Hola todos ¿cómo están? Espero que muy bie, y reitero que por favor se cuiden mucho en estos tiempos pandémicos que corren.
Les traigo el siguiente capítulo donde hondaré en la relacion con la nueva oc, espero les guste, y si no, bueno lo arreglaré después. (Inserte risa malvada aquí).
Hetalia no me pertenece
Disfruten su lectura
Veneziano, había salido a cenar con Beatrice su relación estaba bien hasta ahora.
Todo comenzó un domingo en el curso de arte, habían salido con los niños a orillas del Po a pintar el paisaje. Algunos niños sacaron sus acuarelas, otros crayones algunos preferían el carboncillo, y muy pocos se atrevían a pintar con óleo todavía. Beatrice, se había portado maliciosa, y había traído un caballete para Veneziano. Lo armó y le jaló del brazo cuando aún estaba explicándole a una pequeña como darle profundidad a lo que quería dibujar; lo puso frente al lienzo, le entregó un pincel y una paleta con varios colores.
Beatrice le dio un beso en la mejilla, unas palmaditas en la espalda y se fue a su labor de profesora.
Veneziano vio el lienzo blanco, y luego a su alrededor. ¿Qué hacer? Su mano le estaba temblando, y su vista se fijó en el horizonte. Veía los rostros de sus amigos destrozando sus pinturas en su habitación, disfrutando, burlándose. Cerró los ojos, e intentó borrar esas imágenes. El ambiente se le volvió negro, oscuro, frío, denso. Podía sentir su alma avanzar por esa oscuridad, densa, pesada, le costaba respirar. Pero de la nada, escuchó una voz. Abrió los ojos y vio a Beatrice a su derecha, lo sujetaba de la muñeca, y miraba su lienzo un poco preocupado.
— ¿Todavía estás enojado con tus amigos?
— ¿por qué lo dices?
Beatrice señaló el lienzo. Al verlo Veneziano vio que había garabatos de colores fuertes, mostrando ira, resentimiento, odio. Una obra de arte abstracto bastante impresionante. Pero no era la intención de Veneziano. Beatrice le volvió a dar un beso en la mejilla y sacó el lienzo del caballete.
— ¿Feliciano, quieres ir a la playa mañana?
—Pues yo...
—Sabes qué, mejor vamos esta tarde. Avísale a tus abuelos, solo serán tres días. Te prestaré mi teléfono.
Veneziano llamó a Gina y le avisó que estaría fuera del pueblo unos días. Mariolino y Gina insistieron en que pasara por casa para que se llevara una pequeña maleta y se abasteciera de dinero. Sin embargo, Beatrice habló con los ancianos y les aseguró que eso estaría cubierto. Partieron en cuanto los niños se fueron a sus casas, Beatrice manejó por las carreteras a una pequeña playa, no muy turística en las costas del mar adriático. Llegaron poco después de que se ocultara el sol. Un pequeño hostal cerca a la playa, una sola habitación.
Durmieron espalda con espalda, al inicio. Con el pasar de las horas y de manera inconsciente, Veneziano volvió a sus viejas costumbres de abrazar a la persona con la que este durmiendo. Lo hacía con Japón, con Alemania, con Romano y con Hungría. Beatrice sintió como un brazo se paseaba por debajo de su almohada acomodándola relativamente mejor. El otro brazo se paseó sobre su vientre y poco a poco la fue jalando para atrás. Beatrice se dio la vuelta y se acomodó bajo el mentón de Veneziano.
Ya se imaginaran el susto de Veneziano al despertar. No gritó pero tornándose rojo de la vergüenza se levantó de golpe, despertando a su compañera. Al hacerlo cayó de espaldas al piso, golpeándose la cabeza y quedando con los pies sobre el colchón. Beatrice lo miraba desde la cama riéndose divertida.
—Muy graciosa—dijo Veneziano levantándose con dificultad, aun teniendo los pies sobre la cama.
—Buon giorno, mio caro. Ponte tu traje de baño y bajemos a desayunar.
—Te recuerdo que no tengo maleta.
—Au contraire, mon amour. Como le dije a tus abuelos tengo todo resuelto.
Beatrice se levantó del otro lado de la cama, mientras Veneziano bajaba sus piernas de la cama y se levantaba finalmente del suelo. La mujer le extendió una bolsa de tela con una camiseta un traje de baño, y una pantaloneta. Nada que él no hubiera usado antes, Beatrice se metió en el baño y cerró con llave dándole todo la privacidad para que se cambiara.
Veneziano esperó a que ella saliera, sabía de buena fuente que las mujeres se tardaban mucho en arreglarse, con ciertas excepciones. Y esa excepción era Hungría, del todo el tiempo que le conocía ella solo se ponía el vestido encima, se cepillaba el cabello y muy raras veces se colocaba maquillaje sobre su rostro, siendo por lo general usada en reuniones muy, pero muy importantes. Cuando terminó de vestirse le recordó a una de las tranquilas mañanas de su infancia, en una de esas cuando Austria y España tenían que hablar de acuerdos y cosas así; y para que España no se quejara Austria solía viajar de vez en cuando a Madrid. Y precisamente en uno de esos días que tocaba viajar a Madrid, Hungría se había vestido y arreglado, con maquillaje incluido en 30 minutos exactos, incluso le ayudó a vestirse en esa terrible época donde aún debía usar vestido. Poco recordaba del viaje, lo que si recordaba era el drama. Austria, quien no se decidía en que ponerse ni que desayunar. Hungría le tuvo mucha paciencia. Como siempre la había tenido. Pero llegaron tarde, muy tarde. Lo que no era bueno para la diplomacia.
Su tren de pensamientos llegó a la estación cuando Beatrice le puso una mano sobre su hombro y le indicó la puerta, ella usaba un vestido ligero de playa de color amarillo. Tomó un bolso pequeño y salieron a desayunar.
Veneziano no entendía que iban a hacer, que ver, ni mucho menos sabía que era lo que debía decir en estos momentos.
—No te preocupes, sabrás porque te he traído aquí dentro de poco—dijo Beatrice mostrando una sabiduría que él solo había visto en China o en Japón.
Asintió y continúo desayunando. Salieron a la playa, caminaron por todo el largo de la misma en la caliente arena, que era refrescada por la tibia marea del mar adriático. Se sentaron en unas rocas, en un sitio bastante alejado de la gente y vieron la marea subir y bajar.
—Mi padre dice que si vas en una lancha hacia esa dirección llegas a Venecia, —dijo Beatrice señalando una dirección hacia la izquierda—, y si sigues en línea recta, estás en Croacia. El mundo es muy pequeño.
—No tienes ni idea—murmuró Veneziano sonriendo.
— ¿dijiste algo?
—Sí, ¿para qué me has traído aquí?
—Te conozco muy poco, apenas unas pocas semanas. Pero quisiera ayudarte a salir de esa rabia que tienes acumulada.
Veneziano la miró algo escéptico —, ¿Cómo piensas hacerlo?
—Bueno, no soy psicóloga ni nada por el estilo pero... podemos intentar varias cosas—Beatrice sacó una libreta de su bolso y revisó una lista—, podemos intentar meditando.
—Cómo quieras... —Veneziano se sentó en la arena, cruzó las piernas y cerró los ojos, después de un rato medio abrió uno—. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Pues, supongo que pones la mente en blanco, y piensas en los que conoces, lo importante, lo no importante, y lo que ha pasado.
—De acuerdo... —Veneziano volvió a cerrar los ojos y respiró profundamente.
Beatrice esperó en silencio, fijándose en la marea que subía y de vez en cuando regresaba a ver a su compañero. Después de unos minutos, Beatrice empezó a aburrirse y preguntarse si lo había logrado. Le habían indicado que si no se tenía mucha práctica era mejor solo meditar unos pocos minutos.
—Feli~ ¿estás bien? —dijo mientras le tocaba el hombro, pero al hacerlo Feliciano cayó de costado y empezó a roncar—. ¡FELICIANO!
— ¿¡QUÉ!? —dijo al levantarse asustado.
Beatrice lo hizo del cuello de la camiseta que llevaba puesto y lo zarandeo con fuerza.
— ¡Tomate esto enserio quieres! —Después de darle una reprimenda, volvió a consultar su libreta—. Bien, si la meditación no funciona, intentemos el grito.
— ¿Grito?
—Grita, piensa en todo ese odio y expúlsalo en un fuerte y sonoro grito, dirígelo hacia el horizonte.
—Pero...
—Vamos nadie viene por este lado de la playa.
—De acuerdo... —Se levantó encaró al mar, tomo aire, llenó todos sus pulmones y—... ¡AHHHHHH!
La naturaleza calló y un guardia metropolitano se acercó corriendo y derribó a Veneziano de la nada, apretó la cara en la arena ya le estaba poniendo las esposas cuando Beatrice intervino.
—No está haciendo nada malo.
—No defienda a un abusivo, la escuché gritar a 3 kilómetros.
Veneziano intentó hablar, una palabra y podría zafarse de esa situación
—El que estaba gritando es él. Es una terapia de grito.
— ¿Eh?
Costó 20 minutos en explicarle al oficial de policía que su visita era terapéutica y que solo estaban botando al mar las malas energías. Y que no le había tocado de ninguna forma abusiva. Además señaló que si lo continuaba presionando contra la arena lo iba a asfixiar. Al darse cuenta del uso excesivo de la fuerza el hombre se levantó y Veneziano agradeció volver a llenar sus pulmones de aire, tosió un poco para recuperar el aliento; se sacudió la cara, en especial su barba para quitarse la arena.
—En ese caso ¿usted es su psicóloga?
—No exactamente—respondió Veneziano entre respiros.
— ¿Qué es este señor para usted señorita? —dijo el oficial ignorando por completo a Veneziano y dando toda a su atención a Beatrice.
— ¿Señor?
Para Veneziano era normal que lo llamen señor en su trabajo y asuntos diplomáticos por el respeto que los humanos sienten al conocer a los representantes de cada país, e inclusive entre naciones que todavía no se tienen demasiada confianza. Incluso los niños solían llamarlo señor por desconocimiento y todo eso. Pero que un sujeto que no conocía, primero lo ignore y use ese título de forma despectiva, señalándolo como un viejo pervertido y luego empiece a coquetear con su compañera la cual había pasado por algo peor hace apenas unas semanas atrás. No le gustó para nada. NADA.
— ¿Y bien?
—Él es mi novio.
El sujeto no estaba muy convencido, Beatrice ya no sabía qué hacer, pero Veneziano sí. La abrazó por detrás, le tomó de la barbilla muy delicadamente y la volvió a dar un beso. Y por unos segundos sus ojos se fijaron en la mirada del agente quien entendiendo la situación, se disculpó por el malentendido y se fue. Aunque no tenía nada que ver la mirada asesina que Veneziano le sostuvo mientras besaba a Beatrice. No para nada.
Beatrice se sintió bastante complacida al ser besada por Veneziano. Siempre que la besaba, por lo general a escondidas, hacía que le dieran escalofríos y sintiera las piernas como gelatina y una vez sintió que su vista se iluminaba y miraba el paraíso. Así que se quedó ahí parada viendo al oficial alejarse mientras saboreaba el sabor de Veneziano remanente en su boca. Cuando ya no vio a nadie en el horizonte, regresó a ver a su compañero que se había sentado en la arena mirando al mar.
—Eh...Feli, tómalo por el lado divertido ¿quién iba a creer que gritas como una mujer? —Feliciano la miró molesto—. Es decir, no digo que las mujeres no sepamos gritar, esto... sí, lo admito sonó muy machista de mi parte. Lo lamento, parece que todo lo que intentamos no funciona.
Feliciano le hizo un gesto para que se sentara a su lado, y echando un suspiro confesó, —mi grito siempre había sido un símbolo de cobardía.
—No te veo como un cobarde, Feli.
—Es porque no me conocías antes.
— ¿y qué? Lo que eres ahora es lo que cuenta. Me vas salvando ya dos veces, a estas alturas no voy a poder devolverte lo que has hecho por mí.
—No quiero que me pagues, — pero luego comenzó a pensar que tal vez Beatrice estuviera con él solo por agradecimiento—. Los amigos no se deben nada, somos amigos ¿verdad?
—Se ve claramente que no me escuchas Feli—dijo ella fingiendo enojarse.
—Siempre te he escuchado Bea.
— ¿qué dije cuando vino el oficial?
—Que era tu novio. ¿Ves? Te hago caso.
— ¿Y eso no te dice nada?
—Mi lógica diría que soy tu... ¿eh?
Esa expresión a Beatrice no le gustó. — ¿Qué clase de expresión es esa? ¿Si sabes lo que haces conmigo?
— ¿Ve~?
Veneziano se sorprendió de escuchar que su típica expresión haya salido de su boca después de casi siete meses de ausencia. Eso al menos pensaba mientras Beatriz se le echaba encima desesperada, arrojándolo sobre la arena.
—Me besas a cada momento y en todas partes. Me proteges de todo, me cocinas y me cantas. Si eso no es tener una relación amorosa yo no... ¿Qué, mierda, somos?
Beatriz estaba con los ojos bien abiertos mirándolo fijamente, esperando una respuesta. Veneziano respiró profundamente. En todos sus años de existencia en la tierra jamás había estado en esa situación, pero recordaba vagamente haberlo visto y escuchado de otras personas.
—Yo...temo hacerte daño—dijo lo primero que se le vino a la mente sin saber si era lo correcto de decir.
—Ya te dije que no eres un cobarde, yo tampoco lo soy. Sé que eres un poco complicado y siento que me guardas muchos secretos pero quiero que compartas conmigo. Por...
—No, no pidas por favor, ninguna mujer que he conocido ha llegado a esos extremos por cualquier hombre. Y no merezco esas súplicas
— ¿entonces qué quieres que haga?
—Podemos intentarlo.
— ¿Qué?
Y ahí estaban en la habitación de hotel sin nada encima más que su piel. Veneziano estaba actuando un poco tímido en esta ocasión, el estar desnudo nunca le había importunado, y tampoco le importaba a quien le hubiera disgustado su presencia de esa forma. Pero ahora se sentía impuro, mientras que ella era la perfección divina.
Ay mis queridos amigos, aquí es donde todos decimos, pero Veneziano lo que sientes ahora no es justificado, eso le hiciste sentir al pobre de Sacro Imperio Romano. Y de seguro que él se está burlando de ti desde el cielo por portarte así.
Beatrice notó su inconformidad y se acercó a él.
— ¿Nervioso?
— ¿Te burlarías de mí si digo que sí?
—No—dijo ella dándole un beso rápido en los labios— ¿Quieres que sea yo la que avance o lastimaría tu hombría?
—Adelante.
Francia, quien esa noche estaba en su casa tratando de sobrellevar los terribles 39° que se cargaba el verano, decidió abrir las ventanas de su adorado hogar y dejar la casa en la completa oscuridad para evitar que la luz atrajese a los indeseables mosquitos; fue aquí en esa noche calurosa el acostado en su cama, durmiendo, que soñó algo que para él era impensable, lo hacía agitarse en la cama hasta llegar al punto de caerse de la misma.
— ¡Auch! —Se quejó sobándose la cabeza después de tremendo golpe—. Pero que sueño para más extraño, debo dejar de ver esas cosas con Prusia y Alemania.
—Mon frere, ¿qué ocurrió? —preguntó Mónaco entrando a su habitación con su bata de cama mostrándose un poco preocupada.
—Perdón si te desperté Mónaco, tuve un sueño muy raro— dijo levantándose y sentándose en su cama.
— ¿De qué se trataba?
—No te lo pienso decir, sería muy feo que lo escucharas.
—bueno era una de esas cosas pervertidas entonces...
—Mónaco... —Francia lanzó un suspiro—pues sí, para que te voy a mentir, pero el protagonista ni siquiera era yo, sino petite frere.
Mónaco rio, tanta gracia le causaba que se ahogaba de la risa, cuando finalmente lo hizo pudo volver a tomar la palabra, cabe recalcar que Francia no le encontraba el chiste, por algún extraño motivo.
—Buena broma, muy buena.
—Mónaco. Es en serio lo que te digo, soñé con eso.
— ¿Y era con un chico o una chica?
—Con... ¿para qué te sigo contando si te seguirás riendo?
—Bueno, está bien, no te enojes Frere. Solo toma en cuenta que tu "supuestamente" le enseñaste todo eso ¿no deberías sentirte orgulloso?
—No porque era un sueño.
—Punto a tu favor en eso—dijo ella burlándose de él a su manera—. Me voy a dormir, y ponle control parental a tus sueños.
— ¡MÓNACO! —Dijo Francia lanzándole una de sus almohadas, pero ella había logrado esquivarla—. Merde—se acostó sobre las sábanas y miró al techo pensativo— ¿Y si ahora resulta que es cierto? No voy a aguantar la curiosidad por 5 meses.
A la mañana siguiente Veneziano se levantó con el sol, a eso de las 5 de la mañana del aún predominante verano. La brisa del mar entraba por la habitación refrescándola. El amanecer estaba divino, mas no tanto como su compañera aún dormida a su lado. Su cabello obscuro estaba esparcido por todo el colchón cubriendo partes de su cuerpo, dándole ese aire de sirena acostada en la playa; por inercia la cubrió con la sábana y se levantó sin despertarla. Se vistió con la misma ropa del día anterior, y salió de la habitación.
Beatrice se despertó con calma, estirándose en la cama, se sorprendió al ver que no estaba su compañero a su lado, pero no le dio mucha importancia porque intuía donde estaba. Se dio la vuelta y se sentó en el colchón. Retomando en su cuerpo todas las sensaciones que habían despertado, en lugares que no sabía que se podían estimular así. En todas sus experiencias previas jamás alguien la había hecho derretirse. Así que con mucha alegría se levantó de la cama y se dio aseo para buscar la fuente de su felicidad. Después de caminar por la playa finalmente lo vio donde estaban el día anterior.
—Me alegra verte aquí, mio caro.
—Buon giorno principessa del mare.
—Veo que nuestro round de ayer te ha ayudado.
— ¿por qué lo dices?
—Es una linda pintura, amore.
Veneziano había llevado los suplementos de arte abandonados en el portaequipaje del auto, y llevados a la orilla del mar, y ahí había retratado a una hermosa sirena nadando en el fondo del mar. Beatrice le besó en el cuello, y se lo llevó a desayunar. Y de inmediato Veneziano empacó todo y se la llevó de regreso al pueblo, o el padre de su dama lo mataría despacio y muy doloroso.
Así pasaron el resto del verano todo eran cariños, besos y buenos, lindos y candentes momentos. A Mariolino y Gina les encantó el cambio de humor que Veneziano presentaba en toda su presencia, aunque su apariencia física seguía descuidada.
Sin embargo una tarde empezó a hacer frío, el clima estaba cambiando rápido y el otoño es una estación de cambio bastante espiritual.
—Feliciano—dijo Gina mientras le servía un café—, me estaba preguntando sobre usted y la señorita Beatrice.
— ¿Qué quieres preguntar ahora mujer?
Habló el anciano sentándose del otro lado de Veneziano tomando un puñado de bocadillos, siendo golpeado por su esposa en la mano, obligándolo a soltarlos.
— ¿qué ocurre Gina? —Preguntó Veneziano—, creí que Beatrice te caía bien.
—No me malentienda Feliciano, la chica es un amor.
—Y si me permites agregar en tu nombre—interrumpió su esposo—. Si fuéramos sus abuelos de verdad, nos gustaría que ella se volviera su esposa.
— ¿pero?
—Pero usted es una nación, una relación de largo plazo sería un poco...
—Entiendo a la perfección.
—Además que...
—El padre de la ragazza no ve con buenos ojos esta relación—Interrumpió Mariolino, y continúo—. El sujeto vino hace dos días a expresar su descontento.
— ¿Que dijo el señor?
—Cosas que no valen repetir, pero hay algo en lo que si estoy de acuerdo y es que la chica está estudiando; tanto su padre como yo creemos que ella debe continuarlos— terminó Gina.
— ¿y por qué dejaría de estudiar por estar conmigo?
—Creo que la cuestión es que la ragazza ha expresado su deseo en quedarse con usted por un tiempo indefinido—dijo Mariolino.
—No me lo ha mencionado.
—Feliciano, tal vez nosotros seamos un poco chapados a la antigua—continúo Mariolino—, sin embargo una relación que inicia con mentiras no va por buen camino.
—Ustedes están sugiriendo que debo terminar con ella.
—Solo le estamos exponiendo el problema. La decisión la deberá tomar usted—terminó Mariolino.
Después de eso lo dejaron solo con el peso de esa elección.
Y ahora ahí estaba con rosas fuera del departamento de Beatrice, su padre le abrió la puerta y le miró con dureza, pero esa no le intimidó, es decir dureza la de Austria cuando el té le llegaba frío, dureza la de Alemania cuando iba mal el entrenamiento, dureza la de su hermano cuando lo veía atravesar la puerta de su habitación hacia el pasillo, hubo un día en que pensó que esa mirada era por la decepción de no haber desaparecido en la noche; el hombre no le saludó, pero el mantuvo su cortesía y le expresó un gran saludo. La madre de Beatrice lo hizo pasar muy contenta de conocerlo, lo sentó en un sofá y le sirvió una taza de café.
— ¿A dónde irán el día de hoy? —preguntó ella sentándose al lado de su marido en el sillón.
—La llevaré a cenar—respondió Veneziano con una sonrisa.
El hombre hizo una mueca de disgusto y su mujer se lo reprochó; su esposo sin embargo no estaba para estos juegos, se paró de su asiento y antes de salir de la habitación se dirigió a Veneziano desde la puerta.
—Espero que tus abuelos te hayan dado mi mensaje.
—Lo recibí señor—respondió Veneziano cortés—. Y no se preocupe, ya tengo una solución a su pedido.
El hombre incrédulo se fue, y su esposa cambió de expresión a una de lástima.
—Lamento todo esto, el solo quiere lo mejor para nuestra niña.
—Yo también lo quiero señora, y es por eso que voy hacer esto.
—Desearía que fuera de otra forma—murmuró la mujer cuando vio a su hija entrar a la habitación—. Diviértanse.
La cena era sencilla, deliciosa; el lugar era uno de esos pocos lugares de la zona que era muy exclusivo, solo atendían una vez a la semana y con reservación. Mariolino y Gina movieron sus influencias para hacer una noche exclusiva, al inicio los chefs estaban escépticos y rechazaron varias veces los avances de los ancianos; pero cuando Veneziano intervino, y en contra de su deseo de anonimato, no le quedó de otra que revelar su identidad, digamos que después de la impresión de conocerlo, se movió el cielo y la tierra para cumplir sus deseos.
— ¿Te pasa algo? —Preguntó Beatrice cuando terminó su plato fuerte—. Estás muy callado está noche.
—Tengo que hablar contigo de algo.
— ¡Ay no!
—Tranquila, todo estará bien—Veneziano le extendió su brazo, ofreciéndole su mano para darle apoyo cuando la vio que empezaba a lagrimear—. Tu padre me dejó un mensaje hace unos días—ella se estremeció—, ¿por qué no me dijiste que pensabas no regresar al conservatorio?
— ¿quieres que sea sincera?
—Por favor.
—Tú eres muy especial, y pensé que tal vez... —respiró hondo pero no pudo sostener la vista y miró todo el tiempo su mano—, tú y yo podamos formar una familia, pensé que tal vez podríamos vivir como tus abuelos, tener una pequeña casa en el campo y quedarme— alzó la vista con lágrimas a punto de desbordarse—. Eres la primera persona que me despierta ese amor por mi pueblo, por este pequeño asentamiento al lado derecho del Po.
—Me alagas, y de verdad quisiera compartir mi futuro contigo—dijo Veneziano sonriéndole pero de inmediato su expresión se tornó seria—. Pero no acosta de tu sueño de ser cantante de ópera, mia cara.
—Puedo tener otro sueño a tu lado, o puedo compartir el mío contigo—dijo Beatrice secándose una lágrima traidora—. Podemos irnos a vivir en Florencia, con tu hoja de vida podrás conseguir cualquier trabajo, y yo estudiaré y...
—Por más perfecto que suene esa opción. No puedo hacerlo.
— ¿Por qué? ¿Es por lo de tus amigos? ¿Por tu trabajo?
—Te voy a ser sincero Beatrice—Veneziano se paró de su asiento y se sentó más cerca de ella—. No puedo quedarme contigo por más que quisiera, no me malentiendas eres la primera mujer con la que yo... y la primera que he amado después de perder a... bueno no entraré en esos detalles. Lo que quiero decirte es que te amo, pero te haré infeliz si te quedas conmigo. Creo que es mejor que lo dejemos aquí.
Beatrice que le había sostenido la mirada durante todo su diálogo, no se dio cuenta de que había estado llorando, arruinando su maquillaje, Veneziano tomó su pañuelo y le limpió las lágrimas de su rostro.
—No entiendo Feliciano, dices que me amas pero que no puedes estar conmigo. Hace unas semanas era todo lo contrario.
—Esto iba a llegar tarde o temprano Beatrice. No necesitas entenderlo a profundidad.
—Pero quiero entender, saber qué hice mal.
—Nada. No has hecho nada.
—Sé sincero conmigo, dime el por qué, por favor.
—No me vas a creer cuando te lo diga.
—Inténtalo.
Veneziano suspiró. —Soy la representación humana del espacio geográfico comprendido desde la Toscana hasta los Apeninos al norte de aquí.
— ¿te estás burlando de mí?
—No—suspiró—, y aún hay más. —Él sabía que esto iba a suceder, que ella no lo iba a creer pero aun así continúo—. Tengo más o menos 1000 años de edad, mi corazón corresponde a la ciudad de Venecia, y mi cerebro a Florencia. Soy coautor de la Divina Comedia, yo personalmente cargué los restos de San Marcos desde Egipto hasta Venecia, le ayudé a Miguel Ángel a pintar la capilla Sixtina...
— ¡Basta! —Gritó Beatrice—te pedí una razón lógica, no una historia de ficción—las lágrimas que ahora bajaban por las mejillas de Beatrice eran producto de la indignación y la tristeza.
—Es la verdad.
Beatrice respiró hondo y se secó las lágrimas de su rostro—. Tienes razón, no podemos estar juntos. Quisiera que me llevaras a mi casa por favor.
Y con ese ultimátum, Veneziano se levantó de la mesa, pagó la cuenta, llevó a Beatrice hacía su auto abriéndole y cerrándole la puerta. Ya en la casa de Beatrice, el hizo exactamente lo mismo a la inversa. No hubo despedida, en cuanto ella salió del auto entró a su casa y azotó la puerta.
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