Los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.


Capítulo 3

Le gustaban las nubes, más no los días de lluvia. La densidad de la tormenta, la furia, su estruendo siguiendo al rayo cruzar el cielo, para nada de su agrado. Le recordaba sensaciones horribles, confusión sobre todas. Atolondradas, como sus pensamientos, las nubes así lucían. La lluvia, furiosa, similar a las mil deducciones que, por segundo, podía hacer en aquel momento. ¿Qué esperaba hacer? Definitivamente no lo que había hecho. Quedarse allí, parado, como un tonto sin decir otra cosa más que su nombre… Si responderle a Temari era de vida o muerte, ya estaría muerto.

Anonadado. Luego de una semana sin señales, aparecía en Konoha. De haberlo sabido antes, hubiera planeado otro comportamiento, hubiera dicho algo mejor que "Temari", con voz aguda, esperando a que ella hiciera algo. Pero todo lo que sucedió fue ella esquivándolo. Y ahí inició su calvario.

Pasarle por al lado, sin saludarlo, sin siquiera quedarse unos segundos o decirse algunas palabras. ¿Qué se dirían? ¿Qué se extrañaban? ¿Qué era una sorpresa cruzarse de esa forma? Nada. No eran buenos con las palabras frente a frente. Ambos eran mañosos, debía reconocerlo, pero nunca se habían esquivado de esa manera. Corrección, ella lo había hecho, como si de un completo desconocido se tratase. El enojo fue lo último en llegar ya que la confusión tocó primero. ¿Por qué le había pasado por al lado?

Él era la clase de persona que podía deducir los siguientes doscientos movimientos de su oponente, crear una emboscada perfecta y darle vida a las sombras, sin embargo, Shikamaru, el gran estratega de la hoja, no podía deducir por qué la mujer que le robaba el sueño, lo había eludido de aquella forma.

Desconcertado, se dirigió a su pequeño despacho ubicado a pocas salas de la del Hokage. Cuando entró, maldijo en voz alta. Una ventana se hallaba abierta, mojándose los papeles que habían quedado sobre la cajonera, ubicada debajo de esta.


En otro momento, hubiera parado para admirar la lluvia. En el desierto, rara vez llovía, y la única tormenta que sucedía allí eran las de arena. Sin embargo, cuando tenía la fortuna de coincidir con días lluviosos, paraba unos segundos sus quehaceres para apreciar tal evento de la naturaleza. Luego, si todavía le quedaba tiempo y la tormenta cesaba, observaba cómo las gotas quedaban impregnadas en las hojas, otorgándoles una capa cristalina.

Pero ahora no había tiempo para eso. Bajo el grosor de la lluvia, caminaba a pasos apurados. Ansiaba llegar a la posada que Konoha siempre destinaba a los altos visitantes de Suna, quitarse su ropa empapada, ponerse algo cómodo, y quizás, si su orgullo le permitía, lamentarse por su idiotez y luego escupir tras pronunciar Shikamaru. Tonta había sido al creer que él no tenía a alguien más. ¿Qué esperaba? Un ninja inteligente, atractivo y de renombre, un estratega nato, además, buena persona… Una ilusa si creía que nadie más se fijaría en él.

El enfado no tardó en llegar. ¡Como menos, podría haberle dicho "oye, Temari, mira que mientras hablo contigo me ligo con otras"! ¿Era tan imbécil de no hacerlo? Se podría haber ahorrado tiempo y esperanzas. No hubiera cambiado horas de sueño por ilusiones y, menos que menos, haberse sometido a un arduo trabajo semanal para tener tiempo, poder visitarlo y hacer cosas juntos.

¡Por el cielo, Temari! ¿Qué esperabas?

Nuevamente, las lágrimas pedían salir. Las retuvo a la vez que un fuerte dolor de garganta la invadía. Faltaban, al menos, cinco cuadras para llegar hasta la posada. La lluvia no parecía querer cesar y sus ropas podrían crear un oasis en su aldea.

— ¿Temari?

Miró hacia el frente, topándose con una conocida cabellera rosada y ojos verdes. Sakura estaba allí, con un paraguas blanco abierto. Vestía de civil y su cara se mostraba preocupada frente a ella.

—Oh, Sakura —dijo, carraspeando.

— ¿Qué haces aquí? —la saludó—. ¿Gaara y Kankuro vienen contigo? —preguntó, moviéndose un paso al frente para así poder cubrirla de la lluvia.

Temari esquivó la mirada. Tarde, ya había notado sus ojos hinchados.

— ¿Sucedió algo? —el tono de voz de la ninja de la hoja cambió drásticamente.

—No es nada —respondió Temari, sonriéndole—. Es que hace un par de días hubo una tormenta bastante fuerte en el desierto y se me metió arena en los ojos, irritándolos. — Una excusa vaga, pues todos sabían que los hijos de la arena jamás tenían esos problemas—. Gaara y Kankuro se quedaron en Suna, decidí venir sola para… —Para ver a Shikamaru—. Vine antes por los asuntos de los exámenes Chunin.

Sakura pareció dudar unos segundos, llevándose su mano libre a la barbilla. Se encogió de hombros y le sonrió.

— Iré a comer a Ichiraku. ¿Quieres venir?

Negó con la cabeza.

—Estoy empapada y estoy cansada. Muchas gracias, pero iré a descansar a la posada —se excusó.

No dio tiempo a que Sakura le respondiera, pues se marchó rápidamente.

Unos minutos después, llegó. La fachada lucía igual, con el símbolo del país del viento. Bajo este, tallado sobre el arco de madera, el símbolo de su aldea. Los colores de la pintura oscilaban entre rosa pálido y ocre, referentes a su aldea. Unos peldaños de piedra, cubiertos por un pequeño soportal de madera, antes de la puerta de entrada. Apenas puso un pie sobre el primer escalón, escuchó el ruido de la puerta aflojarse. La posada estaba protegida con un sello que, únicamente, los altos mandos de Suna y Konoha tenían acceso, evitando así que cualquiera cometiera un acto de vandalismo o travesura. Dentro, el vació se hizo más pesado. Cerró la puerta tras pasar.

Todo seguía igual a su última visita. El suelo de madera, limpio, al igual que los muebles, la mesita pequeña, los sofás, la cocina, los cuartos. Todo exactamente igual. Dio un largo suspiro, se sentía raro no tener a nadie con quien comentar el estado del lugar, o saber que, si saldría, por al menos una semana nadie estaría para recibirla.

Se quitó sus zapatos y los dejó en el descanso. El suelo estaba frío pese a ser de madera. Se encaminó al baño. Un baño caliente y, cuando la lluvia amainara, saldría a comprar víveres.


Había tardado más de lo esperado en atar los cabos sueltos. Le bastó veinte minutos y la caída de su bento al suelo (bajo un intento de socorrer otros papeles que habían salido disparados de la mesa con una fuerte ventisca) para entender el por qué de la reacción de Temari. Había sido un tonto. Por supuesto, ella había cambiado su rostro cuando observó su mano derecha apenas se cruzaron: llevaba la comida que Kurenai le preparó. Y ahí le bastó un segundo en deducir que ella habría pensado que otra mujer le había preparado el almuerzo.

Salió disparado en dirección a la posada de Suna, pues, apostaba todo su salario, a que ella estaría allí. Consigo, llevaba el bento. No le importó la lluvia, no le importó su trabajo, no le importó tener que trabajar el doble al día siguiente. Lo haría, pues claro que lo haría. Pero primero necesitaba resolver lo que tanto le carcomía la cabeza.

— ¡Shikamaru! —alguien lo llamó.

Se volteó, cruzándose con Sakura. Lo saludaba con una mano en alto.

—Sakura —levantó su mano, correspondiendo a su saludo—. Lo siento, tengo prisa.

Siguió su camino.

—Temari está en la aldea.

Se detuvo.

Unos pasitos ligeros, su mano libre en el bolsillo, fingiendo desinterés, se acercó a su amiga.

Sakura observó su comportamiento, divertida. Ella, como buena veterana en la lucha por el amor, sabía perfectamente que los dos eran tal para cual. Detrás de esa fachada de desinterés, rugía por dentro el ser amado y correspondido de ambos.

—¿Te la has cruzado? —curioseó.

—Sí —respondió ente risas ella—. Aunque su cara no era, ya sabes, como la de siempre. Lucía… triste, supongo.

Sí que era problemática esa mujer.

—¿Sabes para dónde se dirigía? —preguntó.

—Para la posada de su aldea.

—Gracias, Sakura.

Siguió caminando rápidamente.

Triste. Si existía un antónimo para Temari, ese era triste. Podría sentir desesperación, decepción, miedo, pero no tristeza. Fue en una de sus tantas cartas, recordó, que ella le había contado sobre cómo nunca se permitía sentir tristeza.

"No crecí en un ambiente familiar, me enseñaron a matar desde pequeña, no existía tiempo para llorar por tristeza, más sí por rabia.

Si me sentía triste, mi potencial se perdía, lo cual implicaba alterar a mis entrenadores, a Gaara… y en ese momento, le temía tanto a Gaara como a la muerte misma."

Para cuando llegó a la posada, la lluvia había cesado. Grandes charcos se extendían por las calles de la aldea.

La fachada seguía igual que siempre. A veces, inconscientemente, se desviaba de su camino y terminaba allí, frente a símbolo de Sunagakure no Sato. Y, entre sus tantos pensamientos, era el más inquietante aquel que le recordaba que pertenecían a aldeas distintas. Sabía bien la inmensidad con la que Temari amaba el desierto. Pero él no se quedaba atrás. Amaba Konoha. Luchó, lloró y sangró por ella, por su hogar. Le gustaba vivir allí, agradecía haber nacido allí. No se imaginaba viviendo en otro lugar, en otra aldea. Sonaba egoísta, lo reconocía, pero, en la ferocidad de sus sentimientos, amar a Konoha podría tranquilamente ocupar el segundo lugar.

Primero venía una persona.

Resignado, subió los escalones y llamó a la puerta.


Obviamente, su orgullo no le había permitido seguir llorando. La rabia por Shikamaru había avanzado durante su baño. Pensar que hasta… hasta había considerado que, tal vez, en su existencia como posibilidad, dar el siguiente paso. No tomarse de las manos. Más lejos. No besarse. Todavía aún más. Siquiera dibujar la situación en su cabeza, le producía un cosquilleo en la parte baja de su estómago. A su vez, el color rojo no tardaba en llegar a su rostro.

Salió con arrebato del agua. Se colocó una bata y caminó hasta la cocina. El agua ya estaba caliente, perfecta para un té. La lluvia no se oía, lo cual le iba perfecto, iría a comprar comida para preparar y unos bocadillos para acompañar sus tés.

Recordó que no había almorzado. Su enojo le había quitado el hambre. De a sorbos, se dirigió a su cuarto para cambiar de ropa. Las prendas limpias reposaban perfectamente dobladas en el armario. En su última visita, había dejado un conjunto de pijama y ropa de civil en caso de necesitar. Aún tenían olor a limpio. De todas formas, dada la ligereza de su equipaje y tiempo de estadía, tendría que comprar algunas prendas.

Alguien llamó a la puerta.

Con un bufido, encaminó en dirección a la entrada. Abrió, encontrándose con la última persona que quería ver en el planeta: Nara Shikamaru.

Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron sus facciones, cambiando de serio a sorprendido.


El plan consistía en lo siguiente: pedirle que lo acompañase hasta la casa de la antigua maestra del equipo ocho, agradecerle y devolverle el bento, y explicarle a Temari que no era lo que había supuesto.

Simple.

Conciso.

Fallido.

No contaba con que ella abriera la puerta vestida con una bata. Ni en sus más profundos sueños.

Carraspeó. Retrocedió unos pasos. La kunoichi lo miró hostil, Si estuviese armada con su abanico, ya lo habría mandado a volar, literalmente. ¿Cómo iniciar una conversación luego de este imprevisto? Maldición, Temari era la persona que siempre sabía cómo voltearle las ideas.

— ¿Qué te pasa, tarado?

El insulto le hubiera dolido más, posiblemente, si no llevara puesta únicamente esa bata. El cinturón de tela atado a la cintura, enfatizaban sus caderas, las cuales bien sabía que desencadenaban sus piernas. Tragó saliva. Temari no era de contextura flaca, al contrario, tenía sus curvas y, sus piernas, aquellas que alguna vez llamó feas cuando niños, hoy, tranquilamente podrían pisarle el pecho y a él no le molestaría. Aunque claro, nunca admitiría eso en voz alta.

—Vístete y acompáñame —dijo, luego de recomponerse.

— ¿Acompañarte a dónde? —Le cuestionó, frunciendo el entrecejo—. ¿Vestirme?

Tan pronto como entendió a qué se refería, el color fue visible en el rostro de Temari. Cerró la puerta violentamente en su rostro. Un suspiro escapó de sus labios y se reposó contra una de las columnas de madera.


Por si poca dignidad le quedaba tras haber llorado camino a la posada, ahora, luego de abrirle la puerta a Shikamaru en bata, el nivel de esta era: cero, inexistente.

Respiró nerviosa. Parecía un chiste la situación. Ella, en ese momento, era un chiste.

¿A dónde quería que lo acompañase? Además, había notado que traía consigo el bento, desarmado. De seguro, supuso, lo habría disfrutado. Bocado por bocado, sabor por sabor, comiendo aquello que otra mujer le había preparado. ¿Acaso le pedía que lo acompañara para devolverle el bento a su dueña, viendo ella toda la situación? ¿Tan mierda podría ser?

¿De qué te sorprendes? Nadie es tan bueno en el mundo, Temari.

Se vistió rápidamente de civil. Un vestido hasta las rodillas verde musgo, atado en medio con un moño blanco. Ató su cabello en cuatro coletas y se calzó las sandalias. Aún seguían mojadas.

Iría. Iría a decirle a quien sea que fuese que Shikamaru, mientras aceptaba su comida, también le enviaba cartas a ella. Lo dejaría expuesto y le advertiría a la mujer con qué clase de hombre se trataba. Trataban. ¿Quería jugar con maldad? Ella había sido preparada con maldad.

Tras un largo suspiro, abrió la puerta. Lo vio allí, tan cómodamente recostado sobre la columna. Su enojo sobrepasó los límites y no pudo evitar tomar su abanico. Lo ajusto entre el moño y la espalda. Lo mandaría a volar ante la primera oportunidad que se le presentase.

Cerró la puerta al salir y le siguió el paso.


Muchas gracias por los review, no olviden dejar otro.

Espero que les haya gustado.