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París, Barcelona, Londres, Roma


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Las ruedas de las maletas hacían un sonidito repetitivo contra los adoquines de la calle. Entre eso y las abultadas mochilas, les estaba resultando pesada la media hora caminando que había hasta el hotel. El viaje en avión había sido largo e incómodo, apenas habían conseguido dormir y casi perdieron el segundo vuelo cuando hicieron escala en Berlín. Kouichi se lamentó de que no pudieran visitar la ciudad, pero en un viaje futuro sería.

Aprovecharon el trayecto para apreciar lo distintas que eran esas calles con las de Japón. Estaban hambrientos, así que pararon en una cafetería y comieron algo (que, por cierto, era bastante caro París).

Ese día se lo tomaron con calma. Dejaron el equipaje en la habitación, cenaron algo ligero en el restaurante del hotel y se fueron a dormir temprano, aprovechando el cansancio para intentar habituarse al cambio horario.

Kouji fue el primero en despertarse a la mañana siguiente, muy temprano. Tuvo un impulso infantil y, quizá contagiado por el entusiasmo de su hermano por el viaje, tal vez porque era consciente de que ya eran adultos, no lo reprimió. Se tiró sobre la cama de Kouichi, aplastándolo.

—Despierta, bello durmiente, París nos espera.

—Podrías haberme traído el desayuno a la cama…

—No soy tu sirviente, Kouichi.

El aludido se frotó un ojo, le dio un empujón para quitárselo de encima y esperó a que estuviera despistado para golpearle con la almohada en la cabeza.

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La ciudad se perdía en el horizonte. Alguna que otra nube salpicaba las vistas, pero hacía que fueran más especiales. Kouichi se maravillaba, hablando en términos de arquitecto a su hermano todo el tiempo. Kouji desconectaba a ratos y se dedicaba a admirar el paisaje que la altura de la Torre Eiffel les dejaba.

—Debe ser impresionante de noche —comentó, sin pensar.

—Volvamos esta noche entonces —dijo Kouichi, mirándolo.

—Hay mucho que ver como para repetir algo.

El otro negó con la cabeza, con una sonrisa. Si algo, para variar, llamaba la atención a su gemelo, era buena idea cumplirlo.

Pasearon por los Campos Elíseos, fue agradable porque hacía muy buen tiempo. Recordaron que sus amigos habían pedido que les mandasen fotos, y también sus madres, así que se sacaron algunas (Kouji bastante a regañadientes, o quizá le gustaba hacerse de rogar, debía ser cosa de gemelos). Aprovechando el wifi del restaurante donde comieron, enviaron alguna foto y recibieron mucha envidia.

—Tomoki dice que cuando él se gradúe tenemos que hacer un viaje todos —dijo Kouichi, leyendo las respuestas de sus amigos.

—A saber qué estaremos haciendo para entonces…

—Eso no importa, siempre sacaremos tiempo para estar juntos. ¿O no?

Kouji lo miró por encima de su vaso. A veces, cuando se miraban, se sentían trasladados a otro mundo. Uno en el que se conocieron, en el que sus ojos, aparentemente idénticos, se encontraron por primera vez.

—Claro que sí. Venga, termínate la comida ya, cada día eres más lento.

—Disfruto del momento, Kouji. Deberías aprender un poco de tu hermano mayor.

El pequeño rodó los ojos y Kouichi rio.

Por la noche, después de mucho insistir, volvieron a la Torre Eiffel. Era impresionante.

Hombro con hombro, los gemelos miraron la ciudad, con un manto oscuro y con luces brillantes. Tinieblas y brillos, como eran ellos.

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Charlaban acerca de qué les había gustado más de momento. Kouichi no conseguía decidirse, veía algo especial en las vidrieras de Notre Dame o en la rica decoración de las habitaciones del palacio de Versalles. Kouji se inclinaba más por el Louvre, era tan grande que le habían dedicado dos días enteros y, de tanto convivir con su hermano, había aprendido a apreciar el arte (o al menos todo el trabajo que había detrás de cada obra).

Era muy temprano, pero Kouji se había empeñado en madrugar mucho y había arrastrado a su hermano hasta una estación de tren, diciéndole que el destino de aquel día lo elegía él. Kouichi, por una vez, no sabía qué tramaba. Y su sorpresa fue muy grande al ver que iban pasando paradas y paradas y ellos seguían en el tren. Hasta la última parada.

—Bienvenido a Disneyland —le dijo su hermano.

Pocos niños en el mundo no han querido ir allí. Kouji le estaba cumpliendo un sueño de la infancia.

Y como críos pasaron sus últimos días en tierras francesas, montando en atracciones, haciéndose fotos con personajes animados y riendo como si recuperasen los años de niños que debieron pasar juntos.

Nunca es tarde.


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Este me ha quedado cortito. He elegido ciudades en las que he estado yo, para poder escribir con un poquito de conocimiento, y París es la que visité hace más años y apenas recuerdo jajaja quizá por eso me ha quedado corto.