Capítulo 14: El Primer Enfrentamiento

Royal Woods, Michigan, Junio de 2019.

Al anochecer las hermanas Loud se prepararon como hacían cuando se acercaba el día de los inocentes, solo que en esta ocasión Luan también hacía el papel de víctima en vez del de victimaria.

Además de su armamento, cada una de ellas se equipó con aditamentos útiles para proteger sus partes vitales tales como: cascos, ollas y sartenes, coladores, gafas protectoras, guantes mullidos, hombreras de futbol americano, chalecos salvavidas, la armadura de piedra de Lucy, plástico de burbujas, etcétera.

También llevaron el botiquín de primeros auxilios, parte del equipo deportivo de Lynn y varias linternas con baterías nuevas y algunas de repuesto.

Ese día en particular, sus padres estaban tan, pero tan deprimidos, que la parte de escaparse fue tan fácil como salir por la puerta de en frente delante de papá.

¡Violaremos el toque de queda!, había avisado Luna con el seño fruncido, apropósito, al ser una de las ultimas en salir.

Como respuesta lo único que obtuvo fue un ronquido de perro con moquillo.

En la mañana Lynn Sénior había salido sin decir adónde y en la tarde –una hora después de que Clyde se fuera– regresó cayéndose de borracho y con el ojo amoratado por un casual encuentro que tuvo con los señores McBride en el camino.

≪Lo único que te faltaba papá rockero≫, había dicho Luna muy decepcionada de el, quien encima de eso abrió el gabinete de licores únicamente porque le vino en gana y ya a esa hora dormitaba como tronco con la cabeza inclinada hacia atrás frente a la tele encendida.

En Tooncast All Stars estaban pasando el corto original de Chris Savino Foe Paws, justo en la peor parte para cualquier padre que supiera lo que se siente perder a un hijo; esa en que la anciana italiana que trataba a los animales como humanos (que tenía un increíble parecido con la abuela de Bobby) se quedaba sola de nuevo y se ponía a cantar tristemente preguntándose por el paradero del perro y el gato sobre los que solo quería derramar sus ímpetus de cariño.

¡Fibbie Paliaccio!

¿Dove sono i miei bambini?

Sono Solo.

E Hanno fame e freddo.

I miei amori.

Leni, queriendo ser más indulgente, le dio apagando el televisor, se acercó a arroparlo con una manta y le dio un beso en la frente. Sus hermanas la esperaban afuera en el porche, encargándose cada quien de llevar sus cosas. Antes de unírseles visitó la recamara del primer piso.

–¿Mami? –se anunció al entrar.

Se sentó en el borde de la cama, de donde Rita no había salido en todo el día para quedarse a leer y releer su novela inconclusa sobre un valiente buscador de tesoros de cabello blanco.

–Ya nos vamos –avisó tomando la mano de su madre–. ¿Está bien si nos llevamos a Lily?

–Si, está bien –contestó Rita en voz baja y sin reaccionar.

Ya verás como todo se va arreglar, pensó Leni despidiéndose de ella con un beso en la mejilla y yendo por fin a reunirse con las demás.

Por ultimo salió Lori, llevando consigo a Lily envuelta en varias frazadas para abrigarla del frio de la noche y su pañalera.


Para no alertar a las patrullas y poder escabullirse sin problemas por entre los lugares con sombra, Luna sugirió ir a pie así les tomara más tiempo llegar a su destino.

Atrás de ellas sus mascotas fielmente les siguieron el paso para cubrirles las espaldas.

Primero hicieron una parada en casa de Sam para dejar a Lily a su cuidado.

–No lo sé Luna –dijo ella con cierta inseguridad–. Sabes que cuidar niños no es lo mío. Ahí tienes a mi hermano que siempre…

–Lo prometiste –le replicó su ex–. ¿No dijiste que si necesitaba algo podía contar contigo para lo que fuera?

–Bueno si, pero… –medio quiso seguir oponiéndose Sam–. Al menos dime por qué necesitas que haga esto que no entiendo nada. ¿Por qué a esta hora?, ¿y por qué te vestiste así?, ¿vas a cuidar a los quintillizos Fox otra vez?

–Si, pero ahora no tengo tiempo de explicártelo. Por favor Sam, estoy desesperada y no tengo a nadie más a quien recurrir. Mira Lily ya se quedó bien dormidita y te prometo que no te causará ningún problema. Si llora solo tienes que cantarle la canción que te dije. Aquí en su pañalera te dejé anotada la letra por si acaso junto con todo lo que puedas necesitar.

–Ehm… La verdad no estoy muy segura de…

–Por favor –insistió en suplicar Luna que parecía estar a punto de ponerse a llorar–, por mi.

–Luna… Está bien –terminó accediendo Sam.

–Gracias –le sonrió entregándole a Lily junto con todas sus cosas–, no sabes lo mucho que esto significa para mi. Adelante Lans.

–Buenas noches –la saludó la pequeña Lana saliendo de detrás de su hermana mayor–. Luna dijo que te gustan mucho los animales, ¿cierto?

–Los de granja si –contestó la rockera del mechón azul enarcando una ceja–, pero…

Antes de que pudiera terminar de responder, Lana se llevó dos dedos a la boca para chiflar y llamar a Charles, Cliff, Geo, Walt, Colmillito, Brinquitos, Bite y El Diablo a que entraran en la casa.

–Oye, aguarda un momento –le reclamó Sam a Luna llena de incertidumbre–. Acepté cuidar a tu hermanita, pero no dijiste nada de tus mascotas.

–Tu no las vas a cuidar a ellas –aclaró Lana mostrándose igual de seria que Luna–, son ellas las que las van a cuidar a ustedes dos.

–… Pues ahora si que no entiendo nada.

–Sam –dijo Luna agarrándola de los hombros con firmeza.

–Luna… –no pudo evitar sonrojarse la otra.

–Prométeme, que pase lo que pase no le quitarás los ojos de encima ni por un segundo y la mantendrás a salvo de cualquier cosa que pueda pasar.

–Lo prometo –se limitó a decir exhalando un suspiro.

–Sabía que podía contar contigo... Adiós hermanita.

Luna besó a Lily en la frente (aparentemente dejando algo decepcionada a Sam) y ella y Lana cruzaron hasta la otra banqueta para ir al encuentro de las otras seis quienes esperaban pacientemente a que se hicieran cargo del asunto.

–En marcha –ordenó Luna a que todas siguieran su camino.

–¡Si! –respondieron las demás al unísono llenas de determinación.

Como medida adicional, Lisa activó al Señor Brazos de Titanio Reforzados para que montara guardia por los alrededores.

Más adelante pasaron junto a la residencia McBride, de donde Clyde salió por la ventana de su cuarto dejándose un sustituto hecho con sus muñecos de peluche bajo sus sabanas y una grabación de sus ronquidos.

El chico llevaba puesto un traje camuflado con un cinto en la cabeza y portaba un bate de madera envuelto en alambre de púas de plástico que había comprado en la San Diego Comic Con.

Sin dudarlo un momento se sumó al grupo como el noveno integrante.

≪Ya somos nueve –pensó Lucy–. Tenemos que ser nueve, como las vidas del gato. Así es como debe ser≫.


Y allí estaban, los nueve, justo frente a la entrada del cementerio. Las puertas del enrejado estaban aseguradas con llave, pero no significó un gran obstáculo para Leni y una de sus horquillas para el pelo.

Mas conforme avanzaban, a lo largo del camino pedregoso, la valentía con la que se habían armado para ir hasta ese lugar fue abandonando sus cuerpos de a poco con cada paso que daban.

El p-p-pas-s-sillo ha-hay q-que c-c-cruz-zar… –recitó Lori padeciendo de esos horribles escalofríos otra vez–, a las ni-ni… Ni-niñas esq-q-quiv-v-var…, si a-al ba-baño qui-quiero lle-llegar…

–Aquí es –dijo Luna poniéndose a la cabeza cuando estuvieron ante la vieja casa–. ¿Alguien quiere quedarse a vigilar?

Por reflejo Clyde y el resto de las hermanas Loud levantaron la mano.

–¡Ay por favor! –protestó su líder a lo que todos bajaron su mano avergonzados.

–¿Est-t… Est-t-tán seg-gu-guros de q-querer ent-trar? –preguntó Lori.

Todos la miraron, pálidos y solemnes; pero ninguno se negó.

Lucy sacó su inhalador y se aplicó un buen disparo.

–¿Necesitas hacer eso justo ahora? –la juzgó Lola.

Suspiro… Si.

–P-pero Li-Li…Li-Lisa d-dijo q-que no lo ne-neces-sit-tabas –esclareció Lori.

–Gra-zi-az.

Jadeo… Tal vez… Pero de algún modo me hace sentir mejor.

Lisa negó con la cabeza.

–¿En serio? –dijo Luan–, dame un poco.

Interrogación.

Por debajo del fleco, Lucy la miró sorprendida esperando a que rematara el chiste.

–No es broma –tendió la mano Luan–. En serio, ¿me das un poco?

Su hermana se encogió de hombros, le pasó el inhalador y Luan lo hizo funcionar aspirando profundamente.

–Gracias, lo necesitaba –tosió levemente devolviéndole el aparato.

–¿Puedo yo también? –preguntó Leni.

–¿Y y-yo? –pidió Lori.

Así, una tras otra se pasaron el inhalador de Lucy.

Jadeo… Hey, no se lo acaben.

–¿En zerio? –exigió Lisa una explicación cuando llegó su turno de usarlo.

–¿Estamos juntas en esto o no? –la presionó Luna ofreciéndoselo de manera insistente.

Lisa se lo arrebató, aspiró del medicamento y se lo regresó a su dueña.

–Huele a azido de acumulador.

Suspiro… Eres tu quien lo recarga.

–¿Trajiste todo sis? –preguntó Luna regresándose a ver a Lana.

La chiquilla hurgó bajo el bolsillo de su overol con un gesto afirmativo, y le entregó el tirachinas a Luan junto con una cajita de lata para pastillas de menta.

Luan entregó su mazo a Lori, debido a que este era demasiado pesado y necesitaba manejar el arma y las municiones con mayor libertad. A su vez Lori le cedió su palo de golf a Lola, quien no llevaba nada con que defenderse, y Luna le dio el par de baquetas afiladas.

La comediante destapó la cajita, mostrando siete esferas diminutas hechas con la plata fundida de las monedas. Con otro gesto afirmativo, los demás felicitaron en silencio a Lana por su excelente trabajo.

Luan, aterrada por cargar con semejante responsabilidad, guardó tres municiones en el bolsillo de su falda a cuadros, cargó la onda de goma del Bullseye con otra y dio a guardar las restantes a Lana en caso de emergencia.

Luna se ató el amplificador portátil y la guitarra eléctrica a su espalda, se armó con cada uno de sus platillos en cada mano, y se encaminó primero hacia la puerta.

–Andando… –ordenó, con voz no tan firme–. Antes de que me arrepienta.

Leni se le adelantó a asirle la manija, pero algo saltó en su mecanismo y la puerta se abrió por si sola con un chirrido sordo.

Eso nos está invitando a pasar≫, pensó Lola apegándose a su gemela.

Entraron: Luna, Lori, Leni, Lola y Lana, Lucy, Luan, Lisa y Clyde en ese orden.

A sus espaldas algo pareció barrer en el aire, y la puerta se cerró tras ellos de golpe con un ruido ahogado.

Todos miraron atrás, pero no había nada. Mas eso no los disuadió de creer que algo había pasado por allí.

El interior estaba en penumbras, casi a oscuras, iluminado únicamente por los tenues rayos de luna que se filtraban por los vidrios sucios de las ventanas.

Leni encendió una de las linternas, y Lisa –mejor aun– contribuyó dándole una de sus galletas luminiscentes.

–Todos, acérquense a Leni –ordenó Luna.

–Tengo máz de eztaz… –avisó la niña acatando su orden–, eh… En cazo de que quieraz que noz zeparemoz para…

–¡No, Lisa! –la interrumpió Lucy con voz quejumbrosa y asustada–. En las películas de terror los personajes siempre se separan cuando una situación es apremiante y por eso es que siempre los terminan matando.

–Si genio –le recriminó Luan con severo sarcasmo–. Esa, sería una decisión muy estúpida. Mejor déjaselo a los profesionales.

–Cállate Luan –la regañó Leni.

Mas humildemente, Lisa asintió con la cabeza excusándose de su error.

Leni apuntó su luz al otro extremo del corredor, en donde se suponía debía estar la entrada al sótano; pero en su lugar había un gran hoyo junto al rastro de destrucción que quedó tras el encuentro de Clyde con el pájaro gigante.

–¿Por aquí Clyde? –preguntó Luna al chico.

Pero no hubo respuesta inmediata de el.

–¡Clyde!

–¡¿Eh?!, si, es por ahí –contestó rompiendo la parálisis que lo había asaltado.

–Vamos –mandó Luna a que la siguieran a bajar al sótano–. Ustedes pónganse detrás de mi y no se separen.

–¡Chst!, ¿Oyeron eso? –se detuvo Lana a mirar en derredor.

–¿Qué cosa? –preguntó Clyde.

Lana pegó una oreja al suelo. Los demás guardaron silencio y aguzaron el oído.

En algún lugar de la casa, se empezó a reproducir una pieza circense a todo volumen, tomando por sorpresa a cada uno de los integrantes del grupo.

Leni soltó la linterna y se agachó para recogerla otra vez, las gemelas y Lisa dieron un brinco, Luan apretó el mango de la resortera y malabareó el balín en el aire por poco perdiéndolo, y a Lucy se le aceleró la respiración.

Mediante lenguaje de señas, Luna ordenó a todos que conservaran la calma y siguieran la música hasta el sitio de donde provenía.

En el circo no hay tristeza, los niños vienen hasta aquí

para ver a los payasos y un mundo de ilusión sin fin.

Pero saben que la tortuga no puede ver a los chicos sonreír.

Todos quieren flotar ahora, y estar llamando a Pennywise.

Ven al circo a cantar, ven al circo a soñar, ven acá para ser feliz.

Los leones verás, y no te asustará el trapecio y el balancín.

Si Maturin está intentando que el circo se destruya para fin,

no te olvides de pedir un globo y llama pronto a Pennywise.

¡JA, JA!

Siguieron por el vestíbulo a la izquierda, pasando junto al ventanal por donde la monstruosa ave se había estrechado para salir la otra vez. Por allí entró un ventarrón helado.

En el salón contiguo colgaban grandes redes de telaraña y se entremezclaban los olores a yeso podrido y orina rancia.

–¡PUAJ!... ¡Tos, tos, esputo!... –carraspeó Lucy por el olor potente y mareante del aire contaminado de polvo y suciedad–. ¿Qué es esta porquería?

–No respires por la boca –le palmeó la espalda Luan.

–¿Por qué?

–Te lo estás comiendo.

Arcada… ¡Que asco! –se desflemó Lucy volviendo a aspirar de su inhalador.

–Ahí –susurró Clyde señalando a un ropero.

Las chicas se prepararon. Leni alumbró el mueble y Lisa y Lucy se pusieron detrás de ella; Lana empuño su llave inglesa, Lori el mazo y Lola el palo de golf.

Clyde se acercó al ropero y Luan levantó el tirachinas.

Luna hizo cuenta regresiva con una mano, llegó a uno, el chico abrió las puertas del ropero, Luan tensó la onda y…

–¡No!

Adentró, había solo un anticuado gramófono con un disco de vinilo puesto dando vueltas y la aguja picoteando en su superficie.

La música empezó a sonar rayada, e inesperadamente el tocadiscos echó humo y se fundió.

Luan, pálida y aterrada, se volvió a ver a su hermana mayor inmediata. Luego hizo un gesto de asentimiento y aflojó su agarre sin haber disparado.

–Ten cuidado Chica –dijo Luna–. Eso quería hacerte desperdiciar una de nuestras pocas municiones.

–Oigan, miren.

Con una mano, Leni alumbró un poster con el encabezado de DESAPARECIDA que vio en el fondo del ropero. Era de los mismos posters que la policía había echo circular por toda Royal Woods. Con la otra, se aventuró a despegarlo.

Los otros se asomaron por detrás de ella a mirar boquiabiertos.

–¡Es mi foto!

Lola dio un salto y se lo arrebató de golpe.

–¡Es mi cara la que está aquí! –aulló con voz aguda y herida–. ¡Si, me veo muy hermosa; pero es mi foto, mi cara y mi nombre los que salen aquí y dice que desapareceré! ¡¿No lo ven?! ¡Significa que yo soy la siguiente! ¡ESTA FUE UNA PÉSIMA IDEA!, ¡TENEMOS QUE SALIR DE AQUÍ!

Lola tiró la hoja y echó a correr desesperada, sin darse cuenta de que salió en una dirección diferente a por donde habían venido.

Llegó, jadeando y sin aliento, jurando que acababa de correr varios kilómetros, hasta una cocina mugrienta con hedor a alcohol y cigarrillos. En los rincones se amontonaban botellas de vino vacías y había una mesa y una sola silla de respaldo recto en el centro del linóleo regular. De la puerta del refrigerador colgaba un almanaque mojado y henchido con fotografías de Mick Swagger de adolescente en lo que parecía ser una variedad de sugestivas posiciones sexuales.

Un abrumador vértigo la atacó, haciéndola sentir que los cimientos bajo sus pies cederían y caería a un abismo. A su alrededor, tubo la sensación de que las paredes se cerraban.

Un rayo azul violáceo restalló afuera, esclareciendo la habitación, por al menos tres segundos.

En el lado externo de la puerta de la despensa, en letras de sangre reseca, se leían estas palabras:

¡MORIRAN SI INTENTAN DETENERME!

–¡Lola! –la alcanzó primero Luna en el umbral.

Los demás llegaron casi inmediatamente después y la rodearon.

Lola, sin dejar de gritar, le devolvió la mirada.

–¡Lola! –se agachó Luna a zarandearla–. ¡Lola!, ¡tranquilízate!, ¡lo que Eso está es jugando con nuestras mentes!, ¡el cartel, la música, nada de esto es real!

–¡Si que lo es! –gritó llevándose las manos a ambos lados de la cabeza–. ¡Si que es real y tu lo sabes!, ¡por dios, me estoy volviendo loca, esto es una locura, una locura!

¡PLAF!

–¡Vamos! –la obligó a reaccionar Luna de una bofetada–. ¡La Lola Loud que yo conozco no debería tener miedo! ¡La Lola que yo conozco debería estar muy, pero que muy enojada ahora! ¡¿Vas a dejar que Eso se salga con la suya después de lo que hizo sin saber que pasa cuando se hace enojar a Lola Loud?!

–¡No!, ¡Por supuesto que no! –rugió ella echándose a llorar de rabia.

El resto la reconfortaron, refundiéndola en un cálido abrazo grupal.

–No vamos a dejar que nada te pase –la consoló Leni.

–Estamos aquí contigo –agregó Luan.

≪Así se hace Luna≫, pensó Lori experimentando una sensación de maravilloso alivio.

Lana paró oreja.

–Ahí está otra vez –dijo yendo a apoyar una mano en la pared.

Por entre los muros sintió un leve, pero constante estremecimiento que iba y venía, subía y bajaba.

–Está aquí –advirtió retirando la mano, como si acabase de ponerla en una estufa encendida–. Aquí adentro.

–Li-t-t-teralemente s-se es-es-t-tá de-desp-p-plazando po-por ad-d-dentro d-de las pa… –apuntó Lori con la frente perlada en sudor y los tendones del cuello salientes–. D-de las pa-pa-pa…

≪Oh, Lori, dilo –dijo Clyde para sus adentros, lleno de miedo y piedad por su amor platónico–, por favor, ¿no puedes decirlo?≫.

–¡PAREDES! –de algún modo si pudo decir. En sus mejillas relucían lagrimas.

Luna la miró. Luego miró a los otros.

–Regresemos.


Regresaron al punto de partida, con Luna yendo a la cabeza y Lori cuidándoles la retaguardia.

¿Hola?... –se oyó gemir a una vocecita en el aire–. Ayúdenme… Por favor…

Luna condujo al grupo hacia las escaleras y Leni se puso al frente junto con ella para ayudar a alumbrar el camino. Ante el primer escalón, la segunda y la tercera mayor se detuvieron para mirar abajo.

Leni enfocó con la linterna aquel objeto y todos miraron, sin decir palabra alguna al ver que era un guante de payaso sucio de polvo.

–Arriba.

Subieron por las escaleras, que parecían infinitas. De las paredes colgaban tétricos cuadros con retratos post mortem, es decir de gente muerta a la que en la antigüedad vestían con sus ropas personales e inmortalizaban en un ultimo retrato junto con sus amigos o parientes o en solitario.

–No me explico como a Lincoln y a ti se les ocurrió venir a meterse en un sitio como este –le susurró una muy temerosa Lola a Clyde.

–¿Por dónde? –preguntó Luna a Lana cuando llegaron al segundo piso.

La pequeña tocó el suelo con la palma de la mano y escuchó atentamente en su entorno.

–A la derecha –dijo, y doblaron a la derecha.

Caminaron, a lo largo de un oscuro pasillo que –como la escalera– parecía alargarse cada vez más, en fila de dos en dos. Primero Luna y Leni, después Lana y Clyde, después Lisa y Lucy, después Luan y Lola; y por ultimo Lori.

A medio camino, la más mayor se detuvo en seco y se giró a ver al creer oír a alguien pasar corriendo tras ella.

Los demás siguieron adelante.

Lori buscó en su bolsillo y sacó una linterna para la cabeza (la que usaba Lincoln para ayudar a Lucy a pintarse las uñas). Se la calzó adecuadamente y le picó al botón de encendido.

La luz apuntó directo al extremo opuesto de ese pasillo, el izquierdo, y a varios metros de distancia fue que lo vio, sobresaliendo de entre la penumbra.

–Lincoln –musitó, únicamente moviendo los labios sin emitir algún sonido.

El peliblanco la vio asustado y retrocedió a fundirse en la oscuridad.

–Lo arruiné Lori, no te enojes –oyó que se disculpaba como si si hubiese hecho algo malo.

–Yo no-no est-toy enoj-jada contigo –repuso ella pacíficamente con voz sofocada.

–¿Y Paige?

–T-tampoco.

Cual sonámbula, Lori echó a caminar en la dirección incorrecta.


Mientras tanto, el resto de sus hermanas y Clyde escucharon unos gemidos de agonía haciendo eco en el pasillo, cuyo espacio a su alrededor se distorsionaba en irregulares ondulaciones parecidas a las que uno ve reflejarse en un espejo de feria.

–Esto me está mareando –se aquejó Lola–. Lori, ¿podrías darme la mano?... ¿Lori?

La niña volteó a ver a su hermana, solo para verla alejarse del grupo, como acordaron que NO debía hacerse.

¡Lori!, trató de llamarla a gritos, pero no pudo. Se había quedado afónica del miedo.

Intentó entonces llamar a los demás, que también se alejaban por el otro lado, mas pasó exactamente lo mismo.

Volvió a ver a Lori, con preocupación, ingresar en una de las habitaciones de ese lado que eran dos; una doblando a la derecha y otra siguiendo de frente. En esa ultima fue donde la vio entrar.

De repente, cuando creyó que la cosa no podía empeorar, se llevó un susto de muerte al sentir una mano tocándole el hombro.

–¡Lola!

Por fortuna, vio que era solo una de sus hermanas mayores que había regresado a buscarla.

–Luan…, no me asustes así…, rompes mi pobre corazón… –jadeó recuperando la voz poquito a poco–. ¿Quién te crees, Lucy?

–Te estás quedando atrás.

–Lori también –explicó Lola, apuntando con su dedo al cuarto en el que entró Lori.

Luan vio la luz de su cabeza desplazándose ahí, por entre un conjunto de muebles ocultos bajo sabanas.

≪¿Pero que cree que está haciendo esa descerebrada?≫.

–Vayamos por ella rápido –dijo tomándola de la mano–. Mantente conmigo todo el tiempo.

–Si.


De vuelta en el otro extremo, Luna se detuvo a una distancia prudencial de la meta. Su grupo la imitó y Leni dio alumbrando a alguien que yacía tendido en el suelo, asomándose por un lado de la puerta abierta del lúgubre cuarto.

–¿Sasha? –exclamó Lucy con su vocecita aguda.

La indefensa pequeñita tosió y levantó la cabeza con dificultad. Tenía el pelo alborotado y le faltaba uno de sus botones de flor.

–Pobrecita –dijo Leni queriendo ir en su ayuda.

Pero justo entonces, antes de que pudiera hacerlo, algo haló a Sasha por detrás haciéndola pegar un grito.

Clyde y las chicas se estremecieron con sobresalto. Lucy tanto, que se tuvo que dar la vuelta para aspirar de su inhalador. Ahí se dio cuenta de que faltaban Lori, Luan y Lola.

–Chicos… –quiso avisarles, pero nadie la escuchó debido a que habían reemprendido la marcha.

A su izquierda Luan y Lola entraron al cuarto de los muebles con sabanas encima.

–Chicos...

–¿Lori? –la llamó la cuarta hermana con Lola aferrándose a su brazo–. ¿Dónde estás?... No estamos jugando a escondidas torpe.

A su derecha el resto ingresó a donde habían visto a Sasha, que no era otro lugar que el cuarto de baño.

–Estaba aquí –apuntó Clyde al entrar después de Lana. En un lado había el desagüe de un retrete reventado y en otro un colchón manchado (el mismo que había visto en el vestíbulo de abajo la primera vez. Imaginó que alguno de los mentados indigentes o adictos lo movió de donde estaba); pero de la otra chiquilla ni el polvo se vio–. ¿A dónde se fue?

Lucy se había quedado sola en medio del pasillo.

Suspiro… ¡Luna!... Jadeo… ¡Luan!... Jadeo… ¡Lori!... Jadeo… ¡Clyde!...

Hubo una sacudida, y todas las puertas de arriba se cerraron simultáneamente, quedando Lucy únicamente afuera.

–¡Jadeo!

–¡Lucy!

Al fondo a la derecha del lado izquierdo, Lori volvió en si al quedarse encerrada por estar buscando a la aparición de Lincoln.

–¡Lucy! –Luan y Lola fueron a tirar, inútilmente, del pomo en la otra habitación–. ¡Abre la puerta!

–¡No abre! –vociferó Lisa en el baño.

De pronto se oyó un bombeó de maquinaria, retumbando en un constante palpitar.

≪Ahí viene≫, pensó Lana mirando al desagüe, al tiempo que a Leni se le pasaba el efecto de la galleta luminiscente.

Entretanto, Lori se ensalivó las manos, empuñó el mazo y lo levantó disponiéndose a romper la puerta a martillazos para escapar de su encierro.

En el pasillo, Lucy se apresuró a encender un cerillo de una caja que había llevado con ella, al momento en el que el entablado del suelo crujía y un enorme agujero –con vista a la cocina en el primer piso– se abría a sus pies.

–¡Grito!... ¡¿Qué es esto?! –chilló la gótica alejándose del borde.

Hora de tu medicina Lucy –le susurró una voz familiar al oído, acompañada por el graznido de un cuervo y el soplar de un tubo de órgano.

Con la piel helada y la boca seca, Lucy miró por encima de su hombro…, para ver de nuevo a su querido hermano... Vestido igualito a los malvivientes que dormían en esa casa o se reunían a conversar. Encima llevaba puesto un abrigo harapiento (con una manga hueca colgando), un gorro de lana en la cabeza, roídos pantalones de franela y un solo calcetín lleno de agujeros.

Pero eso era lo de menos comparado a que, para ella, apareció convertido en una infección caminante con las alas de la nariz carcomidas y putrefactas. Mejillas sin afeitar (aunque era todavía muy joven para que le creciera la barba), piel resquebrajada, ampollas en los labios, hedor a carne rancia, caca y pus. El otro pie iba descalzo, tenía las uñas negras y sucias y de entre sus dedos empezaban a brotar champiñones. Era como si en todo ese tiempo el en realidad hubiese estado viviendo ahí abajo, en las aguas grises de las cloacas, metido en millones de litros de orina y mierda de Royal Woods.

Infección por estafilococo, difteria, había mucho para escoger en un solo cuerpo contaminado con cosas mil veces peores a las dolencias que Lucy de pequeña había padecido y superado –y vuelto a temer recientemente– por su delicada condición.

Lincoln se inclinó ante ella y alargó su única mano, a la que le faltaba el meñique y el índice (y en el anular no tenía ni carne ni piel, solo el puro hueso), para darle un amistoso golpe en el brazo y acariciarle el cabello.

–No olvides que tu hermano mayor te cubre la espalda –sonrió, esbozando una sonrisa de dientes cafés y torcidos cuales lápices mordisqueados.

Lucy percibió su fétido aliento a excusado y vio que por ambas comisuras de sus labios chorreaba algo negro y pegajoso.

Con su cara a muy pocos centímetros de la suya, como si le fuera a dar un besito en la nariz, tranquilamente Lincoln pronunció una sola silaba:

–Bu.

Suuspiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiroooooooooooooooooooooooooooooo

Como su piel ya estaba pálida, Lucy se puso amarilla, giró 360 grados sobre uno de sus tobillos, cruzó los brazos sobre su pecho y se dejó caer rígida y de espaldas por el agujero aterrizando bruscamente en la mesa de la cocina cuyas patas se rompieron y la superficie se partió en dos.

–¡¿Qué fue eso?! –gimió Lola en lo que Luan trataba de forcejear la puerta.

Aquel estremecimiento llegó a ese lugar, en donde las sabanas se deslizaron por arriba de los bultos. Una destapó la única ventana, para que pudieran entrar los rayos de luna en el instante en que se develaba algo que convertiría esos escasos metros cuadrados en el propio averno en la tierra para la pobre y desdichada Lola Loud.

–Oh, Rayos –dijo Luan cuando se regresó a ver que era lo que había ahí.

Muñecos, todo lo que había en esa habitación era una espantosa colección de feos muñecos. Que en su mayoría tuvieran diseños de payasos de principios del siglo veinte le tenía sin cuidado a Lola. Lo que realmente le aterraba a ella era estar rodeada por muñecos fantoches. Y es que pocos como Luan sabían, que de hecho Lola ya había tenido malas experiencias con el Sr. Cocos, la Sra. Flor de Manzano de Benny, y como no olvidar a Lady Rosa… Con Rossie, la de Lucy. Experiencias que la habían hecho preferir a los peluches y a lo mucho a las Barbies.

–¿Por qué tenían que ser muñecos? –gimoteó la princesita con desgracia.

Había monos de ventrílocuo sentados en sillas y en hilera a lo largo de un gran sofá, marionetas con hilos que colgaban del techo con la cabeza inclinada y sus esféricos y brillantes ojos saltones viéndolas desde arriba fijamente, monigotes en tamaño familiar que permanecían erguidos de pie con la cabeza caída. En una mecedora descansaba un pinocho con traje de marinerito, meciéndose de adelante para atrás. Los había de plástico, de madera, de porcelana, rellenos de algodón o sencillamente vacíos. En todas las variedades y tamaños. Algunos con la cabeza desproporcionadamente grande o pequeña, otros con manazas o bocas anchas, en fin.

De pronto, algo saltó detrás del sofá en el que se alineaban los monos de ventrílocuo y Lola y Luan gritaron a todo pulmón. La primera se puso detrás de la más grande, quien rápidamente cargó la honda, tensó el resorte y efectuó un disparo.

La bolita plateada voló en línea recta, e impactó directo a aquello como en un juego de tiro al blanco de Lactoland.

Las dos fueron bajando la voz hasta callar y ver que eso a lo que le había dado Luan: era otro muñeco de ventrílocuo que se había quedado estático por el golpe. Solo que…

–¿Coronel galletas?, ¿qué haces aquí? Creí que te habíamos tirado a la basura.

Luan extendió la mano para tantear la cabeza de madera del monigote más cercano.

–Estúpidos payasos –dijo al oír solo un sonido hueco ahí, y se encaminó hacia donde estaba su antiguo muñeco.

Lola la siguió, pegándose a ella lo más que pudo.

Ninguna vio a los monigotes seguirlas con la mirada.

Luan alargó su mano temblante hacia el Coronel Galletas…, cuando entonces este sacudió la cabeza frenéticamente y un borbotón de sangre brotó de su ojo agujereado por donde se le había atravesado el balín seguido por un enjambre de termitas que salieron a caminar sobre su superficie.

Ambas retrocedieron de vuelta a la entrada. El resto de los monigotes levantaron la cabeza.

El Coronel Galletas dejó de sacudirse y parpadeó. Ahí entonces, Luan notó la silueta de alguien oculto en la penumbra que tenía su mano metida en la espalda del muñeco. Lola lo que notó fue que el chirrido de la silla del pinocho había cesado, mas esta no había dejado de mecerse.

Quien quiera que fuera que estuviera ahí, arrastró al Coronel hasta un extremo del sofá y lo levantó hasta que su cabeza estuvo a la misma altura de su cara.

Cuidado con los ojos de Mary Shaw –lo hizo hablar moviendo su mecanismo; usando una voz no tan falsa, más bien idéntica a la de David, el amiguito de la guardería de Lisa, de quien Luan apenas supo que le habían arrancado la lengua–. No tenía hijos, solo muñecos; y si en tus sueños la vez, no debes gritar, nunca, gritar…

El horrido acto de ventriloquía no acabó ahí. Terminado de recitar este poema, Luan y Lola se apegaron entre ellas aun más a observar con pavor como la quijada de madera del muñeco descendía lentamente y del agujero de su boca salía serpenteando una carnosa lengua hecha con montones de lenguas humanas mutiladas cocidas entre si.

Por unos escasos segundos, un relámpago blanco rugió afuera silenciosamente. El Coronel Galletas retrajo la lengua bien rápido y cerró su boca de golpe. El misterioso ventrílocuo lo arrojó contra una esquina y salió de entre las sombras para manifestarse ante las dos hermanas.

Quien manejaba al muñeco… Era otro muñeco fabricado con el cadáver humano de una anciana de largo vestido negro. Tan negro como la penumbra de donde emergió. Su piel estaba bastante demacrada y grotescamente deteriorada; sus ojos eran saltones y grandes, ya que claramente se los habían removido y remplazado con unos falsos que le daban una apariencia muy malvada. Pero su característica física más aterradora, era que su mandíbula inferior estaba completamente dislocada y vuelta a coser haciéndola ver como los otros títeres.

Ahora –habló la mujer, con la voz de Lincoln–, ¿quién es la marioneta?

Por instinto Luan se tapó la boca con una mano y le cubrió la suya a Lola con la otra para que ninguna de las dos gritase ahí mismo.

–¡Retrocedan!

En ese momento, Lori llegó a romper las bisagras a mazazos para derribar la puerta y liberarlas.

Lola salió a abrazarse a ella, mientras que Luan observó que el fantasma de la ventrílocua se había esfumado en el aire.

–¡S-salg-gamos de aquí!

Las tres corrieron hacia el otro extremo del pasillo, pasando junto al agujero en el piso por el que había caído Lucy. Ahí Lori se detuvo y se agachó para enfocarla con su linterna, y la vio desmayada encima de la mesa desbaratada de la cocina.

–¡A-g-guanta a-ahí L-Lucy… E-en un mo-moment-to v-vamos p-por ti!

En el baño, Luna alumbró el lugar al tomar una de las galletas de Lisa, al mismo tiempo que Lana buscaba entre las herramientas de su cinturón algo con que forzar la cerradura.

A su izquierda y a su derecha aparecieron otras dos puertas que no habían visto antes cuando entraron ahí.

Así como en la de la despensa, cada una de las tres tenía un mensaje diferente escrito con letras ensangrentadas que chorreaban de abajo para arriba tomando el ominoso aspecto de anuncios de películas de terror.

La primera rezaba:

NO DA MIEDO

La del centro, que daba al corredor:

DA MIEDO

Y la ultima:

¡DA MUCHO MIEDO!

Entonces el colchón empezó a inflarse y a desinflarse rítmicamente, se desgarró por el medio y dejó escapar un espeso liquido pardo que manchó el relleno y corrió por el suelo en largos cordones.

Luna, Leni, Lana, Lisa y Clyde se miraron mutuamente y optaron por abrir la puerta con la leyenda de NO DA MIEDO.

Craso error, ya que al abrirla encontraron de nueva cuenta a Sasha, colgada de manos en el interior de un closet vacío. Además de unas prominentes e irregulares marcas de desgarro en su cintura, de ahí para abajo no había nada más.

–¿Alguien ha visto mi zapato? –preguntó la niñita partida a la mitad.

Todos ahí gritaron aterrorizados y en el acto Leni volvió a cerrar la puerta.

–¡¿Dónde están sus piernas?! –gritó Lana.

–¡Zanta madre!, ¡¿que ez ezo?! –aulló Lisa señalando al humeante liquido que se estaba difundiendo por todo el piso del baño.

–¡Esto no es real! –trató de calmar Luna al resto del grupo–, ¡como el cartel de niño perdido! ¡Eso no era real, esto no es real!

Lana miró a la tubería. El palpitar del estremecimiento venía velozmente en ascenso. En cualquier momento Eso saldría por allí y adoptaría una forma sacada de sus mentes.

Mas luego el bombeo, contra toda predicción, fue en descenso.

En la puerta de DA MIEDO, se oyó un martilleo contundente del otro lado, y Lori la derribó con el gran mazo terminando de liberar a los que faltaban.

–Oh, gracias Dios –dijo Clyde exhalando un suspiro de alivio.

–¡Eeeeehh!

En el momento en que todos salieron al pasillo, Leni soltó un agudo chillido cuando todo el interior de la casa se iluminó de un fuerte tono carmesí y una voz grave y profunda se hizo escuchar rebotando en cada rincón.

–Van a morir…, despacio. Su estomago se hinchará, sus intestinos se retorcerán, y hervirán. Los ojos se les saldrán…, y alguna fea materia, tal vez su cerebro, les saldrá por la nariz...

Abajo en la cocina, Lucy se despertó con un punzante dolor en el flanco derecho.

Gemido… Rayos –sollozó por la fractura que se había hecho en el antebrazo.

Ahí, se oyó el traqueteo, del que Lana había dicho oír retumbar adentro de los muros, acercarse a donde ella estaba.

Lucy levantó la cabeza y se descubrió el fleco con la mano sana, para ver moverse a la pared que tenía ante sus ojos.

–¡Exclamación!

¡AUXILIO!, ¡AUXILIO!, la oyeron gritar sus hermanas y Clyde en la planta alta.

¡Morirán!... –retumbó aquella voz gruesa y salvaje. La voz de Eso.

Todos salieron corriendo en estampida hacia las escaleras, bajaron al vestíbulo y se re dirigieron a toda prisa a la cocina para acudir en ayuda de Lucy, con la iluminación roja empezando a titiritar en torno a ellos como si estuvieran en la pista de baile de una discoteca.

¡Morirán!...

En el camino las caras de los retratos post mortem rieron a carcajadas. Abajo, la imagen de cuerpo completo en el cuadro de una gran pintura del conserje Jim les sacó la lengua y en otra unos gemelos les chiflaron mostrándoles el dedo medio.

¡Morirán!...

Las primeras en llegar fueron Lori, Luna y Lisa; a tiempo para ver a Eso entrando en escena. Lucy retrocedió alarmada a rastras impulsándose con ayuda de su brazo bueno.

¡Morirán!...

–¡Suspiro!, ¡jadeo!, ¡jadeo!, ¡suspiro!, ¡jadeo!

¡Morirán!...

≪Salió de la pared≫, recordaría Lisa veintisiete años en el futuro poco antes de quitarse la vida. Recordaría que Eso salió de la pared, como emergiendo de una gran piscina de malvavisco derretido.

–¡¿Esto no es real para ti amiga?! –le habló el joven Mick Swagger del almanaque a Luna sacudiendo lascivamente su entrepierna–. ¡¿No soy real para ti?!

–Oh, rayoz –musitó Lisa.

–Fue bastante real… Para Lincoln.

Mick soltó una espantosa risotada. El resto llegó para ver salir a Eso con la cabeza por delante, como si la pared misma lo estuviese pariendo.

En un periquete estuvo erguido en medio de la cocina, en forma de una criatura humanoide alta y muy delgada con extremidades alongadas y una piel pegajosa llena de fluidos. Sus brazos y sus patas terminaban en garras muy afiladas y largas, y también contaba con piernas digitígradas como las de algunos animales.

–A... ¡Ahí esta! –balbuceó Lana–. A… ¡A matarlo!

El monstruo se giró –aparentemente a verlos ya que no contaba con una cara real– y abrió su cabeza cual grotesca flor en primavera para lanzar un rugido aturdidor. Cada uno de sus carnosos pétalos estaban llenos de afilados dientes y en medio de estos poseía una gran boca.

–¡Es el demogorgon chicas! –exclamó Clyde con el rostro convertido en un garabato de terror–. ¡El demogorgon!, ¡el demogorgon de Stranger Things!

–¡Dispara Luan! –aulló Luna.

El demogorgon avanzó hostilmente hacia ellos, raspando las baldosas del suelo con sus grandes patas de reptil.

–¡Dispara ya!

Los demás retrocedieron y se dispersaron por toda la sala; entre ellos Luan que cargó otro proyectil, tensó la onda y disparó.

El demogorgon esquivó la bala inclinándose a su izquierda, rugió enojado y lanzó un zarpazo contra Luna que reculó tambaleándose.

–¡Dispara otra vez! –exigió a su hermana.

Luan disparó de nuevo y volvió a errar por un pelo de rana calva.

–¡No funciona! –gritó con desesperación.

–¡Mátalo!, ¡mátalo! –insistieron las gemelas–. ¡Fuego!, ¡fuego!

–¡Mátalo Luan! –suplicó Clyde gritando a voz en cuello.

–¡Tu puedes! –la alentó Lori.

Luan buscó a ciegas en su bolsillo el ultimo balín de plata. Constantemente su mano se cerraba alrededor de la bolita pero esta se escurría por el lubricar de la transpiración de entre sus dedos.

≪¡Rayos, rayos!≫.

El demogorgon arrinconó en una esquina a Luna, a sabiendas de que ella era la jefa y de que indudablemente la tenía tan amedrentada que ya se la podía imaginar entre dos panes con algo de kétchup y aros de cebolla a un lado.

–¡¿Qué hacemos Lori?! –preguntó Lola aterrada.

–¡N-n-no s-s-sé!

–¡La va a matar! –chilló Lana.

Milagrosamente, cuando el demogorgon estaba por descargar su garra sobre ella, Luna pudo recobrar la calma al acordarse de que:

≪No importa que tan malo esté todo. No olvides que la vida es mejor cantando≫.

Ya bebita, sin llorar. A jugar y a retozar. Muy contentas tu y yo. Ríe, ríe, ríe.

Sorpresivamente, ante las miradas de asombro de todos, el demogorgon dio un paso hacia atrás y le volvió a rugir con enfado.

–¡Canten conmigo! –ordenó.

–¡Pero no me la sé! –dijo Clyde.

–¡No importa, solo tararea! ¡Todos juntos! Ya bebita, sin llorar. A jugar y a retozar. Muy contentas tu y yo. Ríe, ríe, ríe.

El demogorgon empezó a alejarse. Los demás al ver eso, obedecieron a Luna y entre todos sincronizaron sus voces para hacerle el acompañamiento.

Ya bebita, sin llorar… –comenzó Luan.

A ju-jugar y a ret-tozar… –siguió Lori.

Muy contentas tu y yo... –canturrearon Lana y Lola.

Ríe, ríe, ríe… –acabaron Leni y Lisa.

Ya bebita, sin llorar –corearon todos los ahí presentes–. A jugar y a retozar. Muy contentas tu y yo. Ríe, ríe, ríe. Ya bebita, sin llorar. A jugar y a retozar. Muy contentas tu y yo. Ríe, ríe, ríe…

El demogorgon se agachó a cubrirse la cabeza, de algún modo sintiéndose indefenso.

¿Esa cosa tiene oídos?, llegaron a preguntarse Lisa y Luan al ver que se llevaba las manos a ambos lados de la cabeza.

≪¡Funciona! –clamó Luna victoriosa para sus adentros–, ¡ni siquiera Eso puede con la canción más irritante del mundo!≫.

–¡Más fuerte!

¡Ya bebita, sin llorar. A jugar y a retozar. Muy contentas tu y yo. Ríe, ríe, ríe!

Ahí, Leni gritó como Lucy Lawless en Xena la Princesa Guerrera y, aprovechando a que había bajado la guardia, embistió al monstruo para hundir el par de filosas tijeras en uno de sus flancos abdominales. Mas este enfurecido, contraatacó lanzando una de sus poderosas zarpas contra su persona.

Lori la apartó con las justas de un tirón. Más tarde Leni agradecería a que sus abultados senos ayudaron a amortiguar el golpe. De otra manera, estaría segura de haberse abierto en canal.

Por fin Luan dio con el ultimo balín, lo sacó despatarrando unos ochenta y cinco centavos y lo cargó en la onda.

≪Imagina que es un hombre lobo –se dijo a si misma para concentrarse en no fallar–, imagina que es un hombre lobo…≫.

El demogorgon se volvió a aparentemente estudiarla con su supuesta mirada, y con una elegante reverencia se retiró del lugar.

–¡No dejen que huya! –ordenó Luna saliendo en su persecución.

–¡Luna regresa! –salió a seguirla Leni.

–¡Leni, tus heridas! –igual hizo Luan.

La casa volvió a quedar a oscuras, únicamente iluminada con las luces de la linterna manos libres de Lori y la de mano que Leni había dejado caer al piso.

Lisa la recogió y corrió de vuelta a la cocina junto a Lori, las gemelas y Clyde para socorrer a Lucy.

–¡Jadeo, Jadeo, gemido, gemido, aullido, gemido!

–¡Luzy, tranquila! –se aproximó a atenderla–. ¡Ez… Ez zolo una fractura muy delgada! ¡Voy… Voy a poner tu brazo en zu lugar!, ¿zi?

–¡Exclamación!, ¡¿qué?! ¡Jadeo!... ¡No, Lisa!, ¡no quiero que me toques!, ¡no!

–¿Lizta? Uno, doz…

¡Crac!

–¡Aaaaaaaaaaalaaaariiiiiidoooooo...!

–¡Vayamos por las demás! –vociferó Lola.


Luna siguió a Eso hasta el corredor de la entrada, en donde lo vio escabullirse por el agujero que conducía al sótano.

Sin pensárselo dos veces entró, bajó los escalones y fue directo a asomarse en la boca del pozo seco. Leni y Luan entraron después de ella.

–¡Rayos!, ¡Rayos! –rugió golpeando las piedras con los puños. A sus lados se asomaron las otras dos–. ¡Se escapó!

–Está bien Luna –dijo Leni–. Al menos lo intenta... ¡IUH!, ¡IUH!, ¡IUH!, ¡IUH!...

La rubia consiguió apartar sus manos del borde a tiempo, antes de que un grueso hilo de acido le cayera a quemarle la piel.

Las tres chicas miraron para arriba, ayudándose con el resplandor fluorescente emitido por el cuerpo de Luna.

–¡¿No que se había escapado?! –le reclamó Luan echándose para atrás.

–¡Si, eso creí! –repuso Luna apurándose a recoger sus platillos.

En el techo del sótano, vieron trepado a un hombre con la piel horriblemente estropeada y el cuerpo lleno de horribles mutaciones que antes solo habían visto en el programa sobre cirugías plásticas feas. De su espalda brotaban unos pelos erguidos como los de un insecto, y de su boca salivaba más de esa baba corrosiva. Además de que…

–¡Rayos, está desnudo! –exclamó Leni tapándose los ojos.

Al hombre en el techo se le cayeron el pelo, sus orejas y sus dientes. Su piel se hinchó todavía más, hasta que de la mayor parte de su carne se desprendió un asimétrico y deforme hibrido de insecto y humano.

La Mosca aterrizó ante Leni apoyando sus pies en los bordes del pozo, en el instante preciso que el cuerpo de Luna dejó de brillar.

–¡Viene a terminar el trabajo, alguien arrójeme por la ventana!

Lori y Lisa llegaron a asomarse a la puerta. Clyde, Lucy y las gemelas vinieron tras ellas.

Con la linterna de la cabeza, Lori enfocó a la mosca acechando a Leni, quien a su vez trataba de ahuyentarlo rociándole el repelente para arañas pero sin llegar a darle.

–¡Atrás bicho asqueroso!

La mosca la apresó de la muñeca y la jaloneó hacia ella con intención de vomitarle su acido directamente en el rostro.

–¡NO!, ¡NO!, ¡NO!, ¡IUH!, ¡IUH!, ¡IUH!...

Rápidamente, Lisa desató una botella de acido sulfúrico de su cinturón y lanzó una recta de cuatro costuras directo a la velluda espalda del monstruo insectoide.

La mosca soltó a Leni y dejó escapar un fuerte alarido por las quemaduras que le provocó la sustancia.

La niña genio inteligentemente aprovechó el momento para sacar otra galleta luminiscente y enfocar a Luan con la linterna de mano.

–¡Abre grande! –la alertó efectuando un segundo lanzamiento.

La galleta giró velozmente cual shurinken ninja y fue a dar en la boca de Luan quien apenas pudo masticarla correctamente antes de pasársela.

–¡Anotación! –exclamó Clyde.

Ahora el cuerpo de Luan iluminó la habitación para que todos allí pudieran ver a la mosca antropomórfica en su espantoso esplendor.

–¡En el nombre de Rutherford!, ¡¿qué rayoz ez eza coza?!

–… ¡Es un hombre lobo Lis! –se le ocurrió sencillamente responder a Luna–. ¡Eso es lo que es!, ¡un hombre lobo!

–¡¿Estás bromeando mujer?! –arguyó Luan–. ¡De ninguna manera eso de ahí es un hombre lobo!

La mosca giró en redondo a mirarla fijamente con sus ojos inquietos.

Sin embargo Lori entendió a que se refería Luna. Se trataba de combatir a Eso con sus propias armas.

–¡S-si lo es! –secundó–, ¡un hombre lobo!

–¡Lori tiene razón! –terció Clyde–, ¡es un hombre lobo!

–¡Usa la plata Luan! –jadeó Lucy recargándose en el chico–. ¡Yo sé lo que te digo! ¡Usa la plata para matarlo!

–¡La plata Luan, la plata! –les siguieron el juego las gemelas–, ¡mata al hombre lobo con la plata!

–¡Zi tiene peloz en la ezpalda –declaró Lisa al comprender también de que iba el rollo–, indizcutiblemente ez un licántropo!

–¡Si Lisa y Lucy dicen que es un hombre lobo, entonces es un hombre lobo! –afirmó Leni.

La mosca se acercó a Luan dando grandes zancadas. Sobre la vista de la joven cayó una clara frialdad que más nunca en su vida volvería a experimentar. Ahora todo estaba claramente definido en perfecto relieve.

≪Imagina que es un hombre lobo... ¡No!, ¡es un hombre lobo! ¡Un ridículo hombre lobo de una película de bajo presupuesto!≫.

Y ante ella, apareció. Un hombre lobo adolescente y escuálido, vestido con vaqueros y una sudadera amarilla con las iniciales de Royal Woods grabadas en azul jean.

–Oh, mierda –gruñó Eso.

Luan sostuvo el tirachinas como un exorcista presenta una cruz ante un espíritu chocarrero, y apuntó a su lobuna cabeza esperando acertar en medio de los ojos.

≪Lo tenemos justo donde queríamos≫, sonrió Luna.

≪No debiste meterte con nuestro hermano –pensó Lori–. Adelante Luan, mándalo al infierno≫.

Luan soltó la onda con toda tranquilidad. La bestia se puso en cuclillas y dio un salto eficaz esquivando a la plateada esfera que pasó de largo rozándole los deportivos.

–¡Rayos!

El hombre lobo dio una voltereta en el aire –donde su sudadera se fundió en su pelaje y todo el cambió de forma en algo brillante y plateado–, y se lanzó de cabeza al pozo. En un parpadeo Luan creyó ver como era de verdad y el corazón se le congeló en el pecho.

Con un golpe seco y sordo, la casa pareció asentarse y encogerse hasta volver a su estado normal.


–Ya vi el pozo –dijo Luna–. Sabemos donde encontrarlo y la próxima vez vendremos más preparados.

–¡No Luna! –sentenció Lori bajando los escalones–, ¡n-no hab-b-brá próxima vez! ¡Esto s… S-se ti-tiene que acabar hoy!

Luan volvió en si y le cortó el paso en el ultimo peldaño para confrontarla.

–¡¿Qué estás loca?! ¡Por poco mata a Lucy!, ¡y miren a esta idiota! –señaló a Leni–. ¡Sus ubres chorrean salsa marinara!

–L-Luan...

–¡Digo que hay que enfrentar los hechos, el mundo real! ¡Murió Lincoln, no hagas que nos maten también!

–Luan… –quiso intervenir Luna.

–No pudiste salvarlo –acusó Luan a Lori–, pero te puedes salvar tu.

–¡No!, ¡discúlpate por eso! –ordenó furiosamente Luna–. ¡Estás asustada, igual que todos, pero discúlpate!

–¡No!, entiéndelo, se acabó. Me voy. Me voy de aquí.

Pero en lugar de hacerse a un lado, Lori derribó a Luan con un gancho al hígado, la remató con un derechazo y le pasó por encima.

Leni, Lisa y Lana corrieron a ayudarla a levantarse.

–¿Estás bien?

–¡Están Locas! –chilló Luan–. ¡Todas ustedes están locas y las matará ese maldito payaso!

–Váyanse si quieren –dijo Lori acercándose al pozo–. Iré yo sola si es preciso.

–Lori, no puedes bajar ahí –habló Lana–, es una locura.

–Les dije que no tenían que venir conmigo –regresó a dirigirse a los otros, hablando como la líder que una vez fue–; ¿pero que pasará cuando otro Lincoln desaparezca?, ¿u otro Rocky?, ¿u otra Claire?, ¿o uno de nosotros? ¿Y si la que sigue es Lily? ¿Van a fingir que no pasa nada como todos los demás en Royal Woods?, porque yo no. Cuando vuelvo yo… Solo veo que Lincoln no está ahí. Su ropa, sus juguetes, su estúpido conejo de felpa; pero, el no está. Así que, con o sin su ayuda, voy a bajar a terminar con lo que empezamos, por que entrar a esta casa, para mi, fue más fácil que ir a la mía.

–Guau –dijo Luan habiéndose serenado ya.

–¿Qué? –preguntó Lana.

–Que no tartamudeó.

Clyde, Lola y Lucy bajaron a unírseles. Ninguna de las otras se regresó.

Las chicas y Clyde rodearon el pozo. Con la linterna de mano Lisa alumbró su interior para que todos apreciaran que era tan profundo que no se llegaba a divisar el fondo. A unos cinco metros en descenso, dieron con un agujero en uno de los costados.

–Supongo que tendremos que entrar por allí –dijo Lana.

–¿No hablarás en serio? –protestó Lola–, un paso en falso y estamos muertas.

–Estoy de acuerdo contigo sis –comentó Luna–. Luan, si aun quieres irte llévate a las peque…

–¡NO! –machacaron Lucy, Lisa y las gemelas.

–Me da miedo bajar por ese pozo –reiteró Lola–, pero yo nunca me he dado por vencida.

–El abuelo dice que debes saber cuando decidirte –agregó Lana.

–Dije que iría –le siguió Lisa.

–Si… –rió Luan amargamente–, ¿crees que vamos a dejar que solo ustedes se diviertan?

–Bien. Permíteme Lis.

Luna abrió la mochila militar de Lisa, buscó adentro y sacó unas cuerdas, unos ganchos y un arnés.

–¿Ese no es el equipo de escalar de Lynn? –apuntó Lola.

–Si –asintió Luna empezando a desenredar las cuerdas–. Hagan exactamente lo que les diga y podremos bajar sin ningún problema.

–¿Cuándo aprendiste a escalar? –inquirió Lana enarcando ambas cejas.

–Sam me enseñó –contestó con un dejo de orgullo y/o melancolía.

–El mundo está lleno de sorpresas –comentó Clyde.

–Y de automóviles también –añadió Leni.

–¿Cómo está tu brazo sis? –preguntó Luna a Lucy, dudosa por el cabestrillo que Lisa le había improvisado con una de las patas de la mesa, unas vendas y una pañoleta sucia–, ¿crees poder hacerlo?

–Si no te molesta cargarme en tu espalda para ayudarme a bajar, si… Suspiro… Ahora que llegamos tan lejos no podemos dar marcha atrás.

–De acuerdo –cedió la rockera–, pero mantente lejos del peligro. Bueno, para empezar quítense todas estas ridiculeces de encima. Necesitaremos aligerar la carga lo más que podamos. Así que solo llevaremos las armas. ¿Quién va primero?


Afuera de la casa, Lynn Jr. cruzó la puerta del enrejado.

–Ya vine Linc… –le habló a una lapida cualquiera–. Ah, ¿vas a seguir ignorándome? Muy bien, como quieras apestoso.

Al aproximarse a la construcción, Hank y Hawk salieron de entre unos matorrales para ir a su encuentro.

–Hey LJ –la saludó Hawk–. Recibimos tu mensaje y vini… ¡Ugh! ¡¿Es sangre lo que tienes en la cara?! ¡Uhg!, creo que voy a vomitar.

–Oye no vomites, eso me hará vomitar… ¡Uhg!, ¡Ugh!...

–Muévanse idiotas –sonrió Lynn desenchufando la navaja ante los dos acobardados gigantes–. Mis hermanas ya deben haber entrado. ¿Pero que creen? No volverán a salir.