CAPITULO 24
LA PROMETIDA
Astoria estaba almorzando junto a su hermana en el gran comedor cuando llegó una lechuza para ella, una hermosa lechuza color miel. Sonrió de inmediato y extendió las manos como si fuera una niña para recibir al ave y la acaricio una vez se posó en sus manos. Daphne, quien había estado enfrascada en una profunda charla con Blaise acerca de tendencias de quien sabe que, se giró disimuladamente hacia ella y levanto una ceja en su dirección. Astoria la ignoro adrede y susurro una palabra al ave, la cual estaba perfectamente entrenada y voló para perderse entre el barullo.
La lechuza se llamaba Pierre y estaba tan bien entrenada que estaba segura iría a su lugar en la lechuceria. Astoria metió el sobre que recibió en el bolsillo de la túnica y siguió comiendo como si nada, pero Daphne no le quitaba la mirada inquisidora de encima. Astoria solo comió en silencio y entre un descuido y el siguiente, se escabullo hacia un lugar privado, las aulas abandonadas del primer piso del ala este del castillo para poder leer su carta tranquilamente.
Las vacaciones habían sido bastante tumultuosas en su casa, pues su padre había estado siendo un ogro, como de costumbre. Pero Astoria estaba dichosa, pues al fin alguien le había puesto en su lugar.
En vacaciones había conocido a su heroína contemporánea personal: Serafina Magellan.
Ella era una bruja joven, inteligente, empoderada y tan bien informada, la lengua ágil y veloz y con tan buen manejo de las personas que había hecho tambalear a su tradicional padre (Y según el mismo Edward, era una excelente duelista). Serafina Magellan era actualmente una pieza importante en el manejo de la Red Flu de la nación, pues era descendiente de los magos que crearon los encantamientos para que esta funcionara en todo el país, eso sin contar que en sus dominios estaban las más importantes vetas de mineral Flu, de donde se extraían los polvos. Era una persona tan importante pero actuaba de manera tan humilde y sensata… pero también tenía un carácter templado. Era como un balance perfecto entre la humildad y el don de mando que se ganó de inmediato la admiración de Astoria.
A ella, como bruja que también era, no le termina de agradar su papel en la familia Greengrass; pues su educación, tanto de ella como Daphne, ha sido al de ser esposas de alguien. No preparadas para mandar, y siquiera soñar con ser cabezas de la familia algún día, lo cual frustró mucho a Astoria desde que fue consciente de ese futuro.
Serafina Magellan había sido invitada a almorzar a la casa de los Greengrass como cortesía en una reunión informal que precedía a la formal que tendría que llevarse a cabo por la tarde. Magellan llegó acompañada de tres magos. Dos de ellos guardas personales y el otro de ellos, su tío materno.
Ya desde el inicio las cosas habían sido interesantes. Para empezar, la ropa de Serafina Magellan contrastaba mucho con la ropa del resto de las mujeres a la mesa, quienes eran Astoria, Daphne y su madre, Charlize Greengrass. La bruja había llevado una capa resguardecedora y bajo ella una túnica sencilla y oscura, pulseras con piedras mágicas y una varita extra en un cinturón que se ajustaba a su cadera, su cabello en una elegante trenza y con pasadores de plata. Sus zapatos eran botas sofisticadas, pero que podrían usar un hombre o una mujer. Lo más característico en ella y que dejo a todos estupefactos, fue que llevaba un pendiente de amatista en la oreja derecha.
Astoria sabía que la amatista era para la guerra y si la llevabas en la oreja, te identificabas como un guerrero. Una mujer aristócrata y sangre pura anunciando algo así era inverosímil. Sus acompañantes, por otro lado, no llevaban amatista, pero su ropa era menos de gala y más de movimiento pesado. Astoria se emocionó de inmediato.
Antón se había puesto tieso al recibirla, pero Serafina había tomado el control también de eso y le saludo primero. El siguiente fue el tío de Serafina, a quien Antón había lanzado una mirada de incredulidad. Los Guardas se apostaron uno cerca de la chimenea y otro acompañando a tío y sobrina. Cuando el padre de Astoria había intentado bromear acerca de aquel estado de alerta, Serafina seriamente le contesto:
—Tiempos difíciles se aproximan, señor Greengrass —le había dicho mirándole a los ojos— Usted debe saberlo. El hijo de mi señor fue atacado por alguien que fue camarada una vez ¿Qué nos espera al resto de nosotros?
Antón Greengrass se había aclarado la garganta al instante y había hecho pasar a los invitados al comedor. Ya desde allí las cosas no marcharon como su padre quería que fueran.
La familia de Astoria estaba integrándose en el refinamiento de los polvos Flu, para ello necesitaba una concesión de los Magellan, la cual esperaba obtener de Serafina. El tema se trató superficialmente durante la comida, pero Serafina no se dejó amainar, pues Antón insistía en hablar directamente con el tío de Serafina y tendía a ignorarla.
Luego de eso, los tres se habían encerrado en el despacho principal de la casa. Sin embargo, quien salió primero de allí fue el tío de Serafina, quien abrió la puerta para ella. Astoria escucho muy claramente como ella se volvía y decía.
—Espero su lechuza con la feliz respuesta de que acepta mis condiciones pronto, señor Greengrass. Esperamos trabajar con usted.
Antón se había encerrado en su despacho hasta la cena, pero siquiera entonces dejo de despotricar contra Serafina llamándola de maneras distintas, ninguna de ellas amable. Astoria tuvo que hacer mucho esfuerzo por contener la risa.
—Calma padre, te va a sangrar la nariz —fue lo único que dijo y se ganó el irse a la cama sin cenar. Astoria se retiró con una reverencia y se fue con una sonrisa escaleras arriba. Casi media hora después, como ella imaginaba, Daphne envió a un elfo con una ración de comida. Cada vez que Astoria se enfadaba con su hermana, recordaba que por cosas como aquellas en realidad la amaba mucho.
Lechuzas fueron y vinieron y por el humor agrio de su padre, Astoria adivinaba que esas negociaciones estaban en punto muerto. Serafina Magellan estaba haciendo sufrir a su padre.
Lo único bueno que salió de todo eso, fue que Antón se decidió por fin para llamar a Edward a casa.
Astoria tuvo cuidado de averiguar el día y la hora en la que vendría, pues era costumbre de Antón tener el cuidado de que Edward y la madre de Astoria, la magnánima Charlize Greengrass, no se cruzaran ni por casualidad. Era así desde hacía dos navidades y Astoria sufría por ello, pues Edward era su primo favorito y casi no podía verlo. Su padre era muy de ignorar y mandar sobre las mujeres de la casa, pero no había manera en que Antón Greengrass pudiera ignorar a su esposa.
El día indicado, Astoria se encontraba en el salón principal, leyendo tranquilamente. Su madre había salido de compras, así que no podía obligarla a hacer algo "más de señorita". Incluso se permitió subir los pies en el sillón y leer recostada. Los tratados de la tercera enmienda durante las guerras contra las razas mágicas y la designación de territorio Goblin y de Centauros estaban siendo más interesantes de lo que cualquiera esperaría.
La chimenea soltó una explosión de chispas azules y Astoria supo que Edward llegó. Saltó del sillón y corrió a recibirlo. Edward tenía puesta su túnica del ministerio y por sus colores y bordados (Astoria había estudiado todos los significados) sabía que era un cargo muy ostentoso, pero su rostro no era el típico rostro de un aburrido funcionario de alto rango. Apenas la vio dio zancadas hacia ella mientras dibujaba una sonrisa radiante en su cara. Astoria podía decir que hasta sus ojos dorados parecían brillar.
Cuando Astoria era niña, solía correr hacia él y lanzársele. Edward siempre la atrapaba y la hacía girar al menos dos vueltas. Esa costumbre no se iba aún. Astoria soltó una risa mientras él la levantaba en el aire. Era bastante alto.
—Mi bella prima, ¿Cuánto has crecido? —dijo mientras la depositaba en el suelo y le pasaba una mano por el cabello en un muy cariñoso gesto.
Astoria le miraba y sonreía radiante— Daphne dice que soy más alta que ella a mi edad.
Edward se llevó una mano al mentón— Puede que si —dijo volviendo a acariciarle el cabello— aunque preferiría que te quedaras de ese modo. Ser adulto es una trampa horrible —dijo riendo.
—Esa es una broma muy vieja —dijo alguien a sus espaldas.
Su primo se giró al instante y se acercó a Daphne, quien bajaba ceremoniosamente por las escaleras para unírseles. Edward la alcanzo tres escalones antes de que acabara de bajar y le tendió la mano caballerosamente y le hizo una semireverencia antes de besarle los nudillos de la mano— Rompes mi corazón, querida prima —dijo cuándo levantó la cabeza, sonriéndole.
Daphne en respuesta rodó los ojos— Bienvenido a casa, Edward.
Astoria veía en silencio con las manos detrás como niña buena. Tuvo especial cuidado de dejarle saber a su hermana la información acerca del arribo de Edward, pues ella también lo quería mucho, pero era más reservada y Edward también. Desde que Daphne tenía doce Edward dejo de girarla en el aire como a ella. Astoria sabía porque era eso así, pero eso era un secreto y Astoria se lo llevaría a la tumba.
Se acercó a Edward primero y tiro de su manga suavemente para llamar su atención— ven, Edward, siéntate con nosotras y cuéntanos algo divertido.
—El chisme no es sano, Astoria —dijo con un tono que parecía estar juzgándola.
Astoria y Daphne le miraron como si se hubiera vuelto loco y los tres se echaron a reír. Edward sin chismes, como si esas cosas pasaran.
—Antes de eso, tengo algo para mis queridas primas —dijo metiendo la mano en el bolsillo y sacando dos cajitas de colores brillantes y entregó una a cada una.
Los buenos modales decían que los regalos se habrían en privado, pero ambas hermanas se saltaban esa tediosa regla, pues era Edward quien se los obsequiaba. A Astoria le obsequio un broche para el cabello un diseño espectacular que también podía convertirse en dos pasadores de cabello con piedras azul celeste como sus ojos, a Daphne un pasador para el cabello con piedras de oro blanco y con un lazo azul celeste hermoso. Ambas hermanas agradecieron con una sonrisa. El siempre les entregaba obsequios, si no eran cosas (aunque últimamente, eran más cosas que antes), eran invitaciones a fiestas que el recibe todo el tiempo u obsequios de terceros que quieren algo de él. Edward traficaba influencias y ellas lo sabían. Él lograba conseguir para ambas hermanas lo que ellas quisieran al alcance de enviar una lechuza, desde tiempo extra con una modista, joyería exclusiva con alguna tienda, atención de primera en algún café. Ingreso a camerinos personales de las brujas de Salem... Oh, como amaba a su querido primo...
Después de los obsequios, Edward les contó acerca de eventos ocurridos en el Ministerio en los últimos días, crímenes contenidos por las unidades de des memorización y alguna que otra metida de pata de algún mago. Luego de eso les comento también acerca de las incursiones que hacían algunos centauros en las zonas despobladas de algunas fronteras, igual que lo últimos movimientos de los kelpies del lago Lin, pues estos habían desaparecido por semanas preocupando a todo el departamento de criaturas mágicas.
Edward siempre tenía historias que contar. Termino contándoles acerca de una cena privada que se llevó a cabo en un local prestigioso en el que pudo asistir estando en Alemania mientras acompañaba a Philip Nott, allí habían estado varios magos importantes de aquel país, además de gente extraña a la que Edward había visto nunca, pues era una comitiva asiática... pero fue con quienes mejor se llevó, pues manejaba mejor el Japonés que el Alemán, el cual solo podía entender y su acento era un asco. Edward había pasado su infancia en una de las islas de Japón y vivió mucho tiempo en China antes de llegar a Inglaterra junto a su madre. Los asiáticos, decía Edward, era gente bastante quisquillosa, pero muy educada, además de que estos tenían ropa ostentosa que deslumbraba los ojos de cualquiera. Los kimonos tradicionales eran bastante coloridos en su opinión, se había hecho amigo (porque Edward siempre hacía amigos a donde quiera que fuera) de una bruja llamada "Kimiko Yao" una bruja Chino/japonesa bastante agradable, cuya familia se dedicaba a la recolección de un metal mágico que era usado en joyas para protección, como talismanes. Dijo que tendría una exposición en Inglaterra en unas semanas porque imaginaba que pronto todo mago querría piedras de protección y que incluso le dio invitaciones y si ellas querían, solo tenían que decir que eran sus primas favoritas, pues él les había hablado sobre ambas y seguramente encontrarían algo lindo allí que haga juego con lo bonitas que eran ambas.
Astoria sonrió y le causó cierta ternura el como él le cuidaba a ambas las espaldas... pues como sucedía cada vez que su primo hacía que fueran a alguna joyería o alguna boutique, el o la propietario les obsequiaba algo por su visita, y seguramente esa bruja Asiática también lo haría, muy seguramente algo pagado por Edward para ellas, pero que no podía entregar directamente, pues no debía... era algo dulce y triste a la vez. Todo por ser mestizo.
Había sido justo en ese momento que llegó su madre, pues sus pesados tacones resonaron en el salón, Daphne se envaro al instante, pero con disimulo. Edward se levantó educado e hizo una reverencia y la saludo con afecto.
— ¿Cómo has estado, tía? —dijo con tanta dulzura que parecía imposible no ganarse al menos una respuesta amable, pero Charlize Greengrass era un cubo de hielo cuando de Edward se trataba. Solamente arrugo la nariz mientras lo miraba— Tío Antón me llamó a presentarme y vine lo más pronto posible.
—Bien —dijo por fin, pero lo ignoro y en su lugar se fijó en los dos elfos de la casa que aparecieron cargando cajas y bolsas de compras y esperaron a que Charlize avanzara hacia las escaleras para caminar en automático escaleras arriba detrás de ella— Daphne, Astoria, suban conmigo, hay ropa que tienen que probarse —ordenó ignorando por completo a Edward— Muchacho, Antón seguramente está en el estudio, si no, espéralo allí —dijo con tanta apatía que era molesto.
—Eso haré, tía, pero antes… —dijo acercándose a ella, pero no más de un metro de distancia. Él siempre era cuidadoso con eso. Todos los primos mayores contaban una historia acerca de que cuando los padres de Astoria y Daphne se casaron y Edward era un niño, él se acercó para felicitarles y tomó la mano de Charlize Greengrass para besarle los nudillos como un saludo respetuoso, pero ella se había puesto histérica, apartó la mano del niño con violencia y le dio una bofetada tan fuerte que lo tiró al suelo. Edward sacó una pequeña caja de terciopelo verde del bolsillo y se lo extendió a Charlize con una sonrisa— querida tía, te traje un presente. Por favor acéptalo.
Charlize Greengrass arrugo de nuevo la nariz y demoro un poco en contestar, pero en opinión de Astoria, mejor se hubiera quedado callada— Muchacho, debes saber que yo no acepto cosas de segunda mano ni baratijas —sacudió la mano con arrogancia— Has lo que te dije, habla con Antón y vete rápido. No me gusta verte rondando en la casa. Los elfos tendrán que limpiar por dónde has pasado y es un incordio. ¿Acaso quieres darme una jaqueca?
Edward guardo la cajita en silencio y le dio otra sonrisa más a la bruja— No podría dormir si te causo mal, tía. Intentare molestarte lo menos posible —Edward volvió a hacer una reverencia y miro de Astoria a Daphne— Primas, me despido —dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el despacho de Antón.
Daphne ya estaba en las escaleras, pero Astoria no se movió de su sitio— Como siempre, madre, eres el máximo referente de la educación —dijo agriamente mientras se sentaba en el sillón y volvía a tomar su libro.
—Astoria… ahora no—murmuro Daphne, mirando más allá de ella, pues Astoria no se había dado cuenta de que Edward también estaba escuchando.
Charlize también se dio cuenta y su expresión era como si se hubiera comido algo muy amargo— Señorita, subirás ahora mismo. Te he dado una orden, traje docenas de ropa para ustedes dos, las probaran. Mis hijas no se verán como indigentes.
—Entonces escoge algo por mí, madre —contesto Astoria, volviendo a subir los pies en el sillón— todo el mundo dice que soy hermosa, seguro aún vestida como indigente me veré radiante. Si alguien con tan buen ojo para la moda como mi hermosa madre lo escoge, seguro me veré como una diosa.
— Astoria —mascullo su madre.
—Madre —dijo bajando su libro y dándole una mirada fría— no lo haré. Si no vas a maldecirme, pierdes tu tiempo.
—Madre, ¿vamos? —Daphne apresuro a su madre para aliviar el ambiente, pero no tuvo éxito. Charlize puso la mano en la varita que llevaba en el brazalete que se envolvía en su brazo.
Astoria tenía una batalla de miradas con su madre, pues sabía que ella no lo haría, pues maldecir no era propio de las damas. Pero entonces notó como miraba más allá de ella y arrugaba la nariz y lanzaba una venenosa mirada fúrica, hasta parecía apretar los dientes.
Astoria se dio vuelta y se encontró con Edward a su espalda, mirando fijamente a Charlize, pero giró la cabeza hacia otro sitio cuando Astoria lo miró. Astoria se sintió pequeña, pues esa discusión que ella había iniciado pondría a su primo en aprietos, porque si algo odiaba su madre era que mostraran aprecio por Edward. Aunque estaba segura de que él los sortearía, como siempre. Edward era un experto en eso y una mirada venenosa era nada para él. Cuando era joven y no entendía cómo funcionaba el mundo y muchas veces oyó a sus padres discutir acerca de que podrían hacer con el "mestizo" para que abandonara la casa pronto, pues según Astoria supo después, Edward era el único mestizo en casa... pero no por ser el único que existía, si no por ser el único que conservo el apellido a pesar de lo mal que le trataban e insultaban. A Astoria muchas veces le hacía ilusión llegar a tener el temple de acero de Edward, igual que su autoestima, pues hicieran lo que le hicieran, él jamás se mostró afectado o débil.
Quizá por eso ella se mostraba tan desafiante y firme contra sus padres.
—Tu padre hablará contigo más tarde, señorita.
—Sí, sí —masculló con algo de rabia— como a él le interesan mucho estas cosas.
Charlize Greengrass soltó entonces una risa cruel— Ya lo creo. Por supuesto, no le intereso por un tiempo, pero seguro que ahora pone más interés. No vaya a ser que arruines sus planes con tu actitud nada propia de una dama. Eres afortunada en ser hermosa, niña, el destino fue amable contigo… pero será toda la amabilidad que vas a recibir de ahora en adelante. Reza para que tu futuro no sea triste y termines arrodillándote frente a mí para rogarme compasión, porque desde ahora tienes mi respuesta y es resultado de todas las veces que me has faltado al respeto. Será No.
Astoria se había quedado congelada viendo como su madre se echaba a reír y subía las escaleras. Daphne, con el rostro lívido miraba de Astoria a su madre, hizo una seña de "calma" con las manos y subía siguiéndola.
Esas palabras solo podían significar una cosa. Una sola. La palabra "futuro" junto a "planes de tu padre" para una bruja sangre pura como ella solo podía significar una cosa: matrimonio.
Astoria sintió una punzada en el cuello que bajo por su espalda y se le revolvió el estómago.
"Nadie se casa a los quince años. Nadie" intento tranquilizarse y se abrazó a sí misma.
Astoria tenía sueños, grandes sueños. Tenía gente a la que admiraba, investigadores importantes, rompedores de maldiciones famosos, expertos en pociones que hacían grandes descubrimientos, incluso. A ella le fascinaban las transformaciones, la historia mágica y era muy buena en encantamientos y pociones, modestia parte, incluso mejor que Daphne. Para Astoria la perspectiva de un matrimonio arreglado era como una sentencia que la ahogaba y no la dejaba respirar. Ninguna bruja sangre pura casada era académica, no hacía investigaciones ni descubría nada. Las costumbres no lo permitían y si su prometido era un mago arraigado en los principios de los sangre pura, la sometería a sus decisiones.
Astoria había creído que tenía tiempo, pues es costumbre prometer a la hija mayor primero y concretar el matrimonio hasta su mayoría de edad. Astoria se estaba esforzando en Hogwarts, planeaba ganar una beca para estudiar en el extranjero, estaba mentalmente preparada para ser desheredada incluso…. Pero ahora mismo ese camino sería imposible. Siquiera había terminado la escuela.
Astoria entro en pánico, bien podrían haberla prometido a un anciano, quizá.
"Tengo que huir" pensó, casi sin poder respirar.
Recordó a la chica francesa que escogió el suicidio antes que ser casada por la fuerza. Una vida horrenda en un matrimonio de ese tipo no era vida, era peor que morir, ya no tenía un futuro. Ya no importaba nada.
Bajo la mirada, dándose cuenta tardíamente que había cedido, todo su temple se había ido. Se llevó las manos al cabello y se lo revolvió. No quería, no quería casarse.
No.
Veloz, se volvió hacia Edward y no pudo controlar las lágrimas que le quemaban los ojos. Pero lo recordó en ese momento. Aún había alguien que podría salvarla.
—Edward… —dijo casi en un sollozo—… Edward, ayúdame.
La última vez que Astoria recordaba haber llorado era cuando tenía cinco, quería una muñeca de Daphne y peleo a los empujones con su hermana, ella le había empujado con magia involuntaria tan potente que Daphne choco contra una pared y se quedó muy quieta. Astoria había llorado hasta que su hermana se puso de pie y le repetía que todo estaba bien.
Edward le había pasado un brazo por los hombros y la llevó hasta el jardín trasero de la casa, la zona más solitaria de aquella gigantesca casa. Hizo que ella se sentara en uno de los bancas del lugar y se quedó a su lado, aún reconfortándola.
—No esperaba que reaccionaras de esta manera —dijo él, de pronto— si acaso es una actuación, caí por completo y tendré que alabarte —Astoria se apartó de él y le miró con ira— Mejor —murmuro Edward.
Astoria se limpió las lágrimas y se sorbió la nariz antes de darle la cara— ¿Sabías de esto?
Edward suspiro lastimeramente— no puedo hablar de eso contigo. Estoy bajo el secreto mágico, Astoria.
Ahora Astoria suspiraba— ¿Daphne también? —Edward asintió— Vacas. Mi padre negocia con nosotras como si fuéramos vacas.
—Unas vacas muy valiosas. De oro, si pides mi opinión. Oro macizo y ojos de zafiro —bromeo Edward. Astoria lo miró con horror— Es verdad. Tu padre prefiere entregar el dominio de la familia a un extraño a que lo herede una de sus hijas. Siempre lo has sabido.
Astoria agacho la cabeza— Es cierto, nunca espere lo contrario —apretó las manos en puños— huiré. Me iré de aquí, Edward. América o Asia. Me iré.
—Querida prima —dijo Edward— eres una vaca de oro, ya lo establecimos. ¿Crees que tu padre se quedará tranquilo y campante si desapareces? ¿Y qué hay del prometido? ¿Crees que dejara ir su preciada vaca?
—Basta de vacas —mascullo irritada— ¿Vas a ayudarme o no?
—Eso es lo que estoy haciendo —dijo levantando las manos en señal de rendición— debes ser más inteligente que todos los demás y ver tus opciones —Astoria lo escucho atenta— Podrías conocer a tu prometido antes de nada y quizá negociar con el directamente. Todo puede negociarse. Aún no sabes si ese mago está en la misma posición que tú. Mientras los intereses de ambos sean los mismos, pueden llegar a un acuerdo. Yo sé quién es, pero que no puedo rebelártelo... No directamente al menos. Pero te puedo asegurar que no es tan mal sujeto, estoy seguro de que podrías manejar esa situación —dijo asintiendo despacio— tu padre quiere que le ayude con Serafina Magellan, podría conseguir que el mismo te lo diga oficialmente.
Astoria miró hacia sus pies, relativamente más tranquila— ¿Y si aun así no puedo negociar con él?
Edward volvió a acariciarle el cabello— Entonces vuelves a hablar conmigo y encontraremos otra solución —Astoria se volvió hacia él, ahora si con esperanza inundándole el cuerpo. Edward siempre sabía cómo arreglar todo, solo un par de palabras la convencían de que todo estaría bien. Justo ahora la sonrisa que le daba era tan cálida…— Te ayudaré, no te dejare sola. Aún si quisieras huir a china, haría que llegues a salvo y sabotearía a Antón para que no te encuentre jamás. Romperá mi corazón no poder verte, pero por tu felicidad… haría eso y más.
Astoria sintió de nuevo lagrimas inundando sus ojos y sin pensar demasiado, abrazó a Edward con fuerza, el solamente le acarició el cabello y la reconfortó.
—Tranquila, te ayudaré —le murmuro— Confía en mí, estoy de tu lado. Siempre estaré de tu lado.
Edward no consiguió que su padre le rebelara a quien la había prometido, pero si le informo que ya era un hecho y el contrato estaba firmado. Por supuesto, esperarían a que Astoria fuera mayor de edad, pero el anuncio se haría apenas el matrimonio de Daphne terminara de negociarse. Se los dijo a ambas sin siquiera un ápice de sutileza. Daphne acepto en silencio, Astoria le dedico una mirada retadora a su padre.
No se doblegaría.
Nunca.
Desde entonces, Astoria había mantenido una correspondencia normal y casi secreta con Edward, quien en charla común le daba indicios de quien fuera su prometido, asegurándole en repetidas ocasiones que ella era lista y podría negociar. Eso le daba a entender que su prometido también era listo y abierto de mente. Edward también dejó caer que era alguien joven, no mayor que Daphne, pero no menor que ella misma. Entonces debía estar en el año de Daphne o en el superior. Descarto a muchas personas con ello.
La pista final llegó un tiempo después, pues Edward le envió una fotografía del Profeta en donde decía crípticamente que "vería allí algo interesante" y ella entendió que ahí era donde su prometido aparecía. La pista final.
Era una noticia de un evento de caridad, organizada por la embajada Francesa en Londres. Allí estaba Edward, pues era un secretario general en cooperación mágica internacional, pero también estaban los Malfoy, Los Prince y Los Done. El resto eran franceses y otras familias extranjeras… pero sorpresivamente, en el evento se mencionaba a los Nott. Astoria distinguió que una persona salía y entraba en el marco de la fotografía, producto del efecto de movimiento. Allí estaba Theodore Nott y detrás de él, su padre.
Astoria garabateo en la fotografía y enlistando a las personas que allí aparecían y podrían ser su prometido. Estaba Theodore Nott, Draco Malfoy, Demetrius y Artemis Done, además de Aaron Prince. Demetrius era un graduado y Artemis en su último año, ambos en Beauxbattons, Aaron estudiaban su último año en Durmstrang, según ella recordaba.
Lo cual solamente dejaba a Theodore y Draco. Astoria sintió la cabeza dar vueltas.
Merlin. Todo era confuso… pero podría tener sentido.
Edward dijo que fue el negociante…. Y que mejor negociante que aquel que sirve a aquellos con quien quieres negociar.
"Negociar"
¿No había dicho Edward que esa persona seguramente sería abierta a negociar?
¿No era Edward quien alababa la actitud fría de negociante que se cargaba Theodore Nott? Astoria bufó. A veces, Edward lo adulaba tanto que le daban celos.
Pensándolo bien, tenía todo el sentido del mundo. Por eso Edward estaba tan tranquilo, pues a él le caía bien Theodore, quizá por eso no se esforzó siquiera en hacerle saber que estaba prometida. Edward la quería mucho, si ella hubiera corrido peligro de ser atrapada en un matrimonio abusivo, él se lo hubiera hecho saber.
Además… no es como si no lo hubiera sospechado desde antes. Antón Greengrass era orgulloso. Imaginaba que no casaría a sus hijas con magos de baja estirpe. Y Nott y Malfoy eran los que más alto estaban en la cadena de la aristocracia. Esto era solamente una confirmación.
Recordando los eventos pasados, Theodore llevó a Daphne al baile de navidad, pero entre ambos cuidaron de ella. De hecho, desde ese evento generalmente estaban los tres juntos y ocasionalmente Blaise se les unía. Astoria sabía que Theodore tenía una envidiable relación con su padre, así que quizá él ya lo supiera y por eso se mantenía cerca.
El prometido de Daphne sería quien tomara las riendas de la familia Greengrass, pero para ello los hijos de ese matrimonio debían tener ambos apellidos para que el título de los Greengrass no cayera en el olvido y los Nott jamás podrían hacer eso… porque Theodore Nott era el último de esa familia. Los herederos de un dominio generalmente se casaban con segundas hijas, no con primogénitas.
Desde que volvió para su cuarto año tuvo la sospecha... y de hecho, le vigilo de cerca... y se mantuvo alerta a cualquier comportamiento extraño que hiciera que tuviera cuidado con él… pero en su lugar, como ya había tratado antes con él, solo podía recordar lo inteligente, educado y caballeroso que era… sin contar que además también era guapo. Prácticamente todo un partido... aunque claro, era algo sombrío y callado, pero siempre fue amable con ella. De hecho, era extraño como hacia algunos años atrás consideraba esa actitud como algo aburrido y ahora le parecía la mejor actitud del mundo.
Muchas veces Nott abrió la puerta para ella, una vez incluso se levantó de su silla para alcanzarle en la mano algo que ella se había estirado por conseguir. En charla casual, le prestaba atención, además de ayudarle en las tareas cuando ella se lo pedía. Le agradaba... pero en algún punto de todo eso, comenzó a agradarle de otra manera.
Por eso, la siguiente vez que Astoria le escribió a Edward, le pregunto qué tal era Theodore, y justo ahora tenía la carta de respuesta a mano. La leyó rápido y en silencio. Dobló la carta y le prendió fuego con su varita, de alguna manera estaba conforme. No se lo diría a nadie jamás, pero no pudo no imaginar por un momento como sería su boda con Theodore Nott ocupando el lugar de novio.
Sacudió la cabeza y se llamó tonta a sí misma. Ya sabía quién era, ahora solamente quedaba seguir observando y encontrar algo con que negociar con Nott antes de rebelarle que ya sabía todo y conseguir un acuerdo adecuado.
Y aún si todo salía mal, Astoria tenía la promesa Edward. Su primo favorito por siempre y para siempre, por toda la eternidad.
Se plancho la túnica con las manos y camino a paso rápido hacia las mazmorras, pues tenía una tonelada de deberes que hacer. Cuando estaba llegando, un chico estaba en la entrada, pero cuando se giró y la vio dio un paso atrás para cederle el paso.
Astoria se quedó un momento de pie mirándole quizá demasiado. Sus ojos azules eran enormes y sus pestañas largas y rizadas.
—Gracias Theodore.
—No es nada —dijo el, inmóvil y esperando a que ella pasara.
Ella le sonrió adecuadamente y pasó por la puerta, él la siguió de inmediato— Theodore —dijo girando hacia él— ¿Tienes un momento? —el asintió— ¿Has oído acerca de la teoría de Higgel?
Theodore asintió— Sí. ¿No es eso avanzado para tu año?
Astoria le miró con suficiencia— Aprendo por mi cuenta.
Theodore volvió a asentir, completamente serio— Hay libros que puedo recomendar que leas —dijo mientras le apunto hacia uno de los sillones de la sala común. Ambos se sentaron— ¿Tienes en que apuntar?
Astoria actuó muy interesada en el asunto. Había notado que a Theodore le fascinaba entablar conversaciones académicas, con suerte el tampoco querría atravesar el camino del tradicional matrimonio. Era un mago inteligente, si el matrimonio era inevitable, al menos tendrían bastante para charlar.
—Tienes mala cara —dijo Edward.
Theo tenía el rostro inexpresivo, se sostenía la cabeza con la mano y le miraba con sus fríos ojos azules entrecerrados— Por supuesto que tengo mala cara —dijo con voz de ultratumba— ¿A quién demonios le pareció buena idea que una bruja como Dolores Umbridge era la mejor opción para enseñar defensa contra las artes oscuras?
Edward estuvo muy tentado de echarse a reír, pero como de costumbre, solamente le sonrió— Oh, Theo… —dijo sin poder contenerse "eres tan dramático", pensó con diversión.
Sin embargo, él no se tomó a bien que le sonriera, apartó la vista hacia el ventanal, obviamente fastidiado— Al menos alguien se divierte —dijo desdeñoso— Esa mujer dijo que no era necesario sacar nuestras varitas en clase, que no existe motivo alguno para siquiera aprender hechizos de defensa. Está loca. Un mago que se precie siempre tiene su varita a mano. Siempre. Es ridícula. Y esa estúpida risa. Me dan ganas de… —Theo volvió la vista hacia Edward y de inmediato se irguió en su silla— Como sea. ¿Por qué ese remedo de bruja es mi profesora? Pudiste al menos habérmelo dicho.
Edward se encogió de hombros— Pensé que sería inofensiva —dijo como excusa— adora a los sangre pura —"aunque sea mestiza, la muy hipócrita"— además, es una mujer dulce —"Tanto que te pudre los dientes, peste hipócrita y… Basta". Puso una sonrisa en sus labios y levanto su taza para darle un sorbo— Bueno, la mayoría del tiempo, tampoco es que trate mucho con ella.
—Si mal no recuerdo, estabas en uso y control de la magia.
Edward asintió— eso era hasta antes del gran evento, y era una jefatura. Ahora tengo una secretaría general en coordinación mágica internacional.
Theodore frunció el ceño— No lo mencionaste.
Edward sonrió para sus adentros "Si, Theo, sorpréndete. Así de increíble soy" — el título del cargo no importa —dijo con humildad— una secretaría general es mejor que una jefatura promedio. Puedo extender más nuestras influencias y colocar en mejores sitios a los nuevos. ¿Te mencione que ahora tenemos cubiertos tres nuevos puestos?
Theodore se volvió hacia él— Entonces ya son diecinueve.
Edward asintió con una sonrisa de satisfacción— once más que Malfoy, siete más que Parkinson y cuatro más mi querido tío.
Theodore volvió a fruncir el ceño, pero luego su rostro se suavizo y volvió a ser serio como siempre y de nuevo se puso a mirar hacia el ventanal— ¿Sigues haciéndole favores?
Edward sabía que Theodore no aprobaba la tendencia de Edward a favorecer a los Greengrass, pero se lo callaba por sus propios principios. Edward había descubierto con el tiempo que Theodore tenía inculcado hasta los huesos la creencia de que la familia tenía una importancia extrema y bajo esos principios, se suponía que la actitud de Edward era correcta.
"Ah, Theo" pensó mientras volvía a beber de su taza para evitar reírse "Si supieras…"
—Por supuesto Theo —dijo mirando hacia la taza en sus manos, donde la superficie liquida le devolvía parte de su reflejo, pero evitó ver sus propios ojos— soy un mago considerado y agradecido con las pequeñas cosas que me han sido dadas…. —
"Tan agradecido que puse a la mitad de su gente pretenciosa en lugares clave, pero caóticos para que sean desechados rápido y a la otra mitad prometedora en puestos inútiles. Ah, querido Antón, tienes la fea costumbre de rodearte de inútiles" pensó mientras reprimía una carcajada
—…Antón Greengrass me permitió llevar su apellido.
"Gran imbécil, perfecto hijo de…."
—Deja de hacerlo —dijo Theodore.
Edward detuvo el tren de sus pensamientos en seco, repitió lo que dijo Theodore en su mente y conto mentalmente hasta tres y volvió a llevarse la taza a los labios y solo después de asentarla a la mesa habló— Sabes que sería una situación espinosa si dejo de hacerlo, sin mencionar las negociaciones que mantenemos por los minerales Flu. Antón suele ser muy precavido, si corto el contacto con él lo tomará como un insulto de mi parte y como una afrenta de tu familia.
—Que lo tome como quiera —dijo con seguridad. De alguna manera, Theodore se había puesto de lado de Serafina para que pudiera seguir ostentando el poder en sus dominios y para él, las negociaciones eran innecesarias desde que ya no era necesario llevarse bien con los Greengrass. Después de todo, Philip rechazo formalmente la propuesta de matrimonio de Antón para casar a Daphne con Theo.
Edward junto ambas manos sobre la mesa. Theodore seguía mirando hacia la ventana, el mentón apoyado en una mano, su actitud de aburrimiento— ¿Puedo preguntar el por qué?
— ¿Te niegas?
Edward apretó los labios pensando bien sus palabras "Ah, Theo. Pequeño niño listo"— Si ya no colaboro con Antón me desdeñara y siquiera podre poner un pie en su casa.
— ¿Tienes en mente volver allí? —Theodore se volvió hacia él con una expresión que pocas veces le veía poner. Estaba enojado. Theodore estaba enojado y actuando de manera posesiva y mezquina. Sus azules ojos parecían más fríos que nunca, como el furioso mar de verano congelado— ¿Acaso no te he dicho que la casa de los Nott es tu casa también?
Edward se mantuvo en calma y contemplo el cómo lo estaba mirando por unos segundos. "Oh, solo los Nott consiguen mirar a alguien así" pensó con algo de diversión, pero también con una pizca de nerviosismo, preguntándose si alguna vez dejaría de ver a Theo como alguien inofensivo. El pensamiento de Theo convirtiéndose en alguien cruel o un desgraciado como muchos tantos le agrió la mente y lo hizo sentirse enojado, pero sin saber exactamente con quien enojarse. Y como sucedía cada vez que sus pensamientos se descarrilaban un poco, hizo lo que ya tenía acostumbrado a hacer: Sonreír y dar largas.
—Volver, lo que se dice volver; por supuesto que no —dijo con una sonrisa— pero adoro a mis primas y me gusta visitarlas de vez en cuando —La dura mirada de Theodore se disolvió como hielo al sol— además, se sensato Theo. Hay que llevar la fiesta en paz.
Theodore entrecerró los ojos, pero su rostro volvía a tener su usual seriedad y volvió a mirar hacia el ventanal— Serafina aceptará los acuerdos que lograste y lo apruebo, son coherentes. Incluso mi padre está de acuerdo. Pero a Serafina no le gusta Antón, dice que es demasiado ambicioso y poco formal. Taimado —se calló un momento— En lugar de gastar energías llevando la fiesta en paz, prefiero que no haya fiesta alguna. Por lo que me contaste, Antón te recuerda cuando necesita algo y aun así vas a ellos cuando te llaman ¿Es lo que quieres?
Edward se le quedo mirando, por eso noto cuando desvió levemente sus ojos hacia él, esperando respuesta, Edward le dedico una sonrisa brillante, con toda la simpatía que era capaz de fingir—Así es, Theo. Sigue siendo mi familia. Tú sabes, es lo correcto.
Theo le miró de reojo unos instantes más y luego siguió mirando por el enorme ventanal— de acuerdo.
Afuera hacía un clima decente y Edward contemplo también el paisaje. Había estudiantes por todos lados, como era usual en la visita Dominical a Hogsmade. Cuando era un adolescente, Edward solía imaginar cómo sería la vida de estudiante de Hogwarts, pues él no tuvo la oportunidad de asistir, él fue educado en casa. Clementine Greengrass, quien fuera primera esposa de Antón le tenía tal aversión que si de ella hubiera dependido, Edward hubiera sido encerrado en las mazmorras sin ver la luz del sol ni que nadie le mire a él, la pequeña vergüenza de la familia.
Edward suspiro perezosamente pero sonriendo finalmente mientras recordaba que la bruja estaba muerta. Y que no murió precisamente en paz. Fue tan grotesco… sucio… y… perfectamente hermoso, los gritos que salían de su boca mientras sucedía y la maldita cara que puso… para Edward era como navidad adelantada.
Se lo merecía. Pensó. Por supuesto que se lo merecía. Pero aun así, ni siquiera habiendo sido testigo de ese evento se sentía satisfecho. Edward lo hubiera hecho más agónico y con más dolor. Fantaseaba con eso de cuando en cuando, pero ella ya estaba muerta y no había más que hacer al respecto. No se puede traer a los muertos de nuevo, pero si pudiera, lo haría solamente para vengarse.
Por Celeste, pensó…. Pero apenas lo hizo, su rostro vino a su mente y con ellos una maraña de sentimientos e ira que iban a ahogarle. Basta. Se dijo a sí mismo. Parpadeo y recordó que estaba con Theodore en un caro café en Hogsmade y también recordó el principal motivo de estar allí. Antes de darse cuenta una sonrisa de nuevo se coló en su rostro.
Todo era culpa de Astoria. La repentina rebeldía declarada de su pequeña prima y su fragilidad le había puesto sentimental últimamente.
—Hablando de familia —dijo para llamar la atención de Theodore— ¿Podría pedirte un favor personal?
Él se volvió disimuladamente lento. Edward también había aprendido que las palabras favoritas de Theo eran aquellas. A él le divertía ganar favores a cambio de ayuda que él fácilmente podría dar. Esa era la injusticia universal: que alguien poderoso solo mueve un dedo y la vida de alguien podría ser solucionada— Te escucho.
Edward adopto una expresión humilde— se trata de mi prima, Daphne —dijo pausadamente y podía sentir que Theo le miraba inquisidoramente— Antón no está feliz con el rechazo de la propuesta de matrimonio que recibió de Philip. Pensé que cedería, pero dejó caer que seguiría insistiendo —dijo como quien no quiere la cosa— y me hizo ciertas preguntas acerca de tu personalidad —Edward le miró sugerentemente, pero Theodore no parecía captar la indirecta "Theo, eres tan joven" pensó— yo le di el esquinazo, claro, pero seguramente mi tío va a insistir y ante la falta de información, quizá quiera usar su imaginación y eso puede que termine poniendo a Daphne en una mala situación.
Theodore tenía el ceño marcado— no te entiendo.
Edward soltó un suave suspiro— Me preocupa que mi tío obligue a Daphne a seducirte —Theodore hizo una mueca de horror— y por eso quiero tu permiso para comentarle a mi tío lo mucho que tu odiarías una actitud así.
—Adelante —dijo él, que aún no parecía salir de la sorpresa— habla con él y asegúrate de que le quede claro que es la peor idea que se le podría ocurrir.
Edward asintió en silencio— Será como digas, Theo. Gracias por entender —Edward sintió una vibración en el bolsillo de la túnica, metió la mano allí y saco su reloj de bolsillo.
— ¿Ya es hora? —pregunto Theo.
Edward guardo el reloj y le mostró una expresión amable mientras sacaba dinero y lo depositaba en el pequeño plato del centro de la mesa— Yo invito —dijo antes de que Theodore se quejara— y si, debo irme, aunque sabes que me gustaría seguir charlando contigo. Tengo que cumplir la agenda de hoy, te enviaré una lechuza con el reporte semanal.
Theo asintió en silencio antes de hablar— Adiós Edward —dijo serio— y gracias.
Edward pauso sus movimientos unos segundos, pero en respuesta sonrió— Adiós Theo. Cuídate —se puso de pie y camino fuera de aquel café.
Edward cogió su abrigo del perchero de la entrada y disimuladamente cruzo miradas con la bruja que atendía las mesas. Él le sonrió radiante, haciendo que a la bruja se le colorearan las mejillas. Disimuladamente extendió su mano y le dejo un galeón en la mano. Ah, estaba de buen humor justo ahora.
Caminó a través de las calles de Hogsmade y observo con cuidado a cuanto estudiante se encontraba, buscando un rostro en especial, pero no lo encontró en absoluto. Algo decepcionado, se encamino hacia un lugar de chimeneas públicas para acceder a la Red Flu. Llegó hasta Londres en un remolino de cenizas y fuego azul, salió a paso rápido y recorrió las calles hasta el mundo Muggle. Se revolvió el pelo y se mezcló en la muchedumbre y pronto choco disimuladamente con una que otra persona, fue a una estación de metro y entró a un baño público antes de abordar uno. Ya dentro del cubículo, se quitó el abrigo y con la varita lo encantó para cambiarlo de color, sacó un frasco del bolsillo con una mano, en la palma de la otra, tenía tres cabellos diferentes que recolecto de la muchedumbre. Escogió uno pelirrojo, lo echo en el frasco y luego se lo bebió.
Era una apariencia decente, a su opinión, mientras se miraba en el espejo y se lavaba las manos. La barba incipiente no era lo suyo, pero estaba bien. Y oh, ojos azules.
Edward tomó el metro y recorrió cinco estaciones hasta llegar a su destino, un barrio mágico en la zona este de Londres. Compro un periódico, fue a un bar, a una librería y a un café. Luego, para finalizar, fue hacia un pequeño parque con frondosos árboles y se sentó en una banca y sacó su reloj para verificar la hora, llevaba por ventaja dos minutos. Se puso a leer mientras esperaba.
El reloj en su bolsillo vibró y un "Plop" el avisaba que alguien llegó.
Edward bajó el periódico y lo dobló despacio. El sujeto que apareció era de mediana edad, pero al igual que él, Merlin sabía cuál era su verdadera apariencia. Se miraron el uno al otro. Edward levantó la mano y la sacudió para saludar animadamente. El otro hombre solo rodó los ojos.
—Merlin —mascullo— ¿Pelirrojo otra vez? ¿Tienes un fetiche o algo?
Edward solo sonrió— Me gusta más el castaño oscuro… como chocolate puro. Pero ese es otro asunto. ¿Cómo estás, viejo amigo?
El hombre hizo una mueca y se sentó a su lado— No me quejo. Hay mucha demanda últimamente.
—Esas son buenas noticias ¿No?
El mago resopló— Como sea. Dijiste que siempre pagarías el mejor precio. Que si alguien más ofertaba, viniera a ti primero.
Edward asintió— y todos los demás deben venir a ti, porque eres con quien no se puede jugar. Ese es el trato.
—Esa es la cuestión —masculló el mago, metiendo la mano en el bolsillo y sacando un pergamino y extenderlo hacia él— arriba, están los rumores actuales del muchacho. Abajo, los nombres de los que están planeando cambiar de cliente.
—Oh no…. —suspiro— ¿Salazar? ¿Brandy? —Dijo lastimeramente mientras leía— Siempre les he pagado bien… ¿Qué hice para merecer esta traición? —Sacudió la cabeza— ¿Seguro que no puedo comprarlos?
—Parece que les ofrecieron estatus. Si les ofrecemos más dinero, dirán que sí y luego te apuñalaran por la espalda.
—La lealtad se está volviendo difícil de encontrar —murmuro mientras suspiraba dramáticamente— Bueno, ¿Qué se le va a hacer? —Le dijo al hombre mientras sacaba la libreta de su bolsillo y un bolígrafo Muggle. Reviso los eventos que tenía por hacer y las horas en que estos debían hacerse— Quiero el nombre de ese nuevo comprador hasta dentro de… dos días.
— ¿Dos?
—Sí, creo que es lo adecuado. Hoy estoy de buen humor y me siento generoso. Asegúrate de expandir el rumor cuando aparezcan los cuerpos —Edward guardó la libreta y le sonrió al hombre— la gente comienza a olvidar lo que sucede cuando rompen mi corazón con su deslealtad. Que lo tengan presente, aún más en estos tiempos. Todos los rumores son negociables, menos uno. Lo deje claro hace años.
El hombre tenía una mueca de asco en el rostro— como digas.
Edward le sonrió— Que bueno —dijo alegre— ahora, tengo algo para ti. McPetters atravesara una crisis en… una semana, estimo. Greengrass consiguió cerrar un trato con las mineras de Magellan, así que seguramente Greengrass absorba a McPetters. Un poco de convulsión para subir su precio no estaría mal, que lo sepan las personas adecuadas. Cuando eso pase, vende la participación y entrega el oro a Uter, como siempre.
El hombre asintió en silencio— Merlín… —murmuro— ¿Una semana?
Edward asintió— Estas cosas se mueven rápido.
El reloj en su bolsillo vibro de nuevo y Edward lo sacó para ver la hora— has como te digo, tengo que irme. Consigue el nombre, esparce los rumores y entrega el oro restando tu comisión. Nos vemos.
Edward se marchó caminando y volvió a salir al mundo Muggle, tomó el metro y luego de unas estaciones al azar volvió a ingresar a un baño en el momento adecuado, el efecto de la poción multijugos termino y volvió a encantar su abrigo. Tomó de nuevo el metro y llegó hasta el Callejón Diagon, acudió a un café prestigioso, saludo a unos cuantos conocidos y solo se retiró hacia las chimeneas cuando su reloj volvió a vibrar.
Giró en fuego azul y cenizas y al detenerse vio un salón elegante. Un elfo le recibió y le invito a sentarse en una sala de visitas. Edward agradeció y se sentó a esperar mientras volvía a sacar su liberta y sacaba una pequeña hoja suelta y anotaba horas y direcciones.
Estaba en ello cuando alguien le llamó.
— ¿Señor Greengrass? —le llamo una voz femenina.
Edward se puso de pie al instante y ofreció una sonrisa mientras guardaba su libreta— Oh, que sorpresa.
"En realidad, no tanto"
La mujer frente a él era Amira Craston, la prima mayor de James, el insensato mago ligado a Theo.
Edward se acercó a ella y le ofreció una reverencia educada— llámeme Edward, por favor, señorita Craston.
Ella le sonrió mientras ladeaba la cabeza— tan galante como de costumbre —dijo divertida. A Edward le gustaba el tipo de persona que era Amira Craston. Era atenta, educada y libre de prejuicios. Era de las contadas personas que le había aceptado abiertamente a la primera impresión— pero acércate, salúdame como se debe —dijo tendiéndole la mano. Él la tomó y luego de un suave apretón la soltó y dio un pequeño pasito hacia atrás— Pensé que eras más de besar manos. Y llámame Amira —dijo ella con una sonrisa.
Edward le dedico una mirada dulce y le contesto con voz suave— No podría. Mi tía política me inculco desde pequeño el mantener estricta distancia y contacto mínimo con damas sangre pura como usted por respeto, señorita. Es la educación que me dieron.
Amira frunció el ceño— ¿Cómo pudo educarte de ese modo? Es algo tonto, Edward.
Él, rápidamente compuso una perfecta mascara de persona amable con terrible pasado, pero no dijo una palabra hasta después de una pausa dramática— Lo siento, señorita, las cosas de la familia se quedan con la familia. Pero eso no quita que debo respetarlas.
La bruja no parecía convencida del todo, incluso parecía indignada (cosa que le gusto a Edward) pero no importaba. Su Tío Abban, hermano de su madre, había educado en modales a Edward… pero fue Clementine Greengrass quien le hizo ponerlos en práctica. A Abban se le olvido decirle que por ser un mestizo había personas a las que no debía tratar de manera personal y Edward, viviendo constantemente en medio de tantos orgullosos sangre pura, no podía dejar de estar alerta todo el tiempo, aunque tuvieran un lindo rostro y sonrisa que parecía amable como la de Amira Craston.
Clementine Greengrass, quien había sido primera esposa de Antón, fue la primera bruja aristócrata sagrado veintiocho que conoció a parte de los Greengrass y era toda una aparición con aquella piel pálida y perfecta, cabello pelirrojo y ojos verdes como el jade… la mujer más hermosa que había visto hasta ese momento, la llamo "hermosa dama" e hizo el intento de besarle la mano, como todo un caballerito… en su lugar ella le abofeteo con tanta fuerza que lo tiró al suelo mientras le gritaba que no se atreviera a tocarla con sus sucias manos. Edward lloró mucho esa ocasión.
Pocos años después, Charlize Greengrass, la segunda esposa que Antón tomó luego de que muriera la primera, le probó que siempre sería así. Ella también llegó a abofetearlo cuando quiso tocar su mano, pero esa vez no lloró en absoluto, pues se esperaba algo así. Lo esperaba todo el tiempo.
Constantemente recordaba lo que su madre le había enseñado: Sonrisa radiante, rostro amable y actitud alegre. Nadie se resiste. Y nadie lo hacía (generalmente) excepto la familia Greengrass. Siempre se preguntó el por qué… pero cuando lo supo, deseo no haberlo sabido.
Si no hubiera sido así, Celeste no hubiera muerto.
"Basta"
Le dio una sonrisa triste a Amira y miró hacia sus propios pies. Nada fingido. Eso sí era real.
—Lo siento —murmuro ella— ¿Es algo triste de recordar?
Él alzo la vista y observo los preocupados ojos de Amira Craston. "Oh, un alma caritativa" pensó con satisfacción. Las personas piadosas como ella solían ser fáciles para relacionarse. Y también fáciles de manipular, llegado el momento.
Edward compuso una expresión de nostalgia, miró momentáneamente hacia el techo elegante y luego de soltar un corto suspiro con toda intención de ser dramático, finalmente contesto.
— Voy a sentirme mal por preocupar a una dama —dijo con una sonrisa— Solo ignora esto de hace un momento.
Amira asintió en silencio, pero seguía mirándole con ojos de cachorrito.
El reloj en su bolsillo volvió a vibrar y lo saco con la mano para ver la hora. Casi instantes después, ambos escucharon pasos a sus espaldas. Allí estaba Serafina Magellan.
—Señorita —dijo Edward agachándose y mostrando respeto.
—Señor Greengrass —dijo ella seria— pase a mi estudio, por favor. Amira, acompáñame un momento.
—Adiós —se despidió Edward, agitando la mano y Amira correspondió a su gesto.
De reojo vio como ambas brujas se dirigían al salón donde estaba la chimenea. Edward sonrió de satisfacción, por supuesto que esas dos brujas se llevarían de maravilla y por la actitud de la chica Craston, tendría un oído extra en Magellan si movía bien los hilos. Cosas así le ponían de excelente humor… oh, bueno, casi. Astoria le había pedido que le presentara a Magellan alguna vez, pero no terminaba de decidir si era o no buena idea. Le daría vueltas un poco más.
Serafina Magellan no era estúpida, obviamente le sacaría el jugo al hecho de tener contacto con su prima.
La puerta se abrió a su espalda y Serafina avanzo por el elegante estudio hasta sentarse en el elegante sillón frente a Edward. La mirada que le dedico no parecía ser amistosa.
Edward sacó la libreta del bolsillo y saco la hoja suelta con las direcciones y horas que anotó— Serafina —la tuteo mientras deslizaba la hoja en el escritorio— ¿Cómo has estado?
La bruja tomo el papel y lo miró de reojo— bien —dijo frunciendo el ceño— te tomas demasiadas molestias. ¿Solo dos?
Él le sonrió— ha sido una semana estable. Y gracias por adelantado.
Ella hizo una mueca— solo procura dejar el pago con Uter.
—Así se hará —dijo satisfecho.
Serafina Magellan… la bruja que heredó los encantamientos que hacen que funcione la Red Flu por herencia de sangre. Poca gente le daba sana importancia a ese hecho, pero no Edward. Un movimiento de varita de esa mujer y todo el movimiento de un mago a través de la red podía ser rastreado… o eliminado sin que el Ministerio pudiera hacer nada en absoluto. Edward pagaba una buena cantidad por lo segundo, pues no había poder en el mundo que pudiera obligar a Serafina a hacer lo primero; claro, a no ser que fueras un Nott.
Edward sabía que esa era la promesa de los Magellan a los Nott.
— ¿Y bien? ¿Qué dijo el bestia de tu tío?
El soltó una suave risa— mi querido tío se encuentra indignadísimo —dijo divertido— pero ya firmo, seguramente los papeles lleguen para ti mañana por la mañana. Lo hiciste sufrir bastante.
Serafina no se rio pero asintió seria, el pendiente de amatista que colgaba de su oreja derecha balanceándose suavemente— Cuando dijiste que seguramente cedería hasta ese punto no me lo podía creer.
—Cuando se trata de negocios, soy bastante sincero.
— ¿Por qué lo hiciste? —preguntó.
— ¿Disculpa?
Serafina se cruzó de brazos, aún seria— hice que te espiaran. Tengo oídos en muchas familias mágicas, los Greengrass no son la excepción. Ayudas mucho a Greengrass. Por un momento creí que ayudarías a tu tío a desplumarme, pero terminaste ayudándome a mí a desplumarlo. Esperaba traición de tu parte. Siquiera hablas mal de ellos ¿Por qué?
— Vamos Serafina, yo jamás haría algo desleal como eso —dijo con una sonrisa— Y como sea, Tienes lo que querías. Deberías estar feliz con el resultado. ¿Acaso importan mis motivos?
La Bruja siquiera parpadeaba— No solo a mí —dijo alerta— estas con los Nott siendo un Greengrass y aún pareces guardarles lealtad… una lealtad sin sentido, hasta donde yo veo. Por lo que he oído, ellos no te tienen cariño. ¿Entonces por qué lo haces?
—Ya he tenido esta charla con Philip —dijo serio— y el me acepto. ¿Dudas de su sensatez?
Era la primera vez que Serafina sonreía— Sabes muy bien que todos hemos dudado —dijo por fin descruzando los brazos y apoyando ambas manos en el escritorio e irguiéndose en su sillón— entonces, ¿Qué pasa con los Greengrass? ¿Qué más hay allí? Quiero saber. Quiero que me digas.
—No hay nada, Serafina —dijo relajado.
Serafina entrecerró los ojos— Mentiroso —mascullo
Edward hizo una mueca de dolor— Rompes mi corazón.
Ella ni se inmuto— conozco a la gente como tú y me agradas, si no fuera así te hubiera echado de una patada de mi dominio desde la primera vez que apareciste en la puerta de mi casa hace años cuando aún eras un donnadie pidiendo eliminar todo tu rastro de la red flu a cambio de tus talentos de embaucador; pero lo deje ser porque me pareciste divertido. Yo también valoro el talento sobre el origen. Además, tú dijiste que quieres ser mi aliado —sonrió de nuevo— yo también se guardar un secreto, podemos hacer un juramento si quieres. Tomare eso como un acto de buena fe y como el primer paso de nuestra sólida amistad. Se bueno y cuéntame que pasa con los Greengrass.
Edward solo le sonrió de vuelta— Serafina, querida, si yo fuera tú me detendría, quien sabe lo que lo yo tendría que hacer si sigues husmeando donde te pido que no lo hagas, para con eso, por favor; porque si continuas me obligaras a hacerte lo mismo y Merlin sabe que encontraré —dijo dulcemente— Sientes curiosidad, es entendible, pero créeme, no quieres saber. Debería bastarte con que soy de confianza y que te lo he demostrado. Soy leal y eso es todo lo que necesitas saber.
La sonrisa de Serafina desapareció e incluso parecía molesta— Puede ser, pero ¿A quién?
—Por sobre todas las cosas —dijo levantando ambas manos, como si fuera lo más obvio del mundo— A Theodore, claro.
Bueno, han pasado otros 84 años.
Aquí ha pasado de todo. Como he mencionado hace un tiempo atrás, soy de Bolivia y mi país es un caos ahora mismo. Ya casi una semana en paro cívico como protesta hacia el presidente que quiere atornillarse en el poder y que ha hecho fraude en las elecciones. Es un desmadre y tiene al país dividido. Es triste cuando los intereses de unos cuantos quieren sobrepasar a la mayoría y la ambición no tiene límites a veces.
La incertidumbre es el peor de los males.
Hay una canción que he oido hace poco, en un video grabado en las calles de Chile, que igual esta en convulción social, "El derecho a vivir en paz", tocada por un Saxofonista, caminando en una calle solitaria por la noche, con un carro de carabineros en una acera y escombros de manifestación en la otra... "El derecho a vivir en paz" algo que todos deberíamos poder tener. LLegar a casa tranquilo luego de trabajar y poder disfrutar de la familia o tus hobbies y sonreir, dormir tranquilo sabiendo que el día de mañana el día puede ser precioso. Es lo que todos deberíamos poder tener.
Animo a todos en Chile. Y realmente espero que no pasen tragedias en mi país. El gobiuerno actual es especialista en camuflar ataques planificados para que hayan muertos y así intervenir con militares. Ojala nada de eso pase.
Y luego de descargar mi incertidumbre, paso a saludar a quienes me comentan siempre y les mando un abrazo apretado a la distancia.
Besos a todo aquel que llego hasta aquí :D!
