III.

"El verdadero amigo es aquél que está a tu lado cuando preferiría estar en otra parte."

Len Wein.


Damian rodó sus ojos al escuchar la despedida dramática de Dick a sus espaldas mientras subía el autobús que los llevaría a su pequeña excursión de fin de semana por parte de la escuela. No tenía muchas ganas, pero la promesa de caminar por el bosque y las supuestas competencias que tendrían con otras escuelas que igualmente irían levantaron su ánimo que ya comenzaba a tener una subida luego de pasar unos días descansando con su padre. Parecía que volverían a la rutina y eso le alegró en su interior. La semana que pasó les avisaron de la salida, teniendo a esos tres adultos que eran su familia moviéndose como locos para tener todo listo, más Dick quien no dejaba de hacerle bromas sobre ser mordido por una ardilla o que se le subiría una serpiente mientras estuviera durmiendo, cosa que hizo que Damian lo acusara con Bruce porque estaba molestándolo.

El viaje fue tranquilo con una película y una charla del director mientras llegaban a las zona de campamentos, donde estaban ya otras escuelas instalándose. Siendo ellos un colegio privado tenían ciertos privilegios como una mejor ubicación, manos para ayudarles con todos los alumnos presumiendo sus equipos nuevos. Damian ya sabía de tiendas de campañas y todo lo demás porque ya lo había hecho anteriormente con su madre Talia, otras veces con su padre. No necesitó de ningún adulto para arreglárselas, terminando antes que los demás. Se cambió a su uniforme de explorador que la escuela les había dado y al no tener más pendientes aprovechó para dar una vuelta por la zona y conocer el lugar. Salir de Metrópolis era toda una experiencia, conocer un bosque americano bien valía la pena el paseo. Miró los otros campamentos, algunos como el suyo, de colegios privados junto a unos más sencillos de escuelas públicas.

—Hey, um, hola, ¿estás perdido?

Se giró con una ceja arqueada para ver a un muchachito de su edad con un rostro de tonto y ojos bien abiertos, azules y brillantes como su sonrisa, cargando unos leños para fogata. Tenía un uniforme algo gastado.

—No.

—Oh… creí que lo estabas. ¡Ah! Soy Jonathan Kent, pero mis amigos me dicen Jon —el niño se le acercó con una mano extendida— ¿Cómo te llamas?

—Damian Wayne —respondió entre dientes, saludando al otro a quien miró de arriba abajo.

—Me gusta tu uniforme, se ve muy nuevo. Yo he gastado mucho el mío, papá y yo salimos mucho de campamento o a pescar. ¿Sabes pescar?

—Sí —mintió.

—¡Genial! Entonces podemos pescar juntos, bueno si quieres. Oye, ¿por qué no vienes a nuestro campamento? Te mostraré algo muy bonito que encontré.

Damian tomó aire a punto de decir que no, más la promesa de ver algo interesante en aquella zona picó su curiosidad, además que aun no quería volver a su campamento a escuchar niños tontos quejarse de que les dolían las manos. Asintió muy solemne a Jon quien sonrió con un brinquito, tomando su mano sin preguntar para jalarle hacia su campamento. Recibió algunas miradas furtivas porque se notaba a leguas que no era de ahí, mismas que atacó con una gesto de desprecio mientras su recién adquirido guía dejaba los leños para llevarle a la parte trasera del campamento donde tocaban con el bosque, entre unas rocas que debieron trepar para caer en un hueco interior. Jon se inclinó para descubrir entre hojas secas y ramas una madriguera con unos conejitos bien escondidos que mordían raíces frescas.

—¿Qué tal? Los encontré recién llegamos, buscando piedras para la fogata.

—¿Cómo pudiste dar con ellos si están bien escondidos? —Damian parpadeó sorprendido, poniéndose en cuclillas como Jon para ver a los animalitos.

—Tengo oído para eso, papá me ha enseñado. ¿Tú sales mucho de campamento, Dami?

—Es… olvídalo, no, no mucho. Acabo de llegar a Metrópolis.

—¿En serio? —Jon abrió sus ojos boquiabierto— Por eso tienes un acento chistoso.

—¡No es chistoso! Es como habla la gente decente.

—Ja, ja, ja, ja. Como digas, me gusta cómo suena tu voz.

—Hm.

—¿De dónde vienes, Dami?

—Sussex, Inglaterra.

—Wow, yo no conozco Inglaterra. ¿Es donde vive una reina viejita, no?

—Su Majestad, la Reina Isabel II. Bueno… sí es algo mayor. ¿Tú de dónde eres?

—De Metrópolis, aunque en realidad nací en Kansas, pero nos mudamos cuando mamá murió.

Eso hizo que Damian mirara fijamente a Jon, quedándose serio.

—Lo siento mucho.

—Oh, no, no. Eso pasó cuando yo era bebé. Fue un accidente. Pero como papá estaba solito la tía Lois le ofreció trabajo acá en la ciudad. No te preocupes, Dami. Gracias de todos modos. ¿Ustedes por qué se mudaron?

—Bueno —Damian miró los conejitos con sus manos haciéndose puños— Mamá también murió… hace siete meses.

Jon levantó ambas cejas. —Ay, lo siento. No debí preguntar, ¿verdad?

—No sabías, no te preocupes. ¿Dónde está la mamá de estos conejitos?

—Pues no ha aparecido, ojalá no se haya perdido… o esté en problemas.

—Ellos la necesitan.

—¡Sí! Les he traído comida, pero pues no es igual. Yo no soy una coneja… ¡Dami! ¿Y si vamos a buscarla y la rescatamos?

—¿Quién te crees…? —Damian calló, mirando los conejitos y luego a Jon— Pero tendrá que ser luego que terminemos las actividades.

—¡Claro! ¿Te veo aquí mismo?

—De acuerdo.

—¡Wow! ¡Tendremos una aventura! Salvando a mamá coneja.

Damian volvió a su campamento, pensando en la suerte de aquella coneja que esperaba estuviera viva para que regresara con sus hijos. Luego de esos tediosos ritos de inauguración, unas dinámicas tontas y su comida del día, fue de regreso hacia el campamento de Jon directo a donde las rocas sin pasar por las tiendas. Jon ya le esperaba ansioso, ambos habían pensado prácticamente igual trayendo sogas, algunas herramientas como sus lámparas con sus gorros para irse de exploradores al bosque que sabían no tendría peligros porque estaba libre de amenazas al ser una zona escolar. Hicieron un mapa de la posible ruta que podría haber elegido mamá coneja para ir a buscar comida, dejando algo de hojas y frutas a los conejitos a los que les prometieron traer a su madre de vuelta.

—Papá siempre me ha dicho que los conejos buscan sitios donde puedan esconderse.

—¿Tu padre criaba conejos?

—En Kansas, sí, en el rancho de la abuela. En Metrópolis no.

—Obvio, tonto.

Jon rió. —Suenas tan gracioso cuando te enojas.

—Sigue buscando rastros.

Él no tenía mucha idea más allá de lo que había leído sobre hábitos de animales del bosque, Jon le llevó bosque adentro, caminando por un largo trecho buscando en recovecos, huecos de árboles, troncos, algunas formaciones rocosas, hoyos del musgo. Damian fue el primero en ver una trampilla en donde se movía frenética una coneja de blanco pelaje. Estaba atrapada en una jaula de palos bien amarrados que ella ya había mordido, dejando las marcas de sus dientes en los nudos.

—¡JON!

Luego de revisar bien la trampilla, cortaron los amarres para llevarse la jaula hasta donde estaba su madriguera cuando Jon confirmó que era una coneja y que probablemente ya había tenido crías. Sintiéndose todos unos héroes, regresaron con una sonrisa en el rostro. Cuando sacaron a la coneja de la jaula, ésta corrió de inmediato donde sus pequeños hijos a los que olfateó y comenzó a limpiar, todos ellos pegándose a su cuerpo. Los dos niños se miraron, asintiendo y chocando sus palmas en gesto de victoria bastante contentos, dejándolos solos, tapando aquel hueco para que ya nadie les molestara, destruyendo la jaula que echaron en la fogata.

—Está prohibida la caza en bosques de campamento —se quejó Jon.

—Siempre hay idiotas que no saben de razones.

—Uy, eso es cierto. ¡Lo logramos!

—Sí —Damian torció una sonrisa— Eres bueno explorando el bosque.

—Por papá.

—Pasan mucho tiempo juntos, ¿no?

—Bueno, tampoco tanto, él tiene mucho trabajo, ¿sabes?

—También el mío.

—¿Sí?

Damian se encogió de hombros. —Pero cuando está conmigo todo está bien.

—Yo también siento lo mismo —Jon se rascó su nuca— Bueno… creo que debemos regresar.

—Es hora —Damian sacó algo del bolsillo de su pantalón— Toma.

—¿Qué es?

—Chocolate.

—Qué bonita envoltura.

—Es de los que trajimos de Europa, papá lo compró en Bélgica.

—Wow, tu papá viaja mucho. ¿Es un príncipe de Inglaterra?

—¡No, tonto! Pero sí tengo sangre noble por parte de la familia de mi mamá.

—Wow, wow. Gracias por el chocolate —Jon sonrió, estampando un beso en la mejilla de Damian quien se quedó de una pieza— ¡Te veré mañana en las competencias!

El chico regresó sintiendo que pisaba flojo, con una mano en su mejilla donde había recibido aquel beso por parte del atolondrado de Jon a quien maldijo todo el resto de la noche. Las competencias interescolares comenzaron temprano por la mañana y para nada le extrañó ver a Jon cerca, queriendo ganarle. Damian no se lo permitió, igual no era tan explorador como él, pero definitivamente tampoco era un debilucho. Antes de que se diera cuenta, ya estaba riendo mientras corrían metidos en un saco llenándose de lodo al ir saltando charcos hechos a propósito durante la carrera, o rodando cuesta abajo tras un pequeño cerdito que tenía una banda que les daría el derecho a imponer un castigo a los perdedores. En la noche no tuvo problemas con sentarse al lado de Jon para escuchar una serie de relatos de terror que a todos les puso los pelos de punta, casi sin querer dormirse solos en sus tiendas de campaña.

—Si quieres yo te acompaño para que no tengas miedo.

—¡Yo no tengo miedo!

—Bueno, entonces me voy.

—No dije que podías irte.

—Oh…

Damian tuvo el mejor sueño de su vida, salvando conejos, saltando montañas en costales de papa o venciendo monstruos que tenían cara de mechudos de limpieza junto a Jon. El fin de semana pasó más rápido de lo que hubiera imaginado, sin ánimos de que terminara. Mientras todos recogían ya sus cosas para volver, fue al campamento de su ahora amigo, al que le dio su tarjeta con su dirección, su número de teléfono y correo para que estuvieran en contacto. Jon a cambio le dio un perrito tallado en un palo de madera que hizo para él. Damian no lo soltó ni cuando ya fue de regreso en el auto con Alfred y su padre a un lado con Dick en el otro quien además le miró sospechoso. Su burda escultura tallada tuvo un lugar privilegiado en su cabecera, junto al retrato de Talia y una fotografía reciente de todos ellos, Alfred, Bruce, Dick y él en el parque de Metrópolis.

—¿Damian?

—¿Sí, padre?

Bruce entró a su recámara luego de darse un buen baño y quedar en pijama, con sus medallas ganadas y unos tesoros del bosque que había recolectado con Jon, todo esparcido en la cama para saber cómo guardarlo. Su padre se sentó en la orilla de la cama mirando todo eso, levantando su rostro hacia él.

—Damian, ¿realmente te gusta estar aquí, en Metrópolis?

—¿Ah? ¿Por qué preguntas eso?

—Quisiera saber. Nunca hice esto antes, simplemente te arranqué de tu escuela, tus amigos…

—Está bien —Damian se encogió de hombros— Aun hablo con ellos. Y tampoco es que tuviera tantos amigos.

—No respondiste a la pregunta.

Damian le miró, torciendo una sonrisa. —Me gusta Metrópolis. ¿Te gusta a ti?

—Tal vez. Estoy orgulloso de que hayas ganado tantas cosas.

—Fue fácil, muchos tienen miedo a lastimarse y se acobardan. Yo no.

—Eres un niño muy fuerte —Bruce le despeinó.

—Claro. Como tú.

—Damian, si alguna vez… no te sientes a gusto aquí o algo malo sucede, quiero que me lo digas, ¿de acuerdo?

—Está bien, papá.

—Guarda todo y a dormir, tienes clases mañana.

—Okaaay.

—Buenas noches, hijo —Bruce se levantó para darle un beso en sus cabellos, abrazándole después.

Damian se dejó hacer, medio gruñendo y sonriendo al mismo tiempo. Cuando su padre le dejó solo, guardó sus tesoros del bosque en una caja previamente elegida y luego fue acomodando sus medallas en un pizarrón de su recámara donde colgaba varias cosas. Respingó al escuchar su teléfono celular sonar, corriendo a su cama para ver un mensaje de Jon que le hizo sonreír ampliamente, anotándolo en sus contactos con un nuevo mensaje de vuelta, bastante entretenido con eso hasta que Dick entró para asegurarse de que estuviera durmiendo, encontrándolo más bien debajo de la sábana charlando con su nuevo amigo.

—¿Qué está pasando aquí?

—¡DICK! ¡PEDAZO DE IDIOTA, ME ASUSTASTE!

—Es tarde, jovencito, se supone que debería estar durmiendo, no hablando por teléfono con… —Dick le arrebató el teléfono— Oh… ¿Jon?

—¡DAME ESO O TE ACUSO CON PADRE!

—A la cama, ahora. Mañana puedes seguir hablando… ¿hola, Jon? Soy el guapo hermano mayor de Damian, tienen que ir a la cama ambos ahora porque son niños pequeños y los niños pequeños deben dormir temprano o se quedan enanos. Buenas nocheeees.

—¡Dick!

Éste rió, tendiéndole el teléfono para que se despidiera y abriendo las cobijas con una mano indicando que debía meterse ya. Damian refunfuñó con las mejillas rojas, terminando su llamada antes de acomodarse para dormir murmurando sobre hermanos entrometidos en conversaciones ajenas. Dick negó entre risas, acomodándole su almohada.

—Ya, deja de parar el pico como pato.

—Tonto.

—¿Se puede saber con qué amiguito hablabas?

—Se llama Jonathan. Jon.

—Ohh, diminutivos.

—¡Dick!

—¿Lo conociste en el campamento?

—Sí.

—Es decir, que es de otra escuela.

—Sí.

—Vaya, Damian Wayne entablando amistades fuera de su círculo, que interesante.

—Deja de ser tan idiota. No es nada.

Dick se carcajeó, callando al ver el puchero de Damian y sus brazos cruzados.

—Okay, no diré nada. Me alegro, aunque siento celos de esa nueva amistad, siento que seré reemplazado y terminaré olvidado en un rincón.

—Ahora estás exagerando.

—¿Y es de Metrópolis el tal Jon o viene de Marte?

—… vive en la ciudad.

—Que interesante. Pero ya es muy tarde para ti, a dormir.

—¿Sabes? Creí que me aburriría mucho en el campamento… no quería ir en realidad, pero ustedes dos andaban emocionados y…

—Y tuvimos razón en que fueras. Mira nada más, hablando a horas impropias con un desconocido.

—¡Dick!

—Buenas noches, Dami.

—Jon también me dice así.

—¡El colmo! ¡Me roban a mi niño!

—A veces eres tan retrasado. Buenas noches, hermano.

—Duerme bien, campeón.

Tendría una agradable sorpresa al día siguiente porque el tarado de Jon fue a verle a su escuela, y si bien no pudieron hablar mucho porque tenía clases de piano, quedaron de salir un día luego de las clases, a donde las hamburguesas con la enorme rocola. Dick y Alfred solamente intercambiaban miradas cada que llegaba hablando de las tonterías que Jon hacía hasta que su mayordomo le hizo la propuesta de invitarlo un día al piso para comer. Damian se quedó sorprendido, porque nunca había llevado a ningún amigo a casa, pero lo hizo porque Jon era graciosamente tonto y hacía bromas muy raras. Fue un viernes que aparecieron juntos, su amigo completamente boquiabierto porque ni en sueños había pisado aquella zona de lujo ni tampoco estado en un edificio así, menos conocer a un mayordomo como Alfred a quien de inmediato adoró cuando le ofreció un pedazo de pastel de chocolate con malteada de fresa.

—¿Entonces tu papá es abogado?

—Muy bueno, apenas si ha perdido un par de casos.

—Wow. ¿Y tu hermano?

—Está en la universidad, es gimnasta y está de voluntario en un comedor.

—Todos hacen muchas cosas en tu familia.

—Así somos los Wayne. ¿Qué hacen los Kent?

—Pues… papá escribe mucho, siempre mucho. Sus artículos para el periódico lo mantienen muy ocupado, por eso a veces me deja con tía Lois cuando debe ir a hacer una entrevista a otro estado. Tiene una cámara vieja pero que saca fotos muy buenas. Y una grabadora.

—Ya se inventaron los teléfonos inteligentes. Deberías decirle.

—Es de la vieja escuela, dice él. Yo no hago mucho, creo.

—Bueno, es que te faltan neuronas para ello.

—¡Hey! Sí lo entendí.

—Qué sorpresa.

—La película está lista, Señoritos.

—Gracias, Alfred.

—¡Gracias Señor Pennyworth! Wow, nadie me había dicho señorito antes.

—Solamente los caballeros pueden ser llamados así.

—¿Entonces ya soy un caballero?

—No tientes tu suerte, Jon.

—¡Vamos a ver película!

A cambio por tal invitación, Jon hizo lo mismo con Damian, llevándolo ahora a su casa, un departamento en la zona conurbada de Metrópolis a donde nunca había pisado, tan diferente de donde solía andar. Jon estaba feliz de tener a Damian en aquel apretado departamento lleno de libros por doquier con periódicos de varias partes del mundo pegados en una pared, fotografías colgando de un lazo, algunas cajas vacías por allá. Nada que ver con el orden y limpieza que Alfred solía tener en su casa, y a pesar de todo, era curioso el ambiente familiar que se sentía. Estaban ambos sentados frente a la pequeña barra de la cocina comiendo la pizza que habían pedido con muchas papas y sodas mientras Damian le explicaba a Jon cómo funcionaba su tableta para jugar cuando escucharon esas campanillas de la puerta sonar.

—¿Jon?

—¡PAPÁ! ¡PAPÁ PAPÁ PAPÁ! ¡TENEMOS VISITA! ¡MIRA A QUIEN TRAJE!

—Oh, Jon, me hubieras dicho para limpiar…

—Bah, ¡ven, Damian! —rió Jon, estirando su mano a su amigo quien bajó para ser presentado en aquel pequeño y corto pasillo de la entrada— Papá, te presento a Damian Wayne. Dami, él es mi papá, Clark Kent.

Damian arqueó una ceja, extendiendo caballeroso una mano hacia el alto hombre tan parecido a Jon con sus cabellos peinados cual niño bueno, sus lentes pasados de moda con una camisa a cuadros y unos jeans, cargando una maleta de la que colgaba una credencial del Daily Planet. El padre de Jon miró a su hijo de forma curiosa antes de sonreír de nuevo, tomando la mano ofrecida con sus ojos clavándose en el niño a quien pareció revisar de pies a cabeza, notando ese uniforme de escuela privada.

—¿Damian Wayne?

—Sí, señor, un gusto conocerlo.

—El gusto es mío… ¿ya comieron? Me temo que no dejé algo en el refrigerador, Jon no me avisó que tendríamos un invitado.

—¡Pedimos pizza!

—Que autosuficiente hijo tengo —Clark despeinó los cabellos de Jon quien le abrazó con fuerza, riendo y separándose para verle.

— Te dejamos unas rebanadas.

—Ah, gracias. Iré a dejar mis cosas y lavarme, ustedes sigan comiendo, es algo tarde.

—Gracias, Señor Kent.

—Oh, dime Clark, Damian.

Jon sonrió con sus mejillas sonrojadas, volviendo a sus asientos para retomar el asunto de la tableta y el juego descargado, llenando sus bocas con papas y pizza. Clark miró desde su recámara al nuevo amigo de su hijo quien parecía encantado con el niño. Damian Wayne. Aquella mirada adusta con esos ojos azules tan penetrantes eran marca registrada de los Wayne, así que había muy poca probabilidad de equivocarse y que el padre de ese muchachito no fuese Bruce Wayne, el temible abogado terror ya de la fiscalía de Metrópolis. Les observó, ambos tan a gusto entre sí, uno siempre regañando al otro que se hacía el loco con sus risas claras e inocentes. Una curiosa manera del destino de poner a los Wayne en el camino de los Kent, fue lo que pensó Clark, cambiándose a una playera del equipo de fútbol de la universidad de Metrópolis a donde había estudiado, volviendo con ellos para comer pero sin interrumpirles al notarlos más que concentrados en vencer unos cerditos ojones que devoraban todo lo que veían.

¿Sería que Bruce Wayne lo asesinaría de saber que su hijo estaba en su modesto departamento? Porque un artículo estaba por salir en el Daily Planet, sugiriendo de manera poco discreta que el flamante abogado era muy amigo del empresario Lex Luthor, cuya reputación tan dual ahora se enlazaba a la clase política inglesa. Los siguientes días iban a ser de lo más interesantes.