Capítulo 9: Lisa Toma un Baño
Ayuntamiento de Oslo, Noruega, Diciembre de 2046.
Científicos especialistas, políticos de distintas regiones y otras figuras de renombre presenciaban el evento que también estaba siendo televisado a nivel mundial.
–… y por haber salvado billones de vidas al descubrir la cura a los efectos adversos de la exposición prolongada a la radiación –anunció el miembro del comité–, es un honor para mi: concederle a la doctora Lisa Marie Loud el premio Nobel de la paz.
Todos en el auditorio aplaudieron a la mujer de pelo castaño que se encontraba en la tarima recibiendo tan honrosa condecoración.
Hasta la madrugada fue que Lisa estuvo recibiendo llamadas y mensajes de felicitación por parte de sus colegas, antiguos compañeros y profesores de la facultad, su hermana menor Lily, su mejor amiga de toda la vida Darcy; e incluso se puso al día con su madre después de tanto tiempo.
Por ende, no iba a gozar de falsa humildad y decidió permanecer despierta. Esperaba tener noticias del resto de sus hermanas, a quienes últimamente había empezado a echar mucho de menos.
Ring, ring… Ring, ring…
≪Y hablando del monstruo de siete cabezas, y que se asoma≫, se dijo, sin pensarlo demasiado, al oír otro timbre. Nada más que este no venía de su laptop o su dispositivo móvil, sino del teléfono de su habitación en el hotel.
Sin pensarlo demasiado, contestó.
–¿Si?
–Doctora Loud –hablaron de la recepción–. ¿Desea que le pasemos una llamada por cobrar de Estados Unidos?
Lo pensó, solo un poquito, antes de aceptar.
–Adelante, comuníqueme por favor.
Tu me traes un poco loco. Un poquitititito loco, canturreó acompañando al soundtrack de la música de espera.
–¿Bueno?
–¿Lisa? –preguntó alguien del otro lado de la línea.
–Si… –respondió ella, con algo de duda.
–¡Por fin! No sabes lo que me costó contactarte. Habla Clyde Mcbride.
Una línea profunda se le formó entre las cejas.
–¿Cómo dijo usted?
–Clyde, de Royal Woods.
Lisa sonrió levemente. En su sonrisa había un dejo de nostalgia.
–Pero que sorpresa Clyde, vaya…
Mas no la había llamado para felicitarla por sus logros.
–Lisa –la interrumpió–, Eso ha vuelto.
Su sonrisa se desvaneció.
–¿Estás seguro?
–Si, estoy seguro. ¿Entiendes? Estoy seguro.
–Si, entiendo.
–Mira, espero que sepas lo difícil que es, pero…
–Si, comprendo.
–Debes venir Lisa, por favor.
– … No… Bueno… Es que… No sé si pueda prometértelo, pero…
–¿No recuerdas Lisa?
–Pero voy a considerarlo.
–¿No recuerdas tu promesa?
–¿Qué?… Si, Clyde.
–Lo prometiste.
–Si, lo recuerdo.
–Espero que vengas.
–Adiós.
–Adiós.
Lisa colgó el teléfono, se quitó las gafas y las guardó cuidadosamente en su estuche. Y al estuche lo puso encima de la cómoda junto a la billetera, su celular y su reloj.
Sin pensarlo demasiado entró en el baño de la suite ignorando otra llamada marcándose en su laptop.
Sin pensarlo demasiado abrió la llave de la tina y empezó a desvestirse.
Flashback.
Royal Woods, Michigan, Enero de 2019.
Lisa leyó y releyó los resultados de los análisis emitidos por su computadora. Se sentó en su taburete, apabullada de la impotencia que sentía, y arrugó la hoja descargando toda su ira y frustración en el proceso y la arrojó al cesto junto con todas las demás.
≪¡Rayos!, ¡¿por qué no puedo hacer nada bien?!≫.
Se quitó los lentes para masajearse los senos frontales. Seguía siendo una cría de preescolar, pero ya parecía una mujer vieja y acabada.
Esa era otra más que sumaba a su kilométrica lista de fracasos.
El primero lo obtuvo antes de siquiera empezar a trabajar, a la media noche que precedía al funeral de su hermano mayor. Tío Kotaro vino con un recién horneado pastel de manzana a dar sus condolencias.
–Lynn, soy yo –había llamado a la puerta–. Preparé algo especial para el dolor.
–¿Kotaro? –salió a recibirlo Lynn padre. Estaba borracho, francamente borracho, y al otro día tendría una guerra en su cabeza y a un bebé alíen mascándole las entrañas–. ¿Qué haces aquí a las cero horas quince minutos del día en que vamos a enterrar el brazo de mi hijo? Eres un amigo, pero esto es llevar las cosas demasiado lejos. Ya es un poco tarde, y he bebido en cantidad.
–Si, y a eso huele –dijo el–. ¿Puedo pasar?
Papá se hizo a un lado y Kotaro entró en la casa.
Se sentaron a la mesa del comedor con una cerveza cada uno.
–Por Lincoln –brindó Lynn Sénior–. Por mi hijo, que hubiera podido ser un gran artista, un exitoso agente inmobiliario, o el jodido presidente de los Estados Unidos de América.
Kotaro bebió, se limpió los labios con la palma y le miró fijamente. Había algo claro y concreto en aquella mirada.
–Unidad paternal –se anunció Lisa saliendo de la habitación de sus padres. Su voz sonaba serena, pero tenía unas grandes ojeras y solo de mirarla hacía que a uno se le partiera el corazón–, quiziera informarte que el zedante por fin actuó. La unidad maternal duerme.
Leni gritó en sueños y los tres se quedaron quietos como estatuas en un juego infantil. El grito no se repitió.
–Zi no ze me nezecita máz, con vueztro permizo me retiró a miz apozentoz –terminó de decir.
–Lisa, ¿qué tienes ahí? –la llamó su padre en voz alta.
Ella escondió su mano detrás de su espalda y se encogió asustadiza como si acabara de recibir un regaño.
–¿Qué tienes ahí? –volvió a preguntar Kotaro con voz más benevolente–. Déjame ver. ¿Puedo ver?
Viéndose acorralada, Lisa se acercó a entregar lo que sustrajo de la recamara de papá y mamá. Se trataba de una jabonera portátil de acero inoxidable con el nombre de Lincoln grabado en una etiqueta que le pusieron con un rotulador manual. La había sacado del armario al hurgar en una enorme caja de reliquias familiares.
Kotaro se la recibió, le revolvió el cabello de su peluca y abrió el estuche suavemente.
–Oh, ¿No es hermoso? –exclamó conmovido al encontrarse una pieza dentaria adentro–. Su primer diente de leche.
–En realidad es solo la astilla de cuando se lo rompió –aclaró Lynn Sénior–. Esperábamos a que mudara la paleta para guardarla ahí también.
–Una pieza digna de concurso, eh –sonrió Kotaro con tristeza.
–¡Por favor no lo toque! –le rogó Lisa en cuanto se dispuso a tomar el pedazo de diente en su mano–. Podría clonarlo con zu ADN, pero nezezito que la mueztra ezté lo menoz contaminada pozible.
–Lisa –replicó el amigo de su papá con gentileza–. La ciencia no ha avanzado tanto como para…
–Ez porque loz expertoz no contaban con el ingenió de Liza Marie Loud –interrumpió, recuperando la jabonera y apretándola contra su pecho.
Lynn Sénior levantó la cabeza, claramente hechizado por aquella descabellada idea que a pesar de todo resultaba morbosamente atractiva.
–Cariño –habló algo desesperado mirando fijamente a su hija–, ¿tu de veras podrías…?
–Zolo requiero de un ovulo zano y empezaré ahora mizmo –contestó, mas no respondió a su pregunta–. Canzelaré mis otroz proyectos e inveztigaziones y miz catedraz en la univerzidad para dedicarme el zien por ziento a…
–Lisa –insistió Kotaro encargándose de traer a ambos de vuelta a la realidad–. Suponiendo que se pudiera hacer algo tan… Fantástico, dime: ¿sería ese el mismo Lincoln que creció en esta casa a su lado, o solo una copia exactamente igual creada con sofisticados métodos de ingeniería genética?
Surrealista, era un termino más apropiado. Esa fue su conclusión, sacada mientras acababa cediendo a las necias emociones humanas y dejaba sus lentes y la jabonera encima de la mesa del comedor y corría a echarse a llorar como la chiquilla que era en el sofá de la sala.
Lynn Sénior no trató de consolarla. Kotaro se retiró dejándole su mensaje, el cual lamentablemente cayó en oídos sordos.
–Lynn, cuida a tus hijas. Te necesitan.
Después estaban los problemas de sus hermanas. Tan variados como sus gustos y personalidades, como solo podía ser en la casa Loud.
Por mucho que le enseñaba, y que ella se esmeraba en practicar, Lori seguía sin poder quitarse ese raro tartamudeo; por Leni, lo más que podía hacer era macerarle unos antidepresivos y mezclárselos en sus jugos orgánicos sin que se diera cuenta; y Lucy seguía atrapada en medio con sus dos padres permitiéndole decidir estar enferma y ella con la moral cada día más apaleada como para intentar remediarlo.
A Lana jamás trató de disuadirla de seguir con su inútil misión de rescate. Porque si, aunque la mayor lo ignoraba, Lisa sabía perfectamente de que iba su proyecto secreto, así como que las probabilidades de alcanzar su meta eran de un cero porciento indiscutiblemente. Previamente le bastó con valerse de sus propias mañas para enterarse que el que se llevó a Lincoln le había arrancado el brazo con mucha facilidad, y concordaría con el forense que habría muerto en las alcantarillas por el shock o la perdida de sangre. Poco importaba la diferencia.
Quizá por eso fue que nunca trató de desalentarla. Por primera vez, quería permitirse fantasear con que la lógica y la razón valieran milanesas y milagrosamente Lana tuviera éxito.
Mas un día su hermana tronó. La vio desechando las piezas de su maqueta en el bote de basura –y azotando su gorra contra la tapa furiosa e innecesariamente antes de volver a su rutina normal–. Había abandonado el proyecto.
Sin embargo otro día llegó a consultarle sobre la probabilidad de que un cocodrilo gigante estuviese viviendo debajo de Royal Woods.
≪¿Cómo en el libro de Robert Daley?≫, indagó a su inquietud.
Desde luego le explicó que eso sería algo empíricamente imposible, simplemente porque los reptiles son animales de sangre fría y no podrían sobrevivir a las bajas temperaturas de las cloacas.
Esa era otra cosa. La histeria y la paranoia colectiva que se vivía en la actualidad había encaminado a niños –e incluso adolescentes– a preguntar o decir cada cosa estúpida.
Peter Wimple, el que comía pegamento, decía que en el centro de artes y manualidades había visto moverse en el cuadro a una aterradora pintura de un hombre pálido que le daba mucho miedo. Tenía la piel arrugada y elástica, como un hombre viejo que estaba muy gordo y luego perdió mucho peso; poseía unas grandes garras de color negro en sus manos con los ojos puestos en dos cuencas vacías en sus palmas; y su cara carecía de ojos; sin embargo si tenía una boca manchada de sangre, un par de orejas y dos agujeros a modo de fosas nasales viéndose como la parte de abajo de una mantarraya. Dijo que lo vio parpadear y gruñirle, y hasta había tratado de arañarlo y morderlo.
Charlotte Yang, a la que le gustaba morder, contó que una vez que se estaba bañando oyó llorar a un chico. Cuando terminó no quitó el tapón por miedo a ahogarlo.
Lisa llegó a considerar tomarle la palabra a Luan (así esta lo hubiese dicho de broma) de analizar que le ponían a la leche que el gobierno distribuía en las escuelas.
Y hablando de Luan. Una tarde Lisa se asomó a la habitación del dúo artístico cuando pasaba casualmente por ahí y captó algo que llamó su atención al mirar por el rabillo del ojo.
En su lado correspondiente, Luan seleccionaba cuales de sus artículos de fiesta tomaría de una enorme pila para echarlos en una bolsa de basura.
–Veamos: nariz de plástico, adiós... Maquillaje, a la basura... Peluca de colores, fuera... Pantalones abombados, hasta nunca... Zapatos gigantes, arrivederci...
–Zaludoz humana –se anunció la niña al cruzar el umbral.
–¿Ah?, hola Lisa –la saludó Luan desechando una corbata de lazo de color rosa y un par de guantes blancos.
–¿Puedo zaber a que aqueja ezte exztraño comportamiento en tu conducta habitual?
–¿Qué?
–Pregunto que ¿qué eztaz hazciendo?
–oh, yo solo… Ehm… Estaba limpiando mi espacio. Ya sabes, ahora que a cada quien le corresponde ocuparse de su propia basura.
Lisa levantó una ceja y Luan siguió en su labor como si nada. Cogió un paquete de globos de colores surtidos, lo miró pensativa y lo arrojó a la bolsa también.
–¿Y tuz cozaz zon bazura? –preguntó la pequeña genio con su tono neutral.
–No todas –rió Luan falsamente–. Es que decidí cambiar un poco mi estilo y… Pues quise aprovechar la ocasión para deshacerme de unas cosas… Que ya no voy a necesitar.
–Ya veo –Lisa levantó ambas cejas–. Por la indumentaria que dezechaz en ezpezifico, deduzco que tuz intenzionez implican dejar fuera de tu rutina todo lo que tenga que ver con...
–Si –declaró Luan al advertir que su hermanita estaba por señalar lo evidente–. Lo he estado pensando mucho últimamente, y creo que los payasos pueden ser algo aterradores.
Lisa se rascó la barbilla pensando en la curiosa observación de Luan.
Se puso los lentes de nuevo y buscó a tientas uno de los sándwiches que tenía servidos en su escritorio.
Se lo llevó a la boca engulléndolo de un solo bocado, más por no desperdiciar comida. Los dedos le quedaron desagradablemente pegajosos.
≪Como odio ensuciarme≫.
Mientras estuvo esperando a que su computadora emitiera los análisis, había bajado a la cocina por un refrigerio. Convenientemente encontró allí a Lori y a Luna sentadas en la mesa de desayunar.
–¡Oye!, ¡oye! –se quejaba Luna–, ¡Eso arde!
–No te muevas –la riñó Lori presionándole una mota de algodón empapada con alcohol en la herida que tenía en el ojo–. ¿D-dices q-que una u-urraca hizo esto?
–Si… –afirmó Luna. Medio indecisa parecía–. Pero ya me las pagará.
Lisa prefirió regresar después. Su sentido común sugirió que lo mejor sería dejar tranquilas a sus hermanas mayores por el momento, pero las incesantes protestas de su barriga y su metabolismo ineficiente de niña de preescolar la obligaron a ir a molestarlas de todos modos.
–Hermanaz mayorez, requiero de zu aziztenzia.
Lori y Luna regresaron a verla.
–Ah, eres tu Lis –dijo la que tenía una triple cicatriz en el ojo–. Discúlpame, pero ahora no estoy de humor para experimentos o...
–No ez ezo –aclaró la menor–. Tuve un día algo pezado y requiero zuzento para recobrar energiaz.
–¿Qué?
–Quiziera un emparedado por favor.
–Oh. Bueno, es algo tarde pero está bien. Dame unos minutos.
–T-te ayudo –se ofreció Lori.
Luna tomó una bolsa de pan del estante y Lori sacó un frasco de mantequilla de maní y otro de jalea del refrigerador. Ambas se pusieron manos a la obra, y para cuando terminaron tenían las manos pegajosas y el pelo sucio, además de haber dejado el mesón de la cocina hecho un desastre.
–Aquí tienes –le entregó Luna los intentos de sándwiches a Lisa–. Sin orillas, con poca mantequilla de maní ¿cierto? Y cortados en forma... de rectángulos. ¿Así están bien?
Al mirar la suerte de engrudo hecho con pan, mantequilla de maní y jalea, las tres pensaron exactamente lo mismo:
≪¿Cómo rayos lograba hacerlo el?≫.
–Zi luna, azi eztan bien –dijo recibiendo el plato con humildad y regresándole una sincera sonrisa–. Te lo agradezco mucho.
–Lamento que no hayan quedado tan bien… –empezó a disculparse Luna de antemano sintiéndose como toda una inútil–. Como el solía preparártelos.
–Pierde cuidado –insistió Lisa–. De veraz, azi eztan bien.
–Lori –entró en ese momento Lola en la cocina con timidez.
–Para ti no hay –decretó Luna en lo que se disponía a ordenar el reguero que ella y Lori habían dejado sobre el mesón.
–No es eso –repuso la pequeña apenada. Lori vio que traía consigo sus sabanas hechas bola.
–¿T-tuviste ot-tra p-pesadilla por comer demasiadas golosinas? –acertó a preguntar.
Lola asintió con la cabeza.
–¿Q-quieres c-contarme?
–Está vez –empezó a relatar Lola–, soñé que despertaba en una habitación hecha enteramente de dulces. Las paredes eran de biscocho, los muebles de chocolate y las ventanas de azúcar blanca.
–Eso no suena como a una pesadilla –comentó Luna.
–¿Ah no? –replicó la niña, temblando genuinamente de miedo–, ¿y que tal si te digo que después entró una horrible bruja?
–Ya entiendo –intervino Lisa quien aun no se había ido a su habitación–, zoñazte que eztabaz en el cuento de Hanzel y Gretel.
–Si –Lola asintió con la cabeza otra vez–. La bruja intentó venir por mi. Era horrible. Su cara parecía un árbol torcido y sus ojos emitían unas como luces plateadas o anaranjadas que me impedían moverme, no sé…
¡Crash!
Luna dejó caer el frasco de jalea, como fulminada por un rayo.
–Ups, lo siento – se disculpó e inmediatamente después buscó un estropajo para limpiar.
–Basta de tonterías Luna –la oyó susurrar Lisa–. ¿Cuántos años tienes?, ¿cinco? Sabes perfectamente que los monstruos no existen. Lo que pasó allá afuera fue que te quedaste dormida en el árbol y tuviste un caso de sonambulismo parecido a los de Leni.
–Dijo que nos metería en la jaula– continuó Lola–. A mí, y a todas ustedes hasta que el horno esté caliente. Traté de gritar pero no pude. Si no fuera porque Lana vino con su resortera creo que…
Lola no pudo soportarlo más y rompió en llanto.
–¿Puedo dormir con una de ustedes esta noche? –rogó entre lagrimas–. Por favor, prometo portarme bien. Estoy muy asustada.
–Tranquila –se agachó a abrazarla la más mayor, quien por un momento volvió a ser la Lori de antes–. Todos estamos muy asustados.
–Lana…
–Por su puesto que Lana y tu pueden dormir conmigo y Leni esta noche, y todas las que sean necesarias hasta que se resuelva lo que está pasando. De hecho, a partir de ahora las menores compartirán habitación con las mayores hasta nuevo aviso. Ahora déjame poner eso en la lavadora y en un momento estaré con ustedes.
Lori recibió las sabanas y se dirigió con ellas hacia el sótano. Luna sonrió contenta de que tomara el mando otra vez, Lisa por oírla a hablar sin tartamudear (sin razón lógica aparente, pero que más daba).
No obstante, al estar frente a la puerta sintió que se le cortaba la respiración.
Ninguna lo sabía en ese entonces, pero últimamente Lori tendía a padecer de unos terribles escalofríos al sentir la presencia de Lincoln acechándola cada vez más de cerca. Cuando se sentaba a la mesa, estaba ahí, ocupando su lugar. Solo que ese era un Lincoln invisible, manco, pálido, silencioso y pensativo que nunca hacía planes. Cuando pasaba frente a la puerta del armario de blancos adaptado, no podía dejar de pensar que la puerta se abriría chirriando y ahí estaría –otra vez–, y saldría caminando hacia donde estaría ella petrificada de horror. A veces tenía la impresión de que lo encontraría en su armario, oculto entre sus prendas y las de Leni. Recientemente, temía que al bajar al sótano… Lo volvería a ver asomándose por debajo de los escalones y la miraría con sus ojos inexpresivos como los de los muertos vivientes en las películas.
Instintivamente Luna acudió a rescatarla.
–Sis, deja que yo me encargue de eso. Tu ve a atender a las gemelas.
–O-ok, g-gracias –Lori volvió a cederle el mando. Todavía no estaba lista.
Lisa levantó la cabeza y miró por enésima vez el tablero que colgaba encima de la cuna de Lily. El empapelado del lado derecho consistía en un collage de todos y cada uno de los recortes de periódico que denunciaba la desaparición de algún niño en Royal Woods hasta la fecha. Los del lado izquierdo reportaban a los que habían sido asesinados brutalmente; y en el centro no podía faltar el que señalaba a su hermano como la primera victima.
Las notas tenían la fecha subrayada y los detalles más importantes encerrados en un circulo con marcador rojo. Además de que Lisa las había conectado de varias formas mediante cordeles y chinchetas de diferentes colores como tratando de hallar algún patrón.
≪¿Cuánto va? ¿Un año?, ¿año y medio? y aun no consigo ninguna pista. ¿Qué estaré haciendo mal? ≫.
–Domo Arigato.
Lisa oyó que Todd 2.0 entraba en modo de alerta. Lo había programado para que custodiara la puerta y le avisara si detectaba a alguien acercándose por el pasillo. En caso de que fuera Lynn, quien se la tenía jurada, entraría en modo de ataque.
Se levantó de su taburete e ingresó un mando en su computadora que hizo que una pared falsa se cerrara delante del tablero con su investigación.
–Disa.
–Fiu, Zolo erez tu –suspiró con alivio al ver que solo era la pequeña Lily quien entró caminando torpemente, llevando en su manita una hoja de papel garabateada con sus crayones.
La bebé puso una carita triste y levantó la hoja con su dibujo ya terminado para mostrárselo a Lisa.
–¿Qué ez ezo? –preguntó examinándolo. Aparte de lo mal hecho que estaba, era particularmente feo comparado con los otros dibujos de Lily. No sabía que era exactamente, pero al darle la vuelta si pudo descifrar unos ojos algo inquietantes acompañados por una boca deformada en una mueca siniestra.
–¡Roar!, ¡roar! –respondió Lily haciendo como que imitaba a un monstruo y señaló al armario.
≪Por el bosón de Higgz≫.
Faltaba poco para la primavera, cuando sucedió.
Lisa reposaba con la cabeza hundida entre sus brazos sobre una de las mesitas del preescolar. Se había desvelado revisando sus notas buscando que no se le hubiese escapado nada. La investigación seguía sin arrojar resultados decentes.
En algún momento de la jornada, la puerta del aula se abrió y cierta niña de tez morena entró para reintegrarse después de haber pasado casi un año y medio en psicoterapia.
–Bienvenida Darcy –la saludó la señorita Shrinivases–. Que gusto tenerte de vuelta. Pasa.
Darcy abrazó a Rafo y entró tímidamente sin decir palabra alguna.
–Mira, allí esta tu amiga Lisa. Ve a saludarla. Ella también te ha extrañado mucho.
Lisa despertó de su letargo, tomó sus gafas de la mesita y se las puso otra vez. Darcy pasó de lado sin voltear a verla y fue a sentarse en un rincón apartado abrazando a su jirafa de peluche con recelo.
Preocupada, Lisa se acercó a ella sin tener idea de cómo proceder. En el fondo, su naturaleza egoísta (que uno no tiene reparo en demostrar frecuentemente cuando se pertenece a una familia grande) le exigía interrogar a la niña Hellmandollar esperando que esta vez pudiera brindarle información más detallada de lo que había visto en aquella ocasión.
El día que el brazo mutilado de Lincoln apareció junto a sus pertenencias ensangrentadas adentro de la alcantarilla, Lisa se enteró varias horas después que el padre de Darcy la había encontrado la noche anterior acurrucada debajo de su cama temblando de miedo con la nariz sangrando y la camisa manchada.
≪¡El brazo! –había chillado la pequeña luego de que el señor Hellmandollar le cortase la hemorragia y le diera una taza de te caliente y una aspirina para que se calmara–, ¡le arrancó el brazo!≫.
≪Cariño, ¿de que hablas? –había preguntado el hombre esa vez≫.
≪¡Lincoln!, ¡el hermano de Lisa! –sollozó Darcy–. ¡Allá afuera!, ¡en la calle!, ¡junto a la alcantarilla!... ¡Le arrancó el brazo!≫.
Lisa también supo que inmediatamente después el señor Hellmandollar tuvo que llevar de urgencia a su hija al hospital cuando esta puso los ojos en blanco y empezó a echar espuma por la boca.
–Hola Darzy – la saludó delicadamente tratando de no alterarla. Y es que Lisa Loud, aun siendo Lisa Loud, tenía un mínimo de tacto para saber lo traumático que sería para su amiga rememorar tales acontecimientos–. ¿Cómo haz eztado?
Darcy bajó la cabeza, su frecuencia respiratoria empezó a incrementar moderadamente y Lisa no pudo evitar preocuparse por su bienestar. Odiaba verla así, tan diferente a la niña extrovertida y optimista que conoció por primera vez. En los años subsiguientes dedicaría buena parte de su tiempo y recursos a ayudarla a recuperarse. Si se trataba de ver el vaso medio lleno, le gustaba pensar en la idea de que su hermano murió salvándole la vida a su amiga y cuanto menos debía de arreglar su mente trastornada si no quería que dicho sacrificio fuese en vano.
Lisa estiró su mano para tocarle el hombro suavemente, pero la retiró de inmediato al oír un susurro.
–…
–¿Qué?
–…
–Dizculpa, creo que no te oí bien… ¿Podríaz repetir lo que dijiste por favor?
–…
Lisa se acercó otro poco más, lo suficiente para poder escuchar que susurraba Darcy. Su sorpresa fue mayúscula al oír las palabras que la niña lograba articular difícilmente una y otra vez.
–No, duermo..., payaso, me come… No, duermo..., payaso, me come…
–Oh, zieloz.
–Lisa… –la llamó de pronto. En su expresión había terror autentico, igual que en la de los veteranos que sufren de estrés postraumático al vivir los horrores de la guerra o los funcionarios de goggle que monitorean día a día las cosas más deleznables que se suben a internet–. Fue el payaso.
–¿El payazo?... ¿Cual payazo?
–El que se llevó a tu hermano… Parecía un payaso, pero no era un payaso. Sus ojos, eran amarillos.
Lisa la abrazó.
–Dezcuida Darzy. Vaz a eztar bien.
Sus ánimos para resolver el misterio habían vuelto a ella quien se sentía completamente renovada.
≪Estás por ahí en alguna parte malnacido. Pero aunque me tome el resto de mi vida juro que voy a encontrarte y te haré pagar por lo que hiciste≫.
–Sus ojos… –siguió diciendo Darcy entre susurros. Dentro de poco Lisa entendería a que se estaba refiriendo–. En sus ojos, hay como luces…
Fin del Flashback.
El gerente colgó el teléfono, subió a la habitación donde se hospedaba Lisa y llamó a la puerta. La noche anterior había dejado claras instrucciones de que la despertaran al amanecer debido a que tenía que tomar un vuelo a Estocolmo donde daría una conferencia muy importante.
–¿Dra. Loud?... Disculpe que la moleste, pero ya pasaron más de tres horas del tiempo que dijo que se iba a hospedar. ¿Desea prolongar su estadía?... ¿Dra. Loud?
Pasaron otros siete minutos, y al no oír una respuesta sacó su copia de la llave y entró.
–¿Dra. Loud?... Disculpe que entre así, pero…
En la recamara no había nadie. La cama estaba cuidadosamente tendida y todo el equipaje seguía en su lugar. En una percha estaba colgada su bata de laboratorio recién lavada y planchada. La mucama se la había subido a la hora que se suponía iba a salir, pero tampoco la encontró. Decía haber oído correr el agua en la bañera, por lo que supuso que se estaba bañando para alistarse.
–¿Dra. Loud? –se acercó a llamar a la puerta del baño. De nuevo nadie respondió–. ¿Está todo bien?
De pronto se le ocurrió la idea de que su huésped hubiese sufrido un accidente, como resbalarse con un jabón o algo así.
Asió el pomo de la puerta asegurada, usó otra llave, se asomó con discreción, miró de frente a la bañera con su cortina de plástico recogida…
–Oh, dios mío…
Lo que encontró fue peor de lo que había imaginado. No había vapor que le nublara la vista. Pasarían otros cinco minutos, y daría aviso a las autoridades; pero hasta entonces el hombre permaneció en silencio con una mano contra la boca.
Sumergida en el agua teñida de un tono rosado intenso, yacía el cadáver desnudo de Lisa Loud con la espalda apoyada contra la parte posterior de la bañera y la cabeza inclinada hacia atrás con la boca abierta y desencajada en una expresión de abismal horror. Sus ojos, muertos y centellantes, miraban directamente a los tubos fluorescentes que iluminaban el baño.
Una sangrienta huella zigzagueante caía por los azulejos arriba de la bañera, en cuyo borde había una caja de cuchillas de afeitar. Lisa, muerta a vísperas de sus treinta y tres primaveras, se había provocado dos cortes en la cara interna de cada brazo, desde la muñeca hasta el codo, y cruzado después con otro tajo transversal. Posteriormente había hundido sus dedos en la herida para escribir una sola palabra con su propia sangre mientras perdía la consciencia.
ESO
