Los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.


Capítulo 7

Sucedió todo muy rápido. La vuelta a casa, luego de terminar su té y de que la lluvia amainara, Shikamaru ofreció acompañarla. Había sido raro aquel momento en el que se sentaron frente a frente en la pequeña mesa de la cocina, pero, al cabo de unos segundos, entablaron una charla amena, obviamente, evitando los minutos bochornosos de sus palabras. Ambos lo evitaron como grandes expertos en la materia, más Temari que Shikamaru. Aunque no pudo evitar una de sus jugarretas.

Aceptó, tan solo porque eran las dos de la mañana y, a pesar de no encontrar problema en romperle la cara a cualquier tipo que quisiese propasarse, temía perderse. Visitaba Konoha seguido, era verdad, pero no conocía en profundidad la aldea.

Allí se encontraban, caminando entre la neblina y el frío de la noche otoñal. Había tanto ruido y tanto silencio al mismo tiempo. Ruido de ellos, de sus respiraciones, de sus pasos, de las hojas y de la llovizna helada. Silencio de la las calles, de sus palabras, de sus miradas. Por alguna razón, no se atrevían a mirarse.

Por unos segundos, Temari pensó en hablar, en comentar algo sobre los exámenes chunin, bromear incluso, más cuando lo miraba de reojo y contemplaba el hermoso perfil de Shikamaru, sentía la necesidad de callar y dejar que los envolviera el sonido de las hojas rozándose.

Las calles estaban alumbradas por las farolas. Las casas, pintorescas y aparentemente acogedoras, pintadas de colores singulares. De vez en cuando, se observaban luces encendidas dentro. Resultaba curioso que aquellas calles ruidosas, abastecidas de gente y niños y niñas jugando, de vendedores y de ninjas que correteaban cumpliendo sus misiones, por las noches, no fuese otra cosa que parsimonia. Si así resultaba en otoño, besando al invierno, no quería imaginar en primavera o, aún mejor, en verano, donde —según le comentó Shikamaru mientras charlaban en la mesa— las tiendas abrían hasta tarde, solían hacerse pequeños festivales y ferias, y el Hokage ofrecía un pequeño espectáculo de fuegos artificiales cada tanto.

Sucedió todo muy rápido cuando llegaron a la posada. Lo que parecía una eternidad concluyó al cabo de diez minutos, él direccionando la caminata. Subieron los escalones hasta el porche y Temari apoyó la mano en la puerta, sin abrirla. ¿Qué debía decirle? ¿"Gracias"? ¿"Perdón por la molestia"? ¿"Nos vemos, vago"?

— ¿Te pasa algo? —le preguntó, sobresaltándola.

Rotó sobre su eje, despacio, con el corazón a mil latidos por segundos.

Shikamaru era la clase de hombre que si, fueran otras las circunstancias, lo evitaría a toda costa: vago, orgulloso, quejoso y todo le resultaba extremadamente problemático. Pero debía ser honesta y dejarse de rodeos. Le atraía como nadie. Desde su cabello negro y liso, pasando por sus ojos cafés (los cuales no podía mirar más de un minuto porque la estremecían), su nariz y sus labios… Se perdía en su cuello y en sus anchos hombros… Y ella no era una tonta. Todo ninja tenía un riguroso entrenamiento. Shikamaru podía ser el más vago, pero debajo de la ropa y de toda esa flojera había un cuerpo, había musculo y tan solo pensarlo, un nudo le ataba la garganta, dificultándole tragar.

Allí, bajo la leve luz de la calle, a Temari se le dificultaba tragar.

—Ehh —dijo, perdiéndose unos segundo más en su cuello.

Levanta la mirada, Temari. Levanta la m-a-l-d-i-t-a mirada. Lo hizo, topándose nuevamente con los ojos de él.

—Gra-gracias —murmuró—, por acompañarme, ya sabes —rió nerviosa—. Y lo siento por, eh bueno, lo de antes.

Sucedió todo muy rápido cuando su rostro fue rozado por los dedos fríos de Shikamaru, cuando la claridad desapareció, cuando sintió su perfume mezclado con olor a cigarrillo, cuando sus labios fueron acaparados por los de él.

Sucedió todo muy rápido cuando su cuerpo de relajó y, cuidadosamente, apoyó sus manos heladas en el rostro de Shikamaru y cerró sus ojos.


—Quédate hasta que pare la lluvia —dijo sin pensarlo dos veces.

Se sentía avergonzado, y más aún cuando se disolvieron el abrazo, mudos y conectados por las miradas unos breves segundos, sonrojados. Más no podía fingir que esos últimos minutos no habían sucedido, porque sí. Sucedieron. Temari había ido hasta su casa con una disculpa atravesada y cada palabra logró arrancarle de a pedacitos unas migajas del dolor que sentía. Un súbito de emociones, en todas direcciones, arremolinándose en su pecho y siendo largadas ante cada respiración. Ella podría traerle paz a su mundo… ¿Ella podría traerle paz a su mundo?

Quería que se quedara, de eso estaba seguro. Al menos, hasta que la lluvia parara y la acompañaría de regreso.

—Es tarde —se excusó.

Encaminó hacia la cocina, pasado por su lado. Vainilla, siempre huele a vainilla.

—Es tarde, pero quédate, acepta un té y unas galletas. Te acompaño de regreso, cuando amaine la lluvia. ¿Te parece? —Sugirió, poniendo la pava sobre el fuego—. No seas orgullosa.

Recordó leer una carta, en la cual el tema de conversación se basaba en el punto débil y fuerte de Temari: el orgullo.

"Toda mi vida me enseñaron a no bajarle la mirada a nadie, ni siquiera a la kunoichi o shinobi más letal. Formé mi orgullo, mi arrogancia a través de ello. SOY orgullosa, me gusta serlo. No me arrodillo por nadie, más que por mí misma…

Ahora, cuando lo pienso, siento un poco de lástima por esa niña que escupía cuantas malas miradas recibía.

Pero es quién soy ahora, forma parte de mí el orgullo. ¿Y qué puedo decir? Soy orgullosa. Me gusta serlo."

Observó, deleitándose, la transformación en el rostro de Temari. Sus cejas se alzaron, levemente, su boca se curvó en una sonrisa y sus ojos se cerraron a la vez que torció un poco su cabeza. En el blanco.

—Está bien. Me quedo, un rato, nada más.

Aguardaron en silencio a que calentara el agua. De a ratos, lograba mirarla, cuando ella se dispersaba y observaba cada detalle de la cocina. Se había sentado en una silla, justo en su lugar. Pensó hacer una broma, un comentario al respecto, algo como "¿Tendremos problemas por ver quién se sienta en qué lugar?" pero rápidamente sacó dos conclusiones ante ello: a) ese comentario gritaba a los cuatro vientos "tranquilo, amigo"; b) a penas soltarlo, se sonrojaría porque, indirectamente, remitía a una convivencia, juntos. Mejor evitar situaciones bochornosas.

Cuando el agua estuvo lista, colocó en dos tazas los saquitos de té y vertió el líquido caliente. Colocó la taza color arcilla frente a ella y se sentó tras dejar su taza frente a la otra.

—Quizás no sean como los de Suna — advirtió, recordando que la aldea de la arena destacaba por sus deliciosos tés y, además, que de que era uno de los pasatiempos favoritos de Temari.

—Descuida. Háblame de Konoha.

Shikamaru se estiró en su silla, mordiendo la galleta que había tomado previamente.

— ¿Qué quieres que te cuente?

—Cualquier cosa. Lugares que te gusten, algo que te agrade en sí de la aldea. Siempre vengo por puras diplomacias, me gustaría venir como turista alguna vez. Es bueno tener recomendaciones y ese estilo de cosas, para saber, ya sabes.

Aguardó a responder. ¿Qué podría recomendarle? No es que saliera mucho, le gustaba descansar en algún lugar tranquilo, a la sombra, contemplar las nubes, comer algo delicioso de vez en cuando. No podía decir "Oh, verás no hago mucho más que estar en mi casa o en el trabajo, si quieres un buen lugar, el alfeizar de mi ventana estará siempre disponible para tí". Por todos los cielos, Shikamaru, que patético. Pensó, entre su normal vida, qué le gustaba... Oh, el verano en Konoha.

—En verano. Ven en verano —respondió, mirándola con una sonrisa—. Las tiendas abren hasta tarde, suelen hacerse festivales y ferias repletas de juegos, comidas y demás. A veces, por algún aniversario u algo, el Hokage organiza un espectáculo de fuegos artificiales. No es la gran cosa, pero merece crédito. Por otra parte, creo que todo luce mejor en verano.

La gente se siente mejor en verano.

—Como nativa del desierto, me quejaré del verano. La temperatura es agobiante y sudamos mucho, más aún al cumplir misiones —objetó ella, llevándose una galleta a la boca.

—En eso te doy puntos —dijo él, inclinándose hacia adelante, apoyando sus antebrazos en la mesa—, pero siempre puedes ir a refrescarte al río.

—En Suna no hay ríos —refutó, riéndose—. Ni nada similar. A veces, cuando llueve, se crean pequeños oasis pero no son eternos, quizás están dos semanas, como mucho, luego, arena, arena, y más arena.

—Pues ven a Konoha en verano, podemos ir a nadar.

— ¿A nadar? ¿Es una cita? ¿Nadar implica usar poca ropa?

Juraría, frente a los mil dioses que custodiaban esa tierra, que el té fue expulsado por sus fosas nasales al oír las dos últimas preguntas. Empezó a toser al son de la risa de Temari. Ocasionalmente, olvidaba que debajo de ese sonrojo y esas coletas de niña, se ocultaba una mujer adulta con conciencia de sus palabras. Le pesaba la vida, pues sí, pero él también podía entrar en ese juego.

—A nadar, sí. Es una cita, quizás. ¿Poca ropa? Eso depende.

No le bajó la mirada ni un maldito segundo. La miraría fijo, aún si dependía de todas sus fuerzas para no acobardarse.

— ¿Depende de qué?

Notó que se cruzaba de piernas. Notó cómo, delicadamente, llevaba la taza a sus labios, sin despegare la mirada.

¡Dios! ¿Estamos coqueteando en mi cocina?

—Ya sabes, depende… Depende de la persona, del traje de baño. Depende de muchas cosas, Temari.

Pronunciar su nombre bajo aquel contexto conllevaba a preguntarse si su estremecimiento resultaba más notorio que el de ella. Pero sabía que había ganado cuando oyó un leve carraspeo. No acostumbraban a llamarse por sus nombres. La ocasión debía ser especial o, dada esta situación, por medidas necesarias. No era que le preocupaba llamar a las mujeres por sus nombres, con Ino, Sakura y Hinata lo hacía tranquilamente... Más con Temari era diferente. Temari.

—Lo tendré en cuenta.

—Eso espero.

El tema cambió a los exámenes chunin tras unos minutos de silencio. Al cabo de una hora, la lluvia amainó y decidieron ir en ese momento antes de que fuera una tormenta mayor. Shikamaru direccionó el regreso, pues sabía bien que Temari no conocía esas zonas. Caminaron en silencio, acompañados por una llovizna aguda, helada. De a ratos, se daba el lujo de observarla. No era tan pequeña, pero sí la superaba en varios centímetros. Le resultaba tierno lo respingona que era su nariz, le daba un aire a chiquilla —aunque bien sabia que nada de niña quedaba allí, no tras el evento en la cocina—, más si algo acaparaba toda su atención, luego de sus ojos, eran sus labios, rosados y pequeños.

Una vez, luego de su primera cita (oficial) quiso besarla, sin embargo, la cobardía le ganó.

Tan solo unos segundos de despiste tardó en percatarse que ya se hallaban frente a la posada de la Arena. Subieron los peldaños hasta el porche y lo desconcertó que no entrara, que se quedara allí, parada, mirando hacia la puerta.

— ¿Te pasa algo?

Ella giró y a él le pareció oír cómo la madera crujía bajo sus pies.

No seas cobarde, Shikamaru.

—Ehh… Gra-gracias, por acompañarme, ya sabes…Y lo siento por, eh bueno, lo de antes.

No seas un "bebé llorón".

Bajo la escueta luz de las farolas de la calle, junto al murmuro de la lluvia, acunó su rostro, contrastando calor con frío, y llevó sus labios a los de ella. La besó. Y las frías manos de Temari se apoyaron en su rostro. Y se separaron para mirarse, sonrojados. Y volvieron a besarse.

Un beso más estrechados.

Un beso más demandante.

Un beso más buscado.


Hola! Bueno, estoy de vuelta, espero que les haya gustado. Probablemente actualice un poco más seguido en este mes, pues finaliza el cuatrimestre de la carrera y tengo tiempo antes de anotarme a otras materias.

Las cosas se estaban dilatando bastante, ¿no creen? Ya era momento de que algo ocurriera jaja.

Gracias por sus reviews. No olviden dejar otro.

Byee!