Hola todos ¿Cómo están? Espero que bien, cuidense mucho con esta situación. No salgan de casa a menos que sea absolutamente necesarios, y eso sí BIEN protegidos.
Sin más que añadir, Hetalia no me pertenece.
Disfruten su lectura.
Austria bajó del tren seguido del resto de naciones. Romano, se sentía un completo idiota. ¿Cómo no se le ocurrió? Veneziano sentía especial cariño por este lugar, era completamente obvio que el vendría para este sitio.
— ¿Qué es este lugar? —Preguntó Hungría
—Un pueblo—contestó Austria.
—Eso lo podemos ver, pero creo que Hungría se refiere más bien a cómo es que tú sabes de este lugar.
Austria emitió un pequeño suspiro. —Durante la primera guerra mundial, yo me había enojado mucho con Italia por haberme traicionado, así que lo seguí y vine a parar aquí, mi idea inicial era enfrentarlo.
— ¿Enfrentarlo? ¿Tú? —preguntó Estados Unidos sorprendido.
—Sí, en ese entonces nuestra relación no iba bien.
— ¿Y cuándo lo ha sido? —preguntó España sarcástico.
Austria le miró resentido.
— ¿Y qué pasó, Austria-san? —preguntó Japón de la nada esperando que no se pusieran a pelear otra vez.
—Yo creí que Italia iba a ponerse a llorar, disculparse y obviamente regresar a mí lado de la guerra. Sin embargo...digamos que... los habitantes de este pueblo no dejaron que él se doblegara por mi presencia, en especial el joven mecánico, y el cura recién salido del seminario. A la final recibí una merecida paliza.
Todos enmudecieron, nadie sabía si creerlo o no.
—No importa si no me creen, solo tómenlo a consideración con lo que está pasando. Todo esto pasó porque a la final, ninguno de ustedes conoce a Italia lo suficiente y ahora que le causaron tanto daño van a estar igual como yo lo estuve hace un siglo.
Los afectados directos tragaron saliva. Austria los condujo por el pueblo hasta la estación de autobuses. Intentaron ser lo más discretos posible, pero su apariencia física no estaba ayudando mucho. La gente se paraba de la nada a verlos pasar, no obstante nadie se atrevía a hablar con ellos directamente. Al entrar en la estación, Austria se sintió finalmente a salvo de tanto mirón en la calle, Romano fue quien pidió los boletos ya que el Italiano de Austria era muy básico. Esperaron varias horas sin salir del lugar.
En cuanto llegó la hora subieron al autobús, Japón sacó su cámara digital y documentó cada segundo del camino, le admiró saber que todavía quedaban estos espacios naturales casi intactos por el hombre. Después de ver que su batería llegaría al mínimo, Japón dejó de grabar y junto con el resto bajó del autobús en una parada en medio de la nada.
— ¿Estás seguro que es aquí? —Preguntó Alemania sacando su GPS de su mochila—. El GPS no recibe ninguna señal.
—Sí, de que es está parada, es está parada.
— ¿Pero? —Dijo Prusia—. Conociéndote, debe haber un pero a la frase.
—No recuerdo exactamente cuál era el camino.
— ¿qué camino? —Preguntó Estados Unidos viendo el horizonte—. Solo hay árboles. No se ve nada más a la redonda.
—Creo que es este pequeño sendero—dijo Romano
Todos observaron con detenimiento la veta de tierra angosta que se introducía por el campo hasta esa pequeña arboleda; Romano sin dar explicaciones avanzó por el camino, Austria no estaba seguro pero al no ver más opciones lo siguió, al igual que el resto.
Japón tenía un cargador portátil enchufado a su cámara, le parecía todo tan maravilloso y exótico que no podía dejar de conservarlo para la posteridad.
Después de atravesar el pequeño bosquecillo, Romano y Austria pararon a pocos metros de una casa, una muy linda casa típica de la región con las paredes de blanco, y el, un muy poco común, techo celeste, jardineras en las ventanas de ambos pisos, y un balcón a su lado izquierdo, un patio lleno de flores y una cerca de madera alrededor de esta.
En el jardín, estaba una anciana sacando la mala hierba. Romano se acercó, y el resto en silencio detrás de él.
—Buon giorno—dijo Romano a la mujer.
Ella le regresó a ver y en seguida se puso de pie, acercándose lo más posible a la reja del jardín, sin salir de este—. Signore Romano, ¿qué está haciendo aquí?
— ¿Te conoce? —preguntó Francia asombrado.
—No, no que yo sepa.
—Cómo no lo voy a conocer—dijo la mujer en frente, acercándose con una sonrisa en su rostro—. Fue usted quien me vendió unas semillas de tomates amarillos en el invierno de 1947.
—La única vez que cultive tomates amarillos fue porque... ¿Gina?
—Ya recuerda quién soy—dijo contenta—. ¿Quién lo acompaña? —Gina miró a los recién llegados y reconoció a algunas caras.
—Signore Austria es un honor volverlo a ver.
—Lo mismo digo Gina, es una sorpresa para mí verte.
—Seguramente esperaba que haya estirado la pata, es normal. Pero a mis 91 años aún estoy rondando.
—Nos dimos cuenta—dijeron Romano y Austria sorprendidos de la vitalidad de dicha mujer.
Gina siguió observando al resto de personas, pero se acercó a dos en especial, que aunque no conocía formalmente deseaba saludarlos personalmente.
—Usted debe de ser el Signore Alemania, y usted el Signore Japón. Es un honor finalmente conocerlos.
—El placer es nuestro, pero ¿cómo nos conoce?—contestó Alemania, mientras veía de reojo a Japón que tenía la misma cara sorprendida que él.
—Il signore Veneziano ha hablado mucho de ustedes. Sin mencionar que los tiene en una fotografía en su habitación.
Alemania y Japón se sintieron muy aludidos al oír eso. Romano, en cambio, tenía prisa.
—Justamente por eso hemos venido Gina, ¿qué sabes de mi hermano? ¿Él está aquí?
Gina activó su alarma, —No signore Romano, no lo hemos visto desde el 69.
—En ese caso no te molestará hacernos pasar, para ver esos tomates—pidió Romano, mientras acercaba la mano a la puerta de la cerca.
Gina con una velocidad poco conocida, sostuvo con fuerza la puerta y cerró con llave. La orden de Veneziano fue no dar información de su paradero a nadie, y eso incluía a estos visitantes.
—Él está aquí. ¿Verdad Gina?
—No sé de qué habla signore Romano, pero está casa es de su hermano, y tengo órdenes de únicamente atender a los invitados con previa anunciación.
— ¿Desde cuándo eres tan estricta? —preguntó Romano empezando a enojarse—. ¡Déjanos pasar!
—no, lo siento mucho, no puedo.
—Gina, soy Italia sur. ¡Te ordeno que me dejes pasar! —dijo Romano autoritario.
Esa táctica siempre le había funcionado, ninguna persona había dudado en atenderlo o acatar sus órdenes. Pero Gina no era cualquiera.
—Estoy al corriente de eso Signore Romano.
Romano sonrió complacido, al igual que la mujer, la cual se agachó ligeramente a uno de los arbustos como buscando algo, y de un rosal sacó un rifle, y lo apuntó a la mitad de la frente de Romano. Alemania y el resto dieron un paso atrás. América en un instinto sacó su revolver 9mm y apuntó a la mujer.
— ¡FREEZE!
Pero la mujer no vaciló, continuó apuntando a Romano con el rifle.
— ¿qué significa esto? —dijo Romano nervioso, alzando los brazos en un vago intento de decirle a la mujer que no quería lastimarla.
—Señora, sea lo que esté planeando baje el arma. —advirtió Estados Unidos al ver que la mujer no cedía.
—Oh, signore Romano. A diferencia de mi marido, yo seguí muy fielmente lo que el sacerdote de mi juventud me enseñó. Así que se lo diré amablemente, regrese por donde vino en paz, y no le dispararé en la frente.
—Gina, no entiendo.
—No lo diré otra vez, señora, baje el arma—volvió a repetir Estados Unidos sin éxito.
— ¡Entienda! —Gritó la mujer—. Yo solo obedezco órdenes.
—Gina, vas a arruinar lo poco que te queda de vida, si me disparas caerán terribles consecuencias.
—Eso es verdad señora, hágale caso—afirmó Estados Unidos.
—Valdría la pena. —A todas las naciones se les heló la sangre—. Sé que no puede morir, así que no tendría culpa en dispararle, signore, cualquiera de ellos podría extraerle la bala con un tenedor y aun así no moriría. Sin embargo, jovencito—dijo dirigiéndose a Estados Unidos—. No sé si ya tienes manchadas las manos con sangre, pero te atreverías a dispararme ¿a mí? Una tierna anciana inofensiva en una casa aislada en el campo, en un territorio que no es el tuyo. Eso me suena a crimen. ¿No te parece?
Estados Unidos empezó a temblar, la mujer tenía todas para ganar; aun en alerta, con los nervios y músculos tensados Estados Unidos bajó lentamente su 9mm. Pero no se la enfundó. Si esa mujer intentaba algo al menos él no sería el primero en disparar.
— ¿Lo ve signore Romano? Hasta el joven lo entiende. No me haga gastar balas y váyase.
—Gina, solo quiero ver a mi hermano. Sé que lo quieres, y que respetas su autoridad, pero debes hacerme caso a mí también. Soy tu nación, y debes obedecerme. Baja el arma, y déjanos pasar.
Gina disparó. La bala rozó centímetros del cabello de Romano, y atravesó el aire entre el mínimo espacio que había entre las cabezas de Prusia y Hungría, quienes al sentir la ráfaga de aire causada, empezaron a sudar frío. La bala se impactó en un árbol a la derecha del sendero por donde habían venido.
— ¡Sé que es mi nación! —Habló Gina en el tono que usan las madres cuando sus hijos ya no entienden explicaciones—. Pero se le olvida algo fundamental, —Gina hizo una pausa y tomó aire—. ¡ESTO ES EL NORTE, Y USTED NO TIENE JURISDICCIÓN AQUÍ!
— ¿de qué está hablando? —susurró Canadá a nadie en específico.
—Sé que usted es Roma, Nápoles, Sicilia, y digamos que incluso puede ser la Toscana. Pero este es el Valle del Po, y aquí el único que manda...
— ¡Soy yo!
Gina regresó a ver y Veneziano había aparecido por la parte de atrás, Mariolino llevaba otro rifle en sus manos, listo para reaccionar. Los perros gruñían y ladraban a las naciones fuera de la casa, rodeaban a Veneziano como si bastara un signo de este para que se lanzaran a atacar. Alemania y Japón temieron por sus vidas cuando los ojos asesinos de Veneziano se posaron sobre ellos. Canadá y Estados Unidos se congelaron en su posición, a pesar de las innumerables atrocidades que este último había visto, nada se comparaba con esa aura de odio puro que emitía la "inútil" nación en frente. Austria, Prusia y Hungría retrocedieron instintivamente. España, se había acercado a Romano, ahora sin la amenaza de Gina podría defenderlo al menos eso esperaba. Polonia y Finlandia se vieron las caras, su rostro de indiferencia era algo poco común, como si ya hubieran visto esa expresión antes. Francia se hizo bolita, se tapó los oídos e intentó no ponerse a llorar.
Veneziano arrancaba las malezas en el huerto, Mariolino lo había despertado al alba para iniciar el trabajo, cosecharían zanahorias el día siguiente, y quería deshacerse primero de lo no comestible para tener una cosecha más rápida. Ninguno de los dos había hablado en el transcurso del día. Y Mariolino no iba a presionar; el día anterior había visto la expresión preocupada de su esposa, dirigida a su inmortal amigo. Al llegar a casa, Veneziano se encerró en su habitación y no salió hasta la hora de cenar. En ese transcurso Gina puso al corriente a su esposo.
Y ahora ahí estaban sentados en la tierra arrancando las malezas, en completo silencio. Llegó un punto que el silencio para Veneziano era ya insoportable.
— ¿Mariolino?
—Sí, Feliciano. ¿Quiere tomar un descanso?
Veneziano negó con la cabeza. —Sé que ya sabes la razón por la que estoy aquí.
— ¿La sé?
—Mariolino, sé que Gina te contó. No tienes que fingir que no sabes nada.
—La verdad no sé nada, porque usted no me ha dicho nada. Solo escuché lo que escuchó mi esposa. No suelen gustarme los chismes.
Veneziano sonrió apenas. — ¿Quieres que te lo cuente?
— ¿De verdad quiere contarme?
Veneziano asintió. —Lo que pasó fue que mis amigos destruyeron mi estudio, arrasaron con todas mis pinturas.
—Lo lamento. ¿Qué dijeron ellos?
Veneziano emitió un suspiro. —No les he dado la oportunidad de explicarse.
— ¿y por qué no?
—Porque no quiero oírlo.
— ¿No quiere saberlo? Yo de usted hubiera encerrado a los culpables, los hubiera torturado y exigido la verdad. Tal como lo hacía el viejo Don Camilo.
—No puedo actuar como él, aunque quisiera, siempre término perdonando a la gente que me hace tanto daño, y sigo dejando que me pisoteen de todas las formas posibles. Quisiera que por una vez los demás me vieran y no vieran una burla.
—La burla es de ellos por tratarlo así. Le apuesto todo este campo a que si un día usted llega a portarse como lo hacen con usted, no durarían ni un solo minuto y se arrastrarían a sus pies pidiendo perdón.
—Eso no va a pasar. Todo volverá a ser como siempre ha sido. Es como el ebrio con resaca que dice que no volverá a beber.
—Feliciano, sé que está dolido pero escuche el consejo de este viejo: Escúchelos, y luego decida. Tienen derecho a disculparse con usted, y es usted quien decide darles el perdón.
—Lo intentaré, pero por ahora no quiero ver a nadie. Siento que sí los viera yo...
De pronto los perros empezaron a gruñir.
—Fido, Oso, ¿qué pasa? —dijo Mariolino a los perros aun sabiendo que estos animales no pueden hablar.
Veneziano los calmó, y se dirigió hacia donde estaba Gina, y escuchó la voz de Romano, y vio como este pedía a la mujer dejarlo entrar. Vio como Gina acataba y respetaba su orden de no dar información y mucho menos dejar pasar a alguien a la propiedad. Entonces escuchó a Romano usar su autoridad como nación, y ordenaba a Gina a cumplir su voluntad.
Veneziano se quedó estático al ver que Gina sacaba un arma de alto calibre de uno de los arbustos. Regresó a ver mirando a Mariolino, pero descubrió que el anciano no estaba a su lado; Gina continúo defendiendo su posición, su lealtad a él. Hace mucho tiempo que alguien seguía sus instrucciones al pie de la letra, alguien que fuera capaz de defenderlo. Recordó ahí que a pesar de que Alemania lo fuera a rescatar, y que lo defendiera de las demás naciones durante la guerra, nunca lo defendió así. De la nada entendió porque no quería ver a sus amigos, en realidad se había vuelto tan indefenso que defenderse por sí solo le aterraba. Ahora que no tenía a nadie a quien acudir, era tiempo de que se plantara en su puesto y empezara a alzar la voz. Ya estaba harto de ser un tapete.
Romano no tenía nada que hacer ahí. Eso le lleno de una fuerza que pensaba perdida. Mariolino regresó con un rifle en las manos. Al mismo tiempo Gina disparó, fallando a propósito. Veneziano luego escuchó lo siguiente:
—Sé que usted es Roma, Nápoles, Sicilia, y digamos que incluso puede ser la Toscana. Pero este es el Valle del Po, y aquí el único que manda...
— ¡Soy yo! —dijo Veneziano saliendo de su escondite, parándose frente a todos sus amigos. Observó sus expresiones, esto sería algo nuevo que no olvidaría—. Gina, baja el arma y entra a la casa junto a tu marido—dijo suavemente a la mujer, pero lo suficientemente alto para que Mariolino lo escuchará también.
—Como usted ordene—Gina se retiró con su esposo, cerraron la puerta de entrada.
Ambos ancianos se quedaron cerca a la puerta por si su señor necesitaba ayuda. Mientras tanto ninguna de las naciones emitió sonido alguno. Fue Veneziano quien cortó el silencio, sin embargo no se redujo la tensión entre ellos.
— ¿Qué están haciendo ustedes aquí?
¿Les gustó? Espero que sí. Por favor no se olviden de dejarme sus comentarios, críticas y sugerencias en un pm que así me ayudan a mejorar.
