Los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 2
Pese a ser poca la visibilidad, la frondosidad del bosque no la detenía. Los primero rayos de sol apenas rozaban el follaje, aún se oían los ruidos nocturnos y todavía sus sentidos se encontraban en alerta. Sola, en medio del bosque, a un día de distancia de su hogar, no quería desperdiciar la luz. Varios ninjas habían ofrecido escoltarla hasta Konoha, más se negó amablemente. Llevaba consigo nada más que una pequeña bolsa atada a la cintura con vario pergaminos de invocación, los cuales ocultaban los libros con la información de los participantes.
Sus hermanos se habían preocupado cuando solicitó la salida únicamente para ella. Pero sabían bien que Temari no era ninguna tonta y, mucho menos, débil. Era la mujer cuyos vientos podían mover decenas de hombres con una sola ráfaga. Si recordaban algo de la Cuarta Guerra Shinobi, sabrían bien quién era; sabrían bien no meterse con la excelente kunoichi.
Poco a poco el sol hizo presencia. Su ritmo aumentó. Si sus cálculos no fallaban, a esa velocidad, en unas dos horas, estaría pisando Konoha. Si tenía suerte, pensó, no se lo cruzaría hasta luego del medio día, puesto que como primera medida llevaría los informes al Hokage. Daría unas vueltas para ver la aldea y comería algo. Shikamaru seguramente estaría sumido en su mundo, viendo las nubes, descansando en algún lugar. Tan típico de él.
¿Cómo estaría? ¿Luciría más alto? ¿Seguiría con esa cara alargada, tan característica de él? Un pequeño cosquilleo le recorrió el estómago, obligándola a disminuir por unos breves segundos la marcha. Chasqueó la lengua antes aumentar nuevamente su velocidad. Recordaba aquellos tiempos, donde él apenas era un chiquillo de trece años, flaco y para nada atractivo. Su primer pensamiento fue aplastarlo como a una hormiga. Más, con el pasar de los años, los roles se habían invertido. Shikamaru había desarrollado su físico y los estirones, la dejaron atrás en cuanto a altura. Ahora, era un hombre. Bueno, siempre había sido uno, pero nunca antes lo había visto como tal. Al principio le pareció inteligente (y una mente inteligente le resultaba atractiva), pero no más que eso. Y sin embargo, una risa irónica resonaba en su cabeza al pensar en que había adelantado su viaje una semana antes, solo para tener tiempo.
A veces le rondaban inseguridades. Existían noches en las que detenía toda ilusión, replanteaba su situación y gráficamente la expresaba en una lista de pros y contras en su mente. Siempre ganaban las contras: la lejanía y sus trabajos inclinaban la balanza hacia esta. También (aunque le costara admitirlo), Shikamaru era atractivo. Al menos para ella. La incertidumbre que sentía al pensar que quizás podía tener algunas chicas pululando a su alrededor, esperando la perfecta oportunidad para invitarlo a salir, le provocaban ganas de vomitar... La lista de pros y contras terminaba hecha un bollo y arrojada al pequeño cesto de basura.
Para coronar la cereza del postre, cuando sus ojos comenzaban a desbordarse en lágrimas, se preguntaba si ella era linda para él. Nunca se había preocupado por su apariencia, no existía tiempo para eso cuando tu vida corría riesgo todos los días. Pero ahora existía de sobra. Había bastante tranquilidad entre los países como para pasar quince minutos frente al espejo, observando cada parte de su cuerpo luego de bañarse. Jamás tuvo complejos, no al menos que ella recordara. Sus piernas no serían las mejores, pero le gustaba lucirlas y estaba bien con ellas. Su espalda podría ser un poco ancha, pero cargaba un pesado abanico, necesitaba de aquella espalda para cargarlo. Su rostro siempre había sido aniñado, pero, en aquellos días de guerra, procuraba endurecer sus facciones, aparentando ego, seguridad y madurez.
Le hubiera gustado nacer en otro tiempo. En otro contexto político. No tuvo tiempo para ser una niña, para jugar, para descubrirse. La habían arrancado de la cuna y entrenado para ser certera y letal. No conoció muchos chicos durante su infancia y adolescencia, no tuvo la opción de decidir si ser una kunoichi de tiempo completo o una más, que sirviera a su aldea pero también a sí misma. ¿Y amigas? Ninguna. Cuando caminaba por las calles de Suna, la observaban distante, susurrando su nombre, como si le tuviesen miedo. Debían temerte, Temari, eras hija del kazekage y hermana de Gaara, tu responsabilidad como kunoichi implicaba que te temieran.
Ahí estaba, años después. Sintiendo a flor de piel, experimentando lo que, algún día, experimentaría las futuras generaciones. No se arrepentía de haber vivido una guerra, de haberse llenado el cuerpo de cicatrices. Nada de eso le importaba si al final podía existir la paz.
Llovería. Los nubarrones grisáceos comenzaban a cubrir el cielo. Salió de su casa en dirección contraria a la torre del Hokage. Llegaría tarde pero primero necesitaba ir hacia otra parte. Ya era tiempo de visitar a la antigua maestra del equipo ocho y a su pequeña hija, Mirai. Con todo el asunto de los exámenes chunin, poco le quedaba para pasar una tarde completa charlando con Kurenai.
A veces, lo movía el deseo de saber cómo estaba la pequeña o hablar con su madre. Kurenai había sido de gran ayuda tras la muerte de su maestro. Ambos lo habían llorado en silencio y compañía, recordándolo con anécdotas. Descubrió lo que su maestro había descubierto en ella: una mujer inteligente, fuerte y amable. Cuando pasaban varias semanas sin ir a visitarlas, le bastaba tan solo mirar el encendedor de su difunto maestro, Kurenai había decidido que se lo quedara. Te pertenece, Shikamaru.
Y a veces, lo impulsaba la necesidad de cumplir con su promesa.
Le costaba moverse, hacer, iniciar algo. Sin embargo, no había excusas cuando se trataba de ellas. Sentía que, más allá de cumplir a su palabra, un sentimiento de remordimiento le carcomía desde el interior, pudriéndose. Si hubiera ocurrido de diferente manera, si hubiera sido un poco más fuerte, si hubiera optado por otros movimientos, quizás, su maestro estaría allí, viviendo con su hija y su esposa… Parte de su promesa había sido una culpa imborrable que aún hoy llevaba en la espalda.
Encendió un cigarrillo. No fumaba por adicción, sabía perfectamente que si decidía no fumar más, lo haría sin problemas. Fumaba para no gritar, para no maldecir a los cuatro vientos cuando su cabeza iba más rápido que sus sentimientos. No era de expresarlos, y preveía que jamás sería de ese tipo de personas cuyas vidas dejaban como un libro abierto. La vana idea de abrirse y soltar todas sus frustraciones le hacían ahogarse en su propia desesperación.
Dobló a la derecha. La aldea lucía espectacular pese al día gris. Recordó sus años de infancia. Él también jugaba en las calles hasta tarde, pero era otro el clima. Sabía bien que una vez graduado de la academia podía perder la vida. Siempre había estado más por delante que los niños de su edad, comprendía el mundo shinobi y la sangre que corrían por las manos de los adultos. Le resultaba problemático convertirse en eso, más todos apostaban por él. Y, como de costumbre, una queja sobre lo problemática que era la vida antes de lanzarse a ella. Pero ahora todo resultaba diferente. Los niños corrían y jugaban de aquí para allá, sabiendo o no que la paz estaba instaurada y que, junto a otras naciones, podrían construir un futuro mejor. Mejor que al de su generación.
Dos cuadras después, dio unos leves golpecitos a la puerta. Una niña regordeta y sonrojada apareció en brazos de Kurenai. Mirai se abalanzó sobre Shikamaru, riendo y abrazándolo. Él le correspondió y procedió a entrar. Dentro, igual que siempre, la calidez de un hogar le recibía, aliviando la presión en su pecho.
—Me alegra verte —dijo Kurenai, sirviendo una taza de té.
Shikamaru se sentó en el comedor, con Mirai aún en brazos. Ella jugaba con la banda ninja cocida en su ropa.
—Lamento no haber venido antes —se disculpó.
—Shikamaru, no es necesario que vengas siempre. No es tu obligación. Tienes un trabajo que hacer, nosotras no somos tu prioridad —respondió Kurenai, apaciguando su inquietud.
No respondió. No podía confesar que iría la cantidad de veces que fueran necesarias para calmar su sentimiento de culpa. Si supiera aquello, Kurenai no lo dejaría pisar más su casa hasta que entendiera que la muerte de Asuma no era su responsabilidad.
Desvió el tema a Mirari. Charlaron sobre la pequeña, sobre el clima, sobre la aldea y sobre los exámenes Chunin. Pero su cara se congeló cuando Kurenai preguntó por la joven de la arena. Ese, mierda, ese sí que era un tema del cual no quería hablar. Evitó responder a la pregunta pero no lo logró. Persuasiva, otra característica de ella.
—No te ha respondido el mensaje —dijo, dejándolo expuesto tanto a sus sentimientos como a la verdad innegable de que le dolía oír eso en los labios de otra persona.
—No es su obligación hacerlo —se excusó.
Mirai dormía plácidamente en su hombro. Caminó hasta el sofá, dejándola allí. Volvió en redondo y miró el reloj. Llegaba tarde pero le importaba un comino. Muchas cosas habían dejado de importarle luego de la muerte de Asuma, luego de la muerte de su padre, luego de Temari.
—Pudo haberle pasado algo. No olvides que ella es representante de su aldea en los exámenes Chunin, debe estar tan ocupada como tú en estos momentos. O quizás, el halcón mensajero se perdió…
— ¿Cómo sabes que nos enviamos mensajes a través de aves? —preguntó sorprendido.
Kureai rio nerviosa antes de llevarse una mano a su nuca.
—Bueno, es que en estos días ha venido a visitarme Ino y, bueno, verás… se le escapó —soltó con una sonrisa.
Shikamaru se resignó y sonrió. Tanto Ino como Choji los habían estado siguiendo en sus citas (¿debía decirle citas?). Aquel par de tontos hubiera jurado que ni Shikamaru ni Temari se habían percatado de su presencia, más todo lo contrario. Las primeras veces resultaba incómodo, luego, divertido. No recordaba él haberles comentado sobre los mensajes vía aves, pero, si se descuidaba, aquellos dos seguramente se las habían ingeniado para obtener hasta la última gota de información.
Encaminó para la puerta. Sabía bien que, durante el día, si profundizaba ahora lo que sucedida, le costaría concentrarse en lo primordial: los exámenes Chunin.
—Me marcho. Lord Hokage debe estar preguntándose dónde estoy y, seguramente, se habrá sorprendido al no encontrarme en el tejado de la torre —sonrió.
Kurenai le abrió la puerta y antes de que saliera le dio un bento. Mientras charlaban, aprovechó aquel tiempo para, sigilosamente, colocar verduras ya cocidas y arroz. Justificó cocinar el pescado para no tener que hacerlo más tarde. Shikamaru se sorprendió. No se le escapaban los detalles, pero, definitivamente, no esperaba aquello. Con una sonrisa lo aceptó. Era muy lindo, verde agua, con pequeños dibujos de peces naranjas.
—Una cosa más —dijo, cuando ya estaba él fuera de la casa—. No desistas. A tu maestro le llevó muchísimo trabajo conmigo —sonrió ante el recuerdo—. Me arrepiento de haber sido así, de haber creído que no teníamos tiempo para ser nosotros. No pierdas la oportunidad, Shikamaru.
La lluvia comenzó. Asintió y dispuso sus pies en dirección a la torre del Hokage.
Estaba empapada. Se resfriaría si no cambiaba inmediatamente sus ropas. Consideró ir hasta la posada de Suna en la aldea de Konoha, pero estaba a tan solo dos cuadras de la torre del Hokage. Podría esperar, si una guerra no la había matado menos lo haría un par de mocos y tos.
Cuando llegó, solicitó reunirse con el Hokage. Tras decir su nombre, inmediatamente le permitieron subir. Los pasillos seguían iguales. Sombríos, vacíos, con poca luminosidad. Sabía de memoria el camino hasta la oficina, no necesitaba guías. Llamó a la puerta de la oficina del Hokage cuando llegó. Un "adelante" se oyó desde adentro. Le hubiera gustado estar más presentable, no empapada y ojerosa. Más corrió aquellos pensamientos al momento de entrar.
—Lord Hokage —saludó con una reverencia.
—Sabaku No Temari —dijo Kakashi—. Vaya, no esperaba que vinieras antes de la fecha estipulada. Pasa, pasa.
Así hizo. Cerró la puerta tras pasar. Sacó los pergaminos y los extendió sobre el escritorio. Con un rápido movimiento de manos, se invocaron dos cuadernillos gruesos, ambos con datos de quienes presentarían los exámenes, junto a su registro de misiones y datos personales.
—Cada día que pasa me sorprendo de la cantidad de jóvenes que se presenta a los exámenes —suspiró el Hokage antes de echarse atrás en su silla.
Detalladamente, explicó el orden de la información. Equipos, integrantes, datos personales, misiones cumplidas, antecedentes, solicitudes firmadas y carta del Kazekage autorizando a estos shinobis a participar.
—Honestamente —habló Kakashi— ha sido para mejor que vinieras antes. Podremos organizar estos papeles primero, así tendremos tiempo cuando venga los representantes de las otras aldeas.
—Le agradezco, Lord Hokage. Si me disculpa, ha sido un largo viaje y necesito cambiar mis ropas —dijo, mirando su atuendo el cual aún seguía mojado.
Caminó hasta la puerta antes de que Kakashi preguntara:
— ¿Se puede saber por qué has adelantado el viaje? —La duda únicamente se oía como trasfondo. Ni la maldad ni la suposición, solamente duda.
Volteó, nerviosa y sonrojada. ¿Era éticamente correcto confesarle al Kage de otra aldea que estaba allí únicamente por tiempo para ver a un ninja de su aldea? La respuesta no llegó.
—Terminé el papeleo antes— respondió, luego de unos segundos, con la sonrisa más fingida en toda su existencia—. Y supuse lo que usted dijo, es mejor adelantar tiempo.
Kakashi alzó una ceja, luego la bajó y sonrió. La despidió y volvió a concentrarse en los papeles recién entregados.
Temari suspiró y salió de la oficina. Empezó a caminar en dirección a la salida antes de toparse con quien menos quería en esos momentos. Sus mejillas enrojecieron, sentía el calor en ellas a pesar del frío de los corredores. Lo miró al rostro. Él también estaba sorprendido, y sonrojado. Había cambiado. No recordaba la última vez que lo había visto. ¿Un mes? ¿Dos? ¿Más? Parecía más adulto, más cansado, más hombre. Recorrió su cuerpo, el cual se marcaba un poco bajo las prendas mojadas...Y un envoltorio aguamarina terminó por llevarse toda su atención.
Shikamaru tenía un almuerzo.
Alguien le había hecho el almuerzo a Shikamaru.
Su madre no. Ella utilizaba envolturas con el símbolo del clan Nara bordado. Este tenía peces naranjas de colores. Era lindo.
En esos momentos, una de las tantas inseguridades que la atormentaron durante su camino a Konohagakure no Sato, se había realizado. Alguien —una chica— le había dado el almuerzo a Shikamaru. Él lo había aceptado, de eso no cabía duda.
—Temari…
—Adiós.
Lo esquivó. Pasó por su lado como si fuese solo un conocido de la vida. No se molestó en siquiera verlo a los ojos en el momento en que le pasaba por al lad. Aceleró sus pasos a medida que le aceleraba el pulso. Comenzó a sentirse una completa idiota. ¿Qué esperaba? ¿Una jura de amor eterno cuando en realidad solo tenía cartas enviadas a través de un ave? El tiempo gastado en hacer el papeleo apresurado, en quedarse largas noches soñando con un quizá, la idea de que sería otro el encuentro que tuvieran… Había esperado demasiado de algo tan efímero.
Shikamaru y ella no eran nada. Nada.
Salió en dirección a la posada. La lluvia caía violentamente, lo cual le sirvió para ocultar sus lágrimas.
