Los personajes le pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 9
Para las cinco y media de la tarde, Temari caminaba regreso a la posada.
El cielo otoñal comenzaba a teñir la tarde de dorado, mezclándose con el naranja y el rojo de las hojas caídas sobre el pavimento. Las farolas, poco a poco, comenzaban a encenderse y el viento anticipó que esa sería una noche helada. Aún circulaban personas por las calles y tanto shinobis como kunoichis arribaban a la aldea o partían para misiones. Los niños comenzaban a entrar a sus casas y ella caminaba como si no tuviese apuro. No lo tenía.
Había decidido, durante el medio día, fingir ser turista y conocer lugares de Konoha que, tiempo atrás, había pasado por alto. No existía el tiempo en ese entonces, ahora, de sobra. O, mejor dicho, cuando no estaba cumpliendo su labor como representante del Kazekage. Así que, sin dudar, se embarcó en la solitaria aventura, visitando algunas galerías y ferias de artesanos. Al final del recorrido, optó por ir a la biblioteca, en busca de cualquier libro la ayudase a sobrellevar aquella larga espera para los exámenes.
Era evidente, pensó a la vez que ojeaba los lomos de los libros, que nada había sucedido como esperaba. Se maldijo dos veces por tener las expectativas muy altas con Shikamaru. En su mente, aunque intentó opacarlo varias veces, existía esa esperanza de que quizás, esta vez, las cosas fueran diferentes. Que finalmente se concretaría aquello que le quitaba el sueño, que la conducía, durante la madrugada de Suna, a abrir el cajón de su mesa de luz y leer y releer las cartas que se enviaban.
Y se sentía confundida. Porque esas cartas existían, y las palabras allí plasmadas también. Y el beso… Oh, el beso. Eso había sucedido. Y lo rememoraba una y otra vez, y, y…
Y…
¿Y?
No supo cómo finalizar todos esos pensamientos. Por ende, tomó un libro gordísimo que había ojeado antes de llegar a la encrucijada. "Clan Nara: la historia completa". No era mentirosa, al menos no consigo misma. El clan de Shikamaru captaba su completa atención, desde su habilidad para la manipulación de sombras (con la cual la había derrotado en sus primeros exámenes), hasta el hecho de ser uno de los más prestigiosos dentro de la aldea. Si bien, ella ocupaba un "título" si así podía decírsele: La Princesa del Desierto. Sin embargo, pese a que así la llamaban entre los señores feudales de su país y los altos consejeros, no existía tal símbolo que cargar en su espalda. Solamente ella y sus hermanos, sin símbolo, sin clan, sin un grupo de personas que portasen el mismo apellido. Esto la diferenciaba completamente de Shikamaru, quien sí cargaría, en un futuro, con hombres, mujeres y niños bajo su ala, bajo sus decisiones, todos portadores del símbolo.
Con el libro bajo su brazo derecho, avistó la posada a lo lejos. Abrió sus ojos, sorprendida, por encontrarlo sentado en los peldaños de la entrada. Aferró el libro con todas sus fuerzas, rogando porque él lo pasara por alto. Sería una vergüenza absoluta ser descubierta. Respiró hondo, no movió la mirada. Lo afrontaría.
A un metro de distancia, Shikamaru ya se encontraba de pie. La miraba a los ojos, fijamente. Un choque de negro y aguamarina, fusionándose como el fuego y el viento.
—Tengamos una cita.
Dos segundos después, toda la compostura por la que luchó en mantener, desapareció. Sin reparo alguno, soltó un ruidito agudo, alterándose. El calor le subía por el cuerpo, comprendiendo que no se trataba de alguna broma. Shikamaru la observaba firme, exento de duda en su pedido, en su postura; al contrario, casi inclinado hacia ella, expectante a su respuesta.
El sol comenzó a ponerse. La luz reflejada en sus rostros oscilaba entre amarillo y naranja. El viento frío sopló, colándose entre la nebulosa de sentimientos atolondrados que bailaban a sus alrededores.
"La esperanza es algo que aprendimos a las duras, ¿verdad? Cuando niño, mi maestro hablaba de eso, de la esperanza, de aferrarse a algo que anhelas y persistir en que sucederá"
"Una de mis primeras lecciones fue jamás tener esperanza, siempre aguardar a que lo peor suceda. Prepararnos mentalmente para afrontarlo. Admito que vivir la Guerra, me trajo esperanza".
"Guardo la esperanza de que sí podemos tener algo. Tener algo, Temari"
"A veces, pienso lo mismo"
Y se sentía confundida. Porque esas cartas existían, y las palabras allí plasmadas también. Y el beso… Oh, el beso. Eso había sucedido. Y lo rememoraba una y otra vez, y, y… Y quería aferrarse a la esperanza de un futuro donde él estuviese allí, a su lado, tomándole firmemente la mano, mirándola a los ojos y susurrándole que todo estaría bien. Corría y luchaba con todas sus fuerzas por alcanzar la luz que escapaba ágilmente entre los rincones más oscuros de su alma, los cuales empeñaban en alejarla de un futuro mejor.
Las cartas existían.
Las palabras existían.
Los sentimientos existían.
¿Cuánto más postergaría enfrentar sus mayores temores?
Estaba todo perfectamente calculado: saldría del trabajo, compraría unos pastelitos rellenos en la panadería y encaminaría en dirección a la residencia de la Arena. Sí, sí, todo decidido. La miraría a los ojos y se disculparía por el beso. Luego, le entregaría los dulces a modo de disculpa y evitaría cualquier tipo de golpe que se dirigiese a su rostro.
Sí, todo perfectamente calculado. Excepto dos cosas: la primera, no encontraba el valor suficiente para emprender camino; la segunda, había olvidado que ese día almorzaría con Choji.
— ¿En qué piensas? —oyó la voz de su amigo, quitándolo de su ensoñación.
—En nada.
Ambos se hallaban en BBQ aguardando a que la comida llegase. Se sorprendió bastante cuando lo encontró en la salida de la Torre del Hokage, disculpándose por haber olvidado que almorzarían juntos. Si lo pensaba un poco, con todo el asunto de los exámenes, apenas tenía tiempo para verse con su mejor amigo, y eso sin contar con Ino.
—Te ves cansado. ¿Está todo bien?
—Últimamente, mi vida se resume en papeles, exámenes chunin, más papeles—bufó.
Sacó un cigarro de la cajetilla, encendiéndolo. Dio una larga calada, soltando el humo en un soplo que rozó el cansancio. Lo bajó cuando la mirada de su amigo no lo soltaba.
— ¿Estás seguro de que no se ha vuelto un vicio? —preguntó Choji, dispersando el humo con ambas manos.
—Tranquilo, no se me ha vuelto un vicio. No fumo si no te gusta —le respondió.
—No me molesta, es que, ya sabes, eres mi amigo, me preocupa tu salud.
—Te lo agradezco.
Una fuente de carne y vegetales crudos fueron apoyados sobre la mesa. Sin esperar, Choji los dispersó ágilmente sobre las brasas. Shikamaru rió, apagando el cigarrillo contra el cenicero. Extrañaba a su amigo como nadie.
—Ino me dijo que Temari está en la aldea.
—Sí —se limitó a responder.
— ¿"Si"? ¿La has visto? —indagó el otro.
Dudó de si responder a la pregunta. No se caracterizaba por ser un buen mentiroso, tampoco le gustaba hacerlo, mucho menos a su mejor amigo. Pero bien sabía que si respondía afirmativamente, lo siguiente sería un torbellino de preguntas, las cuales no sabría cómo responder.
—Es complicado.
Choji no hizo más preguntas respecto a la kunoichi de la arena.
Tras terminar de comer, Choji pidió postre y Shikamaru decidió acompañarlo. Tres copas de helado, una para él y dos para su amigo.
—Sabes —dijo Choji—, tú y yo tenemos muchas similitudes y muchas diferencias. Todo depende de quién mire, quién juzgue.
Una mueca de confusión se plasmó en su rostro. ¿A qué venía ese discurso?
—Yo creo, Shikamaru, que eso es verdad. Y te diré por qué —Pausó para comer tres cucharadas seguidas de su primera copa—. No es una novedad que estoy saliendo con Karui.
Alguna vaga idea tenía sobre la muchacha de Kumogakure no Sato: que era pelirroja, que salía con su amigo y que se enojaba fácilmente, o al menos eso había comentado Choji hace un tempo.
—No entiendo a qué te refieres.
—Me refiero, a que yo estoy saliendo con Karui, una chica de otra aldea. Esa es una de mis similitudes contigo: ambos estamos enamorados de mujeres de otras aldeas.
Se atragantó con el helado tras oír la palabra "enamorado". Tosió un poco.
— ¿Quién ha hablado de estar enamorado?
— Un día —siguió su amigo, sin importarle que él refutara—, tras despedir a Karui de la aldea, pues debía regresar, cruzó por mi cabeza la idea de que podría suceder que ella no volviese más. ¡Y me aterré! ¿Entiendes a lo que me refiero?
—Sé más específico. No entiendo a dónde quieres llegar.
—No lo tomes como una advertencia, tómalo como un consejo de viejos amigos —Pausó, otras tres cucharadas más—. Shikamaru, un día de estos, Temari cruzará la puerta de la aldea y no volverá jamás. No al menos si sigues así. Y esto es lo que define si tendremos otra similitud u otra diferencia: yo estoy dispuesto a dar todo y a dejar todo, lo que tengo y lo que soy, por la mujer que amo, por la mujer que quiero a mi lado. ¿Estás tú, dispuesto a eso?
—Déjame cambiarme —respondió.
Temari desapareció tras la puerta de la posada.
Luego de ir a su casa y ducharse, había cruzado la aldea a una velocidad bastante considerable para ser un tipo cuyo el mínimo movimiento le produce flojera. Pero esta era una ocasión especial y no podía darse el lujo de tardarse en el camino por fumar o mirar las nubes anaranjadas.
Choji era, por sobre todas las cosas, un alma buena, y lo había confirmado esa mañana cuando, finalmente, comprendió qué estaba en juego: todo lo que habían construido con Temari. Esa relación, que fue creciendo con los años, con ellos, con sus batallas, con sus aciertos, fallas y temores. Esa relación que se vio opacada por su corazón inmaduro y temeroso, harto del dolor y perdido en la oscuridad. Esa relación que no tenía nombre, pero porque no le buscaban uno, porque ninguno se atrevía a saltar al vacío y soltar la necesidad de control. Y por el contrario, esa relación en la que uno saltaba y luego se arrepentía de haberlo hecho.
Un día, Temari no volvería. Cedería su puesto o evitaría las reuniones en La Hoja. Le asustaba más aquello que detener su análisis profundo de absolutamente todo por un día, por una hora, por una semana, por un año y por toda su vida. Un muchacho que siempre tenía las de ganar, pero que sentía morir en las de perder.
Y un día, perdería a Temari.
Eso, le aterraba más que cualquier enemigo.
No verla, a lo lejos de la puerta de entrada a la aldea, llegar. Con su pequeña mochila de viaje y su pelo alborotado. No esperarla, apoyado en una columna, sonriendo vagamente, pero por dentro muriéndose por el reencuentro. No saludarla con algún chiste, o que ella se burlase por ser "un bebé llorón". No acompañarla en cada salida que hiciera por la aldea, y excusar uno que otro té en su oficina bajo "asuntos oficiales". No verla, no sentir el perfume de su shampoo, apreciar su sonrisa cuando comía algo delicioso. No sentirse en paz y completamente lleno cuando ella está allí, hablándole, riéndose…
Todo y mucho más le aterraba. Y él estaba dispuesto a cambiar, a ser diferente, a ser más valiente y decidido, a dejar todo lo que tenía por ella.
Porque era un tonto enamorado cuyo pasatiempo consistía en tomarse el tiempo necesario para todo. Hasta que entendió que si seguía tomándose tiempo, ella no volvería a cruzar por esa puerta.
Sentado en el peldaño, fumando un cigarrillo, divagaba en si realmente ya era un vicio o una acción automática. Oyó la puerta abrirse detrás de él. Se puso de pie. Temari vestía de civil, con un pantalón negro, acampanado, hasta la pantorrilla y una camisa verde oliva. No portaba su abanico ni ninguna otra arma.
—Hoy soy civil —dijo, bromeando.
—Me parece fantástico.
Encaminaron hacia el centro de la ciudad. Era viernes, por ende, muchos comercios abrirían hasta tarde y habría más movimiento de personas que de costumbre.
Luego de unos minutos, Shikamaru decidió hablar.
— De seguro estarás confundida. Perdona si fui mu abrupto —se disculpó.
—No confundida, al menos, no del todo. Pero sí sorprendida —juró ver una leve sonrisa.
—Ya, entiendo. Aparezco luego de un par de días de… —Dio un largo suspiro, llevándose una mano a la nuca, frotándola.
Se detuvo en medio de la calle y volteó completamente hacia ella.
—Escucha, lamento haberte besado la otra noche. Quizás no te gustó que lo hiciera, o el beso en sí. No…
—No me molestó que me besaras —le respondió, siguiendo el camino, dejándolo atrás.
— ¿A qué te refieres?
—A lo que oyes. No me molestó que me besaras, Shikamaru.
Estaba tan acostumbrado a su nombre que nunca le producía nada cuando lo oía. Pero esta vez, fue diferente. No supo si fue por la voz de ella, por el contexto en el que se hallaban, o por el arrastre de la palabra, como si lo hubiese dicho con alguna intención. Pero su mandíbula castañeó, y no fue por el frío.
Durante todo el camino hasta el restaurante, dentro, llevaba una lucha por mantener el control. Era como encontrar agua luego de varios días en el desierto. De la nada, aparece él y le pide una cita.
El universo, Dios, o cualquiera que escuchase allá arriba, habían sido bondadosos. Su situación con Shikamaru había empezado a parecerse a un juego de gatos y ratones, donde un segundo estaban bien y al siguiente, escapando uno del otro. No lo culpaba, pues ella también era partícipe. Pero ya estaba exhausta. Y anhelaba tanto que alguno tuviese el valor para avanzar… Y lo pensó, sí, con el beso. Ella habría jurado que ese beso pactaba un nuevo comienzo, pero se equivocó en sus expectativas.
A veces quería bajarse del barco, guardarse todas sus esperanzas con Shikamaru en una cajita, y a esta en el fondo de su armario. Pero luego pensaba todo lo vivido y reafirmaba que lo intentaría una vez más. Por él y por sí misma.
Cuando se disculpó por besarla, supo perfectamente que ya no podía ir a esconderse cual ratón siendo perseguido por un gato. Afrontaría los hechos, cara a cara, y saltaría finalmente, al precipicio.
Caminaron, a su parecer, un poco más cerca. Y a veces, en el movimiento, se rozaban las manos, más ninguno se atrevía a agarrarla. Llegaron a un pequeño restaurante ubicado en las calles céntricas. Por lo que él había comentado, era uno de los últimos lugares inaugurados. Se sentaron en una mesa para dos, al fondo del local. Una mesa cuadrada, lo suficientemente pequeña como para que sus piernas rozaran y sus miradas quedasen fijas.
—Así que esto es una cita con Nara Shikamaru —comentó, divertida, para aligerar la situación.
La mesera les había llevado el menú.
—No seas cruel —se rió—. Hemos tenido una cita antes.
—Cierto, lo olvidé.
—Y has venido a mi casa, tomado el té. Creo que podemos considerarlo una cita también.
Temari se sonrojó tanto, que fingió apoyar la mejilla en su mano derecha, pues estaba fría.
—Estás diferente hoy.
Esta vez, fue el turno de él esquivar la mirada. Carraspeó un poco y no pudo evitar una sonrisa zorruna. Si no ganaba, al menos acorralaba.
—Sí, bueno, digamos que pasaron cosas.
—Ajá, ¿y se pueden saber qué cosas?
—Algún día, quizás, te lo cuente. —Guiñó el ojo, sumergiéndose en el menú.
Cuando ella siguió su acción, levantó un poco su vista, topándose con sus ojos concentrados en la lista de comida. Pasaba las hojas cuidadosamente, sin percatarse de que él la mirara.
— ¿Tengo algo en el rostro?
Volvió rápidamente la vista al menú, carraspeando.
— N-no, nada.
—Me entrenaron para ser kunoichi —comentó, riéndose.
Tras pedir la comida, Shikamaru dirigió la conversación a la estadía de Temari allí.
—Aunque muchos no coincidan, han sido días de lluvia. Me gusta demasiado que llueva, en Suna sucede muy pocas veces en el año. También, hace frío y, no mal interpretes, no es que no ame mi país, pero el clima de aquí gana por muchos puntos.
—Me alegra que te guste el clima de aquí. Me sorprendió que vinieras antes.
—Lo planeé a último momento. Procuré realizar todo el papeleo en el menor tiempo posible para poder venir aquí y… Y facilitar la tarea del Hokage.
Notó la divagación de sus palabras.
—Aja. —Levantó una ceja, divertido.
—Mi hermano es Kazekage, sé perfectamente lo que es tener el tiempo justo. Fui muy considerada al hacer eso. —La última oración sonó como una niña—. También quería tiempo para mí, para nosotros. —Lo dijo tan bajo, casi inaudible—. Nunca pudimos tener un tiempo, entre las misiones, nuestros cargos, las obligaciones… Pensé que, si realizaba el trabajo rápidamente, tendríamos tiempo para una o dos citas, para caminar un rato sin destino, para tomar un té en algún lugar, no en una oficina abarrotada de libros o papeles o con asuntos oficiales en la mesa.
Shikamaru, con su mejilla sobre su mano, la oía atentamente, percatándose de todas sus risitas y movimientos.
—Luego llegué a Konoha, mal interpreté toda una situación y bueno, aquí estamos.
Ambos rieron.
—Me sorprende que hicieras todo eso por nosotros. Cuando nos cruzamos en la Torre, me quedé estupefacto, es decir, no sabía nada de ti y te apareces y… Lamento no haberte dicho algo, me quedé allí parado como un idiota.
—Para ser justa, tampoco te cedí la palabra.
—No importa. No te veía desde hacía tiempo, podría haber dicho algo. Aunque me asombró, lo creas o no, el hecho de que luces diferente.
— ¿Diferente?
—Más adulta.
¿Piensas lo que dices? Se abofeteó quince veces en su mente.
— ¿Más adulta? —lo miró, divertida.
—Tus rasgos. Cuando nos conocimos, éramos niños, aunque tu cara asustaba.
— ¿Cómo?
Veinte bofetadas más.
— ¡No! ¡Sí! Lo que digo es, tú siempre pareciste adulta entre nosotros. Independiente de que nos llevaras tres años, tus actitudes, tu semblante serio, tu forma de hablar. ¡Me parecía aterrador! Luego, cuando me salvaste de Tayuya, sonreíste, y algo dentro se estremeció. Sonreíste como una chiquilla. Pero ahora, que estamos en los últimos escalones a la paz, luego de todo lo que ha sucedido, tu rostro es adulto, sí, pero es diferente. Quizás es paz, Temari, no lo sé. Pero luces como el mar cuando está calmo, cuando es hermoso.
Se produjo un silencio.
Temari recordó todas las veces en las que le contó sobre su infancia, sobre su entrenamiento, sobre su fachada que luego se convertiría en su personalidad. Sobre sangrar hasta la última gota y aún así, seguir viéndose cual muro impenetrable. Que la reconociese como una niña en esa época, logró calentarle el pecho. Hubiera dado mucho porque alguien la tratase como una niña, al menos una vez en su vida. Y así había sido. Shikamaru había masticado y tragado esa personalidad suya, para luego escupirla y ver que no era tal como aparentaba.
Parecía absurdo, más para ella, quien había crecido entre golpes y violencia, que alguien hiciese eso…
—Gracias.
Una lágrima rodó por su mejilla, secándosela con la manga de su camisa.
Tras la cena, decidieron caminar por la aldea, llegando hasta el monumento a los Kages. Allí arriba, la aldea parecía una red de venitas, iluminadas y titilantes. Hermoso. Los colores oscilaban entre amarillo, blanco, rosa y verde. No se oía nada, salvo las hojas acariciadas por la brisa helada. La luna, menguante, el cielo, lleno de estrellas. Ella observaba maravillada, nunca antes había subido hasta allí simplemente para observar. ¿Cuántos lugares desconocía de Konoha?
Shikamaru se apoyó sobre el barandal. Tomó un cigarrillo y lo encendió. Mirando al horizonte.
—No sabía que fumabas —comentó.
—No diferencio si es un vicio o es una costumbre, todavía.
Observó cómo soltaba el humo.
Shikamaru volvió a perder su vista en el horizonte.
Lo reconocía: le parecía extremadamente atractivo. Le gustaba su perfil, cómo los labios encerraban el cigarrillo, su postura relajada y sus manos, con sus dedos largos, tomando el cigarrillo para soltar el humo. Sus ojos, brillantes ante la ciudad.
— ¿Tengo algo en el rostro?
— ¿Eh?
Se sonrojó.
—Me entrenaron para ser shinobi —repitió lo mismo que ella había dicho en el restaurant.
— ¡Oye! —Le dio un leve empujón en su brazo, inclinándose contra el barandal, a su lado—. Desde aquí, la vista es hermosa.
—Otro punto a favor para mi aldea, no solo el clima es bueno, también lo es la vista.
Por unos largos minutos, observaron la telaraña que existía debajo. Las luces se apagaban de a poco, comenzando a desarmarse aquella red de colores. El viento soplaba, suave, pero frío. Las hojas crujían y se caían barranco abajo, bailando entre ellas.
— ¿No te asusta que todo un día desaparezca?
Él tardó en responder.
— ¿Te refieres a cuando Pain atacó la aldea?
— No. A esto me refiero, a esta paz, a poder subir aquí, observar todo, tranquilamente, sin miedo a que se destruya. Y pensar ¿cuánto durará?
— ¿Te asusta que la paz desaparezca?
No respondió. Más que un susto, era pánico imaginarlo. Después de tanto, por primera vez en mucho tiempo, todo estaba tranquilo. Preguntarse el por qué de aquello, conllevaba a que se preguntara cuánto duraría. ¿Cuánto tardaría en desaparecer todo lo que había construido?
—Me asusta como no tienes idea—le respondió, sorprendiéndola—. Me asusta tanto pensar que algo malo suceda, que a veces por la noche no puedo conciliar el sueño. —Sacó otro cigarrillo—. Pero —pausó, girando hacia ella. Inesperadamente, lo devolvió a la cajetilla—, tengo amigos, tengo camaradas que pelearán como yo para defender esto. Tengo lazos, con mis seres queridos, lazos que quiero y voy a proteger. Ellos pelearán por mí, yo pelearé por ellos, y todos pelearemos por mantener esto. Y me sacrificaría, una y otra vez, por atesorar lo que hoy tenemos.
Sin quitarse los ojos, el viento jugó con sus cabellos, con sus ropas. Pero el ruido desapareció, solo ellos dos. El mundo se tiñó de blanco, no había nada ni nadie en ese momento, porque ella estaba perdida en él, él en ella. Y fue así, en ese silencio precioso, que se besaron, suavemente, aferrándose el uno con el otro, siendo aquello por lo que velaban, por lo que temían que desapareciera, pero que lucharían para conservarlo y protegerlo.
El viento sopló una vez más.
Hola.
Esta vez, no tardé tanto. ¿Cómo están? En mi país hay cuarentena, y las clases se me pospusieron hasta mitad de año, así que espero poder traerles nuevos capítulos pronto.
Espero que les haya gustado. No olviden dejar un review.
Cuídense y cuiden a sus seres queridos, que estamos en pandemia gg
Byee!
