Hola a todos ¿cómo están? Espero que muy bien, en especial de salud.
Antes que nada me debo disculpar por la larga espera, yo no he estado de humor para acercarme a la computadora. Espero que me sepan disculpar con la anexión de este fic, el cual continuare publicando el siguiente capítulo para la siguiente semana.
Hetalia no me pertenece
Disfruten su lectura.
Ya en el hostal, Romano quien intentó pedir las habitaciones fue detenido por Mariolino, quien le extendía una carta de instrucciones al gerente del establecimiento. Veneziano tal vez ya no era del todo conocido en la región pero una pequeña mención de su nombre era suficiente para que la gente se pusiera a trabajar bajo sus órdenes. Romano no tenía nada que reprocharle, el hacía exactamente lo mismo en su territorio.
Así fue como Japón y Romano fueron los únicos que tuvieron acceso a una habitación individual. Estados Unidos, Canadá, Polonia, Finlandia, Prusia, Alemania, España y Francia obtuvieron habitaciones dobles, en ese orden; mientras que la habitación con cama matrimonial le fue dada a Austria y Hungría. Ninguno de ellos sabía si las habitaciones fueron asignadas con buena voluntad o con rabia contenida, porque a ciertas personas no les agradó la idea de compartir. España y Hungría no estaban felices con el resultado del día. Ellos habían esperado otro tipo de desenlace, uno en el que volvían a Roma con un sonriente Veneziano rogando por un buen plato de Pasta cada cinco minutos.
Después de que cenaran una exquisita cena, cada quien se retiró a su dormitorio a descansar, una tarea actualmente imposible.
Alemania miraba a Prusia buscar un canal en la televisión donde pasaran algo más interesante que programas de moda y de cocina, finalmente encontró un canal de deportes con un noticiario exponiendo el resumen de la semana. Prusia, a pesar de que no entendía nada, decidió prestarle atención a la pantalla, y sentándose en el filo de la cama empezó a desvestirse para descansar.
— ¿Cómo puedes estar tan tranquilo, Bruder?
—No lo estoy, Oeste. Pero no puedo angustiarme todo el tiempo.
Alemania iba a responder algo cuando la puerta sonó con tres suaves golpes. El rubio haciéndole una seña a Prusia de que se quedara quieto fue abrir, en la puerta estaba Japón.
—Lamento molestar Alemania-san. ¿Podemos hablar un minuto por favor?
—Claro Japón—dijo Alemania saliendo del cuarto, y dirigiéndose a su hermano, — regresaré en un rato— cerrando la puerta tras de sí.
Japón lo condujo hasta su habitación donde no tendrían oídos ni ojos que los vigilaran. Se sentaron en uno de los costados de la cama dirigiéndose a la única ventana, y se dedicaron a ver la luz de los postes.
— ¿Qué vamos hacer ahora, Alemania-san?
—La verdad, no lo sé. —Alemania emitió un suspiro intranquilo.
—Alemania-san, estaba pensando en escribirle una carta a la semana, tal vez así vea que nosotros seguimos interesados en él.
—Es una gran idea Japón, pero...
— ¿pero? —dijo el Japonés un poco alterado. —No podemos dudar ahora Alemania-san. Italia-kun por naturaleza no es una persona solitaria, él nos perdonara si le hacemos ver que...
— ¿Hacerle ver qué, Japón? —Dijo Alemania de manera sombría— Italia no quiere saber nada de nosotros, por más que le escribamos él... lo más posible es que destruya las cartas, no revise los mails, y que nos bloquee en las redes sociales.
—Aun así seguiré intentando.
—Es inútil, Japón, déjalo así.
—Italia-kun jamás me ha abandonado, y si mi memoria no me falla a usted NUNCA lo ha dejado solo. ¿POR QUÉ DEBERÍA HACERLO YO O USTED AHORA? —Respondió parándose y enfrentándose al alemán.
—Japón...
—Él nos ha mostrado en diferentes ocasiones que ser fuertes no necesariamente es saber pelear, o resolver problemas, ni mucho menos llevar bien los estándares.
—Y creo que eso justamente es lo que nos ha separado el día de hoy.
—No lo entiendo—dijo Japón volviéndose a sentar.
—Si fuera como el resto, si no fuera tan diferente podríamos saber exactamente qué hacer. Pero no, desde que lo conocemos ninguno de los dos sabe cómo actuará. Me desespera... —Alemania se lanzó hacia atrás acostándose en la cama de su amigo.
—Ninguno de los tres es como el resto Alemania-san. Italia-kun respondía a cada uno de nosotros de diferente manera pero guardando su esencia.
—Quisiera haberle dicho que estaba en lo correcto en estar enojado con nosotros, y que nos lo merecemos, pero que no por eso debemos dejar de ser amigos, en lugar de eso metí más la pata, y dije que no quería verlo "molesto" — se levantó y encaró a Japón con un poco de rubor en las mejillas. — Por cierto gracias por ayudarme, nunca fui bueno con las palabras afectivas.
—Usted sabe que yo tampoco lo soy, pero me di cuenta por la expresión de Italia-kun que si no intervenía hubiera sido peor.
Alemania y Japón quedaron en silencio, hasta que el campanario de la iglesia marcó las 11pm; devolviéndoles a la realidad.
— ¿Qué vamos hacer?
—No sé.
Romano, caminaba por la habitación, la tarde de hoy le dejó varios mensajes ocultos que intentaba descifrar. Pero no sabía por dónde empezar. Sabía que no podía resolverlo solo, así que salió de la habitación y fue a la que estaba a su derecha, toco levemente y entró sin esperar respuesta, dentro Francia y España estaban ya acomodados, en sus respectivas camas, para dormir. España al ver a Romano sonrió.
—Roma~ ¿no puedes dormir?
— ¿no es obvio eso?
—creo que todos estamos así— comentó Francia.
—Seguramente a Francia no le molestará cambiar de habitación—dijo España mirando a Francia con ojos de cordero degollado.
Francia no le molestaba, se estaba levantando ya, y justo cuando se iba a quitar las cobijas de encima, Romano lo detuvo con una bomba.
—De hecho, quiero hablar a solas con Francia un rato. ¿Te molesta ir a mi habitación España?
España no creyó escuchar lo que la boca de Romano había dicho. A decir verdad, Francia también sintió una especie de escalofrío, regresó a ver y la mirada de España iba desde Romano a su persona.
—Solo serán unos minutos—insistió Romano.
—Sí, claro. Estaré en la sala de estar del corredor, por si me necesitan.
España salió lenta y pesadamente de la cama, se puso sus pantuflas y se dirigió a la puerta, al verlo Romano añadió:
—Ve a mi cuarto, estarás más cómodo.
Pero la puerta ya había cerrada, con un ligero portazo. Romano no perdió más tiempo, se sentó en la cama de Francia, y viéndolo directamente a los ojos inició.
— ¿A qué crees que se refería Gina con lo de que esto no es mi territorio; Y eso de que yo siempre he sido Italia no lo comprendo?
Francia suspiró —Romano, no sé si yo tenga las respuestas a esas preguntas, considero que debes reflexionarlas tú mismo.
—Y ya lo hice pero quiero una segunda opinión.
—De acuerdo. ¿Qué conclusión sacaste de tu primera pregunta?
—Bueno, Vene y yo siempre hemos dejado en claro quién gobierna que territorio. Roma siempre ha estado bajo mi mando, y todo el resto al sur. Pero siempre creí que Vene era únicamente Venecia y...bueno creí que al anexarla al territorio continental Vene se apoderó de esos territorios, por añadidura.
—Romano, Veneziano siempre abarcó los territorios de Roma para el norte; sus dos sedes, por así decirlo, siempre fueron Venecia y Florencia. Sé que la separación del abuelo Roma no fue la mejor decisión del mundo pero los ayudo en su soberanía, al menos eso es lo que supongo.
—Está bien eso lo entiendo ahora. Pero... yo siempre he sido llamado Romano, ¿por qué ahora me dice que siempre fui Italia, cuando él siempre ha cargado ese título?
—Romano, te recuerdo que tu nombre completo es Italia Romano. También te recuerdo que fue tu apatía juvenil la que hizo que no te dieras a conocer en las juntas, y por ende Veneziano fue el cual al ver tu disgusto tomó la posta, aun cuando Austria lo pisoteaba en la espalda, el siempre vio tu bienestar. Sabía de sobra que no te gustaba trabajar.
—Pudo habérmelo dicho, y me hubiera interesado.
— ¿y estás seguro que no lo intentó? Siempre fuiste muy difícil de tratar y muy...
—Anda dilo yo era muy qué... ¿malhumorado?
—Iba a decir mimado. Pero eso no es tu culpa sino de... bueno, ¿qué piensas hacer ahora?
—Trabajar ¿Qué más puedo hacer?
Romano posó su mirada en sus manos, llenas de callos desarrollados a partir de los combates y horas de labranza en el campo. No creía estar preparado para dicha tarea al menos no solo.
—No pongas esa cara—dijo Francia alzándole la quijada para que lo volviera a mirar, sonrió cariñoso. —Para que lo sepas supe de cierto señorito que Veneziano sabe de lo que eres capaz, y por eso no duda en tu éxito.
— ¿en serio?
—Lo juro.
Romano sonrió como nunca antes lo había hecho, y al mismo tiempo Francia tuvo una mezcla entre un escalofrío y una calidez extraña en su interior.
—Bien, gracias. Dejaré que España entre a la habitación.
Y con eso Romano se levantó de la cama y se dirigió a la salida, pero antes de abrir la puerta regresó a ver al rubio. Francia lo vio dubitativo.
— ¿qué ocurre?
—puedo...ya sabes este... ¿llamarte?
—Las veces y a la hora que quieras.
A Romano se le volvió a iluminar el rostro. —Gracias—y de inmediato, — pero solo será para que me des algunos consejos, no pienses que te estoy proponiendo otra cosa.
—Jamás lo haría, no eres mi tipo mon cher.
—A Dios gracias.
Romano salió de la habitación y vio a España sentado en el sillón de la sala de estar ojeando una revista.
—Ya puedes volver a la habitación, España—dijo desde la puerta y sin esperar respuesta se dirigió a su habitación.
España lanzó la revista a la mesa con bastante fuerza, se levantó y con pasos pesados y secos entró de nuevo a la habitación. Francia lo esperaba con la luz aún encendida, y listo para entablar una conversación, no obstante España cerró la puerta, apagó la luz, y se acostó dándole la espalda.
— ¿estás enojado?
— ¡Buenas noches!
—España por favor, no tú también, —España gruñó desde su cama. —De acuerdo, solo te diré que no es mi culpa que Romano crea que soy mejor en esto. Preferiría que te pidiera ayuda a ti. Oh vamos ni siquiera sé porque viene a mí.
—Yo sí sé. Y es obvio, eres mejor que yo dando consejos, pero me fastidia que me lo quites así.
—Yo no te lo estoy quitando.
—Desde que todo esto empezó he notado que Romano se ha comunicado más contigo, que conmigo.
— Él no se ha comunicado conmigo.
— ¿así? Entonces, porque cuando Veneziano se fue, fuiste el primero en llegar.
—De acuerdo, sí. Me llamó a mí, pero yo no sabía que no te había llamado.
—Así empieza ¿no? Luego estarás comiendo en su casa, y preparando barbacoas en su jardín, y yo me enteraré por las fotos que subirán a Instagram.
—Eso no va a... —de pronto Francia se calló, y entendió el trasfondo de todo esto—. España, ¿acaso tú estás celoso?
— ¿Yo celoso de ti?—España se levantó y encendió la lámpara de la habitación—. Por supuesto que no.
—Qué bueno porque no tienes motivo, yo no quiero a Romano.
— ¿Y por qué no? Es un gran chico.
—Lo sé. Pero simplemente no me gusta su tipo de afecto. En cambio para ti es perfecto ¿verdad?
—Bueno yo... pero qué dices, no seas tonto.
España tomó su almohada y le dio un golpe a Francia quien empezó a reír, y a la vez Francia se levantó y le devolvió el golpe. Fue una batalla de almohadas relativamente corta. Después de unos minutos, España estaba sentado en la cama de Francia viendo como él recogía las plumas que se escaparon de su propia almohada.
—Lo siento, Francia. Todo lo que está pasando me tiene los sentimientos a flor de piel.
—Lo sé, todos estamos así. ¿Quién diría que Petite frere tuviera tanta influencia?
—Creo que él nos ha mantenido en un equilibrio emocional.
—Sí, creo lo mismo.
—Lo siento de nuevo.
—Oye tranquilo, sé que Romano siempre va a ti por consejos, pero tú no puedes ayudarlo con Veneziano, por el mero hecho que no lo conoces.
—Tu tampoco, Francia.
—Sí, yo tampoco.
En la habitación del frente Austria y Hungría se comportaban como la pareja de divorciados que eran. Mientras Hungría se daba una ducha, Austria se cambiaba y dejaba su ropa toda desorganizada sobre una silla, luego se acomodó en la cama y encendió las luces de las lámparas de las mesas de noche después de apagar las luces del techo. Luego tomó un pequeño libro que había comprado en la estación del tren y se puso a leer.
Después de 15 minutos Hungría salió de la ducha con su pijama puesta. Y se sentó en el otro extremo de la cama, refunfuñaba.
— ¿Qué te pasa? —preguntó Austria sin levantar la mirada del libro que estaba leyendo.
—No lo entiendo, ¿qué le pasa al pequeño Italia?
—Una no es pequeño, segundo, él está enojado, eso es todo.
—Pero no puede simplemente no perdonarlos, eso es ridículo; mi niño perfecto no lo haría.
—Tercero, él no es tu niño perfecto.
—No digo que es perfecto en la forma literal. Me refiero a que yo no críe a un niño rencoroso y huraño.
—Hungría—dijo Austria cerrando su libro y encarando a su exmujer—. Creo que es hora de que ambos aceptemos que hicimos un pésimo trabajo con Veneziano.
—Tú por su puesto, pero ¿yo?
—Tu negativa no me sorprende, es verdad que yo fui un completo tirano con él, pero tú también debes cargar con esta culpa.
— ¿y yo por qué? Jamás le levanté un solo dedo. Ambos nos divertíamos mucho, como cuando le ponía mis vestidos.
—Ahí, está. ¿Alguna vez le preguntaste si le gustaba ponerse esos vestidos?
—Él era feliz usándolos. —Austria le sostuvo la mirada e incluso alzo una ceja—, de acuerdo, sí, tal vez jamás le pregunté si se divertía usándolos. Pero hablando de vestimenta tú no eres un inocente tampoco.
—No niego, que lo haya obligado a usar ese uniforme de maid durante siglos, pero te recuerdo que yo nunca pensé que Veneziano era varón, hasta que fue demasiado tarde. Y obviamente luego me rectifiqué y lo vestí conforme a su edad y género.
—Me alegra que lo recuerdes, pero sigo sin entender en que supuestamente me equivoqué. Aparte de imponerle que usara mi ropa.
Austria suspiró —Hungría, tú siempre has sido muy fiel hacia mí.
—Es verdad.
—Pero...
— ¿Pero? No sospecharas que Prusia y yo tuvimos algo que ver.
—Sé que no, pero a lo que iba es ¿cuándo has demostrado ser fiel a Veneziano?
—Siempre le he sido fiel—dijo Hungría confundida— ¡Explícate!
—Hungría, si hubieras sido fiel a Veneziano, lo hubieras defendido de mis constantes abusos.
—Insinúas que yo no... —Hungría se levantó de la cama irritada— Eso es muy bajo de tu parte, en ese entonces era muy normal.
—Y dale la burra al trigo—murmuró Austria saliendo de la cama, más desesperado todavía porque la mujer en frente no captaba el mensaje, se paró frente a ella poniendo siempre la cama de por medio, así podría huir si se diera el caso—. No me refiero a si hice bien o mal en golpearlo, solo digo que jamás defendiste a Veneziano, o le diste ánimo en esos momentos que más lo necesitaba, siempre me estabas apoyando a mí en todo ¿pero y él?; lo único que hacías fue divertirte a sus expensas.
—Veneziano sabe perfectamente que no es así.
— ¿Lo sabe de verdad? —Hungría dudo—. No lo sabe, y es porque jamás le demostraste algo que no sea una especie de burla o chiste, no digo que no le hayas dado cariño, pero cuando más lo necesitaba no le diste nada. Ahora él está molesto con todo el mundo porque se dio cuenta de esos detalles enterrados en el pasado, y que afloraron con este terrible incidente.
—Y qué si fuera verdad—replicó Hungría a la defensiva—. Prusia y yo solíamos ser así de niños y míranos estamos bien.
—No es así, Hungría. Primero que nada no puedes comparar tu relación con Prusia con la de Veneziano, son cosas totalmente diferentes. Si tan solo fueras y le preguntaras a Veneziano qué es lo que sentía te aseguró que te sorprenderás con la respuesta.
— ¿Y tú ya te disculpaste? Claro me echas la culpa a mí y tú te bañas por poco en agua bendita.
—No te estoy echando la culpa, ni mucho menos, solo digo que deja de tomar los sentimientos de tu supuesto pequeño niño perfecto a la ligera.
—Sabes qué, ya estoy cansada de esto. Hoy ha sido un día muy complicado, lo único que quiero es dormir en paz. ¿Estamos de acuerdo?
—De acuerdo.
En extraña coordinación ambos se volvieron a meter a la cama, Hungría apago la luz de su mesa y se dio la vuelta para dormir. Austria tomó su libro y continúo con la lectura. Pero de la nada Hungría, aun despierta dijo:
—Lo único que veo aquí, es que tú justificas un comportamiento ajeno a Veneziano.
—Se acabó.
Austria se levantó tirando las cobijas, tomó su almohada su libro y salió de la habitación. Hungría lo miró desde su posición sin decirle más. El aristócrata entró en la habitación de Prusia y Alemania. Prusia quien seguía viendo embelesado el resumen deportivo de la semana, vio a Austria entrar y antes de que pudiera preguntar, Austria se acostó a su lado en la cama, y continúo leyendo el libro.
—Es una de esas noches donde ella está realmente imposible—dijo Austria antes de que Prusia dijera algo al respecto—. Baja el volumen que quiero leer.
Prusia dio un suspiro—Si tú lo dices, total es tu ex esposa.
Polonia y Finlandia escucharon toda la discusión de Austria y Hungría desde su habitación. Ambos ya estaban acostados en la cama, con las cobijas puestas y con las luces apagadas; mas ninguno dormía, se habían dedicado a mirar el techo sin razón alguna. Luego comenzaron los gritos de los divorciados, y cuando finalmente se callaron Finlandia comentó:
— ¿Cómo le hizo para soportar eso? Yo no hubiera podido.
—Hizo lo mismo que nosotros, como que solo se puso una máscara y aguanto los golpes.
—Ahora la máscara se rompió. Y no sabe qué hacer.
—Te digo algo—dijo Polonia regresando a ver al finlandés—. Como que lo admiro, quisiera haber hecho eso hace mucho tiempo.
— ¿Qué te detiene?
—Como que tal vez, yo ya he perdonado todo, y solo quiero olvidarlo.
—Sí, entiendo el sentimiento. Anda intentemos descansar.
—Dime que cuando todo este arreglado, nos vengaremos de ellos.
—No te preocupes sea que se arregle o no, todos está navidad recibirán carbón.
Polonia sonrió malicioso en la oscuridad— ¡Eres malvado! Como que por eso me caes tan bien.
Finlandia rio—Lo sé, pero es mejor que nadie se entere.
Estados Unidos veía como su hermano menor dormía profundamente. Hubiera querido decirle que no tenía el derecho a no dormir tan tranquilamente, pero si lo hacía de qué hubiera servido. De nada. Canadá no tenía nada de culpa en todo esto, más bien era una especie de víctima. El único culpable era él y solo él. Sería la primera vez en toda su vida que no lograba su cometido. Se había acostumbrado tanto a obtener lo que quería que nunca visualizó la posibilidad de que en algún momento alguien se negara a aceptar su palabra. Con todos estos sentimientos rondándole por la cabeza, de alguna forma, se quedó dormido y sus sueños lo atormentaron con la culpa.
Al día siguiente todos regresaron a Roma. Y de ahí, a sus respectivas casas. Todos empezaron con la cuenta regresiva, solo faltaban 364 días para que todo eso terminara. Será una larga espera.
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