¡Hola todos! ¿cómo están? Espero que muy bien. Aquí les traigo el tercer capítulo de este fic que es bastante complicado.
No voy a hondar en preámbulos. Lo único que les pido es que al finalizar me dejen un review, así me ayudan mucho a mejorar.
Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura
Veneziano despertó por un zumbido incesante, se sintió desorientado al inicio, apoyó sus manos en el colchón para sentarse. La luz que se filtraba entre las cortinas le dio a la habitación un ambiente lúgubre. No entendía por qué no estaba en el armario, recordaba vagamente haberse escondido ahí.
La puerta de su habitación fue abierta, llamando su atención. Vio a Romano entrar con una bandeja de comida. Y ahí fue que entendió que seguramente Romano lo acostó anoche. Al ver que Veneziano estaba despierto, Romano decidió detenerse en la entrada.
—Vaya, hasta que al fin despertaste Vene.
— ¿Qué hora es?
—Las 15h00.
Romano avanzó lento hacia la cama y depositó la bandeja a una distancia prudente. No quería molestarlo más de lo que ya estaba. Veneziano ojeo el almuerzo, pasta a la carbonara, ensalada, pan, vino.
— ¿qué quieres? —preguntó Veneziano.
—Nada, solo intentó ser amable—dijo Romano irritado por el comentario.
—Claro.
Veneziano estaba dubitativo si aceptar la comida o no. No tenía ánimo para nada en este momento, sin embargo su estómago pensaba de manera diferente, muy pero muy diferente. Tomó la bandeja y empezó a comer, vio por el rabillo del ojo que Romano se sentaba en la esquina más alejada de su cama.
Romano se sentó con delicadeza, le preocupaba la falta de emoción y la demasiada cautela que tenía Veneziano.
— ¿cómo te encuentras? —preguntó Romano.
Veneziano dejó de comer. — No lo sé.
— ¿Sigues enojado?
—Sí.
— ¿Qué piensas hacer?
—No lo sé. Mi mente está muy confusa ahora, Romano. Quiero...
— ¿estar solo? —Veneziano asintió—. De acuerdo, te dejaré solo. Pero creo que debes revisar tu teléfono primero.
Romano salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Veneziano dejó la comida sin terminar aun cuando estaba con hambre, alcanzó su celular en la mesa de noche, la pantalla estaba trizada. Sin importarle la estética, desbloqueó el teléfono y vio varias llamadas perdidas. La mayoría eran de Alemania y Japón, dos o tres eran de América y Canadá, una era de Prusia. Le llamaban para disculparse, o al menos eso es lo que quería suponer. Había varios mensajes de voz, los borró sin siquiera oírlos. Modificando el teléfono en silencio, lo dejó por ahí, y se volvió a meter en el armario.
Alemania llamó al celular de Romano, el cual sorprendido dejó su trabajo a medias y contestó de inmediato.
— ¿Pronto?
—Romano, sé que te parecerá extraño que te llame pero...
—Veneziano no está de buen humor—fue lo que dijo Romano de manera tajante.
—No ha contestado mis llamadas. Quiero disculparme por lo que pasó. Explicarle que todo eso fue un accidente.
— ¿con qué accidente? ¿Eh? —Dijo Romano en tono sarcástico— Puedo preguntar desde cuando los accidentes pasan en habitaciones que tienen carácter de privado.
—Yo...
—Exacto, piensa bien lo que dirás, y te sugiero que tengas paciencia. Él no está aún dispuesto a escuchar a nadie.
Romano colgó después de eso. Alemania suspiró agobiado, era el trigésimo intento de contactarlo para disculparse. Nadie quiso que esto pasará solo pasó. No podía con esta angustia, el rostro transfigurado por la ira y el dolor se le quedó marcado en las retinas, tal fue la impresión que soñaba con Veneziano iracundo persiguiéndolo para vengarse. Sabía que se lo merecía, las pinturas eran exquisitas obras de arte, como solo Veneziano pudiera mostrar. Destruir todo eso, le causaba un vació en el estómago.
Prusia salió de su habitación y lo vio sentado en la sala de estar, con la expresión de angustia.
— ¿hubo suerte? —Alemania negó con la cabeza—Dale un poco de espacio, Oeste. Estoy seguro que para mañana se le pasará, te llamará, y en menos de que canta un gallo te lo encontrarás en tu cama al despertar.
— ¿de verdad crees que será tan fácil? —respondió Alemania recordando los ojos llenos de ira.
—Sí, es Italia de quien hablamos, lo volverás a ver con la estúpida sonrisa de siempre.
Prusia salió de la habitación, y Alemania se quedó pensativo, conocía Italia lo suficiente para saber que era una persona sensible, tal vez muy sensible para su situación. Según lo que le habían contado Hungría, Austria y hasta su propio hermano, Italia siempre había sido débil, y solía olvidarse de los rencores. Alemania llegó a pensar que tal vez seguía fielmente los preceptos de la biblia, eso de dar la otra mejilla actualmente era poco usado.
—Oeste, no pienses tanto—le dijo su hermano extendiéndole una cerveza—. Hazme caso, solo dale un tiempo a que le pase.
—De acuerdo.
Japón, dejaba el teléfono a un lado. Ya había agotado todos sus recursos para hacerse responsable de sus actos, las llamadas no funcionaban, los mensajes de voz tampoco, y ya había enviado varios mails explicativos. Pero no había respuesta. De pronto el timbre de su casa resonó, con lenta disposición fue abrir, y no es porque estaba preocupado, sino porque no le gustaban las visitas sorpresa. De nadie en particular, solo estaría de buen ánimo si al otro lado de la puerta estuviera Italia con la cara llorando.
— ¡Hola Japón!
—Oh, Taiwan-chan, hola.
—Traje unos pastelitos para compartir—dijo ella y entró sin permiso, directo a la cocina—. Prepararé Té.
—Gracias...
Taiwan divisó el desorden de la sala de estar, la computadora encendida con la cuenta de e-mail abierta. Era raro que no estuviera la televisión prendida en el canal de anime. No le dio mucha importancia y depositó los pastelitos en la mesa, los sirvió en platos pequeños, para luego calentar el agua y servir el té.
Japón la esperaba, redactando otro correo. Taiwan depositó la bandeja en el suelo, e hizo a un lado las cosas sobre ella. Los pastelitos se veían apetitosos, sirvió primero el té.
— ¿deseas alguno en particular?
—No, Taiwan-chan.
— ¿Pasa algo malo Japón? ¿Todo bien con el trabajo?
—Sí, está todo bien.
— ¿Entonces por qué esa cara?
—Tengo un amigo que hizo molestar a otro y...
— ¿Y ese amigo no quiere disculparlo?
—No lo sé, por lo que él me está contando, no ha respondido sus mensajes ni llamadas.
—Oh, ¿qué le estás diciendo?
—Que siga intentando.
— ¿cómo es ese amigo?
—Es como decírtelo, es...
— ¿Parecido a quién? ¿Korea? ¿China? ¿América?
—No, es más como Italia-kun.
—Mmmm, bueno en ese caso es fácil. Solo dile que espere a que se le olvide.
— ¿qué se le olvide?
—SÍ, si ese chico es parecido a Italia se le olvidará en dos días. Y volverá como el idiota feliz que es. Dile que no se preocupe.
—Bien, le escribiré eso ahora.
—Nah, déjalo para más tarde. ¿Quieres el de fresa?
—Sí, Gracias.
El celular se encendía en la oscura habitación, y Veneziano no tenía la voluntad para irlo a contestar, si sus cálculos eran correctos muy pronto desistirían de llamar. Había dejado la bandeja de comida sin terminar en el pasillo y había vuelto a cerrar la puerta con cerrojo. Intentaba pensar lógicamente a todo eso que le carcomía el alma. Se hacía la terrible pregunta porqué Alemania y Japón estaban metidos en esto. ¿No se suponía que eran sus amigos?
O talvez, era él quien los consideraba como amigos, y ellos solo lo consideraban como alguien molesto, alguien que solo debían soportar cierta cantidad de tiempo.
No, tonterías, durante la segunda guerra mundial, formaron un lazo muy bonito y un pacto tripartido. Eso los unía en una valiosa amistad que duraría la vida entera ¿verdad?
Pero pensándolo bien, Japón siempre había sido reluctante a abrirse más de lo que ya se conocía de él mundialmente. Sentía que sus formas de aprecio eran un problema para él. Sí, reconocía que había actuado imprudentemente cuando lo conoció, solo fue un abrazo, no podía ser que Japón le guardara desprecio solo por un abrazo. Ambos disfrutaban de la comida y el arte, tenían mucho de qué hablar ¿verdad? Tenían cosas en común...
O tal vez, Japón solo era diplomático, e intentaba solo llenar una curiosidad de una cultura totalmente diferente. Y no le consideraba un amigo. Desde que la guerra acabó se habían vuelto distantes, ahora lo veía más con Estados Unidos y Alemania, y cuando se acercaba el volvía a su expresión estoica. ¿Era su presencia el problema?
No, esas son estupideces basadas en el odio. No, ni Japón ni Alemania lo detestaban, y si aún Japón solo fuera diplomático, Alemania le había hecho una promesa, una muy bonita promesa de ser siempre su aliado. ¿No pesa eso más con el tiempo? Alemania siempre fue bastante accesible, a pesar de que se molestara todo el tiempo: cuando cocinaba, cuando no podía hacer las tácticas militares que le enseñaba, hasta cuando dormía con él...
Pero puede ser que, en realidad, no quería tenerlo cerca, es decir, quien quiere que alguien se introduzca en su cama a la madrugada, o quien quiere alguien desobediente que no cumple sus órdenes y que huye cobardemente durante el ataque del enemigo. Después de la guerra, Alemania estaba horriblemente preocupado por Prusia, al igual que todos; ¿y si el vio su intento de amistad con Rusia un insulto? Pero no es que podía hacer nada, sus jefes se llevaban bien, y la ideología comunista se estaba asentando en su territorio, no era que lo estaba traicionando, no era que lo creyera culpable de que se repartieran Berlín. Admitía que Romano le obligó a muchas cosas al final de la guerra, y entendía que durante ese periodo oscuro de su vida, había hecho muchas atrocidades. No es que lo culpara de su derrota ¿o sí?
No, no podía permitirse quedarse solo otra vez, perder a Sacro Imperio Romano lo había enviado a un pozo de desesperación y tristeza, ya no quería volver a hundirse, pero esto... lo que hicieron. Todo al parecer hizo un clic teniendo sentido, ahora comprendía porque todo el mundo lo insultaba y lo trataba de idiota, tonto, inútil, cobarde, y muchas otras cosas más. Al parecer todo esto era una indirecta de que estaban cansados de él. El mensaje quedó claro, muy claro.
Solo una medida desesperada sería tomada ante una situación desesperada. Ya que los insultos y comentarios crueles no los tomaba enserio decidieron pasar a una segunda táctica, una mucho más eficiente y perversa. Porque solo con este tipo de actos entiende la gente, y las naciones, al parecer.
Seguramente creyeron que al ver el desastre entendiera que su opinión, y existencia no son importantes. Como Romano dijo, está también es su casa, su ciudad, su parte del territorio. Francia, lo había estado preparando para esto, pero como él mismo solía decir: eres demasiado tonto para entenderlo. Pero ahora sí lo hacía. Entendía. Ahora se daba cuenta de todo, nunca tuvo a nadie, y si lo tuvo esa persona le fue arrebatada.
Bien, pues si quieren que desaparezca, solo tenían que decirlo.
Veneziano se levantó de su escondite en el armario. Tomó unos cuantos colgadores con camisas y pantalones, sacó un par de zapatos, camisetas, ropa interior, y abrigos. Lo metió todo en una maleta. Guardó su billetera, su pasaporte, se puso un abrigo y se disponía a salir, cuando recordó algo importante.
Después de tener todo listo, salió de la habitación. Romano lo escuchó bajar, y salió de la cocina con un plato de pasta para que cenara. Pero la visión que esperaba, un Veneziano lloroso, hambriento y dispuesto a perdonar a los bastardos que le hicieron sufrir nunca llegó y en su lugar había alguien, con una maleta, que estaba en la puerta de la casa extendiéndole una llave.
—Te devuelvo la llave, Romano.
— ¿qué?
—No hagas preguntas, solo toma la maldita llave.
—No entiendo, ¿qué estás haciendo? ¿A dónde vas? Si es para vengarte, come algo y luego yo te ayudo a hacerlo.
—No pienso vengarme—dijo Veneziano depositando la llave en una mesa pequeña en el recibidor—. Comprendí todo, y lamento haberme tardado en hacerlo.
— ¿De qué estás hablando?
—De las indirectas, de todo lo que he causado. En especial lamento haberte quitado la atención de nuestro abuelo.
— ¿Vene?
—Ya no puedo estar aquí Romano. No me siento a gusto, y sé que ninguno del resto. Estaré bien, prometo no suicidarme. —dijo con fingida gracia.
Veneziano estaba saliendo de la casa con su maleta, dio solo dos pasos cuando escuchó el sonido de un plato romperse al contacto con el indiferente suelo del recibidor.
— ¡Espera! —Gritó Romano—. No tienes porqué irte, nadie quiere que te vayas, Vene.
Romano había salido sin abrigo, y Veneziano sabía que Romano detestaba el frío. En un acto muy poco común, él se interpuso entre él y la calle, alzó los brazos para impedirle salir.
—Romano, la semana pasada me pedías que me fuera de tu vista. Hace tres días, antes de que esto pasara me rogabas que me muriera. Ayer... me quedó claro que nadie me quiere cerca.
— ¡Eso es mentira!
—Déjame ir. No tengo nada que hacer aquí. Prometo que te llamaré cada semana.
—Pero es que... ¿a dónde irías en primer lugar? ¿Qué pasaría con nuestro trabajo?...
—Ya arreglé todo eso.
—Pero... no puedes...dejarme.
—Por favor, por lo más sagrado, déjame ir.
—No voy a lograr convencerte de que te quedes ¿verdad? —Veneziano negó con la cabeza—. De acuerdo, solo permíteme llevarte al aeropuerto. Por favor.
—A la estación del tren.
—Bien, solo déjame sacó el abrigo y las llaves del auto.
Romano, corrió hacia el interior de la casa, tomó las llaves de su auto, su abrigo; regresó a ver un segundo a la pasta y al plato tirado en el suelo. Arriesgándose a que su hermano se fuera sin él, fue a la cocina tomó un recipiente y lo llenó de la pasta que quedaba en la olla. Lo empaquetó bien. Salió corriendo, y vio a Veneziano esperándolo cerca del auto. Con el comando, le quitó el seguro y levantó la cajuela. No dejó que Veneziano metiera sus cosas, en su lugar lo hizo él. Subieron al auto, y se fueron en silencio.
Llegaron a la estación, Veneziano no dejó que Romano le acompañara a comprar el boleto. Y Romano respetó su decisión, lo esperó paciente en una banca cerca a la boletería. Veneziano regresó pronto, Romano le acompañó al andén.
—No tienes que irte.
—Te llamaré cada domingo después de misa.
—No dejes que esos bastardos te...
—Romano, no me voy por ellos, me voy por mí. Si para dejar de lado todo esto tengo que cortar esos lazos. Que así sea.
El tren hizo su aparición con estrépito sonido. Veneziano tomó su maleta, y le dio un apretón de manos a su hermano mayor. Romano le extendió el paquete con pasta. Y sin mirar atrás, Veneziano subió al tren. Romano se quedó hasta ver que el tren salía de la estación desapareciendo en el horizonte.
Romano regresó a su casa, tomó su celular, y timbró al celular de Veneziano. Ninguna respuesta, esperaba dejar un mensaje en el buzón de voz, pero la voz robótica le indicó que el buzón estaba llenó y que no podría guardarlo. Decidido marcó otro número.
— ¿Romano?
—Se fue.
— ¿Quién se fue?
—Veneziano se fue.
Francia se levantó de la cama, tomó su auto y se dirigió hacia Roma.
A la mañana siguiente, Alemania recibió una carta sin remitente. La abrió con curiosidad, de ella salió la cruz de hierro que le había regalado a Italia.
P.D.: Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo 2020.
