Capítulo 8: Leni Pasa a Tomar el Te

Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.

Leni caminó por el sendero que conducía hacia el Nro. 1216 de la Avenida Franklin. A su izquierda y a su derecha quedaban tan solo los terrenos baldíos en donde antes se alzaban las residencias vecinas. El boomerang y el frisbee seguían colgados en el tejado. En la planta baja las ventanas estaban cubiertas por cortinas.

≪Aquí vamos≫.

Subió al porche y alargó su mano para tocar el timbre, pero la retiró de inmediato al recordar instantáneamente que no debía hacer eso a no ser que quisiera recibir una descarga eléctrica.

≪Eso estuvo cerca≫, se dijo a si misma, y llamó a la puerta golpeando suavemente con sus nudillos.

Como no hubo respuesta decidió marcharse, en el fondo considerando que tal vez sería mejor así.

–¿Si, en que puedo ayudarla?

Leni dejó escapar el aliento con brusquedad y se regresó a ver a quien había salido a recibirla. No era su madre por cierto.

De pie en el umbral, estaba un anciano robusto de largas barbas blancas apoyándose sobre una andadera. La viva imagen de un alegre y vivaracho Papá Noel; solo que con una levantadora puesta en vez del traje rojo y un par de pantuflas de conejito en lugar de las botas.

–Perdone usted –se disculpó Leni–. Creo que me equivoqué de casa.

Y empezó a alejarse, pero luego regresó ante la mirada confusa del abuelo.

–No, yo no me equivoqué de casa –dijo–. Como que creo que usted se equivocó de casa. ¿Esta no es la casa de la señora Loud?

–¿Loud? –repitió el señor–. ¿Habla de Rita Loud?

–Si –ratificó Leni–. ¿Usted la conoce?

–Por supuesto, si antes éramos vecinos cuando yo vivía en una casa que estaba justo aquí al lado.

–¿Eh?

≪Un momento, ¿no será que…? Nha≫.

De todos modos Leni lo miró un poquito más de cerca por si las dudas, y al reconocerlo abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierta. En su vida creyó que volvería a ver a esa persona.

–Señor Quejón –exclamó atónita–, está...

Justo ahí se tapó la boca avergonzada antes de soltar un comentario indebido.

–¿Estoy que?

≪Impresionante, se ve bastante bien conservado para su edad. Si apenas parece que máximo tiene unos ochenta y tantos≫.

–Espere –siguió el anciano elevando una mano temblante detrás de su cabeza–, olvidé encender mi audífono. Estos viejos oídos míos ya no son lo que eran antes.

Leni exhaló un suspiro de alivio, contenta de que su antiguo vecino no alcanzara a escucharla.

–¿Dijo que buscaba a Rita Loud? –volvió a preguntar.

–Señor Quejón, soy yo, Leni. ¿Se acuerda de mi?

–¿Leni?, ¿Leni Loud? –se inclinó hacia delante acomodándose sus gafas y entrecerró los ojos para ver detenidamente a la mujer rubia–. Pero que me parta un rayo, si es usted. Vaya, han pasado tantos años.

–Me alegra volver a verle señor Quejón –le sonrió Leni–. Estaba de paso y como que quería hacerle una rápida visita a mi mamá.

–Oh, siento ser el portador de malas noticias –explicó gentilmente–. Pero temo que su madre se encuentra en un lugar mejor ahora.

–¡¿Qué?!

–Si, en la Casa de Retiro Cañón Sunset.

–Ah.

–Pero tampoco creo que le quede mucho tiempo –concretó–. Tal vez debería ir a ver como está.

–Si, debería –jadeó Leni reponiéndose aun del susto.

–Hay, esa pobre mujer ha sufrido tanto. No me extraña que haya querido dejar este lugar que le trajo tanta miseria. Primero perdió a dos de sus hijos, después quedó viuda al poco tiempo, y por si fuera poco sus hijas restantes la fueron abandonando conforme crecían.

Leni se encogió esperando a que la tierra se abriera y se la tragara por la muy acertada acusación del Señor Quejón.

–Santo dios, está pálida. Cuanto lo siento, no quise... Por favor pase, le serviré un te.

–No se preocupe –dijo Leni, quien si estaba tan pálida como un vidrio empañado a través del cual es imposible mirar.

≪De hecho no me vendría mal un te y una silla≫.

–No es ninguna molestia –insistió el señor Quejón con calidez–. Adelante, tenemos mucho de que hablar.

Flashback.

Royal Woods, Michigan, Mayo de 2018.

≪¡Ay no –se lamentó Leni internamente–, lo hice de nuevo!≫.

Esa era noche en que todos cenarían juntos. Habían catorce lugares en total; doce reservados para los señores Loud y sus hijas, uno para las visitas, y uno que había permanecido vacío por unos seis meses.

–Leni, ¿qué haces? –inquirió mamá en el momento en que, mientras ayudaba a poner la mesa, la vio poniendo un treceavo plato en ese mismo lugar. Su ceño comenzó a fruncirse.

Todos se paralizaron. Leni lo hizo sintiéndose indefensa.

≪Linky≫, era en lo único que podía pensar. Quería llorar, pero el miedo a que su madre perdiera los estribos y le gritara hasta del mal del que se iba a morir por ser tan tonta se lo impedía.

–Tonta –musitó precisamente Lynn Jr. Lynn padre la oyó claramente al entrar llevando la bandeja de goulash pero no la reprendió. Luna si le clavó una mirada amenazante.

Lori había querido ir en su defensa, pero no pudo por que sin saberlo empezó a temblar por el frio que emanaba ese lugar.

A Leni lo que le temblaron fueron los labios y en sus ojos sintió un picor cuando…

–Lori, ¿Clyde no iba a quedarse a cenar hoy? –alcanzó a improvisar Luan.

–¿Clyde estuvo aquí hoy? –preguntó Rita. Parecía que había recobrado la calma. Algo.

≪Bravo≫, elogió la mayor a su otra hermana mentalmente.

–Si –afirmó Lori siguiéndole el juego a Luan–. E-estuv-vo c-conmigo ayu… Ayudándome a rep-p-p… Ayudándome a rep-p-p-p… Pero ya se fue hace c-como d-dos horas.

–Oh, bueno –resopló Rita–. Sentémonos a comer.

Entretanto Luna se acercó a retirar el ultimo plato delicadamente.

–¿Estás bien sis? –preguntó, además de indicarle con un ademan que el peligro ya había pasado.

–¿Hum? Claro que si –contestó Leni, esbozando una alegre sonrisa: falsa como la puñalada de Yao Cabrera.

Como experta en la materia, Luan fue la primera en percatarse de esto; pero no más rápido que todos los demás. Leni no engañaba a nadie.


Su fachada se vino abajo antes del postre, aunque no hubo postre.

Para el resto de las cuatro mayores, al menos, era evidente que aun no había superado su duelo –si es que alguna llegó a superarlo–. Era cuestión de fijarse en pequeños detalles, como Lori que un día empezó a notar que usaba más base de la que debería usar. En un ocasión Luan, en otra Luna, y en una tercera las dos la sorprendieron de lejos mirando con tristeza cierta foto enmarcada arriba de la chimenea. Las gemelas una vez la encontraron afuera, sentada en el pasto en el espacio que había entre la casa y el garaje, acariciando suavemente la huella de pintura anaranjada rodeada por otras diez huellas de distintos colores estampadas sobre la pared. Tampoco se mostraba tan entusiasta cuando se enteraba de alguna oferta en el Mall, aunque si iba, y para la mala impresión de sus hermanas parecía que también había empezado a perder el apetito.

Y ese día, en sus ojos se notaba lo agotada que estaba.

Durante su turno en Reinningers, el hijo de la señora Carmichael se acercó a ella usando una mascada como capa e inocentemente le preguntó cuando volvería su hermano para jugar a los súper héroes. Leni le sonrió apenada y le acarició la cabeza. Después, cuando estaba atendiendo a un cliente le dio por equivocación dos mil dólares de cambio en lugar de veinte. Fiona y Miguel quisieron sacar la cara por ella, prometiendo reponer el dinero con el mismo salario que recibían. Mas su jefa la despidió en el acto.

Su forma de actuar no era para menos. Leni amaba incondicionalmente a toda su familia, y pensar que había perdido a uno de sus adorados hermanitos a manos de alguien tan malvado como para haberlo despedazado y llevarse la mayor parte del cuerpo la estaba encaminando a una espiral de depresión.

Desde luego que Lynn Sénior y Rita ignoraban por completo estas alertas al estar tan ausentes rumiando su propio dolor.

Sis, ¿te sientes bien? – preguntó Luna en momento dado.

–Si, estoy bien –respondió sin levantar la vista.

–No has tocado tu plato –dijo Luan señalando la cantidad considerablemente pequeña que se había servido.

–No tengo hambre.

–¿Q-quieres que te p-prepare un smoothy? –se ofreció Lori comedidamente.

–No gracias –volvió a responder exhalando un suspiro–. ¿Me puedo retirar? Estoy muy cansada y quiero irme a dormir.

–Claro hija –dijo Lynn Sénior distraídamente–. Puedes retirarte.

Leni se levantó de la mesa y subió a su cuarto dejando a Lori, Luna y Luan (y claro a las cinco menores) aun más preocupadas.


Al ponerse el camisón, Leni entró al baño a enjuagarse la cara. Cerró la llave del grifo y un par de lagrimas cayeron sobre el lavado.

Se miró en el espejo, para apreciar una desastrosa cara carente de color por la falta de base. Nada que envidiarle a Lucy. Un par de bolsas ojerosas colgaban alrededor de sus orbitas oculares.

Leni...

Retrocedió de un brinco, y giró a mirar a la puerta del baño pero nadie estaba allí.

Leni… –oyó otra vez a ese susurro, salir del sumidero.

Sacudió la cabeza como para despejarse, y volvió a inclinarse con curiosidad arrugando la nariz al percibir un olor desagradable surgiendo del agujero.

Ayúdanos.

Leni ahogó una exclamación. Había, si, una voz femenina adolescente. Antes pensó que podía ser un estremecimiento de las tuberías…, o su propia imaginación.

Ayúdanos por favor –suplicó de pronto una segunda voz. Esta vez perteneciente a un chico.

Aquí abajo –habló una tercera más infantil.

Sin tener idea de lo que hacía, se inclinó otro poco más.

Ayúdanos Leni.

–¿Hola?... ¿Hay alguien ahí?

Soy Carol Pingrey –respondió la voz de la chica.

Rusty Spokes –dijo la del joven.

Beau Yates –le siguió la del niño.

El payaso nos trajo aquí –siguió hablando la de Carol–. Todos flotamos.

Estamos muertos –aclaró la de Beau.

Los ecos de las tuberías callaron en una serie de gorgoteos ahogados; y de repente una burbuja roja brotó del agujero y le estalló en un chorro de sangre a propulsión en su propia cara, salpicando la losa, el espejo y el empapelado.

En la mesa de los grandes todos alcanzaron a escuchar un agudo grito de terror. Con un rápido movimiento de su mano, Lynn Sénior les ordenó a su esposa e hijas que se abstuvieran de moverse de donde estaban antes de subir corriendo las escaleras para ir en ayuda de Leni.

–¡Leni! –entró acudiendo a sus gritos–, ¿qué te pasa?

–¡PAPÁ! –berreó ella pasándose ambas manos por el rostro con unas fuertes ganas de vomitar.

–Por dios, ¿qué sucede?

–¡El lavado papá! –reincidió perturbada–. ¡El lavado!

–¿Qué hay con el lavado?

Leni vio a su padre –con una mezcla de espanto, perplejidad y repulsión– poniendo las manos sobre la loza ensangrentada como si nada. A el, el más miedoso de los Loud manchándose los dedos de sangre y no estaba gritando como una niñita.

–¿Qué pasó hija? –volvió a preguntar el hombre. Le vio mancharse los nudillos y la línea de la palma–. ¿Por qué gritaste?

Otro de sus espontáneos, pero oportunos arrebatos de sensatez le avisó que por alguna extraña razón su padre no podía ver la misma sangre que ella. O traducido al castellano:

≪Finalmente ha pasado Leninita. Has perdido la razón≫.

– … Había... Había una araña –mintió intuyendo que nadie le creería lo que realmente vio–. Una araña enorme.

–¡AAAAHH!, ¡ARAÑA!... –ahora si gritó como niñita–. Eh, quiero decir, ¿araña?, ¿dónde?

–Salió del desagüe y… –continuó mintiendo–, y se volvió a meter por ahí.

–Esta casa es muy vieja. Tiene cañerías profundas –explicó Lynn Sénior volviéndose a asomar al lavado luego de hacer merito por recobrar la compostura. Si se inclinaba más y su frente tocaba el espejo y se manchaba de sangre la piel, ella se desmayaría ahí mismo–. No te preocupes, no hay nada ahí. Ya vete a la cama.

Je je je je je je… Saluda a tus hermanas Leni –resonó otra voz en el sumidero en cuanto el señor Loud salió del baño dejándolos a solas. Era una voz nueva y aberrante que sonaba ahogada y viejísima, pero con una corrupta alegría reptando en ella–. Muy pronto flotaran aquí abajo con sus amigos. Todos flotamos aquí. Dile a las chicas que Lincoln les envía saludos, diles que las echa de menos. Dile a Lori que la verá muy pronto, dile que estará esperándola en el armario una noche de estas… Je je je je je je…

Leni retrocedió dando traspiés y se sentó en una esquina asustada al oír de nuevo los gorgoteos de antes.

Je je je... Morirán. Morirán si tratan de combatir contra mí –amenazó esa voz podrida riendo como entre coágulos–. Morirán... Morirán... Je je je... Morirán... Morirán... Morirán... Morirán... je je… Morirán... Morirán... Je je je je je je je...


Llegada la hora de ir a acostarse, la larga fila para el baño seguía sin avanzar.

–¡Leni, sal ya de una maldita vez o derribo la puerta! –vociferaba LJ quien se encontraba al frente–. ¡Llevas más de dos horas ahí!

–Un momento –respondió del otro lado de la puerta–, ya casi termino.

–¡¿Qué estas dando a luz ahí adentro, o es que te estas tocando la…?!

–¡Por dios Lynn! –la amonestó Luna–. ¡¿Qué no ves que hay niñas aquí…?!

–¡Mira Leni! –continuó Lynn pateando salvajemente la puerta y sin prestarle atención a Luna–. ¡Voy a contar hasta tres!, ¡y si no sales iré a hacer del dos en la papelera de tu cuarto y me limpiaré con uno de tus vestidos!

–¡Q-q-quiero v-v-ver q-que lo int-tentes! –la desafió Lori.

Cansada de tanto barullo, Rita subió a abrir la puerta del baño con su propia llave. Cuando entró vio que Leni tallaba reiteradamente la losa con un estropajo empapado con agua y jabón.

–¿Hija que estás haciendo?, hoy no es día de limpieza.

Aun así siguió tallando sin parar. Ya solo faltaba una pequeña mancha en el lavado; pero aunque si estuviese cucú y solo ella pudiera ver la sangre, no podría volver a entrar mientras esta siguiese salpicada ahí.

Fin del Flashback.

–¡El te, señorita Loud!

Leni reaccionó, despertando de la semihipnosis. No podía decir cuanto tiempo pasó así, inclinada sobre el lavado esperando que lo sucedido veintisiete años atrás se volviera a repetir.

Salió del baño y bajó a la sala.

–Déjeme ayudarlo con eso –se ofreció cortésmente al ver al señor Quejón entrar con una bandeja con un juego de te y un plato con pastitas encima.

–Es usted muy amable señorita –le agradeció, también por ayudarlo a sentarse–. A todas las muchachas bonitas les digo señorita. No se ofenda.

–Para nada.

El señor Quejón sirvió una taza y se la pasó a Leni.

–Gracias –dijo poniendo dos terrones de azúcar y empezando a revolver la cucharilla con suavidad–. Me gusta como tiene la casa. Tan intima, tan acogedora.

–Su madre me la vendió a un muy buen precio –comentó el anciano llevándose una pastita a la boca–. Y dígame, ¿qué se siente volver a Royal Woods?

–Como que un poco raro –respondió Leni con naturalidad, e hizo un ademan como queriendo tomar una pastita de la bandeja pero retrajo su mano nuevamente y continuó revolviendo su te.

–¿Raro? –repitió el señor Quejón rascándose la barba–. Oh, vaya.

Leni puso la cucharilla a un lado del plato, agarró la oreja de la taza y se dispuso a dar un sorbo cuando advirtió un descolorido trineo, volador valiente serie 1000, arrinconado junto a la chimenea con unas tres redes de telaraña tejidas a su alrededor.

–¿Ese es…?

–Sip –siguió escarbando en su barba toscamente, más adentro, como si algo ahí a debajo le estuviera molestando–. Si gusta puede llevárselo.

–Oh, no podría…

–Si puede, adelante. Tómelo como un regalo de bienvenida. Lo que es a mi no me sirve de nada.

≪¿Y a alguna de nosotras nos servirá de algo? –se echó a reír Leni para sus adentros a sabiendas de que ni sobrinos tenía que pudieran jugar con el. De joven imaginó que su futuro sería diferente, con ella y sus diez hermanos teniendo sus propias familias, grandes. Lori y Bobby con los once hijos que siempre había anhelado; Lincoln felizmente casado con Ronnie Anne tendría gemelos, trillizos, quizá hasta cuatrillizos todos morenos con su lindo cabello blanco; y un quinto criado por Luna y Sam gracias a su generosa donación de esperma. A esa la imaginó como a una hermosa niña peliblanca también que gustaría de tocar la guitarra, se teñiría un mechón de pelo de color azul al igual que su madre biológica y de cariño le apodaría algo así como su tío-papá–. Como que los niños de la colonia se divertirían de lindo viendo a un grupo de señoras mayores deslizándose en un trineo≫.

Se imaginó con su traje de invierno deslizándose por una pendiente, y a siete de sus ocho hermanas restantes echándole porras. El trineo volaba por los aires y la dejaba atrás, la bola de nieve rodaba y se hacía más grande con ella atrapada adentro, chocaba contra un árbol y quedaba viendo estrellas. Despertaría en una cama de hospital con la cabeza vendada y el cuerpo enyesado frente a la octava hermana, ósea Lisa.

≪Se loz dije –les echaría en cara ella. No recordaba del todo si seguía ceceando o no–. Lez dije que ezta era una pezima idea. Zobre todo tu, Leni. ¿Ya olvidazte que tienez máz de cuarenta añoz?≫.

–Bueno, gracias –igual dijo.

–Yo tampoco he olvidado a ese pobre chico… –mencionó el ex vecino en lo que sacaba aquello que le estaba picando debajo de la barba–. Ni tampoco a su otra hermana.

Leni apartó su vista con discreción y no dijo nada. Supuestamente era una migaja, pero juraría que a la primera vio a un gordo piojo marrón.

–Pero ya sabe lo que dicen de Royal Woods. Cuando alguien muere aquí no muere de verdad.

Leni volvió a mirarle sorprendida, y entrecerró los ojos al no estar segura si lo que mascaba era otra pastita o…

El señor Quejón bebió de su taza de un solo trago con un súbito ruido absorbente y le sonrió. Sus dientes eran asquerosamente feos y amarillos. Algunos negros.

≪Eran blancos; cuando te invitó a pasar y te sonrió tu viste que usaba dentadura postiza y eran blancos≫.

–Adelante, bébalo mientras esté caliente.

Sus ojos también habían cambiado. Lagrimeaban pus con las escleróticas azuladas surcadas por venillas blancas.

La deliciosa fragancia del te se volvió más irritable a las mucosas. Leni miró el contenido de su taza, y la soltó y se levantó dando un salto al hallar una laguna de sangre semicoagulada con algo de mierda liquida y un ojo humano nadando en ella que la miraba fijamente.

–No se preocupe por eso –el señor Quejón se agachó a recoger los pedazos de la taza, dispersos alrededor de una espesa mancha de color rojo pardo pintada sobre la alfombra–, lo limpiaré.

Hundió el meñique en el ojo y lo succionó con un sonoro ¡shurp! Su espalda se estaba jorobando y su cuerpo enflaquecía en sus narices.

–Si es sensata huirá señorita, huirá… –habló con la voz ronca y ahogada del sumidero–. Porque quedarse sería un destino peor que la muerte. Ellos flotan...

Leni dio inicio a la huida, a cámara lenta, por poco tropezando y perdiendo el equilibrio. El señor Quejón alzó la cabeza. Su piel llena de arrugas profundas se estaba partiendo, pero sin sangre. Labios muertos y resecos sonreían lascivamente en medio de mejilla desgarrada y mejilla desgarrada de carne árida. Arañas patonas caminaban y se perdían a través de su mugrienta y enmarañada barba.

–Ellos flotan…

Bajo la levantadora llevaba puesta una camiseta de color naranja, perfecta para combinar con la cabellera blanca que le había crecido súbitamente. Restos de polvo cayeron por la abertura de una de las mangas que quedó colgando vacía.

–Trabajé muy duro para enseñarte –al contrario de su cuerpo que se iba avejentando gradualmente, la voz del cadáver viviente del señor Quejón rejuveneció–, y todavía no has aprendido a conducir.

–¡Si sé! –se oyó replicar Leni ofendida con ojos llorosos.

–¡Tonta!, ¡inútil! –tosió haciendo que su barba se desprendiera regando pelos por doquier y las arañas escaparan en diversas direcciones. El cuerpo se encogió y desecó más, hasta convertirse en el zombi momificado de un pequeño sin brazo, quien se liberó de la levantadora que le quedaba grande y echó a caminar juntando ambas rodillas y encorvando su única mano–. Necesitaba un aventón. Debiste aprender antes. Así habría llegado puntual a mi cita y aun estaría vivo.

Ya no tenía ojos, pero algo centellaba adentro de sus cuencas vacías negras como fosas de carbón.

–Qué hermosa te haz puesto Leni –habló, aunque tampoco tenía lengua, claqueando la mandíbula–. Calladita te vez más bonita. Si no fueras mi hermana… Al infierno, ven ya que te estamos esperando ahí abajo. Flotamos, oh, sí, sí… Nos vamos a divertir. El agua estará fría, pero mi cuerpo estará caliente.

Leni llegó a la puerta. Lincoln se abalanzó sobre ella y le enredó los huesudos dedos de su esquelética mano alrededor del cabello.

–De nada te servirá huir –le susurró soplándole en la oreja–. Soy el ultimo de una raza agonizante de un planeta moribundo. He venido a devorar a las mujeres, violar a los hombres, robarme a los niños y aprender a bailar Batalla de Baile.

–¡Tu no eres real!, ¡no eres real!

Leni luchó hasta que logró soltarse, salió al porche y cruzó corriendo la calle sin voltear a ver hasta que estuvo en mitad de la carretera.

En la puerta vio parado a un payaso de traje holgado con grandes pompones naranja.

–¡Bip, bip! ¡JA JA JA JA JA JA JA! –la saludó riéndose de manera burlona antes de volverse a meter.

Hubo un bocinazo y Leni tuvo que esquivar un auto para que este no la atropellara.

–¡¿Por qué no te fijas por donde vas estúpida?! –la insultó el conductor sacándole el dedo medio por la ventanilla.

Llegó a la otra acera y miró a su antigua casa otra vez.

Los terrenos a ambos lados seguían vacíos, hasta ahí todo igual; mas su jardín desértico, la buena falta de una nueva capa de pintura que le hacía, y las tablas podridas clavadas en puertas y ventanas eran clara evidencia de que la propiedad llevaba un buen tiempo abandonada.

Supongo que en eso, Eso no mintió –pensó desconcertada de su propia ingenuidad–. Como que Eso es algo que diría Luan… je, je… Y luego remataría con: i ji ji ji ji ji ji… ¿Entiendes?... ¡Tonta! Si conociste a un tipo así de viejo cuando apenas eras una adolescente, el día de hoy ya debería estar unas diez veces muerto≫.

Sintió que algo le rozaba las pantorrillas y al mirar abajo dio con un globo color aguamarina rebotando a sus pies, el cual a los pocos segundos se alejó flotando arrastrado por la brisa.