Los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 5
Desde su encuentro con Temari y la catarsis que había conllevado a fumar más de lo normal, hacía dos días que se encontraba encerrado en su pequeño despacho, "ocupado" con su papeleo. Y con ocupado, mejor dicho perdido. Observaba las letras durante una hora, fingiendo que leía, cuando en realidad, sus pensamientos se dispersaban y decantaban todos —o casi— en ella. Luego recordaba que, realmente, gran parte del examen, dependía de él. Una falla, un dato equívoco y desencadenaría una secuencia de errores.
Suspiró. Dejó su bolígrafo a un costado y se echó para atrás en su silla.
Sobre el escritorio se hallaban varios papeles dispersos en todas direcciones, una taza de café a medio tomar, un cenicero repleto de colillas y una cajetilla de cigarrillos. Casi por la mitad. En el suelo, bollos de papel, productos de sus errores y frustraciones al intentar completar las fichas técnicas de cada postulante. Las ventanas las había dejado cerradas, el clima no había cesado respecto a las tormentas, intensificándose en las noches.
Solamente ayer había ido a su casa, unas horas. Su madre se había alegrado, sonriéndole con aquella sonrisa que, unos años antes, no estando tan herido por la guerra, hubiera equilibrado todo el mundo de Shikamaru. Sin embargo, al ver ese gesto de felicidad, una pequeña parte de él fue desgarrada. No le gustaba dejarla sola, más debía hacerlo. Conocía a su madre como la palma de su mano, ambos cargaban el mismo estigma. Ella era fuerte, sí, pero también como él: llevaba luchas internas.
Suspiró.
Se puso de pie y se acercó hasta la ventana. En esos días, no la había cruzado ni por casualidad. En los momentos en los que su cabeza se dispersó, pensó en cien maneras de disculparse. Había cometido un error y el costo se llevó consigo toda su paz mental. La semana siguiente comenzarían las inspecciones de las arenas y espacios para los exámenes Chunin. Correspondía a cada representante de la aldea concurrir y realizar un informe. Eso implicaba verse, encontrarse en una misma sala, hablar entre ellos. Tal vez, indagó, le cedería su responsabilidad a su hermano, Kankuro. Enviaría un mensaje solicitando su asistencia y…
Sacudió la cabeza. Temari era profesional, no mezclaría sus sentimientos con el trabajo.
Los siguientes dos días habían consistido en limpiar la posada, leer un libro y tomar tazas de tés mientras apreciaba la lluvia. Cuando esta paraba, salía al jardín trasero y sentía el fresco mezclarse con el olor a tierra mojada. Al menos, algo había resultado bien tras adelantarse una semana. En su aldea no tenía esa maravilla de la naturaleza.
Debía admitir que había pensado mucho en Shikamaru. Incluso en disculparse. Pero tanto su orgullo como su vergüenza no le permitían acercarse. Ambas caras de una sola moneda, le dificultaban al momento de decir "lo siento". Sus labios temblaban —por rabia u bochorno— y se sonrojaba a más no poder, inflaba sus mofletes y mordía su labio. Sin embargo, cuando repasaba la secuencia sucedida hacía unos días, no podía creer lo estúpida que había sido. Sacar conclusiones apresuradas, mostrarse altanera y al final… al final todo había sido un error. Todo su entrenamiento como kunoichi, como la fría calculadora que aprendió a ser… Se había cagado en ello.
La posada resultaba aún más fría y silenciosa de lo normal sin sus hermanos, incluso cuando estos estaban fuera, recorriendo Konoha. No tenía con quién hablar y no era muy cercana a las kunoichis de allí. La gran sala de estar, con pisos de madera y sofás rojos emanaba una sensación de vacío. No oír por las mañanas el suelo rechinar bajo los pasos fuertes de Kankuro, o el ruido de la cuchara chocar contra la porcelana de una taza de té, cuando Gaara le aceptaba. La cocina, también, la sentía extraña. Cocinar en pequeñas cantidades, no ver un armamento de bocadillos que ellos compraban.
Extrañaba a sus hermanos. Extrañaba a Suna, su tierra. Y cuando estaba allí, en su hogar, en la aldea que le enseñaron a proteger, extrañaba Konoha. Extrañaba a Shikamaru. Vivía en la encrucijada de la añoranza y su responsabilidad como kunoichi de Sunagakure no Sato. No podía dejar el desierto, pese a que le desgarró el alma, no imaginaba un día sin ver el horizonte, el sol desapareciendo tras las montañas de arena, un paisaje entre colores tierra y anaranjados. Sin embargo, cuando recordaba los pergaminos, sus mensajes con Shikamaru, sus palabras y cómo estas lograban moverle todos sus sentidos, pensaba en Konoha. Aquella aldea repleta de árboles, de aroma a primavera, donde la lluvia caía y en invierno nevaba… Y sobre todo, la necesidad de estrechar su cuerpo contra el de él, de sentir el calor de su respiración, de su cuerpo, tocarlo y saber que estaba frente a ella y no a miles de kilómetros.
¿Qué tanto se podía sacrificar por alguien?
Se levantó del suelo del porche con vista al patio trasero. Encaminó hasta la cocina, acompañada por el rechinar del suelo de madera, en busca de una taza de té. Abrió la alacena, sorprendiéndose al encontrar la bolsa que había comprado luego de llegar, sin hojas. ¿Cuánto había tomado? Abrió el refrigerador. Tampoco tenía en botella, mucho menos algo para comer esa noche más que dos papas y medio puerro. Dio un largo suspiro. Debía salir, el mercadito de unas cuadras cerraría en unas horas, y, en sus últimos minutos, toda Konoha decidía salir a hacer las compras. Eso lo había aprendido el primer día que fue.
Se vistió, un pantalón de algodón negro, una camiseta color lavanda y un abrigo. Tomó el dinero y salió.
Las farolas comenzaron a encenderse junto a la caída del sol. Las personas circulaban, pese a haber llovido hacia unos momentos. Los restaurantes empezaban a abrir y vendedores de los locales a guardar su mercancía expuesta fuera. Las tonalidades cálidas de las lámparas se mezclaban con el azul, violeta, rojo y anaranjado del cielo, el cual, poco a poco, relucía sus estrellas. La luna comenzaba a brillar. Caminó unas cuadras hasta llegar al mercado. Una arcada de madera "Mercado de la Hoja". Consistía en dos largas cuadras, con tiendas y puestos en la calle, desde alimentos hasta artesanías. Había comprado, la primera vez que fue, una pequeña maceta color grafito, con un cactus pequeño. Decoraba muy bien la mesita de la sala de estar.
Entró. Compraría unas verduras y un poco de carne de cerdo, cocinaría un estofado que, seguramente, sobraría para el día siguiente. Encaminó a un puesto de verduras y frutas, metiendo en la canasta cebollas, zanahorias y tomates. Se detuvo a mirar algunas artesanías. Encontró un tenderete en el cual, sobre un mantel verde, descansaban figuras hechas con alambre y pequeñas piedras preciosas. Quedó maravillada ante tal minucioso trabajo. Algunas eran figuras para decorar, otras, peinetas o broches. Parpadeó, sorprendida ante una forma muy irónica en esos momento para ella: el ciervo. Los retorcidos alambres daban dicha forma, y, en sus cuernos, dos piedras verdes.
El animal del clan Nara.
Se alejó con largos pasos hacia atrás, chocando con otra persona.
—¡Disculpe! —exclamó, girando para ver el rostro de su víctima.
— ¿Temari? —exclamó una voz conocida.
La cabellera rubia, larga y brillante, aquella que no parecía pertenecer a una kunoichi, la reconoció inmediatamente. Ino, vestida de civil, la miraba con los ojos abiertos. Llevaba una bolsa de tela, cargada. Le dedicó una sonrisa y chilló.
— ¿Cuándo has llegado? —le preguntó, abalanzándose sobre ella.
Temari, ante tantos movimientos y ruidos, se paralizó y sonrió tensamente. Había olvidado su personalidad ruidosa y animada. En la última cita (tragó saliva al pensar esa palabra), Shikamaru había comentado sobre la actitud de su compañera de equipo. "Ino puede ser ruidosa, tozuda y para nada delicada, pero es una de las mejores personas que tengo, sin ella el equipo 10 se hubiera extinguido hace bastante".
Una sonrisa surcó sus labios. Correspondió al abrazo.
—Hace tres días —respondió, una vez separadas.
— ¿Te has cruzado a Shikamaru? —preguntó Ino, afinando su sonrisa y sus ojos celestes.
Temari carraspeó, esquivando aquella mirada sugerente. Se limitó a asentir más no a ahondar en detalles. Deseaba a toda costa olvidar los últimos días vividos, o, mínimamente, haber sabido ciertas cosas de antemano para evitar pasar vergüenzas.
—No te muestras muy contenta que digamos —observó Ino—. ¿Sucedió algo? ¿Te hizo daño? Temari, juro que si ese idiota…
—¡No! ¡No! —movió su cabeza y sus manos—. Solamente…
Solamente había pasado una de las mayores vergüenzas de su vida. Oh, además, descubierto que no eran nada con Shikamaru, y, pese a que portaba un semblante serio, por dentro, lloraba como una niña.
Ino paseó su peso de un pie a otro, llevándose una mano al mentón. Acto seguido, largó una exclamación y la tomó de las muñecas.
— ¡Temari, acompáñame a cenar!
— ¿Qué? No, no, de hecho vine a comprar para cocinar y…
—Temari —la voz firme de Ino la detuvo—.Por favor, ven a cenar conmigo. Hay algo que quiero decirte.
La determinación de aquellos ojos celestes le hizo comprender que no podía salirse de esa.
Asintió.
Tras llegar y ubicarse en una mesa alejada del bullicio en un restaurante pequeño pero pintoresco, ordenaron estofado. La seriedad de Ino quedó atrás tras el delicioso aroma a comida que olfatearon cuando entraron. Sin embargo, Temari no olvidaba aquel rostro serio, ni la firmeza con que la sujetó al invitarla a comer. Algo le sucedía.
—Eres muy amable de invitarme, Ino —agradeció Temari—. Pero…
—Temari —le interrumpió—, de ahora en adelante, cada vez que vengas a Konoha, tienes una amiga —Ino se señaló a sí misma, sonriendo—. No dudes en visitarme cuando quieras.
Aquella muchacha le provocaba curiosidad. Pese a ser tres años menor, la trataba como a una igual y se portaba amable. Desde que Shikamaru le mencionó la lealtad y el entusiasmo tan característicos de Ino, despertó un sentimiento que, hasta ese momento, no sabía cómo llamarlo. Una mezcla de curiosidad y admiración. Recordó la primera vez que la vio, en sus primeros exámenes Chunin. Flacucha, altanera, escandalosa y para nada simpática. Si hubiese competido con ella, daba por sentado haberle partido la quijada. Más ahí estaban, compartiendo una cena, sonriéndose la una a la otra como si fuesen conocidas de toda la vida.
—Gracias.
Las horas transcurrieron y cenaron de maravilla. Los sabores de la verdura se mezclaron perfectamente con el jugo de la carne, no pudiendo, ambas, evitar soltar un suspiro de goce. Comieron hasta dejar muy poco y rieron y hablaron y Temari sintió que en mucho tiempo no reía de aquella forma.
—Eres muy divertida —le dijo Ino, secándose una lágrima—. Pensar que casi matas a Shikamaru en los exámenes Chunin.
Ambas rieron una vez más pero el semblante de Temari, tras percatarse del susodicho y su problema, se detuvo. Miró a un costado, esperando a que Ino no notara su semblante, más fue tarde ya que ella la observó, expectante.
—Temari, en el mercado pregunté si había sucedido algo con Shikamaru, no respondiste —le recordó.
¿Qué debía decirle? ¿Explicar su mal entendido? ¿Admitir que le había dolido más de lo que esperaba? ¿Qué había perdido su orgullo? ¿Qué se le debía decir a la compañera de equipo de quien te causaba todos los malestares? ¿Qué se debía hacer cuando, por primera vez en tu vida, podías hablar de estos temas con una mujer y no disimularlos, esconderlos en un semblante serio y temeroso?
—Temari —volvió a llamar Ino.
Levantó su mirada. Allí estaban, nuevamente, aquellos ojos azules, determinantes. Había olvidado cuán firmes eran las kunoichis de Konoha. Unos años atrás, las había tratado de chillonas, infantiles y para nada profesionales; niñas preocupadas por su cabello o por el chico que les gustaba, dispuestas a aprenderse uno o dos jutsus básicos. Pero se había equivocado. Ella era una mujer y, sabía perfectamente que en un mundo dedicado a los hombres, las mujeres —y sobre todo las kunoichis— debían triplicar esa fuerza para ser tomadas en serio. Nunca le gustó que la subestimaran, que la tratasen diferente que a sus hermanos por ser mujer. Ella lo había hecho y, bajo experiencia, se había percatado de aquel error.
Las kunoichis de Konoha eran fuertes.
Soltó el aire pesado que aprisionaba su pecho, dispuesta a responder, pero antes de contar lo sucedido, Ino negó con la cabeza.
—No tienes que contarme si no quieres —habló—. No es asunto mío, es personal, entre ustedes. Está bien. —Se llevó un dedo al mentón y pensó unos segundos—. Temari, no me gusta dar responsabilidades, no me gusta cargar a otros con promesas que deberían ser a voluntad y no por compromiso, pero —le tomó las manos, las cuales estaban depositadas al borde de la pequeña mesa—, si puedes, aunque sea un uno por ciento, aliviar el dolor que Shikamaru lleva dentro, te lo ruego, hazlo.
Hubo un silencio de un segundo, de dos, de tres…
—Shikamaru —volvió a hablar Ino, con la voz quebrada—, él es un cabeza dura —ambas rieron—. Se guarda los sentimientos y los oculta bajo ese semblante serio, bajo ese bostezo falso de "estoy cansado para hacer esto". Yo sé que eso no es verdad… Desde la muerte de nuestro maestro, Shikamaru no ha vuelto a ser el mismo. Se culpa por todo, oculta lo que siente y siempre está dispuesto a escucharnos a Choji, a mí, a quién sea… Más cuando se trata de él, está vacío. Sufre mucho, Temari, y temo que, si esto sigue así, lo perderemos completamente… Pero…
Para ese momento, las pequeñas lágrimas caían por las mejillas de Ino. Temari esperaba cualquier cosa, más no que le confesara todo aquello sobre Shikamaru. Nunca había pensado en profundidad sobre ese lado suyo, aunque, si consideraba las palabras de Ino, entendía muchas actitudes por parte de él las cuáles, antes, no tenían respuesta. Las veces que esquivaba una pregunta u cambiaba rápidamente el tema de conversación, o restaba importancia a acontecimientos que, cualquiera, hablaría.
¿Qué tan solo se sentiría?
—Pero, cuando habla de ti, cuando se permite perder en la conversación, cuando está despistado, se le escabulle una sonrisa —habló, secándose las lágrimas, Ino—. Si eres la indicada, si eres quien puede sanar, al menos un poco, las heridas que lleva dentro… Te lo ruego, Temari, hazlo.
Temari se levantó de la silla y tomó la pequeña bolsa del mercado que había dejado a sus pies. Fuera, el cielo se iluminó al cruzar un rayo, seguido de su estruendo.
La lluvia comenzó a caer.
Pasó bastante tiempo desde mi anterior actualización, disculpen la tardanza.
Espero que les haya gustado.
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