XIV.


"Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una."

Voltaire.


Todo comenzó con un beso, igual que lo decían en las obras literarias o en las películas románticas.

El idiota de Clark había entrado como si se sintiera como alguna clase de súper héroe en el piso de Lex Luthor para "salvarlo" de algo que bien pudo haber sorteado sin dificultades. Ya había pasado en situaciones similares como abogado en la Cámara de Lores. Pero ahí estaba el boy scout de Kansas haciéndose el macho y luego dándose cuenta de que había metido la pata, aunque al menos esa estupidez suya había hecho a reír al poderoso hombre de negocios, logrando con ello que su conversación posterior ya no tuviera la tensión con la que en un inicio se había impregnado. Después de salir del edificio, Bruce no dudó en llevar del cuello a Kent hacia el callejón más cercano donde le gritó todo lo que pudo gritarle por impertinente, tonto, temerario y otras cosas más hasta que de pronto el periodista tomó su rostro con ambas manos dándole un beso nada tímido, fogoso por la adrenalina pasada, incluso posesivo.

Bruce tuvo un corto circuito, sin responder al beso que le tomó por sorpresa, tirando incluso su portafolio cuando sus manos buscaron los hombros de Clark, sin empujarle ni hacer nada porque en realidad su cerebro simplemente cayó en el limbo. Probablemente reaccionó después, no supo con certeza. Al separarse, ambos estaban con sus ropas descompuestas, el rostro rojo y el brillo en la mirada del periodista hizo que Wayne le empujara de mala gana, buscando su portafolio para llamar a un taxi al cual no lo invitó. Estaba furioso con Clark Kent. Y no precisamente por el beso, evento que trató de sepultar con puño de hierro en su mente por el resto del día, de la semana, del mes y si era preciso, de toda su vida. No lo habló tampoco con aquel idiota cuando se vieron de nuevo con Diana para arreglar la investigación ahora que Luthor sabía que ellos dos estaban en su contra, pero tampoco podía atacarlos abiertamente, no sin arriesgar su fachada de empresario filántropo de Metrópolis.

—Bruce —Diana le habló después de enviar a Kent por una pizza— ¿Estás bien?

—Perfecto.

—Luces distraído.

—Estoy concentrado en el caso, se ha vuelto muy arriesgado.

La agente torció una sonrisa, haciendo a un lado los papeles del abogado y tomando una de sus manos entre las suyas, apretándola suavemente.

—Sabes que puedes hablar conmigo.

—No tengo nada, Diana.

—Tú eres un defensor de la justicia muy feroz, incluso apabullante, pero yo soy experta en detectar mentiras. Y tú, querido, lo estás haciendo.

—¿Sobre qué mentiría? —Bruce frunció su ceño.

—¿Qué tal sobre Clark?

—¿Qué…?

—Oh, vamos cariño, no vas a comportarte como un niño pequeño que no quiere admitir su travesura. Si tus ojos tuvieran rayos láser, Clark sería ahora una coladera.

—¿Y?

—No tiene nada de malo que te guste un…

—Tengo una llamada.

Diana suspiró, cruzándose de brazos y negando al ver como Bruce salía para atender la aparentemente llamada urgente. Para cuando volvió, Clark también lo hacía con unas cajas de pizza en mano que traía como si fuese un mesero presumiendo sus habilidades con la bandeja de comida. El tema quedó olvidado de momento, aunque la agente de la Interpol no perdió oportunidad en ver como esos dos se buscaban más de lo que pudieran darse cuenta y las manos del periodista no dejaban pasar la oportunidad de toquetear al abogado sin que este hiciese algo por detenerlo. O lo ignoraba olímpicamente o le gustaba aquello. Diana apostó por lo segundo, riendo para sí mientras bebía de su pajilla preguntándose cuando escucharía la noticia de que eran pareja. Ya se comportaban como un matrimonio, poniéndose de acuerdo o Wayne amonestado con un sermón sobre tener orden y lógica en sus siguientes movimientos.

—Hey chicos, todavía sigo aquí —les bromeó solamente para verlos ponerse nerviosos. Eran tan obvios que dolía.

—Tengo una cita en uno de los puertos antiguos de Metrópolis —carraspeó Kent para desviar la conversación— Hay un informante que puede señalarme la identidad de Arsenal.

—¿De los Outlaws? No vayas a hacer lo mismo que con Luthor —le regañó el abogado.

—Oye, fue una entrada genial y nos ayudó. Tú me lo dijiste.

—Eso no es cierto.

—¡Lo hiciste!

—¿Cuándo? Yo no lo recuerdo. Estás diciendo mentiras, Kansas.

—Bueno, fue… —Clark se quedó callado, tosiendo un poco con una mirada furtiva a la agente quien arqueó una ceja al verlo así sospechoso.

—Como sea, si podemos dar con uno de ellos, tenemos la manera de desenmascarar a Luthor sin arriesgar más.

—Aparentemente, chicos, no vayan a bajar la guardia. Lex Luthor aún no ataca.

—No lo olvidaré, Diana.

—Gracias, Bruce. ¿Clark?

—¿Qué?

Ella rió. —Nada, bien, tenemos que dejar en pausa todo esto. Tenemos encima los ojos de Luthor Corp.

Diana tuvo razón, así que las reuniones en la cabaña se suspendieron momentáneamente, si bien Bruce y Clark siguieron viéndose debido a la amistad de sus hijos, oportunidad que tomaban para hablar un poco del caso. Una de esas visitas al departamento de los Kent fue que el idiota del periodista tuvo las agallas para repetir aquel beso que el abogado había estado tratando de olvidar sin que las preguntas inquisitivas de Alfred le sonsacaran algo. Una vez más estaban discutiendo si era buena idea que Clark fuese en busca de Arsenal, uno de las cabecillas de los Outlaws, solo y sin un apoyo en caso de que algo malo pasara. El periodista sacudió su cabeza, sonriendo como solía hacerlo con Bruce cuyo rostro tomó entre sus manos al acorralarlo en un banquillo contra la barra de la cocina y estamparle otro beso igual al del callejón.

Simplemente así, con todo el descaro y seguridad que un provinciano de Kansas podía dar.

Bruce no hizo nada tampoco, siendo más consciente del contacto de sus labios con los de Kent. Esa diferencia a besar labios femeninos que tuvo su encanto. Clark no besaba de manera brusca, ni siquiera podría decirse que le obligaba a besarlo, tenía una forma de moverse como pidiendo siempre su permiso, queriendo que se uniera a su juego y el abogado encontró bastante adictiva la sensación cuando lo hizo. Sujetó los bíceps de Kent mientras se besaban en la cocina, con los niños jugando en la recámara. La imagen de Damian viéndolos pasó fugaz por la mente de Bruce, distraído al instante por una lengua que encontró la suya, queriendo robarle el aliento, unos gruesos dedos acariciando su barbilla con cariño. Un grito de Jon hizo que se separara del periodista, mirando alrededor como para asegurarse de que no los hubieran visto, gesto que Clark notó, riendo.

—Vamos, Bruce.

—Deja de besarme así.

—Si quieres que te bese de otra manera, lo puedo hacer —Kent sonrió ladino.

—No, idiota —Bruce gruñó, frunciendo su ceño, moviendo su mano en el aire— ¿Por qué…?

—Bruce, somos dos adultos, no vamos a estar haciendo eso, ¿o sí? Señor madurez inglesa.

—Los niños…

—Tal vez deberíamos…

—No.

—¿Bruce?

—Yo… —el abogado bajó su mirada— Escucha, Clark, yo no sé… no lo entiendo todavía y esta situación con Luthor…

—Hey —Clark levantó su mentón, guiñándole un ojo— Tómalo con calma, tal como lo hice yo.

—Lo dices tan relajado.

—Me gustas, Bruce. Sé que te gusto o no me corresponderías los besos.

—Hm.

—Vamos paso a paso, ¿qué te parece? Creo que ambos estamos algo oxidados.

—Serás tú.

—Por favor.

El periodista rió, Bruce imitó su gesto, empujándole para revisar los documentos que había llevado y olvidar por segunda vez que había estado intercambiando microbios con un boy scout de Kansas para desgracia del linaje Wayne.

—Me preocupa Dick.

—¿Por qué?

—Llámalo instinto paterno, siento que está en problemas.

—Te lo diría, ¿no es así?

—Eso espero.

—Confía, Bruce. Richard es un joven de altos valores que no va a decepcionarte.

—¿Cómo tú?

—Seguro, aunque yo soy más guapo.

—¡Por favor! —Bruce rió divertido, una risa que no se había escuchado en él de esa manera.

Clark Kent estaba teniendo un efecto en su persona que calaba a niveles que el propio abogado desconocía, como si estuviera redescubriéndose. Tal como lo había prometido el periodista, iban lento, siempre esa manía de hacer un movimiento con cautela esperando su permiso. A veces, sin que el propio Wayne lo aceptara, le desesperaba aquello. Otras, lo agradecía, porque de repente llegaba a experimentar un ligero ataque de pánico, tenía muchas cosas en mente que le caían encima de solo pensar que estaba en una nueva relación con demasiados cambios dentro de ella y no estaba del todo seguro si podía resolver al estilo familiar tal giro en su vida. Mucho tenía que ver con su perfeccionismo apaciguado solamente cuando volvían a tener esos momentos juntos, muy íntimos hasta que el abogado los cortaba con algún pretexto si percibía que ese instante estaba alcanzando un punto sin retorno que aún no deseaba explorar.

Bruce culpó el caso contra Luthor de distraerlo y bajar la guardia suficiente para que sus hijos lo notaran. El primero fue Timothy, quien en su acostumbrado humor sagaz solamente le dejó con la duda de qué tanto sabía. No supo de Damian hasta que fue el mismo Richard quien en una charla en el auto luego de verse con Clark, le hizo saber cómo estaban ambos. Al menos dos de sus tres hijos estaban tomándolo estupendamente para ser lo que era -con todo y que seguía sin decirlo abiertamente-, de todas maneras, el abogado seguía teniendo esas dudas hasta que una tarde, sentando en la barra de la cocina mirando a su mayordomo cortar con esa perfección inglesa que le caracterizaba la carne para la cena, es que no pudo más ni con sus propias evasivas ni esa espera que Alfred estaba teniendo para escuchar sobre esa nueva faceta en su vida.

—Rara vez se aprende a cortar carne solo mirando, Amo Bruce.

—Alfred… ¿puedo confiarte algo?

—Me parece que me ha confiado muchísimas cosas, Señor. ¿Es sobre el Señor Kent?

Wayne se quedó serio unos segundos, tosiendo apenas. —Bueno…

—Igual que se hace con estos cortes, un movimiento dudoso hace que toda la carne se eche a perder. Y nunca le enseñé a dudar, Amo.

—Jamás… jamás me había interesado un hombre y… Talia…

Alfred dejó el cuchillo a un lado, limpiándose sus manos para girarse hacia Bruce, con una sonrisa mientras caminaba hasta sentarse frente a él del otro lado de la barra.

—Señor, me parece que la Señora Wayne dejó una orden muy precisa, y era que usted volviera a comenzar una vida que incluyera una relación amorosa. Cierto, nunca había tenido este interés, acuso al Señor Kent de ser el culpable de semejante deseo que, sin embargo, está lleno del más profundo respeto y cariño o de lo contrario yo ya hubiera tomado cartas en el asunto.

—Lo dices como si ya hubieras hablado con él.

—Culpable de cargo, Amo Bruce.

—¿Alfred? —el abogado abrió sus ojos, estupefacto— ¿Qué…?

—El Señor Thomas me hizo jurarle que no permitiría que nadie dañara a su hijo ni a sus nietos. Cuando usted comenzó a mostrar los claros signos de una persona enamorada…

—Yo no… —Bruce calló al ver la mirada del mayordomo.

—… fue que me di un tiempo para visitar al Señor Kent en su periódico e invitarle un café para interrogarle de manera directa sobre sus intenciones hacia usted.

—Cielos, Alfred.

—Me alivió de sobremanera confirmar mis sospechas.

—¿Qué son?

—El Señor Kent está en la misma posición que usted, Amo Bruce. Solo que él ya lo ha aceptado.

—Dime si piensas que yo… estaría ofendiendo…

—Alto ahí, Amo, una vez más, hablamos sobre su vida. Una que no tiene ya ataduras de esa índole si bien la memoria de la Señora Talia permanecerá en el lugar que le corresponde, pero no está en conflicto con lo que ahora sucede. Respecto a la preferencia creo que ese tema ya lo tiene salvado desde que el Joven Dick nos habló sobre sus gustos. No sería ni el primero ni el último abogado de Metrópolis al que le gustan los hombres.

—¿Ni tampoco de los Wayne?

—Tampoco. No use eso de pretexto para evadir el miedo que tiene, Señor.

—¿Miedo? —Bruce arqueó una ceja.

—Lo que realmente le angustia de todo esto es la idea de confiar una vez más en amar a alguien y luego perderlo.

El abogado iba a replicar, pero desvió su mirada, apretando los puños sobre la barra que Alfred tomó, dándoles unas suaves palmaditas.

—Y eso era a lo que precisamente la Señora Talia se refería, Señor. No dejarse llevar por ese miedo.

—Se dice fácil.

—Usted mismo me dijo que el Señor Kent era mala hierba. Dicen que mala hierba nunca muere.

Bruce rió, aunque sus ojos estaban húmedos, buscando las manos de Alfred que entrelazó con las suyas como cuando niño y tenía miedo a la oscuridad.

—No sé si sirva para esto.

—Eso decía sobre ser padre y ahora tiene tres perfectos hijos. Cuatro si consideramos la sorpresa.

—Ah, lo sé. ¿Puedo ser feliz, Alfred?

—Amo Bruce, le ordeno que lo sea.

La breve charla terminó con un abrazo de Wayne hacia su mayordomo quien palmeó su cabeza cariñosamente antes de empujarle y pedirle que le ayudara con la cena, lo que equivalía a simplemente preparar la mesa porque nadie interfería en el terreno sagrado de Alfred Pennyworth cuando cocinaba para su familia. Por la noche, Bruce se dedicó a revisar esos mensajitos que Clark ya le había dejado, provocándole una sonrisa que ya había sido captada por Damian o Tim, siempre de los últimos en darle las buenas noches. Alfred no había mentido, el mayor temor arraigado en el abogado era volver a pasar lo que había vivido con Talia y la profesión de Kent no ayudaba mucho en esa inseguridad camuflajeada de desdén. Teniendo a Lex Luthor observando sus pasos, no le parecía muy inteligente caer de pronto en un amorío que el empresario usara en su contra.

Días después, Diana le proporcionó los documentos de sus peores sospechas. Luthor había borrado toda huella, digital o impresa que lo pudiera relacionar con malos negocios o evasiones fiscales por los mismos. Solamente tenían una pequeña esperanza llamada Outlaws que parecían más bien fantasmas que realmente cabecillas de un grupo de mercenarios pagados por el empresario. Todos igualmente peligrosos. Y Clark iba a verse con uno de ellos, Arsenal. Bruce ya había prometido que no lo acompañaría, una pequeña mentira para engañar no al periodista sino a los que le espiaban como a los que estarían ahí ocultos mientras el boy scout de Kansas la hacía de nuevo de héroe sonriente queriendo contactar una de las cabezas de los Outlaws. Lo vio perderse entre los almacenes donde se apilaban los contenedores vacíos y oxidados de cargueros, notando como se movían varios grupos alrededor, entre la gente que solía reunirse para comprar la mercancía de segunda y tercera mano que ahí se exhibía.

El abogado contó los minutos que Clark gastó allá dentro, dándole solamente un límite antes de llamar a la policía para buscarle. Un mero golpe de suerte o algún talento oculto que aún no había visto en Kent, Bruce lo vio salir de vuelta más serio y algo a la defensiva. Encendió su auto, mirando por el retrovisor su sorpresa -no para el periodista sino para Damian- y arrancó para cortarle camino a Clark al intentar cruzar una calle llena de puestos ambulantes. La cara de Kent fue de antología al ver que estaba ahí, abriendo todavía más sus ojos cuando vio lo que estaba en los asientos traseros, señalándolo con toda la expresión de confusión. Bruce solamente sonrió, abriendo la portezuela del copiloto para indicarle que subiera.

—¿Perdido, Señor Kent?

—¿Qué rayos es eso?

Un gruñido fue su respuesta. Wayne sonrió. —Saluda a Titus.

—Oh, genial como el general romano de Shakespeare.

—Cuidado o puede arrancarte la piel del cuello si lo ofendes.

—Y tan salvaje como la obra. Hola, Titus —gruñó el periodista al sentarse, casi sintiendo el aliento del gran danés sobre su nuca— ¿Por qué un perro de ese tamaño? ¿No había más grande?

—Es una raza noble y protectora.

—¿Es para tus hijos?

—Damian. Ha obtenido las mejores notas y ganado su concurso de esgrima. No le he dado nada por ello.

—Y por protección.

—También.

—Okay, ahora mismo me dices que carajos haces aquí en un sitio tan peligroso.

—Cuidando de un idiota en un sitio muy peligroso.

Clark le miró fijamente antes de echarse a reír, buscando discreto una mano que entrelazar suavemente con esa galantería que Bruce no podía rechazar.

—Gracias, pero te expones demasiado.

—Es lo que quiere Luthor, vernos expuestos, saber que tiene la delantera.

—¿Estamos tendiéndole un señuelo?

—Con suerte, espero que lo sea.

—¿Es decir que solo viniste por mí para provocarlo y no porque estuvieras realmente preocupado por mi situación?

El abogado rió bajito. —Vamos.

—Mi corazón se rompe, Bruce.

—¿Quieres que te lleve hasta tu departamento o…?

—No, este perro me pone nervioso. Mejor me dejas en la estación del subterráneo, gracias.

—Titus no te hará nada si yo no se lo ordeno.

—Uf, me haces sentir mucho mejor.

Los dos rieron, sus manos entrelazadas hasta que fue momento de despedirse. Kent hubiera querido besarle, pero con Titus en el medio de sus asientos observándolo se lo pensó mejor. Esta vez fue el abogado quien dio el paso, tirando de esa mano que todavía tenía sujeta para hacerle volver y besarle con fuerza, empujándole luego.

—Nos vemos.

—… t-tú… —Clark se puso de mil colores.

—Que no te atropellen, Kansas.

Bruce sonrió más que complacido viendo por el retrovisor como Clark se quedaba cual bobo junto a la entrada de la estación, abrazando su morral y con un rostro carmesí. Damian y Tim habían salido a comprar unos malvaviscos para un nuevo postre que habían visto en internet, así que Titus esperó en el sofá de la sala muy educado cuando el más pequeño de los Wayne entró, casi tirando las compras que Tim atrapó a tiempo. Damian abrió sus ojos, miró a su padre quien asintió y luego echó a correr para abrazar al gran danés quien le recibió moviendo su cola y llenando de baba su rostro. La felicidad de su pequeño fue uno de esos momentos que Bruce grabó en su memoria. Dick llegó más tarde cuando ya estaban comiendo esa tarta de malvaviscos y chocolate con un enorme perro junto a Damian.

—¿Un perro?

—Su nombre es Titus —dijo orgulloso Damian.

—¿Un perro? ¿Papá?

—A esta familia le hace falta una mascota.

—Y Tim ya no puede serlo —bromeó el niño.

—¡Hey!

Volver a experimentar esa sensación de tranquilidad, de dicha y cierta victoria en detalles pequeños de su vida le duró muy poco a Bruce. Casi a la semana, mientras estaba en la esquina de un local que vendía comida china, platicando con Clark, ya de noche, cuando recibió un mensaje que le hizo derramar su café y palidecer al punto de sentir que perdía la habilidad de respirar.

Tenemos a su hijo, siga nuestras instrucciones o le entregaremos su cadáver.

La foto apurada de Dick en el suelo, con un hilo de sangre en la sien derecha, amordazado y atado de brazos y piernas se llevó todo lo agradable que hubiera recolectado esos días. Bruce estuvo seguro de que era obra de Luthor, por eso los había invitado a su fiesta, para señalarles a sus mercenarios a quien debían secuestrar. Clark le sacudió por los hombros, sin poder hacerlo entrar en razón. Solo una cosa y solo una cosa tuvo en mente el abogado quien castañeó sus dientes, corriendo a su automóvil con la ira brotando de sus ojos.

Venganza.