VIII.
"No olvides nunca que el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos."
O. K. Bernhardt.
La reunión con Clark Kent estaba fijada en la zona después de los campamentos escolares, cerca del gran lago y en lo profundo del bosque como si fuesen una clase de espías. Aquello le recordó sin poder evitarlo las andanzas de Talia cuando trabajó un tiempo como agente de campo para el MI5, con tanto secreto, cuidando no dejar rastros. Ahora de eso se encargó la agente Diana Prince, mientras Bruce se dirigía al punto de reunión, esa cabaña en la que hablarían de los asuntos de Lex Luthor con el tráfico de armas, varios sobornos al gobierno y otras prácticas más que le darían un buen tiempo en la cárcel de conseguir las pruebas necesarias. Damian pasaría el fin de semana con ese amiguito desconocido que tanto adoraba de un tiempo para acá, Dick parecía estar ocupado en lo que ya eran sus andanzas universitarias que no le extrañaron e incluso agradeció.
—Kent.
—Hey, Bruce.
—Llegaste antes.
—Espero no te moleste, quería tener preparado todo.
—Bien.
No era una cabaña muy grande, apenas si las dos habitaciones con un baño y una cocineta con una pequeña mesa a modo de comedor y el pequeño almacén para la pesca, limpieza y mantenimiento de la cabaña rústica con su chimenea ya encendida. Tenía un camino de piedra que terminaba en el lago en donde era la pesca de temporada. Clark había ya preparado un almuerzo ligero para comenzar su día. Wayne aceptó la invitación, inspeccionando todavía la cabaña mientras comían en la pequeña mesa hasta que volvió su rostro hacia el periodista al sentir su mirada sobre él.
—¿Qué?
—¿Siempre eres así de desconfiado?
—Es mi trabajo.
—Creí que era confiar.
—Has visto muchas películas, Kent.
—Clark, puedes decirme por mi nombre, no tengo ningún problema.
—Yo sí.
Kent rió, negando. —De acuerdo, Señor Wayne.
—¿Qué es lo que vas a mostrarme?
—Oh, oh, es cierto.
Revisaron los documentos que Kent había traído consigo, algunos de sus propias investigaciones y otros que Diana le había proporcionado para guiar las pesquisas sobre los movimientos ocultos de Lex Luthor en el mercado negro. Continuaron intercambiando ideas una vez que se prepararon para ir la lago a pescar. Clark era todo un maestro con ello, así que no tuvo problemas con enseñarle a Bruce, quien solamente necesitó recordar para estar pescando a su lado. Realmente no se habían cruzado con nadie ni tampoco visto algo sospechoso, no cabía duda de que Diana sabía lo que hacía y a donde los había llevado para no ser vistos por algún espía de Luthor. Después de obtener unos cuantos pescados para la cena, se quedaron en la orilla del lago a descansar, admirando la vista del bosque en el horizonte con un sol comenzando a caer.
—Am, ¿Bruce?
—¿Qué sucede?
—La otra vez encontré algo que es tuyo.
—¿De qué hablas?
Clark sacó de un bolsillo la fotografía que había recogido el otro día, tendiéndosela al abogado quien casi se la arrebató con un gruñido de ofensa.
—Gracias —musitó Bruce luego de un rato, mirando al frente.
—Tu esposa, era hermosa.
—Sí.
—Lana también lo era —Kent dio una mordida a su sándwich— Cuando reía yo sentía que todo estaba bien.
Bruce se quedó quieto, girando su rostro lentamente hacia él.
—¿Tenías esposa? No lo sabía.
—Fue hace tiempo, cosas de jóvenes tontos.
—No tanto si la amaste así. ¿Puedo saber qué sucedió?
—Solía visitar Metrópolis para ayudar en zonas marginadas como voluntaria. Una noche que venía de regreso… un conductor ebrio perdió el control del volante, salió del puente y cayó sobre ella.
—Lo siento mucho.
—Te confesaré que mucho tiempo estuve odiando a todos por ello, a los que ayudó, a quienes la aceptaron, a mí por permitirle viajar de noche.
—Fueron solo malas circunstancias.
—Después me di cuenta de ello, cuando entré al Daily Planet. El hombre que había conducido ebrio esa noche ahora era un vagabundo que mendigaba para comer, su familia lo despreció cuando se enteraron de lo que pasó con Lana.
—Algunos le llamarían karma.
—¿Tú cómo le dirías, Bruce?
—¿Por qué iba conduciendo ebrio esa noche?
Clark sonrió. —Abogado al fin. Perdió su empleo y le revocaron el seguro médico de su hija.
—Fue una mala decisión producto de la desesperación. El dolor puede cegar tanto a una persona que lo único que desea es callar la pena a como de lugar sin pensar si acaso el método tendrá consecuencias. Ese hombre fue culpable de conducir ebrio y no medir el impacto de su acción, es inocente de circunstancias que lo orillaron a tomar esa decisión. Seguro tuvo una sentencia por ello.
—Sí, pasó un par de años en la cárcel. Luego salió por buena conducta, pero ya no encontró hogar al que volver.
—¿Qué hiciste tú?
—Perdonarlo.
—Es lo que los hombres buenos hacen.
—Sé que Lana lo hubiera hecho. Ella siempre tuvo un corazón noble.
—Algo ya muy raro de ver.
—¿Qué pasó con tu esposa? —Kent se atrevió a preguntar, esperando que su confesión hubiese mermado la resistencia de Bruce, quien luego de un momento en silencio, por fin habló.
—Cáncer. Nunca supimos si fue por alguna de sus misiones de campo o simplemente su cuerpo que no pudo combatirlo. Era agente secreto.
—Lo siento, también, sé que fue no hace mucho.
—Dos años estuvimos en los hospitales, buscamos cuanto tratamiento hubo. Nada funcionó, solo tuvimos pequeños períodos de descanso cuando el cáncer entraba en recesión. El último año fue el peor, ella ya no salió del hospital —Bruce miró sus manos abrazando sus piernas— Yo la visitaba todos los días, viéndola marchitarse sin que encontrara ninguna cura, a esa etapa ya fue imposible. Tres meses pasé en el hospital prácticamente viviendo ahí, sosteniendo su mano cuando…
Bruce tragó saliva, no había hablado de eso con nadie.
—El cáncer hizo que su sistema inmune se atacara a sí mismo, destruyéndola por dentro. Su cuerpo que una vez fuerte, atlético como si fuese una amazona era solamente… un esqueleto que iba descomponiéndose. Comenzó a tener un aroma, como si se pudriera, con sus… convulsiones. Eran horribles, podían durar varios minutos con ella gritando de dolor. Muchas veces tuve que limpiarla del vómito que llegó a tener, o de alguna llaga que se abría por tanto tiempo en la camilla en la misma posición, le dolía moverse ya. O cuando sus cabellos cayeron como si fuesen hojas secas…
Calló, con un nudo en la garganta, llevándose una mano a sus ojos. Bruce respingó al sentir un brazo sobre sus hombros que no rechazó. Una sonrisa de ánimo de parte de Clark fue lo que miró al levantar su mirada húmeda.
—De las últimas cosas que me dijo antes de que comenzaran las alucinaciones por el desgaste neuronal, fue su petición de que yo… rehiciera mi vida.
—Ella sabía que estabas sufriendo con ella, Bruce. Cuando se ama a alguien, lo peor que puede sentirse es que tu ser amado sufra por ti.
—La conocí desde que éramos unos niños de rodillas raspadas, fuimos a tantos lugares e hicimos tantas cosas que… cuando murió yo no podía estar en ningún lugar porque todo me recordaba a Talia, la veía por doquier. A la semana de su funeral yo comencé a tener pesadillas.
—Bruce, ¿nunca te ofrecieron…?
—Claro, me prepararon para su partida, pero lo que te dicen jamás te previene de lo horrible que fueron los últimos días. Todavía siento esa rabia cuando escucho a la gente quejarse de su vida amarga, quisiera verlos en un hospital junto a un paciente terminal de cáncer. Suena estúpido y algo infantil, lo sé.
—No, Bruce —Clark negó, mirándole— Pasaste por algo que a muchos no los deja volver a vivir.
—Yo no lo hubiera hecho de no haber tenido a mis hijos. Sé que los dejé solos mucho tiempo, pero Talia me lo pidió. No quería que la vieran cuando su cuerpo decayó.
—Me parece fue lo mejor, solo la recuerdan como siempre fue, no como pasó sus últimos días. Es la mejor manera de honrar a alguien, si me lo preguntas.
—¿Tú viste el cuerpo de Lana?
—Sí, y me costó mucho sobreponerme. Por eso entiendo lo que estás diciendo, y si me permites el atrevimiento, es bueno que lo hables, Bruce. No te hace menos fuerte el que lo compartas, ahora tú eres quien debe continuar como ella te lo pidió. Por tus hijos, por ti.
—¿Tú cómo lo lograste?
—El tiempo, también el cambio —sonrió Kent, apretando su abrazo— Encontrar gente que te hace ver que no todo se perdió. Como dices, puedes verla en todos lados, porque me parece un pensamiento muy agradable el saber que lo está. Siempre. Ya no en la forma en que le amaste sino en lo que somos todos al final.
—¿Qué? —Bruce frunció su ceño.
—El universo mismo.
—Hay verdad en lo que dices.
—¿Ves? No soy tan tonto como parezco.
—Oh, no eso ya me lo demostraste al entrometerte con Lex Luthor.
—¿Bruce?
—¿Qué sucede?
—¿Aún tienes pesadillas?
Bruce se quedó callado de nuevo, apretando sus labios. —Sí.
—Hey, solo pregunto para ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Ajá.
—¿Por qué?
—Señor abogado, porque hay cosas que no tienen explicación, simplemente hay que tomarlas cuando aparecen.
—Debemos volver a la cabaña.
—¡Cierto! Debo preparar la cena.
—¿Tú?
—Oh, sé que mis sándwiches te han dejado boquiabierto, pero mis habilidades gastronómicas aun son más sorprendentes si me das la oportunidad. Sé cortar un pescado.
Wayne le miró unos segundos y bufó divertido luego, poniéndose de pie junto con Clark quien sonrió para sí mismo. Un paso adelante.
—Como sea, mientras no me envenenes.
—Te juro que no será así.
Dentro de la cabaña, continuaron con su charla sobre las andanzas de Lex Luthor, siendo un hombre extremadamente inteligente no había ningún rastro de su nombre en las actividades ilícitas que, sin embargo, se le adjudicaban como si fuesen meros rumores. Bruce ya conocía esa clase de movimientos cuando estuvo en la Cámara de los Lores, por lo que dio algunos consejos de su experiencia al periodista para buscar ciertas evidencias. Él por su parte, trataría de averiguar que otras protecciones legales estaba buscando aquel empresario que pudieran delatar al menos sus contactos y aliados políticos, porque no dudaba que alguien en la esfera de ese poder estuviera ayudando a Luthor con sus maniobras. Clark terminó de preparar una cena que fue bien recibida por Bruce, comentando sobre las cosas que Alfred solía cocinarle.
—Quieres mucho a Alfred, ¿no es así?
—Ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Es como mi segundo padre.
—¿Qué hay de tus hijos?
—¿Mis hijos?
Kent asintió, bebiendo su té. —Claro, ¿ellos como han tomado todo esto?
—Han sido chicos muy fuertes, lamento haberlos dejado solos.
—Oh, pero seguro ellos comprenden. Los niños son realmente muy perceptivos sobre las penas que aquejan a nosotros los adultos.
—Posiblemente. No se han quejado sobre ello.
—Son como su padre, persistentes.
—¿Existe otra manera de ser? —Bufó el abogado, mirándole fijamente— ¿Por qué me preguntaste sobre mis pesadillas?
—Oh, bueno, yo decía que tal vez, no sé, es una idea, tal vez podría yo ayudarte cuando tuvieras las pesadillas. Ya sabes, me hablas o me mandas un mensaje, siempre ayuda el tener con quien desahogarse y sé que no quieres hacerlo con tus hijos porque es un dolor que ningún padre desea poner en sus pequeños.
—Te tomas muchas libertades.
—Por eso dije que es una idea. Me doy cuenta de que no te gusta usar específicamente la palabra "ayuda", así que la podríamos camuflar con alguna otra que solamente tú y yo sabríamos su verdadero significado. ¿Qué tal?
—Suponiendo que aceptara semejante disparate, ¿qué palabra clave se te ocurre?
Clark tosió un poco, parpadeando. —La verdad es que no la he pensado, simplemente se me ocurrió.
—No me sorprende.
—Hey.
—Cuando tengas una palabra me avisas.
—¿Eso quiere decir que aceptas? —una sonrisa leonina apareció en el rostro del periodista— ¿Qué te parece… um… banana muffin?
Bruce no le respondió, terminando de cenar para continuar con sus planes que como bien se daría cuenta Clark, no podían quedar sin huecos o puntos flojos. Fueron a sus respectivas camas ya tarde, quedándose ambos dormidos de inmediato. Sin embargo, sería el abogado quien despertaría por un aroma de desayuno recién hecho que llegó hasta su recámara. Parpadeando al terminar de despertar, se sentó en su cama recordando como era que estaba ahí y el por qué. Salió de la cama para ir a la cocina, quedándose quieto al admirar semejante mesa llena con pequeños platillos y Kent canturreando alegre mientras terminaba de preparar café, girándose hacia él, siempre sonriendo como era su costumbre.
—Buenos días, ¿desayuno?
La charla no fue sobre trabajo, fue de todo, de la vida en Metrópolis, de las responsabilidades de adulto, las películas del momento, el bosque. Salieron de pesca, y esta vez fue más sencillo para Bruce hablar sobre Talia, sus últimos días y el funeral. Ya no sintió la opresión que solía aparecer en su pecho cada vez que intentaba hablar sobre ello. Para la tarde que volvieron luego de que Clark hiciera gala de sus habilidades de boy scout para comer pescado frito, fue la curiosidad del abogado la que terminaría con aquel fin de semana en la cabaña cuando le preguntó directamente a Kent sobre su familia de la que no había escuchado una palabra. Al saber que tenía un hijo llamado Jonathan, su mente comenzó a hacer las debidas conexiones y no tardó en darse cuenta de que ese pequeño niño que su Damian tanto adoraba era el mismo hijo de Clark Kent.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —rugió airado de verse como un tonto.
—No, Bruce, espera, estás malinterpretando…
—Te valiste de dos niños para tus tretas.
—En honor a la verdad, ellos ya eran muy amigos cuando yo también me enteré de que Damian era tu hijo. Lo juro.
Bruce le miró con rencor, tomando sus cosas y marchándose de ahí sin darle tiempo a Clark de una réplica, únicamente escuchando que pasaría por su hijo él mismo. El periodista suspiró, recogiendo todo y viajando a Kansas para asegurarse de que nada le pasara a Damian camino de regreso. Wayne estaba molesto, se sentía traicionado y usado, maldiciendo entre dientes una vez que volvió a casa el nombre de los Kent para toda la eternidad. Alfred arqueó una ceja al ver a su señor parecer fiera enjaulada, preparándole su taza de café que le hizo beber para calmarlo y hacer la única pregunta que necesitaba hacer.
—¿Qué es lo que sucede, Amo Bruce?
Cuando el abogado terminó de escupir toda su rabia, de pronto las cosas le parecieron más insignificantes, pero no por ello perdonaría tan fácil el engaño aparente de Clark Kent a quien vería por última vez en ese fin de semana frente a la puerta de su departamento cuando recogió a su pequeño hijo, quien estaba fascinado con lo que había vivido en Kansas, para dolor de su padre quien no tuvo el valor de minimizar esa felicidad con su amargura, menos cuando escuchó esas palabras de parte de Damian que jamás pensó diría. Las sorpresas no iban a terminar ahí, pues cuando ambos llegaron a casa, Dick ya les esperaba con una expresión rara en el rostro. Distraído por la algarabía del menor de sus hijos contando con santo y seña la vida en Kansas, lo pasó por alto hasta que finalmente Damian al fin cayó rendido en la cama, durmiendo cual lirón.
—Papá —Dick le llamó nervioso, jugando con sus manos. Él se sentó frente al muchacho, ambos en la sala.
—¿Hijo?
—Papá, hay algo que debo decirte. Es importante.
—Te escucho.
Dick jaló aire, mirando sus manos que se tallaron entre sí, sudorosas. Bruce frunció su ceño, preocupado de que algo realmente muy malo le hubiera ocurrido, su instinto de padre saltando al acto al notarlo así.
—Dick, si…
—Soy gay.
Bruce parpadeó, quedándose muy quieto. Su hijo mayor sonrió nervioso, notando en él unas lágrimas que quisieron escapar de sus ojos y que limpió aprisa, desviando su mirada.
—Ya sé que…
—Dick…
—Si tú no quieres…
—¡Richard!
Dick respingó al oír su nombre, asustado al ver que su padre se levantó, pero solamente con la intención de levantarlo y abrazarlo con fuerza, sin decirle nada porque sus brazos dijeron más que lo que sus labios pudieran pronunciar. El joven sonrió y lloró en su hombro, sujetándose a él como cuando era pequeño y tenía miedo de la oscuridad o los imaginarios monstruos en el clóset. Una mano de Bruce acarició sus cabellos con cariño, casi meciéndole.
—Está bien.
—Papá…
—No tienes por qué tener miedo. Nadie va a lastimarte mientras yo respire.
—¿Tú… no estás decepcionado de mí?
Bruce se separó de él para verle, limpiando con sus pulgares las lágrimas de su hijo.
—¿Acaso no te enseñamos que no se juzgan a las personas así?
—Sí.
—No me importa qué decidas, hijo, me importa que eso te haga feliz. Y si has decidido sincerarte así conmigo, yo te defenderé de quien trate de herirte por ello.
Dick sonrió, abrazándole de vuelta. —Lo siento.
—Deja eso. Quiero que me digas una cosa.
—¿Qué? —el muchacho se separó de nuevo, mirándole atento.
—¿Desde cuándo querías decírmelo?
El silencio de Dick fue suficiente respuesta para su padre, quien negó, pegando su frente con la de su hijo con una sonrisa torcida.
—Te dejé cargas que no debías tener.
—Está bien.
—Gracias por decirme, por tu confianza.
—¿De verdad… no estás enojado?
—¿Por qué?
—Tu trabajo…
—Si mi éxito como abogado va a depender de la felicidad de mi hijo, entonces renuncio ahora mismo.
—Papá… —Dick negó, sonriendo tranquilo— Tengo miedo.
—Todo estará bien, de eso me encargaré.
—Es algo que debo hacer yo, papá.
—Y lo harás, pero estaré yo ahí protegiéndote.
—¿En serio no te sientes ni ligeramente perturbado?
—Te diré algo, hace muchos años tu madre me dijo que guardabas un secreto pero que no podíamos exigirte el que nos lo dijeras. Con el tiempo solamente hice conjeturas, este escenario fue una de esas posibilidades que hice en mi mente. Y en honor a la verdad, me hace feliz que sea esto.
—¿Qué otra cosa pensaste?
—Qué habías asesinado a alguien.
Dick rodó sus ojos, negando. —Espero que eso no pase.
—Procura no hacerlo, ¿quieres? Tienes que decirle a tu hermano también, y a Alfred. Aunque no sé porqué tengo la extraña sensación de que ya lo sabe.
—Alfred es mágico.
—Cierto. ¿Te sientes mejor?
—Muchísimo mejor, creí que te enojarías y me dirías que estabas decepcionado.
—Tienes una mala percepción de mí, entonces.
—¡No! Es solo que… bueno. No he sabido de ningún Wayne que haya sido gay.
—Los tiempos eran diferentes, quizá hubo algunos, pero murieron con su secreto en silencio, ese no será tu destino. Seguirás siendo bueno en todo lo que haces, harás cosas maravillosas y nadie pondrá en duda tu valor.
—Gracias, de verdad gracias.
—Eres mi hijo, y eres un trozo de mi vida muy importante.
—Basta o me harás llorar.
Bruce negó, tomando su rostro para darle un beso en su frente, cerrando sus ojos y abrazándole una vez más.
—Siempre estaré orgulloso de ti, hijo mío. Jamás lo olvides. Mi mayor felicidad es que abras tus alas y vueles a donde tú seas feliz. Déjame lo demás a mí.
—Okay, papá sobreprotector.
—Un poco.
Rieron juntos, Dick más tranquilo se despidió para ir a dormir, con Bruce quedándose en la sala. Pasó una mano por sus cabellos tomando aire. Un fin de semana sin duda que había traído muchas sorpresas y revelaciones que tendría que asimilar al día siguiente. Fue a su propia recámara, preparándose para dormir. Había sido quizá ligeramente injusto con Clark Kent. Ya en pijama y recostado en su cama, alcanzó su celular para enviar un mensaje.
Banana muffin.
Esperó vagamente y no sin cierta ansiedad culposa unos segundos antes de recibir una respuesta que le hizo sonreír, imaginando la cara de emoción infantil en aquel tonto periodista, pero también por sus palabras.
No te rías, pero un día, se me atoró la corbata en los torniquetes del subterráneo.
Hablaría hasta entrada la noche con él, cuando sus ojos ya no pudieron más y un sueño increíblemente apacible sin necesidad de píldoras cayó sobre él.
