Capítulo 15: Paseos, Reencuentros y Reunión Familiar
Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.
12/11
La memoria es algo curioso. A las personas les gusta pensar que son lo que eligen recordar; las cosas buenas, los momentos, los lugares, las personas que no olvidamos.
Pero a veces, solo a veces, somos lo que deseamos olvidar. Y pasa que a veces lo que deseamos que se olvide, lo que tratamos de dejar en el pasado, no se queda ahí.
De regreso en aquel cementerio, veintisiete años después de lo acontecido, Lori volvió a ingresar por la puerta del enrejado. Esta vez sola, a plena luz del día.
Avanzó lenta y cautelosamente, sin dejar de mirar de lejos a la misma casa abandonada que seguía ahí, como si esta la hubiese estado esperando.
Igual, con todo y resquemor cruzó del camino de piedra al prado, resuelta a ir atender el asunto pendiente que tenía que atender.
Al llegar, se arrodilló con un pañuelo de tela en mano frente a una lápida que rezaba: Lincoln Loud. 2006-2017, y se dio a la tarea de limpiarle la suciedad.
≪Oh, Linc –se disculpó tristemente mientras hacía esto–. ¿Cómo pude haberte olvidado? Lo lamento tanto≫.
Sintió entonces esos punzantes escalofríos atacándola y atrás de ella oyó algo así como un chasquido metálico.
Lori se giró a mirar por encima de su hombro. Al otro lado del pedregoso camino del cementerio, en hilera habían nueve tumbas abiertas –como las que Lucy cavaba de niña en el patio de su antigua casa– y una recién sellada en el un extremo con una cruz de madera clavada en la cabecera. En el otro vio a alguien ocupándose de cavar la onceava.
–Hola... –la saludó ese alguien asomándose por el agujero de tierra y dejando la pala a un lado.
Lori se volteó por completo para verle la cara: a quien no era el conserje de turno, sino un payaso calvo con mechones de pelo rojo alrededor de su cabeza. Su cara estaba toda maquillada de blanco y tenía una grotesca sonrisa de sangre pintada sobre la boca.
–¿Cuál prefieres Lo-Lo... Lo-Lo... Lo-Lori? –preguntó haciendo mofa de su tartamudez. Llevaba puesto un abolsado traje de payaso antiguo con pompones naranja y un par de guantes blancos.
Lori le miró fijamente con un muy profundo resentimiento.
–Oh... –se acordó de señalar, sonriente y burlón, a la ultima tumba de la hilera. La que ya estaba sellada–. Excepto aquella del final. Esa ya tiene dueña, lo siento.
–Me acuerdo de ti... –masculló Lori–. Rec-c-cuerdo que te v-vencimos... No te tengo miedo.
El payaso le chirrió hostilmente. Sus ojos eran rojos, de color de coágulos de sangre. Cuando abrió la boca, dejó al descubierto un montón de hojas de afeitar en vez de dientes, dispuestas en ángulos en sus encías.
No te tengo miedo, repitió Lori para si misma, cerrando los ojos e inspirando profundamente.
Al abrirlos de nuevo, vio que el payaso y la hilera de tumbas habían desaparecido.
Faltando poco para el mediodía, Lori entro en la biblioteca municipal a tener un reencuentro más reconfortante y menos sórdido que el anterior.
Aproximándose a la recepción, vio al buen jefe de bibliotecarios terminando recién de acomodar personalmente las novelas de Lucy. L. Loud en la mesa en las que las exhibiría como los títulos de la autora de mayor venta; momentos antes de que esta también llegara a buscarlo.
–¿Qué? –fue lo primero que dijo Lori en el momento en que se regresó a mirarla–, ¿me veo vieja?
–Claro que no –le sonrió el hombre–, te veo tan hermosa como siempre.
–Que bueno verte otra vez Clyde –se aproximó entonces a saludarlo con un abrazo amistoso y a plantarle un beso en la comisura de los labios.
–Bienvenida Lori... –la recibió el igualmente (pero sin hacer lo segundo que era algo que no se lo había esperado)–. Quisiera que fuese un momento más... Vamos afuera.
–S-si.
–¿Te parece si almorzamos? –preguntó Clyde en cuanto ambos salieron del edificio.
–F-francamente no he tenido ap-petito desde que llamaste.
–Organicé una cena para todos esta noche. ¿Has visto a alguna de las otras?
–No... P-pero he tenido la imp-presión toda la t-tarde de... D-de sab-ber en que momento llegan y... Creo que no estamos todos.
–No, ¿verdad?
–¿T-tu también?
–... Sea lo que sea es algo muy poderoso; pero se me ocurrió que no debíamos crear más paranoia de la que ya tenemos.
–Me s-siento tan rara C-Clyde... No recu-cuerdo con claridad lo que hic-cimos exactamente... Ni s-siquiera sé p-porque volví... Excepto por Lincoln.
–Es mejor que no lo recuerdes ahora.
–¿Cómo es que t-tu lo rec-cuerdas?
–Porque nunca me fui, ¿cómo podía olvidarlo? Solo tengo que ver hacía una esquina, y ahí están ustedes once.
–Un chico..., diez chicas.
Y mientras el reencuentro entre Lori y Clyde tenía lugar en la biblioteca, simultáneamente Lola estaba a punto de tener otro al detenerse ante el escaparate de la tienda de comestibles en la gasolinera de su antiguo barrio.
≪Pero si esa es...≫.
Miró los artículos de venta mezclados entre los comestibles, como caótico fondo de lo que había atraído su atención, y sin darse cuenta pegó las manos y la nariz al vidrio a contemplarla con ojos grandes e incrédulos.
Ahí, estaba exhibida...
≪La más genial bici que un niño pudiera tener≫.
Tenía un neumático dañado y a la placa con el numero uno se le había desgastado la pintura, pero eso era todo. Lo demás estaba prácticamente igual.
Lola levantó una mano distraída para enjugarse una lagrima que le resbalaba por el rostro. Bastó únicamente con ver la bicicleta, para rememorar esa tarde que vio por ultima vez a Lincoln; o más exactamente la ultima cosa que lo oyó gritar esa vez desde la sala cuando el salió pedaleando del garaje camino al arcade, acallado casi totalmente por los sollozos estridentes de Lily.
≪¡Haí-oh, Silver!...≫.
–Arre –musitó ella.
Después de sonarse los mocos correctamente con un clínex, entró al local y la campanilla de la puerta avisó su entrada con un suave tintineo.
–¡¿Quinientos dólares?! –oyó protestar a otra clienta que estaba parada frente al mostrador, con una voz muy parecida a la suya propia cabía resaltar, pero con un tono ligeramente más tosco–. ¡Esa no es una venta, es una extorsión!
A Lola no le hizo falta que se volviera a verle la cara para reconocerla de buenas a primeras, si desde ya por su gorra al revés, su overol y sus largas trenzas sabía que esa de allí era su doble exacto.
–¿Lana?
–Oye, son quinientos morlacos. –fue lo que dijo de un modo muy despectivo el dependiente, que era un hombre viejo de baja estatura con un bigote de morsa cubriendo la mayor parte de su cara–. Tómalo o déjalo.
≪Bien dicen que hierva mala nunca muere≫, acabó de reconocer Lola a un muy avejentado Flip haciendo de las suyas. En la actualidad llevaba un parche en el ojo izquierdo y ya casi no tenía cabello en la cabeza pero si mucho sobresaliéndole de las orejas y los hollares de la nariz.
–¡¿Sabes que esa bicicleta ha estado en mi familia por generaciones, Flip?! –demandó Lana muy furiosa–. ¡A mí me la heredó mi hermano que ya murió, y a mi hermano se la heredó mi otra hermana, y a ella nuestra otra hermana, y a ella nuestra otra hermana, y a ella nuestra otra hermana! ¡Más vale que me la vendas en un precio razonable, o te pateo las bolas y me la robo!
–En primera, no soy Flip. Lee bien mi gáfete niña. Me llamo Pat, aquí lo dice.
Lana puso ambas manos en su cintura y los ojos en blanco.
–Y en segunda –siguió Flip/Pat–, patéame las bolas y róbatela pues. Eres más tonta de lo que creí.
–Tu te lo buscaste, viejo rata.
La otra gemela escupió sus incisivos superiores en su mano, ya que estos eran postizos, los puso encima del soporte e hizo como que se arremangaba las mangas que no tenía.
–¡Lana, por favor! –corrió a tiempo a persuadirla Lola de agarrarse a golpes con el tipo, al haber advertido rápido y con un destello de razonamiento que este había apartado una mano del mostrador hacia un cajón abierto fuera de su vista en el que seguramente tendría guardada una pistola–. ¡No vale la pena!
–¿Lola?
Las dos se miraron mutuamente de pies a cabeza, ejecutando los movimientos sincronizados de alguien que se mira en un espejo. Después la una se lanzó a los brazos de la otra y se pusieron a dar brincos de felicidad.
–¡Lola! –exclamó emocionada Lana.
–¡Lana! –la abrazó Lola como si no la hubiese visto en mucho tiempo, porque no la había visto en mucho tiempo.
–¡Que alegría verte!
–¡Lo mismo digo hermana!
–Oigan, esto no es un mercado –las interrumpió el viejo del otro lado del mostrador–. Váyanse o llamaré a la policía.
–Perdone usted –se disculpó Lola juntando ambas manos e inclinando su cabeza–. ¿Podemos empezar de nuevo? Haga de cuenta que las dos recién acabamos de entrar.
–De acuerdo –accedió el propietario con recelo y sin haber sacado la mano oculta, pero con un poco más de tranquilidad–. ¿Qué quieren?
–¿Dijo que la bicicleta del escaparate cuesta quinientos dólares?
–Así es.
Lola sacó un fajo de billetes de su bolso y contó la cantidad exacta.
–Aquí tiene –se la entregó al dueño junto con unos cincuenta en dos billetes de veinte y uno de diez adicionales–; y algo para usted. Por las molestias.
–Bien.
Flip o Pat por fin descubrió la mano y cerró el cajón, recibió la paga y fue hacia el frente zigzagueando entre las montañas de trastos viejos y abarrotes. Levantó la bicicleta, la hizo girar y la llevó hasta el espacio libre.
–Toda suya.
Afuera Lana sostuvo la puerta abierta para que Lola sacara la bicicleta del mini súper transformado en casa de empeño. Luego entre las dos la subieron atrás de la camioneta y abordaron el vehículo.
–No tenías que hacer eso –dijo la mecánica poniéndolo en marcha.
–No es nada tratándose de mi gemela favorita –le sonrió Lola–. Además... Me parece que la bicicleta también podría ser parte del asunto.
–Entonces ya somos dos.
–No me extrañaría.
Lola volvió a buscar en su bolso, hasta que dio con un pequeño estuche de herramientas con el logo de una tortuga en la tapa.
–¿Y eso? –preguntó Lana.
–Raro, ¿no? –aseguró Lola–. Lo compré hace como tres meses, antes de que Clyde nos llamara, por impulso. Lo que sea que pasó, es como si hubiera una cierta fuerza guiándonos aquel verano que estuvimos todas.
–¿Crees que haya venido sola, o nosotros la creamos?
–Francamente, no lo sé.
A mitad de la tarde –para cuando Leni ya se había alejado de la vieja casa Loud; Lucy había salido de la biblioteca a aspirar de su inhalador; Luan estaba por entrar a los limites del pueblo; y faltaban un par de horas para que aterrizara el vuelo de Luna–, ambas gemelas fueron al estacionamiento de la iglesia a matar el tiempo restante antes de la reunión oficial.
En el gran letrero de la entrada a la escuela dominical, los párrocos habían acomodado las letras intercambiables para dejar escrito:
DEPTO. DE POLICÍA DE ROYAL WOODS
TOQUE DE QUEDA
7 P.M.
Los feligreses que salían y llegaban miraban, entre divertidos y curiosos, a las dos adultas arreglando aquella bicicleta.
–Listo.
Lana cerró el estuche de herramientas que Lola le compró e hizo girar la rueda ya restaurada.
–¿Qué te parece?
–Que me voy a romper el cuello.
–Gallina.
Lola metió los pulgares bajo las axilas y sacudió los codos diciendo:
–Cloc-cloc-cloc...
Y ambas se echaron a reír.
–¡No vayas tan rápido! –correteó gozosa Lola a Lana quien iba pedaleando velozmente, con el viento soplando en su cara y ondeando sus dos largas trenzas.
–¡No te oigo! –aulló la que era mayor por dos minutos, experimentando una efervescente sensación de adrenalina recorriendo su cuerpo–, ¡esta bebé puede vencer al mismísimo diablo!... ¡Pi, pi, pi..., fuera de mi camino!
Pasó, volando por la calle del distrito comercial, haciendo una peligrosa acrobacia, y desapareció al dar la vuelta en una sucursal grande de la Hamburguesa del Eructo.
Ahí mismo, su hermana tuvo que detenerse a apoyarse sobre sus rodillas y recuperar el aliento.
Jadeó, y repasó con un rápido vistazo la zona infestada de extravagantes anuncios publicitarios y sucursales de poderosas franquicias que en la ultima década se habían expandido hacia el pequeño poblado de Royal Woods, para traer el progreso como decían algunos de mente abierta, o para arrebatarlo de su sencillez como decían otros de criterio más reservado.
Había un café Starbucks, una tienda de Halloween en Enero, un mercado de productos naturistas y hasta un expendio de cannabis con los papeles puestos en regla; pero los variados restaurantes de cocina de fusión también seguían en pie, si es que desde siempre ese había sido el mayor atractivo por el que llegaban los turistas, y desde luego la Heladería de la Tía Pam que ahora era de hecho un negocio más grande y tenía una sucursal en la gran ciudad y otra en Hazeltucky.
Miró directo a este ultimo lugar, y de lo mejor que se acordó de allí fue cuando de pequeñas ella y Lana vieron salir a la arrogante de Lacey St. Clair por ultima vez antes de que desapareciera y solo volviera a aparecer su mano toda mordisqueada.
De ahí se volteó en dirección hacia el restaurante de comida rápida por el que Lana había girado en la bici, la Hamburguesa del Eructo. Según decían era la cadena que le puso la salsa chorreante y grasosa a las hamburguesas; y ahora aparecía en su totalidad abandonado y desértico.
≪¿Qué habrá pasado aquí?≫, se preguntó encaminándose a las ruinas del que había sido el lugar favorito para comer y pasar el rato de los Loud; ahora convertido en un sitio espeluznante con un cartel en la entrada que anunciaba al publico:
Clausurado por el Ministerio de Salubridad
≪Cierto≫, pudo recordar que no había novedad alguna en ello. No desde que los medios expusieron a la luz que la carne de las hamburguesas estaba hecha con puré de palomillas; polémica que acabaría por hundir a la franquicia a nivel nacional e internacional.
Se paseó, por el estacionamiento delante de las paredes despintadas invadidas por la hiedra, los grafitis obscenos dibujados por delincuentes juveniles, las ventanas que estaban rotas en su mayoría y la miraban ciegamente.
Entre otras cosas, cerca de una banca vio el espacio en el que Lucy y los otros miembros del Club Fúnebre levantaron un pequeño altar para rendir tributo a la memoria de Haiku.
Si, eso también lo tuvo claro, como el porque fue que clausuraron el restaurante. Pero había algo más en ese sitio que la inquietaba, algo que necesitaba saber. ¿Pero qué era exactamente?
≪Piensa –se dijo yendo a sentarse en la misma banca, y olvidándose de que tenía que ir a alcanzar a Lana también–, ¿qué había en este lugar que necesitaba saber? Aquí donde vinimos a comer tantas veces≫.
En el área en el que antes los clientes comían al aire libre, notó entonces que se alzaba una pintoresca estatua, enorme e idiota, de Belching Boy, la antigua mascota de la cadena.
Su forma: era la de un rechoncho y risueño niño con copete y overol a cuadros que sostenía un plato con una cheeseburguer de gran tamaño en el aire. Medía hasta seis metros de altura, y la base le agregaba un metro ochenta adicional.
≪Ese horrible monigote...≫.
La pintura de la estatua se había desteñido por el paso del tiempo y en toda su superficie presentaba agujeros del plástico roído por las ratas distribuidos de forma muy irregular. En sus colosales pies vio que estaban enraizando malezas.
Entre intrigada e incomoda por la falta de brillo en los ojos saltones del niño gigante, los cuales al habérseles borrado las pupilas le dieron un aspecto muy siniestro, Lola desvió su mirada al suelo y se sobó la nuca tratando de evocar eso que debía ser de suma relevancia; pero sin poder llegar a conseguirlo.
–¡No, déjenme! –escuchó chillar a alguien de inmediato.
Al levantar la vista, al otro lado de la calle vio llegar corriendo a una corpulenta chiquilla de pelo castaño envuelto en coletas. O cuanto menos por como iba vestida, con una camiseta lavanda con un sol sonriente en ella, creyó que era eso; dado que de chiquilla no tenía nada en realidad. A decir verdad era tan grande, que sin dudar uno apostaría su propia cabeza a que con una sola mano podría exprimir sandías como uno puede exprimir una uva de un solo apretón.
Aunque seguía pareciendo una niña indefensa por todo lo demás, sin contar su descomunal tamaño; si hasta lloriqueaba como una y no parecía ser capaz de matar siquiera a una simple mosca (por lo menos no con intención).
–¡Ven aquí monstruo! –llegó correteándola una bravucona, que tenía un increíble parecido a cierta chica de dudosa reputación de la que Lola había oído hablar y hasta llegó a ver en persona en un par de ocasiones cuando aun vivía en Royal Woods.
Thicc, era su alias si mal no podía recordar; una muchacha de belleza excepcional que atraía las miradas de muchos hombres –y porque no, de varias mujeres– quienes no podían ignorar su escultural cuerpo curvilíneo en el que se remarcaban sus amplias caderas.
En cierto punto, Lola, como muchos otros, llegó a cuestionarse si ella tendría algún parentesco con los quintillizos Fox; si por como se le parecían corrían rumores de que era su prima; o su hermana que fue echada de casa por sus padres por andar en malos pasos; y hasta había quienes juraban y perjuraban que en realidad era su verdadera madre; pero más allá de eso nunca se llegó a concretar si era cierto o falso.
Aunque Lori y Luna señalaron una vez que también se parecía a Cristina, el antiguo interés amoroso de Lincoln, por lo que ya se les hacía demasiada coincidencia como para no plantear la teoría de que la tal Thicc tenía un buen número de hijos regados por todo el pueblo.
Y es que, además de esta otra adolescente que era su vivo retrato, solo que más rejuvenecido y menos exageradamente desarrollado a la original, llegaron otras dos muy idénticas a ella y entre las tres alcanzaron a la pobre niña a quien empezaron a agredir con suma crueldad.
Una se le encaramó por detrás y tiró fuerte de sus coletas, mientras que otra la hizo tropezar y caer al suelo de panzazo al meterle el pie.
–¡Vas a morir monstruo! –rió maliciosamente la tercera dandole de puntapiés en la retaguardia.
–¡Suéltenme! –suplicó la gigante entre lagrimas.
–¡Oigan, ustedes! –corrió Lola a intervenir–, ¡déjenla en paz!
Las trillizas echaron a correr como todas unas cobardes y Lola acudió en ayuda de la colosal infante a quien dejaron llorando tendida en el piso.
–¿Estás bien pequeña? –se apresuró a buscar en su bolso algo con que curarle la raspadura de su rodilla.
La niña no respondió, solamente se enjugó las lagrimas con la palma de cada mano que era tan ancha como una manopla de baseball.
–Oye, tienes que aprender a defenderte –le dijo en lo que le ponía una bandita en la herida con delicadeza–. Perdona que te lo diga, pero con ese tamaño no deberías tener problemas con abusonas como esas. ¿Cuántos años tienes?
–Ocho –contestó la grandulona en voz baja.
–¡¿Ocho?!... –no pudo evitar impresionarse Lola–. ¡¿Cómo puedes tener ocho, si eres más grande que yo?!... Que diga... Lo siento, es que... Eh... Ya sé, ¿quieres un caramelo de limón jovencita?
–Bueno –aceptó esta su ofrecimiento.
–¿Cómo te llamas? –preguntó poniéndose a buscar el caramelo en su bolso.
–¡Leni! –respondió en el acto alguien más por ella.
–¿Leni? –repitió Lola, sorprendida por dicha coincidencia.
Pero lo que en verdad sí la sorprendió, fue que cuando se dio la vuelta a ver a quien había dicho eso, se encontró frente a una joven rubia: igualita, pero en serio igualita a como era la segunda de sus hermanas mayores cuando esta iba en preparatoria; si incluso llevaba un par de lentes de sol similares en la parte superior de la cabeza; nada más que ella usaba un vestido azul, unas botas marrones afelpadas, un collar de perlas y tenía el cabello más largo y alaciado.
–Recuerda lo que mamá y papá dijeron –se acercó a reprender a la que era más grande en tamaño, pero aparentemente menor en edad–, que no debemos hablar con extra... ¡UAAAAGHH!
–¡Leni –la levantó la otra estrujándola entre sus robustos brazos–, esas chicas me estaban molestando otra vez! ¡Dijeron que me iban a encerrar en el restaurante abandonado! ¡Tenía mucho miedo!
–¡Me lastimas, Leni, me lastimas! –se sofocó la rubia por culpa de esa niña que era incapaz de medir su propia fuerza–. ¡Auxilio, me aplasta, me aplasta...!
–¡Oye, suéltala –ordenó Lola queriendo ayudar–, la estás lastimando!
La pequeña mastodonte acató a la orden de la adulta y soltó a la escuálida chica que cayó despatarrada cual muñeca de trapo.
–¿Estás bien? –se agachó a preguntar Lola, compadeciéndose de ella por tener que lidiar con alguien así de potencialmente peligroso.
–Ouch... Uno de estos días vas a matarme hermanita –se puso en pie la joven sobándose la cintura como si acabara de recibir una brutal paliza–. Estoy bien, señora, gracias.
–Lo siento, Leni –se disculpó la niña, de un modo que daba a entender que no era la primera vez que algo así pasaba entre ellas.
–No te preocupes, Leni... ¡Ay, mi espalda!... Ya me acostumbré hace tiempo.
–Un minuto –necesitó preguntar Lola a ver si había escuchado bien–, ¿ustedes dos son hermanas y ambas se llaman Leni?
–Si señora –asintió la menor siendo muy educada–. Yo soy Leni, y ella es Leni.
–Ya vámonos –dijo en cambio su hermana mayor tomándola de la mano y echando a andar a pasó acelerado con ella, obvio negándose a que siguieran soltando datos de su información personal con una desconocida.
≪Conque Leni y Leni, ¿Eh? –rió Lola para sus adentros por la increíble casualidad–. Suena como a una comedía de Nickelodeon≫.
–¡Vayan con cuidado! –de todos modos les recomendó en voz alta, antes de que desaparecieran de su vista por el horizonte–. ¡Recuerden, mucho ojo!
–¿Cuantas veces te tengo que decir que no hables con extraños? –escuchó que la una Leni volvía a reprender a la otra conforme se alejaban–, ¿no ves que cualquiera podría ser el asesino?
–Lo siento, Leni.
≪Por lo que más quieran –rogó Lola internamente tanto a la hermana que se parecía a la Leni que ella conocía como a la que poseía fuerza sobrehumana, contando con que el don de esta ultima les fuese de utilidad ante el peligro–, manténganse unidas y cuídense entre ustedes≫.
Mientras tanto, Lana siguió pedaleando ardorosa y sin detenerse hasta doblar por una esquina y reparar en lo mucho que se había alejado. Pasó de largo frente a la puerta de una peluquería y poco a poco fue reduciendo la velocidad, al ir aproximándose a la Avenida Franklin.
≪He vuelto≫, entendió que así había sido. Había vuelto al hogar.
Volvió a doblar en la siguiente esquina, y finalmente frenó para bajarse ante la abandonada casa Loud en el Nro. 1216 en medio de los dos terrenos baldíos.
Procurando ser prudente, se acercó a rodear y hacer una rápida exploración por fuera de la casa, que en si misma era como un baúl de recuerdos perdidos y encontrados.
El primero de ellos, se manifestó en la banqueta como la imagen de una versión más infantil y en miniatura de ella misma que azotaba furiosa su gorra contra la tapa de uno de los botes que ya no estaban ahí. Ese en el que desechó las piezas de su maqueta del alcantarillado.
A eso era a lo que se había bajado, a tener reencuentros con fantasmas.
Por ahí vio algunas de las once huellas de pintura que aun no se habían decolorado hasta desaparecer; y asomándose por entre el garaje y la residencia principal, dio con el gran árbol del patio que ya estaba muerto y de milagro conservaba la mitad de la cuerda de la que en sus mejores días colgaba el columpio de llanta. También creyó ver unas pocas tablas sueltas que podrían haber formado parte de la perrera de Charles, y nada más.
Cuando ya se estaba yendo, encontró la entrada al que había sido uno de sus escondites favoritos: el agujero abajo del porche.
Con cierta curiosidad se agachó a alumbrar el interior con la linterna de su llavero, previniendo que no fuera a salir algún mapache rabioso o que un indigente estuviese dormitando allí abajo.
La lucecita enfocó primero a un esqueleto de papel mache que formaba parte de una vieja decoración de noche de brujas (menos mal), una tacita de té recubierta de polvo, varias redes de telaraña y por ultimo un grabado en una de las vigas de soporte.
≪Oh, rayos≫, se mordió el labio inferior conmovida. ¿Y cómo no estarlo?
Y haciendo de cuenta que presentaba sus respetos, sacó su navaja del ejercito suizo y se adentró a terminar de tallar bien lo que habían escrito ahí, que eran unas iniciales encerradas en un corazón.
Cabía aclarar que aquellas no eran las iniciales de Lucy y Rocky como sus padres y sus hermanas habían llegado a creer en su momento. No, Lana sabía que la L era de Lincoln, y lo sabía porque ella había pillado a la dueña correspondiente del otro nombre cuando estuvo tallándolas, allá en una época distante en que no le costaba tanto trabajo meterse allí como ahora que se tenía que acuclillar y encogerse.
De más estaba decir quien era esa otra persona.
L+R, leyó Lana con tristeza al acabar el trabajo, antes de salir tosiendo polvo de debajo del porche para ir a coger la bici e irse.
Más allá de entre dos cruces, vería a otros fantasmas. Ahí, en la boca de tormenta junto a la que Leni había gritado y se había derribado a llorar.
Soltó la bicicleta, la cual cayó de lado en la misma posición y en el mismo lugar donde fue encontrada el día que dio inicio a la búsqueda, y se acercó tal y como se había acercado meses más tarde, justo después de que desechara su proyecto secreto en la basura.
≪Sé que estás ahí adentro y sé que puedes oírme –recordó haberse agachado a hablarle a lo que fuera que estuviese viviendo en la alcantarilla en aquella ocasión–. Tengo que saber algo... De todos los niños que te pudiste haber llevado, ¿por qué a Lincoln?≫.
Esa vez, procuró mantenerse a unos tres metros de distancia por miedo a que fuera un cocodrilo gigante el que en el momento menos esperado pudiera emerger de la oscuridad y cerrara sus fauces en torno a su pequeño cuerpecito.
≪¡Respóndeme! –había exigido saber golpeando con su puño el pavimento hasta rasparse los nudillos–. ¡¿Por qué a el?! ¡¿Por qué?!, ¿por qué?!, ¿por qué?!...≫.
–Dime por qué... –exigió la Lana adulta del presente, igual poniéndose en cuclillas ante aquella boca abierta en la piedra del bordillo, sin acercarse demasiado–. Eh, ¿por qué no sales?
Esperó su respuesta, nerviosa, agachada y con las manos entre los muslos.
–Si no sales, iremos a buscarte –advirtió en voz baja.
–Lana –contestó entonces una vocecita allí cuando estaba por reincorporarse–, no te vayas.
–¿Hola? –volvió ella a la misma posición, inclinándose solo un poco más para adelante.
–Lana... –susurró de nuevo, la vocecita de un niño que le sonaba claramente familiar–. Sigo aquí... Ayúdame.
–¿Lincoln? –se oyó exclamar, incrédula de lo que captaban sus oídos.
Entrecerrando los ojos, allí distinguió la silueta de un chico mezclada entre la penumbra de la boca de tormenta haciéndole señas con una mano para llamar su atención.
–¿Lincoln? –se sonrió con un nudo en la garganta. Aunque su cara no era del todo visible, en esta pudo notar el inconfundible copete de su cabello y su diente grande y astillado.
–Ayúdame Lana... –le imploró el pequeño–. Por favor, tú eres la única que puede sacarme de aquí.
–Si... –asintió ella irracionalmente con lagrimas en sus ojos y el corazón acelerado de la emoción–. Claro que si hermano mayor, aquí estoy.
–Rescaté a tus ranas, ¿lo recuerdas? Ahora que eres más grande necesito que tú me rescates a mí, por favor... ¡Rápido, ya viene!
–Toma mi mano –se puso pecho tierra y se arrastró a meter el brazo completo en la alcantarilla para tendérselo a Lincoln–. Dame la mano, te voy a sacar, ven.
El chico obedeció y se la sujetó, con la única que tenía.
–¡Muy bien, te tengo!
De pronto, algo lo atrapó por detrás y empezó a halarlo de los pies.
–¡Me tiene Lana, me tiene!
–¡Sujétate fuerte!
Lana tiró de el con desesperación, hasta que con trabajo consiguió hacer que asomara la cabeza y la mitad superior del cuerpo.
–¡RAYOS!
Pero en el acto lo soltó a la par que pegaba un buen grito aterrada. Ante su presencia la piel de Lincoln estaba toda azul y putrefacta con desgarros aquí y allá. Y sin embargo el apretó su agarre con mucha más fuerza que la suya, con su único puño firme en avanzado estado de descomposición, irónicamente siendo el más pequeño que ella ahora.
–Nos tiene Lana –dijo otra vez, en lo que ella forcejeaba por soltarse. En su sonrisa asomaban agudos colmillos de carnívoro ensangrentados.
–¡Lana, no!
Lincoln echó un vistazo a Lola, quien llegó al haberle seguido el rastro a Lana desde el distrito comercial, y Lola intimidada retrocedió hasta que sus glúteos rozaron la puerta de un automóvil cuya alarma se activó por el mero contacto y empezó a hacer alboroto en toda la calle; pero extrañamente sin llegar a llamar la atención de ninguno de los residentes de por allí.
–¡Defiéndete! –le gritó a su gemela, que seguía como hechizada mientras que el niño muerto en vida la jalaba hacia aquella mortal oscuridad en donde el agua arrastraría los desechos de las cloacas–. ¡Por el amor de Dios, hazlo!
–Es su culpa –gruñó Lincoln–. ¡Siempre es su culpa! ¡Ustedes solo me han causado problemas y por eso las voy a matar a todas!
–¡No Linky! –sollozó Lola ocultándose cobardemente tras el capote del vehículo, que no dejaba de vibrar y emitir ruidosas alertas–, ¡eso no es cierto!
–Merecen morir –susurró este sacando su lengua llena de hongos blancos. De sus ojos brotaba pus amarillo y caía por sus mejillas en gruesos hilos remedo de lagrimas–. ¡Merecen morir por todas las cosas malas que me hicieron pasar!
≪Es cierto... Eramos unas pésimas hermanas... ¿Por qué...? ¿Por qué de entre tantos niños, no pude ser yo y no el?≫.
–¡¿Amas a tu hermana, Lana?! Si te resistes, ¿sabes que pasará? ¡La mataré en tu lugar! ¡Si te resistes, la mataré primero mientras miras! ¡¿Entendiste?
–... ¡Mátalo Lana! –chilló Lola rompiendo en llanto–. ¡Ese no es nuestro hermano!... ¡Es Eso! ¡Mátalo ahora que es un pequeño zombi! ¡Mátalo!
≪Si, un zombie≫, reaccionó la otra a lo que le decía consiguiendo apoyar los pies en el suelo.
–¡Mátalo ya!
Lana sacó la navaja multiuso, abrió el sacacorchos con los dientes y de un solo toque lo enterró bien profundo en medio de los ojos de Lincoln.
–¡AAAAAAHH!
–¡Toma esto zombi! ¡Ya vi The Walking Dead! ¡Tengo que destruir tu cerebro y luego hablar sobre eso por una hora!
El cadáver viviente del peliblanco la soltó y a su vez lo que lo tenía agarrado de las patas en la alcantarilla lo haló hacia adentro haciéndolo girar frenéticamente.
–¡SON LAS PEORES HERMANAS DEL MUNDO...!
Lana cayó de espaldas en medio de la calle, la alarma del auto cesó y al instante se escuchó una mezcla de sonidos de animales surgir de la boca de tormenta: gemidos, aullidos, ladridos, una especie de risa, mugidos, balidos, risas de niños, el llanto de un bebé y por ultimo unas mandíbulas machacando el cuerpo de alguien.
–¡TE ODIO!... –le gritó a la alcantarilla sollozante–. Te odio.
–Oh, Lana.
Lola salió de su escondite para ir a ayudarla a levantarse, cuando una sombra cayó sobre ellas.
Las dos se prepararon para cualquier otra cosa... Pero vieron que era tan solo otra niña de tal vez unos diez u once años; quien además, como si para Lola no hubiese sido suficiente curioso toparse con las dos Lenis hacía unos momentos, tenía un asombroso parecido a esa edad con Ronnie Anne Santiago, la actual cuñada de Lori, exceptuando por su paleta de colores solamente. Su piel era clara, también salpicada de pecas, y en su pelo tenía recogida la misma cola de caballo, pero este era de color rojo. Llevaba una sudadera del mismo diseño, pero de color amarillo. En vez de pantaloncillos usaba falda, y en lugar de zapatillas calzaba unas sandalias marrones.
De repente Lola recordaba todo, así como uno recuerda una palabra que tiene en la punta de la lengua.
Ocurrió al anochecer, cuando los Loud y los Casagrande regresaron del entierro de Lincoln.
Lana al creer oír algo, se metió abajo del porche y encontró escondida ahí a Ronnie Anne que había llegado varías horas antes, en las que por su cara supo que la pobre estuvo llorando sin parar.
Según lo que le dijo después, la vio tallando algo en una de las vigas con la cuchilla de un cortaúñas sin filo, y por eso fue que no la quiso interrumpir hasta que acabase por lo menos. Luego salió a avisarles a Lori y a Bobby que por fin la había encontrado y ellos se ocuparon de ir a sacarla.
Los siguientes cinco minutos, en los que las dos familias se despedían mutuamente, Lana y Lola abrazaron a la hispana mientras esta trataba de serenarse para mostrarle su afecto y ella felizmente les correspondió.
≪Ahora estuve en la Hamburguesa del Eructo... –había llegado a contarles eso, que parecía muy fuera de lugar. Aunque sonaba seria esa vez, como si quisiera advertirles de algún peligro–, y... De hecho...≫.
Estaba por contarles algo sobre ese sitió, ahí donde estuvo Lola hace rato tratando de recordar al respecto; pero cuando iba a decirles que exactamente, la señora Santiago la llamó a que subiera a la camioneta. Parecía que entonces prefirió olvidarlo, y tanto Lana como Lola se quedaron con la duda de que les habría querido decir.
–¿Con quién hablan? –preguntó la niña parecida a Ronnie Anne viéndolas con extrañeza.
De inmediato Lana se levantó, entre ella y Lola se miraron a los ojos y cada una la agarró de una mano y la alejaron a rastras tanto como pudieron del bordillo.
–¡Muévete, muévete, muévete...!
–¡Oigan!, ¡¿qué mosco les picó?!
–Óyeme bien –en la otra acera le habló Lana con seriedad–, si oyes voces en las cloacas, aléjate de ellas.
–¿Ustedes hablan con las cloacas?
–No... Solo cuando venimos a Royal Woods... –respondió haciendo lo posible por tranquilizarse.
–Pero en serio, aléjate de la alcantarilla –insistió Lola.
La mirada de la niña cobró cierta inquietud y cautela.
–Dice mi papá, que no deb...
–Que no debes hablar, ni aceptar dinero o golosinas de desconocidos –concretó Lana.
–Y tu papá hace muy bien en decirte eso –reiteró Lola–. Recuerda tampoco acercarte a las cloacas ni a las alcantarillas; y cuando salgas, permanece siempre con tus amigos.
La muchachita asintió.
–Estoy cerca de mi casa.
≪Nuestro hermano estaba cerca de nuestra casa≫, pensaron Lana y Lola al mismo tiempo.
–Solo, haz lo que te decimos –ordenó Lola reteniendo una súbita arcada.
–... Una vez oí algo –se animó a contarles finalmente la niña.
–¿Voces en tu bañera? –se le ocurrió preguntar.
–No... –respondió, pero con un dejo de duda.
–¿Entonces? –preguntó Lana.
–¿Conocen el restaurante abandonado del distrito comercial?
–¿Que si lo conocemos? –replicó Lola–. ¿Hablas del de la estatua gigante?
–Si –afirmó la niña–. ¿Sabían que ahí antes, pero hace muchísimo tiempo, estaban las ruinas de un club nocturno que se quemó hace varios años?
–... No –negó Lana con la cabeza, aunque creía tener una vaga idea de a que se estaba refiriendo–, no lo sabía.
–Mi profesor de historia, dijo que fue por culpa de un grupo de gente mala que odiaba a los soldados negros que acudían a ese sitio. Ninguno pudo salir. Cuando encontraron sus cuerpos, se había derretido la piel de sus manos.
–Continúa por favor –pidió Lola igual de interesada en saber.
–Pues hace como un mes y medio yo pasé cerca de ahí en mi bici después de la escuela y... Bueno, no sé si me crean, pero juraría que oí a personas golpeando y empujando la puerta aunque se supone que no había nadie ahí adentro. Que loco, ¿verdad?
–Tampoco te acerques al canal o al pantano de Tall Tress, hija –se limitó a decir Lana–. ¿Me entiendes?
–Entonces, ¿ustedes si me creen?
–Si.
–Y... ¡Y vete de Royal Woods cuanto antes! –añadió Lola exaltándose–. Dile a tus padres, inventa una razón, inventa una mentira. No me interesa que hagas, debes convencerlos de que no vuelvan, ¿entiendes?
–Deja este pueblo y nunca regreses –la apoyó Lana más calmada que ella–, ¿escuchaste bien?
–Me tengo que ir.
La niña parecida a Ronnie Anne echó a caminar a su casa, volviéndose a verlas ocasionalmente como si las considerara un par de chifladas a ellas dos.
–Ten cuidado pequeña –musitó Lola.
–De cualquier modo, pasará pronto... –masculló Lana–. Eso espero.
Más tarde por la noche, una de las camareras del Restaurante Giovanni Changs China Bistro Italiano condujo a Lucy a la zona VIP.
–Disculpe –se anunció ella con un poco de timidez a alguien más que ya estaba en la barra sirviéndose una bebida–, busco a Clyde McBride.
–¿Lucy?... –se volteó a verla aquella otra mujer llena de emoción–. ¡Hermanita, ven a mis brazos!
–Hola Luna –la correspondió Lucy muy contenta.
–Ven –dijo la mayor tomándola del brazo para guiarla a la barra–, te invito un trago.
–Es que –contestó algo apenada–, yo no bebo.
–Tonterías sis. No nos hemos visto desde la graduación de Lily y esto amerita un brindis.
–Pues yo brindo por quien se está arrugando, quien tiene canas y a quien está por darle la menopausia –entró una tercera persona en el área.
–¡Luan! –corrieron Luna y Lucy a abrazarla.
–Miren eso –señaló Lucy a Lana y Lola quienes también acababan de ingresar.
–Vengan acá –las invitó Luna a unírseles.
–Hola –se sumó Lola.
–Que tal –las saludó Lana.
–¿Qué, no hay para mí? –entró alguien más después de las gemelas.
–¡Leni! –la integraron alegremente todas al abrazo en grupo.
–¿Cómo han estado chicas?
–Literalmente falto yo – llegó por ultimo Lori, y detrás de ella le siguió el paso Clyde.
–Pero miren a cuantas mujeres hermosas me vine a encontrar –comentó el.
–Wow Clyde –lo abrazó primero Leni–, cuanto tiempo sin vernos; pero como que tu mira lo mucho que has crecido.
–Tu también has crecido bastante –apenas pudo decir mientras luchaba por no asfixiarse por tener su cara hundida entre los pechos de ella.
¡GONG!
Luan, igual de contenta que el resto, hizo sonar el gong que adornaba la sala.
–La junta de hermanos queda oficialmente inaugurada –anunció haciéndose la chistosa como de otra forma no podría ser.
Tras el feliz reencuentro, los ocho –restantes– se sentaron a la mesa, quedando únicamente un solo lugar vacío.
–Empecemos de una vez –dijo Luna.
–A ver si te quitas esos lentes –la riñó con amabilidad Lola.
–Si, solo los viejos insurgentes como Jack Nicholson usan gafas de sol en interiores –bromeó con ella Luan.
–Después, después –prefirió dejárselas puestas, por el momento–. Bueno, ¿qué tienen que decir?
–Yo... –levantó su mano Leni para hablar–. Lo he visto hoy.
–También lo vi, si –dijeron casi todas las demás.
–Oh, dios –respiró pesadamente Luan–. ¿Entonces lo que vi ahora afuera del teatro comunitario...?
–¿Era Pennywise? –completó Lola.
–Claro, por supuesto que era Pennywise.
–C-creo que ya no asusta –habló Lori.
–Está tratando de separarnos –apuntó a decir Luna.
–Como que puede ser que esté asustado –sugirió Leni.
–Está... Está asustado –aseguró Lori.
–No –farfulló Luan–, no es eso.
–Ayúdanos a recordar Clyde –pidió Lana–, ayúdanos a llenar los huecos.
–Si, por favor –la secundó Lucy–. Porque en realidad no sé de que están ustedes hablando. No puedo recordar que ocurrió, y cuando lo intento todo se me nubla. Es decir... ¿No lo sintieron? En cuanto crucé la línea del condado fue como si un velo me cubriera los ojos.
–Tal vez es el agua –insinuó Luan.
–¿El agua? –repitió Luna–. Tal vez son las cloacas.
–¡Jadeo!
En ese instante Lucy tuvo una repentina alusión en la que ante ella estaba la cara deforme del payaso con sus afilados dientes y sus ojos plateados.
≪¡Esto es acido para batería maldito asesino!≫.
–¡Jadeo! –se sofocó Lucy sosteniendo su inhalador en el aire.
–¡Respira Lucy! –se apresuró a atenderla Lana–, ¡respira, vamos!
–Estoy bien... –jadeó tomando una bocanada de su aparato–. Tos, tos... Creo que ahora recuerdo quien era Pennywise. Un sujeto de rostro blanco y nariz roja. Como de diez metros de alto, con la boca llena de colmillos... Sollozo, sollozo, llanto, sollozo...
–Oh, Lucy –se acercó a consolarla Leni.
–Cálmate –igual hizo Luan.
–¿Qué rayos está pasando?... Sollozo... ¡Díganme que es lo que ocurre!... Sollozo... Lo lamento, es que fue un recuerdo muy vivido... Jadeo... Había olvidado, que vi a ese monstruo directo al rostro.
–Y le salvaste la vida a Lisa –acertó a decir Lori–. ¿Rec-c-cuerdas esa p-parte?
–Suspiro... Si, ahora si.
–A propósito de Lisa –habló Luan–, ¿dónde está su real seriedad?
–¿No faltará a la cita, o si Clyde? –preguntó Lana–. Tu hablaste con ella, ¿cierto?
–Si, creo que llegará.
–Deberíamos empezar sin ella –propuso Luna–, cuando llegue podremos informarle. Vamos Clyde, dinos que ocurre.
–Si, cu-cuéntanos Clyde –pidió Lori.
–No, un momento –las interrumpió Luan–. Yo no sé ustedes chicas, pero es la primera vez desde que llegué aquí que me siento bien. Es decir, de verdad me siento bien. Vamos, tomemos un par de tragos, ¿si? ¿No quieren comer bien, reírse un poco? Así que dejemos la suciedad afuera.
–Estás loca Luan –rió Luna.
–Por la casa de locos –brindó Lana.
–Por la casa de locos –levantaron sus copas el resto.
Así, el siguiente par de horas degustaron aperitivos, cenaron una deliciosa comida de fusión italiana-oriental, platicaron amenamente y se pusieron al día con todo lo que fue de sus vidas desde que cada quien se fue de Royal Woods.
–¿Entonces te casaste de nuevo sis? –preguntó Luna a Luan–. ¿Qué pasó con Benny?
–¿Qué puedo decir? Simplemente no funcionó.
–Luan, ¿estás hablando de tus esposos?, ¿pues cuantas veces te has casado? –intervino Lana.
–Cuatro, cinco –se encogió de hombros Luan–. ¿Quién lleva la cuenta?, ¿eh? Los hombres solo sirven para una cosa. No te ofendas Clyde.
–No me ofendo –rió el–, bienvenida a la era de lo políticamente correcto.
–Solo cuando a uno le conviene –se echó a reír en respuesta.
–¿Y tu Luna? –preguntó Leni–. ¿Te has casado?
–No sis, he evadido el riesgo varias veces.
–¿Y tu Lola? –preguntó Lori.
–Yo, bueno, estoy saliendo con un guapo agente de modelaje; pero con el negocio no tengo mucho tiempo.
–Hazme caso Lola –advirtió Luan–. Mejor muerta que casada.
–Habla por ti –objetó Lori divertida–. B-Bobby y yo s-somos muy f-felices.
–¿Qué hay de ti Clyde? –quiso saber Luna–. ¿Tienes familia?
–No que yo sepa, Ja ja... –bromeó como Luan–. Pero en serio, no. Hasta ahora he permanecido soltero.
–Que pena –comentó Leni–. Cualquier chica sería muy afortunada de tenerte.
–¿Oíste Clyde? –aprovechó el momento para bromear Luan–, Leni se está ofreciendo como vacante.
–¡Luan! –reclamó la rubia ruborizada.
–I ji ji ji ji ji ji...
–Me gustan tus nuevas gafas –cambió de tema Lucy.
–Con todas las veces que rompiste esas gafas, deberías ser accionista de una compañía de tela adhesiva –rió Lana.
–Si... Yo y LJ –dijo repentinamente, a lo que todas las demás guardaron silencio.
–Si, Lynn –musitó Lucy con pesar.
–Quise ir a verla el mes pasado allá en Texas –contó Lana–. Pero me enteré que la habían trasladado y no me dijeron a dónde.
–Si quieren ver a Lynn –les informó Clyde–, vayan al asilo femenil de Hazeltucky.
–Creí que habían clausurado ese sitio tan espantoso –enarcó una ceja Lola.
–Ah, lo reabrieron desde que la corte decretó que ser feminazi es una enfermedad mental y el índice de la población de pacientes psiquiátricas se sobresaturó.
–D-desde aq-quel juicio en que c-conf-fesó haber matado a todos esos ni-niños... –recordó Lori.
–Estaba con nosotras en las cloacas, ¿recuerdan? –añadió Leni.
–¡Esa reptil iba a matar a Lisa! –terció Luan.
–Suspiro... Nos iba a matar a todos –aclaró Lucy.
–¿Recuerdan lo que le pasó a su cabello? –indagó Lola.
Sus otras hermanas asintieron con la cabeza en silenció.
–Yo recuerdo que hablaba sobre una luz blanca –prosiguió Lana.
–Y un p-payaso –agregó Lori.
–Nadie le creyó –declaró Luan.
–Excepto cuando dijo que mató a todos los niños –continuó Leni.
–Y no dijimos nada –admitió Lola.
–Ni una palabra –suspiró Lucy.
–Pero Eso era el asesino –señaló Luna–, y lo detuvimos.
–O eso fue lo que creímos –la corrigió Clyde.
–Oh chicas –gimió Leni–, ¿en que nos vamos a meter?
Tras mencionar aquello, otra de las camareras entró a servirles un platón con galletas de la fortuna de postre.
–Bueno chiquillas –dijo Luan tomando la primera–, ha sido divertido. Pero saldré a las seis de la mañana.
–¿No irás a marcharte, sis? –dijo su hermana mayor inmediata tomando la segunda y pasando el plato.
–¿Cómo de que no Luna? ¿Tienes la loca idea de que volverás a vivir esa pesadilla? Te quiero, pero no cuentes conmigo. Yo me voy al hotel, voy a dormir bien, y en la mañana me iré de aquí para siempre. Voy a recordar este momento con mucho cariño y espero que nos volvamos a reunir pronto y sobre todo lejos de este lugar...
–Oye Luan, a todos nos asusta –trató de insistir Leni–. No hay de que avergonzarse.
–Tal vez tiene razón –apoyó Lola a Luan–. Miren, si hablan de volver a las cloacas...
–No hemos hab-b-blado de eso aun... –la interrumpió Lori–, y-y es imp-portante que hablemos de ello.
–Si –la apoyó Luna–, ¿por qué no le damos a Clyde la oportunidad de hablar antes de irnos hacia los cuatro vientos? ¿O es mucho problema sis?
–Lo único que dije es que me voy a dormir. ¿Es eso mucho pedir, o qué?
–¿Por qué no le concedemos cierta cortesía a Clyde?
–Chicas, chicas –moderó el la discusión–, por favor. Déjala Luna. Si Luan quiere irse, que se vaya. Todos vinimos aquí para cumplir la fuerza de una promesa, y en lo que a mí respecta todos en esta mesa cumplimos esa promesa. Lo que hagamos después... No tiene importancia.
–Suspiro... Bien dicho Clyde –dijo Lucy sacando su billetera.
–Déjalo, ya está todo pagado.
–No, Clyde, por favor –protestaron las siete mujeres.
–Chicas, no hay más que decir.
–Está bien –Luan empezó a abrir su galleta–. Un brindis por Clyde McBride, el hombre que ha hecho esta reunión necesaria. Ahora voy a leer mi fortuna: vas a ser comida por un enorme y sucio monstruo, que la pases bien.
–¡ARAÑA!
Leni soltó la suya espantada y de entre la cuarteadura salió una robusta viuda negra con una mota roja en el trasero que se puso a corretear por la superficie de la mesa de lado a lado.
Al mismo tiempo, de la galleta de Lola estaba brotando sangre como de una vena cortada que le empapó la mano y corrió hasta el mantel blanco, manchándolo de un rojo brillante que se esparció en líneas rosas.
Lucy emitió un grito ahogado y se apartó bruscamente de la mesa. Un gusano mutante y robusto con la cabeza de un bebé, patas de cangrejo y grandes alas de palomilla acababa de emerger de su galleta como de un capullo y estaba berreándole con un llanto ensordecedor.
–¡Cielo santo! –logró exclamar Luan con una mueca de repulsión en la boca. De su galleta saltaron en su cara varios ciempiéses tan largos y gruesos como salchichas alemanas en un sorpresivo rebote de serpientes de papel que saltan al abrir una de esas latas de frutos secos de broma.
Con una reacción sobresaltada de alguien que se acababa de llevar una desagradable sorpresa, Lana arrojó la suya al tiempo que del agujero asomaba el ala de un murciélago y comenzaba a revolotear en el aire de aquí para allá.
–¡Oigan, oigan, la galleta está viéndome¡
Luna fijó la vista en la suya con sumo desagrado. Un rastro de superficie glaseada había caído directo en el mantel dejando expuesto un agujero por el que un ojo humano la miraba con vidriosa intensidad.
Y entretanto, el embrión de un pato se arrastraba por la mesa ante Clyde clamando agudos alaridos de dolor.
–Cálmense y no se separen –ordenó Luna.
Entonces las otras galletas en el platón se sacudieron y reventaron, salpicando borbotones de sangre, lodo y aguas grises de las alcantarillas. A su vez en los acuarios de peces ornamentales de la zona aparecieron flotando cabezas carcomidas de niños y adolescentes.
–¡Tranquilas todas! –avisó Clyde.
–¡Esto no es real, no es real!
Leni se levantó de un salto y comenzó a azotar su silla contra la mesa tratando de matar a los bicharrajos.
–¡No es real!, ¡no es real!, ¡no es real!, ¡no es real!...
–¿Necesitan algo más? –entró la camarera a ver a que se debía el disturbio.
Por su desasosiego, era evidente que no estaba viendo las horripilantes cosas que ellos veían.
–La cuenta por fis –le sonrió nerviosa Luan.
Por su lado, Leni dejó la silla en paz.
