Buenas con todos los presentes (no sé en que hora me estes leyendo, puede ser tanto en la mañana como en la noche así que...)

Volví, sin compu nueva o mi vieja compu reparada, pero debo decirles que finalmente y gracias a la pandemia he logrado no solo terminar este humilde fic sino que voy a lograr publicarlo. Pero del resto de mis fics... es otra historia.

Antes de permitirles leer este fic, debo decirles algo muy importante, que es la introducción de dos OCs. Estos OCs, son únicamente relevantes para el desarrollo de Italia Veneziano como personaje, no suelo agregar ocs pero en está ocasión lo he decidido así. Al final daré más detalles sobre ellos.

Aparte de los OCs, Hetalia no me pertenece.

Disfruten su lectura.


Veneziano desembarcó en la última estación del tren, el pueblo que antaño estaba aislado de la ciudad lo sonreía con un ambiente relativamente moderno. Cafeterías con wifi, autos cruzando la calle, luz eléctrica en todos los edificios, mini markets, gasolineras. No era lo que recordaba, ni tampoco lo que quería, pero le agradaba volver; el aire del pueblo era distinto, el tiempo parecía correr tan lento que respirar al ritmo que lo hacía daba la impresión de ser un ladrón de algún tipo. Se dirigió a la pequeña estación de autobuses y compró el boleto del primer autobús que lo llevaría a su destino.

Mientras tanto, paseo por el pueblo: recorrió su plaza central, y miró por fuera la iglesia. Por algún motivo no entró a ella. No se sentía digno de hacerlo, por ahora. Aún tenía a la mano el paquete de pasta que Romano le había dado, con animosidad se lo dio al primer anciano que se encontraba fuera de la iglesia. Continúo recorriendo el pueblo, vio los rostros de las personas que paseaban por el lugar, años atrás todo el mundo lo hubiera saludado, pero ahora que nadie le reconocía se sentía en un feliz anonimato, y ese simple hecho le beneficiaba en ese momento.

Llegó la hora de marcharse, subió al aún vacío autobús y se sentó en la última fila, al lado de la ventana. Mientras el autobús avanzaba por el polvoriento camino, vio pasar autos y animales de carga, y entre más distancia se recorría más desolado se veía el lugar, donde la naturaleza salvaje se fundía con los cultivos de las pequeñas granjas. Fue al atardecer cuando paró en la penúltima parada. Descendió del autobús, y este se fue dejando una estela de polvo por el camino, esto hizo que el sabor a tierra le dominara la boca. A su derecha, por dónde había venido, estaba oscureciendo; a su izquierda la carretera continuaba pero ya estaba oscuro como para ver algo más de cinco metros. Pero no se dirigía a ninguna de las dos direcciones. Tomó su maleta, y camino hacia adelante.

Detrás de la parada había un pequeño camino de tierra, siguió por varios kilómetros; entre más se adentraba más oscuro se tornaba no es que hubiera ninguna diferencia con caminar a oscuras por la ciudad en dirección a su casa, después de quedarse hasta tarde en la oficina, y Romano le quitara el auto. Pero no había tiempo de recordar al egoísta de su hermano. Atravesó un pequeño bosquecillo, y en cuanto salió de él finalmente vio un poco de luz. Y no, no era la luz de las luciérnagas, el campo estaba muy tranquilo, todos los animales al parecer se habían ido a dormir, todos a excepción de los mosquitos, pero eso por ahora no importaba. Se dirigió a la fuente de la luz que lo recibía: una pequeña cabaña, se divisaba a la distancia. Aunque agradecía la luz, le pareció extraño que tuviera las luces encendidas, y recordó que él fue el que instaló luz eléctrica hace tres cuartos de siglo atrás, pero no esperaba encontrarse con que la cabaña siguiera habitada, había contratado a una pareja que se hiciera cargo años atrás pero suponía que ambos habían fallecido ya.

Atravesó la pequeña verja que separaba el jardín del campo, varios perros empezaron a ladrar, no le importó si se acercaban curiosos a olerlo, gruñirle o intentar morderle; sin embargo los animales se acercaron a él moviéndole la cola, contentos de verlo, todos parecían muy bien alimentados y sanos, lo que confirmaba su idea de que la cabaña estaba habitada con buenas personas. Al no haber timbre, buscó entre sus bolsillos la llave de la cabaña, en cuanto estaba frente a la puerta de entrada. Justo cuando encontró lo que buscaba en las profundidades de su pantalón, la puerta se abrió de golpe iluminando unos 3 metros tras de él, lo que pudo ver fue el cañón oscuro de una escopeta antigua apuntándole la cara. Raro en él, no se movió ni un solo centímetro y mantuvo una mirada estoica al arma.

Antes de que pudiera disculparse e inventar una excusa, su atacante, lentamente, bajó el arma. Veneziano distinguió a un anciano con bigote y cabellos blancos como la nieve; su rostro estaba enmarcado por anteojos bastante gruesos sobre sus ojos. Detrás de él estaba una mujer de al parecer la misma edad, con el cabello largo atado en una trenza y, al igual que su marido, blanco; ambos rostros estaban surcados con profundas arrugas, y marcas propias de la vejez.

¿Signore Veneziano? —Dijeron ambos ancianos al mismo tiempo.

Veneziano no sabía quiénes eran estas personas, o porque lo conocían. Pero su expresión cambió al ver que los ancianos sonreían contentos.

— ¡Signore Veneziano! De haber sabido que vendría hubiéramos tenido un banquete listo. Pase, pase, total es su casa.

El anciano tomó la muñeca de Veneziano, y lo jaló hacia dentro, cerrando la puerta en cuanto hubiera terminado de cruzar el umbral. La mujer se alejó de su marido y corrió directo hacía el fondo de la casa, donde Veneziano reconoció era la cocina. Con la luz y la calidez de la cabaña, Veneziano pudo reconocer a las dos personas frente a él.

—Un momento... ¿Gina? ¿Mariolino? —Preguntó asombrado.

—Oh, signore Veneziano. Nos alegra volver a verlo—dijo la mujer saliendo de la cocina con un plato de minestrone—. Hace tiempo que no lo veíamos, venga siéntese, debe tener hambre.

—50 años precisamente, recuerdo perfectamente, la última vez que vino fue en el 69, vimos juntos las noticias de ese lanzamiento del cohete al espacio ¿se acuerda? —dijo el hombre sentándose en frente.

—Sí, si me acuerdo. Pero no creo que haya sido tanto tiempo, ustedes, parecen que no tuvieran más de 58 años—respondió Veneziano a manera de cumplido.

—Oh, signore, no diga eso. Cumplimos 91 años recientemente—dijo la mujer evitándose sonrojarse.

—Sea honesto signore, la momia de mi esposa podría creerse bonita y es capaz de irse a buscar hombres de 60.

El hombre, Mariolino, recibió un coscorrón por parte de su esposa. Y este se refregó la cabeza sonriendo. Veneziano recordó sus peleas, y su forma extrañamente peculiar de profesarse afecto, y a la vez se preguntaba porque no podía tener una relación bonita como esa, ellos habían sido mejores amigos desde bebés, y terminaron casándose en el 45, un año después fueron bendecidos con un bebé, que envidia que les tenía.

— ¿Se siente bien signore? —Preguntó Gina—, no ha probado el minestrone, ¿no es de su agrado?

—No es nada, Gina. De seguro está delicioso...

—Pues no se ve tan bien—dijo Mariolino, reflexionando, viéndolo decaído—. ¿Qué lo trae aquí? No ha venido en 50 años, y aparece así de golpe... ¿está todo bien en Roma?

—Sí, todo bien. Seguramente oyen las noticias, así que sabrán lo que pasa.

—Pero hay algo más ¿no es verdad? —preguntó Gina empezando a preocuparse.

—Es un asunto personal, necesito un tiempo para mí, es todo—respondió Veneziano secamente.

Comenzó a comer el minestrone con fingido gusto, y no era porque no estaba delicioso porque de verdad que lo estaba, solo era toda esa rabia que lo acompañaba; el mal humor le impedía disfrutarlo.

Los dos ancianos, se miraron. Entendieron que algo había pasado. Su experiencia les decía que debían callar, por el momento.

—Esta es su casa, signore, puede hacer y deshacer lo que quiera—respondió Mariolino.

—Ya sabe que estamos para servirle. ¿Qué tenemos que hacer?

Veneziano sonrió— primero que nada, dejen de llamarme "signore" me hacen ver viejo.

— ¿y qué no lo es? —Dijo Mariolino, y al instante recibió una palmada en el hombro por parte de su esposa—. Oh vamos, digo el signore estudió arte con el mismo DaVinci.

—Eso no va al caso—respondió su mujer, y volviéndose con una sonrisa preguntó, — ¿cómo debemos llamarlo entonces?

—De ahora en adelante llámenme, Feliciano. Y frente a los demás soy su nieto.

—Ahora es nuestro nieto, hace 50 años era nuestro hijo, y hace 70 años nuestro amigo, como cambian las cosas.

—No haga caso al idiota de mi marido—dijo la mujer sonriendo mientras pellizcaba el brazo a su esposo— ¿y qué más?

—Sí, la última cosa más. No quiero que nadie se entere que estoy aquí. Si alguien viene a buscarme niegan mi existencia. ¿Estamos?

—Ni siquiera...

— ¡NADIE!

Los ancianos se preocuparon por la última respuesta pero asintieron serviciales, y asustados. Veneziano notó esto, y se arrepintió después. No quería desquitarse con ellos.

—Lo lamento, me exalté un poco.

—Tranquilo, iré a prepararle la habitación.

—Mientras, le traeré un buen vino, ya verá que los viñedos de por aquí siguen siendo excelentes.

Mariolino le sirvió a Veneziano una copa de su mejor vino, para entonces la sopa ya había sido reemplazada por un buen plato de pasta. Fue ahí que Veneziano se enteró de los destinos de muchas personas conocidas suyas del pueblo. Como nación estaba acostumbrado, a perder personas amigas sin siquiera saberlo. Pero con ellos era un poco diferente, más que conocidos, y una simple amistad era una relación de una hermandad tal que, no sabía cómo explicarlo era como si todo el pueblo fuera una gran familia, una muy extraña y disfuncional familia, pero todos se respetaban entre ellos. Los empezaba a extrañar.

Mientras en la habitación principal del segundo piso. Gina tendía la cama con las sábanas planchadas, las frazadas perfumadas, y el fino cobertor con el delicado patrón en tonos azules. El equipaje fue vaciado, planchado, y guardado en el pequeño armario; sobre la cómoda un florero con las flores nacionales, dos portarretratos con fotografías a blanco y negro, a ambos lados de las flores.

—La habitación está lista, Feliciano.

—Gracias Gina, creo que subiré ahora.

—Que descanse, lo veremos mañana en el desayuno.

Feliciano, entró en la habitación, sin encender la luz, y sonrió complacido. Gina lo conocía demasiado bien para que tuviera esta clase de atenciones. El olor de las flores frescas y las frazadas perfumadas lo llevaban a un tiempo en el que todo era más sencillo, y pacífico. Abrió las cortinas y se deleitó con el maravilloso cielo nocturno, la luna había salido a reinar la noche, desplazando un poco a su vieja amiga, la oscuridad. Vio el camino por donde había venido, a la distancia en donde estaba parecía que no había caminado casi nada. La carretera apenas se divisaba, y casi ningún automóvil paseaba a esta hora. Se desvistió con calma, y con cada prenda tirada en el piso, sentía un peso menos en su vida. Se dispuso a guardar su reloj, y la cadena con la cruz de Alemania pero al sentir su cuello vacío empezó a levantar todo, cuando de súbito recordó lo que había hecho con ella.

Sintiéndose como un completo estúpido regresó a ver a la cómoda, y junto al florero vio dos portarretratos, uno era él y su hermano en 1887, cuando la fotografía era un invento novedoso, y poco habitual en esa época. Ambos se habían vestido muy elegantes. Analizó la fotografía, su rostro estaba surcado con una sonrisa, pero la de Romano...no quiso indagar más, colocó boca abajo el portarretrato. La otra era una fotografía oficial de Alemania, Japón y él en su aniversario. Las caras serias de Japón y Alemania eran opacadas por su sonrisa, hizo lo mismo con la anterior, dejó su reloj a un lado y se recostó en la cama.

Veneziano despertó con el sol en la cara, se acomodó en otra posición bloqueando el astro y se quedó ahí, mirando a un punto imaginario en la pared. Lo que el creyó que eran unos minutos fueron varias horas, lo supo porque Gina tocaba su puerta.

—Feliciano, el almuerzo está listo. ¿Quiere darse una ducha antes?

—No, Gina. Enseguida bajo.

Feliciano se levantó, se puso unos pantalones de tela cómodos una camiseta que encontró por ahí, y después de medio asearse en su baño privado, bajó a almorzar.

—Buenas tardes, dormilón. Sí que te diste un gusto, ya es medio día—dijo Mariolino al recibirlo, agitando su sombrero a su sudorosa cara.

—Sí, al parecer estaba muy cansado—respondió Feliciano sentándose, pero luego añadió—. Por cierto, Mariolino, ¿de dónde vienes? Te encuentras todo sudado.

—Del huerto, Feliciano. Los tomates y las uvas necesitan cuidados muy especiales.

— ¿El huerto? No hablaras de mi huerto—dijo Feliciano asombrado—, el huerto que inicie en el 47, y que nunca me creció nada. ¿Hablas de ese huerto?

—Sí, Gina y yo hemos estado trabajando en él. Y ahora tenemos muchas plantas que atender.

—Tenemos suficiente comida para casi todo el año, solo salimos al pueblo los domingos a la misa y para comprar lo que no podemos producir aquí.

—Eso es genial, pero...

—sí, en teoría somos muy viejos para seguir trabajando en eso. Pero tenemos que ocuparnos en algo, además nos da para comer, y el invierno descansamos de eso.

—no me parece bien que lo hagan. La siguiente vez que vayas avísame para acompañarte.

—No creo que... —Mariolino paró cuando vio que el gesto de su mujer le impedía continuar la frase—. Si usted lo desea así, pues le iré a despertar.

—Aquí tiene Feliciano, pasta al pomodoro.

—Se ve deliciosa.

A diferencia de la noche anterior Veneziano comió con gusto. La comida de Gina siempre había sido buena. Poco se habló en la mesa, Gina y Mariolino no tenían que conversar más de lo hablado por la noche en su habitación, se habían preocupado por el extraño comportamiento de Veneziano así que decidieron complacerlo en todo, y si él lo deseaba podrían saber exactamente qué fue lo que pasó, así podrían ayudarlo. Así que por el momento solo disfrutarían del buen ánimo del día de hoy.

—Feliciano, mañana es domingo, ¿quiere venir al pueblo? —preguntó Gina.

—Sí, tengo ganas de ver la iglesia.

—Lo único que ha cambiado es el sacerdote, lástima que Don Camilo ya no esté.

—Que Dios lo tenga en su gloria.

—Sí, bendito cura, nunca nadie podrá igualarlo. Era el único que se atrevió a oponerse públicamente al alcalde comunista, y con metralleta en mano.

—Sí, y los demás bocazas comunistas, amigos del alcalde, eran los que corrían primero. Recuerdo que cierta persona, que no estoy viendo y que no está sentado en esta mesa comiendo pasta al pomodoro, llegó sin ceja porque Don Camilo se la arrancó de un manotazo.

Mariolino se atragantó con la pasta que estaba comiendo, sintió muy directa esa indirecta de su mujer. Cuando joven él había pertenecido al partido comunista de su pueblo, y fue en esa época que vio a una Gina mujer, y ya no niña como la recordaba. Habían huido a la semana, y fue el alcalde comunista, y el cura quienes los casaron después. Y por esa razón defendería esa parte de su vida.

—Ese cura era peligroso dando piñas. —respondió Mariolino, defendiendo su posición al partido que había pertenecido en su juventud muy decidido.

—Feliciano, él y usted eran buenos amigos ¿verdad? —preguntó Gina.

Veneziano no quería pensar en eso por el momento, así que cambio de tema— ¿haremos compras mañana?

—sí, tenemos que comprar muchas cosas.

—Bien, mañana voy a hacer una llamada por teléfono después de la misa, y haremos las compras y volveremos a casa.

—Como usted diga, Feliciano.

— ¿por qué no vamos al río a pasar la tarde?, el clima está agradable—propuso Mariolino levantándose de pronto.

—Estaría bien.

El río Po, ese río que marca su existencia, que irriga a la gran mayoría de su territorio, y desemboca en un gran delta al Sur de Venecia. Este río era tan él, como la misma ciudad. Eso pensaba Veneziano mientras miraba el horizonte, ya cerca al anochecer. Gina había preparado unos ricos bocadillos para la salida. Mariolino, llevó sus viejas cañas de pescar. La tarde pasó con aparente normalidad; no pescó nada, y no fue por falta de esfuerzo. Poco se habló. En otros tiempos él hubiera hablado hasta por los codos, pero ahora le faltaban los ánimos para todo. Y por más que sus acompañantes lo intentaran el no dijo más de una palabra que no fuera absolutamente necesaria. Al anochecer, los ancianos recogieron todas las cosas y se adelantaron por el camino, dejándolo solo por un momento.

Ese hermoso paisaje, Veneziano lo contempló en silencio, hasta que el frío le hizo darse cuenta de que había anochecido, y debía volver. La luna, le hizo el favor de iluminarlo hasta llegar a su casa.


Gracias por tenerme paciencia, les publicaré el siguiente capítulo después de este.

Por favor no se olviden de dejarme sus comentarios y sugerencias que así me ayudan mucho a mejorar.

Ahora una breve acotación de los ocs: Estos personajes (Gina y Mariolino) están basados en personajes preexistentes de una serie de novelas italianas conocida como: El pequeño mundo de Don Camilo. En donde en un pequeño pueblo como el que he descrito aquí, un sacerdote le hace frente al alcalde comunista en el año de 1946 y siguientes. Oirán seguido el nombre de Don Camilo y referencias a este universo en los capítulos, pero no lo considero un crossover porque estos personajes solo están basados en esta saga mas no son exactamente iguales.