¡Hola a todos! ¿Cómo están? Como es el cumpleaños del hombre que disfruta de las peleas y las masacres, decidí publicar su capítulo. Este cap está dedicado a LadyVerseau; me hubiera gustado usar tu sugerencia, pero ya había escrito mas de la mitad con Artemisa, aunque prometo que Ares tendrá su momento con Death-Mask, y Lilith71 yo sé, los gemelos han sufrido mucho y merecen ser felices.
Dicho esto, sobra aclarar que solo me pertenecen la historia, lo demás a sus respectivos dueños. Los review se agradecen muchísimo y espero sus apuestas.
Carpe diem.
Era toda una sorpresa que le hubieran asignado a ella el caballero de la muerte. Ella había esperado al caballero de Sagitario ya que ambos compartían el amor por la arquería, pero las trillizas no lo habían querido así.
En sí, no es que fuera el caballero de la muerte, pero ella lo veía así por su tendencia a regodearse en ella. Aunque debería cambiar su denominación. Escuchando los rumores que abundaban en el Olimpo, ella se había basado para darle un apodo, pero no se reflejaba en el caballero.
No era precisamente un secreto que ella apestaba en la cuestión de memorizar los nombres de la gente; incluso hoy en día se refería a la gente por apodos en su mente. Athena era la santurrona, Hera era la cornuda, Afrodita era la zo… la idea se entendía.
Ella no sabía cómo ayudar a la gente, las pocas veces que lo había intentado había fallado estrepitosamente, por lo que había acudido a la santurrona de su hermana por consejo. Prefería acudir a su hermano, después de todo eran mellizos, pero si alguien era peor que ella en ese tipo de cosas, era él. Habló con su hermana y esta le dijo que primero debía sentir empatía por el caballero y podría partir de allí. La cuestión era que en su cabeza, sin apodo, no era persona.
Y por eso estaba con un diccionario en la mano repasando palabras y sus significados esperando que alguna pudiera ser asociada con el caballero.
Como era de ese tipo de personas que se aburría muy fácil, decidió espiar a los otros dioses para ver que hacían con sus respectivos caballeros. Vio el toque de la promiscua de Afrodita en el caballero de Tauro, quien por cierto estaba de muy buen ver, del lúgubre ni el rastro y el chismoso de Hermes solo estaba esperando algo.
Vio que los gemelos estaban prácticamente remodelando el templo. Estaban limpiando y reorganizando todo. Por lo que podía decir, los gemelos no tenían un buen sentido del gusto, y para que Hermes no pudiera decir que nadie le ayudaba, ella lo hizo. Aplaudió y usando su cosmo reordenó todas las cosas a su gusto.
—¡Artemisa! —la regañó el chismoso.
Ella solamente se echó a reír y volvió a seguir a su propio caballero.
En esas lo vio comprando flores y yendo al cementerio. Viendo el monumento de una tal Helena de Asgard mientras lloraba. También vio a otro caballero sufriendo por verlo sufrir a él.
Sonrió al darse cuenta que había encontrado su apodo: ¡El tozudo!
Helena amaba las flores y desde que Death Mask la había conocido, siempre había un ramo recién cortado donde ella vivía. Por eso, aunque Helena no estuviera viva y ni siquiera su cadáver reposara en ese monumento, no podía evitar llevarle un ramo todos los días. Tenía fe que eso le sacara una sonrisa en el Helgafell. Sabía que aunque el muriera de forma digna y los dioses se apiadaran de él, nunca podrían estar juntos. Ella estaba en Helgafell y con suerte él terminaría en los Campos Elíseos.
Y lo triste era que aunque hubieran seguido al mismo dios, sus caminos seguirían separados. El habría ido al Valhalla o Folkvangr… o incluso Helheim ya que estaban. La violencia y la oscuridad eran parte intrínseca de su alma y hasta la llegada de Helena, no se había dado cuenta de lo malo que era.
Sintió tenuemente el cosmo de Afrodita a su espalda. Este estaba tratando de ocultarlo, pero se conocían por tanto tiempo que si el cosmo no lo hubiera delatado, esa sensación de que él era como un apéndice suyo, lo haría. En cuanto se volteó, este desapareció.
En los cerca de tres meses que llevaban luego de ser resucitados, su relación con Afrodita se había ido resintiendo. Siempre habían sido ellos dos contra el mundo, pero con la llegada de Helena a su vida y su posterior muerte, había un hueco en él y aunque Afrodita había intentado ayudarle, él había terminado alejándolo. Y con el tiempo, este había dejado de acercarse. No es que Death Mask lo hubiera hecho tampoco.
—Hay luces que no están destinadas a brillar por mucho tiempo —escuchó a su espalda.
Al voltearse, tuvo la tentación de atacar, pero como la diosa que estaba a su espalda no parecía especialmente hostil, se detuvo. Él tenía vagos recuerdos de haberla visto, pero no podía identificar quien era. Era alta, con el cabello color rubio y los ojos como un cielo estrellado.
La vio caminar en dirección a un bosque y no sabría decir porqué, la siguió. Ella llegó hasta uno de los arboles más gruesos y se apoyó contra él.
—¿Sabes?— Artemisa acarició la corteza del árbol— Ellos son verdaderamente inmortales, ni siquiera la furia de Deméter los pudo doblegar —entonces señaló un árbol con un tronco retorcido—. Pero a veces, una pequeña corriente los cambia irremediablemente. A veces me pregunto, ¿Qué tiene esta pequeña y efímera corriente que pudo cambiar a un árbol para siempre, cuando otras diferentes y más fuertes no pudieron? La respuesta es no lo sé, pero eso es lo que hace a nuestras pequeñas lucecitas tan valiosas ¿No lo crees?
¿Qué demonios? ¿Qué coño estaba diciéndole con eso? No tenía idea y antes de poder preguntar, desapareció. Durante un momento se quedó estupefacto por eso, habría dicho que estaba alucinando pero el remanente del cosmo de la diosa le dijo que no.
Como no le apetecía volver al santuario y tampoco quedarse vagando como un idiota por ahí, acudió a su lugar favorito del pueblo: el bar.
Allí, asintió como saludo a los que estaban ahí, que no eran muchos porque no eran ni las diez de la mañana y pidió una jarra de cerveza de las grandes. A esa le siguieron otras cuatro con las miradas preocupadas de la mesera. Al pedir la sexta, la camarera se sentó al frente suyo, sirvió un vaso para él y otro para ella.
—Va por cuenta de la casa, ahora dime, ¿Qué pasa?
—¿Tiene que pasar algo, podría estar celebrando?
Ella rodó los ojos e hizo una burbuja de chicle.
—Ve a quien te crea, bomboncito. He trabajado veinte años en el mismo bar y puedo decir sin equivocarme cuando un hombre ha encontrado el amor de su vida, su dios o su trabajo. También cuando los ha perdido.
—¿Y eso que tiene que ver conmigo?
—Que parece que te dieron hasta en el carné de identidad. Y probablemente tiene que ver con el amor.
Terminó contándole todo, lo de ser el caballero de los horrores, de Helena, que ahora estaba perdiendo a su mejor amigo y la aparición/alucinación de una diosa. Esperaba que ella lo tachara de loco, pero solo fue por una porción de patatas con beicon y comió casi entretenida.
—La única relación que compartimos es de mesera-cliente, no eres mi amigo así que te puedo decir las cosas como son: eres un idiota.
Death Mask debía admitir que esa no se la esperaba y cuando él trató de replicar lo calló con un gesto.
—Mira bombón, la diosa tiene razón. Hay gente que llega, te cambia para siempre y se va. Así es como funciona la vida. Nos guste o no la gente se muere. La cuestión es, que este atrapado, chico. Crees que Helena y Afrodita son incompatibles.
—Oye, yo no…
—Tú sabes que sí, ellos son dos mundos que nunca se cruzaron. Helena solo conoció tu lado bueno, tu lado de luz. Afrodita conoce tu lado oscuro. Y por eso te sientes atrapado, no sabes quién ser y te aferras a Helena por eso. No sabes quién eres y ese es el problema. Te regodeaste de tus demonios para sobrevivir y luego te obligaste a enterrarlos. No sabes qué lugar tienen tus demonios ahora, ¿los ocultas o los usas de mascara?
Ella se levantó y se sacudió el delantal.
—Por cierto, no olvides que no somos buenos o malos, solo somos humanos.
La mujer se fue y él siguió bebiendo y pensándolo. Helena era de Asgard y solo había visto su lado bueno y Afrodita pertenecía al santuario y conocía casi todos sus demonios. Había estado tratando de ser el hombre que Helena hubiera querido en un entorno muy diferente y por eso le había hecho daño a Afrodita. La cuestión era que no quería ser ese bastardo nunca más. Tenía que encontrarse a sí mismo y luego podría lidiar con ello.
Luego de una jarra más se dio cuenta, él estaba tratando de ser o absolutamente bueno, dando la espalda a todo los que conocía porque ella los habría considerado malos, o absolutamente malo dándole la espalda a Helena. Y eso nunca había sido necesario.
Amaba a Helena y sabía que el amor nunca desaparecería, eso estaba bien, ella le había enseñado a ver lo bueno de la vida y a tener fe. Y Afrodita, era Afrodita, y el tratar de ser una mejor persona mucho más compasiva y estar con él no eran opuestos. Él entendería lo que él quería hacer y lo apoyaría como siempre lo hacía. Eso sí lo perdonaba primero.
Fue a pagar y dejó una generosa propina para la mesera. Mientras pagaba, el dueño del bar le contó que la vida había sido muy cruel con ella. Había querido ser vestal de Athena pero se había enamorado y el idiota la había dejado embarazada y se había ido. En único que le dio trabajo fue él y ella llevaba allí desde entonces. Parecía que una vez manchabas tu reputación, serías un paria por el resto de tu vida.
El dueño del bar le pasó la factura y cuando iba a botarla, vio una nota escrita al revés.
Por cierto, bomboncito, tienes mucha suerte.
La mayoría de nosotros no logra encontrar un gran amor en su vida.
Tú tuviste dos.
Sonrió y le dijo al señor del bar que si a ella aún le interesaba ser doncella, fuera al santuario y preguntara por el caballero de Cáncer. Casi pudo imaginar la sonrisa de Helena.
Cuando salió del bar, ya era bastante tarde y caminando para el santuario vio un local de tatuajes. Como creía en que si uno iba a hacer algo, más le valía hacerlo bien, entró y pidió uno. Con el nombre de Helena.
La espalda aún le dolía cuando salió del local de tatuajes varias horas después, y estaba seguro que tendría una contractura de lo mucho que había durado en una misma posición. Su estómago gruñía, pero lo ignoró mientras subía las escaleras de los templos.
Cuando llegó al templo del arquero, sus pulmones no daban para más, y eso le dijo de forma muy concisa cuanto tiempo llevaba sin subir a ver a Afrodita. Hizo una nota mental de suplicar por un ascensor mientras se arrastraba hasta el templo de Afrodita.
No sabía si esperar a que Afrodita saliera a recibirlo o entrar sin avisar como siempre lo hacía. Al final, decidió hacer lo segundo. Llegó al jardín privado del templo y encontró a Afrodita usando un kimono azul oscuro con arabescos color sangre y el cabello recogido en una coleta desordenada.
No tenía ni una pizca de maquillaje y parecía que sus ojos ocupaban la mitad de su cara. El piso estaba salpicado de sangre y habían rosas por doquier, estas jugueteaban y se enredaban entre si y se deslizaban desde sus brazos haciendo patrones de espiral.
Parecía un niño pequeño jugando con algo que le daba consuelo.
A Afrodita siempre le había encantado jugar con las rosas, pero su maestro lo veía como un placer censurable y el estropicio que hacía le había disuadido de seguir haciéndolo. Tendría que limpiar y desinfectar los cortes, ponerse vendas, limpiar el suelo de sangre y recoger las rosas. Las últimas dos cosas irritaban a los demás caballeros, a quienes les había tomado años hacerse a la idea que su sangre no los iba a matar si este no tenía la intención de hacerlo.
Todo el mundo decía que Afrodita era hermoso de por sí, pero que cuando se arreglaba era inigualable. Se equivocaban. Así, sin preocuparse por su aspecto y con su sonrisa de deleite casi infantil, Death Mask podía asegurar que no había nada más hermoso.
Se aclaró la garganta y vio a Afrodita voltearse a verlo. Sorpresa parpadeó por sus ojos y Death Mask se sintió como un bastardo por darle la espalda a la única persona que se había preocupado por él.
—Traje cervezas, podemos beber y pedir una pizza.
Afrodita asintió y empezó a recoger las cuchillas.
—Tengo algo de vino en la alacena, no voy a beber la bazofia que tienes por cerveza.
Death Mask negó con la cabeza e hizo un gesto señalando el desastre en el suelo.
—Ve a darte un baño, yo limpio esto.
No tenía que ver a Afrodita para saber que estaba sorprendido, nadie se ofrecía voluntariamente a entrar en contacto con sangre venenosa. A Death Mask la amenaza de morir le daba igual, pero aunque nunca lo admitiera en voz alta es que odiaba ver el rojo vibrante de la sangre de Afrodita salpicando cualquier superficie, en especial la pálida piel del sueco.
Recogió, limpió y desinfecto rápidamente el lugar. Fue por el kit de primeros auxilios y esperó a que Afrodita saliera de su baño. Sin intercambiar palabras, este se hizo a lado suyo y se quedó quieto mientras echaba pomada antiséptica en los cortes. Mucha gente solía asumir que Afrodita olía a rosas, pero ellos no eran Death Mask que sabía que él tenía el improbable pero relajante olor a hibisco, twin flower y océano.
Mientras terminaba de vendar las heridas se dio cuenta lo mucho que extrañaba eso, la sensación, de cuando eran dos chicos que solo podían confiar en el otro y que entendían los demonios que cargaban. Vio a Afrodita tratando de escudriñar en su mente para entenderlo, pero salvo que él le largara una perorata de disculpas, no podría sacar mucho en limpio.
Y no es que fuera a admitir que tuvo una charla con una diosa que lo llamó idiota y que se dio cuenta que estaba bien haber amado a Helena, pero que a veces algunas personas pasaban por tu vida para mostrarte otra perspectiva y que no siempre podían quedarse. Y que no debías dar nada por sentado, ni siquiera a tu más fiel amigo a quien habías hecho sufrir por ser un coglione negándose a ver lo obvio.
Vio a Afrodita darse por vencido y empezar a levantarse para ir por el vino. Sin pensarlo, sujetó su antebrazo y cuando este frunció el ceño confundido, dijo la única palabra que moría por decir.
—Angelo.
Vio los ojos de Afrodita agrandarse por la sorpresa y su rostro iluminarse porque él era el único que entendía. La única cosa que se habían negado a intercambiar a pesar de tantos años de amistad, sus nombres de nacimiento. Existía cierto terror infantil que saber quienes habían sido antes de llegar al santuario, haría que el otro los viera como personas diferentes y más débiles. A partir de entonces Afrodita sería la única persona salvo el mismo que lo conocía. Le estaba dando la muestra más grande de amor y confianza que podía dar.
Los labios de Afrodita se curvaron en una sonrisa y se inclinó contra él para darle un beso en la mejilla. Luego se levantó y se fue por el vino. Cuando se levantó, se dio cuenta que pese a que el contacto había sido breve, había bastado para impregnarlo de su olor. No pudo evitarlo.
Sonrió.
Sabía que como los gemelos nunca se habían visto en la necesidad o el gusto de interactuar con humanos, nunca habían aprendido sus maneras. Como su gusto por la sutileza. El que ella hubiera hablado directamente con el santo, no le había hecho mucha gracia, y a causa de juntarse mucho con Apolo había adquirido su tendencia a decir mensajes crípticos, aunque viéndolo desde el lado analítico si ella hubiera dicho lo que pensaba directamente Death Mask se negaría a aceptarlo por lo tozudo que era.
De momento, estaba tratando de contener la risa al ver a los gemelos discutir por lo que llamaron una broma y luego diciéndole que alguien les estaba cambiando las cosas de lugar, como un fantasma. Y la verdad ver a Hermes al otro lado de la habitación, enfurruñado y maldiciendo a Artemisa, con Iris a su lado partiéndose de la risa, era demasiado para ella.
Así que se echó a reír.
