Hola todos ¿cómo están? Espero que hayan tenido un muy buen inicio de año nuevo 2020.

Yo estoy muy feliz por sus comentarios. Ahora esperando que no haya una WWIII y que Australia no quede carbonizada les dejo este humilde capitulo. Por favor me ayudan un montón si me dejan sus reviews, ya sea comentarios, sugerencias, críticas. Así me ayudan a mejorar muchísimo.

Hetalia no me pertenece.

Disfruten su lectura.


Francia, fue directo a la habitación de Veneziano, sin importarle que hubiera pisado la pasta tirada en el suelo, ni mucho menos que la salsa de esta haya salpicado tanto en su zapato Gucci como su traje; descubrió la habitación con la puerta abierta, a oscuras. Palpando con la mano la pared encendió la luz y de inmediato se arrepintió de hacerlo. La habitación era un completo desastre, ropa tirada en la cama, muebles completamente destruidos; Francia vio a pocos pasos de entrar que algo brillaba debajo de una camisa blanca, hizo a un lado la prenda y encontró el celular de Veneziano; la pantalla trizada mostraba el último suspiro antes de apagarse por la falta de batería.

Francia bajó. Romano estaba sentado en el sillón, con su celular en la oreja.

—Dejó su teléfono aquí—dijo Francia mostrándole el aparato.

Romano solo regresó a ver, y lentamente desprendió el auricular de su oreja, extendió el brazo y recibió el aparato roto. Se levantó de inmediato y fue a la cocina a buscar un cargador para renovar la batería.

— ¿subiste a ver su habitación? —Romano negó con la cabeza—. Se llevó muchas cosas, pero dejó todo con lo que podíamos localizarlo.

—Mi hermano nunca fue un tonto.

—Sí, lo sé... ¿alguna idea de a dónde fue?

—No, solo sé que fue al norte.

—Eso es un poco obvio, podríamos empezar preguntando en el aeropuerto y...

—Se fue en tren, yo mismo lo acompañé a cogerlo.

— ¿y no viste a dónde iba? ¿No te fijaste en el boleto de tren?

—No, no pude. Nunca había visto a mi hermano tan perdido. Me veía sin aprecio, no logré soportar esa mirada.

—Entiendo. ¿Dijo cuándo volvería? —Romano volvió a negar—. Al parecer estaremos sin petite frere por mucho, mucho tiempo.

—No sé cómo voy a explicarlo a mi jefe.

— ¿Qué piensas decirle?

—Le diré que Veneziano se dio un tiempo sabático. Espero que lo entienda.

—Hay que hacer el intento, ¿quieres que te acompañe?

—Si, por favor—dijo Romano, empezando a arrepentirse.

El edificio de gobierno estaba ajetreado como siempre. Romano entró seguido de Francia a su oficina. Ni bien apoyó su portafolio en su escritorio la secretaría del Primer Ministro, desde la puerta, lo estaba esperando.

—Signore Romano, el Primer Ministro le espera en su oficina de manera urgente.

—Enseguida voy.

—Debe ir solo—respondió ella al ver a Francia dispuesto a levantarse de su asiento.

Romano indicando con la cabeza que se quedara quieto y esperara se dirigió fuera de la oficina. Tocó la puerta suavemente, y una voz grave le dio el permiso de pasar. Romano, entró y vio a su jefe en la ventana, viendo el paisaje.

—Buon giorno, signore.

—Buon giorno, Romano.

—Signore, si estamos esperando a Veneziano el no vendrá, él...

—Lo sé.

— ¿Qué sabe signore?

—Solo sé que hoy en la mañana recibí una extraña carta. Firmada por Veneziano, en ella explicaba que por motivos personales debe darse un tiempo libre indefinido... —Dijo el hombre regresando a ver la mitad sur, sin esperar explicaciones continuó—. Solo que, me preguntó qué es lo que lo motivó a alejarse así de golpe.

—Es algo complicado, pero tenga la certeza que regresará en cuanto arregle sus motivos personales.

— ¿Qué fue lo que pasó? Me sorprende la actitud de Veneziano. A pesar de que su relación es bastante complicada jamás lo había sentido tan alejado. Romano te pido que me digas lo que ocurrió, puedo ayudar, sea lo que haya pasado no es tan grave.

—No debería pero... pues...lo que ocurrió... Veneziano...

— ¡Y quiero la verdad! —habló severamente.

— ¿La verdad?

—Sí, toda la verdad.

—Lo que pasó fue... —Romano contó brevemente lo ocurrido y no omitió detalles—...y como entenderá él está muy dolido por eso.

—Lo que le han hecho es terrible—dijo el primer Ministro desconcertado, pero en seguida añadió—, y creo que es mi deber hacer un llamado de atención a esas naciones.

—Le pido que no lo haga, eso le corresponderá a Veneziano.

—Por ese lado no puedo objetar pero... ¿Y qué tal un poco de tortura?

— ¿Tortura?

Alemania entró con el correo, revisó cada uno de los sobres, se encontró con cuentas, publicidad, y más tonterías; pero encontró un sobre sin remitente pero al ver la letra con su dirección supo reconocerla de inmediato; era la letra de Italia, abrió el sobre pero en lugar de una carta algo pesado calló en su mano, reconoció la cruz que hace años le había regalado, y con apuro tomó su celular y volvió a marcar. En lugar de esperar los pitidos de espera, se topó con el buzón directo, la voz robótica le decía que el buzón estaba lleno.

— ¿Oeste? ¿Por qué esa cara? —dijo Prusia saliendo de la cocina, en busca del periódico.

Alemania le mostró la cruz. Prusia palideció, la reconoció al instante, temeroso, tomó el objeto entre sus manos. De la nada parecía que ese peculiar trozo de metal pesara más que un piano de cola.

—Me la devolvió, Bruder.

— ¿Qué te dijo?

—Nada, me la envío por correo sin ningún mensaje adicional.

—Calma, esto debe ser un error.

— ¿Qué error? Uno no manda un regalo como este por correo, sin ninguna explicación más que la obvia.

—Oeste, escúchame. Debes esperar.

— ¿esperar? Por esperar, por hacerte caso, recibo esto, debí haberme quedado allá y disculparme en ese momento.

— ¿qué piensas hacer?

—Voy a buscarlo.

— ¡Espera un segundo! Él está dolido, muy dolido. Si llegas en ese estado no harás más que arruinar todo avance.

— ¡No me importa! ¡Lo obligaré a escucharme! Tiene que.

Alemania ya estaba saliendo de su casa cuando una llamada a su celular por parte de su secretaria lo detuvo en el marco de la puerta.

— ¿y ahora qué? ¿Era Veneziano?

—No, mi superior quiere verme de manera urgente.

Alemania se cambió enseguida, no desayunó y subió en su auto; manejó con brevedad, y de la misma forma entró a su oficina, el canciller estaba parada a un lado de su escritorio con una mirada de reproche.

—Alemania, cierra la puerta— El aludido obedeció, la mujer en frente le señaló un sofá, así que con tranquilidad se sentó en él—. Espero que tengas una idea del motivo de mi llamada Alemania.

—Si le soy sincero, desconozco los motivos por los cuales me ha citado aquí.

—Recibí una llamada, un tanto extraña por parte del Primer Ministro Italiano.

— ¿y qué es lo que le dijo? —dijo Alemania, tragando saliva y esperando que su culpa no se le notara.

—Se trata de Italia Norte, él al parecer ha sufrido un ataque personal.

— ¿Qué clase de ataque personal? —preguntó Estados Unidos mordiéndose la lengua nervioso. Al menos su presidente no se dio cuenta.

—Eso no lo detallo, pero como su amigo debes saber que el pobre está perdido.

— ¿Perdido? —preguntó Inglaterra aflojándose la corbata, disimulando en frente de su majestad y del primer ministro.

—Él se ha ido, lo están buscando con desesperación.

— ¿qué? —preguntó Canadá preocupado.

—No te preocupes, entenderé si quieres ayudar con la búsqueda, pero Italia Sur, prefiere mantenernos al corriente. Supongo que tendrá sus razones.

— ¿Quién más sabe de esto? —preguntó Canadá angustiándose.

—Tengo entendido que informaron a todos las naciones allegadas.

— ¿A todas?

—Sí Japón, a todas. Italia-san será un poco extravagante, pero este ataque preocupa a mí contraparte italiano y a mí también. Nadie quiere ser herido a ese nivel tan personal—dijo como regañando a su hijo quien peleó por tonterías con su mejor amigo en la escuela.

— ¿qué es lo que sugiere?

—Eso depende de ti, Japón. ¿Qué piensas hacer? Y eso debes pensarlo con detenimiento pues supongo que no quieres perder a un amigo; puedes retirarte.

—Gracias, si me disculpa.

Japón salió de inmediato del edificio de gobierno, y únicamente llevando lo que tenía encima, tomó el primer vuelo a Roma. Irónicamente se encontró con Alemania en el pasillo saliendo del edificio. Ambos tomaron un taxi, hacia la casa de Italia.

Francia estaba ayudando a Romano a asear un poco la casa. A pesar de que ambos apenas se toleraban, estaban pasando el tiempo en paz y armonía, se había formado una extraña relación entre ellos. ¿Una especie de tregua? ¿Quién sabe? Lo único que Francia sabía era que Romano estaba tan agotado con todo lo que estaba pasando que lo envío a recostarse al menos por un rato. Y como buena persona, decidió ayudar un poco en el aseo de la casa. Tiró toda la comida que había sido preparada para la fiesta de cumpleaños, y se preguntaba ¿por qué demonios no se quedó él ayudando arreglar la sorpresa? De haberlo hecho los hubiera detenido, porque como artista él también sabía lo que era poner toda tu energía en plasmar algo en un lienzo blanco. Y no, no era solo ponerle color y forma de algo; porque con cada pincelada, con cada capa de pintura, un pedazo del alma del artista siempre iba a parar en la pintura. Y por eso las obras más hermosas eran tan aclamadas; mientras se agachaba para limpiar la mancha de pasta del suelo, pensaba en todas esas pinturas: La Mona Lisa, La Venus, La Virgen de las rocas. ¡Maldición! Todas las obras que pensaba eran de Veneziano. Esos bastardos, un poco más y destruían el legado de grandes artistas.

Con la rabia de todo eso, logró limpiar la mancha seca del piso, al mismo tiempo que dos pares de pies entraban a la casa, sin anunciarse. Los reconoció de inmediato, así que no se molestó en alzar la mirada.

—Alemania, Japón ¿qué hacen aquí?

—Sumimasen, Francia-san, — empezó Japón con nerviosismo—. Vinimos para confirmar que Italia-Kun... que Italia-kun...

— ¿De verdad desapareció? —terminó Alemania impaciente.

—Se fue anoche. Dejó su celular y no sabemos a dónde fue ni tampoco por cuánto tiempo.

Francia se sentó y exprimió el trapo que estaba usando en un pequeño balde con agua a su izquierda.

— ¿Ya le avisaron a la Interpol? —preguntó un tercero.

Alemania y Japón regresaron a ver y vieron a Estados Unidos junto a Canadá recobrando el aliento.

—No—fue lo que dijo Francia, volviendo a agacharse para secar el agua jabonosa del piso.

—Debemos hacerlo de inmediato. —Volvió a repetir Estados Unidos.

—Puedo preguntar Amérique ¿por qué no usas a tus famosas agencias?

—Yo...

—Yo te diré porque no puedes—dijo Romano bajando las escaleras—. Y la razón es sencilla. Ninguno de ustedes se ha responsabilizado por lo que le hicieron a mi hermano, todos ustedes esperaron a que mi hermano fuera el que olvidara.

—Romano, estás siendo muy injusto con nosotros—dijo Canadá, dando un paso al frente—. Tal vez sea algo atrevido de mi parte pero al menos Japón y yo no tenemos la culpa en esto, solo fuimos involucrados por adhesión.

— ¡Bro! —dijo Estados Unidos sorprendido de que Canadá se lavara las manos así.

—Lo lamento, eres mi hermano, y te quiero. Pero ustedes fueron los que causaron esto. Si estoy aquí es para dejar claro eso, y tal vez hablar por Japón que, como siempre, no dirá lo que piensa.

—Y Pilato soltó a Barrabás—dijo Romano enojado.

—Canadá-san, disculpe pero usted no habla por mí—respondió Japón—. Yo pienso diferente, nosotros dos, somos tan culpables como ellos, por el simple hecho de no haberlos detenido.

El silencio después de eso fue acompañado por una ola de admiración a la nación asiática. Por primera vez Japón no solo expresaba su opinión sino que reprochó a Canadá, y este último se hizo notar y pudo dejar una huella en su personalidad aún desconocida para muchos.

—Sea lo que sea, su pecado fue haber tomado a la ligera los sentimientos de mi hermano—dijo Romano rompiendo finalmente el silencio.

—Si él no actuara de forma tan despreocupada, ninguno dudaría de sus sentimientos, —habló Alemania con un deje de frustración.

— ¿No te has preguntado por qué? —preguntó Francia parándose. Está pregunta, los tomó a todos por sorpresa—. Ninguno de ustedes se puso a pensar que tuviera alguna cara oculta, algo que le daba miedo mostrar. —Nadie respondió—. No, al parecer no.

—Pero cara oculta o no. No quita el hecho de que él se fue y puede estar pasándolo realmente mal, y que ustedes deben responsabilizarse de sus actos.

Una voz femenina se hizo notar, al igual que la presencia de varias auras enojadas. La temperatura de la entrada del lugar había subido por el mero hecho del enojo de los recién llegados. Romano no daba crédito a lo que veía, Hungría tenía a Prusia sujeto de la oreja, el cual estaba muy lastimado, el sartén en la mano derecha de la mujer seguramente tuvo algo que ver. A la izquierda de Prusia estaba Austria, y a su izquierda España, ambos al parecer habían peleado por algún motivo que tenían la cara lastimada, pero eso no iba al caso por el momento porque detrás estaban Polonia y Finlandia, los cuales no llevaban su despreocupada y apacible sonrisa sino más bien tenían una expresión de asesinato y destrucción.

— ¿qué hacen aquí? —preguntó Francia.

—Como que, recibimos un e-mail muy preocupante—comenzó Polonia.

—De parte de nuestros jefes—continúo Finlandia.

—En el decía que ciertas naciones habían atacado de una manera muy personal a Italia Veneziano—dijo Austria mirando de reojo a España y al resto con mirada acusatoria.

—Llamamos a Prusia y el muy amablemente nos puso al corriente.

— ¿Amablemente? —Se quejó el albino, soltando su oreja del cruel agarre de Hungría—. Me golpeaste con tu sartén hasta que hablara, maldita loca.

—Es lo menos que podía hacer, toma en cuenta que lo que hiciste no es ni la mitad del dolor que está sintiendo Italia.

—Esto no me lo esperaba; Veneziano, bastardo suertudo, tienes mucha suerte—susurró Romano para sí.

— ¿y bien? —Dijo Finlandia —Nos van a dejar pasar para arreglar esto ¿sí o no?

Y con esa orden, Romano los dejó pasar a todos. Romano y Francia entendieron que habría un juicio, un castigo y una búsqueda, no necesariamente en ese orden.