el de en medio. Solo que el... –su voz se agudizó al completar esa ultima frase–, ya no está con nosotros.

–Oh, lo siento tanto señorita –se disculpó el barman–, no quise... ¿Señorita?

Lana se quedó inmóvil de repente mirando a la nada, mientras los recuerdos se iban plasmando en su mente cual escena retrospectiva.

Flashback.

Royal Woods, Michigan, Agosto de 2018.

Era un domingo por la tarde, cuando Lana por fin se decidió a salir de su encierro.

Resultaba curioso que, durante aquellos días de incesante lluvia, uno no la encontrara con la cara pegada a los cristales de las ventanas de su casa añorando por salir a revolcarse en los charcos de lodo. Curioso de no ser porque su estilo de vida había cambiado bastante en esos últimos meses. A duras penas se ocupaba de atender a sus mascotas; pero de resto, o bien se la pasaba toda la tarde en la cochera, o se encerraba en su habitación a leer libros. Libros que tomaba prestados de la biblioteca, todos ellos con algún contenido relacionado con sistemas de drenaje o de la infraestructura de la mismísima Royal Woods. Sea lo que fuere su proyecto secreto –como así le llamaba–, debía de ser algo un tanto complicado para una niña de su edad puesto que ocasionalmente le pedía ayuda a su hermana menor Lisa para que le explicase algún concepto de hidráulica que no lograba entender. Más allá de eso, seguía sin develar que tramaba.

Lana entró en la sala de estar tambaleándose por el enorme cachivache cubierto con una sabana que llevaba cargando con ella. Sus padres estaban viendo la tele, sentados cada uno en un extremo del sofá, sin hablarse.

Por poco pierde el equilibrio, pero con suma destreza alcanzó a poner esa cosa sobre la mesita de centro antes de que esta se le resbalara de las manos.

–Mamá, papá –se dirigió a Lynn Sénior y a Rita, quienes miraron con extrañeza aquella curiosidad que les tapaba la vista del televisor y a su pequeña hija que les devolvía la mirada con una sonrisa de oreja a oreja–, ya lo resolví.

Lana retiró la sabana para mostrarles a mamá y papá aquello en lo que había estado trabajando tan arduamente. Se trataba de una suerte de maqueta hecha con tubos de plástico, de los que se usan para las jaulas de los hámster, conectados de una forma muy curiosa que se apoyaban sobre una enorme bandeja de metal.

–Esperen aquí. No se vayan a ir a ningún lado.

La pequeña fontanera fue a la cocina, y a los pocos segundos regresó con una jarra llena de agua.

–Miren.

A continuación, Lana empezó a verter el agua en la boca de uno de los tubos junto a un muñequito de plástico que sacó del bolsillo de su overol, el cual fue arrastrado por la corriente hasta salir por otra boca que desembocaba en la bandeja.

–¿Qué tal?

–¿Qué es eso? –preguntó el señor Loud.

–¿No lo ven? –respondió la niña a nada de soltar lagrimas de felicidad–. Es Lincoln… Si nunca encontraron su cuerpo, tal vez...

Lynn Sénior no quiso escuchar más. Se levantó e hincó para estar a la misma altura que Lana y la agarró firmemente de los hombros.

–Lana –empezó a decir enojado al acordarse del bracito carcomido de su pequeño y la cantidad desmesurada de sangre que hallaron salpicada en el enladrillado de la alcantarilla. Detalles escabrosos de los que no habían puesto al tanto a sus hijas menores por cuestión de sentido común–, entiéndelo de una vez por todas, Lincoln ya no volverá, Lincoln...

Nuestro siguiente programa, Leyendas del Templo Escondido.

–Lincoln... – gimió el hombre tras oír ese anuncio por televisión y se llevó una mano al rostro–. Mi hijo... Yo... Yo..., necesito estar solo.

Lynn Sénior abandonó la sala a paso acelerado y Rita miró severamente a Lana.

–Será mejor que te hayas desecho de eso para cuando yo regrese –ordenó la señora Loud antes de ir tras su marido.

Lana quedó a solas en el estar. Al rato escuchó el llanto de sus padres venir de la cocina, y después los de Leni desde arriba. Miró la maqueta del alcantarillado de la ciudad que tanto trabajo le costó hacer y al muñequito que representaba a su hermano. En eso, Izzy la lagartija saltó de debajo de su gorra y aterrizó de pie encima de la bandeja de metal.

Lana al verla chapoteando ahí, la comparó de pronto con un cocodrilo gigante que pudiera estar merodeando por las cloacas. Ya había escuchado rumores antes de que eso solía suceder en las grandes ciudades, como en donde vivía el novio de Lori. Según decían las leyendas, algunas personas que regresaban de sus vacaciones en florida traían consigo pequeños caimanes como mascotas para sus niños, pero terminaban deshaciéndose de ellos arrojándolos por el inodoro y jalando la cadena cuando crecían y eran demasiado grandes para conservarlos.

Los caimanes sobrevivían habitando en las alcantarillas y se reproducían. Se alimentaban de ratas y desperdicios, alcanzando así grandes dimensiones y aterrorizando a los alcantarilleros.

Entonces, ¿qué no cabía que alguno de esos animales se hubiese arrastrado a establecerse bajo Royal Woods? ¿Y si en algún momento llegaba a asomar sus monstruosas fauces por una boca de tormenta para pescar a su siguiente victima?, por ejemplo a un niño de pelo blanco que gentilmente se acercó allí queriendo rescatar el barquito de papel de la amiguita de su otra hermana. Si la gente del pueblo era lo suficiente idiota como para creer en monstruos del pantano, ¿por qué ella no podía creer en algo así, si hasta tenía más sentido?

Más empíricamente posible, diría Lisa si le llegara a preguntar.

Lana se estremeció (tampoco quería creer que fue un cocodrilo de la alcantarilla el que se zampó a su hermano Lincoln, pero Izzy hacia una buena representación de este escenario al estar parada junto al muñequito de plástico que había usado para hacer su demostración). Se haló las coletas queriendo arrancarse el cabello, gritó frustrada, tomó la maqueta de la base y le dio la vuelta haciendo que esta se estrellara contra el suelo y se deshiciera en pedazos.

Su lagartija se alejó reptando atemorizada, pasó por debajo de la puerta dejando su cola atrás, y huyó para nunca más volver. Por mucho que Lana lo negara en el futuro, en el fondo una parte de ella había querido herirla por hacerla pensar en tan espantosa posibilidad.


Al día siguiente, Lana le pidió a Luna que la llevara a devolver los últimos libros que había pedido prestados. Debido al peligro potencial que rondaba por las calles, Lynn Sénior y Rita les habían prohibido terminantemente a sus hijas salir solas. Afortunadamente se podía contar con la rockera de la familia quien acababa de sacar su permiso de conducir.

Luna aparcó a Vanzilla frente a la biblioteca municipal. Como no había donde estacionarse, aceptó a regañadientes dar unas pocas vueltas a la manzana mientras que su hermana pequeña iba a ocuparse de su asunto.

–Está bien. Solo ten cuidado.

Lana cruzó la puerta del edificio y fue a la recepción a estirar su mano para hacer sonar la campanilla.

–Oh, hola querida –la saludó la bibliotecaria apareciendo detrás del mostrador–. Puntual como siempre. Espero que te hayan servido mucho.

–Si…, bastante –contestó Lana con el semblante adormilado.

–Un placer poder ayudarte –le sonrió la mujer recibiendo los ejemplares de vuelta–. Dime, ¿vas a sacar algo hoy?

–No, eso ya no será necesario… –dijo Lana apenas tratando de disimular que tenía el animo por los suelos–. Si me disculpa, me tengo que ir. Mi hermana me está esperando allá afuera.

–Está bien querida, regresa cuando quieras... Ah, y si ves a Lisa dile que... No importa, solo vayan con cuidado y no olviden que hay toque de queda.

–No lo olvidaré, y muchas gracias por todo.

La bibliotecaria fue a devolver los libros a sus respectivos estantes y Lana caminó de regreso hacia la puerta principal, sintiéndose más que frustrada por tantos meses de trabajo echados a la basura, pero se detuvo a medio camino para acercarse a ver un par de cosas en el tablón de anuncios que llamarón su atención.

Primero, pero más importante que cualquier otra cosa, un nuevo afiche de DESAPARECIDA con la foto de Polly Pain, la ex compañera del derby en patines de Lynn.

Debajo había otro de la primaria de Royal Woods.

PRIMARIA ROYAL WOODS

Martes: Practica de Disección en la Clase de Biología.

Miércoles: Especial de la Cafetería, Día de Ancas de Rana.

Lana Loud 2012-2018

Lana se frotó los ojos creyendo que no había visto bien y volvió a leer el afiche de su escuela.

PRIMARIA ROYAL WOODS

Martes: Practica de Disección en la Clase de Biología.

Miércoles: Especial de la Cafetería, Día de Ancas de Rana.

No eran tres, sino dos anuncios. Era evidente que había trabajado demasiado... Hasta creyó escuchar el eco de una risa diabólica resonando en toda la biblioteca.

Lana miró con indignación ese segundo afiche, lo arrancó –teniendo cuidado de no dañar el de Polly–, lo arrugó con ambas manos y lo guardó bajo el bolsillo de su overol. Por más que le gustaba la suciedad y más suciedad, esa no era excusa para tirar basura.

–Salvajes –refunfuñó por lo bajo mientras empezaba a hurgarse la nariz.

Eso que estás haciendo es una cosa muy fea Lana.

La niña sacó su dedo de su fosa nasal de inmediato y buscó a su alrededor a quien le había susurrado al oído.

Por aquí Lana... Arriba Lana, tengo un globo para ti...

Lana levantó la vista y vio a un payaso de traje holgado con pompones naranja asomándose por el barandal del segundo piso. En su mano sostenía un globo de color azul.

–¿No quieres un globo? –preguntó esbozando una sonrisa burlona. Lana no respondió–. Oh, ¿que pasa?, ¿es que un globo no es suficiente?... ¡PUES TOMA LOS QUE QUIERAS!

El payaso soltó el globo y señaló al techo. Lana miró un poco más hacia arriba, y vio como cientos de globos de todos los colores empezaban a caer dispersándose por toda la biblioteca al compas de una estridente música de circo que había empezado a sonar de manera espontanea.

–¡JA JA JA JA JA JA JA JA JA…!

Nadie en la biblioteca, además de Lana, parecía estar consiente del grotesco espectáculo que acababa de comenzar. Uno de los globos reventó en una esquina dejando salir un espeso chorro de sangre junto a un canario con la cabeza arrancada que empezó a retorcerse en el suelo agitando sus alas débilmente. Otro globo reventó sobre una mesa poniendo al descubierto a un hámster con las patas mutiladas que gruñía adolorido escupiendo espuma enrojecida.

Globo, tras globo, tras globo, Lana se encontraba con imágenes sacadas de sus peores pesadillas. Ranas, lagartijas, serpientes, ratones, polluelos y todo tipo de animalitos que ella gustaba de cuidar salían en estados más que deplorables. Algunos descuartizados, otros partidos por la mitad, otros con los sesos o las tripas por fuera, otros con los ojos chispados. Patitas, garritas, colas y cabezas mutiladas se regaban por doquier. Aquello era digno de una película de terror.

Lana no podía creer lo que estaba viendo. Un globo reventó tras posarse sobre la cabeza de una señora que siguió leyendo tranquilamente sin prestarle atención a la rata muerta que se deslizó por su cara y cayó sobre su regazo.

Era inconcebible que nadie tomara en cuenta ni a los globos, ni a la estridente música de circo que resonaba cada vez más fuerte, ni a la lluvia visceral que estaba tiñendo el lugar de una forma muy obscena, ni al payaso que se estaba desternillando de risa.

–¡JA JA JA JA JA JA JA JA JA…!

Por mucho que Lana quería gritar y salir corriendo de allí, no podía, estaba paralizada del miedo. Sintió entonces que algo frío y húmedo le reptaba por el vientre.

Con ambas manos temblantes, abrió el bolsillo de su overol, y se encontró con una rana con una incisión en el abdomen y las entrañas escurridas hacia afuera deslizándose de arriba para abajo tratando de escapar.

Por primera vez en su vida, Lana sintió autentica repulsión. No como la vez que su difunto hermano le ofreció la mitad de su asqueroso sándwich, sino repulsión de verdad.

La chiquilla pegó un grito de terror, sacó a la rana para aventarla lo más lejos que pudo y salió corriendo de la biblioteca.

–¡JA JA JA JA JA JA JA JA JA…! –reía el payaso haciendo sonar una matraca.

Shhhh... –fue lo único que respondieron todos los presentes bañados en viseras de animales antes de volver a sus respectivas lecturas.

Fin del Flashback.

–¿Señorita?... ¿Señorita?, ¿está bien?

Lana terminó de alzarse su ultimo whisky como si fuera una fresca Coca-Cola, pagó la cuenta y se retiró dejando olvidado un encuadernado de cuero encima de la barra.

–Señorita –la llamó el barman–, olvida su...

–Se lo regalo –respondió Lana desde la puerta del bar, con los cinco sentidos bien puestos–. Lo que queda ahí no me servirá de nada a donde voy.

Y se lanzó de nuevo a la carretera.

–Papá –se acercó a hablarle una mesera al barman–, ¿crees que sea prudente dejar conducir a esa mujer luego de haberse bebido medio galón de whisky?

–Dudo que los tragos le hayan hecho algún efecto hija –se limitó a decir.

Ambos abrieron el encuadernado, y vieron que adentro había una colección de monedas antiguas a medio completar.