Los personajes le pertenecen a Masahi Kishimoto.


Capítulo 8

La sensación de los labios de Shikamaru rozando los suyos era comparable a la brisa de verano, cálida y suave.

En su estómago, un revoltijo.

Rodó sobre su cuerpo, arrastrando consigo las sábanas. La luz de la mañana rebotaba en las paredes blancas del cuarto, dándole al ambiente un aspecto puro y armonioso. El pequeño reloj sobre la mesita marcaba las ocho en punto. Dos horas más tarde de lo que generalmente se despertaba habitualmente, pues allí no había responsabilidades, ni papeleo por revisar u completar, ni inquietudes que atender.

Durante esos días, se despertaba pensando en aquello. En el beso. Sí, se había besado con Shikamaru. Debía repetírselo, confirmarlo y entender que nada era obra de un genjutsu o de su imaginación. Sin embargo, lo que sucedió después contribuía a que a veces dudara de ese hecho. Y es que, nada sucedió. Los tres días siguientes, Shikamaru no apareció por la posada, ni nada similar. Aunque, para ser justa, ella tampoco lo había buscado. No había asomado ni su sombra por la torre del Hokage, excusándose si necesitaban ayuda con las fichas de los aspirantes a chunin o cualquier otra cosa similar, con tal de ver, husmear si él se encontraba allí.

Cobarde.

Rodó para el otro lado, llevándose consigo la almohada para apretujarla contra su pecho y refregar su cara.

Resultaba evidente que sí lo había pensado. Pretender la conveniencia solo para verlo. Pero era una cobarde. Cuando planteaba la situación desde una perspectiva frívola, le parecía absurdo que una mujer de veintidós años tuviese un comportamiento tal respecto al amor, transformándose en una chiquilla de trece. El orgullo, sus agallas y su sentido de plantar cara a todo lo que se cruzase por delante se desvanecía, quedando debajo de una enorme pila de sonrojos y tartamudeos.

Cobarde.

Apretó la almohada con más fuerza.

Shikamaru tampoco había dado señales de humo, mínimamente. Pero no podía juzgarlo como se juzgaba a sí misma. Allí, en Konoha, independientemente de haber adelantado su viaje por "asuntos oficiales", no debía cumplir la tarea como asistente del Kage, al contrario de él, quien sí debía realizarla. Entendía perfectamente lo que significaba ocupar ese puesto. Llenar papeles, revisar que estén en perfecto estado, realizar las correcciones necesarias, atender las inquietudes o solicitudes de las pequeñas aldeas dependientes, leer reclamos de los aldeanos y blah blah blah.

Era muy egoísta de su parte pretender que en plena víspera de los exámenes, acudiese a su puerta y tocase para…

¿Para qué?

¿Qué debían decirse? "Hola, nos hemos besado hace unos días, ¿recuerdas?". De tan solo pensarlo su corazón se agitaba. Aprendió a manipular armas, a manipular un abanico cuyo peso era la mitad —y un poco más— del suyo, a no temerle a nada y a mostrar los dientes cuando alguien quería enfrentarla. Aprendió paso a paso a cómo ser certera y no fallar cuando se trataba del enemigo. Pero nadie había sido capaz de enseñarle cosas sobre el… amor.

¡Y es que ni siquiera sabía nada de ello! El manual de entrenamiento ninja no venía con un capítulo dedicado a las relaciones afectivas. A veces, en la frialdad de sus pensamientos originados por un entrenamiento carente de humanidad, se preguntaba si todo aquello era una mera fascinación por lo que Shikamaru le producía, y no Shikamaru en sí. Es decir las sensaciones tales como el hormigueo, el sonrojo, el calor bajándole por su cuerpo era lo que más le fascinaba y no un muchcacho… Un muchacho alto y delgado capaz de descolocarle las ideas en dos segundos apenas lo veía…

Era todo… Era todo tan complicado.

Sacudió su cabeza, en negación.

Eres una maldita complicada, Temari.

Bufó y se sentó en el tatami. Su pelo alborotado, melena de león.

Pensaba demasiado, más de lo que su cabeza y su corazón podían asimilar. Evidentemente algo le sucedía con Shikamaru. Algo. Amor. Atracción. Algo. Porque existía un enorme abismo entre haber visto la muerte incontables veces y no temblado nunca, y olvidarse de su propio nombre cuando un flojo con cara de pereza rondaba junto a ella.

Pateó esos pensamientos y se levantó.


La había cagado. Definitivamente.

Luego de separarse, entró a la posada sin voltear a verlo, ni siquiera cuando cerró la puerta tras entrar. Anonadado por unos segundos, tuvo un breve impulso en levantar su mano y golpear la puerta para disculparse.

Pero te ha correspondido, idiota.

No era alucinación suya que ella lo besara de nuevo, ni que su respiración se alterara un poco. Había sido un beso correspondido. Lo que lo descolocaba era todo lo sucedido después. No lo miró, no se despidió. Nada. Él tampoco hizo mucho como para que le den un premio, se quedó allí parado, asimilando los cinco segundos en los cuales Temari se alejó y escabulló tras la puerta. ¿No le habría gustado el beso? ¿Besaba mal? En su defensa, no tenía mucha experiencia en cuanto a besos, o, mejor dicho, no tenía experiencia en el amor. Todo lo que "sabía" era un reflejo de sus padres, pequeñas muestras de afecto y ya. No fueron muy ilustrativos en la materia.

Y se sentía indefenso. Los siguientes doscientos movimientos que podía calcular en el campo de batalla, con Temari, desaparecían. Igual que pararse en el frente sin un plan previamente meditado. Ir a la batalla sin armas y en las últimas gotas de chakra. Era como intentar cualquier movimiento y que tu oponente, en cuestión de segundos, te derribara y colocara un kunai en tu garganta.

Soltó una risa. Si esos pensamientos los escuchara su difunto maestro, le pediría que dejara de ver todo como un tablero donde cada pieza debía ocupar un lugar esencial. "Deja de calcular y suéltate".

Soltarse.

¿Qué significaba aquello?

Dio un largo suspiro.

Se caracterizaba por ser alguien cuyo estilo de vida se definía como "suelto". O al menos así lo creía hasta que cierta persona surcó por las nubes y se instaló en sus pensamientos. Cuando se trataba de Temari, la dejadez de sus acciones pasaba a ser movimientos rígidos, palabras estructuradas y un fuerte tamborileo en su pecho. No era idiota, sabía que existía una atracción, al menos de su parte. Pero era todo nuevo. El pichón que sale del huevo y empieza a descubrir el mundo. O algo así.

Cuando niño, solamente pretendía una vida normal, común y corriente, sin mucho esfuerzo, sin mucho qué hacer. Pero los planes del destino fueron otros: participar en la Cuarta Guerra Ninja. Nadie, en su sano juicio, participaba en una guerra y salía ileso, ya sea física o psicológicamente. Quedaban astillas, era consciente de ello. Su padre, su maestro, lo que no pudo proteger, su madre, sus seres queridos. La vulnerabilidad de aquel entonces y las secuelas por las que transitaba remitían todo a un estado donde se anulaban sus defensas y se convertía nuevamente en un chiquillo que no sabe qué hacer, qué decir.

Lo único que detestaba de todo el asunto con Temari, era esa sensación de vulnerabilidad que resurgía brutalmente por sus entrañas y quedaba atascada en su garganta. Temari lo volvía alguien vulnerable, alguien ciego que no sabía por dónde iba. Y para un estratega como él, la incertidumbre se volvía uno de sus mayores miedos.

En sus días más calmos, cuando la oportunidad de fumar un cigarrillo, sin que nadie lo interrumpiese, se presentaba, dispersaba todas aquellas inseguridades. Si tenía tiempo, se cuestionaba qué clase de hombre era. En ocasiones, oía la voz de su amiga Ino, en la juventud, gritándole "¡A ninguna mujer le gustan los perezosos como tú!". Y se reía. No era su culpa que todo le cansase tanto, que todo le resultara molesto y pesado a tal punto de tan solo querer tirarse en algún campito a observar las nubes. Y allí, cuando se figuraba en aquel espacio verde, la paz que le transmitía estar ahí coincidía con la paz que le transmitían los ojos de Temari. Como si todos sus fantasmas, sus inquietudes y miedos se desvanecieran cual vapor de té. Así, fluyendo por la boquilla de la tetera y perdiéndose en el aire.

Temari era un lugar de paz.

Y en un punto, se contradecía. La misma persona que iluminaba todos los rincones de su alma, a su vez, desataba una tormenta en sí mismo. Lo anulaba completamente, dejándolo a la merced de ella.

Temari era su lugar de paz, obviamente. Pero también su debilidad.

Era una problemática. Eso lo convertía en un problemático.

Se rió.

Observó la escasa pila de papales que descansaba en su escritorio. Diez solicitudes más y ya todo acabaría, al menos esa semana. En la siguiente, todos los asistentes de los otros Kages harían presencia en Konoha, trayendo consigo papeleo. Soltó un gran suspiro, recordando a su amigo, la razón por la cual él aceptó aquel puesto. Más te vale, Naruto, que seas un gran Hokage.

Atacó las hojas, pensando en que, tal vez, podría pasar por la posada de la arena y llevar algunos bocadillos en forma de disculpa.


Quién diría que sigo viva lol

Bueno, perdón por la enorme tardanza. No fue intencional del todo, si mal no calculo, hace medio año o más que no escribo nada de nada. Pero nada. El año pasado fue bastante complicado y dejé de hacer muchas cosas, entre ellas, estudiar. Tuve una crisis gigantesca y contarlo acá me alivia un poco. Por suerte, estoy con ayuda psicológica y voy lidiando con la ansiedad. A todo esto, quiero decirles que si se sienten mal o algo, no teman en pedir ayuda. A veces, por no preocupar a nadie o por pretender que podemos aguantarnos todo, caemos en un espiral que no termina nunca y no podemos salir. Antes, durante o al final de lo que sea que estés atravesando, no temas en pedir ayuda. Somos personas, está bien.

Sacando eso, les traigo un capítulo que se envuelve más en los personajes y sus pensamientos. Pretendo humanizarlos y desde ya, habrán muchos capítulos así, donde el conflicto se presente con uno mismo más que con el entorno. Ahh un tecito de drama

En fin, dejen un review si se copan y espero estar actualizando pronto.

Bye