¡Hola todos! ¿cómo están? Yo estoy bien, lista para las fiestas decembrinas, y por ese motivo y como regalo por su gran paciencia, les traigo aquí el segundo capítulo de este fic, que les ha gustado. Y espero que les siga custando. No se olviden, de dejar sus críticas, comentarios y sugerencias en un review. Que así me ayudan a mejorar muchísimo.

Hetalia no me pertenece

Disfruten su lectura


— ¡LARGO! ¡FUERA DE MI CASA!

El primero en correr fue Prusia, seguido por Alemania, Estados Unidos e Inglaterra detrás. Romano les dio pasó, malditos bastardos. Los vio irse con enojo, cuando volvió a ver a su hermano este, estaba mirándolo a él también con esa rabia contenida.

— ¡Y ESO LOS INCLUYE A USTEDES!—dijo el acercándose como un toro embravecido.

—Pero... Veneziano.

Romano no tuvo la oportunidad de opinar más, Venezaino lo empujo fuera de la habitación y le estampó la puerta en la cara, lo que quedó de todo eso fue el sonido del cerrojo de la puerta.

— ¿Vene?—preguntó Romano tocando la puerta.

La respuesta que recibió fue un golpe de la puerta lo que lo obligó a alejarse. Romano no sabía qué hacer, nunca había visto a su hermano así. ¿Qué podría hacer para calmarlo? Se dio la vuelta para pensar, y vio que España, Francia, Canadá y Japón estaban aguardándolo contra la pared. La expresión de los dos últimos era de terror.

—Canadá, Japón, sugiero que se vayan. Y asegúrense de que el resto también lo haga—fue lo que dijo Romano señalando las gradas en un tono serio pero calmado.

Los mencionados asintieron levemente, y bajaron las escaleras, encontraron el resto abajo, los cuales estaban igual o más asustados. Fue España quien bajó a asegurarse de que salieran sin hacer ningún escándalo.

—Pero es que... —intentó decir Alemania pero España le cortó el comentario.

—Ya han hecho suficiente. Esperen a que se calmen las aguas y luego dan sus explicaciones. Y por Dios Santísimo juro que si no son buenas yo mismo seré el juez en este asunto.

—Oh vamos España—respondió Inglaterra—. No vas a buscar culpables a este pequeño incidente.

—Es mejor que cierres tu bocaza y no hables Inglaterra—fue lo que España respondió controlándose de darle un golpe al bretón enfrente.

Estados Unidos los separo.

—Take it easy, dude. Nos iremos en paz. Y lo arreglaremos después.

—Sabía decisión. Deberías aprender, Inglaterra.

Inglaterra gruño en respuesta.

Salieron por la puerta de enfrente. España cerró con llave y subió de nuevo, Francia estaba con el oído en la puerta intentando comunicarse con Veneziano. Mientras Romano se había sentado en el piso con la espalda tocando la pared, cualquiera que lo viera a simple vista diría que estaba angustiado por todo esto. Y la pregunta aquí es ¿quién no lo estaría?

— ¿ya se fueron? —España asintió—. A todo esto, ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de traerlos aquí?

—A mí, Romano—dijo España de inmediato, arrepintiéndose cada segundo.

—Bien, me alegra. Solo respóndeme una cosa ¿la destrucción iba incluida en tu plan? —España negó con la cabeza—. ¿Te pusiste a pensar en las complicaciones de meterlos a ellos dentro de la casa? —España volvió a negar—. Sí, eso fue lo que pensé.

Francia estaba ajeno a la charla de Romano con España, estaba más preocupado por su pequeño hermanito aislado en su miseria.

—Petite frere... —hablaba Francia con dulzura como nunca lo había hecho antes— ¿quieres salir?

Nada ninguna respuesta, solo golpes a la puerta con la clara intención de alejarlo de ahí. Pero Francia no se rendiría.

—Sé que estás enojado con todos, tienes el derecho. Pero no es la solución encerrarte dentro de la habitación.

Veneziano escuchaba las palabrerías de Francia, y con cada palabra se enojaba cada vez más y más. Lo indigno a tal grado que se paró frente a la puerta y la pateo fuertemente. ¿Qué era lo que le pasaba a Francia? Él podía reaccionar como se le diera la reverenda gana. Entre sí pensaba que debían agradecer a San Pedro de que no estuviera armado en ese preciso momento o los hubiera matado a todos.

—petite frere...

— ¡CALLA TU TRAICIONERA BOCA! —Gritó Veneziano a través de la puerta.

Romano y España se quedaron fríos al escuchar el grito.

—petite frere...

— ¡NO ME HABLES! DIJISTE QUE NO ME ARREPENTIRÍA DE SALIR, QUE ME DIVERTIRÍA. ¿ES ESTO DIVERTIDO? NO, POR SUPUESTO QUE NO LO ES. ESTO ES UNA BROMA DE MUY MAL GUSTO.

—Petite frere, esto... no fue la intención...

— ¡ESTOY HARTO DE TODO ESTO! SOBRE TODO DE TI. NO QUIERO VOLVERLOS A VER EN MI VIDA. ASÍ QUE ESPERO QUE TE LARGUES DE UNA VEZ.

Francia, se quedó paralizado en su posición. Y con calma, respirando profundamente, intentó razonar con él.

—petite frere, no me voy a mover de aquí hasta que no salgas y me digas eso en mi cara.

Romano pensó que eso sería suficiente para que Veneziano se calmara y saliera, y dijera lo mismo o al menos intentará volver a decir lo mismo con palabras más suaves. Pero no sería la ocasión, en cuanto Francia terminó la frase, se oyó un revuelo ahí dentro, se escuchó el cerrojo ser quitado, y Veneziano con el ceño fruncido, y los ojos fijos en un su objetivo, destilando odio puro, caminó rápidamente hasta estar a míseros centímetros de la cara de Francia, lo tomo del cuello de su camisa. Francia se quedó plantado en su puesto desafiante.

—Quiero... —dijo Veneziano modulando su voz, para no volver a gritar—... que por primera vez en tu apestosa vida, me dejes en paz, y te largues de mi casa.

— ¡Veneziano, te recuerdo que la casa también es mía!—dijo Romano levantándose de su lugar y avanzando un paso al frente.

España y Francia no daban crédito a lo que estaban oyendo. Algo estaba pasando en el universo para que cosas imposibles se estén llevando acabo un 17 de marzo, ni en un millón de años Francia sería amenazado por Veneziano, y mucho menos ser defendido por Romano. Es más Romano estaba igual de sorprendido. Si Veneziano estaba sorprendido o algo parecido no lo mostró en su transfigurado rostro.

— ¿Piensas defender a Francia ahora? —preguntó Veneziano soltando a Francia.

—Créeme cuando digo que no quiero hacerlo, pero en este caso será así. Tanto Francia como España no han hecho nada. Tu rabia hacia cualquiera de ellos es injustificada. No te desquites con alguien que no tiene la culpa.

—Entiendo, entiendo perfectamente. No puedo creer lo hipócrita y sínico que eres Romano.

— ¡Veneziano!

—Entiendo que me recalques que está casa también es tuya, pero te pregunto ¿Quién paga las cuentas? ¿Quién mantiene el refrigerador y la alacena llenos? ¿Quién se levanta el sábado en la mañana y deja la casa reluciente? ¡RESPONDE, MALDITA SEA!

—No pienso discutir de eso, ahora—dijo un calmado Romano, y respirando profundamente, haciendo el mayor esfuerzo para guardar la calma continúo—. Debes calmarte, y pensar lo que dices antes de que te arrepientas.

— ¿Desde cuándo te importa? —Fue la respuesta de Veneziano con burla en la voz—. Años, siglos en los cuales me has rechazado, ni siquiera en nuestra unificación me dedicaste una sonrisa, en ningún momento has venido a mi auxilio cuando lo necesitaba, estoy tan acostumbrado a tus insultos, es más el barrio enteró lo está, yo incluso sé que el silencio en la casa es un sueño distante, y ahora, justo ahora, te postulas para el hermano mayor del año. ¿QUÉ NO VES LA IRONÍA?

—Vene...

—Oh, pero claro, todo lo que hago no es más que una queja más en los oídos de España ¿a qué no?

Veneziano se acercó a España iracundo, en un instinto el ibero dio varios pasos hacia atrás por la impresión, llegó a tocar la pared.

—Dime España, debes estar cansado de oír las quejas, ¿no? De oír todo mi esfuerzo, de escuchar lo arduo que intento que todo funcione, para ambos. Debe ser exhausto recibirlo con los brazos extendidos cuando yo soy quien recoge los platos rotos.

España no pudo sostenerle la mirada, y no tenía la valentía para emitir sonido alguno. La voz de Veneziano se estaba quebrando, y su respiración se estaba agitando, y sus ojos se estaban llenando de lágrimas. Se alejó de España y fue directo a Francia quien se había quedado quieto en su puesto; Romano tuvo miedo de su hermano, miedo de qué... ni siquiera sabía de qué tenía miedo, solo quería que todo esto se acabara. Así que llenándose de valor, detuvo a su hermano, lo sujetó de los brazos. Veneziano no hizo esfuerzo en liberarse.

— ¡Ya basta! Por favor.

— ¡Suéltame!

— ¡Déjalo! —Dijo Francia parándose frente a Veneziano, Romano lo soltó de inmediato—. ¿Tienes algo que decirme?

—No tienes ni idea.

—Empieza, que no tengo toda la noche.

—Te lo resumo en una sola frase—Veneziano se separó de Romano y miró directamente a los ojos azules de Francia, las lágrimas empezaban a desbordarse por sus ojos—. Me has quitado todo lo que amaba.

—Lo sé—respondió Francia, quien se acercó a su hermanito y le dio un abrazo muy fuerte —. Y sabes que lo siento desde el fondo de mi alma. Pero por primera vez esto no es mi culpa, juro que haré que esos sujetos paguen.

Veneziano en principio se dejó abrazar por Francia, pero de inmediato le vino la imagen de su estudio con todo destruido ahí dentro. Veía la sombra de todos sus amigos destrozando su arte, despreciándolo a él, odiándolo. Esa imagen la tenía vivida en la cabeza.

— ¡LOS ODIO A TODOS! —Gritó y se apartó de Francia, de un empujón.

Se dirigió a su habitación, y cerró la puerta con llave. Romano, quiso intentarlo de nuevo, pero Francia lo detuvo, colocando su mano en el hombro y negando con la cabeza. España hizo que Romano bajara. Ahora los tres estaban sentados en la mesa del comedor, Romano tenía su cabeza entre sus manos, vaya cumpleaños que estaba pasando. Apenas probó bocado de las frituras de la mesa, únicamente para calmar el hambre postergado desde la mañana. España estaba devorando el pastel y Francia hizo café. El trio intentaba sobrellevarse a esa extraña experiencia. Esa sería una larga noche, a Veneziano se lo escuchó gritar, llorar, y cada cierto tiempo se escuchaba que algo se rompía. Fue después de las 3 am que se dejó de escuchar algo proveniente de la parte superior de la casa.

—Ya se calmó—dijo Francia respirando aliviado.

—O está muerto—dijo España, quien se ganó dos miradas asesinas de parte de sus acompañantes.

—Lo voy a ver—Romano estaba empezando a levantarse de la mesa cuando sintió un pequeño jalón.

Francia, lo había detenido por un motivo muy importante —No, espera. Dale su espacio—dijo Francia sujetando a Romano de la manga de su camisa.

—No me toques—Romano estaba molesto, se desprendió del agarre de Francia de una manera bastante violenta.

—Romano, sé que estas preocupado, al igual que España y yo, pero entiende a Veneziano. Las personas que creía eran sus amigos le hicieron algo terrible.

—Lo sé, y por eso mismo lo voy a ir a ver. Entre más se aísle, más miserable se va a sentir.

—Deja que lo intente, Francia.

—De acuerdo. Grita si necesitas ayuda.

—No lo necesitaré, gracias. El cuarto de huéspedes está disponible si quieren.

Romano subió los escalones con lentitud, llegó a la puerta, y tocó suavemente, no había ningún tipo de respuesta, solo el silencio, decidió esperar y en eso vio de reojo la habitación del estudio aún abierta fue y cerró la puerta, no soportaba verlo. Volvió a tocar la puerta, y tampoco se oyó sonido alguno.

— ¿Vene?

En un impulso su mano dio con el picaporte, le hizo girar y se dio cuenta de que las cosas no serían tan fáciles. Respirando profundamente volvió a llamar a la puerta.

—Veneziano, ¿quieres comer algo? Puedo cocinar lo que sea que te apetezca—ni un solo movimiento, —voy a cocinar pasta con salsa bolognesa, sé que la quieres, —nada; —si te animas baja, por favor.

Y ahí estaba Romano, cortando los tomates, mientras Francia picaba las cebollas, y España descongelaba la carne. Después de tener los ingredientes listos, Romano empezó a cocinar, no dejaría que ninguno de los dos presentes se atreviera a cocinar algo más de solo cortar las verduras, o arruinarían el sabor de la pasta favorita de Veneziano.

Se sirvieron cuatro platos, en la mesa del comedor, las frituras y el pastel fueron a dar al extremo más lejano de la mesa. Francia y España empezaron a comer, se morían de hambre, Romano pretendió esperar pero su estómago le indicó lo contrario. Veneziano no bajó de la habitación, ni tampoco emitió ni un solo sonido. Francia fue quien subió el plato, y no hubo ninguna respuesta, dejó el plato en el pasillo.

—Ya no sé qué hacer—dijo Romano poco antes del amanecer—. Hemos intentado de todo.

—Te dije que le dieras su espacio.

—Romano dale un poco de tiempo, saldrá en cuanto este calmado.

— ¿Qué tal sí nunca sale? ¿Qué tal si se lastima?

—Es ahí donde radica el problema—dijo Francia, poniéndose el abrigo—, el problema de petite frere fue siempre guardarse sus sentimientos.

— ¿de qué hablas Francia? Yo siempre lo he visto sonriendo y llorando.

—Pero no enojado, no molesto. Eso se lo guarda, y lo acumula hasta que esto fue lo que derramó el vaso, a veces quisiera saber por qué lo hace, o hacía.

—Sea lo que sea, le daré un par de horas más para salir por su cuenta, sino lo hace, entraré por la fuerza.

— ¿Quieres que me quede? —Preguntó España—. No sabemos cómo puede reaccionar, ¿qué tal si te hiere?

—No pasará nada. Es mejor que se vayan, tal vez no quiera verlos o vernos...

—Suerte, avísanos si hay algún cambio, si es favorable mucho mejor—respondió Francia saliendo a la calle, seguido por España.

Ni bien cerraron la puerta, Romano salió disparado a la puerta de la habitación de su hermano menor. El plato de pasta no había sido tocado. Golpeó la puerta suavemente.

— ¿Vene? Ya se fueron. Déjame entrar por favor. No voy a hacer nada, solo quiero acompañarte un rato.

Romano estaba a punto de irse a buscar las llaves de las habitaciones cuando escucho un pequeño ruido, algo insignificante escuchado a diario, pero en esta ocasión de mucha importancia, el cerrojo de la puerta había sido quitado. Romano espero unos segundos, y abrió lentamente. La habitación estaba oscura, apenas se divisaban los muebles. Con cautela avanzó por la oscuridad, sus pies empezaron a tocar pedazos de cosas, al parecer Veneziano se había dado gusto rompiendo algunas de ellas.

— ¿Veneziano? ¿Dónde estás? —susurró.

No se escuchó ninguna voz solo un movimiento leve en la puerta del armario, se dirigió directo ahí y a la escasa luz se percató de que estaba semi-abierta, la abrió y se introdujo como pudo dentro. En uno de los extremos, su hermano estaba sentado en posición fetal ocultando el rostro. Romano intentó acercarse, darle tal vez una caricia que le aseguré que todo estaría bien. Cuando estaba apenas centímetros de lograr su cometido recibió una terrible advertencia.

—No me toques.

Romano tragó saliva. —Lamento de verdad que todo esto pasara Vene. —Retiró su mano del camino de inmediato; y siguió hablando, al no haber respuesta—. Entiendo cómo te sientes, yo hiciera lo mismo si alguien destruyera mi jardín. Y debo admitir que merecía todo lo que dijiste, pero si algo tengo a mi favor, es que estoy y estaré contigo.

—Romano, no creo que de verdad entiendas. —Habló Veneziano alzando un poco la mirada, lo suficiente para que sus cansados ojos se vieran a la escasa luz—. No puedes comparar un jardín con mis pinturas, a la larga, son plantas que pueden volver a crecer, y les volverás a dedicar todo el cariño que siempre les das. En mi caso era diferente...

—Ellos van a pagar por todo esto. Te lo aseguro.

Veneziano omitió responder, tenía su cabeza llena de rabia y tristeza. Estaba tan dolido que no quería saber nada, de absolutamente nada; se sentía exhausto, apoyó su cabeza en su brazo, y sin prestar atención se quedó profundamente dormido.