Capítulo 10: La Casa del Sepulturero de Royal Woods
Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.
Clyde agarró la foto que terminó de imprimirse en papel brillo, la aguillotinó correctamente y la anexó en el diario antes de seguir escribiendo.
En ella salían los once hermanos Loud riendo felizmente, reunidos en su ultimo abrazo grupal.
≪La primera imagen de la nueva biblioteca Lincoln≫.
12/10
Recuerdo el día en que tomé esa fotografía varios meses antes de la tragedia. Uno de los mejores días de mi vida.
Las chicas y yo tuvimos suerte ese verano. Fue una suerte que no nos mataran; o tal vez había algo más que suerte en ello.
Si fue así, espero que la suerte vuelva con nosotros.
≪Un chico, diez chicas≫.
Flashback.
Royal Woods, Michigan, Junio de 2019.
Era una tarde no muy calurosa de verano (más bien algo húmeda), pero igual se podía sentir una ligera brisa veraniega en el aire. En ese entonces las calles parecían las de un pueblo fantasma. No había ni una sola alma a la vista; salvo por el único hijo de los señores McBride quien caminaba tranquilamente por la acera.
La semana pasada habían dado inicio a las vacaciones de verano en Royal Woods, y tras una acalorada discusión Howard y Harold accedieron a regañadientes dejar que Clyde saliera de casa. Eso si, bajo el juramento solemne de que nunca, bajo ninguna circunstancia, andaría solo por ahí. Siempre en compañía de sus amigos y sin olvidarse de llevar consigo su celular a todas partes con la batería cargada y listo para usarse en cualquier emergencia posible.
Además de tener presente que: pasado un solo minuto de la hora establecida del toque de queda que no estuviese presente en la puerta de su hogar, sus sobreprotectores padres llamarían a la policía –a riesgo de probablemente molestarla por nada– y no descansarían hasta saber de su paradero.
Clyde accedió a todas estas condiciones sin chistar con tal de poder salir al exterior. Aunque tampoco es como si hubiera mucho que hacer afuera. Lugares como el árcade, la tienda de comics o el parque estaban prácticamente desolados; pero de todos modos no podía evitar sentirse sofocado al estar encerrado entre cuatro paredes.
A la hora de la verdad los señores McBride no tenían porque preocuparse tanto, puesto que generalmente Clyde iba directo de su casa a la residencia de los Loud. Allí siempre era bien recibido por nueve de las diez chicas (aunque solo una o cuatro a lo mucho por vez) y pasado por alto por ambos padres. Otras veces acostumbraba solo a dar largos paseos.
Ese día sin embargo, se desvió de su ruta habitual para recoger un encargo en la floristería y después ir a hacer una rápida visita al cementerio de Royal Woods.
Pensar, que la tumba frente a la que estaba parado, no era más que una lapida conmemorativa debajo de la cual estaban enterradas solo las cenizas del brazo de su difunto mejor amigo.
–Aquí estoy –Clyde dio sus saludos respetuosamente, y se arrodilló para colocar un ramo de flores frente a la lapida–. Puntual como todas las semanas.
El chico guardó un minuto de silencio, en lo que pensaba como rendirle cuentas apropiadamente al dueño de aquella tumba que había ido a visitar.
–Tus hermanas ya están un poco mejor –finalmente dijo.
≪Algo –concretó para sus adentros, omitiendo también la siguiente parte–, y eso si no contamos a Lynn≫.
–Las he estado yendo a ver casi todos los días –continuó–. Estoy haciendo mi mejor esfuerzo por cuidar de ellas como sé que tu hubieras querido. Con las pequeñas he estado poniendo en practica todo lo que me enseñaste: confianza, cuidados, y cuando lo demás falla galletas con chispas… A Lana y Lisa las vi algo tensas el otro día, así que las llevé a Lactoland ahora que lo volvieron a abrir para que se divirtieran un poco. También invité a Luan a que nos acompañara.
≪De hecho quería invitar a todas, pero solo estaban ellas tres esa vez. Tal vez a la próxima≫.
–Debiste verlas –sonrió divertido–. Lana vomitó en el malteador y a Lisa se le fueron volando su peluca y sus dientes postizos. Los cuatro nos reímos como nunca. Sobre todo Luan que hacia tanto que no la veía reír así. Si hasta se estuvo carcajeando hasta la tarde siguiente.
Nada mal para nuestra primera cita, recordó que había bromeado ella a la salida del parque pese a que el beso que le plantó en la mejilla después parecía haber ido en serio.
–¿Qué más puedo contarte?... Ah, ya aprendí como coreografiar el baile con listón de Lola, aunque ya no le apasionan tanto los concursos como antes, pero igual me aseguro de que siga practicando.
≪Aquí entre tu y yo, necesita algo de ejercicio para bajar un par de kilitos que ha ganado de más≫.
–Encontré un libro sobre trastornos del habla en la sala de espera de la Dra. López. Tiene varios consejos útiles que podrían ayudar a Lori con su tartamudez y… Pues yo me sometí a una sesión de hipnoterapia para que ya pueda actuar normal estando cerca de ella y ayudarla como se debe. Se que suena un poco drástico, pero decidí que ya tiene suficientes problemas como para que yo vaya a sangrar en sus zapatos otra vez.
≪A veces la pobre se pone roja como un tomate cuando intenta conversar con Bobby por teléfono; y ahora que yo estoy normal es ella la que no puede ni terminar de decir mi nombre. Es gracioso pero no como para reírse≫.
–Por cierto, te tengo una buena noticia. La ultima vez que me vi con Luna pude convencerla de que no fuera a trabajar y en su lugar pasamos la tarde rockeando como en los viejos tiempos. Yo toqué el cencerro de tu papá, y te alegrará saber que ella no ha perdido el toque con la guitarra… Tampoco me he olvidado de ver que Leni esté bien. Hay días en que los dos nos sentamos a charlar y hacemos prendas nuevas con la ropa vieja. Este año sacó muy buenas calificaciones, es muy lista… –comentó ahogando un sollozo–. Estarías orgulloso de ella. Las demás lo están… Casi lo olvido, Lucy te escribió una carta. Dice que yo no puedo leerla, no debo hacerlo, así que la dejaré aquí para ti… En el sobre hay un dibujo que te hizo Lily. La Dra. Shuttleworth dijo que es una niña muy talentosa y está contenta de tenerla en la guardería a pesar del fraude del intercambio.
Clyde bajó la cabeza y tocó la cinta de enmascarar que tenía envuelta alrededor del puente de sus gafas.
≪¿Y ahora con que cara te digo que Lynn es la bravucona que hizo esto?≫.
–Si necesitas algo –dijo para finalizar–, no voy a estar muy lejos.
En cuanto empezó a alejarse, Clyde miró en dirección hacia la antigua casa del sepulturero. Esa misma que se hizo famosa porque fue allí donde una vez se filmó un episodio de ARGGH! Hasta ese entonces a ese sitió lo que le precedía era su mala reputación.
≪Desde aquí las ventanas parecen ojos≫.
Como si lo hubiese planeado anticipadamente (aunque no fue así), caminó hasta la edificación y se paseó por el lugar; a la vez que se sintió bastante tonto al acordarse de la actitud que había tomado cuando se enteró de que todo lo que hacían en el programa era solo una puesta en escena.
Para cuando llegó al porche de la entrada principal, tomó consciencia de que si bien en ese entonces creyó haberse llevado la mayor desilusión de su vida, ahora si estaba seguro de que su inocencia infantil se perdió el día en que su mejor amigo –y hermano de otra madre– se fue para siempre.
–¡Clyde!
El chico se quedó como de piedra y sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
–¡Clyde!
Miró en derredor. Con toda razón esperaba ver a un amigo o a un compañero de la escuela llamándole por su nombre. ¿Mas a quien esperaba encontrarse?; ¿a Liam quien se perdió en un bosque cerca de su granja?; ¿a Zach que supuestamente huyó de casa para unirse al circo o a una caravana de gitanos como decían los rumores?; ¿a la niña nueva a quien solo vio unas tres veces y luego desapareció de un día a otro como si la tierra se la hubiese tragado?
Horrorizado, se dio cuenta de que el era el único que quedaba de la pandilla y que lo más sensato sería irse ya. Cuanto más tiempo estuviese en lugares desérticos, más posibilidades tenía de ser el siguiente.
–¡Clyde! –volvió a llamarlo el eco de esa añorada voz, del interior de la casa, antes de que retrocediera un solo paso.
Sus pies obedecieron a la tercera llamada y lo llevaron por el camino incorrecto.
≪¡Alto ahí jovencito! –lo reprendió el lado racional de su mente, haciendo que se detuviera frente a la puerta–. ¿No estarás pensando entrar allí, cierto? Recuerda las advertencias de tus padres≫.
–¡Clyde! –oyó suplicar a la voz, más fuerte entre gemidos lastimeros. Entendió que no podía ignorarla y asió el pomo.
≪¡Deja de soñar cabeza de alcornoque! –trató de persuadirse a gritos–. ¿Aun crees que lo vas a encontrar aquí, con vida?, ¿en este lugar?, ¿justo ahora? El está muerto y tu lo sabes. Lisa ya te lo explicó, es empíricamente imposible que… ≫.
–¡Clyde!
Por otro lado lo ultimo que se pierde es la esperanza ¿verdad?, pensó abierto a las posibilidades.
Bastó con un débil empujón para que la puerta se abriera fácilmente. Hubo un molesto chirrido y después silencio total.
Es más grande de lo que recordaba, observó al adentrarse. En el vestíbulo a su izquierda, había un viejo colchón que no había visto la ultima vez. Supuso que algún indigente que se estaba quedando en la casa lo puso allí.
≪¡¿Ya ves?! ¡Lo que estás haciendo es muy peligroso! ¡Será mejor que saques tu trasero de aquí ahora que puedes!≫.
Recordó que tampoco supo que había sido de Rusty, cuyo padre recientemente se ahorcó en su celda después de que lo encarcelaran injustamente por la muerte de su otro hijo.
–¡Clyde, por favor!
Siguió el sonido de la voz afligida, a lo largo del pasillo hasta la puerta que daba al sótano.
¿Como sabe que estoy aquí afuera?, se cuestionó al momento en que iba a mitad del corredor aun siendo consciente del peligro al que se exponía.
≪A ver, supongamos por un momento que esto si está pasando. Que el si está allí adentro; ¡que diablos!, digamos que todos los niños desaparecidos están allí, vivos (al menos por ahora). ¿Qué vas a hacer si te encuentras al chiflado que está haciendo todo esto?, si es que no es más de uno, ¿ponerte en tu posición de roca?≫.
–¡Clyde! –lo oyó suplicar nuevamente entre sollozos–, ¡Ayúdame!
–¿Lincoln?... –con el corazón palpitando a mil por hora, pegó suavemente su oído a la puerta–. ¿Eres tu?
≪¡Esto no es un juego idiota! ¡En todo caso ve a avisarle a alguien más si de verdad creíste oír algo! ¡A tus padres, a la policía, a sus hermanas quizá!; ¡pero hagas lo que hagas no te arriesgues a ir ahí tu solo!≫.
–¡Si Clyde, soy yo! ¡Ayúdame por favor!, ¡estoy atrapado!
–Lincoln... –volvió a preguntar, todavía incrédulo–. ¿De veras eres tu el que está ahí?
–¡Si! –contestó el del otro lado–. Clyde, soy yo. ¿Qué no me reconoces? Por favor sácame de aquí, ¡me tiene atado!
Sin duda era el. Sus llantos eran inconfundibles.
≪Dios, no quiero imaginarme que le habrá hecho el responsable si se tomó la molestia de mantenerlo hasta ahora con vida≫.
–Espera ahí Lincoln, voy por ayuda.
–¡No hay tiempo! –replicó este–. ¡Tienes que sacarme de aquí antes de que el payaso vuelva! ¡Apresúrate!
Clyde dejó de titubear y entró. Intentó estúpidamente encender las luces, las cuales obviamente no funcionaban por lo que usó la linterna de su teléfono para alumbrar el camino.
Bajó por las escaleras de madera, con las tablas crujiendo con cada paso que daba. Dejó el ultimo peldaño atrás y sintió el suelo de tierra rasposa bajo las suelas de sus zapatos.
El sótano era tan amplio como los túneles de una vieja mina abandonada.
Clyde apuntó la lucecita hacia el centro de la habitación. Ahí vio parte de los bordes de un pozo, que lo más probable era que estuviera seco. Curioso se acercó a alumbrar la boca para determinar que tan profundo era.
–¡Clyde!
Recordó a que había bajado ahí, y sin perder tiempo siguió el llamado de Lincoln hasta un oscuro rincón de donde venía un aroma pestilente y polvoriento. Se detuvo un segundo, solo para sacar un pañuelo y ponérselo entre la nariz y la boca, y avanzó pasando por encima de unos extraños trozos de yeso redondeados y varias hilachas de paja.
–¡Por aquí Clyde, date prisa!
Se adentró en la negrura del sótano, sosteniendo el teléfono en su mano firme y apretando el pañuelo contra su cara al no aguantar la fetidez en el ambiente.
La lucecita enfocó a un montón de más paja, acumulada en un gran bulto, suficiente como para armar varias parvas de heno.
–¡Por aquí Clyde!... –la voz de Lincoln sonaba cada vez más cerca–. Vas bien, ya casi llegas… ¡Chip!, ¡chip!... ¡Chip!, ¡chip!...
Clyde levantó la mirada, e hizo lo mismo moviendo paralelamente la linterna de su dispositivo móvil para verlo bien. Soltó su pañuelo y lo perdió, y estuvo a punto de hacer lo mismo con su celular. Sus ojos se abrieron como platos, acojonado por el impacto de lo inesperado más de lo que habría estado al avistar un ovni en el cielo o ver la silueta del mismísimo Nessie emergiendo hacia la superficie del Lago Michigan.
Era espantosamente grande –más o menos unas tres veces su talla– y monstruosamente feo. Su piel de pollo era gris y parecía la corteza de un aguacate al que se dejó madurar demasiado.
Entre toses y arcadas, se avispó a enfocar los supuestos trozos de yeso por los que había pasado por encima, no más para descubrir que eran los pedazos del cascarón del huevo del que el polluelo gigante anidado en esa esquina acababa de eclosionar.
–¡Chip!, ¡chip!... –lo oyó piar pidiendo comida. Su piar era casi tan irritante como oír al señor Loud practicando para el karaoke.
Clyde se quitó sus gafas, se enjugó un lagrimeo y se las puso otra vez.
–¡Chip!, ¡chip!...
Seguía ahí. Pero está vez tuvo la impresión de que ocupaba más espacio. Al ojo calculó que comprimiéndose cabría en Vanzilla si a esta se le retiraban los asientos. Tampoco vio su plumón más desarrollado, mugriento y descolorido.
–¡Chip!, ¡chip!...
≪Debo estar soñando≫.
–¡AUCH! –gritó al pellizcarse en el brazo para despertar.
El pajarillo calló, ladeó su cabeza y le miró fijamente. A su vez Clyde se vio reflejado en uno de sus ojos redondos, inflados como balones de playa y negros cuales pozos de alquitrán.
Entonces el gran nido y parte de la tierra empezaron a estremecerse y Clyde se echó para atrás tambaleándose. Por un breve momento perdió de vista al avecilla, que terminó de erguirse sacudiéndose el plumaje. Mirar como se desencorvaba resultó perturbadoramente fascinante, era como ver en vivo la formación en ascenso de una isla volcánica de carne y plumas.
Su cuello se estiró hasta que su penacho rozó el techo, su pecho naranja se infló, sus patas se clavaron a cada lado del nido y sus enormes alas se extendieron levantando grandes nubes de polvo.
Tosiendo aun y con los ojos llorosos, primero Clyde se quedó como atontado al ver que el pájaro era todavía más grande y gordo de lo que se esperaba. En realidad era del tamaño de Vanzilla. Cada ala medía tres metros o más, y sus escamosas patas eran tan gruesas como muslos de hombres musculosos.
–¡HOOOOLAAA! –lo saludó con un zarrapastroso graznido, increíblemente parecido a la voz de Luan en su modo desquiciado.
Después rompió la parálisis y salió disparado antes de que el monstruoso espécimen alcanzara a agarrarlo con su pico. Quería comérselo.
Clyde llegó a los escalones y los subió corriendo, resbalándose y reincorporándose a toda velocidad. Atrás de el lo oyó elevarse batiendo sus alas en un sonoro susurro igual al de la hélice de un helicóptero. El lugar se sacudió fuerte, la madera podrida de una de las tablas se partió y por poco cae de nuevo al sótano a quedar a su merced.
Clyde estaba por voltearse a verlo, cuando en eso lo entendió. Entendió que si lo hacía crecería más. Otro graznido retumbó, tan potente como un trueno, que tuvo que cubrirse las orejas.
Salió del sótano y cerró la puerta tras el. Hubo un picoteo, que provocó que la adrenalina actuara eficientemente en su sistema como para ir arrastrar el mueble más grande y pesado que encontró y usarlo para bloquearle la salida.
La puerta se resquebrajó con un golpe contundente, y la punta de un pico afilado se asomó por el agujero que empezó a formarse.
El ave graznó haciendo que todo en el pasillo temblara. En su lengua, plateada, tenía adheridos varios pompones de color naranja arraigados ahí como bolas de pasto seco.
Clyde se abrió paso hasta la salida y salió pitando de la casa sin intención de esperar a que el pájaro terminara de derribar la puerta. Corrió saltando por encima de varias lapidas, hasta llegar al enrejado donde por error volteó a verlo salir estrechándose por un ventanal rompiéndolo en pedazos.
≪¡Dios mío, no!≫.
Clyde echó a correr calle abajo, corriendo como nunca había corrido. Tomó varias desviaciones para confundir a la criatura, cuyos aleteos avisaron que venía acercándose.
La mala suerte le acompañaba porque, en dado momento, una vigorosa garra tiró del cuello de su camisa hacia arriba hasta que quedó de puntillas y las punteras de sus zapatos perdieron contacto con la tierra.
–¡Suéltame! –vociferó retorciéndose en el aire. Afortunadamente la prenda se desgarró con el forcejeo.
El chico aterrizó en el pavimento raspándose las rodillas y volvió a correr, pasando por entre las plumas de la cola de la descomunal ave que levantó el vuelo para lanzarse a cogerlo en picada.
Clyde buscó desesperadamente a sus alrededores, y como primera opción viró en dirección al estadio, saltó una verja y fue a ocultarse bajo las tribunas.
Allí, se asomó discretamente por entre los espacios que había entre las tablas y lo divisó: por encima del terreno plano, volando en círculos acechante.
≪¡Que no me vea!, ¡que no me vea!≫.
Las patas del animal se posaron en tierra, ante el extremo abierto de las tribunas. Luego este agachó la cabeza para mirar adentro. De sus álulas sobresalían poderosos dedos con uñas cortantes, como las de un dakotaraptor; su pico era largo y dentado y sus dos ojos se habían fusionado en uno solo de gran tamaño que cubría la mayor parte de su cara.
Clyde retrocedió a camuflarse en la parte menos iluminada de debajo de las tribunas tras una columna de soporte, y esperó procurando permanecer inmóvil…, hasta que el pájaro se cansó de buscar y se alejó volando.
≪Al fin, se ha ido≫.
Clyde no salió de su escondite inmediatamente. Antes prefirió esperar otro poco hasta estar completamente seguro de que si se hubiese ido.
¿Qué demonios fue eso?, se preguntó en lo que se apoyaba contra la columna, se dejaba caer rendido sobre el césped y empezaba a dormitar.
Fin del Flashback.
El hombre despertó en su silla con la espalda adolorida y el trasero entumecido. Se había quedado dormido en su escritorio con la cabeza apoyada en los brazos y el bolígrafo y el cuaderno frente a el.
Entonces comprobó que por la noche había recibido visitas mientras dormía.
Un rastro de huellas había dejado leves impresiones lodosas desde la entrada de la biblioteca (que siempre, siempre cerraba con llave) hasta el escritorio.
Ahí, sea lo que fuere vino a dejar atando un globo inflado con helio a su lámpara de lectura.
Al mirarlo Clyde, reventó con un fuerte estallido.
