Capítulo 20: Las Hermanas a las que no Invitaron
Royal Woods, Michigan, Diciembre de 2046.
Bien entrada la madrugada, Verónica se detuvo en una pequeña urbanización, que venía a ser la zona de clase media alta del pueblo.
Desde su asiento, Lynn contempló el conjunto de casas limpias y pulcras de igual tamaño, con sus jardines floreados al frente y sus mismos patios con piedrecitas en la parte de atrás.
–Allá –señaló Hank a una al final de la cuadra que aun tenía las luces encendidas, a lo que la mujer de cabello blanco gimió al oírlo hablar. La voz que surgió de su boca era una voz grave y poderosa que daba terror. Era la voz de la luna, la voz del payaso, la voz que había escuchado en sueños provenir de los desagües y las coladeras.
Sólo entonces notó que le faltaba un ojo y casi toda la nariz. Al parecer un animal, tal vez un perro, quizá una rata gorda, se había ensañado con el. En la casa a la que habían entrado persiguiendo a sus hermanas traidoras, había muchas ratas aquella noche.
–Ahora, ve y mátalos a todos –habló el titánico muchacho por ultima vez.
Luego, cuando estiró su manaza para abrirle la puerta, Lynn se apretó toda contra el espaldar de cuero queriendo evitar a toda costa tocarla. Sus tendones hacían ruido, como puertas al girar sobre goznes herrumbrados.
–Gracia…
Pero al volverse Hank había desaparecido y en el asiento del conductor sólo estaba su chaqueta, y una materia viscosa en el pomo de la palanca de cambios.
Lynn miró fija, con el corazón latiéndole dolorosamente en la garganta… y creyó oír que algo se movía en los asientos de atrás, por lo que bajó a toda prisa y estuvo a punto de caer al suelo.
Al retirarse, cuidó de pasar bien lejos de la Ford. Le costaba caminar y cada paso le tiraba del vientre, pero al fin llegó a la acera y de allí se escabulló sigilosamente al jardín trasero de una residencia en cuyo buzón se leía el apellido McBride.
Mientras tanto, las otras siete hermanas Loud continuaban con su junta precisamente en la sala de Clyde, quien procedió a encender unos inciensos aromáticos que aseguró podrían servir para aliviar el agobio que con toda razón padecían ellas tras enterarse de la muerte de la segunda más menor.
Al poco rato, regresó de la cocina a servirles también un relajante té de hierbas a cada una.
–Beban, esto ayudará.
–Gracias Clyde –recibió Luna la primera taza. Después, las otras agarraron las demás y fueron dando los primeros sorbos.
–Sabe amargo –comentó Lola tras probar lo que había en la suya.
–¿Qué es? –preguntó Lana luego de hacer exactamente lo mismo que su gemela.
–La memoria es lo esencial –contestó el hombre sin hacer caso a su pregunta–, es la clave, la clave para todo. Eso nos quiere de vuelta, claro que sí, pero no sabe, que yo sé lo que sé.
–¿Y q-que es lo que s-sabes? –indagó al respecto Lori, quien con trabajo siguió alzándose de a poco su bebida. Lucy antes olfateó el contenido de su taza con cierta reserva, pero igual terminó de pasárselo todo de un solo bocado.
–Como destruir a Eso –respondió Clyde captando la total atención de todas–. En serio, de hecho una vez estuvimos a punto de lograrlo, pero no fue suficiente, necesitábamos saber más. He leído todos los libros, he hablado con todas las personas en este maldito lugar, todos los que quisieron contarme y no es una lista muy larga. Pero seguía sin bastar con lo que me dijeron, tenía que saber como inició todo.
–Oye, ¿que clase de té es este? –lo interrumpió Luan para preguntar, dejando su taza medio llena a un lado.
–Los nativos chocopeewa me ayudaron en mi viaje –continuó Clyde con su relato–, me mostraron cosas, una visión.
–Como que me siento algo extraña –dijo Leni sobándose la cabeza.
–Yo también –suspiró Luna parpadeando repetidas veces–. Caliente, ¿estoy sudando?
–Chicas, necesito que vean, lo que vi… –siguió explicando Clyde, cuya voz empezó a sonar vibrante–. Viven a las orillas de Royal Woods, más allá de su alcance. Se mudaron ahí hace muchos años. Su chamán, el más sabio, me acogió. Me dio su Maturin sagrado y pude reaccionar. Al estar sentado allí, mirando hacia el valle, vi cuando llegó Eso. Sabía que un día, tendría que hacer que ustedes vieran.
Con su cabeza dando vueltas, Lola abrió bien sus ojos y examinó con detenimiento la naturaleza del supuesto té que se estaban tomando.
–Clyde, ¿que nos diste? –preguntó al padecer un súbito mareo.
–Es una raíz que estimula la mente y los sentidos –confesó sin mas, luego de asegurarse de que todas bebieran.
–¡Amigo!, ¡¿acabas de drogarnos?! –protestó Luna, percibiendo como todas que el espacio a su alrededor se distorsionaba.
–No, no son drogas –se excusó–. Es una raíz, con propiedades, es menos fuerte que lo que los chocopeewa me dieron a mí.
–¿Por qué harías eso? –reclamó Luan, quien ante sus ojos notó aparecer una serie de destellos de luces parpadeantes.
–Para que abrieran sus ojos.
–¡Me si-si-si-sient-to extraña! –jadeó Lori con voz entrecortada.
–Necesito que vean y se les revelará…
–No, no me si-si-siento bi-bien…
–Abran los ojos, abran los ojos…
En la mesa de centro, las llamas de los inciensos se encendieron, amarillas y crepitantes, recordando el nítido relieve de cada una de las caras. Pronto, el recinto se llenó de humo.
–¡¿Qué es esto?! –se levantó Lola a buscar al resto con la mirada obstruida por una densa niebla.
–Me mostraron el pasado… –llegó de lejos la voz de Clyde.
De repente, todo volvió a esclarecerse ante Lola, quien ahí vio que ya no se encontraba en aquella sala. Seguía estando en Royal Woods, y lo sabía, pero todo era distinto. Ya no estaba adentro de ninguna casa, sino afuera, rodeada de inmenso follaje más denso y salvajemente voluptuoso. Habían plantas que nunca había visto en su vida y comprendió que algunas cosas que podía tomar por arboles eran helechos gigantescos en realidad.
Contra su voluntad, pero sin poder evitarlo, miró hacia el cielo y divisó allí a un objeto ardiente que atravesaba la capa de nubes mientras se precipitaba hacia la tierra. Era caliente y chamúsqueante, lleno de humo; sofocaba. De el desprendían arcos de electricidad y látigos azules que dejaban truenos a su paso.
Entonces se produjo una explosión, seguida por un rugido al que siguió un fuerte choque resonante que la cegó y la arrojó al suelo.
–La forma en que se apareció ante ellos… –retumbó la voz de Clyde en sus oídos.
De ahí, el escenario cambió a uno en el que se hallaba en medio de un espeso bosque, siendo acechada por una alta figura sombría con una gran cornamenta y un par de enormes ojos brillantes como faros, con los que la avizoraba en la oscuridad.
–Me mostraron su dolor…
Y despegó, saliendo disparada para arriba a atravesar una extensa red luminosa de puntos de colores brillantes que jamás podría describir. En eso, sus tímpanos por poco y revientan al oír histéricos chillidos de agonía de niños por todas partes.
–¡¿Cómo lo detuvieron?! –preguntó a gritos, llevándose las manos a ambos lados de su cabeza.
Lola empezó a toser. El humo era más denso; envolvía los verdes, los rojos, los grises del entorno… Y volvió a caer, sobre su trasero y su espalda encima de algo blando. Parpadeó, abriendo los ojos nuevamente, y vio que se hallaba de regreso en la sala de Clyde, quien estaba a su lado limpiándole la boca con un pañuelo.
–Se acabó, se acabó, se acabó, tranquila… ¿Estás bien?
–¡¿Pero qué diablos fue todo eso?! –reaccionó con un sobresalto.
–Lamento haberlas hecho pasar por algo así –se disculpó el hombre con todas las Loud en lo que estas se recobraban de aquel viaje psicodélico–, pero necesitaba que vieran lo que yo vi.
–Entonces… Jadeo –tosió Lucy y después aspiró de su inhalador–. Eso cayó del cielo… Jadeo… Vino de afuera, de mucho más allá del espacio exterior… Jadeo… Ha estado aquí desde el principio, tal vez durmiendo… Jadeo… Desde antes de que hubiera hombres en cualquier parte.
–Por eso es que se mueve por las cloacas y los desagües –señaló Lana–. Para el han de ser como carreteras.
–¿Entonces lo vieron? –preguntó Clyde al grupo de mujeres–, ¿el ritual?
–¡El ritual de Chüd…! –exclamó Lori algo hiperventilada–. S-si… A-ahora lo recu-curdo… V-vi todo el maldito ritual.
–Será mejor que nos vayamos a dormir… –sugirió Luna sobándose sus sienes–. Pero no creo que sea buena idea regresar al hotel. No hay que separarse por ningún motivo.
–Esa es la cosa más sensata que te he oído decir en toda la noche –afirmó Luan desparramándose toda ella en el sofá.
–Estoy de acuerdo. Pueden quedarse aquí, en mi casa –ofreció su amigo a darles alojamiento–. Hay demasiadas habitaciones como para que aquí viva una sola persona.
–Gracias Clyde –dijo Leni meneando débilmente una mano–, eres muy amable.
–No hay de que. Adelante, pónganse cómodas. En un momento estoy con ustedes.
Mientras que a sus invitadas se les pasaba el efecto de los alucinógenos, Clyde subió a buscar unos cobertores en el armario del dormitorio de arriba para preparar sus camas. Pero antes cerró la ventana al sentir entrar a una helada ráfaga de viento.
En eso, la más mayor de las hermanas Loud se apareció en la puerta de manera repentina y entró a hablarle en privado.
–Lori, ¿ocurre algo? –preguntó el atentamente.
Sin previo aviso, la mujer se lanzó a aferrársele al torso y a hundir la cabeza entre sus pectorales. Ahí, el hombre de color sintió que algo volvía a su persona; algo que lo haría tener un tremendo ataque de ansiedad, como los que solía tener cuando apenas era un niño.
–Oh, Clyde –habló Lori siendo muy efusiva en su abrazo–. Estoy tan asustada.
Con una mano tan rígida como si esta se tratase de una prótesis robótica, Clyde le acarició el cabello con suavidad.
–No te preocupes –dijo haciendo un gran esfuerzo por mantener la compostura. Y es que si de algo estaba seguro, era de que lo que sentía por ella jamás llegó a cambiar, ni siquiera al crecer–, todo va estar bien, te lo prometo.
–¿Sabes que esta podría ser la ultima noche de nuestras vidas?
–Lo… Lo… Lori… –tragó saliva Clyde –. Pase lo que pase, yo te protegeré. A ti y a las otras.
–Lo sé. Cuando bajamos a las cloacas esa vez, tu estuviste dispuesto a hacer todo lo que estuviera a tu alcance para ayudarnos. Lo recuerdo muy bien. Oh, Clyde.
Dicho esto, Lori lo sorprendió rodeándole el cuello con ambos brazos.
–Sabes –siguió diciendo tras darle un chupetón en el cuello que hizo que se le erizara la piel en el buen sentido–, siento que cometí un error al no haberte hecho caso hace años, pero mejor tarde que nunca, ¿no crees?
–¿Qué quieres decir?
–Como dije hace tiempo, cualquiera sería afortunada de estar en tu corazón. Creo que lo que hice fue esperar; esperar a que ambos estuviéramos listos. Yo ya estoy lista, ¿y tú?
Sin mas Lori siguió dandole de chupetones a Clyde, quien terminó por ceder a su deseo de estar con la mujer a la que siempre amó. Así, ambos juntaron sus bocas y se besaron apasionadamente.
–Oh si, ¡si Lori! –exclamó extasiado y a punto de entregarse por completo a ese momento de pasión.
Después de aquello, nunca supo (ni quiso saber) que tan lejos hubiera llegado la cosa, si no fuera porque levantando su mirada, en un brevísimo instante en que miró hacia el espejo de cuerpo entero que estaba junto al tocador al otro lado de esa habitación, en el reflejo de Lori vio que en lugar de sus jeans un par de pantalones abombados de payaso sobresalían por debajo de su suéter. También notó que su propia cara estaba manchada de maquillaje blanco y rojo.
–¡Oh, dios! –gritó escandalizado apartando de un brusco empujón a quien estaba abrazando que, si, era un payaso con parte del maquillaje corrido en su boca.
–Bésame, negrito –rió lascivamente parando sus labios en una atrevida mueca de picardía.
Clyde soltó otro grito enmudecido y corrió hacia al otro lado del pasillo a la puerta de su estudio. Ahí se detuvo y volvió a mirar a la misma habitación, solo para darse cuenta de que el payaso ya no estaba. Luego se pasó una mano por el rostro, pero tampoco había rastro alguno de maquillaje.
Igual, se acercó a buscar cualquier cosa que le pudiese calmar los nervios en su escritorio atestado de botellas vacías de licor, cajetillas de cigarrillos, anfetaminas terapéuticas y otras porquerías más. Su urgencia por hacerlo era tan grande, que en ningún momento llegó a percibir la presencia de alguien que se hallaba escondido atrás de la puerta, sino hasta después de que la cerrara silenciosamente tras el y pusiera el seguro.
–Hola Clyde –oyó hablar a esa persona, cuyo saludo dio paso al sonido de los resortes de una navaja desenchufándose: ¡Clic!–. Ha pasado mucho tiempo.
Aun antes de que la silueta diera un paso al frente; aun antes de que la poca luz que entraba por la ventana revelara su cara; aun antes de oírla hablar, Clyde consiguió adivinar quien era.
–Lynn… –apenas si pudo pronunciar su nombre antes de que se abalanzara sobre el.
Abajo, la verdadera Lori volvió a sus cinco sentidos al oír ruidos en el piso de arriba, por lo que subió a averiguar que estaba pasando.
–C-Clyde –se acercó a tocar la puerta del estudio–, ¿e-est-tá t-todo bien?… ¿C-Clyde?
A falta de respuestas, y de que adentro se oían puros golpes y cosas rompiéndose, Lori tomó impulso y embistió la puerta varias veces hasta que consiguió tumbarla.
Conforme iban volviendo en si, sus otras hermanas fueron subiendo a enterarse de lo que ocurría, siendo Lucy la ultima tras salir del baño a donde había ido a tomar sus medicamentos, cuando de pronto aceleraron su paso al oír los gritos de Lori.
–¿Qué pasó? –Luna se abrió paso para ponerse adelante de todas a entrar al estudio pasando por encima de la puerta derribada–, ¿qué es lo que…? ¡Santo cielo!
Leni y Lana entraron de segundas y se agacharon para ayudar a Lori a socorrer a Clyde, quien tenía una herida muy profunda en el centro de su estomago.
Lucy pasó al lado de ellas y se asomó a mirar por la ventana abierta, pero afuera solo había oscuridad y una ventolera que soplaba con tal fuerza que temblaban los cercos de los jardines en toda la calle.
–¡Rápido –ordenó Luna agachándose también a ayudar a detener la hemorragia en el vientre de Clyde–, hay que llamar a una ambulancia!
Al amanecer, mientras Clyde era ingresado a urgencias, Lily se detuvo en Flip´s: Comida y Combustible luego de haber ingresado a los limites del pueblo a bordo de un vehículo que alquiló en una agencia cercana al aeropuerto donde su vuelo aterrizó.
Ahí, lo que hizo fue bajarse a entrar en el mini super y pedir información al dependiente de la gasolinera, sin ser consciente de que estaba siendo observada desde la ventanilla de uno de los baños.
–Buenas tardes –se acercó al mostrador con un papelito en mano–. Disculpe que lo moleste, pero es que he estado dando vueltas por la ciudad y no consigo ubicarme. ¿Sabe cómo puedo llegar al Nro. 1216 de la Avenida Franklin?
–Está como a quinientos metros de aquí –indicó el viejo Flip señalando en una dirección por la ventana. Ese rato, el anciano leía el periódico matutino, en el que en la primera plana se informaba sobre la reciente fuga de una interna del asilo femenil de Hazeltucky, quien escapó luego de aparentemente haberle destrozado la garganta a una de los guardias y ahorcar con sus propias manos a otro en tiempo récord.
–Oh, que bueno –le agradeció Lily–. Por poco me quedo dormida conduciendo. Me parece que llevo en el auto meses.
–Solo siga recto y doble hacia la izquierda en la próxima intersección.
–Ok, muchas gracias.
Lily salió del local, primero a recargar el tanque de gasolina. Después, cuando metió la llave en la cerradura para de ahí seguir con su camino, fue que una mano cayó sobre su hombro.
–Lily, pero mira que grande estás –le habló a sus espaldas, la dueña de esa mano firme como el acero que la obligó a volverse.
–¡¿Quién es usted?! –preguntó totalmente alertada.
En principio, creyó que la cara que tenía ante sí era la de una anciana drogadicta. Eso ultimo lo pensó porque aquella mujer llevaba puesta un pijama de hospital; pero luego entendió que simplemente se había dejado engañar por lo blanco de su cabello alborotado, y el aspecto flácido, famélico y de tono enfermizo de su rostro, que era el de una persona empujada hacia una vejez prematura. En este caso, una mujer recién pasada de los cuarenta que estaba por cumplir los ochenta y todos.
–¡No me haga nada –se apuró a entregarle todo lo que traía encima como hace cualquier persona sensata al ser víctima de un asalto–, aquí están mi cartera y mi teléfono!
–¿Qué ya no te acuerdas de mí? –le dibujó una sonrisa grotesca esa extraña mujer, cuya mano apretó con más fuerza clavándose. Sus ojos, pequeños y perversos entre la piel amoratada, estaban inyectados de sangre y no había sentimientos en ellos–. No, claro que no…
–¡AYUDA, AYUDA! –gritó Lily con desesperación.
En algún lado un perro se puso a ladrar, pero eso fue todo. Por la ventana del local, Flip se asomó a ver a que se debía tanto alboroto… y en seguida volvió a lo suyo como si nada.
–Vamos, pequeña hermanita. Tenemos mucho de que hablar –susurró en su oido, Lynn Jr.
Pasado ya el mediodía, las hermanas Loud esperaban muertas de la angustia afuera del quirófano del hospital más cercano al que pudieron llegar.
–Si Clyde muere –sollozó Leni–, sólo quedaremos nosotras siete. ¿Por qué?, ¿por qué nos hace esto? ¿Por qué tanto odio? ¿Por qué es tan malvada?
–Está bien –habló Lola –. Lisa está muerta, Clyde estuvo a punto de estarlo, cualquiera de nosotras puede ser la siguiente. Yo ya tuve suficiente de todo esto, me marcho de aquí.
–Yo igual –secundó Luan.
–¿V-van a olvidarlo a-así nada más? –les replicó Lori–. ¿Q-que hay del p-plan…?
–Yo tengo un plan, largarnos antes de que acabe peor que uno de los libros de Lucy, ¿quién está conmigo?
–Hicimos una promesa –repuso Lana, molesta por que su gemela alzó la mano.
–Entonces hay que olvidarla –declaró Lola–. Yo ya estoy muy mayor para andar cazando monstruos, y también Clyde.
–Lisa también –concretó Luan.
–Seguirá muriendo gente –suspiró Lucy.
–¡Ay, las personas mueren a diario hermana! No le debemos nada a este lugar. Acabo de recordar que crecí aquí hace como un par de días, así que al demonio con esto, yo me largo.
–Lo siento Lori –se disculpó Lola–, estoy con Luan.
–¿Tú qué opinas Luna? –le preguntó Lana exhalando fatigada.
–Yo… Francamente ya no sé que pensar.
–Oigan, vean –las silenció Leni de pronto señalando al televisor encendido de la sala de espera.
En este, Lola miró de nuevo a una de las hermanas que se llamaban igual que la segunda más mayor de las Loud; la rubia y delgada, que era la que más se le parecía en físico, quien mostraba un aspecto horrible con mares de rímel corrido por su cara enrojecida y su cabello todo revuelto y sucio de ramas, hojas secas y lodo.
–¡Les digo, que no fue ningún loco disfrazado de monstruo del pantano! –le gritó histérica a la cámara, mientras era sometida por dos paramédicos que trataban de llevársela lejos de un reportero acosador para subirla a una ambulancia–. ¡Esa cosa era real! ¡Ningún ser humano hubiera podido vencer a mi hermanita y menos dejarla así! ¡Ella trató de protegerme, pero esa cosa…! ¡Ay, dios, fue horrible…!
Lola se sentó en una banca a enjugarse las lagrimas, que no pudo contener al ver así de devastada a la pobre niña, a sabiendas de quien era de la que estaba hablando.
≪¿Es que nunca está satisfecho?≫, se preguntó sin dejar de lagrimear, pensando en lo rápido que Eso se había cobrado a su siguiente víctima después de haber ido por la pequeña pelirroja.
A continuación, en la pantalla apareció Katherine Mulligan a seguir informando como la presentadora principal del noticiero, indiferente a la angustia de la Leni mayor en edad y pequeña en tamaño.
–El jefe de la policía dijo –a su derecha apareció una captura con la foto de la Leni corpulenta de ocho años–, que la víctima fue encontrada cerca del pantano de Tall Trees. Las autoridades locales no han dicho si existe alguna relación entre esta y la reciente ola de desapariciones de niños pequeños. Revelaron sin embargo que el cuerpo estaba gravemente mutilado. En otras noticias, un grupo de monos infectados…
–¿Familiares del señor McBride? –salió justo en ese momento un medico del quirófano.
–S-si doctor… –se apresuró a atender a su llamado Lori–. ¿Co-cómo se encuentra?!
–Ya está consciente. Afortunadamente pudimos estabilizarlo y ya se encuentra fuera de peligro.
–Gracias al cielo –suspiró aliviada Leni.
–¿Podemos verlo? –pidió Lola.
–Aun no señorita, todavía necesita recuperarse. Una de ustedes puede entrar, pero solo un minuto.
Por ser de cierto modo la más cercana a el, acordaron dejar que Lori pasara a verle.
–¿C-Clyde…? –se anunció al entrar en la habitación donde estaba internado–. T-todas las d-demás est-tán afuera.
–¿Y LJ?–preguntó débil por el cansancio.
–Esc-c-capó… L-la v-vi saltar por la ventana.
–¿Y la policía…?
–Aun no.
–… Tengan cuidado, no confíen en nadie… Si alguien pregunta, la fiesta se animó demasiado, yo bailaba sobre la mesa y me caí.
–C-cualquiera q-que te haya v-visto b-bailar lo creería –rió Lori.
–Necesito que me digas que van a hacer.
–N-no lo s-sé Clyde… C-créeme que n-no los s-sé.
–Mi chaqueta, en el bolsillo.
Lori abrió el locker e hizo exactamente lo que le pidió Clyde. Su sorpresa, fue mayúscula cuando en el bolsillo delantero encontró dos de los siete balines forjados con la plata fundida de las monedas faltantes de la colección que Lana dejó regalando en el bar.
–Estos… P-pero los d-dejamos en l-las… ¡¿V-volviste?!
–Estaba seguro de que dormía –respondió Clyde a su pregunta.
–S-si, muy seguro –afirmó Lori con sarcasmo–. ¿Y fuiste s-s-solo?
–Hace unos años mi vida era un desastre –se explicó–, quería suicidarme. Creo que quería que despertara y me matara. Pasé todo el día tropezando en la oscuridad. Encontré uno enseguida, en una ranura del pozo. Otra estaba en el drenaje. Creí que podríamos necesitar esa ayuda. Y cuando salí de ahí, pude arreglar mi vida… El miedo… Lori, si se marchan, si deciden no usarlas, lo entenderé.
Tras despedirse con un beso en los labios de Clyde, Lori se dirigió junto con sus hermanas a la salida del hospital.
Al final se habían decidido por desertar sencillamente, al sentir que eran incapaces de hacer alguna diferencia si se quedaban.
En el camino sin embargo, Lucy se detuvo a ultimo momento en medio del pasillo, al aparentemente ser la única en oír una bella tonada tranquilizante que llamó su atención.
Sintiendo una rara fascinación por la hermosa melodía que acariciaba sus oídos, la mujer de cabelló negro siguió aquel tono hasta la sala de espera en el pabellón de maternidad (siendo esa una reacción más usualmente esperada de ver en alguien como Luna).
Ahí, reconoció que lo que escuchaba era la bagatela Para Elisa del compositor Ludwig van Beethoven, y con sumo asombro vio que quien la entonaba, en un xilófono de juguete con la destreza propia de un prodigio musical, no era más que un pequeño infante de no más de unos tres o cuatro añitos cuanto mucho.
Pero eso no era lo más asombroso que había en esa sala, sino que, para empezar, el pequeño llevaba puesta una camiseta morada con el dibujo de una nota musical de color blanco; su cabello era corto y castaño, y tenía cada mejilla salpicada de pecas.
A su lado, se encontraban también otros dos niños un poco más mayores a el (quizá el uno por un año y el otro por dos calculando a simple vista). Ambos eran rubios y el uno aparentaba ser más despistado que el más grande, quien tenía su atención centrada en un teléfono celular.
Más incrédula que nunca, a pesar del montón de cosas raras que presenció desde que llegó a Royal Woods, Lucy se descubrió el flequillo de su pelo para ver mejor a lo que tenía en frente, cada vez pudiendo creer menos que fuera real.
Junto a esos tres chiquillos, en una silla se hallaban otros dos aun más pequeños, igual castaños como el del xilófono. Uno era dientón, vestía un par de tirantes amarillos a cuadros y se ocupaba en entretener con graciosas morisquetas al más pequeño de todos, que también era pecoso y usaba un mameluco rojo con un balón de americano bordado en el pecho.
Con sus ojos abiertos como platos soperos, Lucy estudió el parecido que compartían los pequeñines entre ellos, y no le costó nada deducir que lo más probable era que los cinco fueran todos hermanos. También supo que sólo bastaría con ponerlos en fila por edad y estatura para saber que nada más se llevaban un año de diferencia y que uno era tan solo un poco más alto que el anterior.
Pero la cosa no acabaría ahí, ya que, paseándose nervioso de un lado a otro por la sala, a la vez pendiente de esos niños, vio además a un sujeto narigón de suéter color durazno y con algo de pelo –con el mismo tono castaño– alrededor de su cabeza pero sin nada encima, quien fácilmente podría apostar un brazo y una pierna a que se trataba de su padre.
Por mucho que lo intentara, Lucy de ninguna manera podía creer lo que estaba presenciando.
–Sorpresa… –masculló, mirando atontada a la peculiar familia con su boca abierta de par en par.
Como si su estupefacción no hubiese tenido suficiente con todo eso, justo en ese instante se abrieron las puertas de la sala de maternidad y una enfermera salió de allí empujando una silla de ruedas en la que iba una mujer rubia de bata verde que llevaba en sus brazos a un recién nacido envuelto en una mantita de color naranja.
–Señor… –llamó a uno de los presentes en la sala, y aunque Lucy tan sólo alcanzó a escuchar la ultima nota del xilófono y no el apellido anunciado por la enfermera, supo que se trataba del hombre del suéter durazno quien acudió al llamado inmediatamente en compañía de los otros cinco niños.
En una hermosa escena que podría conmover hasta el más desabrido, todos ellos rodearon a la mujer rubia, quien ante sus caras de emoción destapó a una linda bebita con mechones de cabello blanco.
Habiéndose quedado sin palabras, Lucy corrió a alcanzar a sus hermanas en el estacionamiento del hospital.
Lola estaba por subir al auto de Luan; y Leni, Luna y Lori a la camioneta de Lana.
–¿Te llevo Lucy? –se ofreció Luan a darle un aventón en cuanto la vio aparecerse en la puerta.
–¿A dónde van, chicas? –preguntó en un tono agudo e inquisidor.
–Al aeropuerto –contestó Lola.
–Ven con nosotras –dijo Leni.
–Suspiro… Acabo de ver algo –se negó–, y no sé si fue real. No sé si alguna de ustedes lo vio… No me iré… Suspiro… Porque si lo hago viviré con esto hasta enloquecer, hasta que no pueda ver la diferencia entre mi vida y mis pesadillas… Suspiro… Durante años me han pagado por asustar a la gente; pero soy yo quien ha vivido asustada, toda mi vida… Suspiro… Ya no quiero sentir miedo… Suspiro… Yo, volveré a ese sitio… Suspiro… Y voy a matarlo.
Esta vez, fue Lola la primera en acercarse a abrazar a la que aun quería seguir en el juego, como muestra de su apoyo incondicional.
Ninguna de las otras se opuso o dijo algo para hacer que Lucy desistiera. Es más, de una en una se acercaron a abrazarla igualmente para demostrar que podía contar con ellas. Primero Luna, después Leni, Lori, Lana y por ultimo Luan.
Antes de llegar al cementerio, las hermanas Loud hicieron una rápida parada en la tienda de artículos deportivos de siempre. Luego, una vez estuvieron ante la vieja casa del conserje, cada quien se armó con lo que encontró atrás del asiento de la camioneta de Lana.
Lori tomó un palo de escoba, Luna un desarmador, Lana una llave en cruz, Lucy el rompe-cristales de emergencia, Lola el extintor y Leni se valió únicamente del repelente para arañas que siempre llevaba en su bolso.
–Ahora que lo pienso, si debimos traer algo realmente útil como una ametralladora –rió Luan de lo nerviosa que estaba.
–Usa esto –le hizo entrega Lana del tirachinas–. Es lo único que conservo de esos días.
–Recuerdo que eras muy acertada sis –comentó Luna para darle ánimos.
–No podías fallar –agregó Lucy.
–Ni fallarás ahora –acertó a decir Lola–, ¿recuerdas?, le diste a ese payaso en la cabeza y se la abriste.
–Porque había luz ahí debajo –explicó la cuarta.
–Si, como que luces brillantes –afirmó Leni.
–D-de muerte… –concretó Lori buscando en su bolsillo–. L-las v-vimos por un segundo… T-ten.
–Lori –se asombró Luan cuando lo que ella le entregó fueron los dos balines plateados–, ¿cómo es que…?
–Clyde los p-pudo recup-p-perar… Es-t-tos son por Lisa…Y-y p-por Clyde.
–Suerte a las siete –declaró Lucy.
–Todas unidas –igual hizo Lana.
–Por favor chicas –tuvo que protestar Luan, por la presión que ejercían sus hermanas al depositar su fe en ella–, ¿qué rayos vamos a hacer ahora?, ¿acaso entonar el himno de un ritual? Despierten y respiren. ¿Huelen eso? Es la muerte. No es por Clyde, ni por Lisa, ni por Lincoln, ni por esa niña pelirroja. Es por nosotras. Si los inútiles se le oponen, se mueren y tú lo sabes bien, ¿no es así jefa?
–No es preciso que vayas chica –contestó Luna.
–Cierto. No era preciso que volviese a Michigan, ni que fuera a la cena y desde luego mucho menos que viniera aquí y ahora no es preciso que entre.
Lucy se limitó a darle unas palmadas en el hombro.
–Sigo creyendo que debimos traer una ametralladora –se resignó a siempre si bajar con todas.
Con el armamento improvisado, entraron por segunda vez a la casa y bajaron directamente al sótano. Ahí armaron el equipo de escalar que habían venido comprando y volvieron a descender a las alcantarillas de una en una por el mismo pozo seco.
Primero fue Luna, después Lori, luego Luan, Lola, Lana y Lucy.
–¡Allá voy chicas! –se asomó a avisarles Leni, que era la única que faltaba por bajar.
–Ok, ten cuidado –contestó Luna desde el agujero que daba entrada a las alcantarillas.
Leni respiró hondo y se dispuso a halar la cuerda afuera del pozo para poder calzarse el arnés, cuando de repente alguien llegó por detrás de ella a golpearla en la cabeza con una tabla.
¡KAPOOW!
–¡AAAAAYY!
–¡Muere! –aulló su agresora tirando luego de sus cabellos para arrojarla contra una esquina.
–¡L-Leni!… –se asomó Lori al advertir que los lentes de sol de la modista cayeron rodando por el pozo.
–¡Leni! –se asomó por detrás de ella Luna.
–¡¿Qué pasó?! –preguntó Luan un poco más adelante en el túnel.
Preocupadas, Lori y Luna miraron para arriba y vieron a la quinta de los once, con su cabellera blanca y su rostro demacrado, asomarse por la boca del pozo.
–¡Lynn! –exclamó Luna.
–Hola chicas –se inclinó esta a brindarles una sonrisa maniática–. En un momento estoy con ustedes.
–¡¿Dijeron Lynn?! –llegó después Luan a dónde estaban ellas junto con las gemelas y Lucy.
–¡¿Está aquí?! –preguntó alarmada Lola.
Luna trató de agarrar la soga para volver a subir, pero Lynn fue mucho más rápida en sacarla antes de que pudiera lograrlo.
–¡Agárrenla! –intentó Lana de evitar que la cuerda quedara afuera de su alcance.
–¡No, Lynn! –gritó Lori.
–¡Maldición! –aulló Luna en cuanto las correas del arnés también se le resbalaron de entre sus dedos.
–¡Leni –la llamó Lucy para advertirle del peligro–, cuidado!
–¡Lanza la cuerda! –gritó Luan.
Arriba en el sótano, Leni se alejó arrastrándose de Lynn, quien lanzó la soga y el arnés afuera del pozo y se acercó a ella lanzándole una mirada cargada de odio puro.
–¡Lynn!, ¡¿por qué nos haces esto?!
–Porque tiene que hacerse –respondió ella con calma, al tiempo que la navaja se desenchufaba en su puño cerrado con un agudo ¡clic!
–¡Leni! –oyeron gritar a Lori.
–¡Lanza la cuerda Leni! –volvió a gritar Luan.
–Es todo, voy a subir –dijo Luna poniéndose a buscar algún punto de apoyo en las paredes de piedra del pozo.
–¡¿Estás loca?! –la persuadió Lana–, ¡¿con que?!
Arriba, Leni quiso reincorporarse de nuevo, pero antes Lynn se lanzó a embestirla y caer de rodillas encima de ella.
–Todo se va arreglar… –dijo acercando el cuchillo a su garganta.
En defensa, Leni retuvo la mano del arma en ambos puños tensados con toda violencia.
–Tú serás la primera en volver a ver a Lincoln… –susurró Lynn. Su mano apretó la empuñadura de su navaja y empujó hacia abajo ayudando a ejercer presión con la otra–. Pronto, los once estaremos juntos de nuevo y seremos una familia feliz otra vez.
–¡Mentira! –gritó Leni–. ¡Tú no eres parte de nuestra familia, no eres mi hermana! ¡Y si dentro de ti queda un pedazo de ella, sabe que Eso miente! ¡No necesito de ningunas gafas especiales para saber que es una vil mentira, una sucia mentira de Eso, lo que eres tú, no mi hermana! ¡Eres Eso, y cuando consigas lo que quieres, no le darás nada a Lynn, porque eres egoísta, y ella lo sabe!
El rostro que Leni tenía ante sí cambió, sin que ella supiera como, en los rasgos no hubo alteración alguna.
–¿Leni? –dijo Lynn, cuyo cuerpo se estremeció hacia atrás y después sus ensangrentadas manos se aflojaron como garras exhaustas. La navaja retrocedió de golpe, a lo que Leni ahogó una exclamación.
–¡¿Qué pasa allá?! –se oyó gritar a Luna desde el pozo.
–¡Leni, cuidado con Lynn! –gritó Lana.
–¡Lanza la cuerda! –insistió Luan.
Con el cuerpo acalambrado, Leni apenas y si pudo volver a ponerse en pie a observar con angustia a la peliblanca que retrocedía ante ella con la navaja hundida en su pecho.
–¡Lynn, quieta! –trató de acercársele para ir en su ayuda, pero ella siguió retrocediendo y apretando la empuñadura de la navaja con mayor fuerza–. ¡Detente!
–Leni –susurró. De pronto, la Lynn de mucho antes estuvo allí otra vez, mirándola con una angustia de muerte, con un dolor tan inmenso que la rubia sintió que el corazón se le consumía en el pecho suyo–. Huye, escapa.
–No –negó Leni con la cabeza–. Déjanos ayudarte. Vas a estar bien, ya verás. Te prometo que todo se va arreglar.
–No… –los ángulos de la boca de Lynn descendieron lentamente–. Vete, no creo que pueda seguir reteniéndolo mucho tiempo. Ahora, y dile a las chicas que las quiero y que en serio lamento todas las cosas malas que hice.
Y cuando retiró la navaja de su pecho y volvió a dirigirse hacia ella, Leni supo que su hermana aficionada al deporte había desaparecido para siempre. Lo que quedaba de su cara era una mezcla extraña y repugnante de muchas otras, que se fundían imperfectamente en una.
–¡Lynn Loud Lunática está en la casa y va por el oro! –clamó, mostrando sus dientes destrozados en una mueca voraz, antes de lanzarse a arremeter de nueva cuenta contra Leni.
Por suerte, en esas, la otra alcanzó a sacar el repelente para arañas de su bolso, y sin pensárselo detenidamente, vació todo su contenido directo en la cara de Lynn, quien soltó un fuerte alarido al sentir una horrible quemazón en sus ojos.
–¡AAAHH! ¡ESTOY CIEGA! –la peliblanca giró sobre sus talones y empezó a alejarse torpemente–. ¡HIJA DE PUTA!
–¡Leni! –llegaron más gritos de sus hermanas en el pozo.
–¡TE MATARÉ! –chilló Lynn buscándola a ciegas por el sótano mientras abanicaba agresivamente el aire con su navaja–. ¡TE MATARÉ, CABRONA!, ¡¿DÓNDE ESTÁS?!, ¡ESTÁS MUERTA!, ¡TE MATARÉ!, ¡MALDITA ESTÚPIDA , TE MATARÉ!
Siguiendo el sonido de sus pasos, en dado momento localizó a Leni rodeando el pozo de lejos apegándose contra una pared, por lo que corrió a embestirla nuevamente, pero ella contraatacó golpeándola con la lata del repelente en la mandíbula y la alejó dándole una patada en su pecho sangrante.
–¡MALDITA ESTÚPIDA, TE MATARÉ!
Lynn caminó en retroceso hasta quedar muy cerca del pozo, donde volvió a estabilizarse y seguir buscando sin poder ver por donde andaba; cosa que hizo que diera un mal paso, tropezara con uno de los bordes y cayera hacia el vacío.
–¡AAAAAAAAAAAAAAAAHH!
–¡Ay no!
Leni corrió a tratar de impedirlo, dejando caer también la lata del repelente en el proceso, pero no lo logró.
Abajo en la entrada al túnel, Luna y las demás se inclinaron a alumbrar aquella oscura profundidad con las linternas de sus teléfonos y vieron que a poco más de medio metro de donde estaban había conseguido agarrarse de una piedra muy grande, de modo que hicieron su intento por rescatarla.
–¡El palo de escoba, rápido! –ordenó Luna a Lori que se lo alargara para que tuviera de que sujetarse.
–¡S-s-sujétate, Lynn! –gritó Lori acatando la orden de la líder quien también ayudó a agarrarlo del otro extremo.
Lamentablemente, antes de que Lynn tuviera chance de agarrar el palo, la piedra cedió y se desprendió de la estructura del pozo, provocando que con esto la desgraciada ahora si cayera hacia su muerte.
–¡Lynn, no!
Primero oyeron los gritos de ella cayendo al vacío y a su cuerpo golpeándose repetidamente contra las rocas. Después como este aterrizaba forzosamente en el fondo imposible de divisar y amortiguaba la caída de la inmensa piedrota. Luego, silencio total.
–No… ¡Lynn, no! –chilló Leni con los ojos perlados en lagrimas.
Abajo, las otras inclinaron la cabeza resignadas y guardaron un minuto de silencio.
–Pobre Lynn –sollozó Lucy pasado ese tiempo.
–N-n-no v-veas –la apartó Lori de la entrada al túnel.
–Al menos la pobre ya dejó de sufrir… –acertó a comentar Luna–. Ni modo, sigamos o esta pesadilla nunca acabará. ¡Leni!, ¡¿estás bien allá arriba!
–¡Si! –contestó volviendo a calzarse el arnés–. ¡Ahora bajo!
Y es que por muy duro que fuese, entendieron que debían continuar. Entendieron que aunque Lynn había sido muy mala con todas ellas, después de todo seguía siendo su hermana y claro que les dolió haberla visto morir de manera tan trágica ante sus ojos. No obstante, entendieron también que debían acabar con lo que empezaron y que ese no era el momento ni el lugar para llorar otra perdida.
